viernes, 26 de octubre de 2018

¿Halloween sí o Halloween no? ¿Y sabrías decir por qué?



Es inevitable. Del mismo modo que antes llegaron –y nos conquistaron- los burgers, los pubs irlandeses, los vaqueros, el mismísimo rock ‘n’ roll o las películas ‘made in Hollywood’, hoy las nuevas generaciones han adoptado una de las tradiciones anglosajonas más populares y exportables: Halloween. Con la impagable ayuda de la industria cinematográfica, claro, pero también de los colegios y guarderías bilingües, de los grandes almacenes o de los restaurantes, sean de la cocina que sean. La globalización, ya sabes.

Por supuesto, cada año por estas fechas la polémica está servida: que si es una tradición pagana en un país tan católico (ejem) como el nuestro, que si es mero negocio (¿y?), que si es una nueva invasión yanqui (la coca-cola también, y ya ves), que si es antipatriótico, que si es una ofensa al Día de Todos los Santos (aunque esta celebración sea posterior), que si… Pues eso, lo mismo que dijeron nuestros padres y abuelos de tantas y tantas costumbres y modas que venían de fuera (no sólo de USA) para aniquilar nuestra esencia ibérica. Desde el averno, les faltaba decir (y a veces lo decían, sí).

El caso es que Halloween es una realidad inevitable hoy en España. Le pese a quien le pese. Y cada cual es libre de celebrarlo o no, según su coherente visión de la vida (por ejemplo, no es coherente que si llevas a tus hijos a un colegio americano, les prohíbas celebrar las costumbres americanas). Lo puedes negar con furia, te puede parecer hortera, o de mal gusto. Pero también lo puedes ver como los niños y adolescentes, que son los verdaderos protagonistas de esta historia de ‘terror’; ellos lo viven como lo que es: pura diversión. Y no le dan más vueltas. Para ellos, la oportunidad de disfrazarse, de salir a por chuches con los amigos, de celebrarlo en el cole o en casa, de ser protagonistas de su película, es un planazo.

Así que, lo mejor es no tenerle miedo a Halloween, aceptarlo como lo que es y aprovechar para celebrarlo, si te gusta, o simplemente ignorarlo, si no. Y no vendría mal tampoco, antes de aplicarle el “vade retro” crucifijo en mano, enterarse un poco de su verdadera razón de ser, una mezcla de tradición, religión y cultura popular. A lo mejor descubrimos que no es tan incompatible con nuestras propias creencias.



El origen pagano y cristiano

Por situarnos, he aquí algunas claves de la noche de Halloween que nos pueden orientar acerca de su origen y significado:

            ·La expresión Halloween procede de la contracción All Hallows' Eve, (Víspera de Todos los Santos) y tiene su origen en la conmemoración celta del Samhain después adaptada a la festividad cristiana del Día de Todos los Santos.
            · Fue exportada a Estados Unidos por los emigrantes irlandeses durante la gran hambruna a mediados del s XIX.
· Fueron ellos quienes difundieron la costumbre de tallar las calabazas (jack-o'-lantern) inspirada en la leyenda de «Jack el Tacaño».
· El uso de trajes y máscaras se debe a la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos, no de atraerlos, lo mismo que las calabazas iluminadas.
· En Estados Unidos se popularizó primero como una festividad “traviesa”, de diversión a costa de los demás; pero acabó siendo vandálica e incluso cruel. 
· Así que, a partir de 1920 se derivó hacia una diversión más familiar, retomando el espíritu de los primitivos cristianos, que iban casa por casa disfrazados ofreciendo una sencilla representación o una canción a cambio de alimento y bebida.
            · En los años 70 y 80 el cine y la televisión contribuyeron a la internacionalización de la fiesta (La noche de Halloween de John Carpenter, en 1978, es una referencia clave; o la mismísima E.T., de Spielberg, en 1982; también las series Roseanne y Scooby Doo, o Bitelchús, La familia Adams… o, sin ir tan lejos, el penúltimo exitazo de Pixar, Coco). 
· Hoy, Halloween se celebra en todo el mundo occidental, de Estados Unidos a Latinoamérica, de Europa a Canadá, como una noche de diversión, fiesta y disfraces. Cada país con sus propias tradiciones, pero con un trasfondo común: la unión del mundo de los vivos y el reino de los muertos.


La calabaza de Jack el Tacaño

La costumbre de convertir una calabaza en un terrorífico farol procede del folklore irlandés. Según la leyenda, el bebedor, jugador y holgazán Jack hizo un pacto con el diablo para librarse del infierno; al morir, años después, tampoco se le permitió la entrada en el cielo, así que fue condenado a vagar eternamente en la oscuridad. El diablo se compadeció de Jack y le entregó una brasa dentro de un nabo ahuecado a modo de farol (cuando los irlandeses llegaron a Estados Unidos cambiaron el nabo por la calabaza, que era más fácil de ahuecar y de tallar). “Jack el linterna” (jack-o'-lantern) deambula desde entonces de casa en casa pidiendo trick-or-treat, esto es, truco o trato (o, para los niños, susto o dulce), una especie de pacto para evitar que Jack maldiga la casa y a sus habitantes; la única protección frente al espectro es colocar horrendas calabazas ahuecadas e iluminadas por dentro.


Ya sabes. Si llega hasta tu puerta algún espíritu maligno disfrazado de niño, recuerda que no viene a maldecirte ni arrastrarte al averno, sólo a pedirte chuches. Ah, y puedes cumplir perfectamente con el Día de Todos Los Santos la mañana siguiente. Lo mismo que puedes comerte una hamburguesa con una Guinness hoy y una tortilla de patatas con un Rioja mañana. O que te guste tanto María Dolores Pradera como los Stones.


jueves, 11 de octubre de 2018

Liz Murray. Del infierno a Harvard.

Liz Murray. Del infierno a Harvard Cuando Antoine de Saint Exupéry dijo, en boca de su Principito, “a veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer” no se refería, probablemente, a Liz Murray y el pozo de miseria del que tenía que escapar con urgencia. O sí. El caso es que eso fue exactamente lo que hizo Liz: intentarlo… y conseguirlo. Salir de la calle y entrar en Harvard. A pesar de que su vida decía que era absolutamente imposible.


La vida de Liz Murray comenzó en el Bronx, y comenzó mal. Hija del “flower power”, sus padres eran dos hippies más que habían pasado de la lisérgica felicidad de los 70 a la drogadicción terminal sin apenas ser conscientes de ello. Las víctimas también fueron sus dos hijas, de las que nunca supieron (ni pudieron) ocuparse. En casa de los Murray apenas si había comida en la mesa, aunque no solían faltar las cucharas y demás utensilios siempre prestos para preparar el chute de heroína. “Aprendí desde los cuatro años que mamá y papá tenían extraños hábitos de los que no me informaban” explica hoy la superviviente Liz. A veces, las hermanas lograban engañar al hambre cenando cubitos de hielo o racionando un tubo de dentífrico; a veces, veían cómo el pavo que la parroquia les había donado para Acción de Gracias volaba para convertirse en unas dosis; a veces, volaba incluso la paga que las niñas recibían por algún cumpleaños. La vida de Liz se arrastraba entre las calles del Bronx, los cuidados a su madre enferma, que la obligaron a dejar el colegio, y la miseria indolente de su padre.
  
A los 15 años, la vida de Liz fue a peor. Su madre murió de sida, perdieron su casa y su padre se trasladó a un hogar para los sin techo; su hermana se instaló en la cama de un amigo y Liz, a falta de amigo, en el metro y en los gélidos bancos de los parques neoyorquinos. En esas noches de terrible soledad, de negro vacío, recordaba la frase que, entre vómito y vómito, le repetía siempre su madre: “Algún día llegarán tiempos mejores”. Una idea que a Liz se le antojaba inalcanzable desde el infierno en que la había sumido la vida.


“Hay un mundo mejor. Y yo quiero vivir en él”

Pero el infierno es uno mismo, sentenció T. S. Eliot (que, por cierto, estudió en Harvard). Y desde ese mismo infierno, pozo de soledad y miseria, donde no quedaba nada más que perder, donde no quedaba ya nada en lo que creer, Liz creyó en sí misma. Y entonces supo, en ese momento, que tenía que hacer su elección: podía dejarse vencer por todo aquello que sucedía a su alrededor y arrastrar una vida de excusas… o podía empujarse a sí misma, impulsarse hacia arriba y cambiar su vida. Podía dejarse morir, como sus padres, o luchar por vivir. Liz apostó por vivir. A los 17 años regresó al instituto y acabó los cuatro años que le quedaban en sólo dos, estudiando horas extra por las noches. La perseverancia, la esperanza y la voluntad es lo que tienen. Especialmente la voluntad, esa fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica, como afirmaba Einstein.



Cierto día, un amigo la convenció para apuntarse a una visita de estudiantes a la Universidad de Harvard. Ante el centenario escudo encarnado, que reza “ve ri tas” (verdad) abrazado por la dorada corona de laurel, se juró a sí misma que tenía que llegar allí, a lo más alto. “Soy lista. Sé que puedo conseguirlo. Sólo necesito una oportunidad para trepar fuera de este lugar en el que he nacido. Sé que hay un mundo mejor ahí fuera, un mundo mejor repartido. Y yo quiero vivir en él”. Y lo hizo. Logró una beca que concedía el New York Times a los mejores estudiantes, y en otoño de 2000 se matriculó en una de las universidades más antiguas, prestigiosas y elitistas del mundo. En junio de 2009, tras un paréntesis de tres años que Liz dedicó a cuidar a su padre, enfermo de sida (murió en 2006), se graduó en Harvard. “Eres tú quien hace que tu vida suceda. Nadie más lo va a hacer por ti”.

Hoy, a los 38 años, Liz Murray es doctora en Psicología Clínica, colabora en campañas para proporcionar alimento a los niños sin techo (“para que no tengan que cenar cubitos de hielo”) y recorre el mundo presentando su libro ‘Breaking Night: A Memoir of Forgiveness, Survival, and My Journey from Homeless to Harvard’ (un auténtico best seller en su país), trasladando su mensaje de superación e inspirando a miles de jóvenes desfavorecidos para ayudarles a cambiar sus vidas. Ella lo logró, desde luego: “Mis padres eran drogadictos terminales. Yo soy licenciada en Harvard”. Un acertado resumen para una gran historia.


La leyenda de Harvard

Liz Murray ya forma parte de la leyenda de Harvard. Una leyenda que comenzó en 1636 en Cambridge, Massachussets, y que a lo largo de su historia ha dado al mundo 44 Premios Nobel, 7 presidentes de Estados Unidos, otros tantos de varios países, y decenas de celebridades universales de las letras, la música, el arte, la política, las finanzas, las humanidades y demás altas esferas de la sociedad. Una rica historia dedicada a la búsqueda de la excelencia académica y social, y una orla de ilustres a la que hay que añadir, probablemente por única vez, a una mendiga.


La historia de Liz Murray está incluida en mi libro La muerte del egoísmo.

viernes, 8 de junio de 2018

Expedición Nemo. Unir el mundo a nado después de recorrerlo a pie



Existen dos diferencias importantes entre Forrest Gump y Nacho Dean. Los dos recorrieron miles de kilómetros a pie, cierto, pero Forrest lo hacía sin saber para qué, no tenía causa ni propósito; tampoco destino: cuando se cruzaba en su camino un océano daba media vuelta, sin más. En cambio, Nacho ha recorrido 33.000 kilómetros por una buena causa: concienciar sobre el calentamiento global y el cuidado del planeta, recordándonos que es el único que tenemos y, de paso, lo maravilloso que es; y además, a Nacho ningún “charco” logró detener su vuelta al mundo. Y es más, como se vio obligado a salvarlos utilizando barcos y aviones, al finalizar su reto se le quedó clavada la espinita de no haberlos cruzado a nado. Una espinita que Nacho se va a quitar de golpe a partir del próximo 8 de junio.

Y es que el 8 de junio, Día Mundial de los Océanos, es el que ha elegido este aventurero extremo, soñador e inquieto para comenzar su nuevo reto: unir los cinco continentes nadando. Y de esta manera, cerrar el círculo de su “marcha mundial por la naturaleza y el planeta Tierra” (Earth Wide Walk), que le llevó 3 años de su vida, 12 pares de zapatillas durante 33.000 kilómetros por 31 países y un sinfín de experiencias, anécdotas y aprendizajes, acompañado únicamente por su inseparable “Jimmy Águila Libre”, su carrito. Bueno, acompañado también por sus sueños, su mente abierta de par en par y las miles de personas que se cruzaron en su camino, todas ellas buenas gentes rebosantes de humanidad y generosidad.



Un sueño bajo la tormenta

Cuando Nacho se embarcó en su anterior aventura, ni siquiera sabía si iba a volver (de hecho, pudo haber sucedido en dos o tres ocasiones de peligro cierto); y cuando regresó, más vivo que nunca, sólo pensó en encerrarse en su rincón de Cuitu de Siero (Asturias) a escribir su libro, su memoria del viaje (“Libre y salvaje”, Ed. Planeta). Eso le llevó un tiempo, que también terminó. ¿Y a hora qué?, se preguntó entonces. La respuesta le llegó en un sueño: «Esa noche había una fuerte tormenta y me desperté de golpe; un trueno, probablemente. Lo curioso es que recordé perfectamente lo que estaba soñando: me encontraba en mitad del océano, batiéndome contra las olas, nadando con todas mis fuerzas. Y me dije, ¡ya está! Lo vi con toda claridad.»

Enseguida sintió que ese sueño era su nueva misión. Le estaba marcando el camino. Nacho no necesitaba ni pretendía hacer historia, ni demostrar nada al mundo, ni ninguna otra de las motivaciones que mueven a otros aventureros, a otros “locos” (la gloria, una promesa, una expiación…). No, para Nacho la única motivación es su sueño, su pasión, la certeza de que eso es lo que tiene que hacer. Punto.

Y su mensaje. Que es el verdadero propósito de esta misión. Y si en su odisea a pie la protagonista fue el planeta Tierra, en esta podemos decir que es el planeta Agua. El mar está sufriendo como nunca, ya casi hay más plástico que peces en los océanos. Gigantescas islas flotantes de plástico y basura que las corrientes han ido formando y son imposibles de eliminar. Pero lo peor está en por debajo de la superficie: los microplásticos, plástico en descomposición que es devorado por aves, peces, tortugas y demás criaturas marinas y causa su muerte por millones. «Nos creemos que el mar traga con todo, denuncia Nacho, y hay basura hasta donde no llega la luz solar.» Y no olvidemos que, además de la despensa del planeta, el océano es su principal pulmón.



Cinco estrechos para unir cinco continentes

Europa y África a través del Estrecho de Gibraltar; Europa y Asia por el Bósforo, en Estambul, o desde Kastelorizo, la isla griega más cercana a Turquía, y declarada parque natural marino; Asia y América a través del Mar de Bering, que une Alaska con Siberia; Asia y Oceanía por el Mar de Bismark en Papúa Nueva Guinea, isla que pertenece mitad a Indonesia y mitad a Oceanía; y finalmente África y Asia cruzando el Golfo de Áqaba, en el Mar Rojo, nexo entre Egipto y Jordania. Serán travesías de 3 a 20 kilómetros en las que Nacho se va a encontrar fuertes corrientes, niebla, vientos y oleaje, aguas heladas, medusas y tiburones, alta salinidad… Un plus de dificultad y de peligrosidad que hay que tener muy en cuenta.

Y es que gran parte del éxito de esta aventura está en planificar perfectamente cada travesía. El tráfico de buques, las posibles corrientes, médicos deportivos, los hospitales más cercanos (por si los tiburones), todo tipo de permisos y trámites. El barco de apoyo -y el patrón- será diferente en cada estrecho, pero el equipo será siempre el mismo.

El entrenamiento también ha sido fundamental. En primer lugar, el físico: Nacho lleva meses entrenando a diario en piscina y en aguas abiertas por todo el litoral español; siguiendo los consejos de otros nadadores expertos en larga distancia, como Jacobo Parages o Toni Portabella. Porque Nacho no es un especialista, ni mucho menos; de hecho, nunca había nadado en aguas abiertas hasta ahora. Sabía nadar, claro, como todos, pero no es lo mismo hacerte 20 largos en una piscina que 20 kilómetros en el mar. Ha sido una labor intensa de todo un año, cinco o seis horas diarias, seis días a la semana. Y además sin entrenador, ni preparador físico, ni nutricionista, ni psicólogo; tan solo los consejos de amigos deportistas, su fisio y los vídeos y libros que devoraba sin moderación. Lo suyo es completamente autodidacta y nuevo para él, algo que le añade más mérito, si cabe. Todo a base de horas, tesón y coraje. De fe y convicción. Y mucha cabeza.

Porque en esta especialidad la mente juega un papel esencial. Lo mismo que el control y la planificación de cada etapa. «Aunque siempre vas a vivir situaciones que son imposibles de prever ni de planificar». En situaciones de riesgo hay que saber tomar decisiones; existe una línea muy fina entre la ambición, el desafío y la sensatez, el sentido común. Puede que sus desafíos a la cordura y al confort (tan de esta sociedad) sean difíciles de entender, puede que parezcan una locura sin sentido, pero en realidad hay muchos años de entrenamiento, muchas situaciones extremas vividas en otros retos que le definen sus límites, y toda una vida haciendo deporte. Y, por supuesto, un potente mensaje.


Este planeta es maravilloso. Y además no tenemos otro

 Sí, esta “locura” de Nacho, lo mismo que la anterior, pretende concienciarnos sobre la conservación del planeta, de los peligros del cambio climático y de utilizar el mar como vertedero universal. Despertar a la gente desde la acción y la pasión, más que desde la culpa; apelar a la emoción, a la belleza, al reto deportivo, a la inspiración… «¡Eso sí que es motivador! Más que amenazar con la destrucción de este mundo, mostrar toda su belleza. No hace falta descubrir otro planeta; tenemos uno maravilloso, valiosísimo, que merece la pena cuidar».

Y debemos convencernos también de que nuestra aportación, por muy pequeña que parezca, es importante. Cada gota cuenta. Reciclar, recoger basura, limpiar las playas, educar a los hijos, dar ejemplo… «Hay que creer en el poder individual de la gente», se reafirma Nacho. Para él, «éste es el verdadero progreso, la capacidad de mejorar el mundo. No puede ser que la evolución de una especie acabe con el medio en que vive». Hay que buscar la sostenibilidad, las energías renovables, la agricultura y ganadería ecológicas; reciclar, sí, pero también reducir el consumo, aprender a vivir con menos. Y volver a la naturaleza: `porque algo hay en la naturaleza que es salud, que es equilibrio, que es vida. Y valores de verdad, de honestidad. El contacto con la naturaleza es algo que buscamos porque lo necesitamos.

«El planeta es mi hogar, la naturaleza es todo lo que necesito. Cuando estoy inmerso en ella conecto con lo más profundo de mi espíritu y mis instintos. Y me siento libre, salvaje, invencible». También es nuestro hogar, el tuyo y el mío. Y se merece que lo cuidemos. Una buena forma es ayudando y apoyando a Nacho Dean en su aventura marina.

¡A por ello, Nacho! Y gracias.




viernes, 25 de mayo de 2018

¿Uno de los nuestros? ¡No, gracias!


NOTA PREVIA: Este artículo lo escribí y publiqué en mi blog El Malecón de El Semanal Digital en enero de 2015. Está dedicado especialmente a Bárcenas y al PP, pero es válido para cualquiera de los condenados estas últimas semanas (Gürtel o no Gürtel) y para los que aún hoy siguen librándose de las rejas, a pesar de las evidencias. Sí, de todos los partidos y demás instituciones. La maldita impunidad. 


«Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón quise ser un gánster». Con esta inequívoca declaración de intenciones de un curtido por la vida Henry Hill arranca la obra maestra de Martin ScorseseUno de los nuestros. A lo largo de la película, el niño Henry va creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Desde muy joven, el gánster —magistralmente interpretado por Ray Liotta y que existió en la realidad— sabe perfectamente qué significa eso de ser "uno de los nuestros": «Para mí, ser gánster era muchísimo mejor que ser presidente de los Estados Unidos. Antes de acudir por primera vez a la parada de taxis buscando un trabajo para después del colegio sabía que quería ser uno de ellos, sabía que allí estaba mi futuro. Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. (…) Para nosotros vivir de otra manera era impensable, la gente honrada que se mataba en trabajos de mierda por unos sueldos de miseria, que iba a trabajar en metro cada día y pagaba sus facturas estaba muerta, eran unos gilipollas, no tenían agallas. Si nosotros queríamos algo lo cogíamos». 

Yo no sé si Luis Bárcenas, Luis el Cabrón, L.B., El Tesorero Infiel o como quiera que sea su nombre oficial quiso ser un gánster desde que tenía uso de razón. Ignoro a qué temprana edad se convenció de que no quería ser un don nadie matándose en un trabajo de mierda por un sueldo de miseria. Tampoco sé exactamente cuándo empezó a conocer el verdadero significado del lujo, el poder y el miedo que otorga el dinero, si fue con su primera paga o con su primer safari. Y desconozco por completo si se siente gilipollas cada vez que paga una factura y si se ha sentido gilipollas alguna vez. Ni lo sé ni me importa. Lo que sí me importa, y mucho —y además me cabrea, y muchísimo—, es que se haya tirado tropecientos años alimentando su bolsillo a cuenta de la mamandurria política, acumulando millones de forma más que sospechosa, viviendo por encima del bien y del mal, con total desprecio y desdén hacia la ética más elemental. Ser un tipo despreciable no es delito, y hoy por hoy no hay pruebas de nada más. Sí indicios, y muchos; y ojalá se tornen pruebas y éstas sean la llave de una condena ejemplar. Ojalá.

Pero seres tan despreciables como L.B. no habrían mangoneado tantos años a sus anchas, creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el placer y del poder intocable que otorga el dinero, si la Familia (el Partido) no lo hubiera permitido. ¿Acaso era intocable, el Cabrón? ¿Acaso nadie osaba? ¿Acaso nadie sospechaba? ¿Acaso nadie sabía? ¿O nadie quería saber? Es curioso que, hace tres años, cuando se destapó la alcantarilla L.B./Gürtel, el Partido se rasgó las vestiduras y clamó al cielo jurando y perjurando limpieza absoluta, desinfección total. En estos tres años no se ha hecho NADA. No se ha limpiado NADA. No se ha desinfectado NADA. «Es uno de los nuestros —se habrán susurrado unos a otros—, no podemos entregarlo a la masa rencorosa. Eso nos salpicaría. Y perderíamos credibilidad. Y votos. Y necesitamos esos votos por el bien de España. Nuestro votante entenderá». Y el votante se habrá susurrado, en voz muy bajita para que su conciencia no lo escuche: «Los otros también lo hacen; y además lo hacen mucho más. Ahí están los recién llegados y sus subvenciones de dictaduras nada recomendables; y los ERES de Griñán y Chávez, y las subvenciones fantasma de Ferraz, y el clan de los Pujoleone, y el fortunón de Bono, y los paniaguados de la ceja, y los sindicatos millonarios, y el Cabildo y el Duque y la SGAE…». Y Baleares, y Castellón y Valencia y los alcaldes gallegos y… les habría faltado susurrarse.



Esto es España. Y aquí ser "uno de los nuestros" lo justifica todo. Porque los otros roban más. Los otros mienten más. Los otros son más malos. Malísimos. Nosotros no, nosotros somos buenos y si hacemos algo malo es por el bien común (del Partido). Lo gracioso es que luego se quejan de que aborrezcamos la clase política. «¡No somos todos iguales!» vociferan, indignados. Indignados ¡ellos! Pero sí, son todos iguales; porque aunque no lo haga lo justifica, o no lo denuncia, o no lo persigue, o no lo investiga, o no pide que se investigue (sólo cuando la mierda les salpica de lleno se llevan las manos a la cabeza y braman, con afectado dramatismo: «¡tolerancia cero contra la corrupción! ¡el que la hace la paga! ¡que actúe la Justicia caiga quien caiga!»… mientras esperan que un nuevo escándalo de "los otros" camufle su pestilente hedor a podredumbre.

El mapa de la corrupción en España es vastísimo y variadísimo; toca todo el territorio y todos los sectores. PP, PSOE, CIU, IU, CC, PNV, sindicatos, medios, ongs, jueces, policías, fiscales, banqueros, empresarios, "intelectuales", realezas… aquí está pringado hasta el que no existe. Cientos de casos de corrupción que se van sumando año tras año SIN QUE NADIE PAGUE. Con total y vergonzosa impunidad. ¡Cómo aborrezco esa palabra! IMPUNIDAD. Éste es el verdadero mal de España. La maldita impunidad. El saberse justificado y arropado por "los nuestros" (al menos hasta que uno tenga el pie en el cadalso, cosa que no sucede a menudo).


Por eso, la única solución posible para limpiar de una vez por todas esta mierdocracia a la que mantenemos con nuestro sudor y nuestras lágrimas es arrancar las malas hierbas de raíz, extirpar el cáncer, aniquilar la plaga (utilicen la metáfora que más les guste). Y para ello necesitamos dos cosas: una, que la Ley actúe con todo su peso, TODO, "caiga quien caiga"; y dos, que creemos un Eliot Ness. Un Fiscal Anticorrupción intocable e incorruptible que se rodee de sus Malone, Wallace y Stone, un equipo de intocables e incorruptibles con pleno poder para meterse hasta la cocina y más allá de cualquier organización o administración sospechosa; y con auténtica obsesión por la limpieza y la desinfección. Y si hay que construir más prisiones, se construyen, que hay mucho albañil en paro. Será por ladrillos…


Sólo así, con persecución implacable y penas ejemplares, limpiaremos este país de Al Capones, Bárcenas, Pujoles o Griñanes. Porque son nuestras carteras las que se están llevando, es nuestro dinero el que están robando, a manos llenas, para disfrutar de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Y no son "los otros" quienes lo están haciendo, son "los nuestros". Con la impunidad de nuestra justificación. ¿Se lo vamos a seguir permitiendo? ¡No, gracias! ¡No, gracias! ¡No, gracias!


Por terminar con otra cita cinéfila, en La ley del silencio es el Padre Barry (Karl Malden) quien define nítidamente el origen del mal, ya sea en los muelles neoyorquinos o en los despachos patrios: «¿Os digo qué tienen de malo los muelles? El amor al dinero maldito. Y para vosotros el amor al dinero es más importante que el amor al prójimo». Pues eso, el dinero maldito. Y la codicia. Y el clientelismo moral. Y el desprecio al prójimo. Ya lo dijo la Biblia, pero no le hicimos caso: «el amor al dinero es la raíz de todos los males». De los nuestros, desde luego, sí.

martes, 24 de abril de 2018

Zilda Arns. La Madre Teresa de Brasil



Ocho años después del trágico terremoto de Haití, es un buen momento como otro cualquiera para no olvidar a las víctimas, las que murieron y las que aún sobreviven; y para recordar a quien murió aquel fatídico 12 de enero por llevar un poco de esperanza a los niños haitianos después de haber dedicado su vida a los niños más pobres de Brasil.


“Tantos años protegiéndola de las balas, de la guerra, y cuando por fin va a Haití, muere por un terremoto”. Se lamenta la hermana Mayu, aún compungida por la noticia. El día 12 de enero, la Dra. Zilda Arns, fundadora de Pastoral da Criança, su maestra, su amiga, murió en Puerto Príncipe a los 75 años. Unos días antes, había interrumpido las vacaciones junto a sus nietos porque “me han llamado los obispos de Haití para explicar la Pastoral; esto es muy importante y yo quiero ir, yo tengo que ir”. Llevaba años esperando este momento, pero la Embajada siempre le denegaba el permiso, por su seguridad. El 10 de enero estaba en Haití para dar una charla en la Conferencia Nacional de los Religiosos del Caribe. Dos días después yacía bajo los escombros de una Iglesia derruida por el terremoto. Sepultada donde ella quería estar, donde siempre había estado, con los más pobres, en el país más pobre de América Latina.

La Dra. Arns, Médica Pediatra, Especialista en Salud Pública, representante titular de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil en el Consejo Nacional de Salud, miembro del Consejo Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil, Presidenta de la Comisión Intersectorial de Salud Indígena, madre de cinco hijos y abuela de diez nietos, dedicó la mitad de su vida a la caridad a través de causas humanitarias y solidarias en el área de la salud, especialmente en el combate contra la desnutrición y la mortalidad  materno-infantil. Para millones de brasileños fue una de las personalidades más importantes de la historia de su país; amada, respetada y admirada no sólo por la Iglesia sino también por la sociedad civil en general, Zilda Arns dejó tras su muerte una de las organizaciones en defensa de la infancia más importantes, eficaces y extraordinarias del mundo, con más de 270.000 voluntarios atendiendo a más de 2 millones de niños cada mes: la Pastoral da Criança/Pastoral de la Niñez. Una obra inmensa como Brasil, gigantesca como su pobreza.


Si a la familia va bien, al niño va bien
“El mundo puede ser mucho mejor si nosotros velamos por él con una mirada de fraternidad, donde todos tengan pan para comer, esperanzas y todos lleven dentro de su corazón la voluntad de servir al prójimo”. Esta idea es la que levantó, junto al cardenal Majela (entonces Arzobispo de Landrina) y con el apoyo de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, la Pastoral da Criança en el pequeño pueblo de Florestópolis, que entonces padecía el más alto índice de mortalidad infantil de todo Brasil. Era el año 1983, y fue el comienzo de una extraordinaria historia de amor, coraje, dificultades, heroísmo y esperanza. Sobre todo, de esperanza.

En Florestópolis, Zilda Arns desarrolló una metodología comunitaria basada en la multiplicación del conocimiento y de la solidaridad entre las familias más pobres, inspirándose en el milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces que saciaron a cinco mil personas, sin contar mujeres y niños. La educación de las madres por los líderes comunitarios capacitados (voluntarios) resultó la mejor forma de combatir la desnutrición y la mayor parte de las enfermedades fácilmente prevenibles, y también la violencia y la marginación de los niños. Acciones sencillas que se pueden reproducir fácilmente, como la lactancia materna, el suero casero, las vacunas, el control nutricional y los cuidados durante el período prenatal alcanzaron gran éxito. “Si a la familia le va bien, al niño también le va bien”, sentenciaba la Doctora.

El método es sencillo: mejorar las condiciones de vida de las mujeres para que sus hijos nazcan fuertes y sanos, con todo su potencial; y una vez nacidos, desarrollar un proyecto educativo integral, hasta los seis años. Un desarrollo físico, social, mental, espiritual y cognitivo, del que depende su futuro. Se trata de enseñar a las madres a conocer y prevenir enfermedades, educarlas para atenderse y atender a sus hijos, alfabetizarlas para que aprendan y comprendan. Los testimonios agradecidos de las madres siempre emocionaban profundamente a la Dra. Arns: “Yo era ciega, tenía los ojos cerrados; la Pastoral me los ha abierto: ahora sé leer unas letritas”. Luego, a esa educación irremplazable es necesario añadir valores de esfuerzo, solidaridad, autoestima; Zilda Arns lo tenía muy claro: “no se puede vivir de la limosna de la ONG o del Estado, eso sólo crea dependencia. Si se acaba la ‘vaca’ ya no hay leche. Hay que aprender a ser autosuficientes”.

270.000 voluntarias contra la pobreza extrema
Pero lo más importante es siempre llegar “abajito”, como decía ella, estar dentro, en el corazón de cada comunidad, de cada casa, de cada familia. En la periferia de las grandes ciudades, en los bolsones de miseria de los pequeños municipios de Brasil, en los monstruosos basureros, en las violentas favelas, en los pueblos perdidos, allí donde sobreviven los más pobres entre los pobres, y dentro de éstos, los más indefensos: las mujeres y los niños.


Para llevar a cabo esta misión, la Pastoral da Criança cuenta con una fuerza humana y espiritual inmensa, un verdadero ejército de 270.000 voluntarias (el 92% son mujeres), que llegan a cada rincón, a cada familia, a cada niño. Todos los meses, miles y miles de líderes comunitarias suben montes bajo un sol ardiente, o bajo la lluvia, llegan en canoa hasta los “palafitos” (casa de madera en el mar), atraviesan pantanos, se lastiman en caminos de piedra y espinos, a pie, a caballo, en bicicleta o en barca, sin medir sacrificios, sin pedir nunca nada. Para que “todos los niños tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). En palabras de la Doctora Arns, el trabajo ingente de estos voluntarios tiene “un verdadero espíritu misionero, de amor ardiente que no espera, sino que sale al encuentro y tiende la mano a los que más lo necesitan. Un trabajo ecuménico y sin prejuicios, siguiendo lo que nos enseñó el mismo Jesús.” Mayu, su fiel Mayu (la hermana Mª Eugenia Arena, Asesora de la Pastoral da Criança Internacional) relata hasta qué punto se emocionaba cuando esas mujeres le decían: “antes yo no era persona, ahora me siento una doctora” “quiero trabajar hasta el fin de mi vida para salvar a los niños de mi comunidad, lo mismo que fueron salvados los míos”.

Generosidad, gratitud, entrega, fe; en un mundo egoísta, ingrato y vacío, ellas dan sus vidas por los demás, cada día, sin pedir nada, en los rincones más pobres y duros de las ciudades y los suburbios. Tal y como lo hizo su “jefa”. Mayu cuenta su propia experiencia cuando visitó un gigantesco basurero de Curitiba, donde vivían y trabajaban las familias en situación de extrema pobreza: “Era casi un everest de basura revuelta, suciedad, mal olor, calor… Allí cada mes llegan las líderes comunitarias arriesgándose para hacer el seguimiento de los niños de familias que están en peor situación aún que ellas. ¡Aquí está Dios!, en este trabajo oculto que salva vidas, pensé”.


Hoy, 35 años después, la Pastoral acompaña mensualmente a dos millones de embarazadas y niños menores de seis años, y a un millón cuatrocientas mil familias pobres, en 4.060 municipios brasileños. Se han reducido en más de un 50% la mortalidad infantil y se ha controlado la desnutrición. Se ha llevado la dignidad y los derechos allí donde antes sólo había violencia y pobreza extrema. Su método ha sido adoptado en países de África, Asia y América Latina (Bolivia, Colombia, Guatemala, Panamá, México, Venezuela, Paraguay… el siguiente iba a ser Haití).

Pero esos millones de niños no se quedan huérfanos, tras la muerte de su doctora. Ya hace tiempo que una religiosa excepcional dirige la organización, apoyada por el propio hijo de Zilda Arns, Nelson, que ha sido coordinador adjunto de su madre durante 26 años. No se quedan huérfanos, aunque sí un poco más tristes y un poco más solos. Como la joven Ceiça, sorda de un oído debido a las palizas que recibió de niña, y una de sus más fieles colaboradoras, que recuerda las palabras de la Dra. Arns con los ojos humedecidos por la tristeza: “Amar es acoger, amar es comprender, amar es hacer que otro crezca”. Ella lo sabe bien, pues fue uno de esos millones de niños que salieron de la miseria y crecieron al amparo de la Pastoral da Criança.

En España, Tierra y Vida
En España, el espejo de la obra de Zilda Arns es la Asociación Tierra y Vida, ong fundada en 1999 para disminuir la mortalidad infantil, defender los derechos de los niños y mejorar sus condiciones de vida, en América Latina y Caribe. La educación como instrumento de desarrollo y cambio. Han atendido ya a más de 30.000 niños, pero su labor y sus voluntarios necesitan nuestro apoyo para poder llegar a más. Ayudar es muy fácil, sólo hay que entrar en www.asociaciontierrayvida.es y donar la cantidad que quieras; o hacerte socio. No te imaginas lo que pueden dar de sí unos pocos euros en manos de Mayu Arena y su equipo.



















jueves, 19 de abril de 2018

Yabba Dabba Dooo! Los Picapiedra, qué modernos estos prehistóricos



Hace unos 70 o 7.000 años (milenio arriba, milenio abajo) nació Fred Flintstone. Exactamente el mismo día que su vecino e inseparable Barney Rubble. Y, casualidades de la vida, también el día que nacieron sus sufridas esposas, Wilma y Betty. Y su mascota, el dinosaurio Dino. Y el troncomóvil. Y el cuernófono. Y los piedrólares… Y una de las series de dibujos animados más exitosas, populares e inmortales de la historia. O de la prehistoria.

En España, los Flinstones se llamaron los Picapiedra. Pedro y Vilma Picapiedra. Y sus vecinos, los Rubble, se convirtieron en Pablo y Betty Mármol. Aquí, como en medio mundo, la serie tuvo el mismo éxito que en Estados Unidos, que en su día batió el récord de capítulos, 166, a lo largo de seis años ininterrumpidos de emisión en la cadena ABC. Luego llegaron décadas de reposiciones, capítulos especiales, continuaciones, cine, homenajes… Pero no nos adelantemos, que vamos en troncomóvil. Regresemos al principio de la historia.

Los Picapiedra estaba ambientada en la ciudad de Piedradura (Bedrock), y contaba la vida cotidiana de una típica familia de clase media americana en los años 50-60, trasladada a la Edad de Piedra. Las tramas, aunque aparentemente infantiles e inocentes, en el fondo se dirigían también al público adulto con sus pícaros diálogos, su divertida crítica a las costumbres de la época (la barbacoa, el ‘boliche’, el drive-in cinema, el coche familiar), sus visionarios avances tecnológicos y sus continuas referencias a la guerra de sexos (la escena de Pedro aporreando la puerta al grito de ¡Vilmaaaa! ha marcado a varias generaciones); o tocando temas “mayores” como la maternidad y la infertilidad (Vilma se queda embarazada; los Mámol tienen que adoptar), la ludopatía, el consumismo desenfrenado o las complicadas relaciones familiares.


Los personajes llegaron incluso a protagonizar varios anuncios de Winston, patrocinador de la serie hasta 1963 (hoy sería impensable ver a Pedro y Pablo fumando relajadamente un cigarrillo mientras sus esposas realizaban los trabajos del hogar). Y por rematar el legado adulto de Los Picapiedra, una curiosidad: la sintonía de la serie (“Meet The Flinstones”) es una derivación del 2º movimiento de la Sonata para Piano nº 17 de Beethoven. Bastante más animada, claro.

La serie se convirtió muy pronto en un verdadero icono popular y fueron los primeros dibujos animados en horario prime time, y también los primeros de la TV emitidos en color, en 1962. Y unas décadas antes que los Simpson (que tanto les deben, por cierto) presentaron una extensa y divertidísma galería de artistas invitados: Ann-Margrock, Stony Curtis, Rock Hudson, Alfred Hitchrock… y hasta Bond, Fred Bond, en el primer largometraje de la serie, El superagente Picapiedra (“The Man Called Flintstone”, 1967). El show de Los Picapiedra mantuvo su récord como la serie animada más larga durante 31 años, desde su cancelación en 1966 hasta 1997, año en que fue superada, precisamente, por Los Simpson.

Después de 1966 llegaron otras secuelas y variaciones, meras sucedáneas que no se acercaron ni de lejos al original. Ni en ingenio, ni en humor, ni en transgresión. En 1994, el mismísimo Spielberg se atrevió a producir la versión “en carne y hueso” de Los Picapiedra para el cine, con un resultado más bien decepcionante, salvo la presencia del gran John Goodman (que indudablemente nació para ser Pedro Picapiedra) y el luminoso descubrimiento de Halle Berry (un talento y una belleza desde luego mucho mejor aprovechados en películas posteriores). Increíblemente, el experimento se repitió en el año 2000, esta vez además sin Goodman y, lo que es peor, sin Halle Berry. 


Casi 70 años (o 7.000) después de su creación por los genios William Hanna y Joseph Barbera, los Picapiedra siguen encandilando a generaciones de espectadores en todo el mundo. ¿Su secreto? Tal vez saber reflejar con enormes dosis de ingenio e ironía la familia media de la sociedad occidental de las últimas décadas, que es la misma en cualquier país y en cualquier época. ¿O quién no lanza un eufórico “¡Yabba Dabba Dooo!” cuando suena la pterodáctilosirena que marca el fin de la jornada laboral?




miércoles, 11 de abril de 2018

Trujillos y Ragel. Historia de una foto.


Dicen que cada imagen cuenta una historia. Esta fotografía del Capitán Trujillos descendiendo por la mítica cortadura de la Zarzuela, cuenta dos historias: una, la del jinete que dejó pasmados a los oficiales extranjeros que asistieron a la demostración; otra, la del fotógrafo que inmortalizó la escena y pasmó al mundo entero, Diego González Ragel.

 
Una mañana de primavera de 1927. Examen de fin de curso 1926-27 en la Escuela de Equitación Militar. El capitán Álvarez de Bohorques, Marqués de los Trujillos, sale con sus alumnos a clase de exterior en terrenos de Zarzuela. El lugar es perfecto para poner a prueba la destreza de los jinetes, y su arrojo: imponentes cortaduras de arena arcillosa, algunas de más de 15 metros de caída vertical, por las que deberán descender (o más bien, caer) tratando de mantenerse sobre sus monturas. Algo que lograrán muy pocos.

La míticas cortaduras de la Zarzuela
No es la primera vez que descienden por esas gigantescas dunas y barrancos los alumnos de Caballería. Pero sí es la primera vez que lo hacen ante un grupo de oficiales extranjeros, que pudieron presenciar en vivo las enseñanzas del profesor, el grado de maestría de los oficiales, el perfecto adiestramiento de sus monturas y, sobre todo, el valor sin fisuras de todos ellos, alumnos y maestro. Especialmente en el último descenso, en la imposible prueba final, la bajada de la descomunal cortadura que más tarde recibió el nombre de “Gran Trujillos”.
    
Así lo describió el célebre capitán francés De Montergon, emocionado testigo de aquella hazaña impensable: “Cuando vi la cúspide de la última bajada y comprendí lo que intentaban hacer; cuando, acometido del vértigo, me incliné sobre un corte de pico, de veinte metros, a cuyo término sólo una pendiente arenosa se ofrecía para recibirles, pensé: ¡Eso no es posible! ¡No bajarán!”

Pero bajaron. Todos. Primero el profesor, el guía; y luego todos los alumnos, uno detrás de otro, sin pensarlo, con fiel y ciega disciplina. Cayeron caballos y jinetes, lanzados al vacío de su temeridad; se voltearon unos sobre otros, en una interminable secuencia de majestuosas bajadas y apocalípticas caídas (la primera vez, salvo el profesor, ninguno acabó sobre su montura; la segunda, ni siquiera el capitán Trujillos). Al final, todos más o menos indemnes, y todos absolutamente orgullosos de su gesta.

Un año después, el examen de fin de curso se celebró en los mismos terrenos. El profesor también era el mismo, el Marqués de los Trujillos (a la sazón uno de los mejores jinetes españoles de todos los tiempos, que ese mismo año de 1928 logró, en Amsterdam, la primera medalla de oro para España en unos Juegos Olímpicos en saltos por equipos; pero esa es otra historia que ya hemos contado aquí). En esta ocasión, con un testigo aún más excepcional: Alfonso XIII. El Rey, orgulloso de sus oficiales, quedó sin embargo tan impactado, que prohibió la repetición de la prueba al día siguiente, como estaba establecido. Orden que, por cierto, su amigo el capitán Trujillos desobedeció, con todos los respetos hacia Su Majestad, claro. Sin embargo, los jinetes españoles habían dejado en lo más alto el prestigio del Arma de Caballería que, como demostraron una vez más, no reconoce obstáculos. Días después, el Rey envió un mensaje de felicitación al maestro y sus alumnos: "por la disciplina, entusiasmo y decisión demostrados en la bajada de las cortaduras". 

Ragel, repórter fotógrafo
De ambas sesiones fue también testigo Diego González Ragel. Y gracias a su pericia y maestría con la cámara, todos nosotros también. Las dieciséis fotografías del reportaje gráfico de 1927 (publicado en la revista Blanco y Negro y numerosas publicaciones extranjeras) le otorgaron la fama, no sólo por el interés de las proezas representadas, sino también por su habilidad técnica y por la modernidad de sus composiciones.

Nacido en Jerez, en 1893, fue sin embargo en Madrid donde ejerció su carrera como repórter, según él se definía, pues le interesaba más contar que retratar. Destacó principalmente como fotógrafo deportivo, especializado en caza, automovilismo e hípica; pero también fue íntimo retratista de la familia Sorolla; y editor de una revista bélica durante la contienda civil; y fotógrafo personal del general republicano José Riquelme; y, a pesar de su pasado republicano, fotógrafo oficial del Banco de España desde 1941 hasta su muerte, en 1951.


Ragel supo retratar como nadie el Madrid de la posguerra, el cotidiano, el de la calle; pero también el de la aristocracia y la vida bohemia (tuvo una intensa vida social), y el de las cacerías y las carreras de coches o de caballos, y el de los grandes hechos históricos, como la despedida de Alfonso XIII a Miguel Primo de Rivera, camino del exilio, en la estación de Atocha. Pero tal vez el episodio más relevante de su carrera fue el encargo de inmortalizar las transferencias del oro y la plata que partieron del Banco de España hacia Moscú; ocultó los clichés durante la guerra, y a su término los entregó al Ministerio de Hacienda, lo que permitió recuperar parte del dinero en París.

Olvidado durante décadas, hace unos años se organizó en Madrid una exposición que reunía, por primera vez, los fondos de su archivo personal e inédito; más de un millar de imágenes que constituyen un legado único y un interesantísimo testimonio de una época y de una vida: la de Ragel, “fotógrafo notario de todo, protagonista de nada”. Un inmenso legado que se puede encontrar en internet.

Hoy, gracias a Ragel y a su talento podemos admirar y enmudecer ante esta impresionante imagen (y toda la serie de las cortaduras) que protagonizó el capitán Trujillos (mi abuelo). Y si no la estuviéramos viendo con nuestros propios ojos, exclamaríamos como el capitán francés: "¡Eso no es posible! ¡No bajarán!”