sábado, 30 de noviembre de 2019

La noche que estuve en Woodstock (Madrid)

 


El viernes cumplí un sueño largamente esperado y enormemente deseado. Retroceder en el tiempo 50 años y vivir en directo aquellos tres legendarios días de paz, amor y música. Sí, amigos, el viernes 29 de noviembre de 2019, a eso de las nueve de la noche, estuve en Woodstock 69. Y en primera fila. No hubo barro, ni quinientas mil almas sedientas de rock and roll, ni atascos kilométricos, ni miles de tiendas de campaña, ni viajes lisérgicos. Pero sí estuvieron Janis, Joe, Jimi, CSNY, Roger y Pete, Grace, Tim, Carlos, Arlo, Robbie y Levon, Sly y demás familia. Sí estuvieron el rock y el folk, la magia, la emoción, la hermandad, la complicidad sin fisuras sobre el escenario y a los pies del escenario. Sí estuvo el espíritu de aquel momento histórico que se vivió en Bethel, condado de Sullivan, estado de Nueva York; y también se sintió muy viva la inspiración de Sri Swami Satchindananda, «reunidos en el nombre del noble arte de la música a través de la cual podemos crear maravillas». Sí. El poder de la música, muchísimo más grande que cualquier otro poder en el mundo. 

 

 

De Nueva York a Bilbao y Madrid

El pasado viernes Woodstock renació en But por obra y gracia y muchos meses de curro de Jokin Salaverria (un proyecto al que venía dándole vueltas dos o tres años atrás) y cerca de 20 pedazo de artistas que lo dieron todo, y más, para hacernos felices durante un par de horas. Fuimos afortunados. Porque el aniversario lo merecía, y si en su lugar de origen la magna celebración fracasó estrepitosamente –y vergonzosamente-, tenía que llegar un bilbaíno para que unos pocos privilegiados, en Madrid y antes en el mismo Bilbao, pudiéramos asistir a lo que este pasado verano se le negó al mundo. Y tuvimos suerte, sí, porque aquí lo que sonó fue Woodstock. Tal cual. La misma esencia, la misma música, la misma magia.

 


Una gran familia, unida por la música

No ha sido fácil. El montaje, complicadísimo, ha exigido muchos viajes (hay músicos de Bilbao, de Madrid, de Galicia, de Valencia). Muchas horas de ensayo robadas al descanso de músicos que apenas tienen descanso (la mayoría han sido en agosto).  Y también, un enorme esfuerzo por parte de organizador, banda base y artistas invitados, más de 20 en total.

Pero la ilusión de rememorar el mayor festival de todos los tiempos, el más legendario concierto de la historia del rock, el evento que revolucionó a todo un país y expandió su mensaje de paz y música por todo el planeta, esa ilusión y su amor por las canciones que allí sonaron, han sido un potente imán al que ninguno de los convocados por Jokin ha podido negarse. Todos respondieron un sí rotundo a la primera. Y algunos han repetido en Bilbao y Madrid (y muchos se conocían del anterior encuentro organizado por Jokin, el Concierto de Bangladesh). Al final, se han convertido en una gran familia, feliz y unida por la música, que es la unión más poderosa que puede haber.

 

 


Woodstock reencarnado

El concierto fue memorable. Un maravilloso recorrido por aquel Woodstock del 69, por las canciones, el espíritu y hasta el sonido (se usaron instrumentos y amplis de la época), que nos mantuvo en estado de levitación durante cerca de dos horas (sin necesidad de LSD).

Desde la llegada a Los Angeles de Arlo Guthrie/Germán Salto, que continuó con la búsqueda de algún lugar recóndito de la mano de Canned Heat. Desde los ritmos latinos y salvajes de Soul Sacrifice y Evil Ways en la guitarra de Santana/Abel Lorenzo o el homenaje improvisado a Max Yasgur (dueño de la granja y del prado) que Mountain se inventó y renació en las voces de Uoho y Trujillo, grandes también con su Reina del Mississippi.

O desde la portentosa interpretación de Somebody To LoveVolunteers que se marcaron Garbayo y Nat Simons, a la altura de Grace Slick y sus Jefferson Airplane, que es mucha altura. También desde los temas más rockeros de The Band que sonaron en la voz de Txomin Guzmán o las armonías vocales de CSNY que bordaron Costa Oeste y José María Guzmán (la G de los míticos CRAG). Hasta el himno reivindicativo y hermoso de Tim HardinIf I Were A Carpenter, que hizo suyo Pablo Martín, todo sonó de manera magistral y emotiva. Nivelón. Una perfecta reencarnación.

Y con una banda base de auténtico lujo que desbordó talento, pasión y profesionalidad por todos los poros: Íñigo Bregel (batería), Germán Herrero (guitarra), Miguel Moral  (guitarra), Luis Pinel (teclados), Tronky Mexalo Ricardo Ibáñez (percusión), Jokin Salaverria (bajo), Luis Soler y Diego Jiménez (vientos).

 

Cuatro momentazos

Pero hubo momentos que se salieron. Cuatro momentazos. El primero fue la aparición de Janis, reencarnada en la presencia y la voz -¡qué voz, Dios mío!- de Cristina Saiz; ese pedacito de su corazón nos lo entregó con tanta fuerza, con tanto poderío, que si cerrabas los ojos te juro que estabas ahí, en agosto de 1969, a los pies de la mismísima diosa del blues.

El segundo fue estremecerse con los solos imposibles del imposible Hendrix, que salieron de los dedos y del alma de Gonzalo Portugal como si el propio Hendrix le hubiera hecho voodoo de niño para reencarnarse en él.

El tercero fue esa fuerza de la naturaleza, esa bestia del escenario llamada Aurora García (y sus Betrayers), que nos metió un chute de energía brutal y, de paso, llevó a Sly y la familia Stone muy pero que muy alto.

Luego llegó Carlos Tarque, «la mejor voz del rock español» en palabras de Jokin, que se hizo carne en Roger Daltrey, y le vimos y sentimos como Roger Daltrey y nos sacudió el cuerpo y el espíritu como hicieron Daltrey y Townshend y Moon con toda su generación, y las que vinieron detrás.

 

With A Little Help From My Friends

Y la apoteosis final se la reservó, claro, Joe Cocker, con un poco de ayuda de sus amigos. Esa voz rota, poderosa y cargada de pasión que esta bestia negra de piel blanca inmortalizó aquel domingo 17 de agosto del 69, en una de las interpretaciones más poderosas, emblemáticas y superlativas de la historia del rock. Y aquí, en But, Joe Cocker fue Toño LópezThe Soul Jacket, en cuerpo, alma, voz, movimiento y pasión. Y, lo juro, una vez más fue como si estuviéramos ahí, en aquel prado de Bethel, 50 años atrás, escuchando aquello, sintiendo aquello, viviendo aquello.

El fin de fiesta, todos los artistas sobre el escenario, fue la guinda perfecta para esa deliciosa y memorable tarta de aniversario. Y nos dejó dos mensajes muy claros: Dance To The Music y Feeling Alright. Sobran explicaciones.

Al filo de la medianoche el sueño, maravilloso sueño, terminó. Pero no del todo. Pues lo mismo que Woodstock 1969 ocupa desde hace 50 años un lugar especial en la historia, este Woodstock 2019 ocupará, durante otros 50, un lugar especial en nuestra memoria.

Gracias, Jokin.

Hari Om, Hari Om, Hari Hari Hari OM!!




miércoles, 20 de noviembre de 2019

España no es un circo. ¡Ojalá!



Uno está harto de escuchar, aquí y allá, que esta España nuestra de corruptelas, subvenciones, impunidades, impuestazos, amienemigos, mediocridades, injusticias, maldades, codicias, indignidades, complejos, fanatismos y demás alargadas sombras es un circo. Será, digo yo, por los payasos que dirigen —ahora o antes— el cotarro; o por las algarabías de patio de colegio en el congreso de los imputados; o por las animaladas continuas a las que somos sometidos los ciudadanos; o por las manadas de alimañas sin moral ni castigo; o por los equilibrios imposibles para justificar lo injustificable; o por los jueces que han de enjaular a las fieras más peligrosas sin látigo, sin taburete y, a veces, sin dignidad; o por los miles de pequeños empresarios y autónomos que son obligados a lanzarse al vacío sin red; o por el más difícil todavía en esto de sobrevivir. España es un circo; el Congreso de los Diputados es un circo; la política es un circo; los sindicatos son un circo; el ayuntamiento de tal o cual ciudad es un circo; las autonomías son un circo (y a algunas, además, les crecen los enanos)…

Y uno podría estar de acuerdo en que, en efecto, este país es un auténtico circo de tres pistas (o diecisiete), un puro cachondeo. Y de hecho lo estaba. Muy de acuerdo. Hasta hace un par de días.

Y es que hace un par de días volví a ver y a disfrutar como un niño “El mayor espectáculo del mundo”, esa obra magna del siempre magno Cecil B. DeMille (y que, por cierto, fue la primera película que vio en el cine el genio Spielberg, a los seis años, y le marcó para los restos; especialmente la escena del descarrilamiento del tren), esa maravilla de color, espectáculo y pasión que aún conservo en DVD y que hace un par de días me dio por rememorar.
            Y digo que volver a ver esa película cambió mi percepción del “España es un circo” porque el circo que yo vi esa tarde en la tele no tiene nada que ver, nada, con la España que padecemos hoy. Y llamar a esta España “circo” hoy se me antoja injusto e insultante. Para el circo, claro.


En “El mayor espectáculo del mundo” vi a un director (Charlton Heston) apasionado y entregado a su gente, que desafía a la crisis, a los dueños todopoderosos, a la naturaleza indomable, a los gansters, a los egos desbocados, a la desgracia e incluso a la muerte para llevar adelante la función («¡El espectáculo debe continuar!»); para inundar de alegría los corazones de miles de niños «de 6 a 80 años»; para dar trabajo, dignidad y cobijo a las más de mil almas que tiene a su cargo. Un acto permanente e inagotable de humanidad, generosidad y responsabilidad.

Vi a los cientos de trabajadores que luchan diariamente por su pan, sin desmayo, sin demora, sin una queja, sin una excusa, siempre con una sonrisa en los labios y en el corazón; porque su trabajo es duro, pero es su vida. Horas y horas de ensayo, horas y horas de esfuerzo y afán de superación; día tras día, mes tras mes, viviendo una vida de incomodidades e incertidumbres. De sacrificio. De aceptación.

Vi a una gran familia, más de mil quinientos seres unidos por lo que aman, dejando a un lado diferencias, egoísmos e incompatibilidades; todos a una, levantando la gigantesca carpa cada mañana, recogiéndola todos a una cada noche; sobreponiéndose juntos a la catástrofe, mano con mano, corazón con corazón; artistas y montadores, asistentes y domadores, limpiadores y estrellas, taquilleras y vendedores de helados. El compañerismo elevado a su máxima expresión.


Vi que, al final, los buenos, los honrados, los luchadores reciben siempre su recompensa; y que los villanos, los codiciosos, los tramposos reciben siempre su castigo. Y que la ley es la ley, aunque a veces parezca injusta (uno siempre llora cuando el payaso “Botones”/James Stewart es esposado por un agente del FBI que, ese día, no está precisamente orgulloso de su trabajo).


Vi, en fin, un grandioso espectáculo de optimismo, de superación, de entrega a los demás, de orgullo, de unidad, de ejemplaridad. Una lección infinitamente más constructiva que la que nos ofrecen habitualmente nuestros poderes públicos, nuestros corruptos oficiales y oficiosos o nuestras estrellas mediáticas de falso esplendor en esta feria de tramposos impunes en que han convertido España. Vi lo que me gustaría que vieran mis hijos cuando tengan ojos para ver la realidad. Un circo, desde luego, muy diferente al que nos tienen montado aquí.  


lunes, 28 de octubre de 2019

¿Racionalización de horarios? ¡Sí, por favor!




Madrugada del sábado 26 al domingo 27 de octubre: cambio de hora. La polémica, un año más, está servida. Unos hablarán de ahorro de energía, otros de alargar las horas de sol por abajo, muchos negarán que se ahorre energía y tampoco les importará esa hora extra de luz por la mañana, porque lo que les gustaría es poder disfrutarla por la tarde. Sin embargo, el verdadero debate, el realmente importante no es si en la Península Ibérica nuestro horario de vida debería estar sincronizado con el meridiano de Greenwich, que es el que nos corresponde, sino si nuestro horario de trabajo debería estar sincronizado con nuestra vida. Y, de paso, con el sentido común.

Hablamos de reconciliación con la vida familiar. Hablamos de disfrutar un poco más de la vida. Hablamos de racionalidad. Y hablamos de productividad laboral. De optimizar las horas de trabajo. De dormir más y mejor. De trabajar menos y mejor. Y de europeizarnos un poco más. Hablamos de cambiar radicalmente la mentalidad de las empresas y las administraciones públicas: señores, de una vez por todas, MAYOR PRESENCIA NO IMPLICA MAYOR PRODUCTIVIDAD. Ni salir después del jefe significa ser más trabajador. Ni dormir menos horas conlleva mayor mérito laboral. Más bien lo contrario.

Lo explica con absoluta nitidez y demoledor sentido común Ignacio Buqueras, presidente de la Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE). Cuando en el resto de Europa se trabaja hasta las cinco de la tarde, seis como mucho, aquí no salimos del trabajo hasta las ocho o las nueve; entramos no mucho más tarde, pero dedicamos dos horas o más al almuerzo (tanto en oficinas como en comercios). Más el tiempo, el estrés y el dinero (gasolina) que dedicamos a acudir puntualmente a nuestro lejano puesto de trabajo o cada día. También dormimos menos y desayunamos peor; llegamos más cansados a la oficina; las reuniones en plena digestión nos matan; seguimos presos de la cultura del presentismo (esperar a que el jefe acabe su jornada para salir escopetados); los hijos apenas nos ven entre semana; y no perdonamos el partido de fútbol o la serie de moda, que no empiezan antes de las diez o diez y media de la noche (hora a la que toda Europa está ya acostada).

¿Las consecuencias? Las bajas por estrés en España son más numerosas que las bajas por maternidad. También el fracaso escolar es más elevado porque los padres no están en casa para ayudar con los deberes (aunque esa es otra cuestión). Disfrutamos menos de la familia, y también de nosotros mismos. Si queremos ocio, hay que robarle horas al sueño. Nos falta tiempo. Trabajamos demasiadas horas. Gastamos más energía. Perdemos muchas horas semanales en el coche. Y encima ganamos menos que nuestros homólogos europeos.


¿Y qué podemos hacer? Lo primero y urgente, un cambio radical de mentalidad. De toda la sociedad. Políticos, empresarios, comerciantes, sindicatos, medios de comunicación, televisiones, ciudadanos… TODOS.

· Debemos dar más valor al tiempo (“perder tiempo es perder vida”, afirma Buqueras). Y eso incluye la puntualidad.

· Debemos aprender a establecer prioridades: no todo es importante, no todo es urgente.

·  Debemos aplicar la conciliación con hechos, no con palabras; con normas, no con buenas intenciones. Y con ejemplo (va por los que mandan).

· Debemos sincronizar la salida (y la llegada) del colegio con la salida (y la llegada) del trabajo.

· Debemos distribuir racionalmente el tiempo: salir bien desayunados de casa, almorzar en media hora, no eternizar las reuniones,  dormir más, disfrutar más… (volver a la fórmula 8 + 8 + 8).

· Debemos aprender -de una vez por todas- a aprovechar las posibilidades del teletrabajo. Sin miedo. Que para eso se ha inventado internet, y el email y las videoconferencias y el Facetime y el portátil y el wifi... Son muchas las empresas -y no solo las de última generación- las que están aplicando en serio medidas REALES para fomentar el trabajo desde casa. Y funcionan maravillosamente.

· En definitiva, horarios más humanos, más racionales, más europeos… y más productivos (“La productividad no es una cuestión de horas, sino simplemente de aprovechar mejor el tiempo”). Más de 2019. 


Poco a poco las empresas españolas —grandes y pequeñas—están comenzando a establecer horarios más racionales y a valorar sus consecuencias positivas. Pero sigue pesando demasiado la costumbre, lo malo conocido. Es urgente dar el paso. Cambiar de mentalidad, replantearse nuestro sistema de trabajo. Aprender de Europa y del resto del mundo. Pero ha de ser un compromiso total, de todos. Repito, de TODOS. Si no, seguiremos perdiendo el tiempo. Como idiotas.




jueves, 17 de octubre de 2019

España y los abuelos. Una deuda pendiente.



En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.

Vivimos malos tiempos para los abuelos. A lo largo de los últimos años casi hemos logrado dinamitar los dos pilares básicos que los sustentaban: la familia y la dignidad humana. La mismísima Declaración Universal de los Derechos Humanos define la familia como “el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”, pero en España cada vez está menos protegida, especialmente por el Estado, y son miles y miles los abuelos que sufren las consecuencias (se sienten fuera de lugar, no pueden ver a sus nietos, se ven abandonados, marginados, olvidados...).


Mirar hacia otro lado

Y además vivimos en una sociedad donde se escuchan cada vez más altas las voces en pro de “la muerte digna”, ese siniestro eufemismo que es el primer paso hacia el cadalso de la eutanasia por decreto. La consecuencia, o la causa quizá, es nuestra decreciente capacidad de compasión; miramos hacia otro lado, nos auto convencemos de que es la mejor solución para todos, anestesiamos nuestra razón y nuestro corazón y decidimos que los viejos sobran, que no sirven, que sólo estorban. Un lastre indeseado e incómodo. Evitable.

Por supuesto que hay ancianos que lo pasan mal, que sufren enfermedades terribles, que malviven con míseras pensiones, que se encuentran desvalidos y abandonados a su suerte, que van pasando de un hijo a otro en degradante turno, que permanecen anestesiados durante horas frente al televisor, que simplemente estorban y han perdido toda ilusión por vivir. Sólo hay que echar un vistazo a la Hoja de Caridad del periódico un domingo cualquiera, o pasarse por un comedor social de Cáritas un día cualquiera, o visitar un centro geriátrico cualquiera en cualquier pueblo o ciudad de España. La tristeza y la soledad golpean sin piedad sus almas, y la pobreza y los malos tratos golpean sus cuerpos con inhumana crueldad. Por eso, con ellos, no hay que escatimar cariño ni cuidados; todo lo que necesiten y más. Es nuestra responsabilidad, como sociedad, como familia y como individuos. Debemos mirarnos menos el ombligo y mirar más sus arrugas; las de fuera y las de dentro. Y aplicar los “cuidados paliativos” a su sufrimiento, no a su aliento vital. Porque los abuelos son lo mejor que tenemos y lo que más debemos cuidar.





Muerte digna vs vida digna

Decía García Márquez que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Puede que los viejos deban, por fuerza, aprender a soportar la soledad, pero una vejez solitaria nunca puede ser buena. Es, precisamente, la soledad lo que hace más infelices a nuestros mayores, la sensación de abandono, de inutilidad. Y es la compañía, el afecto, la comprensión lo que les da la vida; y lo que hace esa vida realmente digna. No se trata de asegurarles una “muerte digna” según el criterio de un celador, un médico o un familiar —cualesquiera que sean sus intenciones últimas— sino de procurarles una vida digna, cada día, cada minuto. Si hay alguien que se lo merece, con absoluta certeza, son nuestros mayores, nuestros abuelos. Porque ellos lo han dado todo por nosotros y, lo que es más, lo siguen dando. Si les dejamos. 

Según el psiquiatra infantil Kornhaber, los abuelos ocupan un lugar destacado en la vida de los niños, “sólo los padres están por encima de los abuelos en su jerarquía del afecto”. “Son como libros vivientes y archivos de la familia”, añade Kornhaber. Son también el elemento transmisor de la experiencia y los valores, los encargados de ayudarnos a comprender principios hoy olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo esenciales para una buena vida familiar: tradición, generosidad, memoria, religiosidad, sacrificio, humanidad...



Abuelos activos, un bien social

 “Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida”; muchos de nuestros mayores siguen la consigna de Picasso con entusiasmo. En un mundo que envejece rápidamente, las personas mayores activas desempeñan un papel cada vez más importante, con su ejemplo y con su trabajo voluntario, cuidando a personas enfermas o dependientes, e incluso a sus propias familias: lo estamos viendo desde los tiempos de la crisis, son los abuelos quienes han sustituido a las guarderías... y al subsidio. Como Isabelu, que comparte sus escasos ingresos con su hija menor y su yerno (ambos en paro), para que no les falte un pollo en su mesa ni un biberón en la cuna de su bebé.

Como don Alfredo, que a sus setenta y ocho años, y a pesar de arrastrar una hemiplejia desde hace treinta, mantiene un envidiable espíritu vital. No sólo por su inagotable y contagioso sentido del humor, sino porque durante sus paseos por el barrio, del brazo de su hija Rocío, ha decidido que su misión es que los demás se sientan útiles: una excusa para piropear a la bisabuela vecina, que vuelve encantada a su casa después de un “parece mentira que tenga usted bisnietos, con lo joven que es”; o para comentar el partido del Madrid con todos los porteros de su calle, íntimos ya; o, simplemente, para escuchar las penas de los mendigos más o menos habituales, cuyas biografías se sabe de memoria.

O como Laura, que va a buscar a sus nietos al colegio, da clases de inglés (“aunque jamás lo hablaré”), ayuda en un comedor de Cáritas y aprende solfeo con su nieta de 7 años. O como Manuel, que a pesar de sus problemas de visión, un tumor cerebral (ya superado) y la muerte reciente de su esposa (aún no superada), prefiere vivir en su casa y no molestar a sus hijos, aunque todos se han ofrecido a acogerle: “tengo una visión positiva de mi vida. Si la vista me deja, dibujo, leo y cuando puedo me hago un viaje. Me fui a Florencia con mi nieta mayor, ella empujaba mi silla de ruedas; yo la hacía reír”. O como Íñigo, que a sus setenta y pico años sigue practicando surf casi todos los días (cuando hay olas), además de enseñar a sus nietos y dirigir la tienda que fundó hace más de tres décadas; o como Paco y Rosa, que siguen recogiendo el heno y ordeñando a sus nueve vacas a diario, sin acordarse de que entre los dos suman siglo y medio. Y como ellos, miles y miles de mayores que pueden y quieren ser útiles a la sociedad. Sólo tenemos que dejarles.



Dice un proverbio oriental “Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”. Pues eso, ya es tiempo de pagárselo. Y con intereses. 

(Este artículo es uno de los capítulos de mi libro "La muerte del egoísmo", Ed. Palabra)


lunes, 14 de octubre de 2019

Cirque du Soleil: Laliberté, Fraternité, Genialité


El circo, desde siempre, es sinónimo de magia, de fantasía, de sorpresa, de espectáculo, de fascinación. Pero su mejor definición está escrita en el rostro de un niño, de cualquier niño, la primera vez que asiste a una función circense. Y es exactamente la misma expresión que se escribe en el rostro de un adulto, de cualquier adulto, cuando acude por primera vez a una función del Cirque du Soleil. Y todas las demás veces. Una magia que nació en las calles de Quebec y ahora fascina al mundo entero.



Cuando llegas a una función del Cirque du Soleil lo primero que sientes es que te envuelve una atmósfera especial. El color, la estética, la música, el vestuario, la puesta en escena… poco a poco percibes que te estás adentrando en un mundo mágico y sorprendente, algo que no habías conocido, ni siquiera imaginado, en tu vida anterior. Una sensación que se transforma automáticamente en fascinación en el instante de comenzar el espectáculo, con el primer foco, con la primera nota, con la primera aparición. A partir de ese momento, tu boca ya no se vuelve a cerrar, tus ojos no se atreven a parpadear y tus manos y tu corazón no cesan de aplaudir hasta que se apaga el último foco, hasta que se pierde la última nota.

Entre el primer y el último instante, han pasado ante tus asombrados ojos bufones, trovadores, saltimbanquis, acróbatas, contorsionistas, malabaristas o payasos, decenas de artistas que realizan proezas imposibles porque, sencillamente, no son de este mundo. Esta es la esencia del Cirque du Soleil, una nueva concepción artística que, partiendo de los números circenses tradicionales, añadió vestuario, coreografía, música, iluminación, glamour, argumento y diferentes disciplinas para crear un espectáculo absolutamente innovador, cuyo objetivo final es, en palabras de su fundador: “asombrar y dejar al público sin aliento”. Tal cual.


Magia callejera

No siempre fue así, claro. Aunque sí ha mantenido intacta su atmósfera de mágica fascinación, el Cirque du Soleil nació del arte callejero. Su fundador y alma creativa, Guy Laliberté (1959), ya tenía la certeza a los 16 años de que dedicaría su vida a las artes escénicas. Comenzó tocando el acordeón en un grupo de música folk (La Gueule du loup) por las calles de Quebec, su ciudad natal, y después por Europa, donde aprendió otro ancestral arte ambulante: el de tragar fuego. A su regreso a Quebec, en 1979, se unió al grupo de échassiers (caminantes con zancos) de Gilles Ste-Croix; juntos organizaron una feria de verano en Baie Saint Paul, a la que se unió el futuro socio de Laliberté, Daniel Gauthier. Les Échassiers de Baie-Saint-Paul recorrieron las calles de la localidad sorprendiendo a los transeúntes con su espectáculo visual de bailarines, acróbatas y tragafuegos. Una experiencia que el verano siguiente repetirían en Quebec.


En los años posteriores cambiaron su nombre por Le Club des talons hauts pero no su actividad callejera. En 1982 organizaron un gran festival cultural en Baie Saint Paul al que asistieron artistas callejeros de todo Canadá; la convocatoria fue un éxito y una experiencia que sembró en las mentes de Laliberté y Ste-Croix la idea de fundar un circo. Un año después convencieron al gobierno para subvencionar un espectáculo que recorrería en 1984 todo el país como parte de los festejos que celebraban el 450 aniversario del descubrimiento de Canadá. Le Club recibió 1,5 millones de dólares y se convirtió en Le Grand Tour du Cirque du Soleil, primera vez que se utilizó el término que acabaría siendo reconocido en todo el mundo. Un “montaje dramático de artes circenses y esparcimiento callejero”, como reseñaba su espíritu fundacional.

El tour resultó un éxito, aunque no financieramente. Con 60.000 dólares en el banco, Laliberté solicitó al gobierno una nueva subvención, que le fue concedida (a regañadientes) y le permitió estrenar una segunda temporada de Le Grand Tour, que pasó a llamarse simplemente Cirque du Soleil. Era el mes de mayo de 1985. El reto era ahora convertir al grupo de artistas callejeros en un verdadero circo. Añadieron música, dramatización, nuevos artistas, números innovadores y mucha imaginación y nació su primer espectáculo, La Magie Continue. Recorrieron Canadá con una carpa para 800 espectadores, con gran éxito de público y crítica, a pesar de lo cual bordearon de nuevo la quiebra.



Invocar la imaginación, incitar a los sentidos

Después de tres años de duro trabajo y sinsabores financieros, en 1987 logran salir de Canadá por primera vez. Su destino, el Festival de Artes de Los Angeles. Sólo viaje de ida, pues ni siquiera disponían de fondos para poder regresar a Quebec. Lo reconoce el propio Laliberté: “Aposté todo a esa noche. Si fallábamos, no habría dinero para regresar a casa”. Afortunadamente ganó la apuesta y la triunfal presentación de su producción Cirque Réinventé permitió que el Cirque du Soleil no sólo sobreviviera, sino que comenzara una carrera imparable hacia el firmamento del show business. Después de Los Angeles llegaron otras ciudades americanas y luego Europa y Japón; la carpa para 800 personas se transformó en la Grand Chapiteau actual, con capacidad para 2.500; en 1992 se instaló el primer espectáculo fijo, en el Mirage Hotel de Las Vegas y, a partir de ahí, la conquista del mundo, un nuevo show cada dos años (van ya 22) y unos beneficios millonarios con cada gira.

Aquel grupo de 20 artistas callejeros y 50 empleados de Le Club que en 1984 definieron su misión como “invocar la imaginación, incitar a los sentidos y evocar las emociones de la gente en todo el mundo” alcanzan hoy los 5.000 empleados –de ellos 1.300 artistas- procedentes de 50 países, con 22 espectáculos que han fascinado –y siguen fascinando- a más de 100 millones de espectadores. El sueño de un visionario llamado Laliberté hecho mágica realidad.


Buscadores de tesoros 

Las claves que explican el éxito del Cirque du Soleil a lo largo de estos casi treinta años pueden resumirse en tres: originalidad (mezcla de circo, arte, danza y teatro, además de reinventarse en cada espectáculo); perfección (sólo valen los mejores, cada número es sinónimo de excelencia técnica y estética); y emoción (conexión total con el espectador, ofrecerle una experiencia realmente única de principio a fin). Para lograrlo no vale cualquiera, claro. Y esta sea tal vez su mayor dificultad: encontrar el talento adecuado. A esa labor se dedican sus “buscadores de tesoros”, 60 expertos que rastrean el mundo en busca de artistas, gimnastas, deportistas de élite (muchos medallistas olímpicos) que quieran prolongar su carrera. Sólo tienen que cumplir dos requisitos: excelentes condiciones atléticas y expresividad, capacidad de dar vida a un personaje.

El atleta o artista idóneo será luego entrenado durante meses en un estudio/laboratorio especial, con sede en Montreal. Allí aprenderá a potenciar sus cualidades físicas y, sobre todo, a transmitir emoción, a actuar en el escenario. Aprenderá también a convivir con personas de multitud de países y culturas; y a trabajar para el equipo, para el éxito de la compañía, no para su ego. El reto de cada producción del Cirque du Soleil es ser mejor que la anterior; todos, desde el director artístico hasta la encargada del guardarropa, son conscientes de que siempre están a un paso del fracaso, que el éxito en el pasado no garantiza el futuro; y es esta preocupación, bien gestionada por los directivos, la que obliga a cuidar hasta el detalle más nimio y buscar permanentemente la perfección y la creatividad.


La vida en el Cirque du Soleil no es fácil, obviamente. El trabajo es duro, el entrenamiento es exhaustivo y en algunos espectáculos los artistas están viajando durante años (Saltimbanco lleva de gira desde 1992); pero esto crea también unos lazos entre el personal que no se dan en ninguna otra organización. Además, la compañía cuida al máximo la calidad de vida de sus trabajadores, incluidas sus familias (hay programas de estudios para los hijos). Cada cual encuentra sus propias razones para pertenecer a esta gran familia circense: Para Fernando Dudka, equilibrista argentino, “Vengo del mundo de la gimnasia y aquí tienes más capacidad para expresarte”; a David Chala, percusionista cubano, lo que le atrae es que “dentro del número siempre queda un pequeño hueco para la improvisación”; y al español Pablo Gomis, payaso, le motiva viajar y descubrir que “el humor cambia de un país a otro”.

A Guy Laliberté, su fundador, además de ver cumplido su sueño y haberse convertido en multimillonario, le motivan otras dos buenas causas: sacar a los niños de la calle a través de su programa Cirque du Monde y combatir la pobreza mundial facilitando el acceso al agua potable con la Fundación One Drop, creada en 2007. La buena causa que nos motiva a los espectadores es, simplemente, soñar durante un par de horas y vivir una experiencia que perdurará toda la vida.


Un atardecer en Hawai

El nombre Cirque du Soleil (Circo del Sol) nació una tarde de 1984, mientras Laliberté admiraba una puesta de sol durante un viaje a Hawai; buscando una denominación para su nuevo espectáculo optó por usar el término en francés soleil, como símbolo de “juventud, dinamismo y energía”. Un nombre que transmite, en cualquier país del mundo, el espíritu, la magia y la personalidad original, intransferible del Cirque du Soleil. Sólo intentaron cambiarla una vez… y la lección quedó aprendida: Sucedió en la primera actuación fuera de las fronteras de Québec, en Notario, cerca de las Cataratas del Niágara. Como el público era mayoritariamente anglosajón, Laliberté decidió adaptar el nombre al inglés y denominarlo Circus of the Sun. El espectáculo fracasó. Las razones fueron probablemente variadas, pero la lección que aprendió Laliberté es que al perder su nombre perdieron también su originalidad, su esencia. Su magia.

El último show estrenado en España, Kooza. Que lo disfruten.






miércoles, 24 de julio de 2019

Pixar: Historia de un éxito que nació de cuatro fracasos


Los aficionados al buen cine aún estamos celebrando el Oscar de Toy Story 4 (lástima Klaus, otra gran película) mientras esperamos ansiosos la llegada de Soul, el próximo junio. Una buena noticia no solo para los niños y los amantes del cine animado, sino del Cine en mayúsculas. Porque lo que ha conseguido Pixar a lo largo de sus tres décadas de historia cinematográfica es un buen puñado de obras maestras que han conquistado a todos los públicos por igual. Los genios Steve Jobs y John Lasseter revolucionaron el cine para siempre, y ahora que está a punto de estrenarse su último proyecto (¿qué son tres mesecitos?), es un buen momento para recordar cómo empezó todo… 


Corría el año 1985, Año I tras el lanzamiento del primer Macintosh y de ese impactante spot (“1984) que, además de golpear al gigante IBM transformado en “Gran Hermano”, tambaleó los cimientos de la industria informática. Sin embargo, el primer ordenador con sistema operativo visual no obtuvo los resultados en ventas esperados y Apple despidió a más de mil empleados, entre ellos a su propio fundador, Steve Jobs. Ser despedido de la empresa que tú mismo has creado, después de haberle entregado tu vida durante una década, y además por el hombre al que tú convenciste para dejar su trabajo y entrar en esa aventura apasionante (John Sculley), no debe ser precisamente muy motivador para una persona normal. Pero Jobs no era una persona normal. Era un soñador con los pies en la tierra, un innovador nato, un luchador de inquebrantable tenacidad e inagotable curiosidad; y, por encima de todo, un enamorado de su trabajo. “Por unos meses, no supe realmente qué hacer. Fue un absoluto fracaso público. Lentamente comencé a entender algo: que yo todavía amaba lo que hacía. Había sido rechazado, pero seguía enamorado. Y así decidí comenzar de nuevo”.

Cuatro fracasados
En 1986, en el camino del fracasado Jobs se cruzaron otros tres fracasados: George Lucas, Ed Catmull y John Lasseter. Lucas, a su vez, acumulaba dos fracasos que lo llevaron al borde de la ruina: su carísimo divorcio y el batacazo en taquilla de su última película, Howard, un nuevo héroe, que le obligaron a malvender The Graphics Group, la división de efectos especiales de Lucasfilm, dedicada a la animación por ordenador y que había creado para El Imperio contraataca (1980). Ed Catmull era un animador frustrado que nunca supo defenderse excesivamente bien con el lápiz, pero sí con el teclado, y cuyo talento en la programación por ordenador había puesto al servicio de George Lucas y de su empresa The Graphics Group, la cual dirigía antes de su quiebra. El tercer fracasado era John Lasseter, animador a las órdenes de Disney, que fue despedido no por falta de talento, sino por exceso de visión: cometió la imprudencia de predecir que el futuro de los dibujos animados no estaba en las plantillas superpuestas y los lápices de colores, sino en los softwares y los píxeles. 



Así que Lucas necesitaba dinero, Catmull y Lasseter trabajo y Jobs un nuevo sueño en el que creer… y en el que gastar los diez millones de dólares de su finiquito, que le quemaban el bolsillo. Guiado por su intuición y su fe en la innovación, compró The Graphics Group por cinco millones de dólares, invirtió otros cinco, le cambió el nombre por Pixar (píxel + art) y se puso al frente de la nueva nave, al mando de Catmull en la parte tecnológica y de Lasseter en la creativa. Destinada en principio a fabricar hardware, durante los primeros años la empresa no iba, lo que se dice, excesivamente bien; las pérdidas se amontonaban y Jobs pensó en abandonar la nave e incluso vendérsela a su principal adversario, Microsoft. Hasta que, siguiendo la línea dibujada por Lasseter, en 1990 los pasos de Pixar se encaminaron exclusivamente a la creación de imágenes generadas y animadas por ordenador.

De Toy Story al infinito

Lasseter demostró su genio en una serie de cortometrajes que pasaron por las pantallas con suerte desigual, hasta que llegó Tin Toy y el óscar al mejor corto de animación. El éxito animó a Jobs, Lasseter y Catmull a realizar su primer largometraje y, de paso, a cambiar para siempre las reglas del cine de animación, y del cine sin más. Era el año 1995 y había nacido Toy Story, la primera película generada totalmente por ordenador. “Steve nos dio una oportunidad y creyó en nuestro sueño descabellado de hacer películas animadas con ordenador; la única cosa que nos dijo fue: ¡Hacedlo genial!”, recuerda Lasseter. Y siguieron su mandato de forma tan literal e inspirada, que realizaron una obra maestra e inmortal, llena de alma, humor, emoción, acción, inteligencia y personajes entrañables, con más vida que muchos del cine ‘real’. 110 empleados de Pixar (27 de ellos animadores), 400 modelos de arcilla posteriormente computerizados, 800.000 horas de ordenador y 114.240 fotogramas animados (cada uno de dos a quince horas), 30 millones de presupuesto, un inteligente guión (dirigido a niños y padres), la extraordinaria banda sonora de Randy Newman, las voces de Tom Hanks, Tim Allen y un gran elenco de secundarios, además del talento (y el alma) de John Lasseter en la dirección, llevaron a Toy Story directamente a lo más alto de la historia del Cine… ¡hasta el infinito y más allá!



Jobs, el soñador visionario

El 19 de noviembre de 1995 tuvo lugar la premiere en Hollywood. Tres días después se estrenaba en 2.281 salas de todo el mundo y, tras 37 semanas en cartel, recaudaba 361.958.736 millones de dólares a nivel mundial, aparte de multitud de premios y la bendición unánime de la crítica y, lo más importante, del público. Pixar se convirtió desde entonces en el modelo a seguir, y otras compañías como Dreamworks (Shrek), BlueSky (Ice Age) o la propia Disney (que acabó asociándose con Pixar) se sumaron al carro de la animación digital. Pero nunca llegaron a superar a la pionera, a la visionaria, a la que marcó el camino del futuro y que continuó su estela de éxitos con obras maestras como Toy Story 2, 3 4Monstruos, S.A., Buscando a NemoLos IncreíblesWall-E, Del revés o Up.

“Steve Jobs fue un extraordinario visionario, la luz que guiaba a la familia Pixar", declaró John Lasseter tras la muerte de su socio y amigo. “Vio el potencial de lo que Pixar podría llegar a ser mucho antes que el resto de nosotros, mucho más allá de lo que nadie hubiese imaginado. Apostó por nosotros, y creyó en nuestro loco sueño”. Steve Jobs luchó por sus sueños, sí; pero, sobre todo, luchó también por los sueños de todos nosotros. Sólo por eso, nuestro agradecimiento infinito… y más allá.



Curiosidades

Woody y Buzz Lightyear están inspirados en los juguetes que el director John Lasseter amó en su infancia. El vaquero Woody es reflejo de su muñeco Casper, que también hablaba al tirar de la cuerda; su nombre proviene del actor de películas del oeste Woody Strode

En cuanto al guardián del espacio, fue bautizado primero como Lunar Larry y después como Morph Lightyear, para finalmente quedar como Buzz en homenaje al astronauta Buzz Aldrin; su uniforme espacial se basó en los trajes de los astronautas del programa Apolo y su musculoso porte proviene de los muñecos G.I. Joe, los favoritos del niño Lasseter. 

Eso nos hace pensar que la emotiva escena de Andy despidiéndose de sus juguetes antes de ir a la Universidad en Toy Story 3 es, con seguridad, un recuerdo de la infancia del director. Y de la de todos nosotros, claro.




viernes, 21 de junio de 2019

Mi Dylan favorito: Desire y The Rolling Thunder Revue

Recién estrenado el documental de Martin Scorsese sobre el Rolling Thunder Revue de Bob Dylan, no cabe mejor excusa para recordar y repasar el álbum que dio pie a esa magna gira a mediados de los 70: Desire



Fue tal vez el último gran disco de estudio del Maestro. El culmen de una etapa intensa y prolífica, la de finales de los 60 y los primeros años 70, que demostró al mundo quién era -¿y es?- el más grande contador de historias de este circo llamado rock. Y precisamente de grandes historias muy bien contadas está lleno Desire, quizá más que ningún otro de sus álbumes. Canciones eminentemente narrativas, extensas, bellas y con letras muy cuidadas, escritas en colaboración con el letrista, psicólogo y director teatral Jaques Levy, quien ya había trabajado con Roger McGuinn y sus Byrds. Pero ya entraremos en esto luego.

Dylan venía de grabar Blood On The Tracks (1975), disco centrado en sus problemas conyugales con Sara Lownds, y que contiene algunas de sus canciones más emblemáticas, como Tangle Up In Blue, Idiot Wind, Shelter From The Storm, Simple Twist Of Fate. En cierto modo, Desire también está salpicado por su turbulento matrimonio (el tema Sara es uno de los epicentros del disco), aunque sus preocupaciones iban más allá: la obsesión de crear su propia banda (echaba de menos los tiempos de complicidad con The Hawks/The Band); también quería experimentar un sonido diferente; y buscaba nuevas fórmulas para contar historias y nuevas historias que contar. 

El caos y la magia

En realidad, todo empezó con un tremendo caos y algunas casualidades. Una de ellas fue su encuentro fortuito con la violinista Scarlet Rivera, que simplemente pasaba por ahí (una calle de Greenwich Village) en el momento justo. Dylan se enamoró de ese sonido desde la primera canción que ensayaron improvisadamente, guitarra y violín, e invitó a Rivera a unirse a su siguiente disco. Las primeras sesiones de grabación, en julio de 1975, fueron bastante caóticas. Dylan reunió a más de 20 músicos en el estudio, bastante apiñados, desconcertados y frustrados. Entre ellos, Dave Mason, Eric Clapton, Scarlet Rivera, Emmilou Harris, Rob Stoner, el grupo Kokomo… En vista de los resultados, en las siguientes sesiones se fue reduciendo el número de músicos hasta quedar Stoner (al bajo), Harris, Rivera y el batería Howie Wyeth. Y entonces el caos se transformó en magia, y en apenas un par de sesiones más, Dylan y su nueva banda grabaron la totalidad de los temas de Desire, descartes incluidos. El disco se publicó finalmente en enero de 1976.


La gira Rolling Thunder Revue

No se entiende Desire sin la gran(diosa) gira pre y post lanzamiento del disco, en otoño de 1975 y en primavera del año siguiente. Dylan y su caravana de músicos ofrecieron un total de 57 conciertos en grandes escenarios de Estados Unidos y Canadá, interpretando canciones del nuevo disco y reinterpretando algunos viejos temas. Aquel bufón apoltronado y «fuera del reparto» que retrató Don McClean en American Pie («With the Jester at the sidelines in a cast») volvió a la carretera por todo lo alto. Abarrotando estadios en compañía de un reparto de lujo, al que se fueron uniendo estrellas del calibre de Joan Baez, Roger McGuinn, Joni Mitchell, T-Bone Burnett, Ramblin’ Jack Flash, Mick Ronson (una de las arañas marcianas de Bowie y luego compañero inseparable de Ian Hunter) o el poeta ‘beat’ Allen Ginsberg. Dio tiempo hasta para organizar un concierto benéfico –reivindicativo, combativo- en el Madison Square Garden en homenaje al boxeador encarcelado Rubin Hurricane Carter, tema central de Desire.


Un puñado de historias memorables

Las letras profundas, intimistas y literarias de Dylan y Levy, tan bien acompañadas por el violín evocador de Scarlet Rivera, la impresionante base rítmica de Wyeth y Stoner, las voces de Emmilou Harris y Ronee Blakley, y hasta la guitarra de Eric Clapton, conformaron un puñado de historias nacidas para ser eternas. Lo cierto es que las puedes escuchar ahora, cuatro décadas después, y te siguen emocionando casi como la primera vez.


Hurricane abre el disco narrando la dramática historia del boxeador Rubin Carter, que pudo haber sido campeón del mundo pero fue acusado de triple asesinato y encarcelado durante 20 años. Dylan, muy comprometido con la lucha por los derechos civiles, y convencido de la inocencia del boxeador, se inspiró en la autobiografía de Carter para escribir Hurricane. Es sin duda uno de sus mayores éxitos y uno de sus temas más emblemáticos. 

Isis tiene algo de magia, de misterio y de mitología, y está llena de referencias simbólicas. Una historia de amor e infidelidad –narrada como una Odisea- entre un hombre y una enigmática mujer, Isis, en la que muchos quieren ver un reflejo del propio matrimonio y separación de Dylan y Sara.   

One More Cup Of Coffee es un maravilloso dueto entre Dylan y Harris que nos relata el cuento de una chica gitana y vagabunda de la que se enamora un hombre cuyo amor no es correspondido. Oh, Sister, también con la elegante voz de Emmilou Harris, nos habla de la fragilidad del amor.

Joey, además de la canción más larga del álbum, es la más polémica. Una balada que describe, con una visión un tanto romántica, la vida del gánster Joey Gallo, «el Rey de la calle». Para Dylan es un héroe que nunca asesinó a inocentes, apoyó la causa de los negros e incluso protegió a su familia heroicamente durante un tiroteo. Un personaje a la altura de los mitos de Robin Hood o Jesse James.

Esta visión romántica del forajido se repite en Romance in Durango, aquí ambientada en México y con historia de amor y huida incluida (más la guitarra de Clapton). Casi como una película de Sam Peckinpah. Y, hablando de amor, Desire se cierra con Sara, su canción más íntima y desnuda. Dedicada a su mujer, es un hermoso recuerdo de los felices tiempos en familia, y también un vano intento de reflotar su tambaleante matrimonio (que finalmente  acabó en divorcio un par de años después).

El álbum lo completan Black Diamond Bay, que describe la destrucción de una isla por efecto de un volcán, aunque es sobre todo una crítica a la indiferencia de la televisión a la hora de tratar la tragedia; y Mozambique, un juego de rimas en la que brilla especialmente el violín de Scarlet Rivera.



Hubo también descartes en Desire, que fueron publicados años más tarde en diferentes volúmenes de las Bootleg Series. Rita Mae, Catfish, Golden Loom y, por encima de todas, Abandoned Love, publicada en su recopilatorio Biograh (1985). Una hermosa composición que retoma sus problemas matrimoniales desde el punto de vista de un Dylan desolado y solitario. Cuenta con grandes versiones de los Everly Brothers (1985), el mismísimo George Harrison (1995) y el folker irlandés Sean Keane (quien, por cierto, visitó España hace unos meses).