viernes, 5 de julio de 2013

Lejos del mundanal ruido. ¿Vacaciones alternativas?


En plena era de la globalización, la interactividad y las multirrelaciones virtuales, una mujer de 50 años, tras una vida dedicada a sus hijos y al Estado, decide dejarlo todo y evadirse del mundanal ruido en un diminuto islote en las Islas Marshall, donde ha vivido durante 5 años sin móvil, sin ordenador, sin microondas, sin televisor, sin jefes y sin hijos. Sola y feliz. Hay otros modernos robinsones, voluntarios y forzados, que han sobrevivido en completa soledad en islas perdidas. Aunque no han llegado a los 28 años del héroe de Daniel Defoe, cada uno ha vivido su propia historia. Una emocionante aventura, en cualquier caso.

 



Hace unos años, Joan Rutherford decidió que merecía un buen descanso. No un fin de semana de escapada, ni siquiera unas vacaciones de lujo en Las Bahamas, en un confortable complejo hotelero. No. Lo que Joan necesitaba era lo que podríamos llamar un descanso extremo. Por ejemplo, 5 años en un islote de la Micronesia, durmiendo bajo las estrellas y rodeada de gaviotas. “¿Has dormido alguna vez con las gaviotas? ¡Oh, Dios! Hazlo al menos una vez en tu vida -exclama, excitada-. Las blancas suenan como arpas durante toda la noche”. Antes de su descanso extremo, Joan pasó los últimos 27 años de su vida criando a sus hijos y fichando de nueve a cinco como funcionaria del Estado de Washington.
Una vida rutinaria que ha quedado atrás, muy lejos en la distancia y, sobre todo, en la cabeza. “Descansar significa no tener responsabilidades ni preocupaciones acerca de lo que sucede en la sociedad”. Ya en 1988 Joan se tomó unas semanas de vacaciones para viajar en busca de un lugar al que retirarse cuando tocara. No sabía por qué –tal vez el aire o el color del mar o la suave brisa- pero se sentía misteriosamente atraída por la Micronesia. Cuando llegó a las Islas Marshall, supo que ese era el lugar. El siguiente paso era elegir en cuál de los 34 atolones había de instalarse. El criterio era sencillo: el más alejado de las ciudades, las carreteras y las multitudes que pudiera encontrar. Condiciones que cumplía a la perfección el islote de nombre Mili. Un diminuto, plano y solitario punto de arena en medio de un gigantesco desierto de mar. Eso sí, rodeado de vivo coral, aguas transparentes y miles de peces multicolores.

 
Joan reconoce que la vida en Mili no ha sido fácil, a pesar de todo; especialmente los dos primeros años. Las violentas tempestades, el calor sofocante, la humedad extrema; y las condiciones de vida primitivas, pro descontado: sin agua (solo la que recoge los días de lluvia), sin electricidad (salvo por un pequeño generador que utiliza en ocasiones especiales), sin comida (cinco cocoteros y miles de peces por capturar). Pero no sin ayuda. Aunque vive sola en su micro isla, cuenta con la amistad y la compañía de una gran familia nativa, la de Shigeru y Kajnet y sus 11 hijos, propietarios del atolón Mili, que han adoptado a Joan como una más del clan. Sólo le impusieron dos condiciones para permanecer en la isla: no comer ningún pez sin que uno de ellos comprobara si era venenoso; y no tratar de cruzar la laguna sola, debido al peligro que suponen las fuertes corrientes.
Los hijos de Shigeru y Kajnet adecentaron la isla y construyeron una pequeña cabaña para su invitada, con salón exterior a la sombra de una palmera y vistas al coral y a la inmensidad celeste del Pacífico. Le enseñaron a plantar patatas, cebollas y lechuga, a sacar todo el provecho de los cocoteros y a pescar al más puro micronesian style. Eso sí, como carece de nevera “si pesco un pez más grande de lo que puedo comer, lo tengo que devolver al mar”. El resto de su tiempo lo pasa leyendo, buceando o completando su magnífica colección de conchas, algunas de ellas verdaderas joyas de la naturaleza. Tras cinco años de tranquila felicidad, Joan ha tenido que abandonar su isla por motivos médicos. Ahora está de nuevo en Washington, pero su mente sólo piensa en volver a su atolón Mili, con sus gaviotas, sus cinco cocoteros y su bendita soledad.
 
 
El suizo Xavier Rosset también decidió abandonar familia, amigos y comodidades para aventurarse durante un año en una isla desierta (Tofua, en las islas Ha’apai, donde solo hay cocos, cerdos salvajes y un volcán) con una navaja suiza, un machete, una videocámara y unos paneles solares para recargar la cámara como único equipaje. El objetivo, grabar un documental y reflexionar sobre nuestra acartonada vida occidental. El reto, aprender a convivir con la soledad y a vivir de la naturaleza (“Al principio fue muy difícil. Tuve que encontrar comida, construirme un techo, aprender a pescar y a cazar”). El resultado, un magnífico documental y, sobre todo, la satisfacción de haberse encontrado a sí mismo en 300 días de absoluta soledad.


El caso del canadiense Harold Hackett es aún más curioso, si cabe. Solitario habitante de Tignish, en la pequeña isla de Prince Edwards, desde 1996 mitiga su falta de compañía humana haciendo amigos de una forma un tanto peculiar: lanzando al océano cientos de botellas de zumo, previamente vaciadas, con cartas en su interior solicitando la amistad del fortuito receptor, como una suerte de facebook a la antigua. Calcula que ha lanzado en estos años unas 4.870 botellas, la mayoría de las cuales han llegado, mecidas por el viento y la marea, hasta lugares tan remotos como Rusia, Islandia, Holanda, Gran Bretaña, Francia e incluso África.
Cuando un nuevo amigo, en cualquier parte del planeta, recibe uno de los mensajes embotellados de Harold, responde a su vez enviando una carta (por correo postal) a su dirección. Cada año recibe cientos de cartas, especialmente en Navidad, y a veces también regalos. Según calcula Harold, debe de llevar más de 3.100 cartas respondidas. “Nunca imaginé que haría tantos amigos”, reconoce. “Cada carta tiene su propia historia. Algunas llegan a varias personas en diferentes países. Otras son tristes. En una de ellas, una señora de Escocia me contaba que sus tres hijos murieron ahogados durante una tormenta”.

En su pequeña isla ya es toda una leyenda entre los pescadores, que a menudo recogen sus botellas entre las redes. Pero a Harold aún le quedan muchos amigos por añadir a su particular “red social”, pues según él mismo reconoce “voy a seguir haciéndolo hasta que muera”. Estaremos atentos en nuestra próxima visita a la playa.

 
Llega el verano. Vacaciones. Descanso, lo llaman. Y uno se pregunta, asumiendo impotente la pronta inmersión en la muchedumbre estival, si acaso no sería la de Joan Rutheford, la de Xabier Rosset o la de Harold Hackett una opción a considerar. Por probar. Nada más.






martes, 18 de junio de 2013

Un tsunami emocional en la Feria del Libro


Lo bueno de escribir un libro y que ese libro guste y se venda y se comparta y se regale, es que la editorial te da la oportunidad de ver la Feria del Libro desde un punto de vista (para mí) inédito hasta hace sólo un par de semanas: formando parte del escaparate. Es una experiencia curiosa permanecer sentado, esperando, observando, viendo pasar ante tus ojos expectantes a cientos de anónimos lectores que pasean su curiosidad de caseta en caseta, de famoso en famoso, con su bolsa oficial portando quizá un ejemplar o dos (aunque dicen que este año han subido las ventas ¡casi un 10%!), a la caza de firmas más interesantes que las de este escritor en ciernes y su socio fotógrafo. Un par de novatos con el boli presto y la mirada suplicante —acechante— ante cualquier potencial comprador que se acerque a la caseta 153 y realice el más mínimo amago de ojear tu libro y de desear, quizá, que lo inmortalices con tu ensayada dedicatoria: “Para Pilar, con afecto. Espero que estas historias te inspiren y te ayuden en los buenos momentos y en los más difíciles. Un abrazo. Pepe.”
 
Lo sorprendente es que las peticiones llegan. Con cuentagotas, pero llegan. Y te llenan. Un extraño gozo recorre tu médula de arriba abajo cuando, después de firmar tu primer ejemplar a una señora de lo más amable y agradecida —que lo quiere dedicar a su hija que está pasando por un momento delicado; ella y el marido están sin trabajo, ya sabes; y con dos niños pequeños…—, eres plenamente consciente del hecho en sí: ¡he firmado mi primer ejemplar en la Feria del Libro! El sacrosanto Olimpo donde firman todos esos dioses inalcanzables que venden libros por millardos, han escrito no sé cuántos best sellers o han ganado yo qué sé cuántos premios importantísimos. Y te sientes a un tiempo enano y gigante. Y te hinchas como un palomo del Retiro, que serán, con toda probabilidad, los más chulos de Madrid.

Pero acto seguido rebobinas. Y piensas en lo verdaderamente importante del hecho en sí. Piensas en esa señora, probablemente viuda, con una mísera pensión que ahora tendrá que estirar lo imposible para poder ayudar a su hija y a su yerno y a sus dos nietos, que lo estarán pasando dramáticamente mal. Y piensas que, en circunstancias tan terribles, ese libro, tu libro, va a llevar un soplo de esperanza, de optimismo, de coraje, de empatía, de superación a esa pobre familia, a través de las historias inspiradoras de Irene Villa, Nando Parrado, Pablo Pineda, Miriam Fernández, Marimar García, Albert Espinosa, Jaume Sanllorente, Rafa Nadal y los demás protagonistas de Lo Que De Verdad Importa. El libro.



El goteo de firmas continúa durante un par de horas. Amigos, familiares, desconocidos. Y se llevan un libro, dos, tres, cada uno dedicado a una persona cercana, supones; cada uno dedicado a una persona que tal vez lo necesite, o a la que simplemente le venga bien un poco de lectura edificante; alguien a quien quieren, eso seguro. Y piensas en lo acertado de la frase promocional que destella su amarillo huevo sobre el corazón blanquiazul de la portada: “Regala este libro a alguien que de verdad te importe”. Y eso lo resume todo.

Y vuelves una semana después, último domingo de Feria. Y la emoción palpitante del primer día se desboca ya de forma incontrolable. Porque ese día no sólo acudes a firmar, a observar y ser observado —o ignorado— desde el escaparate de la caseta 153. Ese día acudes a la Feria del Libro, al Olimpo de los dioses literarios, a presentar tu obra (ver resumen de la presentación) En el pabellón principal. Con público. Lleno total. Y piensas: “¡Bien, Pepe, aquí estamos; disfruta el momento porque es difícil —¿imposible?— que esto se vuelva a repetir.” Y disfrutas, ¡vaya si disfrutas! Pero no por estar ahí, sobre tan insigne estrado, ante un público previamente rendido —y algún curioso que no opone resistencia—, soltando el speach preparado, interiorizado y sentido de corazón. No. Disfrutas como un enano porque estás rodeado de gente a la que admiras profundamente: María Franco, directora general de la Fundación LQDVI y una inagotable fuerza de la naturaleza (humana); Pilar Cánovas, su inseparable cómplice de tantas hermosas batallas; Dani Losada, mi cómplice en esta historia, un tipo que logra retratar el alma de la gente a la que fotografía, aunque se encuentre de espaldas; Pablo Pineda, una montaña rusa emocional que te hace reír y llorar intensamente en el mismo minuto, un ejemplo de coraje, tesón y de sentido del humor como pocos; Miriam Fernández, guapísima, artistaza, gran comunicadora y permanente transmisora de sonrisas; Marimar García, siempre ahí, al pie del cañón, presta para lo que sea, aunque tenga el cuerpo paralizado de cuello para abajo; Fabiola, mujer de Bertín Osborne, madre coraje de Kike y alma generosa de las que da sin medir lo que da. Todos ellos protagonistas de las historias —vividas, reales— que se relatan en Lo Que De Verdad Importa.
 
Y culminando la mañana, camuflados entre el público, dos espectadores sorpresa, protagonistas reales de una de las historias más estremecedoras y conmovedoras que se han llevado al cine en los últimos años: María Belón y su marido Quique Álvarez, milagrosos supervivientes del tsunami que arrasó Tailandia en 2004 y para los que no existe “lo imposible”. Como tampoco para Jacobo Parages, protagonista de otra hazaña marítima con doble buena causa, que tampoco faltó a la cita (y del que escribiré largamente la semana que viene).

Una mañana mágica, inolvidable, y probablemente irrepetible. Y uno, al regresar a casa después del subidón emocional (y tras la frenética firma de libros a cuatro manos: Miriam, Pablo, Dani y yo), recostado en su vieja mecedora de lectura, a sólo un pasito del sueño sestero, piensa: “¡Qué suerte tienes, Pepe, qué suerte tienes! Desde que escribiste este libro no has parado de conocer gente buena.”  Y sí, eso es, al fin y al cabo, lo que de verdad importa.

viernes, 14 de junio de 2013

Aún tenemos remedio (cuando algo así conmueve a millones de personas).


Sucede a veces, en este mundo insensible y globalizado, que llega de pronto un nuevo fenómeno a través de Internet capaz de conmover a millones de personas de todo el mundo con una simple canción, o con una triste historia. El último protagonista de esta emoción global que ha llegado a mis lacrimales lo es por partida doble, pues tiene la canción y la historia, ambas igualmente conmovedoras. Su nombre es Sung-bon.




Sung-bon Choi es un chico corriente con apariencia corriente. Viste una sencilla camisa de cuadros y unos vaqueros cuando entra, cabizbajo, en el escenario del concurso televisivo Koreans Got Talent, arrastrando cada paso hasta llegar al micrófono. Sin mostrar expresión alguna en el rostro –ni nerviosismo, ni miedo escénico, ni alegría, ni tristeza, ni presión. Nada- saluda a los tres miembros del jurado inclinando la cabeza y cuenta su historia: “Tengo 22 años. He vivido en circunstancias muy difíciles –primer atisbo de emoción: se frota las manos, incómodo-. Cuando tenía tres años fui abandonado por mis padres en un orfanato y al cumplir cinco me escapé, para huir de los golpes y los malos tratos; durante diez años viví en la calle, solo, vendiendo chicles y bebidas energéticas. Dormía en las escaleras del metro, en los baños públicos. No fui al colegio, aprendí a leer por mi cuenta; el instituto fue mi primera escuela…”
     En los rostros del público, y en los del habitualmente cínico jurado, comienzan a asomar leves signos de emoción –un dedo que seca con disimulo el ojo humedecido, párpados que no osan pestañear, cierto tembleque en los labios-. Sung-bon prosigue su historia, su cara y su voz igualmente inexpresivas: “una noche, cuando estaba vendiendo chicles en un night club vi a una cantante en el escenario y quedé fascinado con su voz, con la sinceridad en su forma de cantar. Desde ese momento, yo también empecé a cantar.” No canta bien, dice, pero cuando lo hace siente como si fuera otra persona. Y disfruta, porque cantar es lo primero –lo único- que le ha gustado hacer durante sus 22 años de vida. No ha dado clases de canto, claro, simplemente escuchaba cantar y practicaba por su cuenta.
     Se apagan las luces, público y jurado permanecen atentos, expectantes. Se escuchan los primeros acordes de Nella Fantasia, el piano, los violines… y una perfecta voz de tenor, inimaginable en su rostro de niño, bellísima, potente y modulada, entona los versos escritos por Chiara Ferraù y musicados por el genio Morricone: “Nella fantasia io vedo un mondo giusto…” (“en mi fantasía veo un mundo justo / todo el mundo vive en paz y honestidad / Sueño con almas que son siempre libres / como nubes que vuelan”). El público ya no disimula y llora abiertamente, se pone en pie, aplaude, ovaciona al tímido Sung-bon; el solemne jurado se conmueve hasta el punto de no poder apenas emitir su veredicto: la emoción no deja salir las palabras “En estos momentos sólo deseo abrazarte”. No puede decir nada más.

Finalmente, Sung-bon pasa la prueba, y a la siguiente ronda del concurso. Se despide inclinando la cabeza, humilde y agradecido, y se retira del escenario. En el backstage, por fin, él también se deja llevar por la emoción. Sonríe, se relaja. Se abraza a los presentadores del programa (No tiene familia a quien abrazarse; no tiene amigos que lo hayan acompañado en el que, con seguridad, es el día más importante de su vida… hasta ahora). “Has hecho un buen trabajo, Sung-bon, estamos muy orgullosos de ti. Sigue con ello, lucha por tus sueños”. En espera de la siguiente ronda, se retira por el largo pasillo del estudio de televisión, caminando despacio. Solo. Aunque ahora menos: 50 millones de coreanos ya se han convertido en sus incondicionales fans, en rendidos admiradores de su pasión, de su voz y de su tesón. Y unos millones más, de todo el mundo, se han conmovido también con su actuación y con su historia a través de internet. Es sólo el principio de su fantasía.

 
Las coincidencias entre el joven coreano Sung-bon y el británico Paul Potts van más allá de haber interpretado Nella Fantasia y haber vivido su propia fantasía musical tras triunfar en un programa de televisión después de una vida de penurias. Es, sobre todo, su capacidad de conmover a través de la música. En el caso de Paul Potts, un tímido vendedor de móviles de enfermiza inseguridad, sonrisa imperfecta y mirada miope, el fenómeno sorprendente-emocional tuvo lugar en 2007, en el concurso Britains Got Talent. Después de cuarenta años soportando humillaciones y maltratos por su aspecto y por su pobreza, después de varios accidentes graves y largas enfermedades, después de tantas oportunidades negadas a su talento para triunfar justamente, el día que salió al escenario ante dos mil espectadores escépticos y un jurado directamente burlón, toda su vida pasada y trágica se borró en un instante.

En el momento en que su voz perfecta comenzó a cantar el primer verso del Nessum Dorma de Puccini, “Que nadie duerma…”, no sólo nadie se durmió, sino que, puesto en pie, el público en pleno ovacionó atronadoramente al tímido Potts, que continuaba impertérrito su impactante y sorprendente actuación. Cuando llegó al agudo final, “¡Al alba venceré!...”, público y jurado estaban ya absolutamente vencidos, estremecidos y conmocionados por ese huracán de voz con apariencia de soplo insignificante. “Toda mi vida me sentí insignificante, pero después de esa primera actuación percibí que soy alguien: ¡soy Paul Potts!” Hoy, ese vídeo es uno de los más vistos en la historia de Internet, millones de visitas de millones de personas que se siguen emocionando –y algunas directamente lagrimeando- al escuchar a ese tipo corriente de talento extraordinario al que, no sabes por qué, sólo de verle quieres desearle que todo le salga bien (y le va bien, ya ha vendido millones de discos).




La archiconocida historia de la Susan Boyle, la otra sorprendente triunfadora en el programa Britains Got Talent, en 2009, transcurre curiosamente al revés. Tras 48 años de vida tranquila y feliz, después de arrollar con su interpretación de I Dreamed a Dream (Les Miserables), su sueño cumplido se convirtió en pesadilla y el éxito inesperado acabó llevándola a un centro psiquiátrico por agotamiento y cansancio emocional. Parece que siguiera la letra de su propia canción: “Yo tenía un sueño donde mi vida sería muy diferente a este infierno donde vivo… ahora la vida ha matado el sueño que soñé”. Afortunadamente, el sueño ha vuelto a ser un sueño y la carrera de Susan Boyle un éxito que la ha llevado incluso a batir varios records en ventas, con debuts espectaculares, números uno en EE.UU. y Gran Bretaña y cifras que han superado a las mismísimas Lady Gaga y Beyoncé (cosa que es de celebrar por partida doble).

 
Y uno piensa, mientras seca disimuladamente su humedecida mejilla, que si la belleza es capaz de conmover con tanta intensidad a tanta gente en todo el mundo, es posible que aún tengamos remedio...

martes, 23 de abril de 2013

Real como la vida misma. De Sherlock Holmes a Peter Pan

Arthur Conan Doyle se graduó en la Universidad de Edimburgo en 1881 y abrió una consulta de oculista; seis años después, ante la pertinaz ausencia de pacientes, decidió probar suerte escribiendo un relato detectivesco. Sólo necesitaba un tipo de detective diferente, original; entonces, se acordó de su antiguo profesor, el agudo, observador y deductivo doctor Joseph Bell; ese mismo año de 1887 nació Sherlock Holmes. Como el detective de Conan Doyle, muchos otros personajes novelescos han sido inspirados por personas reales, desde Tom Sawyer o Drácula, hasta Crusoe, Peter Pan o el mismísimo Dr. Jekyll. Y Mr. Hyde, claro.

 
Escocia, finales del siglo XIX, una noche de invierno tras una cacería, alrededor de una reconfortante chimenea. Un eminente cirujano mantiene en vilo a la docena de invitados con sus malabarismos deductivos: “La mayoría de la gente ve, pero no observa. Fijaos: en cierta ocasión entró un hombre en el aula donde yo estaba dando clase. Caballeros, les dije, este hombre ha sido soldado en un regimiento escocés y, probablemente músico de su banda. Les hice observar su fanfarrón modo de caminar y su baja estatura, que demostraba que de ser soldado, tuvo que serlo como músico. Aunque al principio el hombre lo negó acabó confesando que, en efecto, fue gaitero en un regimiento escocés (y además desertor, de ahí su reticencia). Entonces uno de mis alumnos exclamó: El doctor Bell bien pudiera ser Sherlock Holmes. A lo que yo respondí: Mi querido señor, yo soy Sherlock Holmes”.
            En efecto, el propio Conan Doyle reconoció abiertamente su inspiración a la hora de crear al más famoso detective de la literatura universal. El doctor Bell siempre insistía a sus alumnos en la enorme importancia de los pequeños detalles, en el infalible poder de la observación y la deducción, que ponía permanentemente en práctica tanto en sus clases como en sus diagnósticos médicos. Y opinaba que el desarrollo de esta facultad podía transformar la vida monótona de cualquier persona en un mundo emocionante y diferente. Es lo que hizo, con creces, su alumno Conan Doyle.
 
Otro alumno aventajado del profesor Bell fue Robert Louis Stevenson, aunque a la hora de crear al honorable doctor Jekyll y su reverso tenebroso Mr. Hyde no se inspiró en el deductivo doctor, sino en el ciudadano modélico de día y ludópata ladrón de noche William Brodie. Concejal del Ayuntamiento de Edimburgo, próspero comerciante y rector de una comunidad masónica, Brodie ocultaba una vida secreta tras su virtuosa máscara: dos amantes simultáneas, con las que tuvo cinco hijos; robos a bancos y comercios durante más de 18 años (sin levantar sospechas); y una desmedida afición por el juego y los bajos fondos. Su buena racha de impunidad expiró en 1786, tras aliarse con unos ladrones de baja estofa y dar un fallido golpe a las oficinas centrales de recaudación; aunque Brodie logró escapar, uno de sus cómplices lo delató para librarse del destierro. Murió ahorcado el 1 de octubre de 1788… y resucitó casi un siglo después de la mano de Stevenson su obra El diácono Brodie y su doble vida, estrenada en Londres en 1844 y editada dos años más tarde como novela con el inmortal título de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, que nos mostró “la íntima y primitiva dualidad del hombre”.
 
Otra terrorífica realidad es la que inmortalizó (y nunca mejor dicho) el irlandés Bram Stoker en 1897 con su novela Drácula. Aparte de ciertas leyendas medievales sobre mitos chupasangres y la reconocida inspiración en el relato El Vampiro de William Polidori (doctor personal de Lord Byron, cuyo carácter inspiró a su vez este primigenio relato vampírico), el protagonista de la obra de Stoker nació en la Rumanía del siglo XV bajo el apelativo de Vlad V. el Empalador, también conocido como Draculaea, que significa “hijo del demonio” en rumano. Este tirano, que gobernó Valaquia entre 1452 a 1462, hizo alarde de su brutal sadismo en guerras y represalias posteriores, llegando a empalar en largas estacas a más 40.000 prisioneros. Stoker también pudo haberse inspirado en la sanguinaria condesa húngara Isabel Bathory, que pretendía conservar su hermosura bañándose en la sangre de jóvenes doncellas, a las que torturaba y desangraba colgándolas en cadenas. Finalmente, la sádica condesa fue condenada a morir emparedada, episodio que aparece reflejado en el cuento de Stoker El huésped de Drácula.

Más amable resulta el personaje de Robin Hood, ladrón legendario donde los haya, y al que se refiere un manuscrito descubierto recientemente en la biblioteca de la famosa Escuela Eton, fundada por Enrique VI en 1440: “En esta época, según la opinión popular, un ladrón con el nombre de Robin Hood y sus cómplices, infectaron Sherwood y otras regiones respetables y honradas de Inglaterra con sus continuos robos”. La referencia no es más que una breve anotación al margen de un libro de historia, el Polychronico, escrita en latín al parecer por un monje anónimo. No es mucho, pero al menos abre la posibilidad de que personaje tan universalmente atractivo fuera una realidad; aunque no sepamos si, efectivamente, robaba a los ricos para dárselo a los pobres o para redecorar su castillo.
 
Cierta noche de 1704, en algún lugar de los Mares del Sur, tuvo lugar una acalorada discusión a bordo de un barco pirata entre el capitán y su primer piloto, de nombre Alexander Selkirk. Tras el altercado, el piloto fue abandonado en la deshabitada isla de Juan Fernández, en la que permaneció durante cuatro largos y solitarios años. Rescatado en 1709, Selkirk fue trasladado a Inglaterra, donde el periodista Daniel Defoe conoció su aventura (o desventura) y rescribió en 1719 bajo el título de "La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe”, oficialmente la primera novela de habla inglesa. Es posible que Dafoe se inspirara también en las peripecias del español Pedro Serrano, que en 1526 naufragó en algún punto del Caribe y permaneció ocho años en un islote perdido, con uno de sus marineros, sin agua potable y sin apenas comida pero con mucho ingenio, valor y esperanza.
 
Por orden del tirano Hessler, el arquero Guillermo Tell disparó a una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo, Walter, desde una distancia de 150 pasos. Su delito, no haberse inclinado ante el paso del invasor austriaco. El certero disparo y los sucesos que luego acontecieron fueron recogidos por primera vez 200 años después en las crónicas suizas del escritor Aegiidius Tschudi, en el siglo XVI. Al parecer se inspiró en multitud de leyendas y relatos de arqueros medievales, pero especialmente en uno: el escocés Gilpatrick, que fue obligado a disparar su flecha contra un huevo colocado sobre la cabeza de su hijo. Por obra y gracia de Tschudi, el arquero escocés se convirtió en el personaje más popular del folklore suizo.
            También la literatura infantil tiene sus mágicos personajes reales. Tal es el caso de la Alicia de Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll. Su famoso cuento está lleno de referencias a la vida, la sociedad y los conocidos del escritor, pero su inspiración indiscutible es su amiga de la infancia Alice Pleasance Liddell. El cuento nació una calurosa tarde de julio de 1862, de picnic a orillas del Támesis con las tres hermanas Liddle; Dodgson comenzó a relatar una serie de historias disparatadas a las que llamó "Las aventuras subterráneas de Alicia" , y que encandilaron a las tres niñas, especialmente a Alice. Cuatro meses después, comenzó a escribir el manuscrito y a dibujar las ilustraciones. Finalmente se publicó en 1865, dedicado a Alice Liddell; como detalle final, el autor incluyó un retrato ovalado de la niña en la última página.
 
 
Un caso muy similar al de Alicia y Alice Liddle es el de Peter Pan y Peter Llewelyn Davies. El escritor James M. Barrie, gran amigo de la familia, comenzó a desarrollar la idea de su relato a partir de la amistad con Peter y sus hermanos, con los que jugaba a menudo y para los que creaba pequeñas obras de teatro que ellos mismos representaban. Esa convivencia, trufada de juegos y aventuras imaginarias, se plasmó primero en una obra de teatro, Peter Pan (1904) y luego en un libro, Peter Pan y Wendy (1911), que más tarde el propio Barry desarrolló en otros relatos y novelas. También Mark Twain recogió experiencias de su entorno vital para plasmarlas en sus geniales aventuras de Tom Sawyer; Tía Polly estaba inspirada en su madre y Tom en el propio escritor, junto con rasgos de “tres amigos”; Hunkleberry Finn era Tom Blankenship, el hijo del borracho de su pueblo, Hannibal (Missouri); y, según reconoce él mismo: “La mayoría de las aventuras que refiero en este libro son reflejo de la realidad; uno o dos me han ocurrido a mí mismo; el resto son anécdotas de otros niños, compañeros míos de la escuela”.

Para crear su legendario personaje El Zorro, Johnston McCulley se inspiró en bandidos reales de California durante la Fiebre del Oro, a mediados del s. XIX; uno de ellos fue Joaquín Murrieta, también conocido como el Robin Hood de El Dorado, forajido para unos y para otros héroe patriótico y símbolo de la resistencia contra la dominación yanqui en California.  Muchos otros personajes de la ficción literaria fueron personas reales antes de nacer: el Conde Montecristo fue el inocente zapatero Picaud; James Bond fue un tímido ornitólogo de nombre… James Bond; Cyrano de Bergerac, escritor, poeta y militar vivió realmente en el s. XVII con el nombre de Cyrano de Bergerac Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac; y el estricto capitán Blight fue tan real como el motín del HMS Bounty, 146 años antes de que fuera encarnado magistralmente por Charles Laughton en el cine.
 
 
 
 
 

jueves, 18 de abril de 2013

Es país para viejos (obligado homenaje a nuestros mayores).


En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.
 

Vivimos malos tiempos para los abuelos. A lo largo de los últimos años hemos logrado dinamitar los dos pilares básicos que los sustentaban: la familia y la dignidad humana. La mismísima Declaración Universal de los Derechos Humanos define la familia como “el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”, pero en España cada vez está menos protegida, especialmente por el Estado, y son miles y miles los abuelos que sufren las consecuencias (se sienten fuera de lugar, no pueden ver a sus nietos, se ven abandonados, marginados, olvidados...).
    Y si además vivimos en una sociedad donde se escuchan cada vez más altas las voces en pro de “la muerte digna”, ese siniestro eufemismo que es el primer paso hacia el cadalso de la eutanasia por decreto. La consecuencia, o la causa quizá, es nuestra decreciente capacidad de compasión; miramos hacia otro lado, nos auto convencemos de que es la mejor solución para todos, anestesiamos nuestra razón y nuestro corazón y decidimos que los viejos sobran, que no sirven, que sólo estorban. Un lastre indeseado e incómodo. 
 
Asesinato por compasión
Y claro, en nombre de la muerte digna haremos como esas dos entrañables y simpáticas asesinas de “Arsénico por compasión”, que se deshacían con toda amabilidad (y un té envenenado) de los viejos solitarios que tenían la desgracia de aterrizar en su pensión, y cuyos cadáveres enterraban cuidadosamente en el sótano, a espaldas del mundo, del agente de policía O’Hara y especialmente de su sobrino Mortimer Brewster (grandísimo Cary Grant en la versión cinematográfica de Frank Capra). Ya lo hizo, con la misma excusa de la compasión, el asesino en serie de Olot, quien envenenó a once octogenarios que estaban a su cuidado en el centro geriátrico La Caritat (cruel paradoja), donde trabajaba como celador. Pero Joan Vila, que “ayudó a morir” a los once ancianos inyectándoles lejía, está más cerca del siniestro doctor Montes que de las encantadoras tía Abby y tía Martha Brewster, partiendo de que ni unos ni otras tienen derecho a decidir quién puede vivir y quién debe morir, y mucho menos a ser el brazo ejecutor. Eso se llama jugar a ser Dios. O, cuando menos, Anton Chigurh, el asesino de “No es país para viejos”.
 
Por supuesto que hay ancianos que lo pasan mal, que sufren enfermedades terribles, que malviven con míseras pensiones, que se encuentran desvalidos y abandonados a su suerte, que van pasando de un hijo a otro en degradante turno, que  permanecen anestesiados durante horas frente al televisor, que simplemente estorban y han perdido toda ilusión por vivir. Sólo hay que echar un vistazo a la Hoja de Caridad del periódico un domingo cualquiera, o pasarse por un comedor social de Cáritas un día cualquiera, o visitar un centro geriátrico cualquiera en cualquier pueblo o ciudad de España. La tristeza y la soledad golpean sin piedad sus almas, y la pobreza y los malos tratos golpean sus cuerpos con inhumana crueldad. Por eso, con ellos, no hay que escatimar cariño ni cuidados; todo lo que necesiten y más. Es nuestra responsabilidad, como sociedad, como familia y como individuos. Debemos mirarnos menos el ombligo y mirar más sus arrugas; las de fuera y las de dentro. Y aplicar los “cuidados paliativos” a su sufrimiento, no a su aliento vital. Porque los abuelos son lo mejor que tenemos y lo que más debemos cuidar.
 
Envejecimiento Activo
Decía García Márquez que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Puede que los viejos deban, por fuerza, aprender a soportar la soledad, pero una vejez solitaria nunca puede ser buena. Es, precisamente, la soledad lo que hace más infelices a nuestros mayores, la sensación de abandono, de inutilidad. Y es la compañía, el afecto, la comprensión lo que les da la vida; y lo que hace esa vida realmente digna. No se trata de asegurarles una “muerte digna” según el criterio de un celador, un médico o un familiar, cualesquiera que sean sus intenciones últimas, sino de procurarles una vida digna, cada día, cada minuto. Si hay alguien que se lo merece, con absoluta certeza, son nuestros mayores, nuestros abuelos. Porque ellos lo han dado todo por nosotros y, lo que es más, lo siguen dando. Si les dejamos. Según el psiquiatra infantil Kornhaber, los abuelos ocupan un lugar destacado en la vida de los niños, «sólo los padres están por encima de los abuelos en su jerarquía del afecto». «Son como libros vivientes y archivos de la familia», añade Kornhaber. Son también el elemento transmisor de la experiencia y los valores, los encargados de ayudarnos a comprender principios hoy olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo esenciales para una buena vida familiar: tradición, generosidad, memoria, religiosidad, sacrificio, humanidad...
 
 
«Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida»; muchos de nuestros mayores siguen la consigna de Picasso con entusiasmo. En un mundo que envejece rápidamente, las personas mayores activas desempeñan un papel cada vez más importante, con su ejemplo y con su trabajo voluntario, cuidando a personas enfermas o dependientes, e incluso a sus propias familias: lo estamos viendo ahora, en estos tiempos de crisis, en que son los abuelos quienes han sustituido a las guarderías... y al subsidio. Como Isabelu, que comparte sus escasos ingresos con su hija menor y su yerno (ambos en paro), para que no les falte un pollo en su mesa ni un biberón en la cuna de su bebé.
        O como Laura, que va a buscar a sus nietos al colegio, da clases de inglés («aunque jamás lo hablaré»), ayuda en un comedor de Cáritas y aprende solfeo con su nieta de 7 años. O como Alfredo, que a pesar de arrastrar una hemiplejia desde hace treinta años, hoy, a sus casi ochenta, no ha perdido un ápice de ánimo ni de humor ni de pasión por el fútbol y los paseos. O como Manuel, que a pesar de sus problemas de visión, un tumor cerebral (ya superado) y la muerte reciente de su esposa (aún no superada), prefiere vivir en su casa y no molestar a sus hijos, aunque todos se han ofrecido a acogerle: «tengo una visión positiva de mi vida. Si la vista me deja, dibujo, leo y cuando puedo me hago un viaje. Me fui a Florencia con mi nieta mayor, ella empujaba mi silla de ruedas; yo la hacía reír». O como Ina, que trabajó durante 60 años en la misma familia, primero cuidando a los hijos y luego a los nietos, hasta que la salud se lo permitió; y en sus últimos años fue ella la que se dejó mimar por unos y otros, que fueron su verdadera familia (su familia “de sangre” se desentendió de Ina muchos años atrás). O como Íñigo, que a sus setenta y pico años sigue practicando surf casi todos los días (cuando hay olas), además de enseñar a sus nietos y dirigir la tienda que fundó hace más de tres décadas en Zarauz; o como Paco y Rosa, que siguen recogiendo el heno y ordeñando a sus nueve vacas a diario, sin acordarse de que entre los dos suman más de siglo y medio. Y como ellos, miles y miles de mayores que pueden y quieren ser útiles a la sociedad. Sólo tenemos que dejarles.
 
Ya sabes, si tienes una persona mayor en tu familia, cuídala, mímala, llénala de afecto y de nietos, haz que se sienta útil; y, sobre todo, querida. Y si ves un anciano por la calle o en el parque, salúdale como si le conocieras, sonríele con sinceridad e incluso siéntate a charlar con él. Seguro que te lo agradecerá infinitamente; y seguro que tú aprendes una valiosa lección (de historia, de generosidad, de humanidad). Dice un proverbio oriental “Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”. Pues eso, ya es tiempo de pagárselo. Y con intereses.

 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

La Nochebuena en que nació "Noche de Paz"


Si hay una canción que ha trascendido a la historia, a las guerras, a las culturas, a las creencias y a las lenguas de todo el mundo es, sin duda, “Noche de Paz”. Un villancico que se escribió en alemán y hoy se canta en más de 300 idiomas; una historia que nació en una remota parroquia alpina y hoy se celebra en los cinco continentes. Un milagro de la Navidad, sin duda.

 

Sucedió el 24 de diciembre de 1816. El joven párroco alemán de Mariapfarr, un pueblo perdido en los Alpes austriacos, leía, en la soledad de su despacho, la Sagrada Biblia. Mientras los habitantes de las aldeas cercanas descendían por la montaña portando antorchas y entonando villancicos, el padre Joseph Mohr preparaba el sermón de la Misa de Gallo. Trataba de inspirarse en el relato del anuncio del ángel a los pastores (“…hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador…”) cuando escuchó que alguien golpeaba su puerta con insistencia. El sacerdote abrió; una vecina del pueblo venía a avisarle de que había nacido un niño en la casa del carbonero, un miserable chamizo en lo alto de la montaña, y que la familia rogaba que fuera a bendecir a la criatura. El padre Mohr no lo pensó ni un minuto, cogió una antorcha y acudió a la llamada de su grey, desafiando al frío helador y a la oscuridad de la noche.

 

La estampa que allí contempló conmovió profundamente al sacerdote: el recién nacido, envuelto en una áspera manta, dormía plácidamente en brazos de su madre, a la luz del fuego; ambos, protegidos por la mirada tierna y agradecida del carbonero. El padre Mohr bendijo al bebé y a sus padres y emprendió el camino de regreso; mientras descendía, inspirado por la escena que acababa de contemplar, recordó el pasaje de la Biblia que había leído unas horas antes (“…hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador…”) y pensó que el nacimiento del hijo del carbonero era un maravilloso milagro de la Navidad.

 

Aquella noche, una vez finalizada la Misa de Gallo, el padre Mohr no durmió. Los feligreses ya se alejaban con sus antorchas montaña arriba, formando un luminoso y gigantesco árbol de Navidad, pero el sacerdote permaneció sentado frente a su escritorio, bajo la tenue luz de las velas, tratando de traspasar al papel las emociones que lo abrumaban. Con las primeras luces del alba, filtrándose ya el sol entre las montañas, lo que tenía ante sus enrojecidos ojos era una cancioncilla, rebosante de sencillez y luminosa profundidad a un tiempo, que comenzaba Stille Nacht! Heilige Nacht! (¡Noche tranquila!, ¡Noche sagrada!). Un año después, Mohr fue trasladado a Oberndorf, una pequeña ciudad cercana a Salzburgo (donde él nació), en la que conoció a Franz Xaver Gruber, maestro de escuela, músico y organista. El 24 de diciembre de 1818, ambos amigos improvisaban una velada navideña en la parroquia; Mohr rescató la poesía que había escrito en las montañas y Gruber la dotó de música, componiendo una melodía para dos voces y guitarra (se había estropeado el órgano), y convirtiéndola en una preciosa canción, con reminiscencias del folklore austríaco. Esa misma Nochebuena de 1818, en la iglesia de San Nicolás de Oberndorf, se interpretó por primera vez el villancico más popular de todos los tiempos, que hoy se canta en todo el mundo cristiano, en todas las parroquias, en todos los hogares, en todos los corazones.

 
 

Una noche de paz en la guerra

También un 24 de Diciembre, el de 1914, durante la llamada Tregua de Navidad que tuvo lugar en el frente occidental entre las tropas alemanas y británicas, “Stille Nacht”/“Silent Night” fue cantada simultáneamente en alemán y en inglés, ya que era el único villancico conocido por los soldados de ambos frentes. Esa Nochebuena no se disparó ni una sola bala. Otro pequeño, o gran, milagro de la Navidad.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Lo que de verdad importa. El libro de tu vida.


Cuando hace seis años María Franco, Carolina Barrantes y Pilar Cánovas inauguraron el primer congreso de Lo Que De Verdad Importa (una hazaña fruto de meses de duro trabajo e inagotables dosis de ilusión) no podían imaginar siquiera en qué se iba a convertir su ‘criatura’. La idea era maravillosamente simple, e inédita: hacer llegar a los jóvenes testimonios vivos y reales de personas vivas y reales, contadas en primera persona y en riguroso directo, y con una potente carga de profundidad en valores. Impactantes lecciones de vida –de amor, sacrificio, superación, esfuerzo, optimismo…- que sacudieran sus mentes con fuerza, hondura y clara voluntad de permanencia. Hoy, esa fiesta emocional cumple seis años sacudiendo a miles de jóvenes de toda España, y ahora también de Latinoamérica, a través de las valiosas experiencias de seres humanos extraordinarios, que han descubierto lo que de verdad importa en la vida. Y cuya sana voluntad es ayudarnos a los demás a descubrirlo.
Los últimos, por ahora, este pasado viernes en el Palacio de Congresos de Madrid: la complicidad extraordinaria y generosa de Philippe Pozo di Borgo y su “diablo de la guarda”, Abdel Sellou, los verdaderos protagonistas de la película Intocable; y la brutal lección de fortaleza y amor de Anne-Dauphine Julliand y su marido Loïc, que perdieron a su hija Thäis a los “tres años y tres cuartos” por una cruel enfermedad degenerativa, pero decidieron llenar sus días de vida, ya que no podían llenar su vida de días. Lo mismo que con su segunda hija, Azylis, que padece la misma enfermedad congénita y a la que Anne-Dauphine se negó a abortar; ha cumplido 6 años absolutamente llenos de vida. Y de amor.


Dieciocho dosis de optimismo
Dieciocho de estas experiencias vitales, que han pasado por los diferentes congresos de Lo Que De Verdad Importa desde su nacimiento, han tomado ahora forma de libro precisamente para poder llevar esos valores universales más allá de los congresos y de los jóvenes; esto es, a toda la sociedad. El objetivo, sacudir conciencias y obligarnos, siquiera un poco, a replantearnos nuestra propia escala de valores. Un libro que he tenido el privilegio de escribir para la Fundación LQDVI y que está predestinado a hacer mucho bien.
“Lo que de verdad importa son los sueños; si crees en los sueños, ellos se crearán”, nos dice Albert Espinosa, que vivió desde los 14 a los 24 años en un hospital para niños con cáncer; allí aprendió a ser feliz a pesar del durísimo tratamiento, de su pierna amputada y de su inocencia prematuramente perdida. Bernard Offen sobrevivió a cinco campos de concentración cuando era niño; siete décadas después quiere que no olvidemos aquel horror y nos enseña que valorar a todas las personas, próximas o lejanas, es la única forma de no repetir los mismos errores. Bertín Osborne reconoce que el día que nació su hijo Kike, con una grave lesión cerebral, fue el más duro de su vida; pero, a partir de ahí, nunca se ha sentido tan feliz ni tan digno: “ahora me puedo mirar al espejo y sentirme orgulloso de lo que veo”.
 



Bosco Gutiérrez Cortina aprendió, a lo largo de los 257 días de su secuestro, que nunca estuvo solo; junto a él permanecieron siempre su familia y su inquebrantable fe, que le permitieron mantener la cordura. El rapero Haze, en cambio, sucumbió a las malas compañías tratando de huir de la pobreza que le tocó en suerte; hoy, triunfador, dedica gran parte de su vida a llevar un poco de esperanza a los marginados. Como Shane O’Doherty, que fue el primer terrorista del IRA en pedir perdón a sus víctimas y la disolución a sus compañeros, y ahora cuida a los indigentes de Dublín. Irene Villa y su sonrisa nos enseñan que sí, que “se puede”; y que hay que mirar hacia delante, siempre, sin excusas. Como Jorge Font, parapléjico y ocho veces campeón del mundo de esquí acuático. Como la cantante Miriam Fernández, nacida con lesión cerebral, y ganadora del concurso ‘Tú sí que vales’; o el emprendedor Pau Garcia-Milà, que con apenas 18 años venció a los gigantes informáticos de Silicon Valley.


O como Kyle Maynard, a quien nacer sin brazos ni piernas no le impide atarse los cordones, ser campeón de lucha libre contra personas ‘enteras’, teclear 50 palabras por minuto en el ordenador o subir al Kilimanjaro sin ayuda. Nando Parrado también salió por su propio pie de su tumba de roca y hielo en los Andes, empujado por una férrea voluntad y el único deseo de vivir para poder abrazar a su padre. Jaume Sanllorente y Paco Moreno dejaron una vida cómoda y exitosa en España para vivir por y con los más necesitados, los desheredados del mundo, en los barrios de chabolas de Bombay o en la región más desértica de Etiopía. La lucha de Pablo Pineda, en cambio, está aquí: su permanente reivindicación de ser tratado como una persona normal (“¿De qué me sirve ser el primer síndrome de Down licenciado de Europa si no me dan trabajo?”).
Para William Rodriguez, lo que de verdad importa es hacer lo moralmente correcto, aunque esté en juego tu propia vida; lo demostró en las Torres Gemelas, salvando a decenas de personas mientras desafiaba a su propia muerte. Para Toni Nadal, es poner toda tu ilusión en lo que haces y estar contento con lo que te ha tocado vivir. Y para Marimar García, tetrapléjica, periodista y vitalista empedernida es disfrutar la vida y regalar tu sonrisa a los demás.
 
 
Estos son los valores que contiene este libro único y necesario (y que va camino de su 4ª edición). Único por sus protagonistas extraordinarios, reunidos por primera vez todos juntos entre dos solapas; y único por su cuidado formato, editado con mimo por Lunwerg, prologado por el mismísimo Rafa Nadal y repleto de vibrantes fotografías, muchas de ellas inéditas (cedidas por los propios protagonistas o realizadas por el fotógrafo Daniel Losada, que ha sabido retratar maravillosamente la belleza exterior y el espíritu más íntimo de cada uno de ellos).
 
Y necesario porque es un verdadero chute de optimismo, esperanza y agitación interior, en dieciocho generosas dosis directas al corazón. Dieciocho conmovedoras lecciones de vida que nos van a obligar a reflexionar y nos van a ayudar a descubrir lo que de verdad importa. Un maravilloso regalo, para hacerse y para hacer, que puede cambiar más de una vida.
 
La tuya, por ejemplo.