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viernes, 6 de marzo de 2020

8-M Mujeres y trabajo, feminismo y respeto



Sin ánimo de entrar al trapo -o a la trapa- de los movimientos fanático-feministas de turno, ni mucho menos de la última ocurrencia ministerial (nunca será la última, siempre habrá una ocurrencia nueva) sí quiero romper una lanza por todas las mujeres a las que admiro, que son muchas y de muchas clases, tipos, maneras de vivir y opiniones. Precisamente, lo que siempre he defendido es la individualidad y la diversidad, que son sinónimo de libertad (la uniformidad nunca me ha atraído demasiado, que digamos).

Hay, en verdad, muchas mujeres en todo el mundo que merecen ser felicitadas en su día. Mujeres tenaces que se han abierto camino en un mundo de hombres (aunque cada vez menos) y que han llegado a gobernar naves a las que antes sólo podían acceder como grumetes (¿o grumetas?). Metáforas aparte, sí es cierto que hace unas décadas las mujeres españolas tenían que pedir permiso a sus maridos para viajar, para trabajar y casi, casi para respirar. Hoy, le pese a quien le pese, la cosa ha cambiado mucho. Y las mujeres tienen las mismas posibilidades profesionales que los hombres, en la teoría y (casi) en la práctica; queda aún mucho camino por recorrer para superar ese ´casi´, especialmente en la equiparación de salarios y acceso a los cargos de mayor altura en las empresas y organizaciones. Pero no es solo una cuestión de leyes ni de manifiestos ni de ministerios, es sobre todo una cuestión de hechos, de actitud; de reivindicar menos y practicar más. De dar ejemplo, no lecciones.


En realidad, no sé si cada 8 de marzo celebramos El Día Internacional de la Mujer o El Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En mi humilde opinión de hombre, la diferencia es inexistente, pues salvo alguna excepción parasitaria (especialmente en la política de altura, es decir, de bajura), la gran mayoría de las mujeres en nuestro país son trabajadoras. Otra cosa es que ese trabajo sea reconocido como un éxito profesional o sea considerado un avance de la sociedad moderna y progresista. Pero trabajar, vaya si trabajan.

Personalmente, he tenido la suerte de conocer mujeres que han llegado a dirigir importantes empresas, directoras generales, consejeras delegadas y hasta presidentas. Conozco mujeres que detentan altos cargos de la Administración y manejan presupuestos millonarios; y también muchas grandes profesionales de las finanzas, la docencia, la investigación, el deporte, la empresa, la comunicación, las fuerzas de seguridad, la hostelería, la Solidaridad… En todos los ámbitos y en todos los puestos. Y hoy es su día.


Pero también he conocido mujeres que han dejado una carrera profesional exitosa para cuidar a su marido inválido, día tras día durante años; y he conocido mujeres que lo tienen todo y han decidido vivir su vida al servicio de los que no tienen nada; y mujeres que apenas saben escribir pero poseen un doctorado en nobleza y capacidad de sacrificio; he conocido mujeres capaces de dejar su trabajo y su ciudad para acompañar a su madre enferma de soledad; y mujeres que dejaron su país para ganarse cuatro perras en el nuestro, sólo para que allá sus hijos tuvieran una educación mejor; y mujeres que nunca llegaron a prosperar porque prefirieron estar tres horas más en casa, haciendo deberes o luchando con su prole por veinte minutos de lectura en inglés. Y hoy también es su día.

He conocido mujeres con tres hijos cruelmente enfermos que, a pesar de sus jornadas de 24 horas, son incapaces de perder la sonrisa ni la esperanza; mujeres emprendedoras que podrían tener un despacho con vistas al éxito y que eligieron ver el fracaso de cada día en los comedores sociales; mujeres que piensan que el verdadero éxito es entregarse a los demás, ya sean jóvenes con valores, huérfanos en Haití o deportistas de élite en silla de ruedas; mujeres líderes que no salen en la Prensa porque no han creado una empresa de éxito, sino "solamente" una ong o una Fundación; mujeres que ahora cuidan niños en una guardería por un sueldo que no llega a mileurista –y por feliz vocación- después de cuidar cuentas millonarias en una multinacional... 

Y hoy también es su día.












  
También he conocido mujeres que nunca se han preocupado por eso de la emancipación, la liberalización o la dignidad en el trabajo. Mujeres para las que ser "ama de casa" es tan digno como ser "directora general"; para las que el éxito social es hacer lo más felices posible a los suyos; para las que la remuneración más valiosa es entregarse a los demás. Mujeres, también, para las que su único Curriculum Vitae es el que llevan impreso en las arrugas del rostro y en los callos de las manos; para las que la carrera más prestigiosa es la "maternidad" y el título más valorado es el de "madre". O el de "hija". A todas ellas, en el Día Internacional de la Mujer, siempre trabajadora, felicidades. Y sobre todo, gracias.

Y por terminar con un final acorde, qué mejor que estas dos reflexiones, de un hombre y de una mujer que sabían muy bien lo que decían: Una, «El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres», Simone de Beauvoir (bueno, hoy también es un problema de mujeres; mujeres que han llevado su justa causa a un nivel de politización y manipulación tales que causan rechazo entre muchas mujeres). La otra, «Nuestra sociedad es masculina, y hasta que no entre en ella la mujer no será humana», Henrik Johan Ibsen. Mucho se ha avanzado, y especialmente en España, por muy alto que lo griten y lo nieguen el radicalismo feminista y los políticos machistas que se aprovechan del radicalismo feminista. Quedan otros muchos países en los que la mujer es aún más esclava que libre (en el Islam, en África, en Latinoamérica), y tal vez la rabia reivindicativa de las feministas occidentales debería dirigirse más hacia allí, donde es infinitamente más necesaria. Pero, claro, la política es la política. Y el voto es el voto. En fin.

Y termino con mi reivindicación particular. Solo una petición: que la palabra más importante que salga de nuestra boca al referirnos a una mujer, de cualquier condición, edad, raza, cultura, profesión y demás circunstancias, sea RESPETO. Y cuando digo mujer, me refiero a cualquier ser humano.




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martes, 3 de marzo de 2020

La estupidez endémica. Virus y política



«Tengo la firme convicción, avalada por años de observación y experimentación, de que los hombres no son iguales, de que algunos son estúpidos y otros no lo son.» Estoy con Carlo Maria Cipolla al cien por cien. El gran historiador económico italiano realizó, en su genial obra Allegro ma non troppo, una afilada y certera reflexión sobre la estupidez humana (¿existe otra?) que ha cobrado un intensísimo sentido de la actualidad en España y en el mundo durante los últimos tiempos. Bueno, y durante las últimas décadas incluso.

Cipolla definió cinco categorías fundamentales de personas: Inteligentes (benefician a los demás y a sí mismos), Incautos (benefician a los demás y se perjudican a sí mismos), Malvados (perjudican a los demás y se benefician a sí mismos) y Estúpidos (perjudican a los demás y a sí mismos). Detengámonos un poco más en estos últimos. Como afirma categóricamente Cipolla en La Quinta Ley Fundamental de la Estupidez Humana, «la persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado». Y continúa: «La mayoría de las personas estúpidas son fundamentalmente y firmemente estúpidas (…) Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace. En realidad no existe explicación; o mejor dicho, solo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida». ¿Qué, les va sonando a alguien? Por si acaso aún dudan: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad».


Hay quien piensa que el personaje en cuestión no es estúpido sino malvado, que tiene un Plan y lo lleva a cabo con maliciosa precisión. Pero según el maestro Cipolla «las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. El malvado quiere añadir un "más" a su cuenta causando un "menos" a su prójimo. Desde luego, esto no es justo, pero es racional, y si es racional uno puede preverlo. Con una persona estúpida no existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo, y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado.» Y lo que es peor, «el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora». Aterrador.

Por si el lector (o lectora) se encuentra un poco obtuso (u obtusa) con la inminente llegada del Apocalipsis vírico de marras, el amigo Carlo María nos ofrece la pista definitiva para reafirmarnos en ese o esos personajes estúpidos que usted y yo estamos pensando desde hace rato: «Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente».


Lo más curioso de todo este asunto es que Carlo M. Cipolla publicó su obra en 1998 y murió en el año 2000. En aquellos tiempos la estupidez humana (¿hay otra?) era tan sobreabundante como en estos. Todos hemos tenido y tenemos a nuestro alrededor gente rematadamente estúpida que nos complica la vida, destruye nuestra armonía o lapida nuestro buen humor como quien no quiere la cosa (un cuñado, un compañero de trabajo, un celoso funcionario, un tipo que pasaba por ahí…). Es inevitable. C’est la vie, que diría un francés rendido a la evidencia. Puede, incluso, que nosotros mismos seamos personas estúpidas sin saberlo —algo nada improbable según las Leyes Fundamentales—, pero en tales casos el radio de acción y de daños consiguientes es relativamente estrecho. A no ser que se meta un perverso virus de por medio, que además de contagiar la gripe contagia, de forma bastante más letal, la estupidez. Estupidez endémica. Ésta sí que es fatal: para la economía global, para la salud mental de cada cual y para el sentido común en general.

Pero lo peor no es eso. Lo realmente devastador para nosotros, los españoles en particular, es esa cantidad ingente de estúpidos que se acomodan cada legislatura en las poltronas del poder (recordemos: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad»). Políticos, altos funcionarios, comunicadores, economistas, tertulianos, sindicalistas, influencers, iluminados y demás fauna ibérica. No todos estúpidos, o no solo estúpidos —según las Leyes Fundamentales de Cipolla—, también malvados. Muy malvados. Muchos malvados. Y ahí andamos, el resto de mortales, arrastrados por su corriente y sus intereses, bastante interesados, por cierto. Manejados, manipulados, utilizados constantemente, impunemente, por tan poderosos estúpidos y/o malvados. Y ahí andamos, sí, nosotros, los incautos. Tratando de rebelarnos contra la estupidez ajena que nos arrastra, irremisiblemente, hacia el abismo.


Y yo me digo: pues habrá que hacer algo, ¿no? Por ejemplo, empezar a nadar contracorriente. Con todas nuestras fuerzas. Con toda nuestra rabia. Con toda nuestra cordura. Con todo nuestro sentido común frente a la perversa estupidez global que nos envuelve. Con urgente y desesperada necesidad.


Y, por favor, tengamos siempre bien presentes las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana. Y especialmente la Quinta.