viernes, 2 de septiembre de 2016

Santa Teresa de Calcuta: Amar hasta que duela


Madre Teresa nunca buscó ser centro de atención, ni comprendió por qué le otorgaban premios y distinciones (más de 700) gobiernos e instituciones de todo el mundo. Su extrema humildad queda palpable en la que fue su habitación durante muchos años: una estrecha cama, un sobrio escritorio, una mesa de madera y un taburete; sobre la mesa, una figura de la Virgen y en las paredes, un mapamundi, una foto suya con Juan Pablo II y una pequeña cruz rodeada por una corona de espinos, con un cartelito: “Mi corazón pertenece a Jesús”. Y sobre el armario, dos cajas de cartón: una grande para la correspondencia y otra, más pequeña, con una pegatina en la que se lee “Premios”. 

Lo primero que te encuentras nada más acceder a una reciente exposición fotográfica sobre la vida de Madre Teresa es la imagen de una multitud de niños mirándote de frente. Muchos sonríen abiertamente, otros rezan mientras sonríen, una niña llora y reza a un tiempo; los hay que levantan los brazos, exultantes, o que aplauden, o saludan, o bajan la mirada, como apesadumbrados; otros miran de soslayo o tratan –los más pequeños- de hacerse hueco entre la muchedumbre; unos están en primera fila, expectantes, emocionados, y otros en la lejanía, más ausentes, o más esforzados. Esta imagen no está en la entrada porque sí, obviamente; tiene una poderosa razón de ser: son los rostros de los niños de Calcuta ante la llegada de Madre Teresa; sus reacciones, sus expresiones, sus actitudes. Pero también –este es el quid de la cuestión- son los rostros de cada uno de nosotros, el reflejo de nuestra propia actitud, de nuestro grado de implicación. ¿Cuál seríamos nosotros? ¿El que reza o el que sonríe? ¿La que llora emocionada o la que se esfuerza por ver? ¿El que está en primera fila o alguno de los más alejados?


Este es el espíritu con el que hay que adentrarse en la vida de Madre Teresa: no sólo con la curiosidad de conocer su vida, su legado y su mensaje, sino con la expectativa de descubrirnos a nosotros mismos en ese mensaje, en ese legado, en esa vida. “He hecho todo por Dios y nunca he dicho ‘no’ a Jesús” decía Madre Teresa, al final de sus días. Y lo empezó a hacer desde niña; incluso antes, pues a Él entregó su corazón ya desde el primer día de su existencia: como símbolo de lo que sería el resto de su vida, Gonxha (capullo de flor en albanés) Agnes Bojaxhiu fue bautizada al día siguiente de nacer en la iglesia parroquial del Sagrado Corazón, en Skopje, un lejano 27 de agosto de 1910. “De sangre y origen soy todo albanesa. En cuanto a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”.
Una pertenencia que nació en gran medida de su madre, Drana. Su profunda fe, su amor y firmeza y, sobre todo, su compasión y generosidad con los más pobres marcaron profundamente el carácter y posterior vocación de su hija pequeña. “Un día mi mamá trajo a casa a tres personas de la calle y nos dijo que les sirviéramos y cuidáramos”, recordaba Madre Teresa con ternura y agradecimiento. En esos años, la pequeña Gonxha aprendió una lección que guiaría el resto de su vida: el amor empieza en casa. Y continúa, por ejemplo, en la parroquia del Sagrado Corazón de Skopje, donde participó en todas las actividades (misiones, coro, entretenimiento, cofradía…) y donde descubrió también su vocación hacia los pobres. Tenía doce años.


A los dieciocho, en septiembre de 1928, Gonxha dejó su hogar para ingresar en la orden de las Hermanas de Loreto, en la lejana Irlanda. Nunca más volvió a ver a su madre, pero sus palabras de despedida, en la estación de tren de Skopje, quedaron para siempre grabadas en su corazón: “Pon tu mano en Su mano y camina sola con Él, y nunca mires atrás”. Tres meses más tarde partió, junto a otras tres postulantes de Loreto, hacia “mi nueva patria, la India fabulosa”. Ese día tan ansiosamente esperado comenzó una vida misionera que, como ella misma reconoció, no está hecha de rosas, sino de espinas; pero la hermana Teresa era feliz haciendo el mismo trabajo que realizó Jesús en la Tierra.

Tras dos años de noviciado, la hermana Teresa profesó los votos temporales el 25 de mayo de 1931. Allí, en la comunidad de Loreto en Entally, Calcuta, enseñó geografía y catecismo a las niñas de la escuela bengalí y, durante las vacaciones, ayudaba en el dispensario atendiendo cada día a una ingente multitud de seres enfermos y afligidos en busca de cuidado y, sobre todo, de consuelo. Eran años de pobreza y sufrimiento increíbles, tras la II Guerra Mundial y la hambruna bengalí de 1943 que sesgó 2 millones de vidas y llenó Calcuta de miseria, hambre y violencia. Cientos de miles de bengalíes buscaban –en vano- alimento y refugio en la ciudad, llenando cada rincón de cuerpos esqueléticos y generando una creciente ola de conflictos religiosos.


Esa era la Calcuta que vivió Madre Teresa durante aquellos años. Y también la Calcuta que inspiró su gran obra: el 10 de septiembre de 1946 recibió la inspiración para fundar las Misioneras de la Caridad. “El angustioso disfraz de los pobres”, que ella veía como la Pasión de Cristo revivida, y a cuyo alivio decidió ese día dedicar el resto de su vida. Dos años después acudió una mañana al mercado de Calcuta y compró el sari más sencillo y barato que encontró, de algodón blanco y bordes de rayas azules (“blanco por la pureza y azul por la Virgen nuestra Señora”), que era el que utilizaban las mujeres que limpiaban las calles. Con su sari blaquiazul y sus sandalias ajadas, o descalza, Madre Teresa visitaba a los pobres en las calles y llevaba a Jesús hasta sus “hogares y agujeros oscuros”. Pero pronto la calle no fue suficiente, y abrió centros donde los pobres recibían comida y medicamentos, y escuelas en los barrios más miserables. En 1950, Madre Teresa escribió: “Tenemos 9.887 enfermos tratados en los dispensarios, sin contar los que cuidamos en las calles; más de 300 niños en nuestras escuelas en los barrios pobres y más de 400 en las escuelas dominicales…”. Y era sólo el principio.

La capacidad de compasión de Madre Teresa no tenía límites y, al igual que se entregaba en cuerpo y alma a los pobres entre los pobres, su deseo era hacerlo también a los moribundos, que en aquellos años los había a miles tirados por las calles de la ciudad. Para ellos fundó en 1952 la casa “tesoro”, Normal Hriday (corazón puro), la primera casa para los moribundos pobres de Calcuta, bajo cuyos cuerpos rotos y sucias ropas Madre Teresa veía a Cristo, “el más hermoso entre los hijos de los hombres”. Desde 1952 hasta 1997, más de veinte mil personas regresaron a la casa de Dios desde la casa “tesoro” de Calcuta. “He vivido como un animal en las calles, pero estoy muriendo como un ángel, amado y cuidado”, dijo una de ellas. Y era así, en verdad, como morían. Como verdaderos ángeles de Dios, amados y cuidados por las manos más cariñosas y por las sonrisas más confortadoras. Hay una imagen que, simplemente, lo dice todo: una joven hermana de rostro sonriente, con la expresión más dulce que uno pueda imaginar, está arrodillada en el suelo de piedra, ante un cuerpo sobrecogedoramente famélico y frágil, al que enjabona con verdadero mimo; sobre ambos, en la pared desnuda, una pequeña pintura que representa a Jesús muerto en brazos de su madre, y bajo el cuadro, una frase: “el Cuerpo de Cristo”.


El 12 de abril de 1953 Madre Teresa pronunció los votos perpetuos como Misionera de la Caridad, junto a otras diez hermanas; además de pobreza, castidad y obediencia, añadieron un cuarto voto: “dedicarse a trabajar entre los pobres”. La orden iba creciendo y las hermanas servían, con “generosidad y alegría”, a miles de parias, niños y ancianos, hombres y mujeres, en los barrios más pobres de Calcuta. La residencia se estaba quedando pequeña, y buscaron una nueva casa; la encontraron, por 85.000 rupias… que no tenían, claro, pero que confiaban en lograr rezando (“mi secreto es sencillo: ¡rezo!”). Entre las hermanas y los niños “inundaron el cielo con rosarios”; unos meses después, se estaban mudando a la nueva casa en Lower Circular Road. También los niños merecían especial atención, y en 1955 se abrió el nuevo hogar para bebés abandonados y niños enfermos, discapacitados o simplemente no deseados; firme luchadora contra el aborto (“el mayor destructor de la paz”), Madre Teresa salvó miles de vidas a través de sus hogares y de la adopción: “Por favor, no destruyan al niño, nosotros lo cuidaremos”, imploraba a hospitales y comisarías de policía.

Pero aún quedaban los más indeseados entre los indeseados: los leprosos. La lepra es una enfermedad dolorosa, pero no tanto como el dolor de ser rechazado por todos; no era tampoco una misión fácil para las hermanas, ni siquiera para Madre Teresa (“cada vez que voy tengo que emplear toda mi voluntad, hacer un nuevo acto de fe y sacrificio”). Su deseo era proporcionarles una vida normal y hacerles saber que eran queridos, porque ellos también son hijos de Dios. En 1959 abrió el primer centro para leprosos en Titaghar y en 1959 construyó “Ciudad de Paz”, donde las familias con lepra podían incluso autoabastecerse; una ciudad que se hizo realidad gracias al regalo de la limusina Lincoln que había utilizado el papa Pablo VI en su viaje a la India, y cuya subasta reportó a la persuasiva Madre Teresa los fondos suficientes para su ciudad.

La labor de Madre Teresa y de sus Misioneras de la Caridad traspasó fronteras, y además de extenderse por toda la India (en sólo seis años abrió dieciséis casas), fue reclamada en otros lugares del mundo. “La pequeña semilla de Dios está creciendo lentamente…” Esa semilla germinó en 120 países, con más de 4.000 hermanas y 594 casas hasta 1997, año de la muerte de Madre Teresa, al cuidado de miles y miles de pobres con sed de Dios, que padecen toda clase de sufrimientos y una terrible soledad (la mayor pobreza es no ser amado). “Si hay pobres en la luna, allí iremos”, donde quiera que sea necesario un poco de amor, de ternura y de consuelo, y un mucho de sacrificio, estarán las hermanas Misioneras de la Caridad, y los Misioneros de la Caridad, y los hermanos activos y contemplativos, y los sacerdotes de la congregación; y también los “colaboradores enfermos y sufrientes”, y los voluntarios y benefactores. Todos comparten el mismo carisma, la misma misión: saciar la sed de Jesús sirviendo a los más pobres entre los pobres, con entrega total y alegría.

Entre 1989 y 1997 Madre Teresa sufrió cardiopatía, malaria, neumonía, fracturas, osteoporosis… pero continuó viajando por todo el mundo, irradiando paz y alegría, esparciendo el amor y la comprensión de Dios. El 10 de septiembre de 1996 celebró en Calcuta el 50 aniversario de su inspiración y seis meses después cedía el testigo a la hermana Nirmala; su último viaje fue precisamente a Roma, en mayo de 1997, para presentar a su sucesora al papa Juan Pablo II. El 5 de septiembre, Madre Teresa hizo todo el esfuerzo para asistir a misa por la mañana, olvidando su dolor; luego recibió visitas, firmó cartas y se reunió con sus hermanas. “¿Qué está Jesús pidiendo de mí?” se la escuchó preguntar ese día. A las 21:30 elevó los ojos, los cerró y respiró por última vez. Era un primer viernes de mes, día dedicado al Sagrado Corazón, su primer amor desde la infancia. Juan Pablo II, siempre cariñoso admirador, dijo de ella en su beatificación: “Su vida es un testimonio de la dignidad y del privilegio del servicio humilde. Eligió no sólo ser la última, sino la sierva de los últimos”. Madre Teresa lo resumió todo en una frase, que fue su vida: “Amar hasta que duela”.

El 4 de septiembre Teresa de Calcuta será canonizada por el papa Francisco, fiel seguidor de su ejemplo y de su espíritu. ¿Hay sobre la tierra alguien que lo merezca más que ella?

Este texto es uno de los capítulos de mi libro "La muerte del egoísmo" (Ed. Palabra).






martes, 30 de agosto de 2016

Firhall, el pueblo donde no existen niños


Firhall es un pequeño pueblo residencial a orillas del río Nairn, en la espectacular y escarpada costa de Moray Firth, al nordeste de Escocia. Firhall podría ser un pueblo más de las Tierras Altas, con sus verdes infinitos, sus paseos junto al río, sus campos de golf, sus barcos de recreo, sus casitas acojedoras con jardines perfectos… un pueblo como cualquier otro, con una diferencia: en Firhall no existen los niños.


En Firhall, como en el relato de Poe, reina el silencio. No hay gritos ni risas ni berrinches; no se escuchan los molestos sonidos de las bicicletas ni el bullicio de un partido de fútbol; no hay monopatines correteando por las calles ni llantos de bebé; ni el alboroto insufrible de los columpios o la comba, rompiendo el apacible silencio del parque al atardecer. No, en Firhall no hay ruidos ni molestias ni bullicio. En Firhall todo es calma y quietud. En el pueblo sin niños a orillas del río Nairn, sólo se escucha el silencio.


Firhall nació hace ocho años, cuando un avispado promotor vendió la idea de una suerte de paraíso en el que los escoceses pudieran envejecer con tranquilidad, en un lugar donde sólo se respirara paz, sosiego y el aire fresco de los fiordos. Un verdadero paraíso para jubilados. Claro que lo más chocante es que el mínimo de edad se estableciera en 45 años, que es una edad, cuando menos, temprana para envejecer. “No somos un pueblo de ogros –aseguran-, no odiamos a los niños”. Y en efecto, les permiten recibir las visitas de nietos y sobrinos algunos fines de semana; siempre que el bullicio de los pequeños salvajes no perturbe el sosiego de tan desestresado edén. Cierto es que, para concederse alguna alegría, o compañía, lo que sí les permiten tener es perro (uno por hogar, eso sí), aunque no especifican las reglas si están prohibidos los ladridos, las peleas y las deposiciones inconvenientes.

Lo que ganan los firhallenses con esta peculiar normativa no es poco: calles limpias, ausencia total de molestias, partidos de golf sin interrupciones, seguridad y comodidad, jardines sin pisadas, noches silenciosas. Lo que pierden, sin embargo, es más: alegría, carcajadas, felicidad, compañía, magia… vida. Decía Mario Puzo que la única riqueza en este mundo son los niños, más que todo el dinero y el poder; y el autor de El Padrino sabía mucho de dinero, de poder… y de familia. Y así lo han visto no pocos de los residentes de Firhall, que han decidido vender sus silenciosas propiedades y retirarse a otros lugares donde sus nietos puedan quedarse todo el tiempo que quieran, corretear por los parques, jugar, gritar, reírse, saltar e incluso dejar sus pisadas en el jardín.

Leyendo esta noticia sobre el pueblo escocés, y aprovechando que hace poco revisité la inmortal obra de J. M. Barrie, (también escocés, de Kirriemuir, a unas millas al sur de Firhall), no puedo evitar pensar en su Peter Pan y el País de Nunca Jamás, que en realidad no es sino un reflejo inverso del pueblo sin niños. Esto es, un país de niños sin adultos, un paraíso a medida que se rige por reglas propias, sin interferencias de los mayores, donde la magia y la risa reinan en perfecta armonía (“¿Sabes, Wendy?, cuando el primer niño rió por primera vez, su risa se rompió en miles de pedazos que se fueron dando saltos, y así fue como aparecieron las hadas”). Pero incluso en ese mundo mágico, alegre y eternamente infantil, que queda allá por la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer, los niños acaban sintiendo nostalgia de sus familias, añoran su hogar, a sus padres, a sus madres. Porque los necesitan. Para crecer, aunque no quieran; para aprender a amar. Como los padres (y los abuelos) necesitan  a los niños, su risa, su alegría, su alboroto, su amor, su anarquía. Su ruido. Porque, aunque a veces no lo quieran recordar, ellos también fueron niños.

Y uno, que ha superado con creces los 45 otoños mínimos para instalarse en Firhall, cuando mira a sus hijos (dieciséis, catorce y diez años), especialmente si andan gritando a coro y a pleno pulmón, hay momentos en los que no puede evitar pensar en ese paraíso, y en sus casitas de jardines perfectos, y en sus parques inmaculados y en sus paseos por el río Nairn y en su tranquila seguridad y en su silencio, bendito silencio, y… ¿Y qué quieren que les diga? Que me quedo con el bendito ruido del País de Nunca Jamás.



martes, 14 de junio de 2016

Zarauz. Un viaje de dos días al pasado



Uno, lo reconozco, tiende a veces a la melancolía. Será el alma de poeta que en el fondo siempre estuvo ahí, al acecho. Pero sienta bien. Al menos durante un fin de semana de visita fugaz a un tiempo, a una edad, a un lugar que sí, sin duda, fue mejor. O más fácil. Y de ahí vengo. Con todo el jet lag emocional revoloteando por mi cabeza como el cuervo de Poe por su habitación, tras colarse por la ventana. Inquieto. Añorante. Sensible. Sólo eso y nada más.

Pero, insisto, sienta bien. Añorar el pasado, volver a lo que uno fue y vivió, veintitantos años atrás; revivir los sentimientos, volver a soñar los sueños que luego nunca fueron, retornar aquella vida despreocupada y feliz, aquella sensación de libertad en la que sólo existía el ahora, el aquí; donde el futuro no era sino una mera hipótesis difusa, aún por definir, y el pasado no era necesario pues en realidad no había nada que añorar. Todo lo opuesto a este hoy, en que la preocupación por el futuro apenas te deja tiempo para el presente y tienes que echar mano del pasado para darle un poco de sentido a todo esto.

Sí, a veces viene bien hacer un viaje al pasado, de “cuerpo presente”. Volver a pasarte las horas sentado en el malecón, simplemente mirando el mar, viendo las olas, admirando a las viejas glorias, observando a los nuevos talentos, esperando tu momento para entrar al agua con tu vieja Jeff Crawford, otra vez, y con el ratón de Guetaria de eterno testigo mudo, de “fondo de pantalla” de lujo. Volver a saborear el salitre, a paladear la brisa, a dejar tu huella en la arena húmeda en aquellos largos paseos en los que no hacía falta pensar, tan solo mirar las olas (y quizá admirar algo más). Volver a sentir la libertad de aquellos veranos sin horas, en los que todos los días eran sábado noche (“sábado la noche” bramaba Moris), en los que a veces sólo pasabas por casa para desayunar y coger la tabla y las gafas de sol, porque había buenas olas y eso era infinitamente más importante que dormir.

Volver a disfrutar esas conversaciones intrascendentes, en las que apenas cabían tres o cuatro temas: surf, música, noche (con todos sus subtemas) y poco más. Volver a escuchar la banda sonora de un tiempo y un lugar que se encontraba a años luz, en cultura musical, de lo que se escuchaba en Madrid. No importaba el local, ni la fauna nocturna que lo habitara, la buena música era un fijo, un obligado. Un must. Del Fany al Nashville, del Marina al Kupela, del Mármol al Sausalito. Y el Antxe, que fue el último reducto de los viejos rockeros que nos resistíamos a los nuevos ritmos y modas.

Volver a los pintxos, a las txuletas o al txangurro de Astillero, o a las cenas en la sociedad de turno, el mejor plan del mundo mundial; volver al paseo en bici por el pueblo, saludando a discreción, visitando los “santos” lugares (el mercado, la tienda de música de Iñaki, Juanita, Pukas…); volver a escuchar el Gure Aita, que estremece más que un tubo en Mundaka; volver a sentarte en la terraza del Golf, de cara al mar, con una cerveza en copa y miles de recuerdos a flor de piel (¡y Arguiñano!).

Volver a ver a la gente, a tu gente. Sentir —saber— que por muchas hojas del calendario que hayan caído en el tiempo sigue siendo ayer, que nunca te has ido. Que siguen frescas las risas y la cerveza, y el Ballantine’s con hielo; que el eco de aquel “¡La vida es jauja!” no se llegó a apagar del todo. Más arrugas, quizá, pero el mismo espíritu. Hijos, canas, kilos, años, pero los mismos veintitantos cuando nos ponemos a recordar. Parece que hables del fin de semana pasado o del año pasado, pero no más allá. Y tal vez sea así, tal vez no hayan pasado veinte años. Porque el pasado se hace presente con la presencia, porque la nostalgia se esfuma cuando estás ahí. Porque hay cosas que no cambian, que siempre permanecen. Porque te siguen queriendo. Porque les sigues queriendo. Y porque sabes que, por muy lejos que estés —en la distancia y en el tiempo— basta que vuelvas dos días para sentir que siempre has estado ahí.

Este fin de semana, sentado en el malecón de Zarauz, mi Zarauz, pensando en todo y en nada, mirando las olas, dejándome abrazar por la brisa y el salitre, paseando por los rincones de ayer, aflorando la risa tonta y las anécdotas y la amistad, me he vuelto a sentir en casa. Sin necesidad de nada más.


Sí, a veces hay que volver al pasado para darte cuenta de que nunca te fuiste, nunca te has ido, nunca te irás.






miércoles, 11 de mayo de 2016

Yo también quiero ser Cary Grant



“Podría actuar con un huevo podrido en la cara y seguiría pareciendo tan fascinante como siempre”. Tal vez sea ésta de Alfred Hitchcock la más certera definición de un actor extraordinario y único, mucho más allá de su condición de estrella hollywoodense, que nació como Archibald Alexander Leach y vivió, fascinó y murió como Cary Grant. Hace ya casi tres décadas que le echamos de menos, aunque, afortunadamente, no sus películas. Es lo bueno que tiene el cine.

Alfred Hitchcock, que dirigió magistralmente a Cary Grant en cuatro ocasiones, siempre hubiese querido ser lo que representaba el actor británico ante una pantalla: el héroe simpático y atractivo que primero salva y luego conquista a la chica (preferiblemente rubia) enfrentándose a cualquier peligro (avioneta fantasma, conspirador nazi o picnic con muslo y pechuga) sin apenas despeinar su perfecta cabellera. Y es que Cary Grant era tan…“¡tan hummmm!” según la perfecta definición que Costance Collier suspira en La soga (del propio Hitchcock) en presencia de un James Stewart que está “totalmente de acuerdo”. Una fascinación que hombres y mujeres -actores y actrices, espectadores y espectadoras- han sentido a lo largo de cinco décadas y más de 70 películas por este actor absolutamente inimitable.
               
“Todo el mundo quiere ser Cary Grant” le dijo un entrevistador en cierta ocasión; “Incluso yo querría ser Cary Grant” respondió el actor. Respuesta ingeniosa que no era sino una manifestación de la lucha interior que Archibald y Cary mantuvieron a lo largo de toda su vida. Porque el tipo jovial, elegante, enamoradizo y fantasioso era también tacaño -incluso cobraba 25 centavos por cada autógrafo-, adicto al alcohol, inestable (se casó cinco veces), presuntamente homosexual y siempre obsesionado con la ausencia de su madre (que el pequeño Archy dio por muerta a los 12 años y a los 30 descubrió que había sido encerrada en un manicomio). Cary Grant era pura contradicción, sí. Pero quién no lo es. Lo único cierto es que nunca ha habido –ni habrá- un actor como él, con su carisma y su personalidad (y su hoyuelo en el mentón); con su encanto desinhibido y atemporal; con esa mirada de estupefacta inocencia tantas veces imitada y nunca igualada; con su gracia natural, su honestidad y su facilidad para bordar cualquier personaje; una facilidad que -en palabras de Stanley Donen, su director en Charada- no es un don de Dios, sino fruto de muchas horas de trabajo.

Aunque algo de talento innato tuvo que haber, y una vocación temprana e inalterable que cambió el rumbo de un destino. Nacido en Bristol (Inglaterra) en el seno de una familia modesta, a los trece años decidió que su futuro no estaba en los estudios sino en los escenarios y se escapó de casa para unirse al grupo teatral Bob Pender’s Troupe, especializado en bailes excéntricos, pantomima, payasadas, zancos y toda clase de acrobacias y volteretas (habilidades que luego utilizaría en no pocas películas). En 1920, el grupo recibió una oferta para actuar en los Estados Unidos; cuando llegaron a Nueva York, Archibald supo que ya no volvería a Inglaterra.
Después de una gira por todo el país con su Troupe, comenzó a actuar en importantes producciones de Broadway, en papeles cada vez más importantes. Diez años y cientos de representaciones después, llegó el cine. Primero en pequeñas dosis: cortometrajes cómicos o musicales en los que Archibald hacía habitualmente el papel de galán. Al poco tiempo, la Paramount le firmó un contrato para actuar en largometrajes con la única condición de cambiarse el nombre. Así, en 1931 Cary Grant se trasladó a vivir a Hollywood y empezó a hacer historia. Su primer personaje protagonista no llegaría hasta 1933 con Casino de mar y, ese mismo año, No soy ningún ángel junto a Mae West, que resultaría su lanzadera imparable hacia el firmamento de las estrellas de celuloide. En los siguientes cinco años protagonizó veinticinco largometrajes, incluyendo obras maestras como La gran aventura de Silvia (1936), junto a Katharine Hepburn y bajo la batuta maestra de George Cukor, La pícara puritana (1937, de Leo McCarey) o la inmortal La fiera de mi niña (1938), también con su amiga Katharine Hepburn, y dirigida por uno de sus directores fetiche, Howard Hawks.


A partir de ahí, Cary Grant no tuvo un solo borrón en su carrera. Echando un vistazo a su filmografía es imposible encontrar una película no ya mala, sino simplemente mediocre. Trabajó con los más grandes (Hawks, Cukor, Hitchcock, Stevens, Donen, McCarey); dominó la comedia, el drama, la aventura, la acción, la intriga, la parodia, el musical; y fue (casi) todo lo que se puede ser en el cine: héroe de la aviación, vagabundo, borrachín, exmarido celoso, ladrón de guante (y pelo) blanco, solterón, científico despistado, niño haciendo el indio, vago sospechoso, soldado bravucón, Cole Porter, ángel, novia, tortuga, espía enamorado a su pesar y sobrino de dos encantadoras asesinas. Y todo eso sin dejar de ser Cary Grant, dotando a cada personaje de su personal e intransferible elegancia, de su seductor magnetismo, de su fina ironía y su gesto siempre exacto, medido al milímetro.

En 1966 nació su hija Jennifer y se retiró de las pantallas; simplemente decidió que ya no podía dar al público lo mejor de sí. Veinte años después, el 29 de noviembre de 1986, Cary Grant moría de un ataque de apoplejía. Esté donde esté ahora, seguro que su amiga Audrey Hepburn le estará repitiendo eternamente aquella frase inmortal de Charada: “-¿Sabes lo que tienes de malo? –No, ¿qué? –Naada…”


martes, 10 de mayo de 2016

Coca Cola: el poder de una marca

Coca-Cola fue creada el 8 de mayo de 1886 en la ciudad de Atlanta (Georgia) por el farmacéutico John S. Pemberton, quien desarrolló la fórmula de un jarabe comercializado como “tónico efectivo para el cerebro y los nervios”. Hoy no sólo es la bebida más popular del mundo, también una marca capaz de protagonizar películas, entrar en el MOMA, designar sedes olímpicas y hasta crear iconos universales, como Santa Claus.



John Pemberton inventó el producto, sí, pero la aportación de su contable, Frank Robinson, resultó casi más importante e imperecedera: fue él quien ideó la marca y diseñó el logotipo. Esa característica tipografía cursiva (Spencerian Script), reconocida en los cinco continentes, y ese nombre, pronunciado por millones de personas cada día, tienen mucho más valor, y sobre todo, mucho más poder que el refresco en sí. Un poder al que sin duda ha dado unos buenos empujones la emblemática publicidad de la marca.
Desde el pasacalle colgado en la farmacia Jacob, invitando a los peatones a disfrutar de la Coca-Cola, o el primer anuncio, publicado en el Atlanta Journal el 27 de mayo de 1886, en el que se vendían sus innovadoras cualidades (“Deliciosa, Refrescante, Estimulante y Vigorizante”; “Cura el dolor de cabeza”), hasta la famosa campaña de “La Chispa de la Vida” o las más recientes “Para todos” (que nos llegó de Argentina), “El lado Coca-Cola de la vida” o “El color de la felicidad”, la publicidad de la marca ha trascendido al propio marketing para colarse en nuestras vidas y entrar a formar parte de nuestras familias, de nuestra cultura, de nuestras costumbres, de nuestra diversión… de nuestras emociones. Éste es su secreto: haber sabido crear unos anclajes emocionales absolutamente firmes con sus consumidores generación tras generación, adaptándose a cada tiempo; y además, transmitiendo siempre valores positivos como familia, amistad, compañerismo, esfuerzo, ilusión, solidaridad, alegría de vivir…


Todo, además, acompañado por una banda sonora que ha trascendido igualmente a la mera publicidad. Las canciones de los anuncios de Coca-Cola son una categoría en sí mismas. Originales o adaptadas, cada una de ellas a lo largo de la historia ha sabido conquistar a su generación. En 1971, la canción del anuncio de Coca-Cola “I'd Like to Teach the World to Sing (In Perfect Harmony)”, interpretado por The New Seekers (un grupo multicultural de adolescentes), obtuvo tal resonancia que se editó en versión completa y llegó a ser Nº 1 en Reino Unido y Nº 7 en USA. Y como éste, varios han sido los temas que han alcanzado las primeras posiciones en las listas de éxitos americanas y europeas. Y españolas, claro: ¿quién no recuerda el Pita Pita Del o el Chihuahua de hace unos años? Un logro sólo igualado por Kodak (una sola vez) con aquella magnífica canción de Paul Simon, Kodachrome.

Estas son algunas de las claves que explican que, de los nueve refrescos diarios que vendía Coca-Cola en 1886, hoy se consuman cerca de 8.000 cada segundo. Y que de los 20 empleados de la compañía en 1899 se haya pasado a la escalofriante cifra de 8.000.000 de personas que trabajan en la actualidad para Coca-Cola, directa o indirectamente.


La botella “contour”… ¿una mujer?
Otro de los iconos inconfundibles de Coca-Cola es su botella “contour”. Y también otra de las famosas leyendas sobre la marca refutadas por la historia real. La leyenda dice que la silueta más reconocida del mundo está inspirada en las curvas de una mujer. La historia afirma que esas sugerentes curvas son, en realidad, las de un grano de cacao. Veamos: a finales de 1915 la empresa Root-Glass recibe el encargo de diseñar una nueva botella. El diseñador Earl Dean, buscando inspiración en los ingredientes del producto, encuentra en las páginas de la Enciclopedia Británica una ilustración del grano del cacao, cuya forma aflautada le llama la atención, y la toma como referencia. Dean acaba su prototipo y lo presenta en la convención de embotelladores de 1916, donde es elegido frente a otros diseños. Ese mismo año se empiezan a fabricar las primeras botellas “contour”, basadas en el grano de cacao… aunque el cacao nunca formó parte de la fórmula original de Coca-Cola. Una bagatela sin mayor trascendencia, si tenemos en cuenta que Earl Dean creó el envase más reconocido del planeta. Tanto, que figura en el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York) como ejemplo de diseño universal.


Según cuenta otra leyenda, nunca corroborada, sólo dos personas conocen exactamente la fórmula y la manera correcta de mezclar todos sus ingredientes. Nunca viajan juntos, ni comen los mismos platos, ni duermen en el mismo hotel. La receta secreta, denominada "Merchandise 7X" está guardada bajo llave en el SunTrust Bank Building de Atlanta, cuna de Coca-Cola.
Lo que seguro no es leyenda es que Coca-Cola creó a Santa Claus. No al santo Nicolás de Bari, claro, pero sí la imagen que de él se tiene en toda la cultura occidental desde los años 30. Su creador fue un ilustrador de Coca-Cola llamado Haddom Sundblom, de origen sueco, al que se encargó representar al santo de una forma más humana y creíble; el resultado fue el orondo personaje lleno de vitalidad y alegría que todos conocemos, y cuyo traje rojo y blanco recuerda sospechosamente los colores de la marca.

El poder de Coca-Cola es tal que logró que su ciudad, Atlanta, organizara los Juegos Olímpicos de 1996 en lugar de la ciudad favorita, Atenas, que era considerada la sede más apropiada para celebrar los 100 años de las primeras olimpiadas de la Era Moderna, que tuvieron lugar precisamente en Atenas en 1896. Y, por cierto, sólo doce años después de Los Ángeles 1984 y a pesar de las duras condiciones climáticas, con un calor sofocante y porcentajes de humedad del 90%. Eso sí, ideal para refrescarse con una Coca-Cola.


El mayor error de marketing de la historia
Los directivos de Coca-Cola no siempre han confiado al cien por cien en el componente emocional de su propia marca. En los años ochenta esa duda pudo haber acabado con el refresco más bebido del mundo. La historia comenzó con una campaña de su eterno rival, Pepsi, que ideó un spot con un test ciego en el que se mostraba a una anciana en un supermercado, que se sorprendía enormemente tras haber elegido el sabor de Pepsi en lugar de “su” Coca-Cola. Pepsi incrementó sustancialmente sus ventas, ante lo que Coca-Cola reaccionó con la peor estrategia posible: lanzando un nuevo producto, con un nuevo sabor, un nuevo nombre y una nueva imagen: “New Coke”. Pepsi aprovechó para dar un nuevo golpe y lanzó a su vez una campaña en la que resaltaba el porqué de que Coca-Cola hubiese cambiado su sabor: el sabor de Pepsi. Fueron los propios consumidores de Coca-Cola, fieles a los valores intangibles de la marca, quienes reclamaron el regreso al original (sabor y nombre); en tres meses fue tal la avalancha de peticiones, en todos los medios y por todos los medios, que la compañía tuvo que rectificar y volver a fabricar la Coca-Cola clásica… después de invertir millones de dólares en crear la nueva.

Un directivo de la época lo explicaba así: “Todo el dinero y tiempo invertidos en investigar la preferencia del consumidor hacia la nueva Coca-Cola no pudieron medir ni revelar la profunda relación emocional que tantas personas sienten hacia la Coca-Cola original… es un maravilloso misterio americano, un encantador enigma, y no puede medirse más de lo que se puede medir el amor, el orgullo o el patriotismo”.
La lección que aprendieron los directivos, los publicitarios, los estrategas y los investigadores fue, simplemente, que Coca-Cola no vende sabor, vende emociones.
Como la música. O como el cine.

Starring: Coca-Cola

Pocas marcas, si es que esxiste alguna, han sido las protagonistas absolutas de una película. Ninguna, desde luego, ha protagonizado dos obras maestras. Salvo Coca-Cola, claro. Una es la deliciosa comedia escrita y dirigida por el sudafricano Jamie Uys en 1980, que tuvo un enorme éxito a pesar de su bajo presupuesto. La película se llama Los dioses deben estar locos. El lugar, el desierto de Kalahari. El protagonista, Xi, un bosquimano. La historia, una botella de Coca-Cola vacía que es lanzada desde una avioneta y cae a los pies de Xi, quien la recoge y la lleva a la aldea. Para su gente será “un regalo de los dioses”, caído del cielo; pero pronto se convierte en objeto de discordia, ya que todos la quieren pero sólo hay una, por lo que Xi decide llevarla al extremo de su mundo conocido, para devolvérsela a los dioses.


La otra gran película es la genial Uno, dos, tres, del maestro Billy Wilder. Rodada en 1961, cuenta de manera trepidante, al ritmo endiablado de La danza del sable, las tribulaciones del norteamericano MacNamara (un impagable James Cagney), jefe de ventas de Coca-Cola en Berlín. Una de las mejores comedias de la historia del cine, en la que Billy Wilder se mofa con su inteligencia y acidez habituales de la Guerra Fría, del comunismo, del capitalismo, del nazismo y hasta de la Coca-Cola (“¡Ni hablar caballeros, la fórmula no sale de nuestra casa! Se la damos a ustedes y a los cuatro días la China comunista ya la tiene”. “No nos hace falta, si queremos Coca-Cola la inventaremos nosotros”. “El año pasado sacaron ustedes una pobre imitación, la Kremlin Cola. Fueron a probarla a los países satélites pero ni los albaneses pudieron bebérsela. La usaron para bañar cabras, ¿o no?”. “Sin comentarios”). Y más aún, el grito de MacNamara en la última escena de la película, cuando se dispone a sacar Coca-Colas de una máquina, y lo que sale es… ¡una Pepsi!
            Como diría también el mismísimo Wilder en otra de sus obras maestras, “Nadie es perfecto”.


sábado, 19 de marzo de 2016

Nadie dijo que eso de ser padre fuera fácil



Cada tiempo tiene la sociedad que le corresponde, y cada sociedad tiene los hijos que ha engendrado y educado. En estos tiempos decimos, probablemente con razón, que “los jóvenes de hoy son unos tiranos, contradicen a sus padres, devoran su comida y faltan al respeto a sus maestros”. Poco originales, porque esta sentencia nos la dejó Sócrates grabada en piedra hará unos 2.400 años. Solemos decir que esta generación de hijos que nos ha tocado en suerte es la más errada y errante de las que hasta ahora han existido, y probablemente también tengamos razón. Aunque sí hubo generaciones bastante más perdidas que la actual (aquellos maravillosos 70) y algunas, incluso, que ni siquiera tuvieron infancia (de Dickens hacia atrás). Sin embargo, todas aquellas comparten un elemento común del que carecemos ahora, y tal vez sea este el quid de la cuestión: la autoridad al padre, el respeto al mayor (padre, maestro o señor que pasa por la calle) y la capacidad de discernir entre lo que está bien y lo que está mal.

Todos fuimos buenos y malos hijos, algunos más de lo uno que de lo otro. Todos cometimos grandes y pequeños errores; de algunos aprendimos, de otros aún no. Todos hicimos burradas, y fuimos irresponsables de alta graduación, y caminamos por el filo de la navaja en más de una ocasión. Algunos incluso se cortaron. Otros se partieron en dos. Fuimos la generación de los 80, de aquellos benditos y malditos 80, de la bendita libertad y el maldito lado salvaje, que nos pilló a todos, padres e hijos, literalmente en pelotas. Tal vez todos tengamos vivencias inconfesables, aún hoy, pero contábamos con una ventaja: la mayoría sabíamos dónde estábamos y, en consecuencia, sabíamos adónde teníamos que volver. Sencillamente, sabíamos distinguir lo que estaba bien de lo que estaba mal.

Chesterton, en su habitual sabiduría sin complejos, afirmaba que todos los educadores han de ser absolutamente dogmáticos y autoritarios; “no puede existir la educación libre, porque si dejáis a un niño libre no le educaréis”. Y tenía razón, claro. Los que fuimos hijos ‘difíciles’ y ahora somos padres, lo sabemos; entendemos lo que cuesta; comprendemos la impotencia de nuestros mayores, y agradecemos que no se rindieran nunca. Hoy, los padres no es que se rindan, es que ni siquiera han optado por luchar. No queremos repetir los errores de nuestros ‘autoritarios’ padres y nos volvemos ‘comprensivos’ y ‘tolerantes’. Colegas, decimos. Inseguros, lo que somos. Movidos por lo políticamente correcto, pasamos de un extremo a otro, de ser regañados por nuestros padres a ser regañados por nuestros hijos; de crecer bajo la autoridad de nuestros padres, a vivir bajo la tiranía de nuestros hijos; del profundo respeto a nuestros padres a la absoluta falta de respeto de nuestros hijos. Se ha invertido la jerarquía, y ahora son los padres los que tienen que ganarse el respeto de los hijos. Mal camino. La sociedad de hoy reclama padres permisivos y débiles, y lo que engendran son hijos irrespetuosos y villanos, en casa y fuera de casa.

Pero no todo es culpa de los padres (y de los hijos). Puestos a repartir culpas y responsabilidades, hablemos también de los padres de la patria. Ante el presente desmadre de corruptos sin fronteras ¿cómo van los tiernos infantes a pensar que eso de robar está mal? Y si un violador de trece años o un asesino de quince reciben como castigo un par de cachetes y quedan limpios de polvo, paja y antecedentes, ¿por qué no van a repetir la juerga cuatro amiguetes de primero de la ESO? Es lo que tiene la ejemplaridad, que igual sirve para iluminar que para quemar, como la antorcha de la Estatua de la Libertad. Si presidentes, concejales, empresarios, contables, sindicalistas, artistas, policías o realezas roban –presuntamente, eso sí- a espuertas sin pagar ni un poquito de culpa, ¿qué ejemplo estamos dando a nuestros hijos? Si los programas de mayor audiencia están cubiertos de mugre, puñaladas, falsedades, sexo barato, chabacanería y compra-venta de sentimientos ¿qué mensajes les estamos enviando a nuestros hijos? Si en el colegio se les permite insultar, golpear y vejar a sus profesores; y en la calle insultar, golpear y vejar a la policía o al inmigrante o al mendigo o la anciana… ¿qué les estamos transmitiendo a nuestros hijos? “Dar ejemplo no es la principal forma de influir en los demás; es el único modo”, dijo Einstein. ¿Qué ejemplo estamos dando a nuestros hijos?

Y si, además, un cachete o un leve castigo están penados con la cárcel e incluso con la pérdida de la custodia de un vástago rebelde ¿qué nos queda para educar a nuestros hijos? Hay un punto medio entre la represión y el despropósito, entre el autoritarismo feroz y la cobarde permisividad. Y no necesariamente más cerca de ésta. No olvidemos que los hijos necesitan percibir que estamos a la cabeza de sus vidas para ayudarlos, sujetarlos, apoyarlos, guiarlos. No como colegas, sino como padres. No de igual a igual, sino de padre a hijo. Con mucho amor, pero con firmeza. Con toda la comprensión, pero con exigencia. Y con mutuo respeto. La paternidad, como el superpoder en Spiderman, implica una gran responsabilidad; la mayor de todas. Seamos, pues, responsables. Sólo así evitaremos que nuestros hijos se ahoguen en un exceso de permisividad, se pierdan en un camino sin límites, sin indicaciones, sin destino.

El escritor John Ruskin lo expresó mucho mejor, hace siglo y pico: “Educar a un niño no es hacerle aprender algo que no sabía, sino hacer de él alguien que no existía”.


Pues eso, feliz día del padre.



martes, 29 de diciembre de 2015

Yo también merezco celebrar la Navidad



Mi amigo Javi me dijo una gélida tarde pre Nochebuena «yo también merezco celebrar la Navidad». Aún lo tengo grabado, a fuego, en el corazón; y me resuena cada año por esta fechas, insistentemente, clamorosamente. Recuerdo que lo dijo cuando me detuve en su semáforo para darle un “aguinaldo” de veinte euros a cambio de un paquete de kleenex —que es de lo que vive— y mientras él me mostraba el interior de la Caja de Navidad que otro amigo del vecindario, más generoso que yo, le había regalado aquella mañana. Orgulloso y agradecido me señalaba la cecina ahumada, los espárragos, el turrón, las peladillas y demás lujosas viandas que esa noche, Nochebuena, compartiría con su compañera Adela, que andaba enganchada a Javi desde hacía un par de años… y enganchada a otras cosas desde mucho antes.

Mi amigo Javi lleva más de treinta años en esa esquina, y no es que sea viejo, Javi, aunque sus ojos dicen que sí; es que lleva en esa esquina desde que era un chaval. Treinta años de inviernos lacerantes («¡qué frío hace hoy, Pepe!» me dice, con su frágil anorak empapado como papel de fumar), treinta años de veranos asfixiantes, de primaveras de tregua-trampa, de otoños tristes, apagados. Y Javi, ahí, al pie del semáforo, siempre amable, siempre alegre el tío, siempre agradecido, como si el que lo pasara mal fueras tú, ahí en tu coche, con la calefacción o el aire acondicionado a tope, que tienes que hacer el esfuerzo de abrir la ventanilla para darle un par de euros por los kleenex; que coges o no, porque si le dejas el paquete, mejor, que ya se lo colocará a otro, sin problema, oye, sin falsas ofensas a la dignidad… ni al pragmatismo. Y le ves ahí, cada día, semáforo a semáforo, después de dejar a tus hijos en el cole, bien peinaditos y prestos a aprender para labrarse un futuro mínimamente cierto, y piensas «¡Dios, qué suerte tenéis, hijos! ¡Y qué suerte tienes tú, Pepe; sobre todo tú!»

«Yo también merezco celebrar la Navidad» me dijo, con la sonrisa a media asta, como justificándose; o más bien reivindicando, sí, reivindicando su derecho a una noche buena al menos una vez al año. Desde luego, si alguien la merece ése es Javi. Y la tuvo, al fin, hace cinco Navidades. Del Cielo le llegó un regalo inesperado pero maravilloso: Daniela, su niña. Un regalo para él y para Adela; y un ejemplo para esta sociedad enferma y egoísta, en la que la vida de un niño no nacido vale tan poco como un capricho adolescente. Ellos decidieron "tirar p'alante", desoyendo los consejos de los expertos, de los asistentes sociales, de los políticos e incluso del sentido común. Javi y Adela tuvieron a su niña hace justo cinco años, porque pensaron que toda vida merece ser vivida, y tenían (tienen) la esperanza de que la de su hija Daniela iba a ser mejor que la suya. Para empezar, abandonaron la heroína y el cutre refugio de cartones, plástico y luz ‘prestada’ (del tendido eléctrico) en el que habían pasado los últimos años de indigencia, y se instalaron en un humilde piso de alquiler, ayudados por la madre de Adela (una santa), por el párroco de ‘su’ esquina y por la caridad de sus clientes, que subieron automáticamente la cotización del paquete de kleenex y aportaron, además, la correspondiente contribución en especie (una cuna, ropita para la niña, una buena cesta de Navidad, un anorak contundente, pañales…). Aquella Navidad, Javi y Adela celebraron la Nochebuena entre paredes de verdad por primera vez en años; y cenaron caliente, sobre una mesa de verdad, en familia; y durmieron en una cama de verdad, y a su lado, una cuna azul y una niña agradecida por haber nacido, les recordó que quien tiene un porqué para vivir puede enfrentarse a todos los cómos.


Han pasado cinco años desde aquella Navidad, y no ha sido fácil para Javi y su familia (como para muchas otras, que hace tres años tenían un trabajo y cena caliente, y hoy sueñan con salir de la cola del INEM mientras hacen cola en el comedor de Cáritas). Pero han salido adelante; con esfuerzo y con ayuda, con fe y valentía. Ahora, cuando veo a Javi en su semáforo, veo más cansancio en su mirada, más años en sus ojos prematuramente envejecidos. «Es la niña, que me da las noches. Pero ¿sabes, Pepe?, también me da una razón para estar aquí, con los cataplines congelaos». Hace unos días la vimos, con su madre, de visita a la ‘oficina’ de papá; regordeta, sanota, sonriente, pícara… feliz. Desde luego, una justa recompensa para esa pareja ejemplar. Tal vez la primera justa recompensa que reciben en su vida.
Termino de escribir estas líneas y echo un vistazo al Nacimiento que mis hijos me han ayudado a instalar en el salón, con su San José y su Virgen María y su Niño Jesús, que nos recuerdan que la familia es sagrada, y pienso en Javi y en Adela y en su valiente y generosa decisión de traer a su hijita Daniela a este mundo de cobardes egoísmos. Y pienso en la coincidencia de que su nacimiento fuera, precisamente, en Navidad, ese día en que un niño pobre nació para hacernos mejores. Y me digo, convencido, que aún tenemos esperanza.
Feliz Navidad, Javi y familia. Y a todos vosotros, Feliz Navidad. Lo necesitamos más que nunca.

La historia de Javi y Daniela es uno de los capítulos incluidos en mi libro "La muerte del egoísmo"