viernes, 6 de marzo de 2020

8-M Mujeres y trabajo, feminismo y respeto



Sin ánimo de entrar al trapo -o a la trapa- de los movimientos fanático-feministas de turno, ni mucho menos de la última ocurrencia ministerial (nunca será la última, siempre habrá una ocurrencia nueva) sí quiero romper una lanza por todas las mujeres a las que admiro, que son muchas y de muchas clases, tipos, maneras de vivir y opiniones. Precisamente, lo que siempre he defendido es la individualidad y la diversidad, que son sinónimo de libertad (la uniformidad nunca me ha atraído demasiado, que digamos).

Hay, en verdad, muchas mujeres en todo el mundo que merecen ser felicitadas en su día. Mujeres tenaces que se han abierto camino en un mundo de hombres (aunque cada vez menos) y que han llegado a gobernar naves a las que antes sólo podían acceder como grumetes (¿o grumetas?). Metáforas aparte, sí es cierto que hace unas décadas las mujeres españolas tenían que pedir permiso a sus maridos para viajar, para trabajar y casi, casi para respirar. Hoy, le pese a quien le pese, la cosa ha cambiado mucho. Y las mujeres tienen las mismas posibilidades profesionales que los hombres, en la teoría y (casi) en la práctica; queda aún mucho camino por recorrer para superar ese ´casi´, especialmente en la equiparación de salarios y acceso a los cargos de mayor altura en las empresas y organizaciones. Pero no es solo una cuestión de leyes ni de manifiestos ni de ministerios, es sobre todo una cuestión de hechos, de actitud; de reivindicar menos y practicar más. De dar ejemplo, no lecciones.


En realidad, no sé si cada 8 de marzo celebramos El Día Internacional de la Mujer o El Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En mi humilde opinión de hombre, la diferencia es inexistente, pues salvo alguna excepción parasitaria (especialmente en la política de altura, es decir, de bajura), la gran mayoría de las mujeres en nuestro país son trabajadoras. Otra cosa es que ese trabajo sea reconocido como un éxito profesional o sea considerado un avance de la sociedad moderna y progresista. Pero trabajar, vaya si trabajan.

Personalmente, he tenido la suerte de conocer mujeres que han llegado a dirigir importantes empresas, directoras generales, consejeras delegadas y hasta presidentas. Conozco mujeres que detentan altos cargos de la Administración y manejan presupuestos millonarios; y también muchas grandes profesionales de las finanzas, la docencia, la investigación, el deporte, la empresa, la comunicación, las fuerzas de seguridad, la hostelería, la Solidaridad… En todos los ámbitos y en todos los puestos. Y hoy es su día.


Pero también he conocido mujeres que han dejado una carrera profesional exitosa para cuidar a su marido inválido, día tras día durante años; y he conocido mujeres que lo tienen todo y han decidido vivir su vida al servicio de los que no tienen nada; y mujeres que apenas saben escribir pero poseen un doctorado en nobleza y capacidad de sacrificio; he conocido mujeres capaces de dejar su trabajo y su ciudad para acompañar a su madre enferma de soledad; y mujeres que dejaron su país para ganarse cuatro perras en el nuestro, sólo para que allá sus hijos tuvieran una educación mejor; y mujeres que nunca llegaron a prosperar porque prefirieron estar tres horas más en casa, haciendo deberes o luchando con su prole por veinte minutos de lectura en inglés. Y hoy también es su día.

He conocido mujeres con tres hijos cruelmente enfermos que, a pesar de sus jornadas de 24 horas, son incapaces de perder la sonrisa ni la esperanza; mujeres emprendedoras que podrían tener un despacho con vistas al éxito y que eligieron ver el fracaso de cada día en los comedores sociales; mujeres que piensan que el verdadero éxito es entregarse a los demás, ya sean jóvenes con valores, huérfanos en Haití o deportistas de élite en silla de ruedas; mujeres líderes que no salen en la Prensa porque no han creado una empresa de éxito, sino "solamente" una ong o una Fundación; mujeres que ahora cuidan niños en una guardería por un sueldo que no llega a mileurista –y por feliz vocación- después de cuidar cuentas millonarias en una multinacional... 

Y hoy también es su día.












  
También he conocido mujeres que nunca se han preocupado por eso de la emancipación, la liberalización o la dignidad en el trabajo. Mujeres para las que ser "ama de casa" es tan digno como ser "directora general"; para las que el éxito social es hacer lo más felices posible a los suyos; para las que la remuneración más valiosa es entregarse a los demás. Mujeres, también, para las que su único Curriculum Vitae es el que llevan impreso en las arrugas del rostro y en los callos de las manos; para las que la carrera más prestigiosa es la "maternidad" y el título más valorado es el de "madre". O el de "hija". A todas ellas, en el Día Internacional de la Mujer, siempre trabajadora, felicidades. Y sobre todo, gracias.

Y por terminar con un final acorde, qué mejor que estas dos reflexiones, de un hombre y de una mujer que sabían muy bien lo que decían: Una, «El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres», Simone de Beauvoir (bueno, hoy también es un problema de mujeres; mujeres que han llevado su justa causa a un nivel de politización y manipulación tales que causan rechazo entre muchas mujeres). La otra, «Nuestra sociedad es masculina, y hasta que no entre en ella la mujer no será humana», Henrik Johan Ibsen. Mucho se ha avanzado, y especialmente en España, por muy alto que lo griten y lo nieguen el radicalismo feminista y los políticos machistas que se aprovechan del radicalismo feminista. Quedan otros muchos países en los que la mujer es aún más esclava que libre (en el Islam, en África, en Latinoamérica), y tal vez la rabia reivindicativa de las feministas occidentales debería dirigirse más hacia allí, donde es infinitamente más necesaria. Pero, claro, la política es la política. Y el voto es el voto. En fin.

Y termino con mi reivindicación particular. Solo una petición: que la palabra más importante que salga de nuestra boca al referirnos a una mujer, de cualquier condición, edad, raza, cultura, profesión y demás circunstancias, sea RESPETO. Y cuando digo mujer, me refiero a cualquier ser humano.




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martes, 3 de marzo de 2020

La estupidez endémica. Virus y política



«Tengo la firme convicción, avalada por años de observación y experimentación, de que los hombres no son iguales, de que algunos son estúpidos y otros no lo son.» Estoy con Carlo Maria Cipolla al cien por cien. El gran historiador económico italiano realizó, en su genial obra Allegro ma non troppo, una afilada y certera reflexión sobre la estupidez humana (¿existe otra?) que ha cobrado un intensísimo sentido de la actualidad en España y en el mundo durante los últimos tiempos. Bueno, y durante las últimas décadas incluso.

Cipolla definió cinco categorías fundamentales de personas: Inteligentes (benefician a los demás y a sí mismos), Incautos (benefician a los demás y se perjudican a sí mismos), Malvados (perjudican a los demás y se benefician a sí mismos) y Estúpidos (perjudican a los demás y a sí mismos). Detengámonos un poco más en estos últimos. Como afirma categóricamente Cipolla en La Quinta Ley Fundamental de la Estupidez Humana, «la persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado». Y continúa: «La mayoría de las personas estúpidas son fundamentalmente y firmemente estúpidas (…) Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace. En realidad no existe explicación; o mejor dicho, solo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida». ¿Qué, les va sonando a alguien? Por si acaso aún dudan: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad».


Hay quien piensa que el personaje en cuestión no es estúpido sino malvado, que tiene un Plan y lo lleva a cabo con maliciosa precisión. Pero según el maestro Cipolla «las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. El malvado quiere añadir un "más" a su cuenta causando un "menos" a su prójimo. Desde luego, esto no es justo, pero es racional, y si es racional uno puede preverlo. Con una persona estúpida no existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo, y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado.» Y lo que es peor, «el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora». Aterrador.

Por si el lector (o lectora) se encuentra un poco obtuso (u obtusa) con la inminente llegada del Apocalipsis vírico de marras, el amigo Carlo María nos ofrece la pista definitiva para reafirmarnos en ese o esos personajes estúpidos que usted y yo estamos pensando desde hace rato: «Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente».


Lo más curioso de todo este asunto es que Carlo M. Cipolla publicó su obra en 1998 y murió en el año 2000. En aquellos tiempos la estupidez humana (¿hay otra?) era tan sobreabundante como en estos. Todos hemos tenido y tenemos a nuestro alrededor gente rematadamente estúpida que nos complica la vida, destruye nuestra armonía o lapida nuestro buen humor como quien no quiere la cosa (un cuñado, un compañero de trabajo, un celoso funcionario, un tipo que pasaba por ahí…). Es inevitable. C’est la vie, que diría un francés rendido a la evidencia. Puede, incluso, que nosotros mismos seamos personas estúpidas sin saberlo —algo nada improbable según las Leyes Fundamentales—, pero en tales casos el radio de acción y de daños consiguientes es relativamente estrecho. A no ser que se meta un perverso virus de por medio, que además de contagiar la gripe contagia, de forma bastante más letal, la estupidez. Estupidez endémica. Ésta sí que es fatal: para la economía global, para la salud mental de cada cual y para el sentido común en general.

Pero lo peor no es eso. Lo realmente devastador para nosotros, los españoles en particular, es esa cantidad ingente de estúpidos que se acomodan cada legislatura en las poltronas del poder (recordemos: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad»). Políticos, altos funcionarios, comunicadores, economistas, tertulianos, sindicalistas, influencers, iluminados y demás fauna ibérica. No todos estúpidos, o no solo estúpidos —según las Leyes Fundamentales de Cipolla—, también malvados. Muy malvados. Muchos malvados. Y ahí andamos, el resto de mortales, arrastrados por su corriente y sus intereses, bastante interesados, por cierto. Manejados, manipulados, utilizados constantemente, impunemente, por tan poderosos estúpidos y/o malvados. Y ahí andamos, sí, nosotros, los incautos. Tratando de rebelarnos contra la estupidez ajena que nos arrastra, irremisiblemente, hacia el abismo.


Y yo me digo: pues habrá que hacer algo, ¿no? Por ejemplo, empezar a nadar contracorriente. Con todas nuestras fuerzas. Con toda nuestra rabia. Con toda nuestra cordura. Con todo nuestro sentido común frente a la perversa estupidez global que nos envuelve. Con urgente y desesperada necesidad.


Y, por favor, tengamos siempre bien presentes las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana. Y especialmente la Quinta.

lunes, 2 de marzo de 2020

Un talento superdotado. En recuerdo de Philip Seymour Hoffman.



Tal vez sea la de “actor secundario” una de las más injustas definiciones en el mundo del cine. Especialmente si ese “secundario” es un actor del talento, la capacidad expresiva y la singularidad de Philip Seymour Hoffman. Uno de los más grandes de su generación, según los expertos; para el público, la seguridad de que va a asistir a una clase magistral de interpretación, dure lo que dure su papel, le toque víctima o villano, novato en el mundo del porno, escritor estrella o sacerdote empantanado.
Este fin de semana volví a verle en uno de sus grandes papeles -junto a un magnífico e intenso Ethan Hawke-: el ambicioso, vicioso y manipulador Andy Hanson en Antes que el diablo sepa que has muerto, del maestro Sidney Lumet. Y, lo confieso sin pudor, volví a quedarme enganchado a su talento.


Hablando de “secundarios”


Como Seymour Hoffman, muchos son los actores de reparto -o quizá mejor actores de carácter- los que a lo largo de la historia del cine han dotado de prestigio, de intensidad, de personalidad, de presencia a cientos de películas inmortales que, sin ellos, tal vez se habrían quedado en obras menores. ¿Qué habría sido de El Cazador sin Christopher Walken, o de las películas de John Ford sin su elenco de secundarios de lujo (Ward Bond, John Carradine, Victor McLaglen…)? ¿Habría brillado Bogart en El Tesoro de Sierra Madre sin la contrapartida del gran Walter Huston o Joan Fontaine/Rebeca nos habría resultado tan frágil sin la inquietante ama de llaves de Judith Anderson? ¿Y Eva al desnudo sería la obra maestra que es sin el cinismo de George Sanders acechando en bambalinas? ¿Y qué decir del oscuro Batman sin el inconmensurable Joker de Heath Ledger, o el nido del cuco sin la fanática enfermera Louise Fletcher? O cualquier película en la que aparezcan John Goodman o Walter Brennan, por poner dos ejemplos bien distantes en el tiempo.

Auténticos robaescenas que, a menudo, superan con creces al carismático protagonista, pero cuyos nombres casi nunca recordamos. Alejados del “star system”, ellos y ellas son el peso de la película, la médula espinal sobre la que se sostiene la estrella. Actores veteranos provenientes del teatro o del vodevil, o jóvenes con un don extraordinario pero también con un físico peculiar. Sin brillo aparente, no sea que opaquen el fulgor del protagonista. Algunos eternamente encasillados en el mismo rol (¿alguien se imagina a Peter Lorre como honrado granjero de Kentucky?), pero la mayoría con una versatilidad infinita, dotando a los caracteres más variopintos de total credibilidad y naturalidad, ofreciendo verdaderos recitales de Interpretación –con mayúscula- en todos y cada uno de sus papeles (Anthony Quinn, Harvey Keitel, John C. Reilly, Gloria Grahame, Karl Malden, Ian Holm… y tantísimos otros). Atípicos y singulares, sí; geniales e insuperables, sobre todo.



Actor por encima de todo. Incluso de sí mismo


Philip Seymour Hoffman fue uno de esos ‘secundarios’ de lujo. Un tipo físicamente del montón, de carácter aparentemente anodino, pero superdotado de talento para la interpretación, en el cine o en el teatro. Su fórmula: lo único importante es el personaje, no el actor; darlo todo por él; desgastarse emocionalmente hasta vaciarse. “Quiero que el público se acuerde de cualquiera de mis personajes, no de mí. Llevo quince años en esta profesión y he trabajado en grandes películas. La mayor parte de la audiencia conoce mi nombre, pero no mi rostro, y eso es lo más grande para un actor porque quiere decir que me reconocen por mis personajes, no por mi imagen pública”. Un tipo que participó en cuarenta películas en poco más de quince años, rodó con grandes directores y actores, ganó un Oscar y un Globo de Oro y fue nominado unas cuantas veces más, mimado por la crítica y amado por el público y, aun así, prefería el anonimato (“es importante para hacer bien mi trabajo que el público no me reconozca. Es imposible convencer a la audiencia de que eres el personaje que interpretas si conocen al detalle toda tu vida”). Un actor de carácter. Un Actor.


Confeso admirador de Daniel Day-Lewis, Paul Newman, Meryl Streep y Christopher Walken (otro de esos ‘secundarios’ inconmensurables), desde que debutó (y ya despuntó) en un capítulo de la serie Ley y Orden en 1991 y luego en Esencia de mujer, Philip Seymour Hoffman ha tenido tiempo más que suficiente para dejarnos algunas de las interpretaciones más impactantes, enigmáticas y brillantes de los últimos quince o veinte años. El enamoradizo y apocado Scotty J de Boogie Nights (1997, de Paul Thomas Anderson, su director fetiche); el tipo desaliñado y repulsivo aficionado a las llamadas obscenas en Happiness (1998); el enfermero locuaz y altruista Phil Parma, en la extraña e intensa Magnolia (1999); el cínico y amargado crítico musical de esa genialidad autobiográfica de Cameron Crowe que es Casi Famosos (2000); el oscarizado y multipremiado Capote (2005), que bordó hasta la perfección; el agente de la CIA y traficante de armas Gus Avrakotos de La guerra de Charlie Wilson (2007), por el que fue nominado al Oscar; el hermano malvado y drogadicto de Ethan Hawke en la desgarradora y apabullante Antes que el diablo sepa que has muerto (2007); el sacerdote presuntamente pederasta de La Duda, que le dejó otra nominación a Seymour Hoffman y a nosotros más de un memorable tour de force con Meryl Streep (inmensa, también); el aclamado Lancaster Dodd de The Master (2012), junto a otro de los grandes talentos del cine actual, Joaquin Phoenix; y el genial y más que complejo Plutarch Heavensbee de las últimas entregas de Los Juegos del Hambre. Su último papel, A Most Wanted Man, estrenada tras su muerte.


“Se fue demasiado pronto” fue la expresión más repetida tras su muerte repentina, la noche del 2 de febrero de 2014, por sobredosis de heroína (una adicción de la que nunca supo curarse, por más que lo intentó). Un final abrupto y sorprendente que nos dejó hondamente compungidos a todos aquellos que admirábamos su talento. Un talento que, por fortuna, ha quedado inmortalizado en un buen puñado de grandes películas, agigantadas gracias a su presencia, por muy “secundaria” que ésta fuese.  



Hace ya seis años que nos dejó. Y echamos mucho de menos las películas que no le dio tiempo a hacer, los papeles que no llegó a interpretar, los personajes que su muerte prematura le impidió encarnar. Sólo queda decir, pues, descansa en paz, Philip. Y, como escribí aquel fatídico día: espero que llegues al cielo media hora antes de que el diablo sepa que has muerto. Slainte!



viernes, 21 de febrero de 2020

169.358 gracias. Por leerme. Por estar ahí.



Hace unos años, cuando estrené este blog con mucho mar de fondo e incontables olas de ilusión, no sabía exactamente hasta dónde me iba a arrastrar. De hecho, tampoco nació con propósito claro. Más bien surgió de una necesidad. La necesidad imperiosa, inevitable, compulsiva de escribir. De contar historias. De compartir reflexiones y sentimientos. De tratar de expresar con palabras lo que solo entiende el corazón. De sacar todo lo que uno lleva dentro —no siempre bueno, no siempre sano— en una especie de auto terapia sentimental.

A lo largo de estos años, unos más prolíficos que otros, mi pluma y mis neuronas han estado bastante ocupadas dando fondo y olas a este mar. He contado infinidad de historias de valores, de héroes anónimos —o no— cuyas vidas nos inspiran, nos despiertan y nos mueven a ser mejores. He compartido viejos poemas de  juventud y también alguno más cercano en el tiempo, aunque no necesariamente más maduro. He recordado las hazañas de mis héroes de adolescencia, he ahondado en las vidas de mis grandes mitos musicales y he revisitado una y otra vez a mis inmortales del cine. He escrito tantas historias reales que parecían increíbles como historias inventadas llenas de verdad. He llorado, a veces. He disfrutado siempre. Y nunca he sabido con certeza si lo que he escrito ha sido leído o ignorado, si ha sido entendido o despreciado; si ha llegado con la fuerza —y la intención— con la que fue creado. O si, al menos, ha llegado. En cualquier caso, no escribo con el ombligo, ni con el bolsillo, ni con la necesidad de ser escuchado. Escribo con el corazón. Para el corazón.

Es lo mejor que sé hacer, escribir; lo que, según quienes me leen, se me da incluso bien. Talento, lo llaman algunos; don, los más atrevidos; habilidad, facilidad, tablas, arte, llámalo como quieras. El caso es que escribir es lo que mejor hago. Pero —¡ay, ese maldito pero!— a veces no sé si ese talento, ese presunto don, es una bendición o una maldición. En un mundo que no valora la palabra, ¿qué valor tiene escribir? No, desde luego, el de hacer dinero. Ojalá, pienso a menudo, hubiera sido bendecido con ese otro don. El de ganar dinero, digo. Hay días en que vendería mi alma de poeta por tener faltas de ortografía, o por no saber juntar más de tres palabras con sentido y sentimiento, a cambio de una cuenta saneada, de un viaje de vez en cuando, de una cena cara, de la tranquilidad tantas veces soñada y siempre esquiva. ¡Eso sí que es una habilidad productiva, y no juntar unos versos o contar una historia!

A veces, echo la vista atrás y atisbo todo cuanto he escrito a lo largo de los años, mi vasta producción literaria. Los poemas de adolescencia, los relatos de terror y de humor corrosivo, las canciones, the songs; los cientos de artículos de actualidad, cultura y valores; los libros sobre extraordinarias lecciones de vida; o esa maravillosa novela —y posterior película— que lleva casi una década de puerta en puerta esperando una oportunidad que no llega. Y entonces miro a mi alrededor, a mis amigos, a mi familia, a mi entorno más o menos cercano y veo el éxito que yo no alcanzo; veo a los CEOs, a los empresarios, a los altos directivos, a los emprendedores, a los profesionales valorados y asentados, a los triunfadores. Gente de mi generación que ha conseguido volar alto, que ha sabido plantearse las metas adecuadas para llegar adonde les correspondía; donde, pienso, también debería estar yo. Y sufro. No por mi orgullo, ni por mi autoestima. Sufro por las oportunidades perdidas, por las prioridades equivocadas, por las expectativas defraudadas. Porque lo tuve todo a mi alcance y lo desaproveché. Cambié el éxito por la vocación. Y entonces pienso: ¡maldito talento! Maldita mente dispersa, en permanente caos. Siempre pensando siete o ocho cosas a un tiempo, y ninguna productiva, ninguna facturable (un artículo, un cuento, una canción, una idea, un sueño, un proyecto para salir de la tormenta que nunca llegará a puerto).

Pero luego reflexiono. Me calmo. Vuelvo a la cordura. Buceo en este blog (o releo mis escritos) y veo que habéis entrado 169.358 veces a leer mis historias. A unas más, a otras menos, a algunas nada. Pero son 169.358 maravillosas razones para sonreír. Para estar orgulloso y agradecido. Son, sobre todo, 169.358 argumentos —irrefutables, contundentes— para seguir escribiendo. Aunque no me lleve a nada productivo.

Así que, 169.358 gracias. Por leerme. Por estar ahí.


Gracias por ayudarme a seguir siendo insolvente, pero fiel a lo que pienso, a lo que siento. A lo que soy.     


miércoles, 19 de febrero de 2020

Eso intento



Lo que yo hago no es escribir.

Es transmitir. 
Una idea, una emoción, una historia, un sentimiento.
Un sueño compartido. Un cuento.

Es provocar. 
Una respuesta, una reflexión, un deseo, un pensamiento.
Un movimiento, fugaz o intenso.

Es plantear dudas. O afianzar certezas.
Es consolar. Y cabrear.
Lanzar mensajes al viento.
Es hacer poesía de lo mundano.
Y convertir lo humano en inmortal.
Es expresar lo que siento.
Repensar lo que pienso.
Es decir y no decir.
Es crear imágenes con palabras.
Y dejar estelas de silencio que perduren en el tiempo. 

O eso intento. 
 

viernes, 14 de febrero de 2020

Qué jodida, la muerte





Qué jodida, la muerte. Esa burla del destino, traicionera, repentina, a destiempo siempre, que te ataca por la espalda y te sacude, y te golpea y te hiere y te corta la respiración; y transforma de un zarpazo todo tu amor en dolor, toda tu fuerza en impotencia, todo tu pensamiento en melancolía.

Qué jodida, la muerte. Una garra poderosa, implacable, que te atenaza el corazón. Y no lo suelta. Y lo aplasta y lo retuerce hasta que estalla en llanto y lo inunda todo de vacío. Vacío profundo, oscuro, denso. Infinitamente vacío de todo. De ganas, de risa, de afecto, de razón; vacío de luz, de alma, de todo sentir que no sea el dolor, la impotencia, la melancolía.

Vacío de todo, sí; salvo de memoria. Un río que te lleva, imparable, hacia atrás. Al recuerdo vivo. A esa estela de momentos que han quedado ahí, anclados, esperando tu regreso. Y tú vuelves la vista atrás, la vida atrás, y la vida te vuelve; y la risa y la mirada limpia, y el latido fuerte y claro, como campanada de campana de plata; y vuelve la música y el abrazo y la llamada, y el entusiasmo, y el guiño cómplice; y el paseo, con aroma a eucalipto y mar. Y sientes que tu corazón se libera, quizá no del todo aún, pero sí lo suficiente. Lo justo para latir de nuevo, para sentirse vivo. Otra vez.

Y el río que te lleva te devuelve a la imagen viva, a la presencia, a ese tiempo compartido que, sí, sin duda fue mejor. Y la tenaza cede, y la garra se abre y se quiebra. Y la herida, aunque sabes que nunca cerrará del todo, comienza a cicatrizar. Y escuece, sí, pero poco a poco el amor vence al dolor y el recuerdo destierra a la melancolía. Y el tiempo —sabio, tenaz— empieza a cubrir el vacío y a secar el llanto y todo comienza a cobrar sentido. Su vida, tu vida, su pasado, tu presente. Tu futuro. Incluso la muerte.

Porque —piensas— mientras yo tenga su risa, su imagen, su voz; mientras yo tenga su abrazo y su ejemplo y sus ganas de vivir, y cada minuto compartido; mientras yo tenga la certeza, la certeza incuestionable, nítida, de que ahora está en un mundo infinitamente mejor, mirándome, sintiéndome, cuidándome, velando por mí… seguirá siempre vivo. Cada minuto, cada instante de su vida, eternamente vivo en mí.


Qué jodida la muerte, sí. Pero qué bonita la vida.



jueves, 6 de febrero de 2020

El Gran Carnaval, Kirk Douglas y la tele carroñera



Años 50. Nuevo México. Chuck Tatum es un periodista de poca monta y menos escrúpulos que, tras quedarse sin trabajo en Nueva York, acaba, por un capricho del destino y de la gasolina, en un pueblo –un agujero- perdido en el desierto. Alburquerque se llama, el agujero. Allí alquila su pluma y su talento al diario local, en espera de alguna miserable noticia que reseñar. La suerte sonríe a Tatum cuando el indio Leo Mimosa queda atrapado en una mina. Rescatarlo puede ser cuestión de horas, pero Tatum se saca de la manga una jugada maestra y convence al ambicioso sheriff, al corrupto capataz del equipo de rescate y a la amargada esposa de Leo, Lorraine, de realizar el salvamento de forma que dure varios días y dé tiempo a convertirse en noticia, en “la Gran Historia”, y en la gran exclusiva, claro. Un hombre atrapado entre la vida y la muerte en las entrañas de la roca; una esposa desconsolada esperando, impotente, a sus pies; unos hombres jugándose el tipo por rescatarlo; y un cronista que tiene acceso en exclusiva al condenado, que incluso se convierte en su único amigo, para contar la historia día a día, minuto a minuto, resuello a resuello.

La cosa funciona: el bar de Lorraine empieza a recibir visitantes curiosos, primero de la región, luego de todo el país. Llegan coches, caravanas, autobuses, trenes. Se montan tiendas de campaña junto a la mina, y después tiendas de souvenirs y puestos de comida y casetas de feria y atracciones y hasta una noria. Miles y miles de personas, de insensibles voyeurs de la tragedia de Leo, de espectadores sin corazón y sin cerebro, sin conciencia, expectantes ante el mínimo acontecimiento de esta historia “de interés humano”. Y Tatum, el narrador, saboreando el éxito de la jugada. Pero su ambición no se detiene ahí, y además de jugar con la vida de Leo, se la juega también con su mujer. Todo por la noticia, por la gran historia.



Al final, claro, Leo muere (“¡El circo ha terminado! ¡Váyanse a sus casas!”). Y el público de este gran carnaval de miserias hace que lo siente, y se retira apesadumbrado, decepcionado, a la falsa y gris felicidad de sus hogares. Lorraine, la esposa, la viuda, ve abierta la puerta de su celda y escapa de su vida, de sus fantasmas, de su agujero. Y el desalmado Chuck Tatum, el periodista, el carroñero, acaba siendo devorado por el monstruo ambicioso y desalmado que él mismo ha creado. Y puede que por su propia conciencia.


“El Gran Carnaval” (Ace In The Hole, 1951) es una obra maestra, otra más, del genio Billy Wilder (y una de las más impactantes interpretaciones de un enorme Kirk Douglas). Su película más cáustica, más despiadada y más corrosiva. Y probablemente la más real. Por eso es también la única de las obras del maestro que no triunfó, porque el espejo que colocó frente a la sociedad norteamericana de la época fue demasiado cruel y demasiado certero.

Y yo me pregunto: ¿no es éste, acaso, el mismo Gran Carnaval que transcurre, cada día y cada noche, por las pantallas panorámicas que presiden nuestros hogares, adormeciendo nuestras mentes y codificando nuestras conciencias? ¿No son esos presuntos periodistas de la víscera como Chuck Tatum, carroñeros de la noticia “de interés humano”, que fabrican sus crónicas barrenando vidas? ¿No son esos pseudofamosos por un día, juguetes rotos y devorados por sus carroñeros, como el indio atrapado y sacrificado en la mina? ¿O como su amargada esposa, que no duda en venderse por unas monedas y unas promesas? ¿Y no son los espectadores de nuestro circo televisivo como esos miles de ciudadanos curiosos y ociosos, insaciables de morbo y sensacionalismo, indolentes ante al dolor ajeno?

¡Miren a su alrededor, damas y caballeros, niñas y niños! ¡Disfruten del Gran Carnaval! Revuélvanse las tripas con la carnaza del famoseo, con las vísceras de las familias rotas, con las princesas del pueblo y los exhibicionistas del vicio; con las vociferantes vendedoras de baratijas morales; con los calumniadores al peso, a tanto la onza de mentira; con los profesionales de la escandalera y el alboroto, nada gratuitos por cierto; con los tertulianos de la gresca y el insulto, del vocerío y la falsa disputa; con los charlatanes y los embaucadores, traficantes de miserias y de juguetes rotos que venden su alma al telediablo; con los cronistas de la farsa, moscas cojoneras con zoom o micrófono, siempre pegadas a la mugre, propia y ajena.



Miren a su alrededor y asquéense con esta Feria de las Vanidades infame y cruel, con esta Ruleta Rusa de la denigración, voluntaria o involuntaria, de los impostores de la fama y de la nada, del sexo como moneda de cambio (¿no es eso prostitución?), de muertos juzgados y condenados, de familias rotas vendidas como saldo, en pedacitos, a tanto el pedacito con lágrima, a tanto el pedacito con cuernos, a tanto el pedacito con sangre…

Todo por la noticia. Todo y más por la gran historia. Todo y más aún si hay exclusiva.

Alguien dijo que la gente está dispuesta a ver cualquier cosa en la televisión con tal de no verse a sí misma. Lo que no saben es que, en realidad, eso es precisamente lo que ven: su inequívoco reflejo. Como la sociedad norteamericana (y universal) de 1951 ante el espejo despiadado y palmario de Billy Wilder.


Y ahora, háganse un favor, desconecten la televisión, enciendan el dvd y pónganse una buena película. Les recomiendo El Gran Carnaval.