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viernes, 16 de julio de 2021

Nuestro primer oro olímpico


1928, como 2021, fue año olímpico. Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, si bien no contaban con el poderío mediático de los actuales Juegos, fueron pioneros en muchos aspectos: por primera vez se realizó el encendido del pebetero con la llama olímpica; por primera vez Grecia, cuna del Olimpismo, encabezó el desfile en la ceremonia inaugural; por primera vez las mujeres compitieron en atletismo; por primera vez un personaje de la realeza (Olaf de Noruega) subió a lo más alto del podio; y por primera vez, España ganó el máximo galardón en unos Juegos Olímpicos oficiales. Nuestra primera Medalla de Oro.


La tarde del 12 de agosto de 1928, en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, ante la reina Guillermina, la princesa Juliana, el presidente del COI, los Cuerpos Diplomáticos de medio mundo, jefes de estado, ministros, personalidades de las artes y las ciencias, cientos de periodistas y 70.000 espectadores, sonaba el himno de España por primera vez en unos Juegos Olímpicos. En lo más alto del mástil, nuestra bandera; y en lo más alto del podio (que en esta ocasión conformaban sus monturas), los capitanes de Caballería José Navarro Morenés, Julio García Fernández y José Álvarez de Bohorques, marqués de los Trujillos (que ya había participado en la Olimpiada de París 1924, quedando en un honroso séptimo lugar). Ese histórico día de verano, hace 93 años, la ciudad que vio nacer a Van Gogh vio también nuestro primer Oro Olímpico, en la modalidad de saltos de obstáculos por equipos; un hito que no se repetiría hasta 44 años después, en Sapporo ‘72, gracias a ese otro gran deportista que fue Paquito Fernández Ochoa.


Los IX Juegos Olímpicos se celebraron en Ámsterdam entre el 17 de mayo y el 12 de agosto y participaron 3.014 atletas (de los que 290 eran mujeres) de 46 países, que compitieron en 14 deportes y 109 especialidades. Para el deporte español era tan solo su tercera cita olímpica y acudió con una delegación de 82 deportistas, que se batieron en ocho disciplinas: atletismo, natación, regatas, esgrima, boxeo, fútbol, jockey sobre hierba e hípica. A lo largo de casi dos meses se fueron sucediendo las diferentes competiciones, con más pena que gloria para los atletas españoles. Hasta el último día. Fue precisamente la jornada de clausura de los Juegos la elegida por la organización para celebrar el Gran Premio Olímpico de Salto de Obstáculos. Ello aseguró la presencia regia en el palco de honor y el lleno absoluto, hasta la última grada, en el Estadio Olímpico.
También aseguró el nerviosismo de nuestros jinetes, presionados por la responsabilidad de llevar una medalla a casa, después del fracaso colectivo; y si era de oro, mejor. La cosa no estaba fácil, desde luego. Las 16 naciones participantes tenían un altísimo nivel (“no eran precisamente hermanitas de la caridad” recordaba el capitán Trujillos), especialmente Suecia, invicta en todos los concursos de saltos olímpicos desde 1912. Pero tampoco había que desdeñar a Polonia, Francia, Estados Unidos o Alemania, verdaderas potencias en las disciplinas ecuestres y que habían acudido a la cita olímpica con tándems jinete-caballo realmente temibles.


Los tres capitanes españoles, junto al resto de jinetes seleccionados habían llegado a Holanda por ferrocarril tan solo ocho días antes; tras una semana de entrenamiento en la ciudad de Laken, próxima a Ámsterdam, el equipo hípico acude a la ciudad olímpica el mismo día de la competición. Al entrar en el estadio, Trujillos y sus compañeros no disimulan su asombro ante el imponente escenario y el no menos imponente público. Sus compatriotas les dan ánimos: “Sois los mejores; debéis batiros como leones y no olvidaros de que sois de Caballería”. Ellos responden con convicción: “Desde hace mucho tiempo soñamos con estar en los Juegos de Ámsterdam; aquí estamos y no nos iremos con las manos vacías”. La expectación es fabulosa, la reina Guillermina ya está en el palco regio, junto a las personalidades mundiales más relevantes del momento; los 70.000 espectadores contienen la respiración durante los preliminares. España no parte como favorita, pero sus jinetes generan curiosidad.
Trujillos, Navarro y García Fernández se desean suerte, los nervios templados; fe absoluta en la victoria; los caballos (Zalamero, Zapatazo y Revistada) están en buena forma, y ellos también. Comienza la competición, y se van sucediendo las actuaciones de los 34 jinetes de los diferentes países; finalmente, el equipo a batir es Polonia. España acumula dos puntos antes del último recorrido; la prueba es dura, pero García Fernández acaba con un único derribo. Cuatro puntos en total. La tensión es máxima; sale el último jinete polaco, que realiza un recorrido impecable… hasta el obstáculo final: seis puntos de penalización; más los dos anteriores, ocho. Los jinetes españoles no se lo creen aún, pero los altavoces del gran estadio olímpico anuncian: “¡España, ganadora con cuatro puntos!”

Los tres capitanes escuchan emocionados el anuncio y la inmediata ovación de las 70.000 gargantas que abarrotan el estadio. Los otros componentes del equipo español irrumpen en la pista y corren a felicitar a los campeones con indisimulado júbilo; ordenanzas y oficiales se saltan el protocolo militar y se abrazan lanzando vivas a España y al Arma de Caballería. El Oro es español. El orgullo también. Y las lágrimas. La reina Guillermina de Holanda hace entrega solemne de la medalla de oro a los tres vencedores. El primero en recibirla es el capitán Trujillos, el más veterano. “Hemos dejado al deporte español en el lugar que le correspondía” le dice a la reina, consciente de la trascendencia de su hazaña. Acto seguido, saludando con pulso firme y ojos temblorosos, los tres jinetes de oro escuchan la Marcha Real Española, junto a 70.000 espectadores enmudecidos y puestos en pie. La bandera española, en lo más alto del mástil olímpico. Y el deporte español, en lo más alto del olimpo mundial.




Recibidos por... nadie

Pero son otros tiempos. Y la histórica hazaña, el hito sin precedentes en el olimpismo español (y no repetido hasta 44 años después) no obtiene la resonancia merecida en su propio país. Las medallas de oro volvieron a España en tren y a su paso por la frontera, en Hendaya, el único baño de multitudes que reciben los tres héroes es el que les proporciona el padre de Trujillos, Mauricio Álvarez de las Asturias Bohorques (duque de Gor), quien les recibe con orgulloso entusiasmo, una caja de puros y una botella de champán. Su llegada a Madrid es aún más desoladora: los campeones olímpicos fueron recibidos en la Estación del Norte por… nadie. Probablemente un telegrama que se perdió en algún lugar del camino, entre la ciudad del Amstel y la del Manzanares. O entre un despacho y otro del propio Ministerio de la Guerra.

Días más tarde todo se compensó con un gran banquete oficial que se ofreció a los campeones en el hotel Ritz, y al que acudieron el general Primo de Rivera (jefe del gobierno), el Capitán General Weyler, numerosos compañeros del Arma de Caballería y el Rey Alfonso XIII, quien los recibió con orgullo y cariño: “Vosotros los jinetes, los que nunca me habéis dado un disgusto”. El homenaje fue entrañable, emotivo e inolvidable para los tres jóvenes jinetes, a los que se unieron cientos de españoles que acudieron al hotel para mostrar su admiración y gratitud por esa primera medalla de oro del olimpismo patrio.


La medalla de Oro, robada

Pero el periplo del dorado galardón no había concluido aún. Unos años más tarde, en tiempos de la II República, la pérdida fue mucho más grave que un simple telegrama. Porque lo que se perdió fue la mismísima medalla de oro. O mejor dicho, le fue arrebatada a su legítimo dueño, José Álvarez de las Asturias Bohorques, durante un asalto a su domicilio madrileño (como tantos otros asaltos incontrolados perpetrados en aquellos años). Y, con el oro olímpico, le robaron también todos sus trofeos hípicos, que eran muchos, importantes y valiosos. Sin embargo, aunque la medalla desapareció físicamente, su espíritu se mantuvo intacto en la memoria del marqués de los Trujillos y en la de su familia durante décadas. Hasta 1984. Ese año, Juan Antonio Samaranch, desde 1980 presidente del COI, se enteró de que esa medalla histórica, el primer oro olímpico del deporte español, llevaba medio siglo desaparecida. Y no se lo pensó un segundo. Encargó una réplica exacta para reparar esa deuda con la historia y el olimpismo. Por pura justicia deportiva.

El acto de entrega de la medalla “recuperada” fue tan sencillo como emotivo. En una fría mañana de diciembre, sobre la arena del picadero cubierto del Club de Campo de Madrid, con la presencia de S.M. el Rey Juan Carlos I y un puñado de familiares y amigos. Trujillos, con su sempiterno “loden”, su sombrero y su bastón y una envidiable vitalidad a sus 90 años; y frente a él, su grandísimo amigo Beltrán Alburquerque colgándole de nuevo la medalla de oro y fundiéndose luego en un abrazo largo, profundo y emocionado. Y todos sus nietos, su familia, sus amigos más íntimos, llorando sin apenas disimulo y agradeciendo infinitamente el poder vivir ese repetido momento histórico que no pudimos vivir en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, aquel 12 de agosto de 1928. Un beso muy fuerte, abuelo.



Trujillos, un jinete récord

· En 1921 logra el récord de España de altura con un salto de 2,20 m; marca que no fue superada hasta 26 años después.

· Participó en 261 carreras de caballos, 162 lisas y 99 de obstáculos, de las que ganó 107, palmarés que fue record absoluto del Gentleman Riders durante 7 años.

· Siendo profesor de la Escuela de Equitación Militar, en 1927 y 1928, descendió las míticas cortaduras de la Zarzuela (barrancadas de 15 metros de caída casi vertical), hazaña ecuestre que dio la vuelta al mundo.

· Ganó 12 Copas del Rey, 3 veces el Gran Premio de Madrid, varias Copas de Naciones (por equipos) y numerosos premios internacionales.

· Fue presidente de la Sociedad de Fomento y Cría Caballar de 1956 a 1976, Medalla de Oro al Mérito deportivo y Medalla de Oro del COI.

Su mayor orgullo deportivo: su hijo Pepe

Dedicó toda tu vida (97 intensos años), toda su alma generosa y todo su saber (que era mucho) a la hípica, su gran pasión. Lo hizo todo y lo ganó todo sobre un caballo. Y sin embargo, de entre todos sus méritos, del que más orgulloso estuvo siempre fue de entrenar y convertir a su hijo Pepe (mi padre) en uno de los mejores jinetes de su generación. Un palmarés deportivo impresionante que muy pocos han logrado alcanzar en el mundo de la hípica. José Álvarez de las Asturias Bohorques Pérez de Guzmán, Pepe Álvarez de Bohorques para amigos y compañeros del mundillo ecuestre, fue Subcampeón del Mundo individual en 1966, Campeón de España en dos ocasiones, ganador de 5 Copas de Naciones y de 107 Primeros Premios Internacionales, 1º en el Ranking de Ganadores de Primeros Premios en Concurso de Saltos Internacional Oficial en 1961 (con 15 victorias), seleccionado para tres Juegos Olímpicos… 


Además atesora altas distinciones, entre otras muchas, la Medalla de Oro de la Federación Ecuestre Internacional, la Orden Olímpica del C.O.E. y 2 Medallas de Plata al Mérito Deportivo. Y como directivo ha sido Presidente de la Comisión de Saltos de Obstáculos de la F.E.I. durante 8 años, Vicepresidente de la R.F.H.E., miembro del C.O.E. desde 1989 hasta 1997 y prestigioso Juez Internacional Oficial durante 20 años, participando en más de 100 Concursos Internacionales, entre ellos tres Juegos Olímpicos y cuatro Campeonatos del Mundo. 





Una cierta polémica

En algunos círculos es considerada como primera medalla de oro olímpica la obtenida (que no ganada) por la pareja Villota-Amézola en cesta punta, en los "Concursos Internacionales de Ejercicios Físicos y Deportes de París del año 1900", una serie de eventos deportivos que se disputaron a lo largo de varios meses en el contexto de la Exposición Universal de la capital francesa. Según el investigador Bill Melon, se disputaron competiciones amateur de pelota en el frontón de Neully-Sur-Seine; la final, que debía enfrentar a los españoles con la pareja francesa, no se llegó a disputar debido a la negativa de los anfitriones a aceptar las reglas.
      La cesta punta no ha vuelto a ser disciplina olímpica. Veinticuatro años después de estos "Concursos de Ejercicios Físicos" se celebraron en París unos Juegos Olímpicos más "oficiales", en los que la cesta punta fue deporte de exhibición, al igual que en México '68 y Barcelona '92 (España, por cierto, ganó en todas ellas).


lunes, 20 de abril de 2020

Pedro García-Aguado: el fracaso enseña lo que el éxito oculta




Campeón Olímpico y del Mundo de wáter polo, 565 veces internacional con la selección absoluta, mejor jugador de la liga española. Alcohólico, drogadicto. “He hecho cosas horribles y casi (casi) destrozo mi vida. Afortunadamente, todo eso quedó atrás”. Ahora dedica su vida a enseñar a los jóvenes que ese no es el camino, y ha ayudado a muchos de ellos a salir del pozo sin fondo de la droga y de otras adicciones como las redes sociales. Es lo que ha hecho durante años, por ejemplo, a través de su revolucionario programa de televisión ‘Hermano Mayor’ o como ponente habitual de los congresos de la Fundación Lo Que De Verdad Importa. 

Pedro García Aguado ha conocido el éxito, ha saboreado bien sus mieles. Y también ha conocido el fracaso. De lleno. Pero ¿qué es el éxito y qué es el fracaso?, se pregunta. “El fracaso enseña lo que el éxito oculta. Hay derrotas triunfales a las que envidian algunas victorias. Sólo nos damos cuenta de las cosas cuando fracasamos. Yo he estado en los dos lados. He tenido que aprender a estar arriba y abajo”. Por eso llama a su conferencia su “viaje de aprendizaje”.

Nunca pensé que iba a llegar a lo más alto. Y menos con ese bañador y ese gorrito. Pero lo conseguimos. Conseguimos triunfar un grupo de chavales jóvenes. Y no fue fácil. Hubo que entrenar mucho, con mucho esfuerzo”. Pedro, como todo el equipo, se esforzó al máximo para llegar a estar entre los mejores. Pero luego era capaz de tirar todo el trabajo realizado en una noche de fiesta. Entrenamiento, esfuerzo, disciplina, todo se fue perdiendo por culpa del alcohol y la droga.
           

No nos brillan los ojos

“El deporte no tiene nada que ver con la adicción. Pero ya veis, yo, campeón olímpico, he hecho mucho daño a muchas personas. No supe disfrutar del éxito”. La selección española de wáter polo fue Subcampeona de Europa y del Mundo en 1991, y Medalla de Plata en Barcelona 92. Un ‘fracaso’ por el que los medios de comunicación les marcaron con el estigma de segundones, de perdedores, y reclamaban una renovación del equipo. Pero ellos seguían ahí, luchando, perseverando, guiándose por una frase del escritor y conferenciante Álex Rovira que se convirtió en su máxima: “Solo triunfa en el mundo quien se levanta, persevera, no desfallece ante la adversidad, busca las circunstancias para triunfar y si no las encuentra, las crea”. Eran un equipo, en el pleno sentido de la palabra; muy unido, muy compacto, muy apoyado. El triunfo, la recompensa a su trabajo y perseverancia llegó con el oro de Atlanta 96. Y con el oro, el reconocimiento. “Cuando ganas, todo el mundo te quiere, todo el mundo te adora. Te sientes especial”. Pero esa medalla de oro tenía también su otra cara, su lado oscuro.

Uno de sus compañeros le dijo un día: “No nos brillan los ojos”. Lo tenían todo, eran los chicos de oro. “Pero el éxito no te exime de ser vulnerable. Siempre tiene ciertos riesgos”. Eres humano, y eso implica tener debilidades.



Evasión y derrota

“Yo no empecé a tomar por ningún motivo especial”. Pedro simplemente descubrió la botella de licor que su padre tenía guardada al fondo del armario y empezó a prepararse unos combinados bastante cargados que bautizó como ‘lugumba’ (leche con chocolate y una generosa ración de licor). “Yo era un inconsciente con 14 o 15 años y me ponía mucho licor. Mi padre se había divorciado y probablemente yo sentía mucho dolor, aunque no lo interpretaba como tal”. Ya desde el primer momento, desde aquel primer lugumba, Pedro empezó a beber mucho, buscando esa sensación de evasión que acababa de descubrir. Y que le acababa de atrapar. “Fue mi responsabilidad, nadie me incitó a probar aquella bebida. Lo que quiero es avisaros del riesgo que corréis cuando vais de botellón, por ejemplo. Bebéis mucha cantidad de alcohol en un breve espacio de tiempo”. Y eso, claro, perjudica tanto por dentro como por fuera; aunque la sensación, y la percepción, sea justo la contraria.

“¿Qué ocurre cuando eres un campeón olímpico, que mides 1,92, estás cachas y te bebes 12 cubatas en una noche sin caerte al suelo? Pues que te crees Dios. Te dices ‘yo puedo con todo’. Y llega la prepotencia”. Y se instala en tu vida. Puede que al día siguiente te duela un poco la cabeza, pero vuelves a entrenar, vuelves a jugar, vuelves a triunfar; te sientes realmente especial. Ligas mucho, o te crees que ligas mucho, porque en realidad te engañas a ti mismo. “Tienes que beber para conquistar a las chicas, para sentirte diferente. Y bebes mucho porque te crees que controlas”. Es lo que Pedro llama ‘el exceso de control’: “recordad, cuando alguno de vuestros amigos os diga ‘déjame, que yo controlo’ probablemente ya esté entrando en problemas de dependencia.”
            Después de la prepotencia llegó el individualismo. Malo siempre; peor cuando vives de un deporte en el que hay que trabajar en equipo. Aunque en los entrenamientos se comportaba, cuando llegaba a casa se convertía en una persona solitaria, gris, introvertida. Solamente cuando salía y bebía se divertía, solo cuando salía y bebía se sentía bien, diferente, especial.


¿Politoxicómano yo?

“Con todo esto llega un momento en el que tienes que aprender. El 3 de abril de 2003, después de haberlo tenido todo y haber fracasado, pedí ayuda. Me llevaron a un psicólogo y me dijo: ‘Usted es alcohólico’. ‘¿Yo alcohólico? ¡Usted está loco! Los alcohólicos son esos señores que viven entre cartones y van con el carrito. Yo no bebo cada día. Yo no voy con el cartón de vino barato siempre a mi lado’ Entonces me explicó una serie de sintomatologías y yo las tenía: beber de forma compulsiva, tomar otras sustancias… Le dije ‘quiero dejar esto, porque quiero ser feliz.’ Yo relacionaba el consumo con diversión, con felicidad, pero realmente era un infeliz. ‘Usted todavía no conoce la felicidad’, me dijo. ‘Usted tiene que internarse en un centro terapéutico’. Y le contesté: ‘Yo con los yonquis no voy. ¡Ni loco! Yo no soy igual que ellos’”.

Pedro cedió. El 28 de abril entró en un centro de desintoxicación. “¿Y tú qué haces aquí?” le preguntó el terapeuta. “Nada, un problemilla. Bebo un poco. De vez en cuando tomo un poco de cocaína, alguna pastilla…” “Tú eres politoxicómano” “¡Y tú un hijo de puta!”. Era un campeón, un triunfador, ¿cómo iba a tener problemas? Pero finalmente se dio cuenta de que el terapeuta tenía razón. Empezó a seguir el tratamiento y aprendió también una serie de verdades sobre la drogodependencia que antes ignoraba. “Yo antes asociaba la gente adicta con las desgracias o los barrios marginales. La gente chunga”. Aprendió que la adicción es una enfermedad que se genera por el consumo de alcohol u otras drogas y que daña los circuitos de recompensa del cerebro. Esto es, cuando realizamos una actividad placentera (chocolate, sexo, risa) segregamos una sustancias que, con una cantidad mínima, nos hacen sentir bien. Pero con la droga segregas grandes cantidades, lo que hace que te enganches a esa sensación; los circuitos de recompensa se dañan y dejan de funcionar hasta que te vuelves a drogar. Entre dosis y dosis, el sufrimiento es terrible, y sólo piensas en volver a sentirte bien.



Drogas duras, drogas blandas y otros mitos

También aprendió que la droga no es solo la cocaína o la heroína, sino cualquier sustancia que afecta a una o varias funciones del organismo y es capaz de alterar nuestro comportamiento. “¿No os habéis fijado en las bodas? En el segundo plato, después de los aperitivos y el vinito, el tío Luis ya tiene la corbata en la cabeza. Y en el postre, la tía Luisa, con 93 años, está bailando la conga. ¿Es el solomillo? ¿La langosta? No, es el alcohol. Es importante que sepáis que la primera droga con la que os vais a encontrar es el alcohol. Porque es capaz de cambiaros el comportamiento. Y cuidado al tomarlo incluso con moderación, porque hay estudios que aseguran que puede haber una predisposición genética a la adicción. Algunos os podéis enganchar incluso bebiendo poco”.
Luego están el hachís, la marihuana, las drogas de diseño, la cocaína… todo tipo de sustancias que buscan generar placer, evasión, diversión, una aspiración ancestral del ser humano. “Pero claro, según el uso que hagáis de ellas, en vez de evadiros, pueden convertirse en dependencia. Y cuando eso sucede, ya no es divertido”.

Son muchos los mitos que rodean a las drogas. Engaños fruto de la simple ignorancia o autoengaños provocados por la simple adicción.
            · Si bebo mucho y no me emborracho es porque controlo. “No, es porque tolero mejor la sustancia, y soy capaz de beber mucha cantidad sin que se note. Puede ser el principio de una dependencia”.
            · El alcohol facilita y mejora las relaciones sexuales. “Mentira. Si vas tajado no sabes ni dónde hay que meterla. Sí es cierto que te desinhibe y haces cosas que no harías sin beber, pero eso puede provocar embarazos no deseados, enfermedades”.
            · El alcohol, el hachís y la marihuana son drogas blandas. “Es mentira. Todos son capaces de generar dependencia y todos son capaces de matar. Incluso el mono de alcohol (delirium tremens) es capaz de matar a la gente”.
            · La cocaína es la droga de los ricos, te hace más guay. “La coca te hace sentir extrovertido e invencible. Pero a la media hora se pasa el efecto y vuelves a ser tú. Tú con bajón de cocaína”.


Hay luz al final del túnel: se llama aprendizaje.

Lo importante, después de haber subido a ese tren y de haber entrado en ese oscuro túnel del que es tan difícil salir (y del que a menudo no se sale), es haber aprendido de la experiencia. Pedro, lo reconoce, ha tenido mucha suerte; por haber podido salir y por haber aprendido la lección. Él pudo optar por la amargura y la depresión, pero eligió la inteligencia y la lucha, el optimismo y el aprendizaje.
            “Yo me impliqué en la terapia y aprendí que la amistad sigue creciendo más allá de la distancia. Tuve amigos de verdad (no de borrachera) que me ayudaron económicamente, que me esperaron con paciencia, que me llamaban a casa y se preocupaban por mí. También aprendí que necesito mucho tiempo para llegar a ser la persona que quiero ser. Yo había forzado una personalidad que no era la mía. Era una máscara.

 “He aprendido que siempre debo dejar palabras de amor a las personas que quiero, porque cualquier día puede ser la última vez que las vea. No me pude despedir de mi mejor amigo, que murió antes de que yo saliera del centro terapéutico; ni de mi abuelo, porque no fui a Madrid cuando se estaba muriendo como me pedía mi padre; estaba de fiesta en Barcelona. Eso son cosas que te roban la droga y el alcohol. No te das cuenta, porque al principio todo parece divertido”. Su abuelo, sin embargo, le salvó la vida a Pedro después de su muerte: un oportuno décimo de lotería, que había comprado en el último momento, pagó el tratamiento de rehabilitación.  

 “He aprendido que puedo seguir adelante mucho después de que ya no pueda. Hay que sacar fuerzas de donde no hay. Y a veces, lo que parece sumamente grave no lo es, si te dan la posibilidad de salir, de cambiar. En mi día a día hay momentos muy difíciles; trato con personas que lo están pasando muy mal —jóvenes con problemas de adicción, de marginación, de conducta a los que Pedro ayuda a salir del túnel—, pero al final hay una salida.

           
“He aprendido que si no controlo mi actitud, ella me controlará a mí. Creía que lo controlaba todo, pero no controlaba nada. Era un títere en manos de la droga. Pero de eso te das cuenta mucho después.

           
“He aprendido que los héroes son aquellas personas que hacen lo que se tiene que hacer cuando se tiene que hacer, sin importar las consecuencias. Y no es necesario que te ocurra una desgracia excepcional para demostrarlo.

           
“He aprendido que no me hace falta emborracharme o colocarme para pasar el mejor de los momentos, para divertirme con los amigos o celebrar algo. He aprendido a salir sin consumir, y me lo paso mejor.
           
“He aprendido que estar enfadado no me da derecho a ser cruel, ni a hacer daño a los demás. He hecho daño a mucha gente porque, cuando te drogas, sólo piensas en la próxima fiesta, no en si estás haciendo daño.
           
“He aprendido que solo porque alguien no te quiere como tú quieres, eso no significa que no te quiera con todas sus fuerzas. Mi padre me lo demostró no enviándome dinero para mis juergas de fin de semana, pero sí para mi tratamiento; mi madre, cuando le pedí ayuda, también estaba ahí.
           
“He aprendido que las drogas me hacen peor persona. ¡Y que no funcionan!”

Nosotros hemos aprendido que, por muy profundo y oscuro que sea el túnel, siempre hay una luz al final. Solo tienes que contar con la ayuda adecuada, con el cariño de los tuyos, con tu propia conciencia; y con alguien como Pedro que te guíe hasta la salida.


NOTA: esta historia la escribí originalmente para la Fundación LQDVI. 





viernes, 30 de octubre de 2015

Apoyar el deporte minoritario. Una causa justa y necesaria.



Hace unas semanas tuve la gran fortuna de ser invitado a un evento de apoyo a los deportes minoritarios. Estaba organizado por Marca y MasterCard, dentro del programa “Patrocínalos”, que es una iniciativa tan romántica como desgraciadamente necesaria. Y digo desgraciadamente porque no es bueno que deportistas de élite como Jonathan, Anna, Amber, Leticia o David, o cientos más, que han cosechado importantes éxitos a nivel nacional, internacional e incluso olímpico, no es bueno, digo, que tengan que depender del crowdfunding para poder alcanzar sus metas, para poder cumplir sus sueños, que también son los nuestros. Desgraciadamente –insisto- en España no existe esta cultura de apoyo al deporte de base, o al deporte minoritario, o emergente, que sí se da en otros países (y no sólo EEUU). Ni por parte de las administraciones, ni por parte de los colegios y universidades, ni por parte de los patrocinadores, ni por parte de los medios de comunicación. Sobre todo, los medios de comunicación. Salvo excepciones puntuales, parece que más allá del fútbol, del omnipresente y sobrevalorado fútbol, no hay sino un enorme vacío de ignorancia en nuestras televisiones, radios y diarios. Incluso los deportivos.

Viene a mi mente, como un oportuno flashazo, aquella portada de El País Semanal de verano de 1988, justo antes de los Juegos de Seúl, en la que aparecían todas nuestras medallas de oro olímpicas: Seis en total. Seis. José Alvarez de las Asturias Bohorques (mi abuelo, de ahí que guarde esa portada como un verdadero tesoro), que la ganó en hípica por equipos, junto a García y Navarro, en Amsterdam 1928; Paco Fernández Ochoa, en Sapporo 1972; Abascal y Noguer en Moscú 1980; y Doreste y Molina en Los Angeles 1984. Punto. En 84 años de Olimpismo moderno. Luego llegó Barcelona ’92 y el Plan ADO demostró que sí, que si contamos con medios podemos dar mucho más. Pero fue un sueño breve. 
Con ADO o sin ADO, lo cierto es que nuestros deportistas sí dan mucho más. En la Olimpiada o fuera de ella: trial, kitesurf, windsurf, badmington, kárate, patinaje, piragüismo, triatlón… Disciplinas todas ellas en las que podemos presumir de campeones del mundo, aunque no lo apreciemos -incluso lo ignoremos- en nuestro propio país. Campeones anónimos que viven del esfuerzo, de la ilusión, de la pasión, del sacrificio sin límites… y casi siempre de la generosidad y la fe inquebrantable de sus familias. Y poco más.

Es la historia común de cientos de deportistas en España, que no pueden ser profesionales porque no tienen el apoyo necesario. Y de ahí que la iniciativa de Marca y Mastercard sea tan bienvenida para Jonathan, Anna, Amber, Leticia o David.

Es la historia de Jonathan “Maravilla” Alonso, que hace un año dio el salto al boxeo profesional después de una carrera amateur plagada de éxitos (y ante la incomprensión de su abuela: “¿Vas a pagar 35 euros a un gimnasio para que te peguen?"). Gran defensor de los valores del boxeo (“Te enseña respeto, disciplina, constancia y sacrificio; además, es el único deporte en el que dos rivales comienzan golpeándose y acaban abrazándose"), envidia a países como Estados Unidos, donde un cadete con futuro ya tiene un patrocinador; él, que tuvo dificultades hasta para comprarse unos guantes o viajar para poder entrenar con sparrings de su nivel.

También la historia de Anna Sanchís, cinco veces campeona de España de ciclismo, a quien los desplazamientos para competir tenía que patrocinárselos su padre; y que no pudo asistir a los JJOO de Londres por falta de recursos, aunque tenía nivel incluso para haber luchado por una medalla. Con esfuerzo, dedicación y sacrificio ha llegado a disputar grandes carreras como el Giro de Italia, donde en 2008 quedó séptima. Ahora, su meta es hacer historia en el Campeonato Mundial de Ciclismo en Ruta, que se disputará en Richmond a finales de septiembre.


Y la historia de Amber Mirambell, un pionero, un valiente. Fue el primero, y casi el único, en un país sin tradición por el skeleton (y también sin  instalaciones, sin material, sin federación), que tuvo que enfrentarse a innumerables problemas para cumplir su sueño. En 2005, por ejemplo, antes de viajar a los JJOO de Innsbruck tuvo que fabricarse sus propias zapatillas clavando unos ralladores de queso y una lija en sus viejas bambas de atletismo. Hoy, tras cuatro temporadas viajando por el mundo, ha logrado consolidarse en la élite de este deporte. Participó en los Juegos de Invierno de Sochi 2014 y su nuevo sueño es llegar a Pyeongchang en 2018.

El sueño de Leticia Canales, su pasión, su motor, es el surf. Desde que se subió a una tabla casi antes de empezar a andar, su vida fueron las olas. El agua de mar se metió en sus venas y lo que empezó como un entretenimiento (apasionante, eso sí), no tardó en convertirse en entrenamiento para la competición. Tenía 10 años. Hoy, 9 años después, la actual campeona de España tiene muy clara su meta: primero Europa, y luego el mundo. Seguir progresando y aprendiendo y entrar en el top 17 de la WSL (World Surf League). Seguro que lo consigue. Ahí tiene el ejemplo de su paisano Aritz Aramburu, primer español en entrar en el top 30 del surf mundial, enfrentándose a leyendas como Kelly Slater. Una lucha, la de Leticia, doblemente meritoria, en un país de escasa tradición profesional (mucha afición, eso sí; en la que me incluyo) y en un deporte tradicionalmente masculino.



David Casinos, además de atleta español, es ciego. Lo que supone un doble hándicap en cuanto a recursos se refiere. O triple, porque David está obligado a llevar consigo en todo momento y lugar una persona de apoyo. Luchador nato, no se resignó a su suerte y decidió sacarle todo el jugo a la vida. Y al deporte. Ha sido campeón de Europa de lanzamiento de peso en cuatro ocasiones, campeón del mundo en otras tantas y acumula tres medallas de oro en los Juegos Paralímpicos (en los que, por cierto, España sí es una potencia mundial). Es, además, un ejemplo de motivación, positivismo y buen humor.

Aquella mañana, tras haber escuchado los impactantes e inspiradores testimonios de estos cinco deportistas excepcionales (y llevarme también un regalo inesperado: la licra firmada de Leticia Canales) uno sólo podía pensar en una cosa: a ejemplos como estos hay que darles visibilidad, mucha visibilidad; hay que darles minutos en prime time, retransmisiones, reportajes; hay que darles portadas, columnas, artículos; y presencia en las conversaciones de bar. Tenemos, sobre todo, que apoyarlos, subvencionarlos, valorarlos. Es lo menos que podemos hacer para agradecerles todo su trabajo, su ilusión y sus logros. De verdad que se lo merecen.