martes, 3 de noviembre de 2015

Bethany Hamilton: alma de surfer

Bethany Hamilton estaba predestinada a las olas desde que llegó a este mundo. Nació en la cuna del surf, Hawaii, de padres surferos, y desde niña se rodeó de hermanos, amigos y vecinos surferos. A los ocho años ya competía -y ganaba- en las salvajes olas de Oahu; luego siguieron decenas de campeonatos y de trofeos. Cuando cumplió trece, un tiburón envidioso reclamó su propio trofeo: el brazo izquierdo de Bethany. Sólo tres meses después estaba compitiendo de nuevo. Con un brazo menos, pero con una fe, un coraje y un espíritu que han conmovido al mundo entero, dentro y fuera del mar.


La noche era clara y tranquila en la playa de la costa norte de Kauai aquel 31 de octubre de 2003; las olas rompían sin saña, limpia y suavemente. Un grupo de amigos celebraba la noche de Halloween en la blanca arena. Todo iba bien, hasta que el mar, siempre el mar, lanzó esa poderosa llamada de la que ningún surfer puede librarse si realmente tiene agua salada en las venas. Bethany escuchó el canto de sirenas y entró al agua, como cualquier otro día. No había motivo alguno de preocupación, no se percibía ni el menor rastro de peligro en el horizonte. Las olas eran pequeñas e inconsistentes y Bethany aguardaba la serie recostada sobre su tabla, relajada, con su brazo izquierdo buceando dentro de las oscuras aguas. 

Lo que sucedió después duró apenas un segundo. Sintió una enorme presión en el brazo y un par de rápidos tirones; luego, el mar teñido de rojo brillante a su alrededor. Sorprendentemente, Bethany mantuvo la calma. Su brazo izquierdo había desaparecido, arrancado casi hasta la axila, junto con un buen pedazo -rojo, blanco y azul- de su tabla de surf. No recuerda con claridad cómo llegó hasta la playa, pero sí lo que el enfermero le susurró al oído en la ambulancia, con voz suave y tranquilizadora: “Dios nunca te va a abandonar”. Estaba en lo cierto, porque ya desde los cinco años aceptó a Jesús en su corazón y nunca, ni antes ni después del tiburón tigre, la había abandonado.

Esta ayuda extra, además de una inconmensurable dosis de coraje, determinación, sacrificio, corazón y agallas -desde luego impropias en una niña de trece años-, obró el milagro. Después de haber perdido el brazo y un 60% de su sangre, y tras haber superado varias operaciones sin infección alguna, Bethany salió del hospital con la firme determinación de volver al agua, a sus olas, con urgencia. Nada de traumas, nada de depresión, nada de excusas. Una fuerza de espíritu que dejó absolutamente descolocados a los médicos y socorristas, que sólo encontraron una explicación: su pasión por el surf y su fe en Dios.



Un mes después del ataque, el 26 de noviembre, Bethany regresó a las olas, a su sueño de convertirse en surfer profesional. Tuvo que entrenar muy duro, aprender a remar con un solo brazo, encontrar un nuevo equilibrio sobre la tabla, redefinir su estilo. Su ejemplo de superación trascendió a la prensa y a la televisión y su nombre comenzó a resonar dentro y fuera del agua. En enero volvió a la competición, y en plena forma: quedó quinta en aquel primer campeonato. Continuó la temporada escalando puestos en el ranking, siguiendo un camino que ya tenía trazado antes del tiburón y que éste no logró desviar ni un milímetro. Si acaso le proporcionó aún más fuerza y determinación para alcanzar su meta, su sueño. Un año después de aquel fatídico 31 de octubre, Bethany ganó su primer título nacional.

Entre competición y competición, entre ola y ola, Bethany tenía todavía tiempo para aparecer en los principales programas de la televisión (del mítico Good Morning America a la MTV o al Show de Oprah Whinfrey), recibir multitud de galardones y homenajes (del mundo del surf, del deporte y de toda la sociedad), escribir su –incompleta- autobiografía (Alma de Surfer, en la que se ha basado la película Soul Surfer), visitar Tailandia para echar un cable tras el tsunami y dar incontables charlas motivadoras en universidades, comunidades e iglesias. 


En 2007 cumplió su sueño de hacerse surfer profesional, carrera que hoy continúa compaginando con su condición de luchadora ejemplar e inspiradora para libros (algunos escritos por ella misma), documentales y películas sobre su vida. Por supuesto, sigue viajando por todas las playas del mundo, en competición o en busca de buenas olas y mejores causas (en misión de ayuda a las comunidades necesitadas, a través de su propia fundación Friends Of Bethany). Ahora, desde hace apenas unos meses, Bethany tiene una nueva causa que añadir a su lista: su hijo Tobias. Con toda seguridad, aprenderá a surfear las olas de Hawaii antes incluso de aprender a andar.


La historia de Bethany Hamilton está incluida en mi libro "La muerte del egoísmo". 


viernes, 30 de octubre de 2015

Apoyar el deporte minoritario. Una causa justa y necesaria.



Hace unas semanas tuve la gran fortuna de ser invitado a un evento de apoyo a los deportes minoritarios. Estaba organizado por Marca y MasterCard, dentro del programa “Patrocínalos”, que es una iniciativa tan romántica como desgraciadamente necesaria. Y digo desgraciadamente porque no es bueno que deportistas de élite como Jonathan, Anna, Amber, Leticia o David, o cientos más, que han cosechado importantes éxitos a nivel nacional, internacional e incluso olímpico, no es bueno, digo, que tengan que depender del crowdfunding para poder alcanzar sus metas, para poder cumplir sus sueños, que también son los nuestros. Desgraciadamente –insisto- en España no existe esta cultura de apoyo al deporte de base, o al deporte minoritario, o emergente, que sí se da en otros países (y no sólo EEUU). Ni por parte de las administraciones, ni por parte de los colegios y universidades, ni por parte de los patrocinadores, ni por parte de los medios de comunicación. Sobre todo, los medios de comunicación. Salvo excepciones puntuales, parece que más allá del fútbol, del omnipresente y sobrevalorado fútbol, no hay sino un enorme vacío de ignorancia en nuestras televisiones, radios y diarios. Incluso los deportivos.

Viene a mi mente, como un oportuno flashazo, aquella portada de El País Semanal de verano de 1988, justo antes de los Juegos de Seúl, en la que aparecían todas nuestras medallas de oro olímpicas: Seis en total. Seis. José Alvarez de las Asturias Bohorques (mi abuelo, de ahí que guarde esa portada como un verdadero tesoro), que la ganó en hípica por equipos, junto a García y Navarro, en Amsterdam 1928; Paco Fernández Ochoa, en Sapporo 1972; Abascal y Noguer en Moscú 1980; y Doreste y Molina en Los Angeles 1984. Punto. En 84 años de Olimpismo moderno. Luego llegó Barcelona ’92 y el Plan ADO demostró que sí, que si contamos con medios podemos dar mucho más. Pero fue un sueño breve. 
Con ADO o sin ADO, lo cierto es que nuestros deportistas sí dan mucho más. En la Olimpiada o fuera de ella: trial, kitesurf, windsurf, badmington, kárate, patinaje, piragüismo, triatlón… Disciplinas todas ellas en las que podemos presumir de campeones del mundo, aunque no lo apreciemos -incluso lo ignoremos- en nuestro propio país. Campeones anónimos que viven del esfuerzo, de la ilusión, de la pasión, del sacrificio sin límites… y casi siempre de la generosidad y la fe inquebrantable de sus familias. Y poco más.

Es la historia común de cientos de deportistas en España, que no pueden ser profesionales porque no tienen el apoyo necesario. Y de ahí que la iniciativa de Marca y Mastercard sea tan bienvenida para Jonathan, Anna, Amber, Leticia o David.

Es la historia de Jonathan “Maravilla” Alonso, que hace un año dio el salto al boxeo profesional después de una carrera amateur plagada de éxitos (y ante la incomprensión de su abuela: “¿Vas a pagar 35 euros a un gimnasio para que te peguen?"). Gran defensor de los valores del boxeo (“Te enseña respeto, disciplina, constancia y sacrificio; además, es el único deporte en el que dos rivales comienzan golpeándose y acaban abrazándose"), envidia a países como Estados Unidos, donde un cadete con futuro ya tiene un patrocinador; él, que tuvo dificultades hasta para comprarse unos guantes o viajar para poder entrenar con sparrings de su nivel.

También la historia de Anna Sanchís, cinco veces campeona de España de ciclismo, a quien los desplazamientos para competir tenía que patrocinárselos su padre; y que no pudo asistir a los JJOO de Londres por falta de recursos, aunque tenía nivel incluso para haber luchado por una medalla. Con esfuerzo, dedicación y sacrificio ha llegado a disputar grandes carreras como el Giro de Italia, donde en 2008 quedó séptima. Ahora, su meta es hacer historia en el Campeonato Mundial de Ciclismo en Ruta, que se disputará en Richmond a finales de septiembre.


Y la historia de Amber Mirambell, un pionero, un valiente. Fue el primero, y casi el único, en un país sin tradición por el skeleton (y también sin  instalaciones, sin material, sin federación), que tuvo que enfrentarse a innumerables problemas para cumplir su sueño. En 2005, por ejemplo, antes de viajar a los JJOO de Innsbruck tuvo que fabricarse sus propias zapatillas clavando unos ralladores de queso y una lija en sus viejas bambas de atletismo. Hoy, tras cuatro temporadas viajando por el mundo, ha logrado consolidarse en la élite de este deporte. Participó en los Juegos de Invierno de Sochi 2014 y su nuevo sueño es llegar a Pyeongchang en 2018.

El sueño de Leticia Canales, su pasión, su motor, es el surf. Desde que se subió a una tabla casi antes de empezar a andar, su vida fueron las olas. El agua de mar se metió en sus venas y lo que empezó como un entretenimiento (apasionante, eso sí), no tardó en convertirse en entrenamiento para la competición. Tenía 10 años. Hoy, 9 años después, la actual campeona de España tiene muy clara su meta: primero Europa, y luego el mundo. Seguir progresando y aprendiendo y entrar en el top 17 de la WSL (World Surf League). Seguro que lo consigue. Ahí tiene el ejemplo de su paisano Aritz Aramburu, primer español en entrar en el top 30 del surf mundial, enfrentándose a leyendas como Kelly Slater. Una lucha, la de Leticia, doblemente meritoria, en un país de escasa tradición profesional (mucha afición, eso sí; en la que me incluyo) y en un deporte tradicionalmente masculino.



David Casinos, además de atleta español, es ciego. Lo que supone un doble hándicap en cuanto a recursos se refiere. O triple, porque David está obligado a llevar consigo en todo momento y lugar una persona de apoyo. Luchador nato, no se resignó a su suerte y decidió sacarle todo el jugo a la vida. Y al deporte. Ha sido campeón de Europa de lanzamiento de peso en cuatro ocasiones, campeón del mundo en otras tantas y acumula tres medallas de oro en los Juegos Paralímpicos (en los que, por cierto, España sí es una potencia mundial). Es, además, un ejemplo de motivación, positivismo y buen humor.

Aquella mañana, tras haber escuchado los impactantes e inspiradores testimonios de estos cinco deportistas excepcionales (y llevarme también un regalo inesperado: la licra firmada de Leticia Canales) uno sólo podía pensar en una cosa: a ejemplos como estos hay que darles visibilidad, mucha visibilidad; hay que darles minutos en prime time, retransmisiones, reportajes; hay que darles portadas, columnas, artículos; y presencia en las conversaciones de bar. Tenemos, sobre todo, que apoyarlos, subvencionarlos, valorarlos. Es lo menos que podemos hacer para agradecerles todo su trabajo, su ilusión y sus logros. De verdad que se lo merecen.





domingo, 18 de octubre de 2015

Amar hasta que duela. La lucha del misionero Christopher Hartley Sartorius


“Todo lo que no se da, se pierde”. Son las palabras que abren el último libro de Dominique Lapierre, India mon amour; ocho palabras que encierran en cada letra todo el alma generosa y espiritual de ese misterio gigantesco y extremo que es la India. “Todo lo que no se da, se pierde”. ¿Se lo imaginan, aplicado a nuestro día a día; al de todos y cada uno de nosotros en todas y cada una de nuestras acciones? Imposible, ¿verdad? Inalcanzable. Lejanísimo. Ajeno, cuando menos. “Que den los otros -justificaremos- que bastante tengo con lo mío”. Y será verdad. El libro de Lapierre continúa con una anécdota implacable, que desmorona nuestra vaga excusa como un castillo de naipes bajo los efectos de un terremoto grado 9 en la escala de Richter. Una niña que vuelve de la escuela, cargada de libros y cuadernos, probablemente sin haber probado bocado desde la mañana; y no mucho, tampoco, el día anterior. El escritor le ofrece una galleta que ella agradece “como si le hubiera puesto la luna en la mano” y sigue su camino. A los pocos pasos, la niña se cruza con un perro famélico, sin pensárselo un segundo parte la galleta en dos y le da la mitad al pobre animal. “La India me acababa de dar la lección más bella de todas acerca de lo que significa compartir”, remata Dominique Lapierre.


“Todo lo que no se da, se pierde” dice el proverbio indio. “Ama hasta que te duela. Si te duele, es buena señal” decía la Madre Teresa de Calcuta. Amar, dar, darse... Vivimos en un mundo que parece venerar justo el extremo opuesto de lo que aquella niña india o la Madre Teresa nos quisieron enseñar. Afortunadamente, algunos seres humanos –muy humanos- nivelan la balanza hacia el lado de lo extraordinario. El misionero español Christopher Hartley Sartorius, por ejemplo, que lleva dándose a los demás desde que se ordenó sacerdote. Eligió el camino espinoso, antes que el purpurado. Primero, en el Bronx; durante 13 años sirvió a los más pobres y marginados de la comunidad hispana en este barrio neoyorquino; allí se ganó el respeto y el cariño de todos sus feligreses y también de los que no lo eran. El secreto es que a unos y otros el padre Christopher los amaba por igual, y a unos y otros se daba por igual.

“Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal”. Una lección que el misionero aprendió (y practicó) sobradamente al lado de Madre Teresa, en los años que compartió con ella en Calcuta. Allí conoció la más profunda miseria, y también el más profundo amor; y lo aprendió directamente de quien mejor lo conocía y quien mejor lo ejercía. “Ella para mí fue, sobre todo, madre; madre de mi vocación. Me enseñó a amar con un amor que yo jamás había conocido. Me enseñó que el amor es terco y tenaz. Me enseñó a reconocer el rostro del Crucificado en cada pobre. Que la vida es don y por eso sólo tiene sentido cuando se entrega. Me enseñó que la vida es una maravillosa aventura y que sólo de nosotros depende vivirla apasionadamente o conformarnos con existencias irrelevantes.”

Vida de bestias
El padre Christopher siempre ha elegido vivir su vida apasionadamente y, desde luego, su existencia no ha sido irrelevante. Ni para los habitantes del Bronx, ni para los pobres de Calcuta ni, sobre todo, para los trabajadores del azúcar en los bateyes dominicanos. El 5 de septiembre de 1997, justo el día en que murió la Madre Teresa, él llegaba a un nuevo rincón de miseria: San José de los Llanos, en la República Dominicana. Allí, los emigrantes haitianos que acudían a los cañaverales –a menudo engañados o directamente forzados-, malvivían en condiciones de semi esclavitud, explotados como animales, trabajando jornadas de catorce horas por unos céntimos, hacinados en barracones sin luz ni agua ni camas; ni dignidad. “Viviendo vida de bestias”. El padre Christopher luchó por ellos y por sus derechos, se enfrentó a los señores de las plantaciones (la familia Vicini y otras) y logró llevar luz y agua a 60 poblados, crear comedores para los niños y, por primera vez en la historia, un contrato que establecía un día de descanso a la semana, una cama por trabajador y un sueldo por jornada, mísero pero en metálico (hasta entonces cobraban su miseria en vales canjeables únicamente en los economatos de los campamentos). Además, levantó un centro educativo, un taller de costura, una unidad de atención primaria y un hospital de 100 camas especializado en atención materno-infantil. Y también les llevó a Dios. Siguiendo a rajatabla la Doctrina Social de la Iglesia y las palabras que el propio Juan Pablo II pronunció en su ordenación (“Comprometeos en todas las causas justas de los trabajadores”), recorrió cada día los campamentos clandestinos en su maltrecha furgoneta, para recordarles que Él está siempre con los más pobres.

Su recompensa, el amor inquebrantable de su gente… y el odio cobarde de los magnates del azúcar, que vieron en él una amenaza para su negocio y su poder. En 2006, tras recibir numerosas amenazas de muerte (“Díganle a ese reverendo que un día va a parecer en un carril de lodo con la boca llena de moscas”) la propia Iglesia lo apartó de los bateyes y del peligro y lo llevó de vuelta a Europa, desde donde continuó su lucha contra la injusticia y la miseria, a través de documentales, exposiciones fotográficas, reportajes... 

“Dar hasta que duela y cuando duela dar todavía más”. Después de su batalla dominicana, el padre Christopher buscó el rincón más pobre, miserable y peligroso de África en el que pudiera continuar su labor misionera, y lo encontró en Gode, Etiopía, hace siete años. Terrorismo, guerras, niños soldados, hambre, enfermedades, desierto, olvido… el lugar perfecto para comenzar de cero una nueva misión al servicio de los desfavorecidos. Una oportunidad de llevar un mensaje de esperanza –que se traduce en educación, asistencia sanitaria, higiene, agricultura- en medio de la desolación. Pero aun allí, a millones de kilómetros de ninguna parte, mientras observa el polvoriento anochecer a orillas del Wabe Shebele, el corazón del padre Christopher permanece en San José de los Llanos, junto a la doctora Noemí Méndez (su sucesora en la lucha y en la vida amenazada), junto a Bubona, Fefa, Pedro, Roberta, Rafelina, Santiago, Toni, Lidia y todos los demás trabajadores de la caña en los campos y bateyes dominicanos y sus hijos, hoy un poco menos esclavos, un poco más personas gracias al amor, a la entrega y al coraje de quien lleva dándose toda una vida.

Su historia, su lucha, su misión es un ejemplo para todos, creyentes y no creyentes. Es uno de los capítulos más intensos de mi libro "La muerte del egoísmo". Hay que leerla. Y atesorarla. Es la mejor manera de que no olvidemos a quienes no tienen la suerte de estar en nuestro lugar.

miércoles, 8 de julio de 2015

Absolutely Live! Los conciertos de mi vida



He admirado las patillas de David Lindley en el Sol, sentado a los pies del Jackson; he visto volar un cerdo gigante sobre 40.000 cabezas en la galaxia Calderón; he besado a Bonnie Tyler al otro lado de la frontera y he llorado escuchando un cuento de O. Henry en Suristán.

He vibrado en la Arena cuando todos nos convertimos en París, a los pies del Hodgson; he temblado al oír el poderoso —y melodioso— rugido del león hecho hombre; y he escapado del infierno en una Harley, propulsado por la voz hecha carne.

He punteado durante horas de puro rock a la sombra del Jefe y su banda callejera; me he adentrado en el túnel del amor y he amado a Julieta infinitamente más que el propio Romeo; he añorado al padre escuchando al hijo; he bailado con mis hermanos de alma, patillas y gafas oscuras; y he envidiado al espontáneo que destrozó aquel verano del 69.

Me he encontrado en la encrucijada con un amable ex presidiario; he llegado al éxtasis con un fluido rosa que me elevaba 10 cm del suelo y he temblado de frío rodeado de surfers, bikinis y buenas vibraciones (mientras una gran bola de fuego se calentaba con alcohol). He llorado con el hombre de negro, el nuestro, acompañado por un Dorian Grey argentino y un tipo frágil y genial que había vencido a la pereza.

He perdido las piernas saltando al ritmo frenético de unos sesentones, que hacían todo lo que querían dentro y fuera de su isla. He escuchado el retumbar del trueno conduciendo por la autopista al infierno, he llamado a las puertas del Cielo uniendo mi voz a la del Maestro y he caminado sobre el arco iris llevado por la mano —lenta—  de Dios.

He visto a Olivier Durand divertirse haciendo magia con los dedos mientras Elliott hacía magia con las palabras; y a Jackson Browne convirtiendo una gira en poesía, sentado en la oscuridad de la luz; he visto al siempre joven Neil rasgando la guitarra sobre un caballo loco; a Graham Parker, afónico, loco por cantar, y al loco de Cocker desafiando a una orquesta sinfónica con su maravillosa voz desgajada.

He contado cuervos viéndolos desde arriba, como un pachá; y a unos halcones sonrientes desde sólo unos metros más abajo; y he volado con tres viejas águilas al reencuentro de un solitario y misterioso hotel de la Costa Oeste. He conocido a los peregrinos mucho antes de ser descubiertos y he asistido al apocalipsis sinfónico del Génesis; me he mojado con los chicos del agua, junto a un triste pescador, y tomado unas cervezas con cuatro viejos amigos y una señora azul, ahora más triste y más sola; he revivido el blues alegre de la otra Bonnie y he paladeado el sonido elegante del otro Bryan, el dandi.

Me he postrado ante el rey del blues, y ante sus satánicas majestades y ante el rey de América, que se llamaba Elvis pero era inglés; he escuchado a Tom Waits reencarnado en la pura elegancia femenina; y me he emocionado ante al espíritu de una Reina narcisista reencarnada en el piano genial de una reina tímida, calva y con gafas imposibles.


He visto a un extraterrestre renegar del polvo de estrellas y a un envejecido trovador renegar del humo mortal. He visto el farol del Bulevar brillando con la misma fuerza en la multitud y en la soledad, pero siempre a mi lado; he madurado al mismo tiempo que los Secretos de mi adolescencia, a uno y otro lado del bulevar de los sueños rotos; y he brindado por la eterna juventud con un Tequila, solo y en compañía de otros. He compartido la sabia y poética locura de un tipo fuerte, feo y formal que no era John Wayne, y he bailado a los pies de un surfer en una gigantesca playa verde con nombre de río.

He volado por la bella Irlanda y la verde Galicia al mismo tiempo, con los Jefes y un novato; y he visto a un irlandés subir de Madrid al cielo, al lado de unos pretendientes que cantaban a un amigo que ya no estaba allí. He vuelto a tener 15 años durante unas horas de sorias, venecias, gatas y gaviotas; y durante unos minutos, he sentido lo fría, distante y aburrida que puede ser Alaska. Y he ardido a placer bajo las añoradas escaleras del Sol, mientras movía mis caderas al ritmo de los Stones y el queridísmo Eric Burdon.

He compartido plaza con una princesa yonky y un capitán, y he sentido el temblor de un gordo que dominaba el escenario a ritmo de rockabilly. He vibrado con una vieja voz de blues (white) que un día se rodeó de animales incomprendidos. He saltado y gritado con mi generación tras unos ojos azules y un micro volante; y una y otra vez he vuelto a escuchar al poeta de blanca melena preguntarme si sé para qué estoy aquí, mientras me cuenta la historia de América, y la tuya y la mía.

He lamentado muchos conciertos que no vi, y alguno que sí vi; he repetido muchos otros, que siempre fueron irrepetibles; y he esperado 25 años la vuelta a la plaza de un gamberro roquero, sensible y futbolero, que tal vez nunca llegue (pero “no quiero hablar de ello”).

He perdido la voz gritando en plazas, estadios, rockódromos, velódromos, garitos, playas… He tocado la guitarra (o la cerveza) sin descanso; he aplaudido y vitoreado, y he echado de menos saber silbar; he escuchado, he sentido, he vivido cientos de canciones, miles de instantes mágicos que no se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, porque están grabados a piedra en la memoria y en el corazón. Más de 30 años de conciertos, que son todos los que están pero no están todos los que fueron, ni todos los que pudieron ser. Ni, por supuesto, todos los que serán.





viernes, 19 de junio de 2015

Jaime Caballero. El héroe de los enfermos de ELA.



Jaime Caballero es nadador de ultra larga distancia en aguas abiertas. Eso significa que está hecho de una pasta especial, física y psicológicamente. Eso significa que tiene una capacidad de aguante —del dolor, del miedo, del agotamiento, del agobio, del frío extremo— que va mucho más allá que la de cualquier ser humano normal. Su última hazaña, que ha dado la vuelta al mundo, ha sido cruzar el Canal de la Mancha… ida y vuelta. Sin parar. Sin protección. (“Una salvajada que sólo han logrado 17 nadadores en la historia.  Es el Everest de la natación”). Un trayecto de 100 kilómetros de agua gélida, corrientes traicioneras, lacerantes olas y veneno de medusas que Jaime estuvo a punto de abandonar en varias ocasiones durante la segunda mitad del reto, pero que finalmente completó, en estado casi inconsciente (“las últimas 8 horas no recuerdo nada, iba con el piloto automático”). La razón, su razón, los enfermos de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), “la enfermedad más cruel que existe”. Ellos son los que empujan a Jaime en los momentos de flaqueza, ellos son los que le dan fuerza para seguir adelante, ellos son los que le dan motivo para luchar, una causa a la que Jaime dedica, desde hace años, cada pensamiento y cada minuto de su tiempo libre.

No siempre fue así. Jaime nadaba ya de pequeño, incluso protagonizó alguna que otra hazaña con 14 años. Pero luego tuvo un prolongado standby de diez años provocado a partes iguales por la indolente adolescencia y los malos hábitos (juergas, droga, alcohol). Fueron años peligrosos, nadando en el filo de la navaja, que casi le cuestan la vida; afortunadamente el precio final fue sólo el ojo derecho. Pero ni eso cambió su forma de ver la vida. “Cuando estaba en el hospital, tras el accidente, lo único que pensaba era en recuperarme para seguir de farra”. Fue la familia (¿quién, si no?) la que finalmente impuso el sentido común, a base de altas dosis de amor y comprensión, y tras pasar por Proyecto Hombre (“a los que estaré eternamente agradecido, y con los que colaboro siempre que puedo”), Jaime salió limpio y lleno de vida.


Volvió a la vida, y volvió al mar (“Es básico tener aficiones, practicar algún deporte; eso te da ilusiones, motivación, objetivos, a cualquier nivel”). Comenzó a nadar de nuevo, no como profesional, pero sí realizando retos cada vez mayores, más importantes, y más duros. En 2005 atravesó el Estrecho de Gibraltar en 2 horas 58 minutos, su primera travesía reseñable. Tras un intento fallido el año siguiente, en 2007 decidió el desafío de referencia en aguas abiertas, el Canal de la Mancha; allí conoció la verdadera fuerza de las corrientes y descubrió en carne propia lo que es el frío en el agua. En 2008 el reto impuesto fue atravesar el Estrecho ida y vuelta, algo que a priori parecía sencillo pero que las fuertes corrientes complicaron hasta el punto de pensar seriamente en el abandono. No solo no abandonó sino que además logró registrar un record mundial.

Pero la travesía que marcó un antes y un después en la vida de Jaime, un giro radical a nivel profesional y, sobre todo, a nivel personal, fue la que llevó a cabo el 10 de junio de 2009: Bilbao-San Sebastián (su tierra). Su travesía más larga y dura hasta el momento, sí (perdió 8 kilos en 27 horas). Pero lo realmente importante es que fue su primera travesía con causa. En 2008, su querido tío José Mari Echeverría falleció de ELA, en apenas 6 meses de dolorosísima enfermedad. Jaime se vio profundamente afectado y decidió que, a partir de ese momento, todas sus fuerzas, todos sus retos, todos sus pensamientos los dedicaría a quienes sufren esa cruel enfermedad que le quitó a su tío. La travesía Bilbao-San Sebastián duró 27 horas, que, según reconoce el propio Jaime “logré terminar acordándome de mi tío en los momentos de flaqueza”.

Hubo otros logros espectaculares: el Lago Ness, Manhattan, Santa Catalina, la Triple Corona… Pero lo importante es que Jaime se involucró de lleno en la tragedia del ELA; conoció a personas afectadas, incluso amigos cercanos que habían perdido a seres queridos por su causa. Decidió hacer algo más por estos enfermos, ayudarles a mitigar de alguna forma su dolor, animarles, dignificarles, darles voz y presencia en la sociedad. Junto a un grupo de amigos fundó la Asociación Siempre AdELAnte y, desde entonces, sus travesías se transformaron en instrumento “para ayudar a quienes sufren la enfermedad más cruel del mundo”. Jaime nada por y para ellos. Porque ellos no pueden. Sus retos tienen ahora una causa mayor: “servir de micrófono a los afectados y conseguir recursos para investigación y cuidados paliativos”, a lo que se destinan el 100% de  los ingresos que se obtienen en cada travesía (principalmente donaciones particulares). Aparte lo económico, el objetivo es doble: animar e ilusionar a los afectados; y concienciar a la sociedad, recordarnos a todos que la ELA existe.




Jaime tiene clara cuál es su misión: “Mi verdadera fortuna ha sido emprender esta andadura con la Asociación Siempre AdELAnte y desde el primer momento he conocido a algunos afectados por ELA y familiares que han ido reforzando este compromiso y ganas de hacer más y más cosas por ellos”. Ellos son su motor y su motivación, y su fuerza en los momentos de flaqueza: “Jaime, lo que te está pasando (frío, cansancio, agobio psicológico por pensar que no avanzas lo suficiente...) es algo pasajero, lo que no es pasajero es tener ELA. Así que, ¡sigueeee y hazlo por ellos!”. Él lo dice siempre: recibo mucho más de lo que doy.

Levantarse a las 6 de la mañana para entrenar cada día entre 2 y 3 horas antes o después del trabajo y fines de semana en mar abierto (verano o invierno) es duro, piensa Jaime. Nadar durante 24 horas seguidas en aguas gélidas sufriendo picaduras de medusa por todo el cuerpo es más duro aún. Pero permanecer completamente inmovilizado durante años, soportando dolor, impotencia, desesperanza, depresión e incluso sentimiento de culpa (la familia también se lleva su parte), no es comparable a ningún sufrimiento pasajero. “Por muy mal que lo haya pasado, a mí se me va en dos días; pero lo suyo es todos los días, para toda la vida”. La enfermedad más cruel del mundo.


Son muchos los enfermos de ELA a los que Jaime ha conocido a lo largo de estos años. Algunos, familiares cercanos. Otros, nuevos amigos para toda la vida. Fran Otero es alguien muy especial para él. Y su mujer, Damaris. Fran padece la enfermedad desde hace 19 años. Su cuerpo está completamente paralizado, pero conserva intactas las ganas de vivir, la ilusión, el humor. Damaris es farmacéutica y se pide todos los turnos de noche para poder estar durante el día con su marido. Ella es su sostén, su ángel. Y la hija de ambos, la llama que mantiene viva sus vidas (la enfermedad llegó cuando apenas tenía 3 meses, hace 19 años). Fran es uno de los incondicionales de Jaime. Vive cada travesía como propia (porque lo es, en realidad) y es quien más anima a Jaime en las horas de bajón. La última vez, en aquellas durísimas millas finales en el Canal de la Mancha, soportando el frío (su temperatura corporal bajó de los 32 grados), el dolor intenso de las picaduras de medusa, las corrientes, la desorientación, la sensación de no avanzar, la desesperación…  “lo que hizo que no abandonara fueron los mensajes de ánimo que me iba lanzando Fran y que me transmitían desde el barco de apoyo. Yo pensaba: para escribir esa frase ha tenido que estar horas, dictando letra a letra con un dispositivo especial que tiene en el ojo; y yo aquí quejándome del frío. ¡Ale, p’alante! Esto pasará, pensé, el frío, las medusas, el cansancio… y me acordaba de mi tío, del padre de mi amigo Gonzalo Artiach, de Fran y de todos los demás enfermos de ELA… ellos son los que consiguieron que terminara la travesía. Ellos son los que consiguen que termine todas las travesías”. Fran lo dice con sus propias palabras: “Llevamos unos cuantos años nadando juntos, y tengo que reconocer que sigo sintiendo la misma emoción, o más grande aún, si es posible, cada vez que nos embarcas en un nuevo reto. A tu lado lo inalcanzable se vuelve esperanzador. Mientras nades, nadaremos a tu lado, poco importa si son unas horas de entreno o 24 horas cruzando el durísimo Canal de la Mancha. ¡Gracias por decir bien alto que el ELA existe!”

Jaime aún no sabe cuál será su próximo desafío. Quiere que sea algo grande, impactante, que genere repercusión y notoriedad. No sabe tampoco si logrará terminarlo con éxito. Aunque eso no importa. “Cada uno debe considerarse admirable no por el reto conseguido, sino por el solo hecho de haberlo intentado”. Sobre todo, cuando la causa es tan admirable como la suya.


 Nota: Esta historia está incluida en mi libro "La muerte del egoísmo" (Ed. Palabra)





viernes, 12 de junio de 2015

De Drácula y otros célebres vampiros (y vampiras)



Londres. 20 de abril de 1912. La noche es fría, opaca, tenebrosa. Más aún en la miserable y pestilente pensión de una callejuela sin nombre en la que un viejo irlandés, presa de un pánico indescriptible, profiere con voz demente y excitada una misteriosa palabra, al tiempo que señala con mano temblorosa el rincón más oscuro de la habitación: “¡Strigoi, strigoi!” Unos instantes más tarde, el infeliz está muerto. Cuando los policías acuden al inmundo agujero para llevarse el cuerpo inerte, descubren la identidad del huésped en el mugriento libro de registro: Bram Stoker.

Bram Stoker tenía 64 años cuando dejó este mundo. Murió arruinado, enfermo y demente (tres habituales síntomas de la sífilis), retorciéndose de dolor mientras sufría alucinaciones de la criatura que él mismo había creado quince años atrás, a la que señalaba aterrorizado al grito de “strigoi”, que en rumano significa bruja, espíritu maligno. O vampiro.
            Su existencia no había sido fácil, ya desde niño. Postrado en cama debido a una salud precaria durante sus siete primeros años de vida, dedicaba las horas a estudiar y a escuchar las historias de fantasmas que su madre le relataba cada día. Logró cursar sus estudios en el prestigioso Trinity College de Dublín, donde comenzó a sentir la llamada de la creación literaria, primero con modestas obras de teatro y críticas y poco después con relatos de terror y misterio que publicaba en la revista Shamrock. Todo marchaba relativamente bien hasta que abandonó su Irlanda natal para instalarse en Londres. Allí conoció al hombre que, con los años, marcaría su tragedia: el célebre actor shakesperiano Henry Irving.
Trabajó durante años para él más como esclavo que como representante y se arrastró con él por los rincones más perversos y pervertidos de Europa (donde contrajo la sífilis); a la muerte del ególatra actor, en 1905, el fiel servidor fue absolutamente olvidado en su goloso testamento. Durante esos años, entre servicio y perversión, le dio tiempo a Stoker de practicar el ocultismo en una sociedad secreta y de escribir unas cuantas novelas y relatos de éxito limitado. Hasta que en mayo de 1897 la editorial Archibald Constable and Company publicó su inmortal Drácula, novela que asentó las bases –matices, cualidades, iconografía, rituales, personalidad- del vampiro literario. Aunque el protagonista se basó en la figura del sangriento príncipe rumano Vlad el Empalador muy diversas las influencias que Stoker reflejó en su personaje, desde Henry Irving a Franz Liszt, pasando por libros de ocultismo, leyendas ancestrales de la lejana Transilvania, los manuscritos hallados por su amigo el orientalista Hermann ‘Arminius’ Bamberger o las historias de espectros que su madre le relató de niño. 
Pero el Drácula de Bram Stoker bebió también de otras muchas fuentes, de otras muchas copas rebosantes de espeso líquido carmesí. La “novela de terror mejor escrita de todos los tiempos”, en palabras de su amigo Oscar Wilde, y que alcanzó una fama que su creador jamás habría siquiera imaginado, tuvo una nutrida lista de nobles precedentes vampíricos que, unos más que otros, fueron marcando el camino del afamado Conde a lo largo de todo el siglo XIX. El mito vampírico, en su siniestro encanto e insaciable capacidad de hacer –e incitar a hacer- el Mal, había conquistado ya a los más prestigiosos poetas y novelistas del Romanticismo, desde Rusia hasta Francia, de Escocia a Estados Unidos, bajo cuyas plumas adoptó múltiples identidades y peculiaridades, todas únicas, todas excelsas, todas inmortales.

“Los seres que llamamos vampiros existen; alguno de nosotros tiene pruebas de ello. Pero aunque no tuviéramos la evidencia irrefutable de nuestra propia experiencia tan desdichada, las enseñanzas y los testimonios del pasado ofrecen pruebas suficientes para cualquier persona sensata” declama en un pasaje de Drácula el profesor Abraham Van Helsing. Y es cierto. El vampiro es criatura milenaria, abundante en mitología, aunque no es hasta la literatura del XIX cuando su leyenda se transforma en arte y el monstruo eternamente insaciable empieza a tomar forma.


Forma, por cierto, que no siempre fue masculina. Es más, en aquellos primeros poemas y cuentos vampíricos la terrorífica criatura suele ser una mujer, generalmente bella y siempre perversa. Tal es el caso de Vampirismo (1821), del compositor y escritor E. T. A. Hoffmann, considerado el primer relato en prosa de una mujer vampiro, la bella Aurelia, que enamora al conde Hippolit con su encanto y una vida desgraciada necesitada de consuelo. Ya casados, el conde descubre horrorizado que su esposa abandona el lecho cada noche y se reúne en el cementerio con otras mujeres para alimentarse de la carne putrefacta de los cadáveres, razón por la que sospechosamente no prueba bocado en la mesa (“¡Maldito engendro del diablo! ¡Ya sé por qué te repugna la comida civilizada! ¡En las tumbas es donde pastas, mujer endemoniada!”).
Más sutil y misteriosa que las criaturas necrófagas de Hoffmann es La muerta enamorada de Gautier, publicado en 1836. Narra una “singular y terrible” historia de juventud del párroco Romualdo, que comienza el día previo a su ordenación, cuando queda prendado de una hipnótica desconocida, Clarimonda, que trata de seducirlo y alejarlo del sacerdocio. Aunque no lo consigue, al principio, Romualdo vive perseguido por esa obsesión y, finalmente, sin saber si es realidad o ensoñación (nunca llega a averiguarlo), se convierte en su amante. Clarimonda resulta ser una vampira que se sirve de la sangre del párroco para mantenerse viva; pero éste sigue enamorado de ella, hasta que su abad le obliga a contemplar la tumba de su monstruosa amante y , tras rociarla con agua bendita, queda convertida en polvo y el sacerdote logra la paz de su alma. “No miréis nunca a una mujer –concluye su relato- pues, por más casto y prudente que seáis, un solo minuto basta para haceros perder la eternidad”.


El poeta francés Charles Baudelaire dedicó a su vez a una de estas criaturas La metamorfosis del vampiro (1857), uno de sus llamados “poemas inmorales”, que fue censurado en la época. Aquí el amor y la muerte se entremezclan con el deseo más carnal, aunque la mujer vampiro se sirve de su cuerpo y de sus “palabras impregnadas de almizcle” sólo para beber la sangre y la inspiración del poeta, hasta la médula de los huesos. El irlandés Sheridan Le Fanu nos cuenta en su novela Carmilla (1872) la relación de Laura y una joven desconocida que llega accidentalmente a su castillo, Carmilla, y se comporta de modo extraño y misterioso. Se suceden hechos sobrenaturales y terroríficos, seducción, muerte y resurrección, ataques vampíricos y finalmente caza a la criatura, que marcan muchas de las pautas posteriores del género.

Sir Arthur Conan Doyle se acercó al mito desde una perspectiva científica –la razón frente a lo sobrenatural- en El parásito (1894). El escéptico Gilroy se somete a los supuestos poderes psíquicos –hipnotismo, sugestión- de la deforme Helen Penelosa, quien acaba obsesivamente enamorada de él. Despechada, le obliga mentalmente a realizar actos perversos (mantener relaciones con ella, robar un banco, derramar ácido sobre el rostro de su prometida) aunque finalmente Gilroy logra liberarse de ese trance mesmérico, ese poder mental que lo aplasta y atormenta, instante en que la señorita Penelosa muere.
También el prolífico Alejandro Dumas quedó subyugado por los relatos vampíricos, como plasmó en La dama pálida, uno de sus cuentos de terror incluidos en Los mil y un fantasmas, que vieron la luz en 1849. Fantástico y sombrío, ambientado en el corazón de los Cárpatos (otro futuro referente), relata la desventura de la noble polaca Jadwige, secuestrada por dos hermanos herederos de la estirpe de Brankovan, que acaban enamorados de ella y enfrentados entre sí. Uno de ellos muere y, convertido en vampiro, visita cada noche la alcoba de Jadwige para alimentarse de su sangre, dejándola pálida y enferma; al final, vampiro y hermano se baten en duelo y ambos mueren… y con ellos muere también la maldición que había afectado a toda la estirpe durante generaciones, desde que un Brankovan asesinó a un sacerdote.
El escritor ruso Nikolái Gógol recrea magistralmente en su desconocido relato Vi las leyendas populares más espeluznantes de aquellas lejanas tierras, mezclando el horror con los dilemas morales y el más puro costumbrismo. En El Horla (1887), Guy de Maupassant va desgranando día a día la historia de un hombre que enloquece a causa de la invasiva presencia de un doble maligno; paranoia, alucinaciones, demencia (síntomas que él mismo padecía ya en esos años, a causa de la sífilis) y un final nada alentador: después del hombre mortal queda el Horla, el que no muere. “¡No… no, sin duda… no ha muerto… Entonces… tendré que matarme yo…!”

Pero probablemente la influencia que más hondamente marcó la obra de Bram Stoker fue el relato de John William Polidori El vampiro. Médico, secretario y esclavo personal de Lord Byron (lo mismo que Stoker de Henry Irving), Polidori escribió el primer cuento de vampiros de la literatura aquella célebre noche del 15 de junio de 1816 en Villa Diodati, al tiempo que Mary Shelley alumbraba su Frankenstein. Permanentemente humillado y frustrado por Byron, Polidori creó sin embargo el personaje que inspiró inevitablemente a todos los vampiros posteriores: el frío, malvado y seductor Lord Ruthwen (a su vez inspirado levemente en un poema de Lord Byron, El Giaour, y no tan levemente en el propio Byron). Una historia de venganza, dentro y fuera del relato, que acaba en ambos casos trágicamente: con el suicidio de Polidori a los 26 años de edad y la victoria de Ruthwen frente a la inocente Aubrey, cuya sangre “había aplacado la sed de un vampiro”. Trágico final muy diferente al de la novela de Stoker, que concluye con una palabra más esperanzadora: ‘SALVACIÓN’.


Drácula, estrella de cine
· Ya en 1896, un año antes de la publicación de Drácula, el genio George Méliès creó y dirigió una película de vampiros (La mansión del diablo).
· La primera versión cinematográfica de Drácula se realizó en Rusia en 1920.
· En 1922 el alemán F. Murnau dirigió la pionera Nosferatu; la figura siniestra del Conde Orlok (un trasunto de Drácula para evitar pagar derechos) se convirtió en un icono del cine.
· El actor húngaro Béla Lugosi fue uno de los más célebres Dráculas, primero en teatro y luego en cine (1931 y 1936). Su imagen de aristócrata seductor y su elegante capa (con la que fue incinerado) marcarían las pautas de posteriores adaptaciones.  
· El actor que más veces interpretó a Drácula fue Christopher Lee, en los años 60 y 70. Mostró una imagen más violenta del conde, con colmillos y ojos inyectados en sangre.
· En 1992, Francis Ford Coppola dirigió la más fiel (romántica y aterradora) adaptación de la novela de Stoker; Gary Oldman realizó una memorable interpretación del conde.
· Drácula aparte, se han realizado cientos de películas basadas en las leyendas vampíricas. Como en la tradición literaria, también en el cine es una criatura inmortal.


martes, 9 de junio de 2015

Relatos perplejos (IV): Principios


Un hombre está en la orilla del mar. Permanece completamente inmóvil, firme como una roca, perfectamente anclado a la arena por sus poderosas piernas, por sus sólidos principios. Resistiendo el embate constante de las olas, cada vez más grandes, más violentas a cada instante.
Pero el hombre no está del todo convencido de que sus principios sean lo suficientemente sólidos, así que hunde sus piernas en la arena un poco más. Ahora se siente más seguro. Las olas continúan golpeándolo con obstinación, poniendo a prueba la resistencia de sus principios. Y sus principios aguantan, sin apenas inmutarse, la fuerza de las olas y el azote de los vientos; y la subida de la marea, hasta casi cubrir su cuerpo por completo.
El hombre tiene un nuevo atisbo de duda y decide afianzar aún más sus principios, echando raíces bajo la arena; raíces profundas, consistentes, férreas. El hombre se siente ahora invencible, invulnerable. Porque, ahora sí, sus principios lo aguantan todo. Sólidos y seguros como el faro frente la tempestad, firmes como el malecón en su batalla contra las olas.

   Inquebrantables.

   INAMOVIBLES.

Y así transcurre un día y otro y otro. Y el hombre permanece inamovible, afianzado por sus profundos y sólidos principios. Y se siente orgulloso, infinitamente orgulloso por la inquebrantable solidez de sus principios.

Hasta el día en que un violento temporal surge de la nada. La tormenta arrecia y las olas crecen a cada minuto en tamaño y potencia. Súbitamente, en la lejanía, comienza a formarse una ola gigantesca. Dos, tres metros de altura. El hombre la ve acercarse y sabe que no aguantará. Cuatro, cinco metros y cada vez más cerca. El hombre trata de retroceder para salvarse pero no puede moverse ni un milímetro. Sus principios están demasiado hundidos en la arena, sus raíces son demasiado profundas, demasiado firmes, demasiado inamovibles. La ola gigantesca alcanza al hombre y lo golpea con toda su poderosa fuerza. Un muro de seis metros de agua que a esa velocidad se torna sólida como una roca. Sólida como los sólidos principios del hombre.

Cuando la ola gigantesca retrocede al fin, deja a la vista al hombre, que permanece inamovible, exactamente en el mismo sitio, sin haberse movido ni un milímetro; afianzados sus sólidos principios a lo más profundo de la arena, con la misma absurda tenacidad de antes. Sólo que ahora el hombre está muerto. Y sus sólidos principios también.


Si sólo hubiera dado unos pasos atrás… si tan sólo hubiera retrocedido unos metros… tal vez… sólo tal vez… se habría salvado. Pero había demasiados principios que mover, demasiado profundos, demasiado firmes, demasiado inamovibles.