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miércoles, 1 de enero de 2025

UNO DE LOS NUESTROS. DE LOS GOODFELLAS DEL PEUGEOT A LA ORGÍA DE OJOALVIRUS

 



«Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón quise ser un gánster». 

Con esta inequívoca declaración de intenciones de un curtido por la vida Henry Hill arranca la obra maestra de Martin ScorseseUno de los nuestros (Goodfellas, 1990). A lo largo de la película, el niño Henry va creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Desde muy joven, el gánster —magistralmente interpretado por Ray Liotta, y que existió en la realidad— sabe perfectamente qué significa eso de ser "uno de los nuestros": «Para mí, ser gánster era muchísimo mejor que ser presidente de los Estados Unidos. Antes de acudir por primera vez a la parada de taxis buscando un trabajo para después del colegio, sabía que quería ser uno de ellos, sabía que allí estaba mi futuro. Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. (…) Para nosotros vivir de otra manera era impensable, la gente honrada que se mataba en trabajos de mierda por unos sueldos de miseria, que iba a trabajar en metro cada día y pagaba sus facturas estaba muerta, eran unos gilipollas, no tenían agallas. Si nosotros queríamos algo lo cogíamos». 

Yo no sé si Santos Cerdán, Ábalos, Koldo y demás Familia quisieron ser gansters desde que tenían uso de razón. Ignoro a qué temprana edad se convencieron de que no querían ser un don nadie matándose en un trabajo de mierda por un sueldo de miseria. Tampoco sé exactamente cuándo empezaron a conocer el verdadero significado del lujo, el poder y el miedo que otorga el dinero, si fue con su primera paga o con su primer trapicheo juvenil. Y desconozco por completo si se sienten gilipollas cada vez que pagan una factura y si se han sentido gilipollas alguna vez (Ábalos sí, parece ser). Ni lo sé ni me importa. Lo que sí me importa, y mucho —y además me cabrea, y muchísimo—, es que se hayan tirado tropecientos años alimentando su bolsillo a cuenta de la mamandurria política, acumulando mordidas y trapicheos y amaños y favores sexuales mientras clamaban su honestidad y su feminismo por todos los rincones; viviendo por encima del bien y del mal, con total desprecio y desdén hacia la ética más elemental. Ser un tipo despreciable y un putero no es delito, pero robar –robarnos- sí. Y amañar elecciones también, aunque sean del partido. Y mentir en sede parlamentaria y ante el juez, también. Y enchufar a tu putita en empresas del Estado, también. Y adjudicar contratos millonarios a los amiguetes, o a uno mismo, también. Y prevaricar y ocultar pruebas y amañar concursos públicos y comprar favores y repartirse el dinero ajeno y un largo etcétera, también. Y jugar con la vida de las personas en plena pandemia, aún más.

Pero seres tan despreciables como este trío calavera (y los que quedan por destapar, ministros/as incluidos) no habrían mangoneado tantos años a sus anchas, creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder y del poder intocable que otorga el dinero, si la Familia (el Partido) y su Capo no lo hubieran permitido. El Partido, sí. Con sus dirigentes y sus militantes en pleno. ¿Acaso eran intocables, los Tres del Peugeot? ¿Acaso nadie osaba? ¿Acaso nadie sospechaba? ¿Acaso nadie sabía? O es que nadie quería saber. Es curioso que cuando se empezó a destapar la alcantarilla (hace unos meses ya; o incluso más), el Partido y sus voceros miraban hacia otro lado mientras juraban y perjuraban limpieza absoluta, desinfección total; todo bulos y fango de la ultraderecha, de los pseudomedios, de la UCO patriótica. Pero ahora resulta que la cosa (la “cosa nostra”) viene de muchos años atrás, tiempo en el que no se ha hecho NADA.  No se ha limpiado NADA. No se ha desinfectado NADA.

«Es uno de los nuestros —se habrán susurrado unos a otros—, no podemos entregarlo a la masa rencorosa, a los ultras. Eso nos salpicaría. Y perderíamos credibilidad. Y votos. Y necesitamos esos votos por el bien de España. Nuestro votante entenderá». Y el votante se habrá susurrado, en voz muy bajita para que su conciencia no lo escuche: «Los otros también lo hacen; y además lo hacen mucho más». Ya sabes, el novio de Ayuso, Gurtel, la guerra de Irak, Franco, la explotación de las Indias por los Reyes Católicos…

Esto es España. Y aquí ser "uno de los nuestros" lo justifica todo. Porque los otros roban más. Los otros mienten más. Los otros son más malos. Malísimos, oye. Nosotros no, nosotros somos buenos y si hacemos algo malo es por el bien común, por el progreso, por el feminismo, por la democracia. Y los otros dirigentes callan y conceden. Y los barones y los militantes y los votantes y los socios… todos callan y conceden. Lo gracioso es que luego se quejan de que aborrezcamos a la clase política. «¡No somos todos iguales!» vociferan, indignados. ¡Indignados, ellos! Pero sí, son todos iguales; porque, aunque no lo hagan lo justifican, o no lo denuncian, o no lo persiguen, o no lo investigan, o no piden que se investigue. Sólo cuando la mierda les salpica de lleno se llevan las manos a la cabeza y braman (o hacen pucheros), con afectado dramatismo: «¡tolerancia cero contra la corrupción! ¡el que la hace la paga! ¡que actúe la Justicia caiga quien caiga!»… mientras esperan que un nuevo escándalo de "los otros" camufle su pestilente hedor a podredumbre.

El mapa de la corrupción en esta Familia tan progre, tan honrada y tan feminista es vastísimo y variadísimo; no son sólo los del Peugeot. El Fiscal General, la cátedra de la señora de Sánchez, el hermanísimo, los ministros de las mascarillas, el aforado de Extremadura, las empresas contratantes, el amiguito de Delcy y Maduro, el rescate de Air Europa, los favores, Navarra… Pero no pasa nada, nadie paga nada. Todo es un bulo hasta que se demuestre lo contrario. Y cuando se demuestre, también. Aquí nadie va a chirona (¡ni siquiera Griñán y compañía!). Ya lo arreglaremos. Ya lo esconderemos. Aquí, todos a una. Somos Familia. Somos intocables.

Y éste es el verdadero mal de España. La maldita impunidad. El saberse justificado y arropado por "los nuestros". Como la mafia.

Y lo peor, lo verdaderamente triste y patético, es que estos chorizos de medio pelo, y todos esos corruptos y sinvergüenzas, lo que están robando son nuestras carteras, nuestras pensiones, nuestro trabajo, nuestros desvelos, nuestro futuro y el de nuestros hijos. Nos están robando nuestro dinero, a manos llenas, para disfrutar de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Con la impunidad de nuestro silencio, de nuestra cobardía o de nuestra impotencia. Y con la sucia complicidad de la maquinaria política y mediática del Estado.

¡Gracias a Dios que tenemos a la UCO y al periodismo comprometido con la verdad!

 

Termino con una imagen rotunda, demoledora, salida de la fuente inagotable de irónica sabiduría que son los Asterix de Uderzo y Goscinny. Una viñeta antológica (ver “Asterix en Helvecia”) que podría perfectamente ilustrar la portada del Informe de la UCO. Y esa frase lapidaria, indignada, sobreactuada, ¿no te la imaginas en boca de Ábalos, Koldo o Cerdán? «¡ME HAN NOMBRADO POR UN AÑO! ¡DISPONGO DE UN AÑO PARA HACERME RICO! Antes de que Roma reaccione, ya estaré lejos. ¡Lejos y forrado! Mi vida será un laaargo y continuado banquete…» Una orgía memorable en el Parador de Teruel, o en el de Siguenza, con la Jesi, la Anais, la rumana, Miss Asturias, la Carlota, la Jeni, la Nicole…

Repito: ¡Gracias a Dios que tenemos a la UCO y al periodismo comprometido con la verdad!

 



jueves, 6 de febrero de 2020

El Gran Carnaval, Kirk Douglas y la tele carroñera



Años 50. Nuevo México. Chuck Tatum es un periodista de poca monta y menos escrúpulos que, tras quedarse sin trabajo en Nueva York, acaba, por un capricho del destino y de la gasolina, en un pueblo –un agujero- perdido en el desierto. Alburquerque se llama, el agujero. Allí alquila su pluma y su talento al diario local, en espera de alguna miserable noticia que reseñar. La suerte sonríe a Tatum cuando el indio Leo Mimosa queda atrapado en una mina. Rescatarlo puede ser cuestión de horas, pero Tatum se saca de la manga una jugada maestra y convence al ambicioso sheriff, al corrupto capataz del equipo de rescate y a la amargada esposa de Leo, Lorraine, de realizar el salvamento de forma que dure varios días y dé tiempo a convertirse en noticia, en “la Gran Historia”, y en la gran exclusiva, claro. Un hombre atrapado entre la vida y la muerte en las entrañas de la roca; una esposa desconsolada esperando, impotente, a sus pies; unos hombres jugándose el tipo por rescatarlo; y un cronista que tiene acceso en exclusiva al condenado, que incluso se convierte en su único amigo, para contar la historia día a día, minuto a minuto, resuello a resuello.

La cosa funciona: el bar de Lorraine empieza a recibir visitantes curiosos, primero de la región, luego de todo el país. Llegan coches, caravanas, autobuses, trenes. Se montan tiendas de campaña junto a la mina, y después tiendas de souvenirs y puestos de comida y casetas de feria y atracciones y hasta una noria. Miles y miles de personas, de insensibles voyeurs de la tragedia de Leo, de espectadores sin corazón y sin cerebro, sin conciencia, expectantes ante el mínimo acontecimiento de esta historia “de interés humano”. Y Tatum, el narrador, saboreando el éxito de la jugada. Pero su ambición no se detiene ahí, y además de jugar con la vida de Leo, se la juega también con su mujer. Todo por la noticia, por la gran historia.



Al final, claro, Leo muere (“¡El circo ha terminado! ¡Váyanse a sus casas!”). Y el público de este gran carnaval de miserias hace que lo siente, y se retira apesadumbrado, decepcionado, a la falsa y gris felicidad de sus hogares. Lorraine, la esposa, la viuda, ve abierta la puerta de su celda y escapa de su vida, de sus fantasmas, de su agujero. Y el desalmado Chuck Tatum, el periodista, el carroñero, acaba siendo devorado por el monstruo ambicioso y desalmado que él mismo ha creado. Y puede que por su propia conciencia.


“El Gran Carnaval” (Ace In The Hole, 1951) es una obra maestra, otra más, del genio Billy Wilder (y una de las más impactantes interpretaciones de un enorme Kirk Douglas). Su película más cáustica, más despiadada y más corrosiva. Y probablemente la más real. Por eso es también la única de las obras del maestro que no triunfó, porque el espejo que colocó frente a la sociedad norteamericana de la época fue demasiado cruel y demasiado certero.

Y yo me pregunto: ¿no es éste, acaso, el mismo Gran Carnaval que transcurre, cada día y cada noche, por las pantallas panorámicas que presiden nuestros hogares, adormeciendo nuestras mentes y codificando nuestras conciencias? ¿No son esos presuntos periodistas de la víscera como Chuck Tatum, carroñeros de la noticia “de interés humano”, que fabrican sus crónicas barrenando vidas? ¿No son esos pseudofamosos por un día, juguetes rotos y devorados por sus carroñeros, como el indio atrapado y sacrificado en la mina? ¿O como su amargada esposa, que no duda en venderse por unas monedas y unas promesas? ¿Y no son los espectadores de nuestro circo televisivo como esos miles de ciudadanos curiosos y ociosos, insaciables de morbo y sensacionalismo, indolentes ante al dolor ajeno?

¡Miren a su alrededor, damas y caballeros, niñas y niños! ¡Disfruten del Gran Carnaval! Revuélvanse las tripas con la carnaza del famoseo, con las vísceras de las familias rotas, con las princesas del pueblo y los exhibicionistas del vicio; con las vociferantes vendedoras de baratijas morales; con los calumniadores al peso, a tanto la onza de mentira; con los profesionales de la escandalera y el alboroto, nada gratuitos por cierto; con los tertulianos de la gresca y el insulto, del vocerío y la falsa disputa; con los charlatanes y los embaucadores, traficantes de miserias y de juguetes rotos que venden su alma al telediablo; con los cronistas de la farsa, moscas cojoneras con zoom o micrófono, siempre pegadas a la mugre, propia y ajena.



Miren a su alrededor y asquéense con esta Feria de las Vanidades infame y cruel, con esta Ruleta Rusa de la denigración, voluntaria o involuntaria, de los impostores de la fama y de la nada, del sexo como moneda de cambio (¿no es eso prostitución?), de muertos juzgados y condenados, de familias rotas vendidas como saldo, en pedacitos, a tanto el pedacito con lágrima, a tanto el pedacito con cuernos, a tanto el pedacito con sangre…

Todo por la noticia. Todo y más por la gran historia. Todo y más aún si hay exclusiva.

Alguien dijo que la gente está dispuesta a ver cualquier cosa en la televisión con tal de no verse a sí misma. Lo que no saben es que, en realidad, eso es precisamente lo que ven: su inequívoco reflejo. Como la sociedad norteamericana (y universal) de 1951 ante el espejo despiadado y palmario de Billy Wilder.


Y ahora, háganse un favor, desconecten la televisión, enciendan el dvd y pónganse una buena película. Les recomiendo El Gran Carnaval.


miércoles, 20 de noviembre de 2019

España no es un circo. ¡Ojalá!



Uno está harto de escuchar, aquí y allá, que esta España nuestra de corruptelas, subvenciones, impunidades, impuestazos, amienemigos, mediocridades, injusticias, maldades, codicias, indignidades, complejos, fanatismos y demás alargadas sombras es un circo. Será, digo yo, por los payasos que dirigen —ahora o antes— el cotarro; o por las algarabías de patio de colegio en el congreso de los imputados; o por las animaladas continuas a las que somos sometidos los ciudadanos; o por las manadas de alimañas sin moral ni castigo; o por los equilibrios imposibles para justificar lo injustificable; o por los jueces que han de enjaular a las fieras más peligrosas sin látigo, sin taburete y, a veces, sin dignidad; o por los miles de pequeños empresarios y autónomos que son obligados a lanzarse al vacío sin red; o por el más difícil todavía en esto de sobrevivir. España es un circo; el Congreso de los Diputados es un circo; la política es un circo; los sindicatos son un circo; el ayuntamiento de tal o cual ciudad es un circo; las autonomías son un circo (y a algunas, además, les crecen los enanos)…

Y uno podría estar de acuerdo en que, en efecto, este país es un auténtico circo de tres pistas (o diecisiete), un puro cachondeo. Y de hecho lo estaba. Muy de acuerdo. Hasta hace un par de días.

Y es que hace un par de días volví a ver y a disfrutar como un niño “El mayor espectáculo del mundo”, esa obra magna del siempre magno Cecil B. DeMille (y que, por cierto, fue la primera película que vio en el cine el genio Spielberg, a los seis años, y le marcó para los restos; especialmente la escena del descarrilamiento del tren), esa maravilla de color, espectáculo y pasión que aún conservo en DVD y que hace un par de días me dio por rememorar.
            Y digo que volver a ver esa película cambió mi percepción del “España es un circo” porque el circo que yo vi esa tarde en la tele no tiene nada que ver, nada, con la España que padecemos hoy. Y llamar a esta España “circo” hoy se me antoja injusto e insultante. Para el circo, claro.


En “El mayor espectáculo del mundo” vi a un director (Charlton Heston) apasionado y entregado a su gente, que desafía a la crisis, a los dueños todopoderosos, a la naturaleza indomable, a los gansters, a los egos desbocados, a la desgracia e incluso a la muerte para llevar adelante la función («¡El espectáculo debe continuar!»); para inundar de alegría los corazones de miles de niños «de 6 a 80 años»; para dar trabajo, dignidad y cobijo a las más de mil almas que tiene a su cargo. Un acto permanente e inagotable de humanidad, generosidad y responsabilidad.

Vi a los cientos de trabajadores que luchan diariamente por su pan, sin desmayo, sin demora, sin una queja, sin una excusa, siempre con una sonrisa en los labios y en el corazón; porque su trabajo es duro, pero es su vida. Horas y horas de ensayo, horas y horas de esfuerzo y afán de superación; día tras día, mes tras mes, viviendo una vida de incomodidades e incertidumbres. De sacrificio. De aceptación.

Vi a una gran familia, más de mil quinientos seres unidos por lo que aman, dejando a un lado diferencias, egoísmos e incompatibilidades; todos a una, levantando la gigantesca carpa cada mañana, recogiéndola todos a una cada noche; sobreponiéndose juntos a la catástrofe, mano con mano, corazón con corazón; artistas y montadores, asistentes y domadores, limpiadores y estrellas, taquilleras y vendedores de helados. El compañerismo elevado a su máxima expresión.


Vi que, al final, los buenos, los honrados, los luchadores reciben siempre su recompensa; y que los villanos, los codiciosos, los tramposos reciben siempre su castigo. Y que la ley es la ley, aunque a veces parezca injusta (uno siempre llora cuando el payaso “Botones”/James Stewart es esposado por un agente del FBI que, ese día, no está precisamente orgulloso de su trabajo).


Vi, en fin, un grandioso espectáculo de optimismo, de superación, de entrega a los demás, de orgullo, de unidad, de ejemplaridad. Una lección infinitamente más constructiva que la que nos ofrecen habitualmente nuestros poderes públicos, nuestros corruptos oficiales y oficiosos o nuestras estrellas mediáticas de falso esplendor en esta feria de tramposos impunes en que han convertido España. Vi lo que me gustaría que vieran mis hijos cuando tengan ojos para ver la realidad. Un circo, desde luego, muy diferente al que nos tienen montado aquí.  


viernes, 25 de mayo de 2018

¿Uno de los nuestros? ¡No, gracias!


NOTA PREVIA: Este artículo lo escribí y publiqué en mi blog El Malecón de El Semanal Digital en enero de 2015. Está dedicado especialmente a Bárcenas y al PP, pero es válido para cualquiera de los condenados estas últimas semanas (Gürtel o no Gürtel) y para los que aún hoy siguen librándose de las rejas, a pesar de las evidencias. Sí, de todos los partidos y demás instituciones. La maldita impunidad. 


«Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón quise ser un gánster». Con esta inequívoca declaración de intenciones de un curtido por la vida Henry Hill arranca la obra maestra de Martin ScorseseUno de los nuestros. A lo largo de la película, el niño Henry va creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Desde muy joven, el gánster —magistralmente interpretado por Ray Liotta y que existió en la realidad— sabe perfectamente qué significa eso de ser "uno de los nuestros": «Para mí, ser gánster era muchísimo mejor que ser presidente de los Estados Unidos. Antes de acudir por primera vez a la parada de taxis buscando un trabajo para después del colegio sabía que quería ser uno de ellos, sabía que allí estaba mi futuro. Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. (…) Para nosotros vivir de otra manera era impensable, la gente honrada que se mataba en trabajos de mierda por unos sueldos de miseria, que iba a trabajar en metro cada día y pagaba sus facturas estaba muerta, eran unos gilipollas, no tenían agallas. Si nosotros queríamos algo lo cogíamos». 

Yo no sé si Luis Bárcenas, Luis el Cabrón, L.B., El Tesorero Infiel o como quiera que sea su nombre oficial quiso ser un gánster desde que tenía uso de razón. Ignoro a qué temprana edad se convenció de que no quería ser un don nadie matándose en un trabajo de mierda por un sueldo de miseria. Tampoco sé exactamente cuándo empezó a conocer el verdadero significado del lujo, el poder y el miedo que otorga el dinero, si fue con su primera paga o con su primer safari. Y desconozco por completo si se siente gilipollas cada vez que paga una factura y si se ha sentido gilipollas alguna vez. Ni lo sé ni me importa. Lo que sí me importa, y mucho —y además me cabrea, y muchísimo—, es que se haya tirado tropecientos años alimentando su bolsillo a cuenta de la mamandurria política, acumulando millones de forma más que sospechosa, viviendo por encima del bien y del mal, con total desprecio y desdén hacia la ética más elemental. Ser un tipo despreciable no es delito, y hoy por hoy no hay pruebas de nada más. Sí indicios, y muchos; y ojalá se tornen pruebas y éstas sean la llave de una condena ejemplar. Ojalá.

Pero seres tan despreciables como L.B. no habrían mangoneado tantos años a sus anchas, creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el placer y del poder intocable que otorga el dinero, si la Familia (el Partido) no lo hubiera permitido. ¿Acaso era intocable, el Cabrón? ¿Acaso nadie osaba? ¿Acaso nadie sospechaba? ¿Acaso nadie sabía? ¿O nadie quería saber? Es curioso que, hace tres años, cuando se destapó la alcantarilla L.B./Gürtel, el Partido se rasgó las vestiduras y clamó al cielo jurando y perjurando limpieza absoluta, desinfección total. En estos tres años no se ha hecho NADA. No se ha limpiado NADA. No se ha desinfectado NADA. «Es uno de los nuestros —se habrán susurrado unos a otros—, no podemos entregarlo a la masa rencorosa. Eso nos salpicaría. Y perderíamos credibilidad. Y votos. Y necesitamos esos votos por el bien de España. Nuestro votante entenderá». Y el votante se habrá susurrado, en voz muy bajita para que su conciencia no lo escuche: «Los otros también lo hacen; y además lo hacen mucho más. Ahí están los recién llegados y sus subvenciones de dictaduras nada recomendables; y los ERES de Griñán y Chávez, y las subvenciones fantasma de Ferraz, y el clan de los Pujoleone, y el fortunón de Bono, y los paniaguados de la ceja, y los sindicatos millonarios, y el Cabildo y el Duque y la SGAE…». Y Baleares, y Castellón y Valencia y los alcaldes gallegos y… les habría faltado susurrarse.



Esto es España. Y aquí ser "uno de los nuestros" lo justifica todo. Porque los otros roban más. Los otros mienten más. Los otros son más malos. Malísimos. Nosotros no, nosotros somos buenos y si hacemos algo malo es por el bien común (del Partido). Lo gracioso es que luego se quejan de que aborrezcamos la clase política. «¡No somos todos iguales!» vociferan, indignados. Indignados ¡ellos! Pero sí, son todos iguales; porque aunque no lo haga lo justifica, o no lo denuncia, o no lo persigue, o no lo investiga, o no pide que se investigue (sólo cuando la mierda les salpica de lleno se llevan las manos a la cabeza y braman, con afectado dramatismo: «¡tolerancia cero contra la corrupción! ¡el que la hace la paga! ¡que actúe la Justicia caiga quien caiga!»… mientras esperan que un nuevo escándalo de "los otros" camufle su pestilente hedor a podredumbre.

El mapa de la corrupción en España es vastísimo y variadísimo; toca todo el territorio y todos los sectores. PP, PSOE, CIU, IU, CC, PNV, sindicatos, medios, ongs, jueces, policías, fiscales, banqueros, empresarios, "intelectuales", realezas… aquí está pringado hasta el que no existe. Cientos de casos de corrupción que se van sumando año tras año SIN QUE NADIE PAGUE. Con total y vergonzosa impunidad. ¡Cómo aborrezco esa palabra! IMPUNIDAD. Éste es el verdadero mal de España. La maldita impunidad. El saberse justificado y arropado por "los nuestros" (al menos hasta que uno tenga el pie en el cadalso, cosa que no sucede a menudo).


Por eso, la única solución posible para limpiar de una vez por todas esta mierdocracia a la que mantenemos con nuestro sudor y nuestras lágrimas es arrancar las malas hierbas de raíz, extirpar el cáncer, aniquilar la plaga (utilicen la metáfora que más les guste). Y para ello necesitamos dos cosas: una, que la Ley actúe con todo su peso, TODO, "caiga quien caiga"; y dos, que creemos un Eliot Ness. Un Fiscal Anticorrupción intocable e incorruptible que se rodee de sus Malone, Wallace y Stone, un equipo de intocables e incorruptibles con pleno poder para meterse hasta la cocina y más allá de cualquier organización o administración sospechosa; y con auténtica obsesión por la limpieza y la desinfección. Y si hay que construir más prisiones, se construyen, que hay mucho albañil en paro. Será por ladrillos…


Sólo así, con persecución implacable y penas ejemplares, limpiaremos este país de Al Capones, Bárcenas, Pujoles o Griñanes. Porque son nuestras carteras las que se están llevando, es nuestro dinero el que están robando, a manos llenas, para disfrutar de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Y no son "los otros" quienes lo están haciendo, son "los nuestros". Con la impunidad de nuestra justificación. ¿Se lo vamos a seguir permitiendo? ¡No, gracias! ¡No, gracias! ¡No, gracias!


Por terminar con otra cita cinéfila, en La ley del silencio es el Padre Barry (Karl Malden) quien define nítidamente el origen del mal, ya sea en los muelles neoyorquinos o en los despachos patrios: «¿Os digo qué tienen de malo los muelles? El amor al dinero maldito. Y para vosotros el amor al dinero es más importante que el amor al prójimo». Pues eso, el dinero maldito. Y la codicia. Y el clientelismo moral. Y el desprecio al prójimo. Ya lo dijo la Biblia, pero no le hicimos caso: «el amor al dinero es la raíz de todos los males». De los nuestros, desde luego, sí.