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miércoles, 1 de enero de 2025

UNO DE LOS NUESTROS. DE LOS GOODFELLAS DEL PEUGEOT A LA ORGÍA DE OJOALVIRUS

 



«Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón quise ser un gánster». 

Con esta inequívoca declaración de intenciones de un curtido por la vida Henry Hill arranca la obra maestra de Martin ScorseseUno de los nuestros (Goodfellas, 1990). A lo largo de la película, el niño Henry va creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Desde muy joven, el gánster —magistralmente interpretado por Ray Liotta, y que existió en la realidad— sabe perfectamente qué significa eso de ser "uno de los nuestros": «Para mí, ser gánster era muchísimo mejor que ser presidente de los Estados Unidos. Antes de acudir por primera vez a la parada de taxis buscando un trabajo para después del colegio, sabía que quería ser uno de ellos, sabía que allí estaba mi futuro. Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. (…) Para nosotros vivir de otra manera era impensable, la gente honrada que se mataba en trabajos de mierda por unos sueldos de miseria, que iba a trabajar en metro cada día y pagaba sus facturas estaba muerta, eran unos gilipollas, no tenían agallas. Si nosotros queríamos algo lo cogíamos». 

Yo no sé si Santos Cerdán, Ábalos, Koldo y demás Familia quisieron ser gansters desde que tenían uso de razón. Ignoro a qué temprana edad se convencieron de que no querían ser un don nadie matándose en un trabajo de mierda por un sueldo de miseria. Tampoco sé exactamente cuándo empezaron a conocer el verdadero significado del lujo, el poder y el miedo que otorga el dinero, si fue con su primera paga o con su primer trapicheo juvenil. Y desconozco por completo si se sienten gilipollas cada vez que pagan una factura y si se han sentido gilipollas alguna vez (Ábalos sí, parece ser). Ni lo sé ni me importa. Lo que sí me importa, y mucho —y además me cabrea, y muchísimo—, es que se hayan tirado tropecientos años alimentando su bolsillo a cuenta de la mamandurria política, acumulando mordidas y trapicheos y amaños y favores sexuales mientras clamaban su honestidad y su feminismo por todos los rincones; viviendo por encima del bien y del mal, con total desprecio y desdén hacia la ética más elemental. Ser un tipo despreciable y un putero no es delito, pero robar –robarnos- sí. Y amañar elecciones también, aunque sean del partido. Y mentir en sede parlamentaria y ante el juez, también. Y enchufar a tu putita en empresas del Estado, también. Y adjudicar contratos millonarios a los amiguetes, o a uno mismo, también. Y prevaricar y ocultar pruebas y amañar concursos públicos y comprar favores y repartirse el dinero ajeno y un largo etcétera, también. Y jugar con la vida de las personas en plena pandemia, aún más.

Pero seres tan despreciables como este trío calavera (y los que quedan por destapar, ministros/as incluidos) no habrían mangoneado tantos años a sus anchas, creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder y del poder intocable que otorga el dinero, si la Familia (el Partido) y su Capo no lo hubieran permitido. El Partido, sí. Con sus dirigentes y sus militantes en pleno. ¿Acaso eran intocables, los Tres del Peugeot? ¿Acaso nadie osaba? ¿Acaso nadie sospechaba? ¿Acaso nadie sabía? O es que nadie quería saber. Es curioso que cuando se empezó a destapar la alcantarilla (hace unos meses ya; o incluso más), el Partido y sus voceros miraban hacia otro lado mientras juraban y perjuraban limpieza absoluta, desinfección total; todo bulos y fango de la ultraderecha, de los pseudomedios, de la UCO patriótica. Pero ahora resulta que la cosa (la “cosa nostra”) viene de muchos años atrás, tiempo en el que no se ha hecho NADA.  No se ha limpiado NADA. No se ha desinfectado NADA.

«Es uno de los nuestros —se habrán susurrado unos a otros—, no podemos entregarlo a la masa rencorosa, a los ultras. Eso nos salpicaría. Y perderíamos credibilidad. Y votos. Y necesitamos esos votos por el bien de España. Nuestro votante entenderá». Y el votante se habrá susurrado, en voz muy bajita para que su conciencia no lo escuche: «Los otros también lo hacen; y además lo hacen mucho más». Ya sabes, el novio de Ayuso, Gurtel, la guerra de Irak, Franco, la explotación de las Indias por los Reyes Católicos…

Esto es España. Y aquí ser "uno de los nuestros" lo justifica todo. Porque los otros roban más. Los otros mienten más. Los otros son más malos. Malísimos, oye. Nosotros no, nosotros somos buenos y si hacemos algo malo es por el bien común, por el progreso, por el feminismo, por la democracia. Y los otros dirigentes callan y conceden. Y los barones y los militantes y los votantes y los socios… todos callan y conceden. Lo gracioso es que luego se quejan de que aborrezcamos a la clase política. «¡No somos todos iguales!» vociferan, indignados. ¡Indignados, ellos! Pero sí, son todos iguales; porque, aunque no lo hagan lo justifican, o no lo denuncian, o no lo persiguen, o no lo investigan, o no piden que se investigue. Sólo cuando la mierda les salpica de lleno se llevan las manos a la cabeza y braman (o hacen pucheros), con afectado dramatismo: «¡tolerancia cero contra la corrupción! ¡el que la hace la paga! ¡que actúe la Justicia caiga quien caiga!»… mientras esperan que un nuevo escándalo de "los otros" camufle su pestilente hedor a podredumbre.

El mapa de la corrupción en esta Familia tan progre, tan honrada y tan feminista es vastísimo y variadísimo; no son sólo los del Peugeot. El Fiscal General, la cátedra de la señora de Sánchez, el hermanísimo, los ministros de las mascarillas, el aforado de Extremadura, las empresas contratantes, el amiguito de Delcy y Maduro, el rescate de Air Europa, los favores, Navarra… Pero no pasa nada, nadie paga nada. Todo es un bulo hasta que se demuestre lo contrario. Y cuando se demuestre, también. Aquí nadie va a chirona (¡ni siquiera Griñán y compañía!). Ya lo arreglaremos. Ya lo esconderemos. Aquí, todos a una. Somos Familia. Somos intocables.

Y éste es el verdadero mal de España. La maldita impunidad. El saberse justificado y arropado por "los nuestros". Como la mafia.

Y lo peor, lo verdaderamente triste y patético, es que estos chorizos de medio pelo, y todos esos corruptos y sinvergüenzas, lo que están robando son nuestras carteras, nuestras pensiones, nuestro trabajo, nuestros desvelos, nuestro futuro y el de nuestros hijos. Nos están robando nuestro dinero, a manos llenas, para disfrutar de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Con la impunidad de nuestro silencio, de nuestra cobardía o de nuestra impotencia. Y con la sucia complicidad de la maquinaria política y mediática del Estado.

¡Gracias a Dios que tenemos a la UCO y al periodismo comprometido con la verdad!

 

Termino con una imagen rotunda, demoledora, salida de la fuente inagotable de irónica sabiduría que son los Asterix de Uderzo y Goscinny. Una viñeta antológica (ver “Asterix en Helvecia”) que podría perfectamente ilustrar la portada del Informe de la UCO. Y esa frase lapidaria, indignada, sobreactuada, ¿no te la imaginas en boca de Ábalos, Koldo o Cerdán? «¡ME HAN NOMBRADO POR UN AÑO! ¡DISPONGO DE UN AÑO PARA HACERME RICO! Antes de que Roma reaccione, ya estaré lejos. ¡Lejos y forrado! Mi vida será un laaargo y continuado banquete…» Una orgía memorable en el Parador de Teruel, o en el de Siguenza, con la Jesi, la Anais, la rumana, Miss Asturias, la Carlota, la Jeni, la Nicole…

Repito: ¡Gracias a Dios que tenemos a la UCO y al periodismo comprometido con la verdad!

 



sábado, 9 de noviembre de 2024

TIRARSE LOS MUERTOS PARA GANAR LA PARTIDA




Estos días resuena en mi cabeza -insistentemente, inevitablemente- Spanish Train. La vieja canción del irlandés Chris de Burgh en la que el Señor y el Diablo se juegan las almas de los muertos en una dramática partida de póker al caer la noche, en un tren español rumbo a la Vieja Sevilla. El maquinista reparte las cartas. Jesús va a por la escalera, sólo necesita un ocho; el Diablo tiene tres ases y un rey, y una sonrisa sibilina en el rostro. Hay diez mil almas sobre la mesa. El Hijo de Dios pide una carta y le entra el ocho. Las apuestas suben, sesenta mil, cien mil… Pero el Diablo, sin que el confiado Jesús se dé cuenta, se ha sacado un as de la manga. Poker de ases. “¡Mi mano gana!”, exclama eufórico. Y las almas de los cien mil muertos caen en su poder.


Estos días, terribles y caóticos, heroicos y vergonzosos, vemos con estupor cómo los #políticos y los #medios se tiran los muertos a la cabeza, sin el menor pudor, sin un mínimo gramo de ética o de decencia. Corazones de piedra, duros y fríos, y mentes calculadoras con un #plan preciso y desgarrador: aprovechar el momento, apropiarse del #relato, aniquilar al contrario, mantenerse en el poder. Ganar la partida. Al precio que sea.


Lo triste, lo cruel, lo vergonzoso es que estamos hablando de vidas humanas (muchas, demasiadas), no de fichas. Lo triste, lo cruel, lo vergonzoso es que se han perdido miles y miles de hogares, de comercios, de empresas, de futuros, de esperanzas. Lo triste, lo cruel, lo vergonzoso es que las #consignas han pasado como un tsunami por encima de la #solidaridad, de las soluciones, de las voluntades altruistas, de las responsabilidades de unos y otros. Lo triste, lo cruel, lo vergonzoso es que la falta de escrúpulos y el tacticismo político han arrasado la decencia y la ética como una segunda riada, más feroz e implacable si cabe.


No han aprendido nada. No han entendido nada. No se han contagiado ni un ápice del ejemplo descomunal que están ofreciendo al mundo los miles de #voluntarios que llegan desde todas partes de España con sus palas, sus cepillos, sus botas, sus coches llenos de esperanza; con su desinteresada y maravillosa voluntad de, simplemente, echar una mano, ayudar en lo que puedan, sentirse parte de la tragedia pero también de la solución. Jóvenes y mayores, vecinos y profesionales de paisano, agricultores, taxistas, camioneros, inmigrantes, fundaciones… mis hijos. Todos a una. Amunt Valencia!!


 Y yo sólo espero que después de tantos días tirándose los #muertos unos a otros –en una partida absurda e indecente en la que nadie puede ganar- la #Justicia se imponga y cada cual acabe donde le corresponda; que todos y cada uno paguen por sus pecados (de acción u omisión), sean castigados por sus errores, respondan por sus irresponsabilidades. Y, por Dios, que quien les releve en los correspondientes cargos (deberían dimitir todos, TODOS) se pongan a trabajar desde el minuto uno en prever y prevenir la siguiente tragedia, antes de que tengamos que lamentar más vidas perdidas, más futuros enterrados en el lodo. Hacer todo –TODO- lo que haga falta para que una #catástrofe de estas dimensiones no se vuelva a repetir. Porque, en gran parte, pudo haberse evitado.


Si después de todo los políticos y los burócratas siguen enfrentados en su particular partida de póker, jugándose nuestras vidas alegremente como si fuéramos meras fichas (o votos), tratando de ganar el relato enterrando en su fango la verdad y la ética, no habremos aprendido nada. Y entonces la #responsabilidad también será nuestra por habérselo permitido.


No es algo nuevo en esta España nuestra (sólo hay que ver la premonitoria viñeta de Mingote, de 1982), pero sí evitable. En nuestras manos y en nuestros votos está.


martes, 3 de marzo de 2020

La estupidez endémica. Virus y política



«Tengo la firme convicción, avalada por años de observación y experimentación, de que los hombres no son iguales, de que algunos son estúpidos y otros no lo son.» Estoy con Carlo Maria Cipolla al cien por cien. El gran historiador económico italiano realizó, en su genial obra Allegro ma non troppo, una afilada y certera reflexión sobre la estupidez humana (¿existe otra?) que ha cobrado un intensísimo sentido de la actualidad en España y en el mundo durante los últimos tiempos. Bueno, y durante las últimas décadas incluso.

Cipolla definió cinco categorías fundamentales de personas: Inteligentes (benefician a los demás y a sí mismos), Incautos (benefician a los demás y se perjudican a sí mismos), Malvados (perjudican a los demás y se benefician a sí mismos) y Estúpidos (perjudican a los demás y a sí mismos). Detengámonos un poco más en estos últimos. Como afirma categóricamente Cipolla en La Quinta Ley Fundamental de la Estupidez Humana, «la persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado». Y continúa: «La mayoría de las personas estúpidas son fundamentalmente y firmemente estúpidas (…) Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace. En realidad no existe explicación; o mejor dicho, solo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida». ¿Qué, les va sonando a alguien? Por si acaso aún dudan: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad».


Hay quien piensa que el personaje en cuestión no es estúpido sino malvado, que tiene un Plan y lo lleva a cabo con maliciosa precisión. Pero según el maestro Cipolla «las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. El malvado quiere añadir un "más" a su cuenta causando un "menos" a su prójimo. Desde luego, esto no es justo, pero es racional, y si es racional uno puede preverlo. Con una persona estúpida no existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo, y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado.» Y lo que es peor, «el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora». Aterrador.

Por si el lector (o lectora) se encuentra un poco obtuso (u obtusa) con la inminente llegada del Apocalipsis vírico de marras, el amigo Carlo María nos ofrece la pista definitiva para reafirmarnos en ese o esos personajes estúpidos que usted y yo estamos pensando desde hace rato: «Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente».


Lo más curioso de todo este asunto es que Carlo M. Cipolla publicó su obra en 1998 y murió en el año 2000. En aquellos tiempos la estupidez humana (¿hay otra?) era tan sobreabundante como en estos. Todos hemos tenido y tenemos a nuestro alrededor gente rematadamente estúpida que nos complica la vida, destruye nuestra armonía o lapida nuestro buen humor como quien no quiere la cosa (un cuñado, un compañero de trabajo, un celoso funcionario, un tipo que pasaba por ahí…). Es inevitable. C’est la vie, que diría un francés rendido a la evidencia. Puede, incluso, que nosotros mismos seamos personas estúpidas sin saberlo —algo nada improbable según las Leyes Fundamentales—, pero en tales casos el radio de acción y de daños consiguientes es relativamente estrecho. A no ser que se meta un perverso virus de por medio, que además de contagiar la gripe contagia, de forma bastante más letal, la estupidez. Estupidez endémica. Ésta sí que es fatal: para la economía global, para la salud mental de cada cual y para el sentido común en general.

Pero lo peor no es eso. Lo realmente devastador para nosotros, los españoles en particular, es esa cantidad ingente de estúpidos que se acomodan cada legislatura en las poltronas del poder (recordemos: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad»). Políticos, altos funcionarios, comunicadores, economistas, tertulianos, sindicalistas, influencers, iluminados y demás fauna ibérica. No todos estúpidos, o no solo estúpidos —según las Leyes Fundamentales de Cipolla—, también malvados. Muy malvados. Muchos malvados. Y ahí andamos, el resto de mortales, arrastrados por su corriente y sus intereses, bastante interesados, por cierto. Manejados, manipulados, utilizados constantemente, impunemente, por tan poderosos estúpidos y/o malvados. Y ahí andamos, sí, nosotros, los incautos. Tratando de rebelarnos contra la estupidez ajena que nos arrastra, irremisiblemente, hacia el abismo.


Y yo me digo: pues habrá que hacer algo, ¿no? Por ejemplo, empezar a nadar contracorriente. Con todas nuestras fuerzas. Con toda nuestra rabia. Con toda nuestra cordura. Con todo nuestro sentido común frente a la perversa estupidez global que nos envuelve. Con urgente y desesperada necesidad.


Y, por favor, tengamos siempre bien presentes las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana. Y especialmente la Quinta.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

España no es un circo. ¡Ojalá!



Uno está harto de escuchar, aquí y allá, que esta España nuestra de corruptelas, subvenciones, impunidades, impuestazos, amienemigos, mediocridades, injusticias, maldades, codicias, indignidades, complejos, fanatismos y demás alargadas sombras es un circo. Será, digo yo, por los payasos que dirigen —ahora o antes— el cotarro; o por las algarabías de patio de colegio en el congreso de los imputados; o por las animaladas continuas a las que somos sometidos los ciudadanos; o por las manadas de alimañas sin moral ni castigo; o por los equilibrios imposibles para justificar lo injustificable; o por los jueces que han de enjaular a las fieras más peligrosas sin látigo, sin taburete y, a veces, sin dignidad; o por los miles de pequeños empresarios y autónomos que son obligados a lanzarse al vacío sin red; o por el más difícil todavía en esto de sobrevivir. España es un circo; el Congreso de los Diputados es un circo; la política es un circo; los sindicatos son un circo; el ayuntamiento de tal o cual ciudad es un circo; las autonomías son un circo (y a algunas, además, les crecen los enanos)…

Y uno podría estar de acuerdo en que, en efecto, este país es un auténtico circo de tres pistas (o diecisiete), un puro cachondeo. Y de hecho lo estaba. Muy de acuerdo. Hasta hace un par de días.

Y es que hace un par de días volví a ver y a disfrutar como un niño “El mayor espectáculo del mundo”, esa obra magna del siempre magno Cecil B. DeMille (y que, por cierto, fue la primera película que vio en el cine el genio Spielberg, a los seis años, y le marcó para los restos; especialmente la escena del descarrilamiento del tren), esa maravilla de color, espectáculo y pasión que aún conservo en DVD y que hace un par de días me dio por rememorar.
            Y digo que volver a ver esa película cambió mi percepción del “España es un circo” porque el circo que yo vi esa tarde en la tele no tiene nada que ver, nada, con la España que padecemos hoy. Y llamar a esta España “circo” hoy se me antoja injusto e insultante. Para el circo, claro.


En “El mayor espectáculo del mundo” vi a un director (Charlton Heston) apasionado y entregado a su gente, que desafía a la crisis, a los dueños todopoderosos, a la naturaleza indomable, a los gansters, a los egos desbocados, a la desgracia e incluso a la muerte para llevar adelante la función («¡El espectáculo debe continuar!»); para inundar de alegría los corazones de miles de niños «de 6 a 80 años»; para dar trabajo, dignidad y cobijo a las más de mil almas que tiene a su cargo. Un acto permanente e inagotable de humanidad, generosidad y responsabilidad.

Vi a los cientos de trabajadores que luchan diariamente por su pan, sin desmayo, sin demora, sin una queja, sin una excusa, siempre con una sonrisa en los labios y en el corazón; porque su trabajo es duro, pero es su vida. Horas y horas de ensayo, horas y horas de esfuerzo y afán de superación; día tras día, mes tras mes, viviendo una vida de incomodidades e incertidumbres. De sacrificio. De aceptación.

Vi a una gran familia, más de mil quinientos seres unidos por lo que aman, dejando a un lado diferencias, egoísmos e incompatibilidades; todos a una, levantando la gigantesca carpa cada mañana, recogiéndola todos a una cada noche; sobreponiéndose juntos a la catástrofe, mano con mano, corazón con corazón; artistas y montadores, asistentes y domadores, limpiadores y estrellas, taquilleras y vendedores de helados. El compañerismo elevado a su máxima expresión.


Vi que, al final, los buenos, los honrados, los luchadores reciben siempre su recompensa; y que los villanos, los codiciosos, los tramposos reciben siempre su castigo. Y que la ley es la ley, aunque a veces parezca injusta (uno siempre llora cuando el payaso “Botones”/James Stewart es esposado por un agente del FBI que, ese día, no está precisamente orgulloso de su trabajo).


Vi, en fin, un grandioso espectáculo de optimismo, de superación, de entrega a los demás, de orgullo, de unidad, de ejemplaridad. Una lección infinitamente más constructiva que la que nos ofrecen habitualmente nuestros poderes públicos, nuestros corruptos oficiales y oficiosos o nuestras estrellas mediáticas de falso esplendor en esta feria de tramposos impunes en que han convertido España. Vi lo que me gustaría que vieran mis hijos cuando tengan ojos para ver la realidad. Un circo, desde luego, muy diferente al que nos tienen montado aquí.