viernes, 2 de agosto de 2013

Georges Méliès, aquí hay magia.


En el principio fue la imagen; y durante siglos no se movió. Hasta que en 1888 dos hermanos atemorizaron a un puñado de espectadores con un tren que se abalanzaba sobre ellos con terrorífico realismo. Sin embargo, tras el impactante y prometedor comienzo, la imagen en movimiento creada por los hermanos Lumiére fue desvaneciéndose en el interés de los espectadores, tristemente desperdiciada en tediosos retratos cotidianos. Hasta que alguien intuyó que el cinematógrafo escondía mucho más: ficción, humor, emoción, espectáculo, magia. En una palabra, Cine. Ese alguien se llamó Georges Méliès y ahora podemos acercarnos —y contagiarnos, si acaso—  a su esplendoroso genio en la fantástica exposición de CaixaForum; como ya hicimos hace un par de años, cuando uno de sus más aventajados alumnos, Martin Scorsese, le rindió emocionado tributo en su última película.


La invención de Hugo es todo un ejercicio de cinefilia —se han recreado varias de las películas originales de Méliès, fotograma a fotograma— y una sincera muestra de cariño al creador del cine como arte narrativo; al visionario que llevó sus sueños y su imaginación a un invento que nació sin ánimo de perdurar y que aún hoy, más de un siglo después, continúa fascinando a millones de espectadores ávidos de emociones en todo el mundo. Como en la película de Scorsese, George Méliès también fue rescatado del olvido en los últimos años de su vida… en su puesto de “Confiterie et Jeues” de la estación de Montparnasse. Pero éste es el final de la historia. Empecemos por el principio. 


Desde su infancia parisina, el pequeño Georges tenía muy claro que no quería seguir los pasos de su padre en el negocio de los zapatos. Él quería dejar su huella mucho más lejos; en la luna, por ejemplo. Era hábil con el dibujo y su desbordante imaginación rebasaba los límites de lo que su progenitor había establecido para un honrado zapatero, así que lo envió un año a Londres con la excusa de aprender inglés y con la intención de ablandar sus talentos. El efecto fue, naturalmente, el contrario; para no tener que pelearse con el idioma, Georges frecuentaba el teatro, especialmente el “Egyptian Hall”, donde cada noche el célebre mago Maskelyne embelesaba a un joven Méliès con su espectáculo de ilusionismo. Allí descubre la magia y aprende sus primeros trucos, que luego se lleva a escondidas a París y muestra, casi en la clandestinidad, en el Cabinet Fantastique del Museo Grévin.

            Cuando su padre se retira de los zapatos, Georges vende su parte del negocio y compra el teatro de su admirado Robert Houdin, en el Boulevard des Italiens. Es1888 y Méliès tiene 27 años. En ese glorioso escenario realiza numerosos y sorprendentes espectáculos de ilusionismo, cuyos decorados, trucos y maquinaria son creados por el propio Méliès. Pero no es hasta 1895 cuando tiene lugar el acontecimiento que cambiaría su vida y, de paso, la historia del entretenimiento.
            Fue exactamente el 28 de diciembre. Ese día, los hermanos Lumière presentaban al público su revolucionario invento, el Cinematógrafo. Méliès fue uno de los privilegiados que asistió a esa histórica premier. Pero no fue de los que salió corriendo, presa del pánico, al ver el tren abalanzarse sobre él a toda máquina. Su único pensamiento fue: “aquí hay magia”. Propuso a los hermanos comprarles su máquina, y ante su negativa, decidió hacerse con la suya propia. Partiendo del biscopio del inventor Robert William Paul, y tras ajustar el artilugio para que pudiera impresionar y proyectar, unos meses después crea su propio estudio, Star Films, y rueda su primera película: Partida de naipes, que el 5 de abril de 1896 proyecta en su teatro. “¡Pasen señoras y caballeros, vengan a descubrir la mayor atracción del siglo: el cine!”, grita el voceador a las puertas del Robert Houdin.


Pronto, dota a sus películas de la misma magia que impregna sus espectáculos de ilusionismo. Investiga nuevas técnicas, crea el fundido y las disoluciones, el coloreado y el truco de la sustitución, que le permite multiplicarse en la pantalla. Y el rey de los efectos especiales, el stop-motion, que descubre por azar y se convierte en su favorito. En los siguientes años, ya entrado el nuevo siglo, realiza cientos de películas en las que él es el actor, el director, el productor, el guionista, el director artístico, el diseñador de vestuario, el maquetista… En 1902 crea su obra más célebre, Viaje a la luna, que marca un antes y un después en la continuidad narrativa cinematográfica. Y una de las imágenes inmortales del cine, con ese rudimentario cohete insertado en el ojo de una luna visiblemente molesta.
 
 
Su desbordante imaginación no tiene límites y cada una de sus creaciones e inventos marca los principios de la cinematografía moderna. Y sin embargo, no acierta a ver que el cine se va transformando en una industria, que va dejando atrás —sin piedad— a su precursor. La llegada de la I Guerra Mundial lo termina de arruinar y, acosado por las deudas, se retira definitivamente en 1923.

Pero aún le queda vivir su última historia cinematográfica; en este caso una película de amor: en 1925 se reencuentra con una de sus antiguas actrices, Jeanne d’Alcy, en el puesto de juguetes y golosinas que ella regenta en la estación de Montparnasse. Poco tiempo después se casan y el gran Méliès, el visionario, el pionero, el genio, el precursor del cine de espectáculo y fantasía pasa el resto de sus días, junto a su amada, vendiendo chuches a los niños, hasta su último The End. El 21 de enero de 1938 fallece en el hospital Léopold Bellan de París. Hoy, más de 100 años después de sus primeras obras, sus trucos técnicos y narrativos siguen siendo clave para la magia del cine.


 

Merci, Monsieur Méliès
 
· Méliès fue precursor de muchos de los géneros del cine: surrealismo, terror, humor, fantástico y, por encima de todos, ciencia ficción. 

· Creó el primer estudio de cine, que incluía sistemas mecánicos para ocultar zonas al sol, trampillas y otros mecanismos de puesta en escena.

· Fue pionero del cine en color: en algunas de sus películas coloreaba los fotogramas uno a uno, manteniendo, de paso, su primera inclinación artística.

· Rodó más de 500 películas, aunque la mayoría se han perdido en el tiempo. Algunas de las más famosas son El hombre orquesta, El hombre de la cabeza de goma, El melómano, El inquilino diabólico…

· En 1931 fue rescatado del olvido por sus compatriotas y condecorado con la Cruz de Honor de la Legión.

 


viernes, 5 de julio de 2013

Lejos del mundanal ruido. ¿Vacaciones alternativas?


En plena era de la globalización, la interactividad y las multirrelaciones virtuales, una mujer de 50 años, tras una vida dedicada a sus hijos y al Estado, decide dejarlo todo y evadirse del mundanal ruido en un diminuto islote en las Islas Marshall, donde ha vivido durante 5 años sin móvil, sin ordenador, sin microondas, sin televisor, sin jefes y sin hijos. Sola y feliz. Hay otros modernos robinsones, voluntarios y forzados, que han sobrevivido en completa soledad en islas perdidas. Aunque no han llegado a los 28 años del héroe de Daniel Defoe, cada uno ha vivido su propia historia. Una emocionante aventura, en cualquier caso.

 



Hace unos años, Joan Rutherford decidió que merecía un buen descanso. No un fin de semana de escapada, ni siquiera unas vacaciones de lujo en Las Bahamas, en un confortable complejo hotelero. No. Lo que Joan necesitaba era lo que podríamos llamar un descanso extremo. Por ejemplo, 5 años en un islote de la Micronesia, durmiendo bajo las estrellas y rodeada de gaviotas. “¿Has dormido alguna vez con las gaviotas? ¡Oh, Dios! Hazlo al menos una vez en tu vida -exclama, excitada-. Las blancas suenan como arpas durante toda la noche”. Antes de su descanso extremo, Joan pasó los últimos 27 años de su vida criando a sus hijos y fichando de nueve a cinco como funcionaria del Estado de Washington.
Una vida rutinaria que ha quedado atrás, muy lejos en la distancia y, sobre todo, en la cabeza. “Descansar significa no tener responsabilidades ni preocupaciones acerca de lo que sucede en la sociedad”. Ya en 1988 Joan se tomó unas semanas de vacaciones para viajar en busca de un lugar al que retirarse cuando tocara. No sabía por qué –tal vez el aire o el color del mar o la suave brisa- pero se sentía misteriosamente atraída por la Micronesia. Cuando llegó a las Islas Marshall, supo que ese era el lugar. El siguiente paso era elegir en cuál de los 34 atolones había de instalarse. El criterio era sencillo: el más alejado de las ciudades, las carreteras y las multitudes que pudiera encontrar. Condiciones que cumplía a la perfección el islote de nombre Mili. Un diminuto, plano y solitario punto de arena en medio de un gigantesco desierto de mar. Eso sí, rodeado de vivo coral, aguas transparentes y miles de peces multicolores.

 
Joan reconoce que la vida en Mili no ha sido fácil, a pesar de todo; especialmente los dos primeros años. Las violentas tempestades, el calor sofocante, la humedad extrema; y las condiciones de vida primitivas, pro descontado: sin agua (solo la que recoge los días de lluvia), sin electricidad (salvo por un pequeño generador que utiliza en ocasiones especiales), sin comida (cinco cocoteros y miles de peces por capturar). Pero no sin ayuda. Aunque vive sola en su micro isla, cuenta con la amistad y la compañía de una gran familia nativa, la de Shigeru y Kajnet y sus 11 hijos, propietarios del atolón Mili, que han adoptado a Joan como una más del clan. Sólo le impusieron dos condiciones para permanecer en la isla: no comer ningún pez sin que uno de ellos comprobara si era venenoso; y no tratar de cruzar la laguna sola, debido al peligro que suponen las fuertes corrientes.
Los hijos de Shigeru y Kajnet adecentaron la isla y construyeron una pequeña cabaña para su invitada, con salón exterior a la sombra de una palmera y vistas al coral y a la inmensidad celeste del Pacífico. Le enseñaron a plantar patatas, cebollas y lechuga, a sacar todo el provecho de los cocoteros y a pescar al más puro micronesian style. Eso sí, como carece de nevera “si pesco un pez más grande de lo que puedo comer, lo tengo que devolver al mar”. El resto de su tiempo lo pasa leyendo, buceando o completando su magnífica colección de conchas, algunas de ellas verdaderas joyas de la naturaleza. Tras cinco años de tranquila felicidad, Joan ha tenido que abandonar su isla por motivos médicos. Ahora está de nuevo en Washington, pero su mente sólo piensa en volver a su atolón Mili, con sus gaviotas, sus cinco cocoteros y su bendita soledad.
 
 
El suizo Xavier Rosset también decidió abandonar familia, amigos y comodidades para aventurarse durante un año en una isla desierta (Tofua, en las islas Ha’apai, donde solo hay cocos, cerdos salvajes y un volcán) con una navaja suiza, un machete, una videocámara y unos paneles solares para recargar la cámara como único equipaje. El objetivo, grabar un documental y reflexionar sobre nuestra acartonada vida occidental. El reto, aprender a convivir con la soledad y a vivir de la naturaleza (“Al principio fue muy difícil. Tuve que encontrar comida, construirme un techo, aprender a pescar y a cazar”). El resultado, un magnífico documental y, sobre todo, la satisfacción de haberse encontrado a sí mismo en 300 días de absoluta soledad.


El caso del canadiense Harold Hackett es aún más curioso, si cabe. Solitario habitante de Tignish, en la pequeña isla de Prince Edwards, desde 1996 mitiga su falta de compañía humana haciendo amigos de una forma un tanto peculiar: lanzando al océano cientos de botellas de zumo, previamente vaciadas, con cartas en su interior solicitando la amistad del fortuito receptor, como una suerte de facebook a la antigua. Calcula que ha lanzado en estos años unas 4.870 botellas, la mayoría de las cuales han llegado, mecidas por el viento y la marea, hasta lugares tan remotos como Rusia, Islandia, Holanda, Gran Bretaña, Francia e incluso África.
Cuando un nuevo amigo, en cualquier parte del planeta, recibe uno de los mensajes embotellados de Harold, responde a su vez enviando una carta (por correo postal) a su dirección. Cada año recibe cientos de cartas, especialmente en Navidad, y a veces también regalos. Según calcula Harold, debe de llevar más de 3.100 cartas respondidas. “Nunca imaginé que haría tantos amigos”, reconoce. “Cada carta tiene su propia historia. Algunas llegan a varias personas en diferentes países. Otras son tristes. En una de ellas, una señora de Escocia me contaba que sus tres hijos murieron ahogados durante una tormenta”.

En su pequeña isla ya es toda una leyenda entre los pescadores, que a menudo recogen sus botellas entre las redes. Pero a Harold aún le quedan muchos amigos por añadir a su particular “red social”, pues según él mismo reconoce “voy a seguir haciéndolo hasta que muera”. Estaremos atentos en nuestra próxima visita a la playa.

 
Llega el verano. Vacaciones. Descanso, lo llaman. Y uno se pregunta, asumiendo impotente la pronta inmersión en la muchedumbre estival, si acaso no sería la de Joan Rutheford, la de Xabier Rosset o la de Harold Hackett una opción a considerar. Por probar. Nada más.






martes, 18 de junio de 2013

Un tsunami emocional en la Feria del Libro


Lo bueno de escribir un libro y que ese libro guste y se venda y se comparta y se regale, es que la editorial te da la oportunidad de ver la Feria del Libro desde un punto de vista (para mí) inédito hasta hace sólo un par de semanas: formando parte del escaparate. Es una experiencia curiosa permanecer sentado, esperando, observando, viendo pasar ante tus ojos expectantes a cientos de anónimos lectores que pasean su curiosidad de caseta en caseta, de famoso en famoso, con su bolsa oficial portando quizá un ejemplar o dos (aunque dicen que este año han subido las ventas ¡casi un 10%!), a la caza de firmas más interesantes que las de este escritor en ciernes y su socio fotógrafo. Un par de novatos con el boli presto y la mirada suplicante —acechante— ante cualquier potencial comprador que se acerque a la caseta 153 y realice el más mínimo amago de ojear tu libro y de desear, quizá, que lo inmortalices con tu ensayada dedicatoria: “Para Pilar, con afecto. Espero que estas historias te inspiren y te ayuden en los buenos momentos y en los más difíciles. Un abrazo. Pepe.”
 
Lo sorprendente es que las peticiones llegan. Con cuentagotas, pero llegan. Y te llenan. Un extraño gozo recorre tu médula de arriba abajo cuando, después de firmar tu primer ejemplar a una señora de lo más amable y agradecida —que lo quiere dedicar a su hija que está pasando por un momento delicado; ella y el marido están sin trabajo, ya sabes; y con dos niños pequeños…—, eres plenamente consciente del hecho en sí: ¡he firmado mi primer ejemplar en la Feria del Libro! El sacrosanto Olimpo donde firman todos esos dioses inalcanzables que venden libros por millardos, han escrito no sé cuántos best sellers o han ganado yo qué sé cuántos premios importantísimos. Y te sientes a un tiempo enano y gigante. Y te hinchas como un palomo del Retiro, que serán, con toda probabilidad, los más chulos de Madrid.

Pero acto seguido rebobinas. Y piensas en lo verdaderamente importante del hecho en sí. Piensas en esa señora, probablemente viuda, con una mísera pensión que ahora tendrá que estirar lo imposible para poder ayudar a su hija y a su yerno y a sus dos nietos, que lo estarán pasando dramáticamente mal. Y piensas que, en circunstancias tan terribles, ese libro, tu libro, va a llevar un soplo de esperanza, de optimismo, de coraje, de empatía, de superación a esa pobre familia, a través de las historias inspiradoras de Irene Villa, Nando Parrado, Pablo Pineda, Miriam Fernández, Marimar García, Albert Espinosa, Jaume Sanllorente, Rafa Nadal y los demás protagonistas de Lo Que De Verdad Importa. El libro.



El goteo de firmas continúa durante un par de horas. Amigos, familiares, desconocidos. Y se llevan un libro, dos, tres, cada uno dedicado a una persona cercana, supones; cada uno dedicado a una persona que tal vez lo necesite, o a la que simplemente le venga bien un poco de lectura edificante; alguien a quien quieren, eso seguro. Y piensas en lo acertado de la frase promocional que destella su amarillo huevo sobre el corazón blanquiazul de la portada: “Regala este libro a alguien que de verdad te importe”. Y eso lo resume todo.

Y vuelves una semana después, último domingo de Feria. Y la emoción palpitante del primer día se desboca ya de forma incontrolable. Porque ese día no sólo acudes a firmar, a observar y ser observado —o ignorado— desde el escaparate de la caseta 153. Ese día acudes a la Feria del Libro, al Olimpo de los dioses literarios, a presentar tu obra (ver resumen de la presentación) En el pabellón principal. Con público. Lleno total. Y piensas: “¡Bien, Pepe, aquí estamos; disfruta el momento porque es difícil —¿imposible?— que esto se vuelva a repetir.” Y disfrutas, ¡vaya si disfrutas! Pero no por estar ahí, sobre tan insigne estrado, ante un público previamente rendido —y algún curioso que no opone resistencia—, soltando el speach preparado, interiorizado y sentido de corazón. No. Disfrutas como un enano porque estás rodeado de gente a la que admiras profundamente: María Franco, directora general de la Fundación LQDVI y una inagotable fuerza de la naturaleza (humana); Pilar Cánovas, su inseparable cómplice de tantas hermosas batallas; Dani Losada, mi cómplice en esta historia, un tipo que logra retratar el alma de la gente a la que fotografía, aunque se encuentre de espaldas; Pablo Pineda, una montaña rusa emocional que te hace reír y llorar intensamente en el mismo minuto, un ejemplo de coraje, tesón y de sentido del humor como pocos; Miriam Fernández, guapísima, artistaza, gran comunicadora y permanente transmisora de sonrisas; Marimar García, siempre ahí, al pie del cañón, presta para lo que sea, aunque tenga el cuerpo paralizado de cuello para abajo; Fabiola, mujer de Bertín Osborne, madre coraje de Kike y alma generosa de las que da sin medir lo que da. Todos ellos protagonistas de las historias —vividas, reales— que se relatan en Lo Que De Verdad Importa.
 
Y culminando la mañana, camuflados entre el público, dos espectadores sorpresa, protagonistas reales de una de las historias más estremecedoras y conmovedoras que se han llevado al cine en los últimos años: María Belón y su marido Quique Álvarez, milagrosos supervivientes del tsunami que arrasó Tailandia en 2004 y para los que no existe “lo imposible”. Como tampoco para Jacobo Parages, protagonista de otra hazaña marítima con doble buena causa, que tampoco faltó a la cita (y del que escribiré largamente la semana que viene).

Una mañana mágica, inolvidable, y probablemente irrepetible. Y uno, al regresar a casa después del subidón emocional (y tras la frenética firma de libros a cuatro manos: Miriam, Pablo, Dani y yo), recostado en su vieja mecedora de lectura, a sólo un pasito del sueño sestero, piensa: “¡Qué suerte tienes, Pepe, qué suerte tienes! Desde que escribiste este libro no has parado de conocer gente buena.”  Y sí, eso es, al fin y al cabo, lo que de verdad importa.

viernes, 14 de junio de 2013

Aún tenemos remedio (cuando algo así conmueve a millones de personas).


Sucede a veces, en este mundo insensible y globalizado, que llega de pronto un nuevo fenómeno a través de Internet capaz de conmover a millones de personas de todo el mundo con una simple canción, o con una triste historia. El último protagonista de esta emoción global que ha llegado a mis lacrimales lo es por partida doble, pues tiene la canción y la historia, ambas igualmente conmovedoras. Su nombre es Sung-bon.




Sung-bon Choi es un chico corriente con apariencia corriente. Viste una sencilla camisa de cuadros y unos vaqueros cuando entra, cabizbajo, en el escenario del concurso televisivo Koreans Got Talent, arrastrando cada paso hasta llegar al micrófono. Sin mostrar expresión alguna en el rostro –ni nerviosismo, ni miedo escénico, ni alegría, ni tristeza, ni presión. Nada- saluda a los tres miembros del jurado inclinando la cabeza y cuenta su historia: “Tengo 22 años. He vivido en circunstancias muy difíciles –primer atisbo de emoción: se frota las manos, incómodo-. Cuando tenía tres años fui abandonado por mis padres en un orfanato y al cumplir cinco me escapé, para huir de los golpes y los malos tratos; durante diez años viví en la calle, solo, vendiendo chicles y bebidas energéticas. Dormía en las escaleras del metro, en los baños públicos. No fui al colegio, aprendí a leer por mi cuenta; el instituto fue mi primera escuela…”
     En los rostros del público, y en los del habitualmente cínico jurado, comienzan a asomar leves signos de emoción –un dedo que seca con disimulo el ojo humedecido, párpados que no osan pestañear, cierto tembleque en los labios-. Sung-bon prosigue su historia, su cara y su voz igualmente inexpresivas: “una noche, cuando estaba vendiendo chicles en un night club vi a una cantante en el escenario y quedé fascinado con su voz, con la sinceridad en su forma de cantar. Desde ese momento, yo también empecé a cantar.” No canta bien, dice, pero cuando lo hace siente como si fuera otra persona. Y disfruta, porque cantar es lo primero –lo único- que le ha gustado hacer durante sus 22 años de vida. No ha dado clases de canto, claro, simplemente escuchaba cantar y practicaba por su cuenta.
     Se apagan las luces, público y jurado permanecen atentos, expectantes. Se escuchan los primeros acordes de Nella Fantasia, el piano, los violines… y una perfecta voz de tenor, inimaginable en su rostro de niño, bellísima, potente y modulada, entona los versos escritos por Chiara Ferraù y musicados por el genio Morricone: “Nella fantasia io vedo un mondo giusto…” (“en mi fantasía veo un mundo justo / todo el mundo vive en paz y honestidad / Sueño con almas que son siempre libres / como nubes que vuelan”). El público ya no disimula y llora abiertamente, se pone en pie, aplaude, ovaciona al tímido Sung-bon; el solemne jurado se conmueve hasta el punto de no poder apenas emitir su veredicto: la emoción no deja salir las palabras “En estos momentos sólo deseo abrazarte”. No puede decir nada más.

Finalmente, Sung-bon pasa la prueba, y a la siguiente ronda del concurso. Se despide inclinando la cabeza, humilde y agradecido, y se retira del escenario. En el backstage, por fin, él también se deja llevar por la emoción. Sonríe, se relaja. Se abraza a los presentadores del programa (No tiene familia a quien abrazarse; no tiene amigos que lo hayan acompañado en el que, con seguridad, es el día más importante de su vida… hasta ahora). “Has hecho un buen trabajo, Sung-bon, estamos muy orgullosos de ti. Sigue con ello, lucha por tus sueños”. En espera de la siguiente ronda, se retira por el largo pasillo del estudio de televisión, caminando despacio. Solo. Aunque ahora menos: 50 millones de coreanos ya se han convertido en sus incondicionales fans, en rendidos admiradores de su pasión, de su voz y de su tesón. Y unos millones más, de todo el mundo, se han conmovido también con su actuación y con su historia a través de internet. Es sólo el principio de su fantasía.

 
Las coincidencias entre el joven coreano Sung-bon y el británico Paul Potts van más allá de haber interpretado Nella Fantasia y haber vivido su propia fantasía musical tras triunfar en un programa de televisión después de una vida de penurias. Es, sobre todo, su capacidad de conmover a través de la música. En el caso de Paul Potts, un tímido vendedor de móviles de enfermiza inseguridad, sonrisa imperfecta y mirada miope, el fenómeno sorprendente-emocional tuvo lugar en 2007, en el concurso Britains Got Talent. Después de cuarenta años soportando humillaciones y maltratos por su aspecto y por su pobreza, después de varios accidentes graves y largas enfermedades, después de tantas oportunidades negadas a su talento para triunfar justamente, el día que salió al escenario ante dos mil espectadores escépticos y un jurado directamente burlón, toda su vida pasada y trágica se borró en un instante.

En el momento en que su voz perfecta comenzó a cantar el primer verso del Nessum Dorma de Puccini, “Que nadie duerma…”, no sólo nadie se durmió, sino que, puesto en pie, el público en pleno ovacionó atronadoramente al tímido Potts, que continuaba impertérrito su impactante y sorprendente actuación. Cuando llegó al agudo final, “¡Al alba venceré!...”, público y jurado estaban ya absolutamente vencidos, estremecidos y conmocionados por ese huracán de voz con apariencia de soplo insignificante. “Toda mi vida me sentí insignificante, pero después de esa primera actuación percibí que soy alguien: ¡soy Paul Potts!” Hoy, ese vídeo es uno de los más vistos en la historia de Internet, millones de visitas de millones de personas que se siguen emocionando –y algunas directamente lagrimeando- al escuchar a ese tipo corriente de talento extraordinario al que, no sabes por qué, sólo de verle quieres desearle que todo le salga bien (y le va bien, ya ha vendido millones de discos).




La archiconocida historia de la Susan Boyle, la otra sorprendente triunfadora en el programa Britains Got Talent, en 2009, transcurre curiosamente al revés. Tras 48 años de vida tranquila y feliz, después de arrollar con su interpretación de I Dreamed a Dream (Les Miserables), su sueño cumplido se convirtió en pesadilla y el éxito inesperado acabó llevándola a un centro psiquiátrico por agotamiento y cansancio emocional. Parece que siguiera la letra de su propia canción: “Yo tenía un sueño donde mi vida sería muy diferente a este infierno donde vivo… ahora la vida ha matado el sueño que soñé”. Afortunadamente, el sueño ha vuelto a ser un sueño y la carrera de Susan Boyle un éxito que la ha llevado incluso a batir varios records en ventas, con debuts espectaculares, números uno en EE.UU. y Gran Bretaña y cifras que han superado a las mismísimas Lady Gaga y Beyoncé (cosa que es de celebrar por partida doble).

 
Y uno piensa, mientras seca disimuladamente su humedecida mejilla, que si la belleza es capaz de conmover con tanta intensidad a tanta gente en todo el mundo, es posible que aún tengamos remedio...

martes, 23 de abril de 2013

Real como la vida misma. De Sherlock Holmes a Peter Pan

Arthur Conan Doyle se graduó en la Universidad de Edimburgo en 1881 y abrió una consulta de oculista; seis años después, ante la pertinaz ausencia de pacientes, decidió probar suerte escribiendo un relato detectivesco. Sólo necesitaba un tipo de detective diferente, original; entonces, se acordó de su antiguo profesor, el agudo, observador y deductivo doctor Joseph Bell; ese mismo año de 1887 nació Sherlock Holmes. Como el detective de Conan Doyle, muchos otros personajes novelescos han sido inspirados por personas reales, desde Tom Sawyer o Drácula, hasta Crusoe, Peter Pan o el mismísimo Dr. Jekyll. Y Mr. Hyde, claro.

 
Escocia, finales del siglo XIX, una noche de invierno tras una cacería, alrededor de una reconfortante chimenea. Un eminente cirujano mantiene en vilo a la docena de invitados con sus malabarismos deductivos: “La mayoría de la gente ve, pero no observa. Fijaos: en cierta ocasión entró un hombre en el aula donde yo estaba dando clase. Caballeros, les dije, este hombre ha sido soldado en un regimiento escocés y, probablemente músico de su banda. Les hice observar su fanfarrón modo de caminar y su baja estatura, que demostraba que de ser soldado, tuvo que serlo como músico. Aunque al principio el hombre lo negó acabó confesando que, en efecto, fue gaitero en un regimiento escocés (y además desertor, de ahí su reticencia). Entonces uno de mis alumnos exclamó: El doctor Bell bien pudiera ser Sherlock Holmes. A lo que yo respondí: Mi querido señor, yo soy Sherlock Holmes”.
            En efecto, el propio Conan Doyle reconoció abiertamente su inspiración a la hora de crear al más famoso detective de la literatura universal. El doctor Bell siempre insistía a sus alumnos en la enorme importancia de los pequeños detalles, en el infalible poder de la observación y la deducción, que ponía permanentemente en práctica tanto en sus clases como en sus diagnósticos médicos. Y opinaba que el desarrollo de esta facultad podía transformar la vida monótona de cualquier persona en un mundo emocionante y diferente. Es lo que hizo, con creces, su alumno Conan Doyle.
 
Otro alumno aventajado del profesor Bell fue Robert Louis Stevenson, aunque a la hora de crear al honorable doctor Jekyll y su reverso tenebroso Mr. Hyde no se inspiró en el deductivo doctor, sino en el ciudadano modélico de día y ludópata ladrón de noche William Brodie. Concejal del Ayuntamiento de Edimburgo, próspero comerciante y rector de una comunidad masónica, Brodie ocultaba una vida secreta tras su virtuosa máscara: dos amantes simultáneas, con las que tuvo cinco hijos; robos a bancos y comercios durante más de 18 años (sin levantar sospechas); y una desmedida afición por el juego y los bajos fondos. Su buena racha de impunidad expiró en 1786, tras aliarse con unos ladrones de baja estofa y dar un fallido golpe a las oficinas centrales de recaudación; aunque Brodie logró escapar, uno de sus cómplices lo delató para librarse del destierro. Murió ahorcado el 1 de octubre de 1788… y resucitó casi un siglo después de la mano de Stevenson su obra El diácono Brodie y su doble vida, estrenada en Londres en 1844 y editada dos años más tarde como novela con el inmortal título de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, que nos mostró “la íntima y primitiva dualidad del hombre”.
 
Otra terrorífica realidad es la que inmortalizó (y nunca mejor dicho) el irlandés Bram Stoker en 1897 con su novela Drácula. Aparte de ciertas leyendas medievales sobre mitos chupasangres y la reconocida inspiración en el relato El Vampiro de William Polidori (doctor personal de Lord Byron, cuyo carácter inspiró a su vez este primigenio relato vampírico), el protagonista de la obra de Stoker nació en la Rumanía del siglo XV bajo el apelativo de Vlad V. el Empalador, también conocido como Draculaea, que significa “hijo del demonio” en rumano. Este tirano, que gobernó Valaquia entre 1452 a 1462, hizo alarde de su brutal sadismo en guerras y represalias posteriores, llegando a empalar en largas estacas a más 40.000 prisioneros. Stoker también pudo haberse inspirado en la sanguinaria condesa húngara Isabel Bathory, que pretendía conservar su hermosura bañándose en la sangre de jóvenes doncellas, a las que torturaba y desangraba colgándolas en cadenas. Finalmente, la sádica condesa fue condenada a morir emparedada, episodio que aparece reflejado en el cuento de Stoker El huésped de Drácula.

Más amable resulta el personaje de Robin Hood, ladrón legendario donde los haya, y al que se refiere un manuscrito descubierto recientemente en la biblioteca de la famosa Escuela Eton, fundada por Enrique VI en 1440: “En esta época, según la opinión popular, un ladrón con el nombre de Robin Hood y sus cómplices, infectaron Sherwood y otras regiones respetables y honradas de Inglaterra con sus continuos robos”. La referencia no es más que una breve anotación al margen de un libro de historia, el Polychronico, escrita en latín al parecer por un monje anónimo. No es mucho, pero al menos abre la posibilidad de que personaje tan universalmente atractivo fuera una realidad; aunque no sepamos si, efectivamente, robaba a los ricos para dárselo a los pobres o para redecorar su castillo.
 
Cierta noche de 1704, en algún lugar de los Mares del Sur, tuvo lugar una acalorada discusión a bordo de un barco pirata entre el capitán y su primer piloto, de nombre Alexander Selkirk. Tras el altercado, el piloto fue abandonado en la deshabitada isla de Juan Fernández, en la que permaneció durante cuatro largos y solitarios años. Rescatado en 1709, Selkirk fue trasladado a Inglaterra, donde el periodista Daniel Defoe conoció su aventura (o desventura) y rescribió en 1719 bajo el título de "La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe”, oficialmente la primera novela de habla inglesa. Es posible que Dafoe se inspirara también en las peripecias del español Pedro Serrano, que en 1526 naufragó en algún punto del Caribe y permaneció ocho años en un islote perdido, con uno de sus marineros, sin agua potable y sin apenas comida pero con mucho ingenio, valor y esperanza.
 
Por orden del tirano Hessler, el arquero Guillermo Tell disparó a una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo, Walter, desde una distancia de 150 pasos. Su delito, no haberse inclinado ante el paso del invasor austriaco. El certero disparo y los sucesos que luego acontecieron fueron recogidos por primera vez 200 años después en las crónicas suizas del escritor Aegiidius Tschudi, en el siglo XVI. Al parecer se inspiró en multitud de leyendas y relatos de arqueros medievales, pero especialmente en uno: el escocés Gilpatrick, que fue obligado a disparar su flecha contra un huevo colocado sobre la cabeza de su hijo. Por obra y gracia de Tschudi, el arquero escocés se convirtió en el personaje más popular del folklore suizo.
            También la literatura infantil tiene sus mágicos personajes reales. Tal es el caso de la Alicia de Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll. Su famoso cuento está lleno de referencias a la vida, la sociedad y los conocidos del escritor, pero su inspiración indiscutible es su amiga de la infancia Alice Pleasance Liddell. El cuento nació una calurosa tarde de julio de 1862, de picnic a orillas del Támesis con las tres hermanas Liddle; Dodgson comenzó a relatar una serie de historias disparatadas a las que llamó "Las aventuras subterráneas de Alicia" , y que encandilaron a las tres niñas, especialmente a Alice. Cuatro meses después, comenzó a escribir el manuscrito y a dibujar las ilustraciones. Finalmente se publicó en 1865, dedicado a Alice Liddell; como detalle final, el autor incluyó un retrato ovalado de la niña en la última página.
 
 
Un caso muy similar al de Alicia y Alice Liddle es el de Peter Pan y Peter Llewelyn Davies. El escritor James M. Barrie, gran amigo de la familia, comenzó a desarrollar la idea de su relato a partir de la amistad con Peter y sus hermanos, con los que jugaba a menudo y para los que creaba pequeñas obras de teatro que ellos mismos representaban. Esa convivencia, trufada de juegos y aventuras imaginarias, se plasmó primero en una obra de teatro, Peter Pan (1904) y luego en un libro, Peter Pan y Wendy (1911), que más tarde el propio Barry desarrolló en otros relatos y novelas. También Mark Twain recogió experiencias de su entorno vital para plasmarlas en sus geniales aventuras de Tom Sawyer; Tía Polly estaba inspirada en su madre y Tom en el propio escritor, junto con rasgos de “tres amigos”; Hunkleberry Finn era Tom Blankenship, el hijo del borracho de su pueblo, Hannibal (Missouri); y, según reconoce él mismo: “La mayoría de las aventuras que refiero en este libro son reflejo de la realidad; uno o dos me han ocurrido a mí mismo; el resto son anécdotas de otros niños, compañeros míos de la escuela”.

Para crear su legendario personaje El Zorro, Johnston McCulley se inspiró en bandidos reales de California durante la Fiebre del Oro, a mediados del s. XIX; uno de ellos fue Joaquín Murrieta, también conocido como el Robin Hood de El Dorado, forajido para unos y para otros héroe patriótico y símbolo de la resistencia contra la dominación yanqui en California.  Muchos otros personajes de la ficción literaria fueron personas reales antes de nacer: el Conde Montecristo fue el inocente zapatero Picaud; James Bond fue un tímido ornitólogo de nombre… James Bond; Cyrano de Bergerac, escritor, poeta y militar vivió realmente en el s. XVII con el nombre de Cyrano de Bergerac Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac; y el estricto capitán Blight fue tan real como el motín del HMS Bounty, 146 años antes de que fuera encarnado magistralmente por Charles Laughton en el cine.
 
 
 
 
 

jueves, 18 de abril de 2013

Es país para viejos (obligado homenaje a nuestros mayores).


En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.
 

Vivimos malos tiempos para los abuelos. A lo largo de los últimos años hemos logrado dinamitar los dos pilares básicos que los sustentaban: la familia y la dignidad humana. La mismísima Declaración Universal de los Derechos Humanos define la familia como “el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”, pero en España cada vez está menos protegida, especialmente por el Estado, y son miles y miles los abuelos que sufren las consecuencias (se sienten fuera de lugar, no pueden ver a sus nietos, se ven abandonados, marginados, olvidados...).
    Y si además vivimos en una sociedad donde se escuchan cada vez más altas las voces en pro de “la muerte digna”, ese siniestro eufemismo que es el primer paso hacia el cadalso de la eutanasia por decreto. La consecuencia, o la causa quizá, es nuestra decreciente capacidad de compasión; miramos hacia otro lado, nos auto convencemos de que es la mejor solución para todos, anestesiamos nuestra razón y nuestro corazón y decidimos que los viejos sobran, que no sirven, que sólo estorban. Un lastre indeseado e incómodo. 
 
Asesinato por compasión
Y claro, en nombre de la muerte digna haremos como esas dos entrañables y simpáticas asesinas de “Arsénico por compasión”, que se deshacían con toda amabilidad (y un té envenenado) de los viejos solitarios que tenían la desgracia de aterrizar en su pensión, y cuyos cadáveres enterraban cuidadosamente en el sótano, a espaldas del mundo, del agente de policía O’Hara y especialmente de su sobrino Mortimer Brewster (grandísimo Cary Grant en la versión cinematográfica de Frank Capra). Ya lo hizo, con la misma excusa de la compasión, el asesino en serie de Olot, quien envenenó a once octogenarios que estaban a su cuidado en el centro geriátrico La Caritat (cruel paradoja), donde trabajaba como celador. Pero Joan Vila, que “ayudó a morir” a los once ancianos inyectándoles lejía, está más cerca del siniestro doctor Montes que de las encantadoras tía Abby y tía Martha Brewster, partiendo de que ni unos ni otras tienen derecho a decidir quién puede vivir y quién debe morir, y mucho menos a ser el brazo ejecutor. Eso se llama jugar a ser Dios. O, cuando menos, Anton Chigurh, el asesino de “No es país para viejos”.
 
Por supuesto que hay ancianos que lo pasan mal, que sufren enfermedades terribles, que malviven con míseras pensiones, que se encuentran desvalidos y abandonados a su suerte, que van pasando de un hijo a otro en degradante turno, que  permanecen anestesiados durante horas frente al televisor, que simplemente estorban y han perdido toda ilusión por vivir. Sólo hay que echar un vistazo a la Hoja de Caridad del periódico un domingo cualquiera, o pasarse por un comedor social de Cáritas un día cualquiera, o visitar un centro geriátrico cualquiera en cualquier pueblo o ciudad de España. La tristeza y la soledad golpean sin piedad sus almas, y la pobreza y los malos tratos golpean sus cuerpos con inhumana crueldad. Por eso, con ellos, no hay que escatimar cariño ni cuidados; todo lo que necesiten y más. Es nuestra responsabilidad, como sociedad, como familia y como individuos. Debemos mirarnos menos el ombligo y mirar más sus arrugas; las de fuera y las de dentro. Y aplicar los “cuidados paliativos” a su sufrimiento, no a su aliento vital. Porque los abuelos son lo mejor que tenemos y lo que más debemos cuidar.
 
Envejecimiento Activo
Decía García Márquez que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Puede que los viejos deban, por fuerza, aprender a soportar la soledad, pero una vejez solitaria nunca puede ser buena. Es, precisamente, la soledad lo que hace más infelices a nuestros mayores, la sensación de abandono, de inutilidad. Y es la compañía, el afecto, la comprensión lo que les da la vida; y lo que hace esa vida realmente digna. No se trata de asegurarles una “muerte digna” según el criterio de un celador, un médico o un familiar, cualesquiera que sean sus intenciones últimas, sino de procurarles una vida digna, cada día, cada minuto. Si hay alguien que se lo merece, con absoluta certeza, son nuestros mayores, nuestros abuelos. Porque ellos lo han dado todo por nosotros y, lo que es más, lo siguen dando. Si les dejamos. Según el psiquiatra infantil Kornhaber, los abuelos ocupan un lugar destacado en la vida de los niños, «sólo los padres están por encima de los abuelos en su jerarquía del afecto». «Son como libros vivientes y archivos de la familia», añade Kornhaber. Son también el elemento transmisor de la experiencia y los valores, los encargados de ayudarnos a comprender principios hoy olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo esenciales para una buena vida familiar: tradición, generosidad, memoria, religiosidad, sacrificio, humanidad...
 
 
«Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida»; muchos de nuestros mayores siguen la consigna de Picasso con entusiasmo. En un mundo que envejece rápidamente, las personas mayores activas desempeñan un papel cada vez más importante, con su ejemplo y con su trabajo voluntario, cuidando a personas enfermas o dependientes, e incluso a sus propias familias: lo estamos viendo ahora, en estos tiempos de crisis, en que son los abuelos quienes han sustituido a las guarderías... y al subsidio. Como Isabelu, que comparte sus escasos ingresos con su hija menor y su yerno (ambos en paro), para que no les falte un pollo en su mesa ni un biberón en la cuna de su bebé.
        O como Laura, que va a buscar a sus nietos al colegio, da clases de inglés («aunque jamás lo hablaré»), ayuda en un comedor de Cáritas y aprende solfeo con su nieta de 7 años. O como Alfredo, que a pesar de arrastrar una hemiplejia desde hace treinta años, hoy, a sus casi ochenta, no ha perdido un ápice de ánimo ni de humor ni de pasión por el fútbol y los paseos. O como Manuel, que a pesar de sus problemas de visión, un tumor cerebral (ya superado) y la muerte reciente de su esposa (aún no superada), prefiere vivir en su casa y no molestar a sus hijos, aunque todos se han ofrecido a acogerle: «tengo una visión positiva de mi vida. Si la vista me deja, dibujo, leo y cuando puedo me hago un viaje. Me fui a Florencia con mi nieta mayor, ella empujaba mi silla de ruedas; yo la hacía reír». O como Ina, que trabajó durante 60 años en la misma familia, primero cuidando a los hijos y luego a los nietos, hasta que la salud se lo permitió; y en sus últimos años fue ella la que se dejó mimar por unos y otros, que fueron su verdadera familia (su familia “de sangre” se desentendió de Ina muchos años atrás). O como Íñigo, que a sus setenta y pico años sigue practicando surf casi todos los días (cuando hay olas), además de enseñar a sus nietos y dirigir la tienda que fundó hace más de tres décadas en Zarauz; o como Paco y Rosa, que siguen recogiendo el heno y ordeñando a sus nueve vacas a diario, sin acordarse de que entre los dos suman más de siglo y medio. Y como ellos, miles y miles de mayores que pueden y quieren ser útiles a la sociedad. Sólo tenemos que dejarles.
 
Ya sabes, si tienes una persona mayor en tu familia, cuídala, mímala, llénala de afecto y de nietos, haz que se sienta útil; y, sobre todo, querida. Y si ves un anciano por la calle o en el parque, salúdale como si le conocieras, sonríele con sinceridad e incluso siéntate a charlar con él. Seguro que te lo agradecerá infinitamente; y seguro que tú aprendes una valiosa lección (de historia, de generosidad, de humanidad). Dice un proverbio oriental “Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”. Pues eso, ya es tiempo de pagárselo. Y con intereses.