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sábado, 12 de noviembre de 2016

Forever Young

La primera vez que vi a Neil Young fue el 25 de abril de 1987, en el mítico Rockódromo de la Casa de Campo. La penúltima, el 27 de junio de 2008, en Rock in Rio. En ambos conciertos lo recuerdo exactamente con el mismo poderío, la misma vitalidad y la misma entrega; con la misma ferocidad eléctrica de su vena más rockera, y la misma sensibilidad acústica de su lado más country. Y, sobre todo, con las mismas ganas. Como si por él no hubieran pasado dos décadas. Hoy sigue igual. Como si no hubieran pasado más de siete décadas desde que pisó este mundo por primera vez. Como si, haciendo honor a su apellido, se mantuviera eternamente joven.



Y es que, arrastrar más de 70 años con esa fuerza y esas ganas de seguir dándolo todo en cada escenario es un lujo que sólo se pueden permitir los músicos de raza, los de verdad, los grandes. Neil Young es, junto a su amigo Bob Dylan y pocos más, el último grande vivo. Más de 50 años en la carretera, 55 discos rebosantes de lirismo, garra, genialidad, experimentación, compromiso, belleza, historia, muerte, romanticismo; decenas de creaciones que se han convertido en leyenda, a lomos de su desbocada guitarra eléctrica (su amada “Old Black”) o acariciando la acústica cuando su inspiración le hace transitar por los viejos caminos del folk. Y es que el espíritu inquieto y experimental del genio canadiense ha engrandecido todos los géneros musicales, desde el country más clásico al rock duro, desde el blues y el soul de pata negra al jazz, la música eléctrica o el grunge, del que es considerado el ‘padrino’.

Neil Percival Young nació en un pueblecito de Toronto un 12 de noviembre de 1945. Inició su andadura musical en el instituto, donde formó su primera banda, Neil Young & The Squires, con la que interpretaba temas de los Beatles, Elvis o los Shadows en fiestas locales. Muy pronto descubrió que su camino no pasaba por el colegio, así que abandonó los estudios y partió hacia Winnipeg, donde empezó a componer sus primeras canciones. Pero no fue hasta 1965, en Los Angeles, cuando comenzó la leyenda con el nacimiento de Buffalo Springfield, junto a su amigo Stephen Stills y Richie Furay. Duró poco, pero en apenas dos años de existencia nos dejó un legado repleto de joyas imperecederas como Mr. Soul, Broken Arrow o I Am a Child.

 
La leyenda se agigantó el 16 de agosto de 1969, fecha en la que debutó uno de los grupos más grandes del universo folk-rock: Crosby, Stills, Nash & Young. De esa colaboración surgió un disco legendario, Déjà Vu, con canciones como Woodstock, Teach Your Children, Country Girl, Our House o Helpless, que se convirtieron en auténticos e imperecederos himnos de toda una generación. El choque de egos acabó minando —temporalmente— el cuarteto y Neil Young se despidió de sus anclados compañeros, eso sí, manteniendo reuniones esporádicas cada diez años, y a quienes en 1979 dedicó un obra maestra de sensibilidad poética y amable cinismo, Thrasher (“Así que me aburrí y los dejé ahí —a los ‘dinosaurios’—, sólo eran un peso muerto para mí; es mejor rodar sin ese lastre”…).

A partir de ahí, llegaron discos magistrales, con su banda habitual Crazy Horse o en solitario; reencontrándose con Crosby, Stills and Nash o junto a sus ‘ahijados’ musicales Pearl Jam (Mirror Ball). En el mientras tanto, le ha dado tiempo a enterrar a amigos muertos por sobredosis, a cuidar a su hijo Zeke nacido con parálisis cerebral, a componer bandas sonoras, a organizar conciertos en favor de los granjeros (Farm Aid), a clausurar los Juegos Olímpicos de Vancouver 2010, a pelearse amigablemente con Lynyrd Skynyrd (quienes respondieron con Sweet Home Alabama a la visión esclavista del Sur que había denunciado Young en Alabama y Southern Man), a escribir su autobiografía íntima y familiar (Waging Heavy Peace: A Hippie Dream) y, en fin, a recorrer Estados Unidos protestando contra la guerra de Irak, ensalzando los coches eléctricos o atacando sin miramientos a políticos, corporaciones y sistemas comprimidos de música (mp3).

Y, de paso, nos ha dejado grabadas a fuego decenas de canciones inmortales como Heart of Gold, Pocahontas, Comes a Time. My My, Hey Hey (Out of the Blue), Like a Hurricane, Harvest, Southern Man o Rocking in the Free World. Su último disco de estudio (el 37º), que salió a la luz hace un año, lleva por título The Monsanto Years; un álbum conceptual ‘dedicado’ a la multinacional de productos agrícolas Monsanto, que ha grabado acompañado por la banda de los hijos de su amigo Willie Nelson, y en el que pervive todo el talento, el poderío y el carácter de este genio inquieto e incandescente. Con él, la leyenda continúa, porque “el rock’ n roll está aquí para quedarse / el rock n’ roll nunca morirá”.


El lado solidario
A lo largo de estos cincuenta y pico años de carrera incombustible, Neil Young ha realizado también una gran labor social, especialmente en favor de los niños con minusvalías físicas y psíquicas (como su hijo Zeke). A ellos dedica cada mes de octubre, ininterrumpidamente desde 1986, el concierto a beneficio del Bridge School (The Bridge School Concerts), en el que colaboran fieles amigos de la talla de Bruce Springsteen, Crosby, Stills & Nash, Tom Petty, Elton John, Emmilou Harris, Eagles, Norah Jones, Pearl Jam o el mismísimo Bob Dylan; quien tal vez pensaba en su colega Neil cuando compuso la mítica Forever Young (que, por cierto, sonó maravillosamente en el legendario The Last Waltz, donde coincidieron Dylan y Young junto a otras leyendas de la talla de Van Morrison, Neil Diamond, Eric Clapton, Muddy Waters y los anfitriones, The Band). Con ella me despido hasta el próximo concierto: “Que Dios te bendiga y proteja siempre / Que construyas una escalera a las estrellas / y subas un peldaño cada día / Que siempre permanezcas joven / Siempre joven / Siempre joven”. Pues eso, ¡forever Young!



miércoles, 8 de julio de 2015

Absolutely Live! Los conciertos de mi vida



He admirado las patillas de David Lindley en el Sol, sentado a los pies del Jackson; he visto volar un cerdo gigante sobre 40.000 cabezas en la galaxia Calderón; he besado a Bonnie Tyler al otro lado de la frontera y he llorado escuchando un cuento de O. Henry en Suristán.

He vibrado en la Arena cuando todos nos convertimos en París, a los pies del Hodgson; he temblado al oír el poderoso —y melodioso— rugido del león hecho hombre; y he escapado del infierno en una Harley, propulsado por la voz hecha carne.

He punteado durante horas de puro rock a la sombra del Jefe y su banda callejera; me he adentrado en el túnel del amor y he amado a Julieta infinitamente más que el propio Romeo; he añorado al padre escuchando al hijo; he bailado con mis hermanos de alma, patillas y gafas oscuras; y he envidiado al espontáneo que destrozó aquel verano del 69.

Me he encontrado en la encrucijada con un amable ex presidiario; he llegado al éxtasis con un fluido rosa que me elevaba 10 cm del suelo y he temblado de frío rodeado de surfers, bikinis y buenas vibraciones (mientras una gran bola de fuego se calentaba con alcohol). He llorado con el hombre de negro, el nuestro, acompañado por un Dorian Grey argentino y un tipo frágil y genial que había vencido a la pereza.

He perdido las piernas saltando al ritmo frenético de unos sesentones, que hacían todo lo que querían dentro y fuera de su isla. He escuchado el retumbar del trueno conduciendo por la autopista al infierno, he llamado a las puertas del Cielo uniendo mi voz a la del Maestro y he caminado sobre el arco iris llevado por la mano —lenta—  de Dios.

He visto a Olivier Durand divertirse haciendo magia con los dedos mientras Elliott hacía magia con las palabras; y a Jackson Browne convirtiendo una gira en poesía, sentado en la oscuridad de la luz; he visto al siempre joven Neil rasgando la guitarra sobre un caballo loco; a Graham Parker, afónico, loco por cantar, y al loco de Cocker desafiando a una orquesta sinfónica con su maravillosa voz desgajada.

He contado cuervos viéndolos desde arriba, como un pachá; y a unos halcones sonrientes desde sólo unos metros más abajo; y he volado con tres viejas águilas al reencuentro de un solitario y misterioso hotel de la Costa Oeste. He conocido a los peregrinos mucho antes de ser descubiertos y he asistido al apocalipsis sinfónico del Génesis; me he mojado con los chicos del agua, junto a un triste pescador, y tomado unas cervezas con cuatro viejos amigos y una señora azul, ahora más triste y más sola; he revivido el blues alegre de la otra Bonnie y he paladeado el sonido elegante del otro Bryan, el dandi.

Me he postrado ante el rey del blues, y ante sus satánicas majestades y ante el rey de América, que se llamaba Elvis pero era inglés; he escuchado a Tom Waits reencarnado en la pura elegancia femenina; y me he emocionado ante al espíritu de una Reina narcisista reencarnada en el piano genial de una reina tímida, calva y con gafas imposibles.


He visto a un extraterrestre renegar del polvo de estrellas y a un envejecido trovador renegar del humo mortal. He visto el farol del Bulevar brillando con la misma fuerza en la multitud y en la soledad, pero siempre a mi lado; he madurado al mismo tiempo que los Secretos de mi adolescencia, a uno y otro lado del bulevar de los sueños rotos; y he brindado por la eterna juventud con un Tequila, solo y en compañía de otros. He compartido la sabia y poética locura de un tipo fuerte, feo y formal que no era John Wayne, y he bailado a los pies de un surfer en una gigantesca playa verde con nombre de río.

He volado por la bella Irlanda y la verde Galicia al mismo tiempo, con los Jefes y un novato; y he visto a un irlandés subir de Madrid al cielo, al lado de unos pretendientes que cantaban a un amigo que ya no estaba allí. He vuelto a tener 15 años durante unas horas de sorias, venecias, gatas y gaviotas; y durante unos minutos, he sentido lo fría, distante y aburrida que puede ser Alaska. Y he ardido a placer bajo las añoradas escaleras del Sol, mientras movía mis caderas al ritmo de los Stones y el queridísmo Eric Burdon.

He compartido plaza con una princesa yonky y un capitán, y he sentido el temblor de un gordo que dominaba el escenario a ritmo de rockabilly. He vibrado con una vieja voz de blues (white) que un día se rodeó de animales incomprendidos. He saltado y gritado con mi generación tras unos ojos azules y un micro volante; y una y otra vez he vuelto a escuchar al poeta de blanca melena preguntarme si sé para qué estoy aquí, mientras me cuenta la historia de América, y la tuya y la mía.

He lamentado muchos conciertos que no vi, y alguno que sí vi; he repetido muchos otros, que siempre fueron irrepetibles; y he esperado 25 años la vuelta a la plaza de un gamberro roquero, sensible y futbolero, que tal vez nunca llegue (pero “no quiero hablar de ello”).

He perdido la voz gritando en plazas, estadios, rockódromos, velódromos, garitos, playas… He tocado la guitarra (o la cerveza) sin descanso; he aplaudido y vitoreado, y he echado de menos saber silbar; he escuchado, he sentido, he vivido cientos de canciones, miles de instantes mágicos que no se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, porque están grabados a piedra en la memoria y en el corazón. Más de 30 años de conciertos, que son todos los que están pero no están todos los que fueron, ni todos los que pudieron ser. Ni, por supuesto, todos los que serán.