martes, 16 de junio de 2020

Billy Wilder. El genio que nos hizo reír, sufrir, soñar y pensar.



Con Billy Wilder se fue, hace ya dieciocho años, el último genio de esa estirpe de cineastas pura sangre, entregados a la causa en cuerpo, alma y cerebro. Y se fue también una forma de hacer cine, de contar historias que nunca antes, y mucho menos después, se ha logrado siquiera imitar.
«Con faldas y a lo loco», «Uno dos tres», «La tentación vive arriba», «El apartamento», «Testigo de cargo», «Perdición», «El crepúsculo de los dioses», «El gran carnaval«, «Días sin huella», «Traidor en el infierno»todas ellas obras maestras indiscutibles, inmortales, irrepetibles; todas ellas inteligentes y corrosivas, con un trasfondo que sacude almas y conciencias; todas ellas admiradas por la crítica, el público y los colegas durante generaciones; todas ellas nacidas del genio y el cerebro de uno de los mejores cineastas de todos los tiempos y géneros. ¿Hay quién dé más? 

Afirmaba Billy Wilder que hacía películas sólo para entretener a la gente, que “si el Cine consigue que un individuo olvide por dos segundos que ha aparcado mal el coche, no ha pagado la factura del gas o ha tenido una discusión con su jefe, entonces el Cine ha alcanzado su objetivo”. Claro que, entre la primera y la última escena, era capaz de criticar el nazismo, el comunismo, el capitalismo y el machismo en una sola (y desternillante) película; o de diseccionar la sociedad moderna, y su ambiciosa sed de poder a precio de saldo, entre risas tan inocentes como culpables; o de sentar las bases del cine negro con una cerilla, una grabadora y una pulsera enroscada en un (fascinante) tobillo; o de mostrarnos, sin disfraces ni elipsis, el rostro más real del alcoholismo o del periodismo carroñero. Billy Wilder sabía, como demostró en todas sus obras, que el Cine puede, y a veces debe, llegar más allá. Pocos grandes lo demostraron en tantas películas y, desde luego, ninguno dirigiendo sus propios guiones.

Y es que detrás de sus desproporcionadas gafas se escondía una de las miradas más inteligentes y sibilinas, más talentosas y cínicas del séptimo arte (que con él si lo fue). Armado con su pluma-estilete, jamás le tembló el pulso a la hora de diseccionar a la sociedad de su época, de airear (para limpiar) la hipocresía reinante y campante; no importaba el tono, ya fuera comedia, drama social, thriller, romance, melodrama o todo en uno, el objetivo de todas sus películas fue siempre dejar a la vista las contradicciones internas del ciudadano americano (y del alemán y del soviético y del austro-húngaro…); descubrir el engaño, el disfraz, la máscara que él, paradójicamente, utilizaba para llegar a la verdad. Y siempre con esa inteligencia –vital y cinematográfica- que es, probablemente, su mayor aportación al cine.


¿Cómo lo haría Lubistch?


Antes de ser genio, Wilder fue estudiante de Derecho, camarero en el hotel paterno (donde “aprendí muchas cosas sobre la naturaleza humana, ninguna de ellas buena”), director de una cadena de cafeterías de estación, importador de relojes suizos, bailarín de hotel (pareja de alquiler de ancianas solitarias), propietario de una granja de truchas, devoto del jazz y periodista de sucesos en Berlín. Es ahí donde se da cuenta de que lo suyo es escribir y, entre noticia y noticia, le da tiempo de vender una docena de guiones antes de abandonar Alemania en 1934, coincidiendo con la ascendente carrera de Hitler (los Wilder eran judíos; su madre y otros familiares murieron en Auschwitz).




Tras una breve estancia en París se traslada a Hollywood y comienza a escribir guiones que dirigen otros, entre ellos su maestro e inspiración Ernst Lubitsch (la frase “¿cómo lo haría Lubistch?” presidió el despacho de Wilder durante 40 años). También fue el inicio de una fructífera colaboración con Charles Brackett, su coguionista y antagonista (“tuvimos muchas peleas, pero todas constructivas”), que generó algunos de los guiones más brillantes del cine, tras interminables horas de discusiones a bocajarro, Wilder fusta en mano y Bracket pluma en ristre. Lo mismo que años después con su otro fiel colaborador, I. A. L. Diamond con quien escribió sus magistrales comedias. El guión, para Wilder, es la verdadera alma de la película, por eso lo cuidó hasta el milímetro en todas y cada una de sus películas, en todos y cada uno de sus –afiladísimos- diálogos. No le importaba reconocerlo: “La mayoría de la gente no dice nada inteligente o interesante. Por eso tienen que pagar tanto dinero a guionistas inteligentes para que inventen cosas inteligentes”.

Esa inteligencia corrosiva, unida a su colosal talento, nos regaló algunas de las escenas más memorables vistas en una sala de cine: el cadáver narrador (William Holden) flotando en la piscina de su madura protectora (Gloria Swanson) en El Crepúsculo de los Dioses; la falda de Marilyn Monroe despertando las adúlteras fantasías del ‘rodríguez’ Tom Ewell en La tentación vive arriba; la ‘hazaña’ del periodista-hiena Kirk Douglas y el fiel retrato de la voyeurista, insensible y miserable ciudadanía americana en El gran carnaval; el desgarrador y realista delirium tremens de Ray Milland en Dias sin huella; el “nadie es perfecto” del enamorado millonario al (des)travestido Dafne/Lemmon en Con faldas y a lo loco; la hilarante conversión del fanático comunista en aristocrático capitalista de la Coca-Cola al ritmo frenético de La Danza del Sable en Uno, Dos Tres; la infinita soledad nocturna de Jack Lemmon en el parque –esa fila infinita de bancos vacíos- mientras su jefe ejerce de jefe y adúltero en El apartamento.


Nadies es perfecto. Salvo, quizá, Billy Wilder


A lo largo de cuarenta años de carrera como director y guionista Billy Wilder nos dejó un buen puñado de obras maestras en cuantos géneros tocó (incluido el judicial, con la mejor adaptación de una obra de Agatha Christie: Testigo de cargo). Su ácida ironía, su corrosivo sentido del humor –a veces amargo, a veces compasivo, siempre sutil e inteligente- no impidió que todas sus películas (salvo una, El Gran Carnaval, demasiado despiadada para la época) costituyeran grandes éxitos de público, crítica y premios (21 nominaciones y 6 oscars, como guionista y director). 

En 1981 enfundó definitivamente su pluma-estilete y se dedicó a disfrutar de su impresionante colección de arte y de los innumerables homenajes que le brindó el mundo del cine hasta su muerte, a los 94 años. “Yo quiero morir a los 104 años, completamente sano, asesinado de un tiro por un marido que me acabara de pillar, in fraganti, con su joven esposa”. No fue el final que él había escrito, pero… ¡nadie es perfecto!


Cita con Billy Wilder


Uno de sus actores predilectos, William Holden, dijo de él que “tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar”. Desde luego lo demostró en cuantas ocasiones tuvo, que fueron muchas y variadas.

· “Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: no debes aburrir”.

· “Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate”.

· “Antonioni seguro que es un gran director, un gran artista. Pero en lo que a mí se refiere, soy incapaz de mantenerme despierto”

· “Comprendo sin dificultad por qué Godard ha podido por sí sólo exterminar varias empresas productoras”.

· “Un director tiene que ser policía, comadrona, psicoanalista, adulador y bastardo”
· “Algunas personas sólo guiñan el ojo para poder apuntar mejor”.

· “Quizás El crepúsculo de los dioses es una película cínica, pero para mí esa película es Hollywood; el guionista, el agente, la estrella olvidada, todos eran retratos del natural”.

· “Existen más libros sobre Marilyn Monroe que sobre la II Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza entre las dos: era el infierno, pero valía la pena”.

No en vano, Billy Wilder fue el único director que se atrevió a repetir película con la impuntual, desmemoriada y emocional Marilyn: en Con faldas y a loco y La tentación vive arriba. En ambas, por cierto, demostró su natural talento para la comedia.




La noche en que nació Frankenstein.


1816 fue el año sin verano. O “la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental” como lo bautizó, con mayor dramatismo, el historiador John D. Post. Lo cierto es que, aquel verano, China, Europa y Estados Unidos sufrieron temperaturas por debajo de los 5ºC y fuertes nevadas destruyeron las cosechas y causaron muchas muertes. Y mucho terror. También aquel verano, la noche del 16 de junio para ser exactos, cuatro singulares personajes se protegían de la violenta tormenta en una villa suiza; de sus sueños de esa oscura noche nacieron dos de los mayores mitos del terror literario: el vampiro y el monstruo de Frankenstein.


Las fuertes alteraciones climáticas ocurridas aquel año fueron causadas por las erupciones del volcán Tambora, en la isla indonesia de Sumbawa (también  la del volcán Laki, en Islandia, según otras teorías). Fue tal la cantidad de polvo arrojado a la atmósfera, que ocultó la luz del sol y redujo las temperaturas en todo el planeta. En pleno mayo, la escarcha quemó las cosechas; y en julio y agosto se observó hielo en ríos y lagos al sur de Pennsilvania. Las temperaturas oscilaban a gran velocidad, pasando de los 30ºC habituales del verano a los 0ºC invernales. Todo ello provocó, además, la escasez de alimentos y una considerable subida de precios, que en algunos casos se multiplicó por diez.

En China, las bajas temperaturas y las tormentas de nieve asolaron la producción de arroz en varias provincias. En el tropical Taiwán heló. En Inglaterra y Francia, aún recuperándose de las consecuencias de las guerras Napoleónicas, estallaron disturbios y saqueos; en Suiza el hambre engendró tal violencia, que el gobierno declaró el estado de emergencia nacional. Aunque eso es algo que, probablemente, no afectó a los huéspedes de Villa Diodati, la mansión palaciega a orillas del lago Ginebra (aguas que inspiraron a Milton, Rousseau y Voltaire) que aquel verano incierto acogía a Lord Byron, el anfitrión, su amigo Percy Bysshe Shelley, la esposa de éste, Mary Wollstonecraft Shelley, su hermanastra Claire Clairmont y John William Polidori, el joven y menospreciado médico personal de Byron. Un encuentro fascinante y excitante, que el mismísimo rey del terror moderno, Stephen King, describió como «la merendola inglesa más loca de la Historia de la Literatura».

Aquella noche del 16 de junio una fantástica tormenta, aderezada de lluvias torrenciales y furiosos rayos, asolaba con vehemencia la villa. En el interior, protegidos del invernal verano, el grupo de amigos pasaba el tiempo leyendo en voz alta historias de fantasmas alemanas (Fantasmagoriana y otras espectrales lecturas), bajo la luz mortecina de las velas y los efectos no menos mortecinos del láudano. Inspirado por la noche tormentosa y los relatos fantasmales, Byron tuvo una genial idea: desafiar a sus amigos a escribir, esa misma noche, una historia de terror. El reto fue aceptado por todos, pero con desiguales resultados: los dos grandes poetas, paradigmas del romanticismo, no lograron rematar sus respectivos relatos. Mary tampoco consiguió escribir nada esa noche. Tal vez el único inspirado fue Polidori, que comenzó la que sería la primera obra literaria donde aparece la figura del vampiro.

En El Vampiro de Polidori no hay estacas ni copas rebosantes de sangre ni mordiscos en la yugular ni tumbas a modo de alcoba. Ni siquiera hay colmillos. Pero sí hay maldad, inmoralidad, terror, crueldad, perversión, venganza. Venganza doblemente entendida, porque el maligno personaje principal, Lord Ruthwen, estaba basado en el propio Byron, odiado hasta tal punto por su médico; no sin razón, pues es sabido que los hombres geniales no toleran el menor gesto de genio en sus subordinados y Polidori se vio continuamente humillado, torturado y frustrado por su señor, que le llamaba despectivamente “el doctorcillo Polly-Dolly”. Sin embargo, la desconocida pieza del doctor resultó ser una pequeña joya literaria, precursora de todas las historias de vampiros que se han escrito posteriormente (reconocido por el propio Bram Stocker), inspiradas todas ellas, sin duda, en la fría, amoral y despiadada figura de Lord Ruthwen. Unos años después, en 1921, Polidori se suicidó, sin haber escrito nada reseñable aparte de El Vampiro; tenía 26 años.

Aquella noche del 16 de junio la pluma de Mary Shelley no estuvo inspirada; pero sí las noches posteriores. Ocurrió tras un paseo en barca, durante el cual Byron y Shelley discutían las recientes teorías científicas sobre el poder de la electricidad para revivir cuerpos inertes. Esa noche Mary soñó con cadáveres fantasmagóricos, científicos aterrorizados y máquinas que devolvían la vida. Cuando despertó, temblorosa por el miedo y la excitación, comenzó a escribir su historia: «Una siniestra noche de noviembre pude por fin contemplar el resultado de mis fatigosas tareas. Con una ansiedad casi agónica coloqué al alcance de mi mano el instrumental que iba a permitirme encender el brillo de la vida en la forma inerte que yacía a mis pies (…) De pronto, al tenebroso fulgor de la llama mortecina, observé cómo la criatura entreabría sus ojos ambarinos y desvaídos». Había nacido a la vida el monstruo de otro doctor, el de Victor Frankenstein. Y con él, la inmortalidad de Mary Shelley, su creadora. La novela se publicó en marzo de 1818 bajo el título de Frankenstein o el moderno Prometeo.

Aquel verano de 1816 la naturaleza ensombreció el mundo y la mente humana creó la novela de terror moderna. El volcán Tambore recordó al hombre su pequeñez frente a la naturaleza, como hace pocos veranos nos lo recordaron los volcanes de Bali (Agung), Guatemala (Volcán de Fuego) y Galápagos (Sierra Negra), o como este verano nos lo está recordando un bichito invisible a los ojos, pero igualmente dañino para la humanidad. El relato de Polidori nos conciencia de que la maldad está siempre ahí, por mucho que se disfrace. Y la novela de Mary Shelley, que no es aconsejable jugar a ser Dios Creador… salvo, tal vez, para crear obras inmortales como El Vampiro y Frankenstein. Lo escribió precisamente Lord Byron: “Cuando el hombre cesa de crear, deja de existir.”


miércoles, 3 de junio de 2020

Gracias, empresarios. Por estar ahí, por tirar del carro.




Vivimos tiempos inciertos, oscuros, extraños. No me refiero a la crisis sanitaria que ha paralizado todo el universo conocido, que también, sino al terremoto social y económico que está sacudiendo los cimientos del mundo globalizado y, con especial grado de intensidad, el nuestro. Un terremoto que no ha hecho más que empezar. El temblor se extiende por todos los recovecos de nuestra economía, asolando industrias y empresas, destruyendo pymes, arruinando hogares, abarrotando las colas del paro y elevando las colas del hambre hasta cotas inéditas. Sumidos en esta oscuridad cada día más penetrante, más opaca, hay sin embargo una luz que nos mantiene lúcidos y esperanzados. Miles de lucecitas, en realidad. Miles de pequeños y medianos destellos de esperanza que son los que nos van a sacar de este pozo sin fondo en el que nos ha sumido el maldito bicho (y del que al gobierno no le conviene que salgamos, según parece). Esos miles de pequeños y medianos destellos son nuestro faro, la llama que nos guía hacia la salida, hacia la luz. Son los que van a levantar este peso muerto llamado España y lo van a empujar hacia delante. Como siempre han hecho, con esfuerzo, con sacrificio, con honestidad, con responsabilidad. Con compromiso.

Un aplauso merecido y necesario


Si durante estos escabrosos meses hemos aplaudido cada tarde a nuestros heroicos sanitarios —y demás heroicos profesionales— hasta que nos ardían las manos, es hora de aplaudir a nuestros otros héroes, los miles de pequeños y medianos empresarios, negocios familiares, autónomos y otras especies en peligro de extinción que están luchando con todas sus fuerzas para que este Titanic no se hunda del todo, que están dándolo todo —incluso lo que no tienen— para mantener a flote sus negocios y a sus empleados, aunque sea apiñados en frágiles botes o aferrados a endebles tablones, mientras ellos reman y empujan y nadan contracorriente y sueltan lastre para aligerar la carga. Mientras ellos siguen pagando sus impuestos, sus cuotas, sus IVAs e incluso los ERTES que no llegan a su gente (¡Qué fácil es prometer! ¡Qué barato sale engañar!).

Muchos de ellos, además, durante estos meses de parón pandémico, con sus negocios cerrados —yertos— por decreto ley, se han remangado una vez más y han entregado a manos llenas su tiempo, su esfuerzo, sus recursos, su ilusión y su honesta solidaridad para cuidar –alimentar, vestir, proteger, asistir, entretener, sostener- a los más vulnerables y necesitados. Y esto también merece un gran aplauso. El aplauso de todos.  Por eso, desde este humilde Mar de Fondo, quiero aprovechar para reivindicar el término empresario con todas sus letras y su pleno sentido, que para mí es sinónimo de valiente, de dinámico, de inconformista, de trabajador, de abnegado, de comprometido. Lo describió muy gráficamente el empresario Richard Pratt (hijo de emigrantes polacos y una de las mayores fortunas de Australia), a la hora de diferenciar entre implicación y compromiso«En un plato de huevos con beicon, el cerdo está “comprometido”, mientras que la gallina sólo está “implicada”». Gentes hechas de otra pasta, los empresarios (los pequeños, los medianos, los grandes), a quienes dedico mi aplauso más vigoroso y mi gratitud más sincera.



El caballo que tira del carro… mientras otros le tiran piedras


Porque, digámoslo claro, los empresarios –las pymes y los pequeños negocios familiares, sobre todo- son los que mantienen el país en marcha. El caballo que tira del carro en la famosa cita de Churchill («Muchos miran al empresario como el lobo que hay que abatir, otros lo miran como la vaca que hay que ordeñar y muy pocos lo miran como el caballo que tira el carro»). Un caballo, por cierto, insultado, fustigado y menospreciado por ciertos políticos (que si han tirado de un carro en su vida será el de la compra, si acaso) quienes no se contentan con vociferar consignas trasnochadas contra el que se deja la piel, sino que además van metiendo palos en las ruedas del carro y anegando de piedras el camino. Es una lástima que aún se mantengan esos prejuicios enquistados en mentes tan obtusas, de personas que jamás han sentido el peso ni la responsabilidad ni la implicación ni mucho menos el compromiso de lo que significa crear, gestionar y sostener día a día luchar, sufrir cada día— un pequeño negocio. Y verlo crecer.  O verlo morir. Y volver a partir de cero. No, no tienen ni idea de lo que significa ser empresario.

Que no es otra cosa que arriesgar y trabajar duro y sacrificar la vida personal y familiar, y apostarlo todo por un sueño, o por una salida digna, y, en fin, generar riqueza con un propósito que en la inmensa mayoría de los casos no es alimentar su ombligo ni su cuenta corriente sino los estómagos de su gente. Claro que buscan el éxito, y ganarse el pan, y a veces se plantean incluso ahorrar. Pero para ellos —para la mayoría de ellos—, el éxito es crear puestos de trabajo, es ayudar a cumplir los sueños de su puñado de empleados; es innovar, buscar, aprender, compartir; es agradecer su suerte, o su merecida recompensa, devolviendo a la sociedad parte de lo que les ha dado; es pensar en personas más que en números; es, como han demostrado en estos meses convulsos y difíciles, colaborar en causas solidarias no por una calculada operación de marketing, sino por convencimiento, por principios, por pura y simple responsabilidad hacia los demás (en palabras de Stefan Zweig: «No es hasta que nos damos cuenta de que significamos algo para los demás que no sentimos que hay un objetivo o propósito en nuestra existencia»); es encontrar el equilibrio justo entre beneficios, pasión y propósitos.


Una gigantesca ola de solidaridad


Y eso es lo que muchas de nuestras empresas han hecho —y siguen haciendo— durante estos dos meses y medio. Pensar en los demás y hacer por los demás. Obviando sus propios problemas, los empresarios han sacado todo un arsenal de ideas, iniciativas y acciones para ayudar a la sociedad civil. No solo las grandes compañías (son las que tienen visibilidad), también muchos cientos de pymes, micropymes, startups, negocios familiares, de todo tipo, en todos los sectores, y miles de profesionales y autónomos que, mientras forcejean con una mano para mantenerse a flote en estas aguas turbulentas, con la otra mano están entregando —regalando, donando, aportando— lo que no les sobra, precisamente. Solo porque es lo que hay que hacer. Lo que se debe hacer. Porque hay mucha gente que lo necesita. Con urgencia y desesperación.

Se ha levantado una gigantesca ola de solidaridad y compromiso, ejemplar y desinteresada, que es la que está salvando a la sociedad civil de la incompetencia, la desidia y la irresponsabilidad de los responsables de mantenernos sanos y salvos. Han puesto su tiempo, su esfuerzo, sus recursos, su talento innovador, su descomunal capacidad de entrega al servicio de los que más lo necesitan. Han reconvertido sus procesos de producción para confeccionar mascarillas, batas o pantallas de protección; han cocinado miles de menús diarios; han donado tablets para conectar a los ancianos ingresados con sus familias; han medicalizado sus hoteles; han regalado miles de zapatillas y cientos de miles de botellas de agua a los sanitarios; han impreso miles de respiradores en 3D; han reconducido la fabricación de cosméticos para elaborar hidrogeles; han dispuesto flotas de coches para los profesionales que están en primera línea; han puesto su capacidad tecnológica al servicio de empresas y autónomos; han rastreado medicamentos y material sanitario; han llenado las despensas de los comedores sociales y de los bancos de alimentos… Cientos de iniciativas con el único propósito de ayudar y responder —con hechos, no con palabrería— a la emergencia sanitaria y social de manera voluntaria, generosa y proactiva. Y con extraordinaria rapidez y eficacia.


Mi aplauso, mi reconocimiento y mi gratitud


Una gigantesca ola de solidaridad que ha logrado un formidable impacto positivo en la población, y que ha contribuido, de manera crucial, a aliviar el sufrimiento, a cuidar de los más débiles, a proteger a los que nos protegen, a mantener vivos muchos negocios. Ellos, los empresarios españoles, han estado a la altura de las circunstancias. Ahora nos toca a nosotros estar a su altura. Basta el reconocimiento, el apoyo moral, el aplauso sincero. Una simple muestra de gratitud. Porque son ellos también los que nos van a sacar de ésta, los que van a seguir tirando del carro, los únicos que van a poder evitar, si les dejan, que España se convierta en una sociedad subsidiada, viviendo a expensas de la vaca del estado. Que es lo que algunos políticos y sucedáneos pretenden.

Pues eso. Que ya es hora de devolver a la palabra “empresario” su dignidad perdida, machacada injustamente en estos tiempos de demagogia y cortedad mental. Tan falsos y estúpidos que tratamos de camuflar esa palabra maldita utilizando el término “emprendedor”, que sí es admirable y estupendo y ejemplar y políticamente correcto… hasta que el emprendedor tiene éxito y se transforma en empresario, esto es, en enemigo, en explotador, en el lobo al que hay que abatir.

Así que, queridos y admirados empresarios, aquí va mi aplauso, mi reconocimiento y mi gratitud. Gracias por seguir ayudando, gracias por seguir aguantando, gracias por seguir tirando del carro. Gracias por seguir siendo el beicon —comprometido, consecuente y abnegado— que siempre habéis sido.




martes, 12 de mayo de 2020

Katharine Hepburn: espíritu indomable con estilo propio


No es fácil definir con palabras a alguien de la dimensión, de la grandeza, de la inalcanzable perfección de Katharine Hepburn. Tal vez quien más se acercó fue el director Frank Capra tras dirigirla en El Estado de la Unión (1948): “Hay mujeres y mujeres, y luego está Kate. Hay actrices y actrices, y luego está Hepburn”. Y en efecto, como mujer fue única, vital, expansiva, indomable y absolutamente independiente; sofisticada y elegante; desafiante y combativa; Kate. Como actriz fue sublime, fascinante, intensa, expresiva, natural; fue divertida y extravagante; fue disciplinada y valiente; fue generosa con sus compañeros, exigente consigo misma (“trabajaba, trabajaba y trabajaba hasta que todos desfallecían” afirmó Stanley Kramer); fue –es- la actriz con más Oscars en su haber (cuatro) más ocho nominaciones. Fue… Hepburn.




Katharine, Kate, Jimmy (sí, a los ocho años decidió que por qué no podía llamarse Jimmy) fue una pelirroja indomable, criada en un ambiente liberal, culto y combativo (su madre era sufragista), que estudió en los mejores colegios privados y se codeó con la flor y nata de la alta sociedad norteamericana, política e intelectualmente hablando. Inconformista y rebelde por naturaleza, decidió desde muy temprana edad que ella no iba a ser como las demás mujeres y que, por tanto, tampoco iba a vestir como ellas. Así, en una época en la que la feminidad suponía llevar vestidos, ella desafió al stablishment vistiendo pantalones. Su marca de la casa se convirtió en su declaración de independencia y, de paso, creó un nuevo estilo, tan único como su creadora. Un casual chic de cuidado desaliño (perfectamente despeinada y con un imperdible como cierre en su abrigo de tweed, por ejemplo), estudiada ambigüedad y prendas sport hechas a medida que le sentaban maravillosamente. Tenía clase; su propia clase.

Su legendaria aversión a las faldas no era sino una batalla intelectual contra los arquetipos femeninos de su tiempo; los pantalones de perneras holgadas, los chaquetones de manga ancha y las camisas remangadas, estilo tomboy, le proporcionaban la libertad -de movimiento y de comportamiento- que definían su carácter tanto como su estilo. Muy femenino, eso sí (usaba pantalones pero derrochaba feminidad); y muy suyo. Un estilo pionero de dama moderna independiente que se adelantó a su época en unos cuantos años. Y que no abandonó hasta el final de sus días.
Su interés por la moda se extendía también a su trabajo —aparte de interpretar a la mismísima Coco Chanel en el musical Coco (1969)—, involucrándose en el vestuario de las películas en las que actuó, en muchas ocasiones diseñado por los más renombrados creadores de la época. Fue necesariamente masculina en El Viaje de Silvia, sofisticada y frágil (como una diosa de hielo) en Historias de Filadelfia, majestuosa en El león en invierno, elegante y atolondrada en La fiera de mi niña, excesiva y barroca en La loca de Chaillot, multideportiva en La impetuosa, sobria y sensual (según tocara sala o casa) en La costilla de Adán, madura y moderna de cuello Mao en Adivina quién viene esta noche, aristocrática desafiante, muy ella, en Vivir para gozar

Katharine Hepburn tampoco fue una típica star de Hollywood. No participaba en las fiestas ni premieres, odiaba a la prensa (a la que trataba con indisimulado desdén) y evitaba a sus fans. No acudió a recoger ninguno de los oscars que ganó (Gloria de un día,1933, Adivina quién viene esta noche, 1967, El león en invierno,1968, En el estanque dorado, 1981), ni atendió a sus otras ocho nominaciones. Pero es, para muchos, la mejor actriz de la historia del cine, y parte del teatro. A lo largo de su extensísima carrera (desde su primera película, Doble Sacrificio, en 1932, hasta la última, Un asunto de amor, en 1994) nos ha regalado alguna de las interpretaciones más memorables e inmortales del séptimo arte, con una versatilidad que muy pocas actrices –si hay alguna- han logrado alcanzar. Nadie ha brillado como ella en el drama histórico y en la comedia disparatada, en el romance sofisticado y en la aventura desbordada, en la adaptación más teatral y en el puro teatro. Y nadie engrandeció como ella a sus compañeros de reparto, que a su lado llegaron a cotas a las que quizá no habían llegado antes, ni después: Cary Grant (Historias de Filadelfia, La fiera de mi niña), Humphrey Bogart (La Reina de África), James Stewart (Historias de Filadelfia), Henry Fonda (En el estanque dorado), John Wayne (El rifle y la Biblia), Peter O’Toole (El león en invierno)… y, claro, Spencer Tracy. Spence. La costilla de Kate.

            Su costilla en el cine, sí (formaron la pareja que científicamente tenía más química en la pantalla, según la Royal Society of Chemistry); pero por encima de todo, en la vida real. Ambos se conocieron en 1941, durante el rodaje de La Mujer del Año. “Me temo que soy un poco alta para usted, señor Tracy” dijo Kate, al ser presentados; “No se preocupe, señorita Hepburn –respondió él— La rebajaré hasta dejarla a mi altura”. Ella, una señorita culta, de la alta sociedad, liberal, deportista, independiente y rebelde. Él, irlandés “hasta las uñas”, católico y convencional, terco, autoritario, alcohólico y mujeriego. A priori, no parecían la pareja perfecta, precisamente. Y sin embargo, desde aquella primera vez, trabajaron juntos en otras ocho películas, algunas tan memorables como La Costilla de Adán, La impetuosa o El Estado de la Unión; y desde aquel primer encuentro, vivieron una historia de amor de 27 años, lleno de trabas y de complicidad a un tiempo. Un amor no consumado, discreto y autocensurado (él estaba casado y sus convicciones católicas le impedían divorciarse), pero tan entregado, tan honesto, tan devoto y tan fiel que sólo pudo separarles la muerte.


Precisamente, fue en su última película juntos donde esas cotas de complicidad en el escenario y en la vida real alcanzan su máximo más absoluto (una cima que nadie ha alcanzado jamás en la pantalla). Adivina quién viene esta noche no es sólo una gran película, es, además, la última película que compartieron Tracy y Hepburn. Y ambos lo sabían (él estaba ya muy enfermo y murió apenas dos semanas después). Por eso, el mítico discurso final de Matt Drayton, su personaje, trasciende la película y se convierte en la declaración de amor más sinceramente conmovedora de la historia del cine, porque cada palabra, cada mirada (esa mirada de diez eternos segundos), cada sonrisa, estaba dedicada no a Christine Drayton, sino a Katharine Hepburn. Por su parte, ella, Kate, la indomable, la rebelde, nos regala su definición de Amor en su autobiografía (“Me”) y, de paso, nos desvela el secreto de esa relación que no siempre fue entendida ni comprendida: «’Te amo’ quiere decir que te pongo a ti y tus intereses y comodidad por encima de mis intereses y mi comodidad porque te amo. El Amor no tiene nada que ver con lo que esperas recibir, sino con lo que esperas dar… que es todo. Si tienes mucha suerte, tal vez te correspondan. Eso es delicioso, pero no sucede necesariamente (…) Pasamos juntos 27 años en lo que para mí era una situación de felicidad total. Se llama Amor».


Katharine Hepburn murió en 2003 a los 96 años, tras haber superado el cáncer y haber sufrido el mal de Parkinson durante largo tiempo. Supo envejecer con la misma independencia, con la misma energía y con el mismo espíritu rebelde con que vivió durante toda su vida. Nunca dejó de ser ella misma. Y nunca, nunca dejó de llevar los pantalones.  

lunes, 4 de mayo de 2020

El Principio de Peter: incompetencia más incompetencia, igual a incompetencia




Hace justo 60 años —¿simple coincidencia? ¿cruel sarcasmo?— tuvo lugar la primera presentación pública del célebre Principio de Peter, formulado por el doctor Laurence J. Peter, eminente pedagogo y escritor canadiense. Durante años, el doctor Peter dedicó su esfuerzo, su pasión didáctica y su talento científico a investigar «el subordinado principio que pudiera explicar por qué tantos puestos importantes son ocupados por individuos incompetentes para desempeñar los deberes y responsabilidades de sus respectivas ocupaciones.» El insigne doctor, con la ayuda inestimable del escritor y guionista Raymond Hull, logró publicar su libro en febrero de 1969 —tras numerosos rechazos de incompetentes editoriales— y se convirtió automáticamente en un best-seller. No era para menos.

El Principio de Peter es una brillante, precisa, explícita, empírica y satírica explicación de las causas y consecuencias de la jerarquiología y la incompetencia; una colección de valiosas teorías y fórmulas, basadas en meticulosas investigaciones de centenares de casos reales, compilados cuidadosamente y profundamente analizados por el muy competente doctor L. J. Peter. El propio R. Hull lo definió como «el más penetrante descubrimiento social y psicológico del s XX».


La incompetencia como fenómeno viral


En sus investigaciones, el doctor Peter descubrió realidades tan contundentes como inquietantes. Organizaciones que eran un prodigio de despilfarro, corrupción, ignorancia e indolencia. Y comportamientos tan insensatos como extendidos: «Como individuos tendemos a trepar hacia nuestros niveles de incompetencia. Nos comportamos como si lo mejor fuese trepar cada vez más arriba, y el resultado lo tenemos a nuestro alrededor: las trágicas víctimas de la irreflexiva e insensata escalada

Continúa reflexionando el doctor Peter: «Cuando yo era pequeño, se me enseñaba que los hombres de posición elevada sabían lo que hacían.» Pero pronto empezó a comprobar que la incompetencia se empeñaba en existir en todas las organizaciones y estamentos de la sociedad, nadie tenía el monopolio. Estaba presente en todas partes. Un fenómeno universal. Viral, que diríamos hoy. «Vemos políticos indecisos que se las dan de resueltos estadistas y a la “fuente autorizada” que atribuye su falta de información a “imponderables de la situación”. Es ilimitado el número de funcionarios públicos que son indolentes e insolentes, de gobernadores cuyo innato servilismo les impide gobernar realmente.»

Viendo incompetencia en todos los niveles de todas las jerarquías, el doctor Peter formuló la hipótesis de que «en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia. Con el tiempo todo puesto tiende a ser ocupado por un empleado que es incompetente para desempeñar sus obligaciones.» Y añade: «La jerarquiología afirma que toda organización floreciente se caracterizará por una acumulación de peso muerto (incompetente) en el nivel ejecutivo (la sublimación percuciente). Una conocida empresa productora de aparatos eléctricos tiene ¡veintitrés vicepresidentes!»


Jerarquiología, Política e Incompetencia


En su libro, el doctor Peter se detiene un buen rato en el análisis de las nada sorprendentes interconexiones entre Jerarquiología, Política e Incompetencia. «En pasados tiempos, cuando la oratoria era un noble arte, la clave de un político exitoso residía en su capacidad de hechizar, divertir, de inflamar a la multitud, a la masa votante con los gestos y con la voz. Lo cual no implicaba pensar juiciosa y serenamente ni, mucho menos, votar sabiamente. Con la llegada de la televisión, un partido puede nombrar como candidato al hombre que mejor aspecto ofrezca en la pantalla. Pero la capacidad de dar una imagen atractiva en televisión no es garantía alguna de una competente actuación.»

El doctor Peter da otro paso más, y nos revela una realidad demoledora: «En un partido, como en toda organización, cada miembro tiende a elevarse hasta su nivel de incompetencia y cada puesto tiende a ser ocupado por alguien incompetente para desempeñar sus deberes. Un político difícilmente se muestra contento al permanecer en su nivel de competencia: insiste en elevarse a un nivel que está más allá de sus facultades.» Parece que es hoy, España 2020, pero no; seguimos en 1960. Lo peor, continúa el doctor Peter, es que «el trabajo incompetente puede extenderse hasta más allá del tiempo asignado. Más allá de la vida de la organización, de modo que un gobierno puede caer, una civilización puede derrumbarse en la barbarie, mientras los incompetentes continúan trabajando.»


De la Espiral de Peter a la Incompetencia de Pedro


Concluye el doctor Peter que vivimos en un permanente estado de síndrome generalizado de incompetencia vital, de incompetencia compulsiva e incluso de gigantismo tabulario, a saber, la obsesión del incompetente por tener una mesa más grande que sus colegas. Y añade, como remate final: «Cada vez, el número de incompetentes aumenta en torno a la Espiral de Peter. Fórmula matemática tan simple como demoledora:

INCOMPETENCIA + INCOMPETENCIA = INCOMPETENCIA

Insisto en que todas las reflexiones, investigaciones, conclusiones y fórmulas incluidas en El Principio de Peter fueron definidas por el doctor Laurence J. Peter en los años 60, y compiladas y publicadas como libro en 1969. El propio doctor Peter falleció en 1990, por lo tanto, es físicamente y metafísicamente imposible que conociera al también doctor y también Peter, el doctor Pedro S., a la hora de escribir su revelador libro; ni mucho menos que El Principio de Peter, en su conjunto, y la Espiral de Peter (Incompetencia + Incompetencia = Incompetencia), en concreto, se refiera a nuestro Pedro S.

Tampoco es probable que la frase «la capacidad de dar una imagen atractiva en televisión no es garantía alguna de una competente actuación» esté dedicada al Pedro del presente. Ni que ese síndrome generalizado de incompetencia vital, de incompetencia compulsiva e incluso de gigantismo tabulario haga referencia a este Pedro, a sus cuatro vicepresidentes y vicepresidentas, sus 18 ministros y ministras y toda la pléyade de asesores y asesoras, especialistas y especialistos, expertos y expertas que están manejando esta crisis de manera tan incompetente, tan incongruente, tan indignante, tan infame, tan insultante y todos los ‘in’ que queramos añadir.


Un breve momento para la indignación


Porque, desgraciadamente, aquí no estamos hablando solo de incompetencia. Una brutal y siniestra incompetencia. Estamos hablando de MENTIRAS, estamos hablando de RUINA, estamos hablando de SUFRIMIENTO, estamos hablando de IMPOTENCIA, estamos hablando de IRRESPONSABILIDAD, estamos hablando de poner en RIESGO grave a profesionales que se juegan la vida salvando vidas, estamos hablando de MUERTOS. Decenas de miles. Y eso son palabras mayores. No es una cuestión solo de incompetencia, no, es sobre todo una cuestión de soberbia, de arrogancia; de no saber hacer y no dejar hacer, ni dejarse aconsejar; y tampoco rectificar, ni reconocer. Es una cuestión de grave y continua improvisación, de negligencia, de pura desidia, de no importarte una mierda lo que suceda a tu alrededor, a los millones de personas de las que eres responsable. Es una cuestión de persistente y desvergonzada manipulación, de bulos oficiales y maquillajes estadísticos (un renovado Ministerio de la Verdad orwelliano); de hábil gestión de la incertidumbre y la confusión; de indisimulado  manejo de los medios fieles (la nueva Policía del Pensamiento, siguiendo con Orwell), que están llegando a las más altas cotas de hipocresía moral (ahí está la hemeroteca). La vieja consigna: blanquear a los nuestros salpicando a los otros, culpando a los otros, condenando a los otros, crucificando a los otros. Lo que sea con tal de no ceder. De no bajar ni un milímetro la cabeza altiva. De no cambiar siquiera el color de la corbata por no reconocer la verdadera dimensión de la tragedia. La imagen lo es todo. La propaganda lo es todo. La política lo es todo. Las personas, los ciudadanos, en cambio, no valen nada. Ni su salud, ni su trabajo, ni su libertad. Ni, por supuesto, su pensamiento.



Nos encontramos ante la peor crisis sanitaria y económica de nuestra historia reciente –y no tan reciente-, una verdadera tragedia humana, económica y social sin precedentes (y que acaba de empezar), y no podemos estar en peores manos, en peores cabezas y en peores corazones. Sólo hay que mirar alrededor, a la mayoría de países, cuyos gestores de la crisis han resultado ser infinitamente más competentes (salvo los dos o tres que siempre nos ponen de ejemplo). No lo digo yo, lo dicen el bajísimo número de fallecidos y las mínimas consecuencias en sus economías.

Lo siento, no quería llegar hasta tal extremo de indignación cuando empecé esta reflexión sobre El Principio de Peter y su incuestionable capacidad premonitoria. No he podido evitarlo. Porque me siento impotente, frustrado y cabreado. Muy cabreado. Solo espero que cuando esto termine, no sé en qué puñetera fase, se ajusten las cuentas que se tienen que ajustar. Judiciales, políticas, económicas, sociales y morales. A todos y todas los y las responsables.


Y un final un poco más positivo


Por terminar de una manera menos dolorosa, vuelvo al doctor Peter, el auténtico. En 1982 publicó, junto con el autor Bill Dana y el ilustrador Norman Klein, el libro The Laughter Prescription (aquí traducido como La mejor receta, la risa) que trata sobre lo imprescindible que resulta el humor sano como remedio de casi todo, infalible para generar un estilo de vida positivo. Tiene razón ahí también, el doctor Peter. La risa —el ingenio, la creatividad, el humor, ¡los bendito memes!— es lo único que nos está salvando de esta situación de incertidumbre económica y tragedia humana. Y la responsabilidad individual es lo único que nos está frenando de tomar las calles como sí hicieron ellos en su día. No hace tanto. Y por mucho, muchísimo menos. Infinitamente menos.


PS. «La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia». Einstein también lo clavó.




miércoles, 22 de abril de 2020

Les Luthiers, Mastropieros que nunca


Como cada temporada, Les Luthiers acuden año tras año a su cita con los escenarios españoles y los espectadores españoles acuden año tras año a su cita con Les Luthiers. Y arrasan, cada temporada, con su humor inteligente, ingenioso, genial, único, superlativo. La nota triste la puso en agosto de 2015 la muerte (prematura, demasiado prematura, ¡hombre!) del gran Daniel Ravinovich, que fue, para el que esto escribe, el más genial de estos cinco genios. Ayer, 22 de abril de 2020 se despidió Marcos Mundstock, la Voz, el Narrador, que con su sola presencia sobre el escenario -semblante serio, andar pausado, carpeta roja bajo el brazo- ya arrancaba una general carcajada, anticipando lo que iba a llegar. Se nos ha ido Mundstock, y otra vez nos hemos quedado sobrecogidos. Pero, lo bueno, el consuelo, es que siempre nos quedará su recuerdo, sus actuaciones, su genialidad, su Humor mayúsculo... y las composiciones de Johann Sebastian Mastropiero.


Se enciende un foco sobre el desnudo escenario. Un señor calvo, barbudo y muy serio, de riguroso esmoquin, avanza con ceremonia sobre las tablas y se detiene ante un micrófono. Saluda al público con un leve gesto, se aclara la garganta y comienza a recitar con elegante y armoniosa voz de bajo muy bajo, bajísimo, en un MI del tercer espacio por lo menos, resonancia orofaríngea de alto vibrato y marcado acento argentino: «Yo nací en el África, por eso mi piel es negra. Mi nombre es Oblongo, que en dialecto Swahili quiere decir, más largo que ancho. (…) Dónde estará ahora mi sobrino Yoghurtu, Yoghurtu Nnnnghe, que tuvo que huir precipitadamente de la aldea por culpa de la escasez de rinocerontes. Yoghurtu Nnnnnnnghe era el joven más apuesto y más hermoso de la tribu, su piel era tan oscura que en la aldea le decían "el negro". Su voz, su voz tenía la sonoridad del rugido del león, la calidez del ronquido de la pantera, la grave aspereza del bramar del bisonte; cantando, ¡era un animal!».
Mientras el muy serio narrador de esmoquin recita la introducción, otros cuatro individuos con sendos esmoquins e idéntica seriedad (aproximadamente), aguardan parsiarmoniosamente ante sus instrumentos musicales, prestos para actuar. Dichos instrumentos pueden ser, por ejemplo, una contrachitarrone de gamba, un nomeolbídet, un yerbomatófono d’amore o un piano de cola, sin más. Lo que puede suceder a continuación es… bueno, en realidad puede suceder cualquier cosa. Como de hecho viene sucediendo desde hace más de 40 años.


Por supuesto, hablamos de Les Luthiers (pronúnciese /lely'tje/ con afrancesada ceremonia), el cuarteto, septeto, sexteto, quinteto y ahora nuevamente sexteto humorístico más aplaudido de la historia del HUMOR, con todas las mayúsculas. Porque si hay un humor con mayúsculas, éste es su humor inteligente, fresco, elegante y sutil; culto incluso. Hasta absurdo. Y absolutamente único. Genial, en dos palabras.
Y es que cinco tipos -o seis- vestidos con esmoquin clásico (o sea, en blanco y negro), sin necesidad de disfraces ni máscaras ni maquillajes, sobre un escenario cuasi desnudo de decorados y efectos, portando instrumentos de música clásica, o no, sin imitar a nadie y sin necesidad de ofender a nadie, que llevan cuatro décadas haciendo reír a carcajada limpia (y nunca mejor dicho) a millones de espectadores en España y América, año tras año, no sólo es una genialidad, sino además una rareza.

¿El secreto? Divertirse jugueteando con las palabras, los dobles sentidos, los gestos, las confusiones, el absurdo, la Historia, las historias, la inteligencia del espectador y, por supuesto, la música. Cualquier música, desde la ópera sinfónica, el cantar juglaresco o la candombe-milonga, hasta la bossa nova, la canción rusa, el rap o el simple tarareo; desde el himno más solemne hasta el canto ambibalante de la oveja, la música es la razón de ser y verdadera protagonista de todas las obras de Les Luthiers.
Será casualidad (o no) que todos sus integrantes sean maestros del arte sonoro: concertistas, compositores, arreglistas, directores orquestales y corales… y, de paso, Notario, Licenciado en Química Biológica, Arquitecto o Creativo Publicitario. Todos músicos, todos actores, todos cómicos. Todos rebosantes de humor, desvergüenza, lirismo e ingenio a partes iguales. Porque todos participan en la creación de cada obra, interpretan magistralmente multitud de instrumentos y más multitud aún de personajes. Siempre de esmoquin, por supuesto.


El nacimiento oficial de Les Luthiers tuvo lugar el 4 de septiembre de 1967. Gerardo Masana (que murió en 1973), Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich (fallecido este agosto) y Jorge Maronna fundaron el grupo humorístico argentino, al que con los años se unieron Ernesto Acher, Carlos López Puccio y Carlos Núñez Cortés; y ahora, tras la muerte de Ravinovich, Tato Turano y Martín O'Connor. Su primer éxhito (en efecto, dicho éxito marcó un hito) llegó en realidad unos años antes, en el Festival de Coros Universitarios en Tucumán, donde Masana presentó su Cantata Modatón, obra escrita al estilo de La Pasión según San Mateo, de Johann Sebastian Bach, pero con la letra tomada del prospecto de un laxante (como suena) que además interpretaron con extravagantes instrumentos construidos por ellos mismos. El resultado fue apoteósico y “La Cantata Modatón” (años después rebautizada “Cantata Laxatón”) significaría para ese grupo de amigos el principio de una exitosísima carrera de 48 años, por lo menos.


En 1970 tuvo lugar otro nacimiento trascendental en la vida de Les Luthiers: el de Johann Sebastian Mastropiero (que en realidad también había nacido unos años antes), el desastroso e hilarante compositor de muchas de las obras maestras de Les Luthiers, y cuya sola mención despierta una oleada de risas entre el público. Sus composiciones han acabado siendo grandesitos… perdón, grandes hitos universales, a pesar del dudoso genio del autor y de la nítida oposición paterna («Hijo mío, te pido que abandones la música. Es posible que sean mis prejuicios los que me impiden ver, pero por desgracia no me impiden oír»). El espectáculo “Mastropiero que nunca” (1979) grabó el nombre de Les Luthiers y el de Johann Sebastian con notas de oro en el pentagrama de la Historia.


A partir de ahí, los recitales de Les Luthiers comenzaron a recorrer y a conquistar el mundo con el idioma universal del humor y la música. Aunque su obra es esencialmente en español, los osados juglares se ha atrevido con el inglés (“Miss Lilly Higgins sings shimmy in Mississippi's spring –Shimmy-”), con el ruso («Oi gadóñayaaa… Basta, bala...laika / enseñanza laica / niña etrusca añeja / la lleva o la deja»), con el francés (“Chanson Indienne”, afrancesado homenaje a Tip y Coll) y hasta con las matemáticas («nuestro amor se rige por el Teorema de Thales: cuando estamos horizontales y paralelos, las transversales de la pasión nos atraviesan y nuestros segmentos correspondientes resultan maravillosamente proporcionales»). A lo largo de estas décadas, millones de espectadores se han rendido a su genio, a su alegría jovial, a su humor limpio y de sana intención, a sus travesuras musicales, a sus estrafalarios personajes, a sus “sketches” frescos, ingeniosos y verdaderamente antológicos. Sólo Les Luthiers son capaces de recrear y recrearnos en obras tan genialmente absurdas como el “Romance del joven Conde, la Sirena y el pájaro Cucú. Y la Oveja”, “Adiós, mi Estepa (Fuga en Si-beria)”, “La Bella y Graciosa Moza Marchose a Lavar la Ropa”, el “Concierto de Mpkstroff” («…mientras los violines dibujan un elaborado contracanto, el piano ataca el tema principal, que resulta ileso… Luego, y como anunciando el final, el concierto termina») y tantos y tantos desternillantes momentos que los han puesto a la altura de los mayores cómicos de todos los tiempos. Y sin quitarse el esmoquin.


Y llegados a este punto, qué podemos agregar... que no se haya dicho ya... o que sí se haya dicho... aproximadamente.