jueves, 23 de junio de 2022

El día que Kipling se quedó a vivir en mi mesilla de noche

 


Si guardas, en tu puesto, la cabeza tranquila
Cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan
y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.
Si esperas, en tu puesto, sin fatiga en la espera;
Sí, engañado, no engañas; si no buscas más odio
que el odio que te tengan.
Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres;
Si, al hablar, no exageras lo que sabes y quieres…


Estos versos -y los que siguen hasta ese épico final: «Todo lo de esta Tierra será de tu dominio;Y mucho más aún: serás Hombre, hijo mío»- han presidido mi mesilla de noche desde que, a los 16 o 17 años, descubrí el eterno poema de Kipling, bellamente enmarcado, en casa de mi abuelo. Me lo apropié inmediatamente. No solo como posesión, también y sobre todo como guía, como tabla de valores a los que anclar mi forma de ser y de comportarme en esta vida incierta. A esa edad en la que uno está formándose como persona, dudando y renegando de todo y de todos, aquellos inspirados versos del autor inglés, escritos ochenta años atrás, fueron para mí una luz en la nebulosa adolescente y los adopté como una ley de vida. Y aún hoy, sobrepasados los cincuenta y cinco, los releo de vez en vez –siguen sobre mi mesilla- y me reafirmo en sus valores.

Porque el poema de Rudyard Kipling, considerado como la regla de oro del comportamiento británico, la gran evocación del estoicismo victoriano –ya sabes, el dominio de uno mismo frente a la adversidad y las dificultades sin perder la compostura-, para mí llega mucho más allá. Para mí, es el decálogo definitivo de los valores universales, el más valioso legado que un padre puede dejar a su hijo. Toda una  ley de vida.

Porque de lo que nos habla If, de manera tan certera y profunda –y tan fácil de entender- es de valores como la firmeza y el autocontrol frente a las situaciones de crisis, de la confianza en uno mismo a pesar de las dudas y los miedos, de la paciencia como virtud, de soñar alto, pero con los pies en el suelo. Habla de la defensa de la Verdad, con mayúscula, de levantarse cada vez que caes, de resistir ante al infortunio sin desfallecer, con bravura, con honor. Habla de la Honradez y de la Humildad, también con mayúscula, de la empatía y el saber estar, con los de arriba y con los de abajo; de mantener la dignidad intacta ante el éxito y ante el fracaso. Habla de la individualidad, de ser tú mismo, de pensar por ti mismo; de que tú eres tú y eso es siempre lo más importante, más allá de lo que digan, piensen o insinúen los demás; sin olvidar nunca que tus actos son tus actos y sus consecuencias son tu responsabilidad. Para lo bueno y para lo malo. Habla, en fin, del ser humano y de ser humano. Más y mejores humanos, todos.

Y  son estos valores los que he tratado de seguir –con mayor o menor éxito- desde entonces. Desde aquel día que cayó en mis manos este poema inmortal enmarcado en oro. Y en una traducción, la del periodista y escritor Jacinto Miquelena (traductor de Kipling y de Longfellow), que es una poética delicia, elegante y bella, digna del original. Un poema que era prácticamente desconocido en la España de aquellos años hasta que Miquelena, buen conocedor del idioma inglés, la tradujo con gran sabiduría y sensibilidad y llegó a convertirse en un referente pedagógico de obligado estudio.

Como curiosidad, uno de sus versos más célebres, «If you can meet with Triumph and Disaster and treat those two impostors just the same», está escrito en la pared de la entrada de jugadores a la pista central de Wimbledon. De hecho, la obra cumbre de Kipling fue leída por Roger Federer y Rafael Nadal para un vídeo promocional de la final masculina de Wimbledon de 2008.

Así que, gracias, abuelo, por esconder este tesoro de manera que lo encontrara yo, y solo yo, a la edad en que más lo necesitaba.

If (Rudyard Kipling, 1895)

Si guardas, en tu puesto, la cabeza tranquila
Cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
Si tienes en ti mismo una fe que te niegan
y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.
Si esperas, en tu puesto, sin fatiga en la espera;
Sí, engañado, no engañas; si no buscas más odio
que el odio que te tengan.
Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres;
Si, al hablar, no exageras lo que sabes y quieres.

Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo;
si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
Si tropiezas al Triunfo, si llega tu Derrota,
y a los dos impostores les tratas de igual forma.
Si logras que se sepa la verdad que has hablado
a pesar del sofisma del Orbe encanallado.
Si vuelves al comienzo de la obra perdida
aunque esta obra sea la de toda tu vida.

Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría,
tus ganancias de siempre a la suerte de un día;
y pierdes y te lanzas de nuevo a la pelea
sin decir nada a nadie de lo que es y lo que era.
Si logras que tus nervios y el corazón te asistan,
aun después de su fuga de tu cuerpo en fatiga;
y se agarren contigo cuando no quede nada
Porque tú lo deseas y mandas.

Si hablas con el pueblo y guardas tu virtud.
Si marchas junto a Reyes con tu paso y tu luz.
Si nadie, que te hiera, llega a hacerte la herida.
Si todos te reclaman y ni uno té precisa.
Si llenas el minuto inolvidable y cierto,
de sesenta segundos que te lleven al cielo…
Todo lo de esta Tierra será de tu dominio;
Y mucho más aún: serás Hombre, hijo mío.

 

 


jueves, 2 de junio de 2022

Por qué los Stones siguen siendo los más grandes "Sixty" años después

 


Lo que ayer vivimos en el Wanda Metropolitano no fue un milagro, como señalan algunos, ni un canto del cisne moribundo, como desearían los más agoreros. Ni siquiera fue una sorpresa, al menos para la mayoría. Fue la constatación –otra más- de algo que ya sabíamos: que los Rolling  Stones son la banda de rock más grande de todos los tiempos. No solo por su longevidad, que también, sino porque sesenta años después de su nacimiento siguen tan frescos, tan potentes, tan intensos, tan divertidos como hace seis décadas, como hace tres o como hace una. Anoche lo pudimos vivir y sentir en el Wanda más de 50.000 afortunadas almas totalmente entregadas a la causa.

Vimos y sentimos la fuerza incendiaria de unos septuagenarios (Mick, 79; Keith, 78; Ronnie, 75 cumplidos ayer mismo; Charlie habría celebrado 81 en agosto) que siguen tocando, vibrando y brincando como unos treintañeros. Sonando de manera pletórica, inmensa, como solo ellos saben y pueden hacerlo. Puro rock ‘n roll, puro rythm & blues, pura magia. Los que allí estuvimos anoche lo vivimos en directo. Y sabemos perfectamente lo que vivimos. Que nadie trate de explicarnos qué, cómo o por qué. No hay explicación. Salvo que son los más grandes en lo suyo. Como Nadal. Como el Madrid. It’s only rock ando roll, but I like it.

Ayer, 1 de junio de 2022, The Rolling Stones nos regalaron un concierto de más de dos horas repletas de minutos gloriosos. Aparte del momentazo “happy birthday” dedicado a Ronnie Wood, los 12 minutos de Midnight Rambler, el careo Jagger-corista de Gimme Shelter, o el final apoteósico encadenando Start Me Up, Paint It Black, Sympathy For The Devil, Jumpin’ Jack Flash y Satisfaction, yo me quedo con ese Out Of Time, un tema mítico de 1966 que tocaron ayer, en Madrid, por primera vez en concierto. El mensaje queda claro: después de 60 años en la carretera, no estamos fuera de tiempo ni fuera de ritmo ni fuera de onda. Somos los Stones. Y seguimos siendo los putos amos.

 


Y ya que estamos, porque me cuesta parar aquí (estoy escuchando Sticky Fingers mientras escribo), voy a atreverme a resumir en diez puntos las claves de esta afirmación tan contundente.

1. Por empezar por lo más vistoso. Mick Jagger sigue siendo tan sexy, irreverente, provocador, carismático y energético como siempre. Un influencer en toda regla. Por eso le seguimos amando con pasión.

2. La banda ha sabido gestionar los egos con inteligencia y equilibrio desde sus inicios. Algo nada fácil en este mundo del show business (que pregunten a los Beatles y a tantos otros).

3. Los líderes de esta empresa llamada The Rolling Stones han sabido también arroparse siempre por un equipo solvente, perfecto, extraordinario. Captación y retención de talento realizado con sabiduría y acierto. Ayer, especial mención a Darryl Jones (bajo), Chuck Leavell (piano) y Steve Jordan (batería, 65 años) que, simplemente, se salieron.

4. La banda ha sabido mantener intacto el poder de su marca durante 60 años. The Rolling Stones TM conserva toda su fuerza, su reputación y su autoridad frente a todas las marcas de la competencia. Y seguirá incluso cuando ellos ya no estén sobre el escenario.

5. Es una marca -y un producto- que trasciende las generaciones. Una historia que empieza en abril de 1962 y que hoy, junio de 2022, sigue movilizando a millones de personas y llenando estadios por todo el mundo. Se han mantenido actuales conservando sus raíces, sacando material nuevo regularmente y llegando con fuerza a nuevos públicos. Mucho trabajo detrás.



6. Siguen dando espectáculo, que es lo que su público demanda. Entregándose en los directos con eléctrica intensidad y sin limitarse a vivir del legado. Inconformistas, perfeccionistas, generosos (el concierto de anoche duró cerca de 2 horas y media) y honestos como pocos, de ayer o de hoy.

7. Tienen una complicidad con su público muy especial, muy verdadera y palpable. Conexión total. Saben cómo hacerlo y los fans responden con entusiasmo y gratitud. Mick habla con el público, introduce cada canción, les hace partícipes; Keith agradece emocionado el cariño demostrado en sus dos temas en solitario; Ronnie está feliz como un niño con el Happy Birthday coreado por 50.000 gargantas más o menos afinadas…

8. Orgullo de pertenencia: jamás he visto en un concierto tal cantidad de camisetas de los protagonistas. Camisetas viejas, ajadas, descoloridas, de otras giras, de otras décadas, recién compradas… Todos querían reivindicar con orgullo su fervor por los Stones.

9. Mantener viva la pasión durante 60 años está al alcance de muy pocos, en cualquier profesión. Pero ellos siguen disfrutando de su trabajo, de su compromiso con la marca y con el público, con el mismo entusiasmo, con la misma profesionalidad, con la misma pasión que hace seis décadas. Ayer lo volvieron a demostrar con una clase magistral de lo que es amar lo que haces.

10. Esta te la dejo a ti: ¿cuál crees que es el secreto de los Rolling Stones para mantener viva la llama después de 60 años? Y a una edad en la que la mayoría llevaríamos jubilados 10 o 15 años. Cuéntamelo en los comentarios. Gracias J

 


PD. El concierto en el Wanda fue perfecto. Solo un pequeño pero: eché mucho de menos algunos de mis clásicos, como Dead Flowers, Angie, Ruby Tuesday o Sweet Virginia. Pero, claro, you can’t always get what you want




lunes, 16 de mayo de 2022

Fernando Vega de Seoane: una buena dosis de vitamina positiva

 



Hace unos días tuve la suerte de asistir a una charla de Fernando Vega de Seoane, organizada por la Fundación Lo Que de Verdad Importa. Para quien no lo conozca –pocos, a estas alturas- Fernando es ese tipo que se quedó parapléjico tras estamparse contra un árbol (“que me recibió con los brazos abiertos”) esquiando en Baqueira. Un accidente desafortunado en una bajada normal, tranquila, y en una pista sin aparente riesgo. Pura mala suerte. Una putada que él ha transformado en un vivo ejemplo de superación, inspiración y energía positiva. Ése es Fernando, Fer.

La vida de Fer antes de romperse la espalda era de lo más normal. Familia numerosa y feliz, buenos amigos, trabajo motivador, empresa propia, aficiones apasionantes. Lo mismo que ahora. Es lo que él nos cuenta con total naturalidad (y sin tratar de vendernos la moto). Porque lo extraordinario de Fer no es que su vida sea maravillosa desde una silla de ruedas, sino que sigue siéndolo a pesar de la silla de ruedas. Y es que lo esencial, lo importante, no ha cambiado. Ni por fuera ni, sobre todo, por dentro.

Esta es la primera gran lección que nos deja en su charla (muy directa, muy distendida y muy elocuente). Hubo, confiesa, un momento corto, muy corto, de tristeza tras el accidente. Notó perfectamente el alcance de la lesión, y la consecuencia inevitable. Pero al minuto decidió encarar la situación con actitud positiva. Físicamente era mucho más lo que le quedaba intacto (manos, brazos, ojos, boca, cabeza…) que lo que había perdido (piernas). Anímicamente, en realidad no había perdido nada (familia, amigos, trabajo, motivación, fe, humor, optimismo, todo seguía ahí). Puede que incluso haya ganado en unos cuantos de esos aspectos.


El proceso de recuperación fue largo y duro. Más largo –e innecesario- de lo que él habría deseado, sobre todo en el hospital de parapléjicos de Toledo (“si estoy bien por qué tengo que cumplir el protocolo completo en lugar de irme a mi casa”). Y menos duro de lo que imaginó en un principio (“desde el frío de la nieve, ahí tirado, hasta llegar a casa, en cada paso iba a mejor: helicóptero – UCI – planta – Toledo – especialistas – silla de ruedas - Madrid....”). Gracias también, en parte, a la magia sedante del Propofol y después a su sistema para automatizar el dolor neuropático, que es inevitable e incurable, pero perfectamente neutralizable.



En Toledo Fer fue un paciente impaciente, inconformista y racional. Tremendamente pragmático. Su única obsesión era acelerar el proceso, saltarse lo inútil. Porque él, orgánicamente y psicológicamente estaba bien. No había trauma, ni depresión, ni negación, ni falsa euforia. Puede chocar, puede parecer pretencioso, puede no ser lo habitual… pero esa es la verdad, lo que él sentía y necesitaba. De modo que su única urgencia era conseguir el alta cuanto antes. “Rapidito”. Lo consiguió a las dos semanas (el protocolo dicta tres meses).

 La llegada a casa, después de dos semanas en el hospital de Toledo y noventa y cuatro días en total tras el accidente, no fue fácil. Ahí es donde se dio cuenta de lo complicado que es no tener piernas útiles. Pero complicado no significa imposible. Con la ayuda casi sobrehumana de su mujer, Fer tardó dos horas, muy complicadas, en llegar a la bañera (escaleras, desvestirse, cuarto de baño lleno de trampas, caída suicida a la bañera…), pero a pesar de todo consiguió finalmente darse ese baño largamente esperado y merecido. Lo disfrutó como nunca habría imaginado. La clave de la hazaña, nos dice, fue “no ver barreras aunque las haya. Porque las hay”.

La otra clave, además de su inconformismo, su carácter positivo, su sentido del humor y su pragmatismo endémico, era estar bien. “Eso es lo que de verdad importa. Estar bien yo para que a mi alrededor las cosas estén mejor”. Su mujer, Bea (otro fenómeno que merece su propia charla inspiradora), sus cinco hijos, sus familiares y amigos, su trabajo. “Si yo estoy enfadado o deprimido sería todo muy difícil, no solo para mí, sobre todo para las personas que están a mi alrededor”. Así que no había ni hay opción. Por supuesto que hay momentos de cabreo o de frustración (¿quién no los tiene, con o sin piernas?). Pero ganan la sonrisa, la gratitud y el buen rollo por goleada. Una victoria compartida: Fer tiene sus pilares fundamentales (“mis agarraderas”), que son su familia, sus amigos y su trabajo. “Si todo eso va bien, lo demás va bien. Y yo estoy bien”. En realidad, lo que nos dice Fer es que el accidente ha cambiado un aspecto de su vida (andar), pero no ha cambiado su vida. Y la labor impagable de Bea, “gestionando la situación con esa serenidad y esa paz, a mí me ha dado mucha tranquilidad”.

Al final, si algo tiene solución, se busca la solución; y si no la tiene, pues se inhibe. Estamos demasiado preocupados por situaciones o problemas que no van a ocurrir nunca. Hay que vivir el presente, disfrutar lo que se tiene, ser feliz con poco. Si estás cubierto emocionalmente, lo demás pasa a un segundo plano. Eso es algo que ha de gestionarse con actitud positiva. No hay otra. Y vale para todos: “cada uno tiene su silla de ruedas”, nos recuerda Fer.

 


“Yo me siento un privilegiado. He nacido en Madrid, una de las ciudades top del mundo; he vivido en una familia que me ha procurado la mejor educación. ¿Mérito mío? No. Tengo mi propia empresa, una mujer maravillosa, cinco hijos de los que me siento orgulloso, amigos de los de verdad… En realidad no tengo ni una sola razón para decir por qué me ha pasado esto a mí”. Hay todavía quien piensa que Fer, tarde o temprano, va a caer; que se va a dar de bruces con la cruel realidad. El viejo pecado de juzgar sin conocer. Porque pensar eso, además de injusto y estúpido, es puro desconocimiento. No es cuestión de heroísmo (él reniega rotundamente de esa consideración), sino de sentido común, de aceptación y aprovechamiento. De profundo respeto hacia su vida y a la de quienes le rodean. De honesta y sincera gratitud por lo que tiene, que es mucho, muchísimo más que lo que le falta.

Aquellos que quieren cantar siempre encuentran una canción, dice un proverbio sueco. Está claro que perder la movilidad en las piernas no impide a Fernando Vega de Seoane seguir cantando alto y afinado. Una canción con una potente melodía y una letra inspiradora que está llegando a todos los rincones con su “vitamina positiva”. Una canción pegadiza y contagiosa que está haciendo vibrar los corazones de muchísima gente. Animando, empujando, aliviando, impulsando o, simplemente, alegrando las vidas de mucha, mucha gente. Y eso, querido Fernando, sí es mérito tuyo. Sigue cantando, por favor. A ver si nosotros encontramos también nuestra canción.




martes, 14 de diciembre de 2021

El Rock que sonó en Belén


Hace unos años, por estas fechas, me asomé a la pantalla de mi vieja y catódica Phillips, perezosamente, dejando pasar los canales uno tras otro para ver qué había, o qué no había, en estado de desilusión preventiva, cuando de pronto, y ante el asombro agradecido de mis ojos y mis oídos, me reconcilié durante una hora con la televisión. Porque lo que vi fue una impresionante exhibición de patinaje sobre hielo de los más grandes ex campeones mundiales; y lo que escuché fueron maravillosas canciones de Navidad interpretadas en directo por dos grandes del rock, Reo Speedwagon y Rick Springfield (Hollyday Cellebration on Ice se llamó el invento). Y ver las piruetas imposibles de Brian Boitano, Calyssa Davidson o Shae-Lynn Bourne mientras Rick, Kevin y la banda se dejaban el alma cantando Silent Night, Christmas With You o Little Drummer Boy, la verdad, uno se sintió afortunado… y apenado también, porque echaba de menos en su país esta forma de entender el espectáculo, la música (el rock) y la Navidad. Sobre todo, la Navidad.

Hoy, viendo de nuevo esta maravilla (la grabé en mi viejo VHF, y aún la veo cada año), me quedo con ganas de más. De más música y de más Navidad. Y pienso que estaría bien poner la televisión y encontrarme con el Especial Navidad de Johnny Cash& Friends, por ejemplo, al que acudían lo más de lo más de la canción popular americana; pero la cruda realidad me obliga a apagar la tele. Y aprovecho entonces para regodearme con el penúltimo disco del maestro Dylan, Christmas In The Heart (2010) divertido, emotivo y sincero repaso de algunos clásicos navideños que, como el sabio Bob dice, “es una música universal y todo el mundo puede relacionarse con ella a su propia manera”. Y entonces me pregunto por qué allí sí y aquí no; por qué en España el villancico queda para los coros parroquiales, las reuniones familiares, los programas infantiles y Raphael, y en Estados Unidos e Inglaterra es una tradición que llena de orgullo a los más grandes entre los grandes. ¿Tan ingratos somos?

Y uno no se resigna. Y entonces, tras compartir su corazón con Dylan, da paso al viejo B.B. King, cantando y punteando generosamente un Merry Christmas, Baby; y después llega el Rey, Elvis, melancólico por no poder celebrar la Navidad con su alguien muy especial… blue Christmas without you...”; y luego Lynyrd Skynyrd, cantando en familia su Navidad de rock sureño tirando a country o a blues, según les dé. Y siguen los Kinks y su Father Christmas, que es tan Kinks como Sunny Afternoon; y Smokie, que tienen todo un LP dedicado a estas fechas (como el gran Neil Diamond, que acaba de sacar disco navideño, y tantos otros), y que cantan, con toda la razón, que “la Navidad no es sólo para los niños”; y LouisArmstrong, y Stevie Wonder y Dolly Parton y Freddie Mercury y BruceSpringsteen y Chuck Berry y Elton John y Bonnie Raitt y ArethaFranklin y Bob Seger y Shakin' StevensColdplay y The Pogues y Jethro Tull y Emereson Lake & Palmer, y los Beach Boys y hasta AC-DC y su cañero Mistress for Christmas, que te deja el cuerpo como si te hubiera pasado el trineo de Papá Noel por encima. Y hasta el mismísimo Bowie, porque los extraterrestres también celebran la Navidad: ¿quién no ha escuchado ese maravilloso dúo del Duque Blanco con Bing Crosby, deseando Paz en la Tierra ante el piano que preside un majestuoso salón, lleno de espíritu navideño, de magia y de complicidad? 


Y de Bing a Frank, dos estrellas que también cantaron juntas bajo la Estrella de la Navidad. Pero lo que ahora llega a mis oídos —y a mi corazón— es esa Voz, la de Frank Sinatra, acompañado por su “pandilla de ratas”, en un disco inolvidable repleto de joyas inmortales (Christmas With The Rat Pack), interpretadas por el propio Frank y sus colegas Dean Martin y Sammy Davis Jr., esos entrañables gamberros que cantaban como los ángeles y que nos desean, como no podía ser de otra manera, que la Navidad suene en todo el mundo.

Y mientras escucho, pienso que todos ellos, auténticas leyendas de la música, los más grandes artistas del rock, el blues, el soul o el country, los crooners eternos, están regalando todo su inmenso talento, su cariño más sincero al Niño pobre que nació en Belén. Independientemente de creencias o ideas políticas. Con respeto, devoción y un gran sentido de la tradición. Y me pregunto, con sana envidia, ¿por qué aquí no?


Y en ese preciso instante resuena la voz poderosa, profunda y honesta de Johnny Cash, que nos recuerda el verdadero significado de la Navidad, mientras le canta al Niño Dios: “Baby Jesus, I’m a poor boy too / I have no gift to bring / That’s fit to give the King / Shall I play for you on my drum?”. Y pienso, ¡qué mejor regalo se puede pedir!



jueves, 25 de noviembre de 2021

Enrique Urquijo. Crónica emocional del concierto homenaje. Wizink 17.11.2019




«Cuando miras atrás / Y ves la vida que has dejado / Cuando te paras a pensarlo, ¿no te preguntas / qué te hace estar a mi lado?» (You Love The Thunder, 1977). Empezar esta crónica emocional con unos versos de Jackson Browne (traducción de Alberto Manzano) no es capricho. Primero, porque citar o escuchar a Jackson Browne nunca es caprichoso; segundo, porque es probablemente ese amor incondicional por el californiano lo que más me acercó a Enrique Urquijo y familia desde mi tierna adolescencia. Especialmente cuando se unió a la banda el gran Ramón Arroyo y la enriqueció con ese sonido country y tex mex que tanto amábamos (ellos y yo). Tan Browne, tan Eagles, tan Gram Parsons, tan Warren Zevon (ahí queda esa Carmelita, agarrada/abrazada con fuerza a la María de Enrique para la eternidad). Y tercero porque, mirando atrás y viendo la vida que ha dejado Enrique, con sus Secretos y con sus Problemas, con su sensibilidad y su talento, con su poesía y su fragilidad, con su gigantesco legado, no tengo que preguntarme qué me hace seguir estando a su lado cuarenta años después de bailar su música por primera vez, veintidós años después de verlo sobre un escenario por última vez -aún lo veo- en el viejo Palacio de Congresos de Madrid, en marzo del 97.

 


La banda más grande

Es una pregunta que tampoco nos hicimos ninguna de las ocho mil almas agradecidas que abarrotamos el domingo el Palacio de Deportes (aún se me resiste lo de Wizink). Simplemente había que estar ahí, a su lado. Por pura gratitud. Por amor a su música. Por respeto –y gratitud también, y mucho cariño y admiración- a su hermano Álvaro, a Ramón Arroyo, a Jesús Redondo, a Juanjo Ramos, a Santi Fernández. Los guardianes de la llama, los defensores del legado. Grandes, muy grandes. Si alguien me preguntara cuál es la mejor banda de todos los tiempos, la más influyente, la más importante, fuera de España quizá tendría dudas (Pink Floyd, Eagles, Beatles, la Credence, Stones, The Who, Led Zeppelin), pero no aquí. Aquí no hay otra banda más influyente, más longeva, más carismática, más constante, más querida por su público y más admirada por sus colegas. Sólo hay que fijarse en la altura de las decenas de artistas –de todos los palos- que han interpretado, con enorme devoción, las canciones de Enrique, Álvaro y compañía. Echa un vistazo, por ejemplo, al primer disco homenaje a Enrique, A tu lado (2000), o al irrepetible concierto en Las Ventas, Gracias por elegirme, ocho años después. ¡Menuda lista de invitados!

 

Y el Wizink se hizo Galileo Galilei

Todo eso estuvo presente el domingo en el Palacio, vestido de Galileo Galilei. Las canciones, los recuerdos, las emociones, la nostalgia, los amigos, la familia, Enrique. Sobre todo Enrique. Ahí estuvo, al lado de su amigo Rafa Higueras, que lleva veinte años echándole de menos –hoy exactamente igual que ayer- y rindiéndole homenaje puntualmente cada noviembre, como el ramito de violetas de Cecilia. Él abrió esta noche «triste y alegre, emocionante y emotiva» con un tema de la etapa de Los Problemas, Desde que no nos vemos («Desde que no nos vemos no sé ni donde vivo, salí de aquella casa llorando como un niño») marcando el tono melancólico de la noche; y nos presentó también las dos otras buenas causas por las que estábamos todos ahí, Cris contra el cáncer y Cirugía en Turkana.

 


¡Viva Enrique siempre!

Estuvo Enrique al lado de Rebeca Jiménez –«¡Viva Enrique siempre!»- cantando, reivindicando, Adiós tristeza («porque hoy empieza el resto de tu vida, adiós tristeza, adiós soledad»). Y al lado de Jorge Marazu, sublime en Y no amanece, que reconoció que se dedica a esto porque escuchó a Enrique cuando tenía 15 años. Y con Vicky Castelo –¡qué voz, qué talento!- que cantó sobre ese escenario con Antonio Vega años atrás y ahora repetía al lado de Enrique… nunca es Demasiado tarde. Enrique estuvo también al lado de su amigo Juanma “Elegante”, como siempre lo estuvo, y juntos cantaron a dúo esa gran verdad que es Siempre hay un precio, porque siempre lo hay y lo tienes que pagar, «todo de golpe o día a día lo harás». Rafa Higueras, que también ha estado siempre al lado de Enrique, antes de dedicarle Quiero beber hasta perder el control recordó que hace veinte años, «Enrique nos acababa de dejar», apenas había sesenta personas en un bar de Malasaña en aquel primer concierto homenaje. Este domingo sobrepasaban las ocho mil.

 


He muerto y he resucitado

La noche entró en su segunda parte, y ahí seguía Enrique, ahora con mayor presencia aún al lado de sus almas gemelas e incondicionales. Álvaro, Ramón, Jesús, Juanjo, Santi, con el último fichaje –gran fichaje- Txetxu Altube, acompañados por una orquesta sinfónica, se marcaron tres de los himnos eternos de Enrique: Aunque tú no lo sepas, Cambio de planes y, claro, A tu lado. Y ahí estaba Enrique, muerto y resucitado, saboreando el fruto del árbol plantado con sus cenizas –y regado día a día durante veinte años por su hermano Álvaro-, soñando en otra vida, en otro mundo, pero a nuestro lado. Fue un momento mágico, intenso y maravilloso, de lágrimas contenidas e incontenibles, que nos puso a todos en pie y nos recordó lo grande que fue ese poeta de la tristeza que tanto nos ha hecho sentir.

 


Un homenaje a la altura

Y llegaron los grandes. Los colegas que con su homenaje miden la talla de un artista cuando se va. Y allí estuvieron recordándole Mikel Erentxun («No me imagino como podré estar sin ti») y Rozalén (que aprendió a tocar la guitarra agarrándose fuerte a María) y la leyenda viva, Miguel Ríos, en plena forma (que volvió a ponernos los pelos de punta con una de las mejores frases que se han escrito jamás en el rock patrio: «Pero como explicar / que me vuelvo vulgar / al bajarme de cada escenario»). Y Coque Malla (Otra tarde), ilusionado porque se estrenaba con Los Secretos, y Manolo García (Por la calle del olvido) y Amaral (Buena chica) y el incombustible Alejo Stivel (Sobre un vidrio mojado) y, finalmente, otro amigo de los de toda la vida, David Summers (Ojos de perdida), quien también está viviendo una segunda vida. Y ahí estuvo Enrique, con todos ellos sobre el escenario. Con todos nosotros en nuestros corazones. Y en nuestra memoria intacta.

La noche llegaba a su fin. Y estuvo a punto de acabar con una gran mentira, cuando todos, público, anfitriones, invitados, y hasta el hermano pródigo, Javier, coreamos como una sola voz Déjame. Y digo mentira, porque jamás dejaremos a Enrique ni dejaremos que nos deje, porque a su lado sí volveremos, sí volveremos. Así que, Los Secretos también volvieron al escenario para terminar con algo más propio del momento. No pudieron elegir mejor.

 

«Te he echado de menos hoy,

exactamente igual que ayer,

confío en que siempre estaré,

contigo aunque no estés».




viernes, 12 de noviembre de 2021

Todos fuimos Peter Parker



Tiene una fuerza poderosísima, una agilidad extraordinaria y un instinto arácnido que le avisa de cualquier amenaza con matemática precisión. Se ha enfrentado a los peores supervillanos, ha limpiado las calles de Nueva York y luchado en extraños planetas junto a otros superheroicos colegas. Fuerte, inteligente, poderoso, valiente… Pero, por encima de todo, es el más humano de los superhéroes. Y eso es lo que le ha hecho verdaderamente único. El favorito de millones de fans desde hace 60 años.



Hubo un tiempo, allá por los albores de la II Guerra Mundial, en que el mundo estaba necesitado de superhéroes. Los héroes de carne, sangre y hueso ya no eran suficientes para enfrentarse al nivel descomunal de maldad que el mundo estaba engendrando. Nazismo, comunismo, genocidio, bomba atómica y demás grandezas humanas necesitaban una contrapartida limpia capaz de enfrentarse a ellas con una cierta esperanza de victoria. Así, los primeros superhéroes nacieron tan superpoderosos como inmaculados, sin un atisbo de mancha en sus currículums, sin una mínima flaqueza en sus valores, sin una arruga en sus resplandecientes uniformes.
            Hasta que llegó Stanley Marvin Lieber, alias Stan Lee. En 1961 la Marvel no atravesaba un buen momento –su particular kriptonita era DC Comics, la editora de Superman y Batman- y encargó a su mejor hombre renovar el elenco de superhéroes en decadencia que mantenían a duras penas la casa en pie. Stan Lee, en perfecta complicidad con el genio ilustrado de Jack Kirby, creó en solo tres años el olimpo del cómic moderno, habitado por dioses como The X-Men, Hulk (aquí la Masa), Thor, Los Vengadores, Iron Man (aquí el Hombre de Hierro) y Spiderman. La genial novedad de estos nuevos superhéroes no eran, sin embargo, sus superpoderes. Más bien todo lo contrario: eran, precisamente, sus flaquezas. Gracias al talento de Lee y Kirby, los superhéroes se volvieron humanos, esto es, débiles, imperfectos, con más de un punto oscuro en su pasado y en su presente, y unos valores no siempre definidos. Con dudas. Con miedos. “No hay nadie que no pase una mala época –lo explicó Lee-. Cuando estábamos escribiendo todos esos comics, Kennedy parecía tener una vida perfecta... hasta que alguien le voló la cabeza. Todos tenemos problemas y todos tenemos sufrimientos secretos”.


De todos ellos, el más humano –en el sentido más amplio- fue, sin duda, Spiderman. Y, por tanto, con el que más fielmente se podía identificar un quinceañero inquieto, inseguro y semi perdido en los difusos caminos de la adolescencia. Porque, en el fondo, todos éramos Peter Parker. Un tipo normal tirando a tímido, que sufre lo indecible en su primera cita, con escasos amigos incondicionales y abundantes enemigos declarados, con sus obsesiones y sus miedos, con el cariño sin fisuras de su tía May, con sus trabajos basura y su particular tirano, con sus grandes luchas interiores y sus pequeñas pero importantes victorias; ¡hasta con sus exámenes! Y siempre con el descomunal peso de su responsabilidad irrenunciable (“Recuerda, Peter: todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”). Un héroe, vamos. El héroe mundano al que todos aspirábamos legítimamente. Y es que, si ya éramos Peter Parker ¿por qué no podíamos ser también Spiderman?


Superhéroe de carne, hueso y alma

Porque Spiderman, además de ser Peter Parker (o sea, nosotros), como superhéroe era también el más cercano. Nada que ver con el perfecto Supermán, ni con el oscuro y millonario Batman, ni con el endiosado Thor o el bipolar Hulk, ni con el seco Namor (el hombre submarino), ni con el impertinente y archimillonario Iron Man, ni con el engreído Antorcha, ni con los demás superhéroes al uso; fantásticos, sí, pero también antipáticos, lejanos, maduros, serios. Spiderman era como era, único y genial con sus bravatas, sus provocaciones y su imponderable ironía; capaz de soltar un chiste mientras esquiva los mortíferos tentáculos del Doctor Octopus o de pensar en su cena con Mary Jane al tiempo que se enfrenta a su más fiel archienemigo, el Duende Verde. Spiderman era, ante todo, simpático; te caía bien. Punto. También tenía sus dramas, claro (tal vez lo mejor de los extraordinarios guiones de Stan Lee, su dimensión más atormentada y emotiva); especialmente su punto débil, tía May; o la traición inesperada de su fiel amigo Osborn; o sus vaivenes amorosos. Y el permanente peso de su condición de superhéroe, insoportable a veces, hasta el punto de querer abandonarlo todo: “Cuando me convertí en Spiderman sólo era un adolescente irreflexivo. Pero han pasado los años y el mundo ha cambiado… ¡Y tarde o temprano, todo muchacho debe abandonar sus juguetes y convertirse en hombre!” reflexiona cabizbajo Peter mientras se aleja bajo la lluvia; en primer plano, el uniforme de su alter ego abandonado, tirado en un cubo de basura (número 50 de El asombroso Spiderman).

Spiderman nació –casi para morir, debido a las reticencias del director editorial, Martin Goodman, que pensaba que las arañas no eran del gusto del público- en el último número (agosto de 1962) del comic book de Marvel Amazing Fantasy, con guion de Stan Lee y dibujos de Steve Ditko (“A Stan se le ocurrió el nombre. Yo diseñé el traje, el artilugio de las redes y la spider señal”). Por primera vez el héroe es un perdedor, Peter Parker, un adolescente enclenque y empollón, apocado y con un aire de cotidianeidad inédito en el mundo superhéroe; en una clase de ciencias es picado por una araña radiactiva que le proporciona poderes extraordinarios (fuerza, agilidad, intuición) y también una carga extraordinaria. Al tiempo que va descubriendo sus nuevas habilidades (“¿Qué me sucede? Me siento… diferente. ¡Parece como si todo mi cuerpo se cargara con algún tipo de energía fantástica!”) va tomando también conciencia de su responsabilidad. Y el público americano va convirtiendo, número a número, al peculiar trepamuros en su héroe favorito.


Las ventas de aquel marginal número 15 de Amazing Fantasy fueron tan espectaculares que Goodman se olvidó de su aracnofobia y ordenó la creación de una colección propia para el enmascarado: The Amazing Spider-Man (“El asombroso Hombre-Araña”), que lanzó su primera red en marzo de 1963 a las órdenes de la pareja creativa Lee/Ditko. Ambos mantuvieron a Spiderman en lo más alto del ranking durante 38 números, pero en julio de 1966 la pareja rompió por desavenencias creativas (concretamente revelar o no la identidad secreta del Duende Verde) y el mítico dibujante John Romita tomó el relevo de Ditko, con nuevas ideas que dotaron al personaje de su personalidad definitiva, única e inimitable. Romita creó un Spiderman más romántico y musculoso, y también más irónico y dramático; más profundo; más humano. Las aventuras tomaron un tono más épico y realista, y los personajes femeninos adquirieron a su vez mayor protagonismo, en especial la frágil Gwen (el gran amor de Peter) y la divertida vecina Mary Jane (“¿Sabes, tigre? Te acaba de tocar la lotería”). Después de innumerables citas, dudas, peleas, reconciliaciones y rescates de las garras del villano de turno, y tras la trágica muerte de Gwen a manos del Duende Verde, finalmente sería la explosiva pelirroja Mary Jane la que, años después, atraparía a Spiderman en su red, convirtiéndolo en un hombre casado.

El número 500

Peter Parker fue creciendo como personaje; acabó sus estudios y se convirtió en el científico que siempre había querido ser. Pero nunca pudo abandonar a Spiderman. Sí lo hicieron Romita y Lee, tras cinco años de fructífera relación, en la que siempre se ha considerado, por expertos y fans, la más esplendorosa etapa del superhéroe arácnido. Otras manos y talentos se encargaron de dar forma a nuevas aventuras del lanzarredes, solo y en compañía de otros héroes de la casa (Marvel Team-Up). Años después se creó una serie más centrada en la vida privada de Peter (Peter Parker, The Spectacular Spiderman) que se desarrolló en paralelo a las aventuras de Amazing.
Más o menos en forma, el hombre araña superó una década tras otra balanceándose por los rascacielos neoyorkinos, persiguiendo y siendo perseguido, hasta superar los 500 números (mítica cifra alcanzada en diciembre de 2003), un más que meritorio récord en un mundo de escasas fidelidades prolongadas y juventudes hambrientas de novedades. Sobre todo teniendo en cuenta las numerosas reconversiones editoriales a las que se ha visto sometido el personaje, algunas de la cuales han estado a punto de acabar definitivamente con él. Algo que no han conseguido en 50 años ni el Duende Verde, el Lagarto, el Buitre, el doctor Octopus, el Hombre-Arena, Kraven y J. J. Jameson todos juntos.


Con un buen puñado de películas estrenadas en los últimos años (la última, por ahora, Spiderman, lejos de casa), además de su reciente unión a la exitosa saga de Los Vengadores, un filón que parece no tener fin, está claro que el héroe favorito de nuestra adolescencia –y un poco más allá- está vigente y en plena forma; que no andábamos muy desencaminados cuando lo hicimos nuestro, primero en papel y ahora en pantalla grande (con la escusa de llevar a nuestros hijos); y que debimos haber tenido más cuidado a la hora de guardar los comics originales, que desaparecieron de nuestro cajón secreto en alguna oscura y traicionera ‘operación limpieza’ materna. Lástima que nuestro sentido arácnido no funcionara bien aquel día.