lunes, 3 de julio de 2017

Jaime Caballero. Hazañas sobrehumanas por la ELA



Jaime Caballero ya sabe cuál será su próximo desafío: los 90 kilómetros que separan Marbella y Sotogrande (en dos trayectos), que intentará la primera semana de agosto. Como siempre, quiere que sea algo grande, impactante, que genere repercusión y notoriedad. Como siempre, no sabe si logrará terminarlo con éxito. Aunque eso no importa. “Cada uno debe considerarse admirable no por el reto conseguido, sino por el solo hecho de haberlo intentado”. Sobre todo, cuando la causa es tan admirable como la suya. Y cuando se tiene un corazón del tamaño de un océano.

Jaime es nadador de ultra larga distancia en aguas abiertas. Eso significa que está hecho de una pasta especial, física y psicológicamente. Eso significa que tiene una capacidad de aguante —del dolor, del miedo, del agotamiento, del agobio, del frío extremo— que va mucho más allá que la de cualquier ser humano normal. Su hazaña más extrema, que ha dado la vuelta al mundo, ha sido cruzar el Canal de la Mancha… ida y vuelta. Sin parar. Sin protección. (“Una salvajada que sólo han logrado 17 nadadores en la historia.  Es el Everest de la natación”). Un trayecto de 100 kilómetros de agua gélida, corrientes traicioneras, lacerantes olas y veneno de medusas que Jaime estuvo a punto de abandonar en varias ocasiones durante la segunda mitad del reto, pero que finalmente completó, en estado casi inconsciente (“las últimas 8 horas no recuerdo nada, iba con el piloto automático”). La razón, su razón, los enfermos de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), “la enfermedad más cruel que existe”. Ellos son los que empujan a Jaime en los momentos de flaqueza, ellos son los que le dan fuerza para seguir adelante, ellos son los que le dan motivo para luchar, una causa a la que Jaime dedica, desde hace años, cada pensamiento y cada minuto de su tiempo libre.



No siempre fue así. Jaime nadaba ya de pequeño, incluso protagonizó alguna que otra hazaña con 14 años. Pero luego tuvo un prolongado standby de diez años provocado a partes iguales por la indolente adolescencia y los malos hábitos (juergas, droga, alcohol). Fueron años peligrosos, nadando en el filo de la navaja, que casi le cuestan la vida; afortunadamente el precio final fue sólo el ojo derecho. Pero ni eso cambió su forma de ver la vida. “Cuando estaba en el hospital, tras el accidente, lo único que pensaba era en recuperarme para seguir de farra”. Fue la familia (¿quién, si no?) la que finalmente impuso el sentido común, a base de altas dosis de amor y comprensión, y tras pasar por Proyecto Hombre (“a los que estaré eternamente agradecido, y con los que colaboro siempre que puedo”), Jaime salió limpio y lleno de vida.

Volvió a la vida, y volvió al mar (“Es básico tener aficiones, practicar algún deporte; eso te da ilusiones, motivación, objetivos, a cualquier nivel”). Comenzó a nadar de nuevo, no como profesional, pero sí realizando retos cada vez mayores, más importantes, y más duros. En 2005 atravesó el Estrecho de Gibraltar en 2 horas 58 minutos, su primera travesía reseñable. Tras un intento fallido el año siguiente, en 2007 decidió el desafío de referencia en aguas abiertas, el Canal de la Mancha; allí conoció la verdadera fuerza de las corrientes y descubrió en carne propia lo que es el frío en el agua. En 2008 el reto impuesto fue atravesar el Estrecho ida y vuelta, algo que a priori parecía sencillo pero que las fuertes corrientes complicaron hasta el punto de pensar seriamente en el abandono. No solo no abandonó sino que además logró registrar un record mundial.

Pero la travesía que marcó un antes y un después en la vida de Jaime, un giro radical a nivel profesional y, sobre todo, a nivel personal, fue la que llevó a cabo el 10 de junio de 2009: Bilbao-San Sebastián (su tierra). Su travesía más larga y dura hasta el momento, sí (perdió 8 kilos en 27 horas). Pero lo realmente importante es que fue su primera travesía con causa. En 2008, su querido tío José Mari Echeverría falleció de ELA, en apenas 6 meses de dolorosísima enfermedad. Jaime se vio profundamente afectado y decidió que, a partir de ese momento, todas sus fuerzas, todos sus retos, todos sus pensamientos los dedicaría a quienes sufren esa cruel enfermedad que le robó a su tío. La travesía Bilbao-San Sebastián duró 27 horas, que, según reconoce el propio Jaime “logré terminar acordándome de mi tío en los momentos de flaqueza”.


Hubo otros logros espectaculares: el Lago Ness, Manhattan, Santa Catalina, la Triple Corona, el Lago Leman (el más largo de Europa)… Pero lo importante es que Jaime se involucró de lleno en la tragedia del ELA; conoció a personas afectadas, incluso amigos cercanos que habían perdido a seres queridos por su causa. Decidió hacer algo más por estos enfermos, ayudarles a mitigar de alguna forma su dolor, animarles, dignificarlos, darles voz y presencia en la sociedad. Junto a un grupo de amigos fundó la Asociación Siempre AdELAnte y, desde entonces, sus travesías se transformaron en instrumento “para ayudar a quienes sufren la enfermedad más cruel del mundo”. Jaime nada por y para ellos. Porque ellos no pueden. Sus retos tienen ahora una causa mayor: “servir de micrófono a los afectados y conseguir recursos para investigación y cuidados paliativos”, a lo que se destinan el 100% de  los ingresos que se obtienen en cada travesía (principalmente donaciones particulares). Aparte lo económico, el objetivo es doble: animar e ilusionar a los afectados; y concienciar a la sociedad.

Jaime tiene clara cuál es su misión: “Mi verdadera fortuna ha sido emprender esta andadura con la Asociación Siempre Adelante y desde el primer momento he conocido a algunos afectados por ELA y familiares que han ido reforzando este compromiso y ganas de hacer más y más cosas por ellos”. Ellos son su motor y su motivación, y su fuerza en los momentos de flaqueza: “Jaime, lo que te está pasando (frío, cansancio, agobio psicológico por pensar que no avanzas lo suficiente...) es algo pasajero, lo que no es pasajero es tener ELA. Así que, ¡ sigueeee y hazlo por ellos!”. Él lo dice siempre: recibo mucho más de lo que doy.

Levantarse a las 6 de la mañana para entrenar cada día entre 2 y 3 horas antes o después del trabajo y fines de semana en mar abierto (verano o invierno) es duro, piensa Jaime. Nadar durante 24 horas seguidas en aguas gélidas sufriendo picaduras de medusa por todo el cuerpo es más duro aún. Pero permanecer completamente inmovilizado durante años, soportando dolor, impotencia, desesperanza, depresión e incluso sentimiento de culpa (la familia también se lleva su parte), no es comparable a ningún sufrimiento pasajero. “Por muy mal que lo haya pasado, a mí se me va en dos días; pero lo suyo es todos los días, para toda la vida”. La enfermedad más cruel del mundo. Y para Jaime, la causa más importante del mundo.

*Esta historia está incluida en mi libro "La muerte del egoísmo". Lo puedes conseguir aquí.



martes, 23 de mayo de 2017

Lo que tenemos que aprender del dolor



Uno, a veces (cada vez más a menudo, me temo), llega jodido a casa. No fastidiado, no enfadado, no apesadumbrado. Jodido. Tal cual. Se le van juntando cosas, problemillas, tonterías, desilusiones, frustraciones, hartazgos varios, preguntas sin respuesta (tipo ¿qué estoy haciendo con mi vida? y por el estilo). Son cuestiones más o menos pequeñas, más o menos graves; colinas, no cordilleras. Lo malo es que las malditas colinas no están colocadas una detrás de otra —eso sería estupendo, asequible—. No, lo malo es que se acumulan una sobre otra. Las muy puñeteras. Y forman una gigantesca cordillera ab-so-lu-ta-men-te insalvable. O eso piensas. Y cuando crees que has encontrado una salida, un camino, un recodo, un desvío que te salve de toda esa tormenta mental y anímica, ¡zas!, se baja la barrera, se cierran las compuertas, y tú te quedas ahí, paralizado, atontado, preguntándote qué narices ha pasado esta vez. Y por qué ha tenido que pasar otra vez. Y sigues tu camino de frustraciones y preguntas sin respuesta, hacia ninguna parte. Con la mirada fija en el suelo. Total, para ver la insalvable cordillera, mejor ni levantar la vista.

Y entonces vas a la presentación de un libro. No un libro cualquiera. Lo que aprendí del dolor, se titula. Y tampoco lo ha escrito un tipo cualquiera. Lo ha escrito, y lo ha vivido, un tipo —Jacobo Parages— que desde hace más de 20 años conoce muy bien el dolor. El real. El auténtico. El doloroso. Un dolor con nombre y apellido —espondilitis anquilosante; acojona ¿eh?— que se te mete en todas y cada una de las articulaciones del cuerpo y las ‘anquilosa’. Una enfermedad que te afecta a lo más básico de tu día a día, que convierte el gesto más sencillo en una hazaña, que te obliga a prepararte mentalmente ante el simple hecho de salir de la cama o atarte los zapatos. No digamos recorrer medio mundo con una mochila al hombro —cargada de antiinflamatorios— durante 15 meses; o lanzarte a una piscina y entrenar durante dos horas y media cada día para luego atravesar el Estrecho de Gibraltar por los niños con síndrome de Down; o nadar los 40 kilómetros que separan Mallorca y Menorca a favor de la lucha contra el cáncer infantil. En contra de la opinión de los médicos, que le pronosticaron una vida resignada y pasiva, Jacobo decidió que a él lo que le iba era la actividad, el deporte, la vida plena. Y esa decisión le salvó. “¿Dónde mueren los sueños? En un lugar llamado miedo”, nos recuerda. O en una cordillera llamada “excusas”.


Es lo que él aprendió del dolor. “Ahora la enfermedad es mi amiga”, dice. Y no sé si amiga-amiga, pero sí compañera inseparable en cada minuto, bueno o malo, de su vida; y la gran impulsora de todos y cada uno de sus retos, los del día a día también. Y de eso nos habló ayer Jacobo (muy bien flanqueado por la periodista Teresa Olazábal y el grande Fernando Romay). De superarse, de afrontar desafíos, de quitarse los miedos y las excusas de un manotazo. Y de algo más importante aún: de ilusionarse. Sin ilusión no hacemos nada, no somos nada. Con ilusión somos capaces de enfrentarnos a cualquier gigante, sea océano, cordillera, enfermedad o frustración. Nada es insalvable. Nada es imposible.  

No sé cuál será el próximo reto de Jacobo, pero sí sé que será también duro, y gratificante. Y tendrá también la mejor de las causas, lo mismo que su libro: proporcionar un poco de esperanza, de ilusión, de fe en sí mismos a todos aquellos que creen que no pueden sino resignarse a una vida de dolor e impotencia. Y, de paso, a todos los que somos expertos en levantar cordilleras con granitos de arena.  


Gracias de corazón, amigo. Por todo. 


viernes, 12 de mayo de 2017

Los dos motores de la vida: el miedo y las ganas

Por una vez, este blog publica un artículo que no es mío. La ocasión lo merece. Lo ha escrito mi gran amigo y socio en Lo Que De Verdad Importa, Daniel Losada. Un tipo valiente, viajero con causas y siempre entregado a los demás. Y un magnífico retratista de almas. 



Esta foto lo resume todo. Fue en 2009, en Varanasi. Me dejaron una cámara para mi viaje a India. Me enamoré de esta foto, y de hacer fotos. En ella están las dos actitudes posibles, el que se tira y el que le observa. Mientras uno se divertía y volvía a saltar una y otra vez desnudo, el otro le miraba y le animaba. Se moría por desnudarse y saltar, pero no lo hizo.

Pues bien, volví a Madrid y a sus atascos, benditos atascos. Resultan ser la mejor cantera para las grandes decisiones. Una buena ventana para escucharse especular con otras realidades posibles. Así, a golpe de M-30, se precipitó la prisa por pensar alternativas. ¿En qué me gustaría invertir mi tiempo? Me gustan los viajes y me gustan las fotos... pero de eso no se vive. O sí, cuando quemas las naves, y no tienes otra. 

Así que me desnudé y salté.

Ahora vivo de organizar viajes a medida, y de la fotografía, ya sea editorial, empresarial o particular. Y al mismo tiempo, con mi amigo Pablo del Palacio desarrollo desde 2010 el proyecto de mi vida,  trip-drop.com. Lo otro me da de comer, éste me da de vivir.
En trip-drop publicamos necesidades no monetarias de colectivos (colegios, orfanatos, tribus, hospitales…) en todo el mundo, para que los viajeros que lo deseen las cubran a su paso. La ayuda llega íntegra, se da en mano, y se conocen. La semana pasada, mientras una pareja de Madrid compraba in situ 20 cabras para las viudas masaai en Tanzania, tres italianos entregaban otros tantos paraguas en un orfanato birmano, y amigos de Madrid llevaron siete portátiles a Kibera (slum de Nairobi), donde ya tienen computer room.

He aprendido muchas cosas en estos años. Mucho de otras personas, y mucho sobre mí. Cuando te dedicas a lo que te gusta, simplemente lo haces bien. Porque pones más atención, piensas más, investigas, porque te exiges gratis. Y cuando lo haces bien, las oportunidades para demostrarlo se acaban dando.

Claro que hay peajes. La nómina desaparece, y el móvil, y el coche de empresa, y el seguro... Se avecinan tiempos inciertos, pocos lujos, y cierta soledad. El único activo son tus ganas, y sin embargo es grato. Un poco como el saltarín de la foto.
Es por la diferencia de réditos entre el esfuerzo (cuando es tu causa) y el sacrificio (cuando no lo es). Antes me sacrificaba por un fin ajeno a mí. Ahora me esfuerzo por el fin que he elegido. Son dos motores muy distintos. Uno lo mueve el miedo, y otro las ganas. Uno es reactivo y otro proactivo.  

Tener éxito es otra historia. Diría que radica en disfrutar mientras tratas de tener éxito. Entonces estarás triunfando cada día. De algún modo crecemos asumiendo que tenemos que sacrificarnos para triunfar, y ese es sólo el camino de lo malo conocido. Otra cosa es dónde te lleva: en muchos casos a una vía muerta que decoras como puedes. 
Pero igual el camino más incierto resulta ser el más certero; cambiando el sacrificio por el esfuerzo, esa vía está viva y se decora sola. 

Además, el mundo necesita gente que ame lo que hace.


Daniel Losada Casanova

miércoles, 26 de abril de 2017

Connery, Sean Connery: Nunca digas nunca jamás

Cuando Sir Thomas Sean Connery interpretó por sexta vez al agente James Bond en Diamantes para la Eternidad, 1971, decidió que estaba harto del personaje y que no volvería a interpretarlo “nunca jamás”. Su esposa le replicó: “Nunca digas nunca jamás”. Y, en efecto, doce años después Connery volvió a ser Bond. El título de la película, claro, Nunca Digas Nunca Jamás. Hoy, aprovechando el 40 aniversario de su primer Bond, James Bond, es un momento inmejorable para recordar, siquiera brevemente, a Connery Sean Connery. El Actor con mayúsculas.

El pasado verano, coincidiendo con su 80 cumpleaños, Sean Connery confirmó que abandonaba definitivamente la interpretación. Aunque ya lo había hecho de facto en 2003, año en que protagonizó su última película… hasta la fecha. Por si acaso, esta vez no ha dicho “nunca jamás”. Lo que aún nos da esperanzas, a los que amamos el buen cine y a los grandes actores, de que este grande entre los grandes vuelva a la pantalla.

    Porque Sean Connery es, sobre todo, un magnífico actor. Antes fue muchas cosas: repartidor de leche, soldado de la Marina, camionero, peón de granja, modelo artístico, salvavidas, tercer clasificado en el concurso de Mr. Universo… e incluso muerto y resucitado (tras una enfermedad, agencias de noticias japonesas y sudafricanas llegaron a dar parte de su muerte). Ha sido también el hombre más sexy del mundo y es fanático del golf, hincha del Celtic de Glasgow, de Marbella y, a pesar de sus muy ingleses personajes y haber sido nombrado caballero por la mismísima reina Isabel, es militante activo del Partido Nacionalista Escocés (por si las dudas, ya en la Marina se tatuó en un brazo Scotland Forever; en el otro, Mum and Dad).

 

Ha tenido sus amoríos, claro (“Qué pacífica sería la vida sin amor Adso. Qué segura. Qué tranquila. Y qué insulsa.” confiesa a su pupilo en El Nombre de la Rosa), pero lleva casado con su fiel Micheline Roquebrune 35 años; anteriormente lo estuvo con la actriz Diane Cilento, de 1962 a 1973. Fue precisamente ese año, 1962, su primera interpretación del agente secreto británico con licencia para matar (007 contra el Dr. No) y su pistoletazo de salida para la gloria. Luego llegaron otras seis. Pero Connery siempre trató de ser más que Bond, y durante esos años realizó grandes interpretaciones en películas como Marnie la ladrona (con el mismísimo Hitchcock), The Hill (dirigida por Sidney Lumet) u Odio en las entrañas (de Martin Ritt).

 

Coincidiendo con su segundo matrimonio, en 1975, realizó el que para muchos (el que suscribe entre ellos) es el mejor papel de su carrera: El hombre que pudo reinar, de John Huston, formando pareja con un Michael Caine en estado de gracia. Una película legendaria, cima del cine de aventuras coloniales y del universo de los perdedores marca de la casa Huston; un cóctel fascinante que combina humor, acción, masonería, épica, cinismo, socarronería británica y el deseo de todo ser humano de alcanzar lo divino ("No somos dioses, pero somos ingleses que es casi lo mismo"). Sublime de principio a fin.

 

Después llegaron otros personajes extraordinarios e inolvidables, como el Robin Hood crepuscular y desmitificado, pero aún atractivo y carismático, luchador y romántico, pícaro y divertido de Robin y Marian (1976), junto a la siempre perfecta Audrie Hepburn. De sus labios nació una de esas frases inmortales que nos regala el cine de vez en vez, cuando se hace arte: “Te amo más que a los niños, más que a los campos que planté con mis manos, más que a la paz, más que a la alegría, más que al amor, más que a la vida entera. Te amo más que a Dios”. Un final trágico y conmovedor para una obra maestra. Y un Connery en espléndida madurez, que comenzó su etapa más fructífera, muy alejado del Bond de sus éxitos y también de sus limitaciones. Memorables fueron sus papeles en El nombre de la rosa (1986), Los intocables de Elliot Ness (1987, su único Oscar), Indiana Jones y la última Cruzada (1989) o Descubriendo a Forrester (2000). “Tal vez no sea un buen actor, pero sería aún peor si hiciese otra cosa”. Pues no la haga, Sir Thomas Sean, no la haga nunca jamás.


domingo, 23 de abril de 2017

Moby Duck. La increíble odisea marina de 28.800 patitos.


En 1851 el escritor estadounidense Herman Melville inmortalizó a una de las criaturas marinas más terroríficas, fantasmales y destructivas de la literaura universal, Moby Dick. Ciento sesenta años después, el periodista estadounidense Donovan Hohn inmortalizó uno de los fenómenos marinos más curiosos, sorprendentes y misteriosos de la crónica universal, Moby Duck. La primera relató una historia de persecución y venganza entre la monstruosa ballena blanca y el obstinado y vengativo capitán Ahab. La segunda, una aventura de investigación y curiosidad, y la implacable persecución a 28.800 patitos de plástico protagonizada por el obstinado y reivindicativo Hohn.

Si Melville se hubiera topado con ese monstruo descolorido de miles de bocas sonrientes en uno de sus viajes en ballenero –pongamos, por ejemplo, el Acushnet- tal vez habría introducido ciertos cambios significativos en su mítica novela: «Llamadme Ismael. Hace unos años -no importa cuánto hace exactamente-, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo (…) Probablemente habréis visto muchos fenómenos extraños, tiburones de siniestro talle, krakens de infinitos tentáculos, montañosas ballenas blancas, y cualquier cosa; pero os aseguro que nunca habréis visto un extraño y sorprendente fenómeno como esa mole enorme de 28.800 seres de descolorido amarillo, deslizándose por la superficie del mar con un rumor sordo, como un zumbido subterráneo en una vorágine de plástico y ojos que hacía contener el aliento al surgir de las aguas…»


La historia, en realidad, es bastante menos terrorífica que Moby Dick. Aunque nació en una tempestuosa noche, en mitad del Pacífico, hace ahora veinte años. Era el 10 de enero de 1992 cuando una violenta tormenta sorprendió, cerca de las Islas Aleutianas, a un carguero de bandera incierta que llevaba rumbo a Washington desde Hong Kong. Consecuencia del fuerte balanceo del barco, doce de los contenedores que portaba cayeron al mar; uno de ellos, propiedad de la compañía china First Years Inc, se abrió y dejó escapar todo su cargamento, 28.800 juguetes para la bañera: castores rojos, tortugas azules, ranas verdes y patitos amarillos. Sobre todo patitos amarillos. Flotando sobre el mar embravecido, el cargamento multicolor fue alejándose del barco empujado por el viento y las corrientes, hasta perderse en la oscura inmensidad de la noche.
            Ahí comenzó una odisea que aún hoy, veinte años después, no ha llegado a su fin. Las implacables corrientes oceánicas arrastraron a los patitos y sus amigos durante cientos, miles de millas, atravesando las frías aguas del Pacífico Norte para adentrarse en las aguas heladas del Ártico. Fue su primer destino. Muchos de ellos quedaron atrapados entre los hielos, pero otros tantos prosiguieron su ruta al encuentro de lejanas playas donde reposar, de Alaska a Escocia.

A lo largo de estos años, el vagar de estos miles de patitos no ha servido únicamente para que Donovan Hohn escribiera su libro Moby Duck. La verdadera historia de 28.800 patitos y otros muñecos de baño perdidos en el mar, y de los oceanógrafos, ecologistas y lunáticos que salieron en su busca. Dos de estos científicos, Ebbesmeyer e Ingraham, han podido estudiar las corrientes oceánicas de una forma que nunca antes había sido posible, gracias a los patitos; aprovecharon los movimientos de los juguetes para estudiar el giro oceánico del Pacífico Norte (una gran corriente constante y circular), entre Japón, Alaska y las Islas Aleutianas, descubriendo por primera vez que un objeto tarda tres años en completar el ciclo. Durante dos décadas han llevado un concienzudo registro de las veces que los patitos o los castores han sido vistos, y cuánto han tardado en llegar a esos puntos; aunque deben andar ojo avizor pues el entusiasmo colectivo ha provocado que a menudo les envíen patitos falsos.
El seguimiento científico de esta flotilla antes multicolor y ahora descolorida ha permitido también ayudar a los expertos a controlar y conservar las reservas de pescado, a entender los efectos del calentamiento polar e incluso a resolver casos de muertes ocurridas en altamar (accidentales o alevosas), haciendo un seguimiento retroactivo del recorrido de los cadáveres. Si bien nadie sabe con certeza lo que ha sido de la mayoría de estos patitos navegantes, Donovan Hohn se ha embarcado en su propia aventura durante años para resolver el misterio. «Tenía que ser un trabajo breve. Me ha costado sin embargo cinco años y viajes por todo el planeta». Comenzando por la fábrica donde nacieron, en China, y luego Escocia, Hawaii, el Océano Ártico, el Estrecho de Bering. En su largo vagar en busca de Moby Duck («¡Por ahí resopla!») sólo ha encontrado un muñeco en tierra, un castor, en una playa escondida de Alaska; un hallazgo que ahora guarda como un tesoro. Al igual que cientos de coleccionistas en medio mundo que han tenido la fortuna de toparse con uno de estos valerosos navegantes que llevan 20 años desafiando al océano salvaje. Una vez comprobada su autenticidad, claro.

Al final, la peripecia de estos 28.800 patitos y la de su incansable perseguidor, ha servido para concienciarnos, un poco más, sobre la contaminación implacable que soporta el mar (son miles los contenedores que caen al océano cada año), el minucioso trabajo de los oceanógrafos, la arriesgada vida de marineros y pescadores, nuestra adicción al plástico y el oscuro mundo del transporte marítimo y las fábricas chinas. Algo que no es un juego de niños, precisamente.

Ya saben, si se topan próximamente con un patito descolorido y de expresión cansada, firmado por First Years Inc, cuídenlo con mimo. Un buen baño caliente le sentará de maravilla. Sin espuma, por si le trae malos recuerdos.


Otras curiosidades marinas
· Ebbesmeyer e Ingraham han observado el recorrido flotante de 100.000 globos y coches de juguete, 34.000 guantes de hockey y cinco millones de piezas de Lego que han sido vertidos al mar.
· En 1990 Nike perdió 40.000 pares más allá del Pacífico que dos años más tarde aparecieron en Hawai; lo más curioso es que aún se podía usar. En 2010 otro cargamento de Nike, esta vez 33.000 zapatillas, cayó del barco junto a la costa de California.
· En 1998 un carguero perdió en el Pacífico 407 contenedores, con todo tipo de artículos: bicicletas, teléfonos inalámbricos, ropa…
· Se calcula que cada año caen al mar entre 2.000 y 10.000 contenedores, muchos de los cuales pierden su contenido. La mayoría de las compañías transportadoras ocultan estos sucesos.

miércoles, 19 de abril de 2017

Perlas cinéfilas (parte 1)

Las películas que han marcado mi vida y mi amor por el Cine, en pequeñas dosis.



LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ 


Título original: Gone With the Wind
Dirección: Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood
Año: 1939
Interpretación: Vivien Leigh, Clark Gable, Olivia de Havilland, Leslie Howard, Hattie McDaniel, Thomas Mitchell, Barbara O’Neil
Guión: Sidney Howard, Oliver H. P. Garrett, Ben Hecht, Jo Swerling, John Van Druten


Es, para muchos, la película más grande jamás filmada. Su secreto: una forma de hacer y entender el Cine que ya no se estila. Un sentido del espectáculo épico y fascinante, empezando por su promoción; un guión magistral, digno de la novela original; una música maravillosa, conmovedora e inolvidable; unos personajes ricos, profundos, y unos actores que parecen nacidos sólo para darles vida; un dominio de las emociones prodigioso y unas frases memorables, que han trascendido a la película generación tras generación. Y Escarlata. El Papel (por ella lucharon 100 estrellas y 1400 desconocidas). “Scarlett O’Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo”. Así empieza la novela; así nace la inmortalidad.   



CARTA DE UNA DESCONOCIDA 


Título Original: Letter From An Unknown Woman
Dirección: Max Ophüls
Año: 1948
Interpretación: Joan Fontaine, Louis Jourdan, Mady Christians, Marcel Journet, Art Smith, Carol Yorke
Guión: Howard Koch (Novela de Stefan Zweig)


Elegante y emotiva adaptación de la célebre novela de Stefan Zweig y cumbre del cine romántico, en el sentido más bello y trágico de la palabra. Una historia de amor –de la libertad del amor frente a las convenciones- predestinado al fatalismo, entre una apasionada adolescente que cree estar enamorada (perfecta Joan Fontaine, como niña y como dama) y un exitoso pianista (Louis Jourdan, soberbio) para quien ella es sólo una más; otra desconocida en su lista de conquistas anónimas. Una pasión que viven con intensidad, muere súbitamente y resucita nueve años después –ella casada, él decadente- durante una sola noche… en la que ella sigue siendo una desconocida. Para el ciego donjuán, porque nosotros (como el mayordomo mudo) nos enamoramos de Liza ya en la primera escena.

 



EL FILO DE LA NAVAJA 
Título Original: The Razor’s Edge
Dirección: Edmund Goulding
Año: 1946
Interpretación: Tyrone Power, Gene Tierney, John Payne, Anne Baxter, Clifton Webb, Herbert Marshall, Elsa Lanchester
Guión: Lamar Trotti (Novela de W. Somerset Maugham)

“Creo que quien le haya conocido no podrá sustraerse a su bondad y nobleza. La bondad es, al fin y al cabo, la fuerza más poderosa del mundo”. La frase final de esta película imprescindible no sólo es una certera definición de su protagonista, también debiera ser la máxima aspiración de todo ser humano. Es la conclusión perfecta de este maravilloso cóctel de amores trágicos, misticismo y redención entre bailes de la alta sociedad y sórdidos tugurios, entre la belleza superficial y la hondura espiritual, entre la alegre despreocupación y el tormento de la enfermedad; y la muerte. Una película brillante, con un guión medido, soberbias interpretaciones todas (especial mención a la torturada Anne Baxter y al cínico snob Cliffton Webb) y ese aroma clásico inconfundible.    


LA COSTILLA DE ADÁN 
Título Original: Adam’s Rib
Dirección: George Cukor
Año: 1949
Interpretación: Katharine Hepburn, Spencer Tracy, Judy Holliday, Tom Ewell, David Wayne, Jean Hagen.
Guión: Ruth Gordon, Garson Kanin

Amanda (K. Hepburn) es una brillante abogada especializada en causas femeninas; Adam (S. Tracy) es un brillante fiscal obsesionado con el respeto a la Ley. Ella defiende a una mujer que ha disparado a su marido infiel; él es el encargado de que la presunta pague su asesinato fallido. En casa, ella es pocholina y él pocholín. Pronto, la batalla del tribunal se traslada al hogar de los Bonner y comienza la guerra de verdad, la de sexos. Ella le acusa de machista, entra en escena un galán, hay celos, un azote, amenaza a punta de pistola (de regaliz) y finalmente divorcio. Casi. Porque Adam guarda un arma secreta: los hombres también saben llorar. Al final, tal vez no seamos tan distintos y sólo nos separe una pequeña diferencia, pero ¡viva la diferencia! Ayer, hoy y siempre.


LA PRINCESA PROMETIDA (Rob Reiner, 1987)


Título Original: The Princess Bride
Dirección: Rob Reiner
Año: 1987
Interpretación: Robin Wright, Cary Elwes, Mandy Patinkin, Chris Sarandon, Christopher Guest, Wallace Shawn, André the Giant, Fred Savage, Peter Falk, Peter Cook, Mel Smith, Billy Crystal
Guión: William Goldwing, basado en su propia novela


La Princesa Prometida no es una película de aventuras, ni una película de amor, ni de venganzas, ni de magia, ni de piratas, ni de héroes involuntarios y voluntariosos; no es una película de buenos y malos, ni de amistad a prueba de espadas, venenos, torturas o la misma muerte. La Princesa Prometida es todo eso y mucho más. Porque desde el instante mismo en que la vimos por primera vez, la hicimos nuestra. Es la película que nos enamoró del cine, del humor ingenioso y de Mark Knopfler; es la historia que nos hizo creernos inmortales, tanto como el pirata Roberts; que nos ayudó a enfrentarnos a cualquier acantilado infranqueable, sabiendo que algún gigante Fezzik está siempre a nuestro lado; que nos puso en la mano izquierda –o derecha- una espada invencible para vengar cualquier afrenta al grito de “Hola, me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre (o me robaste a mi chica), prepárate a morir”. Es la película que nos enseñó el valor de la honestidad, del coraje, de la lealtad. Y que nos enseñó, por encima todo, el infinito valor del amor verdadero. El del abuelo a su nieto, el de Fezzik a sus amigos, el de Montoya a su padre, el de Westley a Buttercup, el de Goldman y Reiner al cine…
El mismo amor verdadero que todos hemos querido susurrar a Robin Wright desde aquel lejano día en que nos enamoramos, perdidamente, de la Princesa Prometida: “Como desees”.


EL HOMBRE QUE PUDO REINAR (John Huston, 1975)

Título Original: The Man Who Would Be King
Dirección: John Houston
Año: 1975
Interpretación: Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer, Saeed Jaffrey, Doghmi Larbi,Shakira Caine, Karroom Ben Bouih
Guión: John Huston & Gladys Hill (Historia: Rudyard Kipling)

Aventura en estado puro. Cine con mayúsculas. La obra magna de Kipling que Huston hizo inmortal. Un canto (de cisne) a una época perdida y orgullosa ("No somos dioses, somos ingleses, que es casi lo mismo"), trufada de romanticismo añejo; y una exaltación a la amistad inquebrantable entre dos hombres, Peachy y Danny, que sobrevive a guerras, conquistas, montañas gigantescas, reyezuelos, leyendas ancestrales, reinados fugaces, tesoros incalculables y toda suerte de peligros (salvo a una mujer, claro). Dos bribones descarados y entrañables que saben aceptar su destino con valor, con humor y sin reproches; y que, de paso, brindan a Caine y Connery los mejores papeles de su vida. Sin duda, una de las joyas de la corona del género colonial. ¡Ostras de la China!

viernes, 24 de marzo de 2017

Johnny Cash. Sólo un cantante.

“No soy un salvador, no soy un santo; el hombre con las respuestas ciertamente no soy. Nunca te diría qué está bien y qué está mal. Sólo soy un cantante de canciones (…) Pero puedo hacerte ver a través de los ojos de los amantes y entender sus sueños. Y llevarte a la ciudad donde un hombre fue crucificado; puedo decirte cómo vivió y por qué murió (…) No soy un gran hombre, ni proclamo serlo; pero cuando me encuentre a mi Creador no agacharé la cabeza, me mantendré orgulloso y fuerte y diré: Señor, yo era un cantante. Sí era un cantante de canciones” (A Singer Of Songs). Tal vez Johnny Cash no se considerase a sí mismo más que un cantante de canciones, pero para el resto del mundo, para todos los que le admiramos y veneramos, fue mucho más. Fue, sencillamente, uno de los más grandes. En la música y en la vida.



Y es que la música y la vida suelen ir siempre de la mano. En el caso de Johnny Cash, ambas nacieron en los campos de algodón de Dyess, Arkansas (“la primera canción que recuerdo haber cantado fue I Am Bound for the Promised Land, en la trasera del camión que nos llevaba a los campos”), donde su madre cantaba, y a veces lloraba, aquellos lamentos gospel que apenas hacían olvidar las desgarradoras jornadas de sol a sol entre infinitas hileras de algodón y espinos, pero que sembraron la semilla de la música en el alma del joven J.R., y allí mismo comenzó a germinar. “Dios te ha tocado con su don, hijo. Nunca olvides el don”, le dijo su madre. Su cometido, comprendió el niño en ese momento, era cuidarlo y usarlo bien.

Johnny Cash nació el 26 de febrero de 1932, en plena Depresión. Su primer hogar fue una cabaña mísera, regalo del New Deal, que compartía con sus padres y seis hermanos. Entre el algodón y la música, trabajó en un taller de coches en Michigan, fue interceptor de mensajes cifrados en las Fuerzas Aéreas, en la Alemania de la postguerra, y vendedor a domicilio en Memphis. “Fui un gran operador de radio, y un pésimo vendedor”. La trágica muerte de su hermano Jack (“mi héroe, mi mejor amigo, mi compañero, mi protector”), debido a un accidente laboral, marcó toda la vida de Johnny Cash. Su pérdida dejó un rincón enorme, frío y triste en su corazón, que permaneció hasta su muerte; aunque siempre sintió su presencia en los momentos de negrura. Como cuando estaba vivo, nunca le falló.

Y realmente, esos momentos oscuros fueron muchos a lo largo de su vida. Johnny Cash vivió toda su existencia en la cuerda floja, entre el tormento de las drogas y el alcohol, o el del fracaso y el éxito, que a veces apenas se diferenciaban. Pero desde el primer single que grabó, (‘Cry, Cry Cry’ y ‘Hey, Porter’, 1954) hasta sus últimas grabaciones, American Recordings, cuyo último episodio se publicó 7 años después de su muerte; desde su primer matrimonio fallido, destrozado por su atracción suicida por la perdición, hasta el encuentro de su amor verdadero y redentor, al que siguió incluso en su muerte; desde su adicción por las anfetaminas y derivados hasta su devoción por la Biblia, por la oración, por Jesús; desde el niño miserable que recogía algodón hasta la estrella refulgente y admirada en todo el mundo, John R. Cash ha sido, ante todo, un hombre honesto, un alma buena y un espíritu libre.

Y de la mano de la vida, a la música. También fueron duros sus incicios, como los de todos. Pero tras grabar su primer single, en el mítico estudio Sun Records de Sam Phillips, descubridor también de Elvis Presley, comenzó su vida en la carretera y, de paso, arrancó su sueño. Junto a Elvis, Jerry Lee Lewis y Roy Orbison (¡vaya cartel!) recorrió los pueblos de todo el país y comenzaron a sonar sus éxitos en la radio. Cuando a ellos se unió June Carter, hija de la gran estirpe de la música folk americana, el éxito se multiplicó; y también las dos adicciones de Johnny Cash: las anfetaminas y la propia June. En 1962, tocó fondo. Fue en un concierto en el Carnegie Hall, cuando salió al escenario tan ‘colocado’ que no pudo ni cantar, y por primera vez fue consciente de su problema, de su enfermedad. June se convirtió en su ángel de la guarda, “Dijo que conocía mi soledad, que éramos almas gemelas y que lucharía por mí con toda su voluntad. Lo hizo convirtiéndose en mi compañera, mi amiga y mi amante, y rezando por mí”.
     Con ella, Johnny Cash reencontró a J.R. Y también reencontró a Dios. “Siempre he sido cristiano; en algún lugar entre el mejor y el peor cristiano —reconoció en su autobiografía—. Intentando, pese a mis muchos fallos y mi continuada atracción hacia los siete pecados capitales, tratar a mis semejantes como lo hubiera hecho Cristo”. Tal vez fuera esa la razón que le impulsó a llevar un sincero consuelo a los presos de San Quintín o años después a los de Folsom, conciertos que le devolvieron el estrellato en 1968. Unos meses antes, se había casado con June Carter, tras haberle pedido la mano en plena actuación, delante de miles de personas. Un año después tenía su propio programa de televisión, y en 1970 nació John Carter Cash, su hijo. La vida le sonreía, y la música también: en 1971 compuso una de sus canciones inmortales, un auténtico himno a los desheredados, Man In Black (“visto de negro por los pobres y abatidos… Por el viejo enfermo y solitario… Por las vidas que ya nunca serán… Hasta que las cosas sean mejores, soy El Hombre de Negro”). Como él mismo reconoció, “la sobriedad me sentaba bien”.


Su vida y su música transcurrieron como siempre habían transcurrido, entre el éxito y el olvido, entre la carretera y su paraíso en Cinnamon Hill, Jamaica, entre la devoción por su familia y el amor a Dios, entre la serenidad y las recaídas. Cantó con los más grandes, visitó la clínica Betty Ford, se apagó su estela creativa y comercial durante años y volvió a brillar con más fuerza que nunca en 1994, cuando se unió al productor Jack Rubin y comenzó a grabar la serie American Recordings. Canciones profundas, oscuras, desnudas, acompañadas por un piano, una guitarra y la voz envejecida y grandiosa de Johnny Cash, y por su alma herida: “Me he herido hoy, para ver si aún siento… ¿En qué me he convertido? Mi más dulce amigo; todo al que conozco se va, al final…” (Hurt).

El 12 de septiembre de 2003 John R. Cash también se fue. Tomó su última carretera apenas cuatro meses después de la muerte de su esposa, June Carter Cash, su amor, su ángel, su amiga, su compañera en la música y en la vida. Ese día, cuando Johnny llegó ahí arriba, probablemente se subió al escenario y entonó un bello gospel junto a su madre, su hermano Jack, June, Roy, Elvis y tantos amigos que se le adelantaron en la última gira. Y a uno, la verdad, le hubiera encantado haber estado ahí, en primera fila, sin perder una nota, sin perder una sílaba, sin perder un gesto de ese tipo grande y honesto que fue mucho más, muchísimo más, que un "cantante de canciones".