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martes, 30 de junio de 2020

Cine blanco, cine negro. De "La cabaña del tío Tom" a "12 años de esclavitud".



 Vivimos tiempos de desconcierto. La trágica muerte de George Floyd, asesinado por un policía en el momento de su detención, ha encendido una llama de protesta y violencia que está asolando las calles de EEUU y recorriendo ciudades de medio mundo. La indignación contra el racismo policial -justificada- ha mutado en odio fanático contra todo lo que huela a yanqui, y a republicano, que al final es de lo que se trata (convenientemente manipuladas las masas). El asesinato de una persona por otra persona en una ciudad a miles de kilómetros ha provocado un tsunami que se ha extendido por todo el mundo en días. Incluida España. ¿Contra el racismo? ¿Contra la policía? ¿Contra los supremacistas? ¿Contra EEUU?  ¿Contra no se sabe qué pero hay que estar? Hay quien propone incluso quitarle los Oscars a "Lo que el viento de llevó" y hasta prohibir la proyección de la película por siempre jamás, acusándola de racista y esclavista. Y digo yo, ¿prohibimos también la novela de Margaret Mitchell? ¿Y después qué? ¿Quemamos La cabaña del Tío Tom? ¿Y las cintas de Tarzán, o El nacimiento de una nación? ¿Repudiamos a Morgan Freeman por prestarse a participar en Paseando a Miss Daisy? ¿O a Ian Flemming por no pensar en un Bond de raza negra en los años 50? 

Pues no. Dejemos que el cine y la literatura cuenten la Historia como la vivieron quienes la protagonizaron. O como les dé la gana contarla. Y tengamos la suficiente madurez, inteligencia y sentido común como para aprender de cada una de esas obras, muchas de ellas inmortales. El racismo siempre ha estado ahí, enquistado en la sociedad norteamericana desde la llegada de los colonos al nuevo mundo, pasando por la conquista del Oeste, la guerra civil, el nacimiento del Ku Klus Klan, o la segregación racial de los años 60. Y la literatura y el cine también han estado ahí, para contarlo a su manera. Casi siempre de forma magistral. Dejemos que sea así. Y en lugar de dedicarnos a censurar, prohibir y quemar la Historia (o las calles), creo que esta es una magnífica ocasión para reflexionar sobre el racismo en el cine norteamericano y su relación más o menos directa con la sociedad de cada época.

En efecto, desde los albores de la industria, tanto actores como personajes de raza negra han sido sistemáticamente marginados, encasillados y discriminados. Pero ¿era el cine quien los marginaba, o era la sociedad de su tiempo? En 1903 ni siquiera se contemplaba la posibilidad de un actor negro, y si el argumento requería personajes de color, estos eran interpretados por actores blancos con la cara tiznada, como en la adaptación cinematográfica de La cabaña del tío Tom, de Edwin S. Porter, basada en la famosa novela de Harriet Beecher Stowe.


Cuando pocos años después los negros alcanzaron esa minúscula conquista social, el asunto no mejoró en exceso, precisamente. Los papeles reservados a los actores negros serían invariablemente de criados, bufones, bestias incivilizadas o simplemente retrasados, a las órdenes del paternalista hombre blanco, que era quien tenía potestad sobre su vida y su muerte. Una de las más grandes obras del cine universal, El nacimiento de una nación (1915), de D. W. Griffith, es un claro paradigma de este racismo radical: el negro es aquí un ser depravado, violento y lascivo, que sólo puede ser feliz sometido, esto es, en estado de esclavitud; la Guerra Civil y la llegada de esclavos liberados del Norte corromperá esa felicidad, dando salida a toda la bestialidad inherente a su raza, que sólo puede ser restaurada y controlada con la llegada del “imperio invisible” (el Ku Klux Klan), defensores de la virtud, el honor y el glorioso pasado de la raza blanca. Hasta aquí la película de Griffith. 

Pero, ¿y la sociedad? Cuentan las crónicas de la época cómo los espectadores aplaudían frenéticamente a los caballeros blancos cuando aparecían en pantalla y abucheaban con rabia a los negros. Y aunque un año después Griffith se desmarcó de su presunta xenofobia con su siguiente obra maestra, Intolerancia, la sociedad norteamericana, y por ende su cine, tardaron unas décadas más.


Como demuestran, una detrás de otra, las míticas películas de Tarzán protagonizadas por Johnny Weissmuller, en las que la vida de un porteador negro valía menos que la bala que lo mataba por no querer avanzar (“con unos latigazos hubiera bastado”) o que la carga que se despeñaba con él por el vertiginoso desfiladero. Algo empezó a cambiar con otra película inmortal, Lo que el viento se llevó (1939), a pesar de sus supuestos tintes racistas. Aquí los negros sólo eran esclavos y, como tales, vivían agradecidos a sus amos y más felices incluso que algunos blancos menesterosos; tal como sucedía en la época que retrata magistralmente la novela de Margaret Mitchell. Sin embargo, la obra magna de Selznick logró dar un paso de gigante en aras de la no discriminación racial: la oronda actriz Hattie McDaniel (Mammy) obtuvo el primer (y merecidísimo) Oscar otorgado a una actriz de raza negra. Un logro que no se repetiría hasta 1963 (año del mítico discurso de Martin Luther King), en que Sidney Poitier lo ganó por su papel protagonista en Los lirios del valle.


Ni siquiera el mismísimo Walt Disney se libró de ser acusado de racista empedernido con su aparentemente inocente musical Canción del Sur (1946), que los Defensores de los Derechos para la Gente de Color (NAACP) llamaron a boicotear por considerar que contribuía a mantener el tópico del idílico Sur preguerra y del negro feliz en estado de esclavitud. Algo comprensible en aquellos tiempos en que las personas de raza negra carecían de los más elementales derechos civiles en los Estados Unidos: al propio actor protagonista, James Baskett, no le fue permitido asistir a la premier de la película en Atlanta, por ser negro: la ley del Estado le prohibía incluso alojarse en un hotel.


Y es que hasta bien entrados los años 60, la sociedad blanca estadounidense no estaba preparada para convivir con sus compatriotas de otras razas, muchos años después del heroico viaje en autobús de la estudiante Rose Parks, en 1955. Es esta década profusa en películas concienciadoras y, de alguna manera, reparadoras. Hollywood entona un ‘mea culpa’ a la par que lo hace la sociedad americana. Matar un ruiseñor (1962) nos muestra a un hombre blanco nada heroico –a priori- que está dispuesto a jugarse la vida por un hombre negro, acusado injustamente; al igual que en La jauría humana (1966), donde es el sheriff (Marlon Brando) quien casi pierde la vida por tratar de poner fin a la caza de un hombre negro que, simplemente, pasaba por ahí en el momento equivocado. Pero es la llegada del actor Sidney Poitier el hito que empieza a marcar la diferencia real entre el estatus del eterno papel secundario y marginal reservado a los actores de color y los primeros personajes protagonistas en los que, además, el hombre negro puede ser elegante, educado, inteligente e incluso atractivo. Poitier se convirtió en paradigma del cine reivindicativo, con películas decisivas como Fugitivos, En el calor de la noche, Rebelión en las aulas o la inolvidable Adivina quién viene esta noche (que osa plantear incluso el matrimonio interracial).


A partir de ahí, la cosa se animó y en la década de los 70. Actores, directores y productores afroamericanos crearon su propia industria cinematográfica (y musical), realizando películas de negros para negros; un fenómeno social que fue bautizado como Blaxploitation (Cotton Comes to Harlem, Shaft, Black Caesar, Blacula, Foxy Brown…). Esta estela de color fue seguida en los 80 y 90 por una generación de directores encabezada por Spike Lee y John Singleton, primer director negro en la historia en ser nominado para el Oscar (Los chicos del barrio, 1991). Y aunque en los últimos tiempos Hollywood ha producido infinidad de películas contra el racismo (Arde Mississippi, El color púrpura, Amistad, American History X, Invictus, Criadas y Señoras, Django desencadenado…), y los actores de color han ganado en prestigio y dólares, lo cierto es que en 80 años sólo ocho de ellos han sido merecedores del Oscar (los últimos, Lupita Nyong'o, mejor actriz de reparto por 12 años de esclavitud, y Mahershala Ali, mejor actor de reparto por Green Book ); y eso, hoy por hoy, no tiene trazas de cambiar.

Al final, la evolución de las minorías raciales en el cine norteamericano no es sino reflejo directo de la propia evolución de su sociedad y de las leyes que han promovido o evitado la integración. Pero ello no significa que no se realicen buenas películas, incluso grandes películas, con o sin polémica inherente. Luego, que cada cual extraiga sus propias conclusiones. ¿O es que acaso seríamos mejores personas si no hubiéramos visto Paseando a Miss Daisy?

lunes, 9 de marzo de 2020

Lo que el viento se llevó / rosas al aire arrojadas


El 30 de junio de 1936 se publicó una de las novelas más legendarias, más vendidas y más traducidas de la literatura americana. Tres años después, esa novela se convertía en una de las películas más legendarias, más taquilleras y más grandes del cine americano. Para muchos, la más grande de todos los tiempos.




Margaret Mitchell, periodista de carácter y dama del Viejo Sur, tardó diez años en escribir su obra inmortal —que, por cierto, comenzó por el capítulo final y luego fue completando de manera más o menos desordenada—. Y aunque no tenía especial intención de publicarla, y cuando lo hizo no aspiraba a vender más de cuatro o cinco mil ejemplares, sólo unos meses después de ese 30 de junio, en Navidad, ya se habían vendido un millón de copias; un año después ganó el prestigioso Premio Pulitzer de novela; después vinieron otros premios y luego el celuloide y, finalmente, el mito. Con el tiempo, se ha convertido en uno de los best sellers más vendidos de todos los tiempos: 28 millones de ejemplares en más de 300 países y en 27 idiomas.


Las primeras palabras —del medio millón que contiene el libro— nos dan una pista clave de su éxito: «Scarlett O´Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo, como les sucedía a los gemelos Tarleton». Ése tal vez sea el secreto, el embrujo que Escarlata O’Hara ha ejercido a lo largo de siete décadas sobre millones de lectores en todo el mundo, de todas las culturas, de todas las épocas. Y junto a Escarlata, unos personajes más grandes que la vida, un retrato de la Historia Americana —y por extensión, universal— preciso y fascinante; una historia rebosante de Amor, Odio, Honor, Familia, Guerra, Celos, Miseria, Grandeza, Lucha, Valor, Felicidad, Drama, Romanticismo, Orgullo, así, todo en mayúsculas. Porque todo en esta novela está escrito en mayúsculas, y todo lo que se generó a su alrededor también. Sobre todo, claro, la magnífica y mayúscula adaptación cinematográfica.


La película más grande jamás filmada

David O. Selznick, siguiendo su instinto de productor y los consejos de su editora, Kay Brown, había vislumbrado la grandeza que encerraba esa historia de amores y guerras y honor y esclavos y Escarlata y Rhett y Ashley y la Tierra Roja de Tara. Y, al contrario que la protagonista, no lo dejó “para mañana”. Compró los derechos de la novela por 50.000 dólares, una cifra récord para la época, y comenzó a planificar la película más grande jamás filmada. Una tarea que resultó tan monumental y tan fabulosa como la propia película.

Y es que desde su pre-producción, Lo que el viento se llevó se convirtió en un fenómeno social, que trascendió lo puramente cinematográfico —hasta se comercializaron perfumes, cremas y camisas con el nombre de la película—; y no era para menos: más de 15 guionistas trabajaron en la adaptación de la novela  —finalmente Sidney Howard firmó el magnífico texto definitivo—; 5 directores pasaron por el set de rodaje —Reeves Eason, Sam Wood, William Cameron Menzies, George Cukor y Victor Fleming, el único acreditado—; a lo largo de dos años de casting, 1400 desconocidas y 100 estrellas realizaron pruebas para el ambicionado papel de Escarlata que se llevó la inglesa Vivien Leigh —entre otras, Joan Crawford, Paulette Godard, Lana Turner y Katharine Hepburn—; para el espectacular incendio de Atlanta, se utilizaron 7 cámaras —todas las disponibles— y se quemaron los descomunales decorados de King Kong y Rey de Reyes; y para la grandiosa escena de la estación, la mitad de los miles de soldados heridos eran muñecos —no había llegado aún la era digital—. Después de 3 años de preproducción y 125 días de rodaje , la obra magna de Selznick —auténtico artífice de la película— se estrenó el 15 de diciembre de 1939 en la ciudad de Atlanta, con la suntuosidad de una coronación; el alcalde declaró tres días de fiesta oficial. El año siguiente batió un nuevo récord al ganar 8 Oscars, incluyendo película, director, actriz principal y guión.

Y si la novela había sido un éxito sin precedentes en Estados Unidos, el fenómeno que supuso la película fue inconmensurable en todo el planeta. De hecho, es la única película que no ha dejado de proyectarse ni un solo día en alguna parte del mundo desde su estreno. Y es que jamás volverá a hacerse una película tan perfecta como ésta, tan completa: con un guión magistral, fidelísimo a la novela original; una banda sonora maravillosa, unos decorados espectaculares, unos personajes profundos, conmovedores e inolvidables, una fotografía bellísima en novedoso Technicolor, unos actores en estado de gracia —todos: Vivien Leigh, Clark Gable, Leslie Howard, Olivia de Havilland, Thomas Mitchel y, claro, Hattie MacDaniel, la oscarizada y entrañable Mamita—, un dominio de las emociones prodigioso, unas secuencias épicas y unas frases memorables, que han trascendido la novela y la película para formar parte de nuestras propias vidas.
En fin, una forma de hacer y entender el Cine que ya no se estila. Y que nos hace rememorar aquellos tiempos pasados que tal vez fueron mejores y el viento se llevó. Como lamenta Ernest Dawson en su poema Cynara, en donde Margaret Mitchell halló el título de su novela: «Lo que el viento se llevó / rosas al aire arrojadas / que vuelan alborotadas / para que, en su danza, olvides / tus lirios, hoy ya marchitos».

Afortunadamente, siempre nos quedará el DVD.

El embrujo de Escarlata en el Palafox

Una tarde de Navidad de 1980, hace ya más de treinta años, mis padres me llevaron al Cine Palafox ("El mejor cine de Europa"); por aquellas fechas se proyectaban en Madrid no pocas películas estupendas para un quinceañero, naturalmente más para ver y disfrutar con amigos que con los jefes. Así, lo que vieron mis ojos ese día no fue El liguero mágicoAterriza como puedas, ni siquiera Forajidos de leyenda o El imperio contraataca; no, afortunadamente lo que vi aquella tarde adolescente en el Palafox fue una oportuna reposición de Lo que el viento se llevó. En pantalla gigante, con todo su espectacular esplendor, palomitas dulces y el obligado intermedio tras la inmortal secuencia bajo el roble crepuscular y ese escalofriante «A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre...». Aquel día, y para siempre, me enamoré perdidamente del CINE. Casi tanto como Escarlata de la tierra roja de Tara.

miércoles, 19 de abril de 2017

Perlas cinéfilas (parte 1)

Las películas que han marcado mi vida y mi amor por el Cine, en pequeñas dosis.



LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ 


Título original: Gone With the Wind
Dirección: Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood
Año: 1939
Interpretación: Vivien Leigh, Clark Gable, Olivia de Havilland, Leslie Howard, Hattie McDaniel, Thomas Mitchell, Barbara O’Neil
Guión: Sidney Howard, Oliver H. P. Garrett, Ben Hecht, Jo Swerling, John Van Druten


Es, para muchos, la película más grande jamás filmada. Su secreto: una forma de hacer y entender el Cine que ya no se estila. Un sentido del espectáculo épico y fascinante, empezando por su promoción; un guión magistral, digno de la novela original; una música maravillosa, conmovedora e inolvidable; unos personajes ricos, profundos, y unos actores que parecen nacidos sólo para darles vida; un dominio de las emociones prodigioso y unas frases memorables, que han trascendido a la película generación tras generación. Y Escarlata. El Papel (por ella lucharon 100 estrellas y 1400 desconocidas). “Scarlett O’Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo”. Así empieza la novela; así nace la inmortalidad.   



CARTA DE UNA DESCONOCIDA 


Título Original: Letter From An Unknown Woman
Dirección: Max Ophüls
Año: 1948
Interpretación: Joan Fontaine, Louis Jourdan, Mady Christians, Marcel Journet, Art Smith, Carol Yorke
Guión: Howard Koch (Novela de Stefan Zweig)


Elegante y emotiva adaptación de la célebre novela de Stefan Zweig y cumbre del cine romántico, en el sentido más bello y trágico de la palabra. Una historia de amor –de la libertad del amor frente a las convenciones- predestinado al fatalismo, entre una apasionada adolescente que cree estar enamorada (perfecta Joan Fontaine, como niña y como dama) y un exitoso pianista (Louis Jourdan, soberbio) para quien ella es sólo una más; otra desconocida en su lista de conquistas anónimas. Una pasión que viven con intensidad, muere súbitamente y resucita nueve años después –ella casada, él decadente- durante una sola noche… en la que ella sigue siendo una desconocida. Para el ciego donjuán, porque nosotros (como el mayordomo mudo) nos enamoramos de Liza ya en la primera escena.

 



EL FILO DE LA NAVAJA 
Título Original: The Razor’s Edge
Dirección: Edmund Goulding
Año: 1946
Interpretación: Tyrone Power, Gene Tierney, John Payne, Anne Baxter, Clifton Webb, Herbert Marshall, Elsa Lanchester
Guión: Lamar Trotti (Novela de W. Somerset Maugham)

“Creo que quien le haya conocido no podrá sustraerse a su bondad y nobleza. La bondad es, al fin y al cabo, la fuerza más poderosa del mundo”. La frase final de esta película imprescindible no sólo es una certera definición de su protagonista, también debiera ser la máxima aspiración de todo ser humano. Es la conclusión perfecta de este maravilloso cóctel de amores trágicos, misticismo y redención entre bailes de la alta sociedad y sórdidos tugurios, entre la belleza superficial y la hondura espiritual, entre la alegre despreocupación y el tormento de la enfermedad; y la muerte. Una película brillante, con un guión medido, soberbias interpretaciones todas (especial mención a la torturada Anne Baxter y al cínico snob Cliffton Webb) y ese aroma clásico inconfundible.    


LA COSTILLA DE ADÁN 
Título Original: Adam’s Rib
Dirección: George Cukor
Año: 1949
Interpretación: Katharine Hepburn, Spencer Tracy, Judy Holliday, Tom Ewell, David Wayne, Jean Hagen.
Guión: Ruth Gordon, Garson Kanin

Amanda (K. Hepburn) es una brillante abogada especializada en causas femeninas; Adam (S. Tracy) es un brillante fiscal obsesionado con el respeto a la Ley. Ella defiende a una mujer que ha disparado a su marido infiel; él es el encargado de que la presunta pague su asesinato fallido. En casa, ella es pocholina y él pocholín. Pronto, la batalla del tribunal se traslada al hogar de los Bonner y comienza la guerra de verdad, la de sexos. Ella le acusa de machista, entra en escena un galán, hay celos, un azote, amenaza a punta de pistola (de regaliz) y finalmente divorcio. Casi. Porque Adam guarda un arma secreta: los hombres también saben llorar. Al final, tal vez no seamos tan distintos y sólo nos separe una pequeña diferencia, pero ¡viva la diferencia! Ayer, hoy y siempre.


LA PRINCESA PROMETIDA (Rob Reiner, 1987)


Título Original: The Princess Bride
Dirección: Rob Reiner
Año: 1987
Interpretación: Robin Wright, Cary Elwes, Mandy Patinkin, Chris Sarandon, Christopher Guest, Wallace Shawn, André the Giant, Fred Savage, Peter Falk, Peter Cook, Mel Smith, Billy Crystal
Guión: William Goldwing, basado en su propia novela


La Princesa Prometida no es una película de aventuras, ni una película de amor, ni de venganzas, ni de magia, ni de piratas, ni de héroes involuntarios y voluntariosos; no es una película de buenos y malos, ni de amistad a prueba de espadas, venenos, torturas o la misma muerte. La Princesa Prometida es todo eso y mucho más. Porque desde el instante mismo en que la vimos por primera vez, la hicimos nuestra. Es la película que nos enamoró del cine, del humor ingenioso y de Mark Knopfler; es la historia que nos hizo creernos inmortales, tanto como el pirata Roberts; que nos ayudó a enfrentarnos a cualquier acantilado infranqueable, sabiendo que algún gigante Fezzik está siempre a nuestro lado; que nos puso en la mano izquierda –o derecha- una espada invencible para vengar cualquier afrenta al grito de “Hola, me llamo Iñigo Montoya. Tú mataste a mi padre (o me robaste a mi chica), prepárate a morir”. Es la película que nos enseñó el valor de la honestidad, del coraje, de la lealtad. Y que nos enseñó, por encima todo, el infinito valor del amor verdadero. El del abuelo a su nieto, el de Fezzik a sus amigos, el de Montoya a su padre, el de Westley a Buttercup, el de Goldman y Reiner al cine…
El mismo amor verdadero que todos hemos querido susurrar a Robin Wright desde aquel lejano día en que nos enamoramos, perdidamente, de la Princesa Prometida: “Como desees”.


EL HOMBRE QUE PUDO REINAR (John Huston, 1975)

Título Original: The Man Who Would Be King
Dirección: John Houston
Año: 1975
Interpretación: Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer, Saeed Jaffrey, Doghmi Larbi,Shakira Caine, Karroom Ben Bouih
Guión: John Huston & Gladys Hill (Historia: Rudyard Kipling)

Aventura en estado puro. Cine con mayúsculas. La obra magna de Kipling que Huston hizo inmortal. Un canto (de cisne) a una época perdida y orgullosa ("No somos dioses, somos ingleses, que es casi lo mismo"), trufada de romanticismo añejo; y una exaltación a la amistad inquebrantable entre dos hombres, Peachy y Danny, que sobrevive a guerras, conquistas, montañas gigantescas, reyezuelos, leyendas ancestrales, reinados fugaces, tesoros incalculables y toda suerte de peligros (salvo a una mujer, claro). Dos bribones descarados y entrañables que saben aceptar su destino con valor, con humor y sin reproches; y que, de paso, brindan a Caine y Connery los mejores papeles de su vida. Sin duda, una de las joyas de la corona del género colonial. ¡Ostras de la China!