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viernes, 16 de julio de 2021

Nuestro primer oro olímpico


1928, como 2021, fue año olímpico. Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, si bien no contaban con el poderío mediático de los actuales Juegos, fueron pioneros en muchos aspectos: por primera vez se realizó el encendido del pebetero con la llama olímpica; por primera vez Grecia, cuna del Olimpismo, encabezó el desfile en la ceremonia inaugural; por primera vez las mujeres compitieron en atletismo; por primera vez un personaje de la realeza (Olaf de Noruega) subió a lo más alto del podio; y por primera vez, España ganó el máximo galardón en unos Juegos Olímpicos oficiales. Nuestra primera Medalla de Oro.


La tarde del 12 de agosto de 1928, en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, ante la reina Guillermina, la princesa Juliana, el presidente del COI, los Cuerpos Diplomáticos de medio mundo, jefes de estado, ministros, personalidades de las artes y las ciencias, cientos de periodistas y 70.000 espectadores, sonaba el himno de España por primera vez en unos Juegos Olímpicos. En lo más alto del mástil, nuestra bandera; y en lo más alto del podio (que en esta ocasión conformaban sus monturas), los capitanes de Caballería José Navarro Morenés, Julio García Fernández y José Álvarez de Bohorques, marqués de los Trujillos (que ya había participado en la Olimpiada de París 1924, quedando en un honroso séptimo lugar). Ese histórico día de verano, hace 93 años, la ciudad que vio nacer a Van Gogh vio también nuestro primer Oro Olímpico, en la modalidad de saltos de obstáculos por equipos; un hito que no se repetiría hasta 44 años después, en Sapporo ‘72, gracias a ese otro gran deportista que fue Paquito Fernández Ochoa.


Los IX Juegos Olímpicos se celebraron en Ámsterdam entre el 17 de mayo y el 12 de agosto y participaron 3.014 atletas (de los que 290 eran mujeres) de 46 países, que compitieron en 14 deportes y 109 especialidades. Para el deporte español era tan solo su tercera cita olímpica y acudió con una delegación de 82 deportistas, que se batieron en ocho disciplinas: atletismo, natación, regatas, esgrima, boxeo, fútbol, jockey sobre hierba e hípica. A lo largo de casi dos meses se fueron sucediendo las diferentes competiciones, con más pena que gloria para los atletas españoles. Hasta el último día. Fue precisamente la jornada de clausura de los Juegos la elegida por la organización para celebrar el Gran Premio Olímpico de Salto de Obstáculos. Ello aseguró la presencia regia en el palco de honor y el lleno absoluto, hasta la última grada, en el Estadio Olímpico.
También aseguró el nerviosismo de nuestros jinetes, presionados por la responsabilidad de llevar una medalla a casa, después del fracaso colectivo; y si era de oro, mejor. La cosa no estaba fácil, desde luego. Las 16 naciones participantes tenían un altísimo nivel (“no eran precisamente hermanitas de la caridad” recordaba el capitán Trujillos), especialmente Suecia, invicta en todos los concursos de saltos olímpicos desde 1912. Pero tampoco había que desdeñar a Polonia, Francia, Estados Unidos o Alemania, verdaderas potencias en las disciplinas ecuestres y que habían acudido a la cita olímpica con tándems jinete-caballo realmente temibles.


Los tres capitanes españoles, junto al resto de jinetes seleccionados habían llegado a Holanda por ferrocarril tan solo ocho días antes; tras una semana de entrenamiento en la ciudad de Laken, próxima a Ámsterdam, el equipo hípico acude a la ciudad olímpica el mismo día de la competición. Al entrar en el estadio, Trujillos y sus compañeros no disimulan su asombro ante el imponente escenario y el no menos imponente público. Sus compatriotas les dan ánimos: “Sois los mejores; debéis batiros como leones y no olvidaros de que sois de Caballería”. Ellos responden con convicción: “Desde hace mucho tiempo soñamos con estar en los Juegos de Ámsterdam; aquí estamos y no nos iremos con las manos vacías”. La expectación es fabulosa, la reina Guillermina ya está en el palco regio, junto a las personalidades mundiales más relevantes del momento; los 70.000 espectadores contienen la respiración durante los preliminares. España no parte como favorita, pero sus jinetes generan curiosidad.
Trujillos, Navarro y García Fernández se desean suerte, los nervios templados; fe absoluta en la victoria; los caballos (Zalamero, Zapatazo y Revistada) están en buena forma, y ellos también. Comienza la competición, y se van sucediendo las actuaciones de los 34 jinetes de los diferentes países; finalmente, el equipo a batir es Polonia. España acumula dos puntos antes del último recorrido; la prueba es dura, pero García Fernández acaba con un único derribo. Cuatro puntos en total. La tensión es máxima; sale el último jinete polaco, que realiza un recorrido impecable… hasta el obstáculo final: seis puntos de penalización; más los dos anteriores, ocho. Los jinetes españoles no se lo creen aún, pero los altavoces del gran estadio olímpico anuncian: “¡España, ganadora con cuatro puntos!”

Los tres capitanes escuchan emocionados el anuncio y la inmediata ovación de las 70.000 gargantas que abarrotan el estadio. Los otros componentes del equipo español irrumpen en la pista y corren a felicitar a los campeones con indisimulado júbilo; ordenanzas y oficiales se saltan el protocolo militar y se abrazan lanzando vivas a España y al Arma de Caballería. El Oro es español. El orgullo también. Y las lágrimas. La reina Guillermina de Holanda hace entrega solemne de la medalla de oro a los tres vencedores. El primero en recibirla es el capitán Trujillos, el más veterano. “Hemos dejado al deporte español en el lugar que le correspondía” le dice a la reina, consciente de la trascendencia de su hazaña. Acto seguido, saludando con pulso firme y ojos temblorosos, los tres jinetes de oro escuchan la Marcha Real Española, junto a 70.000 espectadores enmudecidos y puestos en pie. La bandera española, en lo más alto del mástil olímpico. Y el deporte español, en lo más alto del olimpo mundial.




Recibidos por... nadie

Pero son otros tiempos. Y la histórica hazaña, el hito sin precedentes en el olimpismo español (y no repetido hasta 44 años después) no obtiene la resonancia merecida en su propio país. Las medallas de oro volvieron a España en tren y a su paso por la frontera, en Hendaya, el único baño de multitudes que reciben los tres héroes es el que les proporciona el padre de Trujillos, Mauricio Álvarez de las Asturias Bohorques (duque de Gor), quien les recibe con orgulloso entusiasmo, una caja de puros y una botella de champán. Su llegada a Madrid es aún más desoladora: los campeones olímpicos fueron recibidos en la Estación del Norte por… nadie. Probablemente un telegrama que se perdió en algún lugar del camino, entre la ciudad del Amstel y la del Manzanares. O entre un despacho y otro del propio Ministerio de la Guerra.

Días más tarde todo se compensó con un gran banquete oficial que se ofreció a los campeones en el hotel Ritz, y al que acudieron el general Primo de Rivera (jefe del gobierno), el Capitán General Weyler, numerosos compañeros del Arma de Caballería y el Rey Alfonso XIII, quien los recibió con orgullo y cariño: “Vosotros los jinetes, los que nunca me habéis dado un disgusto”. El homenaje fue entrañable, emotivo e inolvidable para los tres jóvenes jinetes, a los que se unieron cientos de españoles que acudieron al hotel para mostrar su admiración y gratitud por esa primera medalla de oro del olimpismo patrio.


La medalla de Oro, robada

Pero el periplo del dorado galardón no había concluido aún. Unos años más tarde, en tiempos de la II República, la pérdida fue mucho más grave que un simple telegrama. Porque lo que se perdió fue la mismísima medalla de oro. O mejor dicho, le fue arrebatada a su legítimo dueño, José Álvarez de las Asturias Bohorques, durante un asalto a su domicilio madrileño (como tantos otros asaltos incontrolados perpetrados en aquellos años). Y, con el oro olímpico, le robaron también todos sus trofeos hípicos, que eran muchos, importantes y valiosos. Sin embargo, aunque la medalla desapareció físicamente, su espíritu se mantuvo intacto en la memoria del marqués de los Trujillos y en la de su familia durante décadas. Hasta 1984. Ese año, Juan Antonio Samaranch, desde 1980 presidente del COI, se enteró de que esa medalla histórica, el primer oro olímpico del deporte español, llevaba medio siglo desaparecida. Y no se lo pensó un segundo. Encargó una réplica exacta para reparar esa deuda con la historia y el olimpismo. Por pura justicia deportiva.

El acto de entrega de la medalla “recuperada” fue tan sencillo como emotivo. En una fría mañana de diciembre, sobre la arena del picadero cubierto del Club de Campo de Madrid, con la presencia de S.M. el Rey Juan Carlos I y un puñado de familiares y amigos. Trujillos, con su sempiterno “loden”, su sombrero y su bastón y una envidiable vitalidad a sus 90 años; y frente a él, su grandísimo amigo Beltrán Alburquerque colgándole de nuevo la medalla de oro y fundiéndose luego en un abrazo largo, profundo y emocionado. Y todos sus nietos, su familia, sus amigos más íntimos, llorando sin apenas disimulo y agradeciendo infinitamente el poder vivir ese repetido momento histórico que no pudimos vivir en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, aquel 12 de agosto de 1928. Un beso muy fuerte, abuelo.



Trujillos, un jinete récord

· En 1921 logra el récord de España de altura con un salto de 2,20 m; marca que no fue superada hasta 26 años después.

· Participó en 261 carreras de caballos, 162 lisas y 99 de obstáculos, de las que ganó 107, palmarés que fue record absoluto del Gentleman Riders durante 7 años.

· Siendo profesor de la Escuela de Equitación Militar, en 1927 y 1928, descendió las míticas cortaduras de la Zarzuela (barrancadas de 15 metros de caída casi vertical), hazaña ecuestre que dio la vuelta al mundo.

· Ganó 12 Copas del Rey, 3 veces el Gran Premio de Madrid, varias Copas de Naciones (por equipos) y numerosos premios internacionales.

· Fue presidente de la Sociedad de Fomento y Cría Caballar de 1956 a 1976, Medalla de Oro al Mérito deportivo y Medalla de Oro del COI.

Su mayor orgullo deportivo: su hijo Pepe

Dedicó toda tu vida (97 intensos años), toda su alma generosa y todo su saber (que era mucho) a la hípica, su gran pasión. Lo hizo todo y lo ganó todo sobre un caballo. Y sin embargo, de entre todos sus méritos, del que más orgulloso estuvo siempre fue de entrenar y convertir a su hijo Pepe (mi padre) en uno de los mejores jinetes de su generación. Un palmarés deportivo impresionante que muy pocos han logrado alcanzar en el mundo de la hípica. José Álvarez de las Asturias Bohorques Pérez de Guzmán, Pepe Álvarez de Bohorques para amigos y compañeros del mundillo ecuestre, fue Subcampeón del Mundo individual en 1966, Campeón de España en dos ocasiones, ganador de 5 Copas de Naciones y de 107 Primeros Premios Internacionales, 1º en el Ranking de Ganadores de Primeros Premios en Concurso de Saltos Internacional Oficial en 1961 (con 15 victorias), seleccionado para tres Juegos Olímpicos… 


Además atesora altas distinciones, entre otras muchas, la Medalla de Oro de la Federación Ecuestre Internacional, la Orden Olímpica del C.O.E. y 2 Medallas de Plata al Mérito Deportivo. Y como directivo ha sido Presidente de la Comisión de Saltos de Obstáculos de la F.E.I. durante 8 años, Vicepresidente de la R.F.H.E., miembro del C.O.E. desde 1989 hasta 1997 y prestigioso Juez Internacional Oficial durante 20 años, participando en más de 100 Concursos Internacionales, entre ellos tres Juegos Olímpicos y cuatro Campeonatos del Mundo. 





Una cierta polémica

En algunos círculos es considerada como primera medalla de oro olímpica la obtenida (que no ganada) por la pareja Villota-Amézola en cesta punta, en los "Concursos Internacionales de Ejercicios Físicos y Deportes de París del año 1900", una serie de eventos deportivos que se disputaron a lo largo de varios meses en el contexto de la Exposición Universal de la capital francesa. Según el investigador Bill Melon, se disputaron competiciones amateur de pelota en el frontón de Neully-Sur-Seine; la final, que debía enfrentar a los españoles con la pareja francesa, no se llegó a disputar debido a la negativa de los anfitriones a aceptar las reglas.
      La cesta punta no ha vuelto a ser disciplina olímpica. Veinticuatro años después de estos "Concursos de Ejercicios Físicos" se celebraron en París unos Juegos Olímpicos más "oficiales", en los que la cesta punta fue deporte de exhibición, al igual que en México '68 y Barcelona '92 (España, por cierto, ganó en todas ellas).


miércoles, 11 de abril de 2018

Trujillos y Ragel. Historia de una foto.


Dicen que cada imagen cuenta una historia. Esta fotografía del Capitán Trujillos descendiendo por la mítica cortadura de la Zarzuela, cuenta dos historias: una, la del jinete que dejó pasmados a los oficiales extranjeros que asistieron a la demostración; otra, la del fotógrafo que inmortalizó la escena y pasmó al mundo entero, Diego González Ragel.

 
Una mañana de primavera de 1927. Examen de fin de curso 1926-27 en la Escuela de Equitación Militar. El capitán Álvarez de Bohorques, Marqués de los Trujillos, sale con sus alumnos a clase de exterior en terrenos de Zarzuela. El lugar es perfecto para poner a prueba la destreza de los jinetes, y su arrojo: imponentes cortaduras de arena arcillosa, algunas de más de 15 metros de caída vertical, por las que deberán descender (o más bien, caer) tratando de mantenerse sobre sus monturas. Algo que lograrán muy pocos.

La míticas cortaduras de la Zarzuela
No es la primera vez que descienden por esas gigantescas dunas y barrancos los alumnos de Caballería. Pero sí es la primera vez que lo hacen ante un grupo de oficiales extranjeros, que pudieron presenciar en vivo las enseñanzas del profesor, el grado de maestría de los oficiales, el perfecto adiestramiento de sus monturas y, sobre todo, el valor sin fisuras de todos ellos, alumnos y maestro. Especialmente en el último descenso, en la imposible prueba final, la bajada de la descomunal cortadura que más tarde recibió el nombre de “Gran Trujillos”.
    
Así lo describió el célebre capitán francés De Montergon, emocionado testigo de aquella hazaña impensable: “Cuando vi la cúspide de la última bajada y comprendí lo que intentaban hacer; cuando, acometido del vértigo, me incliné sobre un corte de pico, de veinte metros, a cuyo término sólo una pendiente arenosa se ofrecía para recibirles, pensé: ¡Eso no es posible! ¡No bajarán!”

Pero bajaron. Todos. Primero el profesor, el guía; y luego todos los alumnos, uno detrás de otro, sin pensarlo, con fiel y ciega disciplina. Cayeron caballos y jinetes, lanzados al vacío de su temeridad; se voltearon unos sobre otros, en una interminable secuencia de majestuosas bajadas y apocalípticas caídas (la primera vez, salvo el profesor, ninguno acabó sobre su montura; la segunda, ni siquiera el capitán Trujillos). Al final, todos más o menos indemnes, y todos absolutamente orgullosos de su gesta.

Un año después, el examen de fin de curso se celebró en los mismos terrenos. El profesor también era el mismo, el Marqués de los Trujillos (a la sazón uno de los mejores jinetes españoles de todos los tiempos, que ese mismo año de 1928 logró, en Amsterdam, la primera medalla de oro para España en unos Juegos Olímpicos en saltos por equipos; pero esa es otra historia que ya hemos contado aquí). En esta ocasión, con un testigo aún más excepcional: Alfonso XIII. El Rey, orgulloso de sus oficiales, quedó sin embargo tan impactado, que prohibió la repetición de la prueba al día siguiente, como estaba establecido. Orden que, por cierto, su amigo el capitán Trujillos desobedeció, con todos los respetos hacia Su Majestad, claro. Sin embargo, los jinetes españoles habían dejado en lo más alto el prestigio del Arma de Caballería que, como demostraron una vez más, no reconoce obstáculos. Días después, el Rey envió un mensaje de felicitación al maestro y sus alumnos: "por la disciplina, entusiasmo y decisión demostrados en la bajada de las cortaduras". 

Ragel, repórter fotógrafo
De ambas sesiones fue también testigo Diego González Ragel. Y gracias a su pericia y maestría con la cámara, todos nosotros también. Las dieciséis fotografías del reportaje gráfico de 1927 (publicado en la revista Blanco y Negro y numerosas publicaciones extranjeras) le otorgaron la fama, no sólo por el interés de las proezas representadas, sino también por su habilidad técnica y por la modernidad de sus composiciones.

Nacido en Jerez, en 1893, fue sin embargo en Madrid donde ejerció su carrera como repórter, según él se definía, pues le interesaba más contar que retratar. Destacó principalmente como fotógrafo deportivo, especializado en caza, automovilismo e hípica; pero también fue íntimo retratista de la familia Sorolla; y editor de una revista bélica durante la contienda civil; y fotógrafo personal del general republicano José Riquelme; y, a pesar de su pasado republicano, fotógrafo oficial del Banco de España desde 1941 hasta su muerte, en 1951.


Ragel supo retratar como nadie el Madrid de la posguerra, el cotidiano, el de la calle; pero también el de la aristocracia y la vida bohemia (tuvo una intensa vida social), y el de las cacerías y las carreras de coches o de caballos, y el de los grandes hechos históricos, como la despedida de Alfonso XIII a Miguel Primo de Rivera, camino del exilio, en la estación de Atocha. Pero tal vez el episodio más relevante de su carrera fue el encargo de inmortalizar las transferencias del oro y la plata que partieron del Banco de España hacia Moscú; ocultó los clichés durante la guerra, y a su término los entregó al Ministerio de Hacienda, lo que permitió recuperar parte del dinero en París.

Olvidado durante décadas, hace unos años se organizó en Madrid una exposición que reunía, por primera vez, los fondos de su archivo personal e inédito; más de un millar de imágenes que constituyen un legado único y un interesantísimo testimonio de una época y de una vida: la de Ragel, “fotógrafo notario de todo, protagonista de nada”. Un inmenso legado que se puede encontrar en internet.

Hoy, gracias a Ragel y a su talento podemos admirar y enmudecer ante esta impresionante imagen (y toda la serie de las cortaduras) que protagonizó el capitán Trujillos (mi abuelo). Y si no la estuviéramos viendo con nuestros propios ojos, exclamaríamos como el capitán francés: "¡Eso no es posible! ¡No bajarán!”