viernes, 10 de abril de 2020

Clemente Cebrián. Reivindicando al empresario con valores



«En mi vida personal lo más notable fue la llegada del huésped que se instaló amistosamente en mi casa, un huésped que yo no había esperado: el éxito»

«No es hasta que nos damos cuenta de que significamos algo para los demás que no sentimos que hay un objetivo o propósito en nuestra existencia»

Las dos citas son de Stefan Zweig y vienen a cuento porque Clemente Cebrián es un gran admirador de la obra del escritor austriaco (Magallanes es uno de sus libros de cabecera) pero, sobre todo, porque definen en gran medida la personalidad de este empresario madrileño que empezó joven (todavía lo es), alcanzó el éxito deprisa (y con mucho esfuerzo) y aún no se le ha subido a la cabeza (ni es probable que lo haga). El huésped que se instaló amistosamente en casa de Clemente Cebrián quizá sí era esperado —qué empresario no anhela que el éxito llame a su puerta, más pronto que tarde—, como también fue perseguido con tesón y aceptado con humildad. Pero quizá habría que definir primero el concepto de éxito; y qué significa para Clemente.


Hablando de éxito


Y es ahí donde entra la segunda cita de Zweig. La clave es “los demás”. Es cierto que muchos empresarios de éxito miden su triunfo a nivel estrictamente personal (yo-mi-me-conmigo); y que lo miden también en términos de DPPI —dinero-poder-posición-imagen—, que es para lo que sirve tanto esfuerzo y desvelo. Pero hay otros muchos que, simplemente, ven más allá de sus ombligos y se arriesgan y trabajan duro y sacrifican su vida personal y apuestan por sus sueños y, en fin, generan riqueza con un propósito, digamos, más altruista. Para ellos, el éxito es crear puestos de trabajo, es ayudar a cumplir los sueños de sus empleados; es agradecer su suerte, o su merecida recompensa, devolviendo a la sociedad parte de lo que le ha dado; es pensar en personas más que en números; es colaborar en causas solidarias por convencimiento, no por imagen; es devolver a la palabra “empresario” su dignidad perdida —machacada—, en estos tiempos de demagogia y cortedad mental.

Un término, empresario, que es sinónimo de valiente, de dinámico, de inconformista, de trabajador, de sacrificado, de comprometido. Lo describió muy gráficamente el magnate australiano Richard Pratt, a la hora de diferenciar entre implicación y compromiso: «En un plato de huevos con beicon, el cerdo está “comprometido”, mientras que la gallina sólo está “implicada”». Gentes hechas de otra pasta, sin duda.


Las 40.000 horas de entrenamiento


Clemente Cebrián Mosquera es un empresario comprometido. Con su empresa y con sus empleados, y también con su familia (su pilar fundamental, su razón de todo) y con toda buena causa que se cruza en su camino. Es lo que tiene llevar el inconformismo en el ADN, una clara vocación de empresario que le viene desde pequeño (su abuelo y su padre lo eran) a la que se suma un verdadero “culo inquieto” (con perdón) que es lo que le impide parar de crear, de crecer, de buscar, de emprender…

Habrá quien diga que el éxito les vino dado, a él y a su hermano Álvaro; que fue cuestión de suerte, o que tampoco es para tanto, que El Ganso ya no es lo que era… Muy español eso de negar el mérito ajeno. Ya lo dijo Albert Corretja en uno de los congresos de la fundación Lo Que De VerdadImporta: la gente ve las chicas, las fotos, los trofeos, las fiestas… pero no ve el sacrificio previo, las 40.000 horas de duro entrenamiento que han hecho falta para llegar hasta ahí. El backstage. La historia real.


Todo empezó con un sueño…


La historia real de El Ganso nació de un sueño y de una casualidad. El sueño de los hermanos Álvaro y Clemente Cebrián, que además de soñar juntos han estado unidos de una manera muy especial e inquebrantable desde que eran niños. Durante la carrera (Empresariales), ambos sacrificaban parte de las vacaciones de verano para ir a Londres a mejorar su inglés. Se pagaban la estancia repartiendo pizzas, trabajando de camareros, fregando platos, cualquier cosa que les ayudara a mantenerse más días y aprender el inglés real, a pie de calle. Además de perfeccionar el idioma, se fijaron en que había en Londres un estilo de ropa muy peculiar, que a ellos les encantaba y además tenía un precio muy asequible. Ropa con un diseño diferente, con personalidad fresca y desenfadada, pensada para jóvenes de 20 a 30 años. Prendas que, por cierto, no lograban encontrar en España, al menos a precio razonable. La idea de crear su propia marca de ropa pasó por sus cabezas, pero tuvieron que desecharla por falta de apoyo. Léase financiación.

Unos años más tarde, los dos trabajando en mundos ajenos, decidieron retomar el proyecto y convertirlo en su sueño. Con todo lo que ello implica. Para empezar, dejar el trabajo, la seguridad (Clemente, además, casado recientemente y esperando su primer hijo); siguiendo con la financiación (se iniciaron con una pequeña inversión de 30.000 euros, parte un préstamo de Avalmadrid, parte lo que les dieron por sus coches); y todo lo que vino detrás (la falta de experiencia, la falta de espacio, la falta de infraestructuras, la falta de clientes, la falta…). Era el año 2004, y Álvaro y Clemente todavía no sabían siquiera si la piscina a la que se habían tirado de cabeza tenía o no agua. Lo que sí tenía, sin duda, era muchos litros de ilusión y de fe en sí mismos. Quizá más importante que tener simples certezas. El vértigo era inevitable, pero el gusanillo de emprender les empujaba a lanzarse; y, además, «cuando tienes un sueño, has de perseguirlo con todas tus fuerzas», pensó Clemente.


… Y una casualidad


La casualidad sucedió un poco más lejos. En un viaje familiar, Clemente y Rocío, su mujer, paseaban por las calles de Budapest descubriendo rincones, escaparates y trozos de historia como dos turistas más. En el escaparate de una tienda de una calle cualquiera, unas zapatillas les llamaron la atención. Entraron, preguntaron, y la dueña les explicó que esas zapatillas se basaban en las que había utilizado el ejército checoslovaco en la II Guerra Mundial. Casualmente el diseñador, Jeremy Stanford, se encontraba esos días de visita en la ciudad. Clemente no se lo pensó dos veces, logró contactar con él en su hotel y trató de convencerlo para lanzar una producción conjunta. Stanford le dijo que no le interesaba. Pero Clemente insistió. Tenía tan claro el éxito de esas zapatillas en España que ya las estaba viendo en los pies de sus jóvenes clientes. Y quedaban muy bien. Así que insistió. Logró volver a reunirse con el diseñador y esta vez sí le convenció; consiguió unas muestras del modelo y hacer un encargo de 900 pares de zapatillas. El resto, es historia. Historia de El Ganso escrita en mayúsculas.

Por supuesto que existió la casualidad. Pero se limitó al paseo por aquella calle de Budapest. El resto, el fijarse en las zapatillas, el preguntar a la dueña, el quedar con el diseñador, el no aceptar el primer no y el apostar por su intuición, todo eso no fue casualidad. Fue instinto empresarial, fue visión, fue confianza, fue valentía para lanzarse a producir. Y tenacidad para vender.


Pasión por hacer el ganso


Aquellos novecientos pares de zapatillas de El Ganso by Jeremy Stanford invadieron la casa de Victoria, madre de Clemente y Álvaro. No había otro lugar donde meter su enorme pedido. Parecía una mudanza de miniaturas, con cientos de cajitas por todo el apartamento. Pero el éxito acompañó y la apuesta de Clemente resultó ganadora. A día de hoy, El Ganso ha vendido millones de zapatillas y sigue siendo su producto estrella.

Por supuesto, también hubo errores en el camino. Fracasos convertidos en valiosos aprendizajes, como prefiere ver Clemente. Fue quizá su visión romántica del negocio lo que les llevó a ese despliegue de errores continuos, pero también les impulsó a mover el motor de sus vidas. Un motor alimentado de humildad, que es el único combustible del aprendizaje. Y alimentado también por la pasión: «Si no haces lo que te apasiona, no darás lo mejor de ti mismo», es una de las leyes “gansas”. Esa pasión, que es también la pasión por la vida y por hacer el ganso, está presente en el ADN de la marca, en las colecciones, en la decoración de las tiendas, en la actitud de empleados y jefes… Una frescura provocativa y desenfadada que está muy lejos de los convencionalismos. Afortunadamente.



Meteduras de pata


Pero volviendo a los errores, fueron muchas las meteduras de pata en aquellos inicios. Clemente y Álvaro tenían claro el hueco de mercado, la oportunidad, pero desconocían el sector. Y eso, en cualquier negocio, se paga. El precio: telas que desteñían o se ajaban, prendas que encogían, problemas de stock, importantes ferias a las que acudían con prendas de otra temporada… Sucedió en Bread & Butter, Berlín, en julio; Clemente y Álvaro llegaron a la feria con la colección de otoño/invierno, encantados de haber conseguido hueco en una de las ferias textiles más importantes del mundo; pero pronto se les nubló la felicidad, justo en el momento en que se dieron cuenta de que las demás marcas y distribuidores exponían la siguiente temporada de primavera/verano. Habían invertido mucho en aquel viaje, y no podían volverse con las manos vacías. Eso podría haber sido el fin. Pero reaccionaron en positivo —otra marca de la casa—, tratando de hallar una solución. Y la encontraron en un distribuidor escandinavo, al que convencieron de que esa colección para el otoño español era ideal para su primavera sueca. Lo mismo que aquel encuentro con Stanford en Budapest, Clemente echó mano del optimismo y del ingenio en lugar de dejarse vencer por las circunstancias. Crecerse ante el obstáculo es la única manera de superarlo.

La lección estaba aprendida, que al final es lo que cuenta. Ha habido muchas lecciones más, claro, y las que quedan. Pero lo que distingue a un buen empresario es precisamente esa capacidad de aprender de todo y de todos, de los errores propios y ajenos, de su mercado y de otros sectores, de los mayores y de los jóvenes, de los grandes gurús o de los empleados. Esto último es quizá el aprendizaje más valioso, porque ¿quién está más cerca de la marca, en todos los sentidos, que tu equipo?


No escuches los cantos de sirena


En agosto de 2006, dos años después de su nacimiento oficial, El Ganso abrió su primera tienda. Un local que pertenecía a la empresa de su padre, cerrada desde tiempo atrás, y que iban a perder si no le daban uso comercial. Desde luego, la oportunidad les llegó en bandeja. Y lo mejor era su situación, en la confluencia de la Gran Vía y Fuencarral, epicentro de una de las zonas más comerciales y vivas de Madrid. Allí lograron crear un espacio único, personal y diferente, que definía perfectamente quiénes eran y lo que querían que fuera su marca. Álvaro echó mano de su vena creativa para decorar la tienda con mucho color y frescura, y con un gusto ecléctico muy particular, como si fuera el apartamento de un treintañero. Raquetas de tenis antiguas, viejos esquís, posters de surf, de pelotaris o de las playas de Hendaya y Biarritz, muebles vintage, la butaca del abuelo de Rocío, mujer de Clemente… Un ambiente acogedor que invitaba a entrar y vivir una experiencia de compra distinta. Se respiraba creatividad, estilo cosmopolita, bohemia, buen rollo. Y ese fue otro de los grandes aciertos de los hermanos Cebrián.


A partir de ahí, vendiendo de cara a la gente, fueron conquistando a su público. Poco a poco. De forma sostenida pero imparable. Empezando por los pies —las zapatillas de Stanford— y llegando a todo el ropero, masculino y femenino. Luego se abrió la tienda de Jorge Juan, y otra más en Fuencarral y más tiendas en Madrid y las principales ciudades de España. Y después Londres, París, Berlín, Lisboa, Dubái, México DF… Hoy suman ya 193 puntos de venta en 11 mercados, 800 empleados y 100 millones de facturación, números que demuestran que El Ganso no es una moda pasajera, ni mucho menos. Y que el sueño de los hermanos Cebrián (y luego de su padre, que se incorporó a la empresa familiar para sumar fuerzas y aportar su experiencia como empresario)  es una realidad contundente y creciente. Tanto es así que, para consolidar ese crecimiento y profesionalizar la gestión de la compañía, hace un par de años entró en el accionariado L Catterton, uno de los mayores fondos de inversión a nivel mundial.


La gente que cree en lo que hace


Pero, a pesar de estas cifras, del recorrido ejemplar de una empresa familiar que nació de cero y hoy está donde está, a pesar de los premios empresariales que coleccionan en sus vitrinas desde 2010, Clemente y Álvaro no se dejan tentar por cantos de sirena. La ambición sin control no entra en su listado de preferencias. Y tampoco el conformismo típico de las marcas asentadas. No va con ellos. Trabajo, innovación, creatividad, descubrimiento, aprendizaje, acción, emoción… esas si son palabras con verdadero significado en el particular diccionario de la familia Cebrián.

Y la palabra más importante: personas. El factor humano. Empleados felices, que se levanten cada mañana ilusionados con su trabajo, orgullosos de su empresa. Clemente lo tiene claro: «Tienes que ilusionar a la gente. Es importante que les animes con el proyecto, que crean en ti y les involucres». Está probado que las organizaciones en las que los empleados son felices también son más productivas; ganar más no te hace necesariamente más feliz, pero ser feliz sí te hace ganar más, y ser más productivo y rentable para tu empresa. Es casi una obsesión para Clemente, otro de cuyos libros de referencia es Delivering Happiness, el best seller escrito por Tony Hsieh, CEO del gigante de la venta online de ropa y calzado Zappos, en el que demuestra la felicidad como efectivo modelo de negocio. Suena utópico, pero en realidad es solo atípico, transgresor y, en cierto modo, provocativo. La clave está en encontrar el equilibrio justo entre beneficios, pasión y propósitos. Un equilibrio que el Clemente empresario y el Clemente persona han logrado encontrar y aplicar.


Beneficios, pasión y propósitos


«Nadie puede ser un buen profesional sin ser una buena persona» afirma Howard Gardner, el célebre psicólogo estadounidense que formuló la teoría de las inteligencias múltiples. Y tiene razón. Las empresas “ave de rapiña” al más puro estilo Margin Call (J. C. Chandor, 2011) o The Corporation (Joel Bakan, 2004) tienen las horas contadas. Hoy, en la era de la transparencia, «hacer el bien para la sociedad en la que ganas dinero es una obligación, una oportunidad y una suerte que cada vez más compañías entienden y practican», como afirma Pablo Herreros en su último libro (Sé transparente y te lloverán clientes). Quizá algunas lo hagan porque no les queda más remedio, ahora que los consumidores tienen la sartén por el mango digital. Pero otras muchas lo hacen por puro convencimiento personal. En El Ganso, la RSC viene de la mano de la RSP. Y no se entiende la una sin la otra. Una apuesta personal de Clemente y Álvaro que no hace sino demostrar, una vez más, la coherencia entre lo que piensan y lo que hacen, entre lo que creen y lo que crean.


Para ellos, lo más gratificante de su aventura empresarial es generar puestos de trabajo (800 y subiendo) y el hecho de que cada uno de ellos tenga una familia detrás, una vida, un proyecto que a lo mejor se ha creado a partir de este trabajo. Pero eso no basta. Hay que ir un poco más allá en cuestión de propósitos. Y es que, siguiendo los valores particulares de sus fundadores, El Ganso no escatima causas a las que apuntarse. Por ejemplo, el Legado María de Villota, al que apoyan con toda la ilusión desde 2014; o la campaña conjunta con Auara, una ong que destina el 100% de sus beneficios a construir depósitos de agua en las zonas más castigadas de África; o su apoyo a la iniciativa Súmate al verde para reforestar las zonas arrasadas por los incendios en Galicia; o su apoyo a la Expedición Nemo del aventurero Nacho Dean, que va a unir a nado los cinco continentes para concienciar sobre el deterioro de los océanos; o su apuesta por los jóvenes talentos musicales, con la campaña New Season New Sounds; o el compromiso con la creación de nuevos proyectos empresariales, a los que Clemente ayuda a título personal (cientos de charlas inspiradoras en todo tipo de foros o la creación de una aceleradora de startups, Copernicus) y corporativo (la Granja de Gansos: un vivero de industrias creativas que la marca ha puesto en marcha con Factoría Cultural para ayudar e impulsar a los emprendedores a convertir sus ideas en proyectos sostenibles, dentro del sector textil y moda). 

También durante la pandemia del coronavirus los hermanos Cebrián han demostrado una vez más que hacer "el ganso" implica ayudar a quien lo necesita cuando lo necesita, y pusieron su granito de arena solidario regalando 1300 pares de zapatillas a los heroicos sanitarios que se enfrentaron al covid-19 en primera línea de fuego, en IFEMA. Otro ejemplo, el más reciente por ahora, echar una mano digital a pequeñas startups a las que han cedido un espacio en la web de El Ganso, The Community, para darles visibilidad y cederles su plataforma de ecommerce.


Lo que crees y lo que haces


«Como marca, en cada iniciativa buscamos aportar algo a la sociedad. Creemos en lo que apoyamos, y creemos también que las marcas debemos ser honestas y coherentes con lo que hacemos. Todas podemos poner nuestro granito de arena para mejorar este mundo, apoyar causas necesarias, concienciar sobre la protección del entorno, impulsar el talento, ofrecer oportunidades a quienes carecen de ellas. Decidir que nuestro negocio no consiste solamente en fabricar ropa y facturar, que puede servir para generar otra clase de beneficios». Beneficios que son, sin duda, los más valiosos.

Dice Simon Sinek, el gran gurú del liderazgo, «Olvidemos que hoy la gente no compra lo que haces; compra por qué lo haces. Y qué haces simplemente demuestra lo que crees». Ahí, justo ahí, está el secreto. Un mantra que Clemente y Álvaro Cebrián tienen perfectamente interiorizado desde siempre.


Locos, inadaptados, rebeldes… genios


La campaña “Crazy Ones” que Apple lanzó al mundo en 1997 es otro de los imprescindibles que Clemente revisita cada cierto tiempo. Pura inspiración. «Esto es para los locos. Los inadaptados. Los rebeldes. Los que ven las cosas de otra manera. Ellos impulsan la humanidad hacia delante. Mientras algunos les ven como los locos, nosotros vemos genios. Porque la gente que está lo suficientemente loca como para pensar que pueden cambiar el mundo, son los que lo hacen. Think Different». 

Esos locos son Gandhi, Picasso, Dylan, Einstein, M. Luther King, Richard Branson, Edison, Ted Turner, HithcockY Steve Jobs, claro. Son los héroes de Clemente, sus referentes. Los motores a propulsión que le impiden quedarse quieto, que le empujan a emprender nuevas aventuras empresariales y personales, proyectos estimulantes que calman su visión inconformista de la vida. Que cierran el círculo entre pensamiento y acción. Entre lo que cree y lo que hace.





El triunfo y el fracaso


En fin, si observamos la trayectoria de Clemente Cebrián es sus apenas 15 años de vida como empresario, no es aventurado afirmar que ha sido una trayectoria exitosa. Si le preguntas directamente a él, te dirá que bueno, que no es para tanto, que es un trabajo en equipo, que es una suerte dedicarse a lo que le apasiona… Y es que, desde joven, Clemente ha aprendido a tratar de la misma manera al triunfo y al fracaso, esos dos impostores que tan bien conocía Kipling.

Sin embargo, este soñador enamorado del cine de Bergman y Hitchcock (y sobre todo de El Padrino); este apasionado de Zweig y del fútbol a partes iguales; este guerrero incombustible que encuentra su descanso cada fin de semana, en familia, a los pies de Gredos; este líder que tira del carro en primera fila; este empresario con todas sus letras y todo su significado es, para todos los que le hemos conocido de cerca, un magnífico ejemplo de lo que debe ser el éxito. El bueno. El valioso. El que llega a los corazones más que al bolsillo. El que te hace crecer como persona y hace crecer a las personas que te rodean. El éxito de los campeones, según la definición de Simon Silek:


«Los campeones no son los que siempre ganan carreras, los campeones son los que salen y lo intentan». Nada más que añadir.


lunes, 23 de marzo de 2020

Volveremos a abrazarnos





Todo se detuvo en un instante.
Las risas, los abrazos, los besos.
Los paseos bajo la lluvia.
Los sueños.
Ya no volvimos a ver el mar
Ni caminamos de la mano
Por el viejo puerto.
Todo nuestro mundo, en un instante,
Se quedó lejos.
Envuelto por lo incierto
Encerrado en su celda
De temores, sueños rotos y silencios.
Encadenados a la ausencia.
Añorando el contacto, la presencia
Los besos y los abrazos.
Lo encuentros.
Añorando los paseos
Por el viejo puerto.
Cogidos de la mano.
Libres, despreocupados.
Sin miedo.

Pero eso fue hace tiempo…


Alguien gritó: ¡Me niego
A ser esclavo de mi miedo!
Otro respondió, desde su encierro:
¡Salgamos a la luz, miremos el cielo!
Y uno más clamó:
¡No nos dejemos vencer!
¡Cantemos, riamos, soñemos!
¡Celebremos la vida con estruendo!
Y el eco de sus voces
Llegó a mil rincones y luego
A diez mil más y a millones.
Y todas las voces fueron una
Y todas a una gritaron ¡Venceremos!
Y desde todas las esquinas
Del mundo
Resonaron las canciones y las risas,
Y volvieron los besos
-de lejos- y los deseos
Y los sueños.
Y los abrazos virtuales
Y los “te quiero“.
Y el mundo detenido,
Alejado de sí mismo
Prisionero de su miedo
Volvió a la vida
De nuevo.


Y yo juro por mi vida
Que todo esto pasará.
Y que cuando todo haya pasado
Volveremos a abrazarnos
Y a besarnos y a tocarnos.
Volveremos a sentir el mar
Y cogidos de la mano
Pasearemos por el viejo puerto.
Y volveremos a soñar
Y a reír y a cantar los versos
Que hoy escriben mis dedos
Dictados por mi corazón.
Y volveremos a sentir la lluvia
Bañando nuestros cuerpos
De vida y de deseo.
Y ya no temeremos al silencio
¡Nunca más!
Ni a la soledad ni al miedo.
Y te juro que jamás, jamás
Nuestro amor volverá
A ser de lejos.

jueves, 19 de marzo de 2020

¡Con dos quiñones! De menda a Mendo y de Mendo a Pedro.


Hace mucho, mucho tiempo, una tarde de junio de 1961, se estrenó en la cartelera madrileña una obra cinematográfica emblemática, estrambótica, simbólica, epigramática, cómica, dramática, hiperbólica, poética, satírica, paródica y muy simpática. Una obra genial e inmortal sobre un menda llamado Mendo que escribió otro menda llamado Pedro, quien vivió, ripió y murió... con dos quiñones.


No sabemos si el estreno tuvo lugar en la sesión de las siete y media (su inocencia no debería ignorar a esta hora, querido lector o lectora, que «las siete y media a más de una hora es un juego; y un juego vil que no hay que jugarlo a ciegas, pues juegas cien veces, mil, y de las mil, ves febril que o te pasas o no llegas. Y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Mas ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!»); lo que sí sabemos es que la película, desde que levantó el telón, tuvo un éxito arrollador de público, que es el éxito que importa; y no tanto de crítica, aunque éste importa siempre menos, especialmente al público, que suele ser más crítico con la crítica que la crítica con la película.

El caso es que a la genialidad inmortal de la inmortal obra de Muñoz Seca se le añadió en esta ocasión la genialidad de Fernán Gómez, director, guionista, protagonista y cronista de aquesta historia de venganzas, amoríos, cabras, toros, mansos, cuernos, bardos, magdalenas, emparedados, judías, moras (de la morería), traiciones, pendones, trapalonas, canelos, duelos y nobles que se suicidian. La principal aportación de la versión cinematográfica fue, precisamente, el profundo respeto hacia la obra teatral; tan profundo y tan respetuoso que mantuvo intacto el formato teatro, e incluso lo potenció. En efecto, Fernando Fernán Gómez, que en un principio desestimó el encargo, supo sacar provecho como nadie del texto y del espíritu del Don Mendo original; rodó en escenarios teatrales de lo más delirante (decorados de cantoso cartón piedra, llamas de papel celofán, lanzas de goma, castillos de tela, nubes colgadas del cielo…), incluida la presencia del apuntador; las batallas resultan hilarantes por lo ridículas y los exteriores son tan escasos y absurdos que canta que fueron impuestos al director por los productores para “dar más apariencia cinematográfica”, y que el director obedeció... a su manera.


El texto es íntegramente el original, con sus ripios desternillantes (decís-querís, quizás-zas, insidia-falsidia-suicidia, escuchad-abad-piedad-adalid-edad-hablad-david-decid-hablad), sus incesantes juegos de palabras (los Toros y los Mansos, “por aquí; ¡por Alá!”, “para asaltar torreones dos Quiñones son pocos; hacen falta más… quiñones”), su mofa-homenaje al teatro histórico dramático español (los lances y escarceos, el honor, la venganza... ¡por mi dama, vive Dios!), el espectacular dominio del castellano, puro malabarismo lingüístico (“mora de la morería, mora que a mi lado moras, mora que ligó tus horas a la triste suerte, mora que a mis plantas lloras...”; “y me arrulo y me atribulo y mi horror no disimulo”), la prodigiosa puesta en escena (esos cuernos del decorado que van ‘persiguiendo’ al de Toro; esas torturas de cosquillas y ducha; esa escabechina final en la cueva moruna) y el toque moderno, que de extemporáneo se vuelve intemporal (“para lavar del baldón la mancha que nos agravia, ¡henos de Pravia!... Señores, ¡vaya jabón!”). Todo bañado de una absurda y encantadora irrealidad, que es, en el fondo, lo que le da vida y pleno sentido a la obra. Y de diálogos inmortales que recitan de memoria generaciones de espectadores (“puñal de puño de aluño, /puñal de bruñido acero, /orgullo del puñalero /que te forjó y te dio bruño”).

Mención aparte merecen los actores, que bordan sus personajes con teatral seriedad: desde el propio Fernán Gómez (un don Mendo a la altura de Saza o Gómez Bur, que lo fueron en el teatro), un jovencito Juanjo Menéndez (el de Toro), el siempre único Antonio Garisa (el rey) o la bellísima y olvidada Paloma Valdés (Magdalena); y, claro, todo el elenco de secundarios.

Al final, tras la suicidia muerte de Don Mendo (“sabed que menda es Don Mendo y que Don Mendo mató a menda”) y la de Azofaifa y la de Magdalena y la de Don Nuño y la de Don Pero y hasta la del apuntador (quien, por cierto, muere dos veces en la obra)... cae el telón. Digno colofón para ese sincero y rendido tributo a una obra de teatro que fue y es una de las grandes genialidades de nuestra escena (estrenada en el Teatro de la Comedia en 1918, es una de las cuatro obras más representadas de todos los tiempos en España). Y que en la versión cinematográfica logró dar una nueva vuelta de tuerca a su genialidad, parodiando la versión teatral original, que a su vez parodia el teatro “de honor” de Lope y Calderón; o sea, una astracanada de la astracanada.


Empero, lo que hoy consideramos, más de un siglo después de su nacimiento (fue escrita en 1912), obra cumbre del teatro cómico patrio, no siempre tuvo tal dicha y aprecio. Y es que, en esta España nuestra de envidias y tristezas, se ha tendido históricamente –y a menudo histéricamente- a menospreciar el género cómico. En el caso del teatro de don Pedro Muñoz Seca la injusticia es doble, pues además de cómico fue de derechas, y eso intelectualmente ha de resultar imperdonable. Pero la inteligencia, la genialidad, la visión de su prolífica obra superó sin problema sesgos, envidias y críticas destructivas, porque su teatro ha sido, generación tras generación, amado y aclamado por el público, que en su butaca es el rey. Y también fue admirado por insignes colegas, como el mismísimo Valle Inclán, quien declaró: "Quítenle al teatro de Muñoz Seca el humor; desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro".
Y es que desde que estrenó su primera obra, en 1901, hasta su trágica muerte en los albores de la guerra civil, fusilado en Paracuellos por católico y monárquico, Muñoz Seca fue, siempre y ante todo, un autor de teatro; un humorista de ley, un cómico, en el mejor sentido de la palabra; y un hombre fiel a sus principios, a su patria y a su Dios. “A Muñoz Seca no lo mató la barbarie, lo mató la envidia.”, afirmó Jacinto Benavente. Pero está equivocado don Jacinto, porque en realidad a Muñoz Seca, como a Don Mendo, no ha logrado matarlo aún ningún menda.


Ingenio a secas.

Muñoz Seca tenía siempre presto el ingenio, 24 horas y a pleno rendimiento. Cierto día, un crítico literario le preguntó cuáles eran, a su juicio, las cinco plumas más insignes de las letras españolas contemporáneas, a lo que contestó: “Don Miguel de Unam-uno; Benito Pérez Gal-dos; Miguel de Cervan-tres; Luca de Tena, don Tor-cuatro; Benavente, don Ja-cinco”. Incluso a las puertas de su propia muerte, el humor era más poderoso que el odio enemigo:“Podréis quitarme las monedas que llevo encima –inquirió a sus verdugos- podréis quitarme el reloj y las llaves, podéis quitarme hasta la vida; sólo hay una cosa que no podréis quitarme, y es el miedo que tengo”. Y es que, don Pedro, tenía los quiñones bien puestos.




lunes, 16 de marzo de 2020

El peor de los tiempos. El mejor de los tiempos.



«Era el mejor de los tiempos; era el peor de los tiempos». La célebre frase que inicia la novela de Dickens Historia de dos ciudades bien podría aplicarse –salvando las distancias con la Revolución Francesa- al momento que nos ha tocado vivir. Este aquí y ahora en el que también se entrecruzan «la edad de la sabiduría y la de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación». Un tiempo en el que, de pronto, nos hemos dado cuenta de que «todo lo poseíamos pero no teníamos nada». Aunque nuestra reclusión más o menos forzosa pero limitada tirando a breve –no lo olvidemos- poco tiene que ver con los dieciocho eternos años que el padre de Lucía Manette permaneció preso en la Bastilla; y menos aún nuestros conectados y confortables hogares del s. XXI, tan infinitamente alejados de la mazmorra 105 de la torre norte de la infecta prisión parisina.


El invierno de la desesperación


Pero, volviendo al principio, lo cierto es que nos ha tocado vivir el peor y el mejor de los tiempos. El peor, porque en un mundo globalizado e híper conectado como el presente, un bichito que nace a 9860 kilómetros -en un país recién abierto al mundo- nos llega a la misma velocidad que un envío de Amazon Prime y se expande con la misma letal eficacia que un vídeo viral de gatitos o el fake ruso de turno. Y contagia de locura, incredulidad y desesperación al mundo entero, país por país, ciudad por ciudad, calle por calle. Nos ha pillado en pelotas, la emergencia. No sabemos qué hacer o dejar de hacer, cómo actuar, quién y por qué, o para qué. Nos dejamos llevar por el pánico y el caos, los más, o por el sentido común y la cordura, los menos. Y mientras unos arrasan el súper en busca de provisiones como si esto fuera Beirut –lo del papel higiénico sigue siendo un misterio insondable- otros se van de terrazas; mientras unos se encierran en casa bajo siete llaves otros aprovechan para escaparse a la sierra, que ahí se está la mar de bien. Y mientras los países cierran sus fronteras y encierran a sus gentes, el maldito bicho se va colando -imparable, impredecible- por todos y cada uno de los recovecos de nuestras vidas. Cuerpos, mentes y almas se contagian a velocidad de vértigo. Porque igual que el bicho expande su vírica contaminación, los medios de comunicación, los whatsapps y las redes, con su mix de verdades, exageraciones y falsedades, expanden el miedo y la confusión. La sobreexposición a la información sobre el virus es tan fatal para la mente como el propio virus para el cuerpo. Ahí también se debería recomendar la contención. 

Y lo peor de este peor de los tiempos no es la enfermedad en sí –entendámonos, el coronavirus no es la peste bubónica, ni el cólera, ni el tifus, ni el ébola- sino el letal efecto dominó que afecta a la economía globalizada e híper conectada en la que vivimos. Y eso no ha hecho más que empezar. Solo cabe esperar -porque obviamente no está en nuestras manos- que gobiernos, bancos mundiales, grandes entidades financieras y demás responsables de la cosa estén a la altura. Porque si no lo están nos vamos todos de cabeza a un pozo sin fondo. Sé que es mucho pedir, pero quien no llora no mama. Y esta es una buena razón para llorar.



La primavera de la esperanza


Pero también nos ha tocado vivir esta crisis mundial en el mejor de los tiempos. Y, ya puestos, en el mejor de los países. Porque las condiciones de nuestra reclusión (con wifi, Netflix, houseparty, Amazon o la compra a domicilio) no son precisamente las de otros tiempos lejanos, ni siquiera décadas atrás. Quedarse en casa no es ir la guerra a la que fueron enviados nuestros abuelos; la escasez de papel higiénico y de otros –no muchos- bienes de primera necesidad no es el estado de racionamiento que vivieron nuestros padres en la posguerra. Y las avalanchas en los hipermercados tampoco son comparables –la sola comparación da hasta vergüenza- con la tragedia diaria de los cientos de miles de personas –repito, personas- que hoy, marzo de 2020, huyen de la guerra, la miseria o el fanatismo. Que tratan de escapar de una muerte segura e inminente, por enfermedad, por inanición, por bala o por una bomba en la cola del súper.

Y en el mejor de los países. Porque en España tenemos el mejor sistema sanitario público del mundo, los mejores profesionales y los mejores hospitales. Públicos y privados, que aquí están todos a una. Aunque le pese a más de uno, y de una. La entrega, la profesionalidad, el compromiso y la sensatez que están demostrando, la esperanza que nos contagian cada día y el ejemplo de sacrificio que nos están dando a todos en su heroica lucha son sencillamente espectaculares. Y esto es extensible a otros héroes expuestos como el personal de las líneas aéreas (que ha reunido estos días a muchas familias,incluida la mía, con riesgo evidente), las farmacias, los comercios de todo tipo que permanecen abiertos para que podamos sobrevivir, los mensajeros y conductores, los transportistas, las fuerzas del orden y un largo etcétera de profesionales que ayudan a contener la locura.

Ante esta lección, también a nosotros nos toca estar a la altura, más allá de los aplausos en la terraza. Es lo único que se nos está pidiendo. Algo tan sencillo como pensar en el otro, ser conscientes del riesgo, ser humildes y obedientes; y también aprender a tener paciencia, adaptarse a una nueva forma de ver la vida, el trabajo, la familia. Sosegar el paso. Retomar aficiones. Replantearse prioridades. Repensar lo que es de verdad necesario y lo que es perfectamente prescindible. Recogerse, mirar hacia dentro, volver a lo esencial. Y, por favor, no dejar de contagiarnos ese sentido del humor tan nuestro, tan ingenioso, tan genial. Y tan necesario. En eso, incontinencia total.
  
La pregunta que cabe hacerse ahora es: ¿estamos a la altura? O, mejor, desde el interior de cada uno: ¿estoy a la altura? Porque, no lo olvidemos, el precio de la libertad colectiva es el ejercicio de la responsabilidad individual. Poner todos y cada uno la parte que nos corresponde, que es ínfima.

Si todos respondemos, el final de esta historia llegará antes, y será un final feliz. Porque, eso tampoco lo olvidemos nunca, tenemos mucha suerte de vivir en el mejor de los tiempos, en el mejor de los países.






sábado, 14 de marzo de 2020

Los 33 de San José. La luz dentro del túnel




El 5 de agosto de 2010, treinta y tres hombres quedaron atrapados en la mina San José, Chile. Durante 17 días permanecieron incomunicados y casi (casi) fueron dados por muertos. Después de dos meses de entierro en vida y tras un espectacular rescate, los 33 vieron la luz. Lo que se vivió ahí dentro, en el interior de esa gigantesca y profunda tumba y en el interior de esas treinta y tres almas sin esperanza, fue desvelado por el único periodista que tuvo acceso directo a ellos. Gracias a él, todos pudimos conocer la historia y, lo que es más importante, aprender la lección. Una historia incluida en mi libro "La muerte del egoísmo".

En la despiadada película El Gran Carnaval del maestro Billy Wilder, Chuck Tatum (Kirk Douglas) es un periodista de poca monta y menos escrúpulos que acaba en un pueblo perdido del desierto de Nuevo México. La suerte le sonríe cuando el indio Leo Mimosa queda atrapado en una mina. Rescatarlo puede ser cuestión de horas, pero Tatum convence al ambicioso sheriff y al corrupto capataz del equipo de rescate para que realicen el salvamento de forma que dure varios días y dé tiempo a convertirse en jugosa noticia. Un hombre enterrado vivo en las entrañas de la roca; una esposa desconsolada e impotente; unos hombres jugándose el tipo por rescatarlo; y un cronista que tiene acceso en exclusiva al condenado, que incluso se convierte en su único amigo, para contar la historia día a día, minuto a minuto, resuello a resuello. La cosa funciona, al principio: empiezan a llegar visitantes curiosos, primero en coches, luego en caravanas, en autobuses, en tren. Se montan cientos de tiendas de campaña junto a la mina, y después tiendas de souvenirs y puestos de comida rápida y atracciones de feria y hasta una noria. Miles y miles de voyeurs indolentes llegados de todo el estado; y Tatum, el narrador, saboreando el éxito de la jugada.
Al final, claro, Leo muere (“¡El circo ha terminado! ¡Váyanse a sus casas!” brama Tatum, desde lo alto). Y el público de este gran carnaval de miserias hace que lo siente y se retira, decepcionado, a la gris rutina de sus vidas. Y el periodista sin alma (y sin noticia) acaba siendo devorado por el monstruo ambicioso y perverso que él mismo ha creado. Y también por el último atisbo de su propia conciencia.


Hace diez años, en agosto de 2010, treinta y tres mineros quedaron atrapados en las entrañas de otro desierto, el de Atacama, en Chile. Como en la película de Billy Wilder, también un periodista tuvo acceso exclusivo a los mineros y realizó una brillante crónica desde primerísima línea; mantuvo conversaciones privadas con los protagonistas, se reunió con el equipo de rescate y con los médicos y fue el primer periodista que consiguió entrevistar al líder de los mineros, Mario Sepúlveda. Pero, al contrario que el perverso Chuck Tatum, Jonathan Franklin no se aprovechó de la tragedia, ni alargó el rescate para estirar su noticia, ni traicionó la confianza de los hombres atrapados; ni provocó su muerte. Franklin, simplemente, fue testigo de excepción de esta hazaña de supervivencia y esperanza, de lucha épica contra el miedo, el calor sofocante, la desesperación, la enfermedad e incluso el fantasma del canibalismo. Una historia que conmocionó al mundo y que el periodista estadounidense afincado en Chile escribió en formato de novela con el sucinto título de “Los 33” (y cuya versión cinematográfica protagonizó Antonio Banderas). 

Jonathan Franklin nos introduce en las profundidades de la mina San José para descubrirnos cómo se vive minuto a minuto sepultado a 622 metros durante 70 días y 70 noches; la forma de organizarse, qué roles y tareas se asignaron o el sistema de racionar los recursos (apenas un par de bocados de atún enlatado cada 48 horas); cómo soportaron los primeros 17 días, en que estuvieron incomunicados y dados por muertos (el Gobierno planificaba ya un funeral de Estado, cuando salió de las entrañas de la tierra ese sucinto mensaje: “Estamos bien en el refugio los 33”); y también con qué heroica confianza soportaron sus familias la angustia, la impotencia y la incertidumbre ("Enterrados quizás... Vencidos nunca" rezaba una de sus pancartas); o la celeridad y acierto con que actuó el Gobierno de Chile, asesorado por la NASA, para organizar el rescate (cuando sólo había un 2% de posibilidades de encontrarlos con vida), que supuso el mayor desafío tecnológico de las últimas décadas. Y, sobre todo, cómo lograron sobreponerse al instinto de supervivencia individual y formar una piña que fue, en realidad, lo que los mantuvo cuerdos y vivos. “Sepúlveda tuvo una visión. Se creyó elegido por Dios para ser líder y que aquellos 33 hombres estaban destinados a salvarse. Muchos de sus compañeros reconocerían después que a su fuerza, optimismo y locura se agarraron todos para salir de allí” escribe Franklin. La mujer de Sepúlveda, Elvira, añade: “Me dice en las cartas que es el líder, el que manda. Me dice que es el Corazón Valiente. Siempre fue combativo”. Un líder nato que logró mantener la unidad y, lo que es más importante aún, el orden y la calma en una situación extrema.



Y fue también fue su profunda fe, su confianza en la voluntad de Dios lo que afianzó ese sentimiento de comunidad y unión; hablaban incluso de Jesucristo como el minero número 34. “Nosotros ahí clamamos a un Dios vivo y Él nos respondió”. Una devoción que se plasmó, por ejemplo, en el especialísimo regalo que hicieron llegar al papa Benedicto XVI, mientras aún permanecían en la mina: una bandera de Chile firmada por los 33 mineros, como símbolo de “la esperanza con que millones de personas en todo el mundo confiamos a Dios su vida". Y es que el milagro del desierto de Atacama cambió sus vidas, como pudieron comprobar los mil millones de personas que siguieron por televisión el espectacular rescate, la noche del martes 12 de octubre: del primer al último de los 33, todos vestían una camiseta en la que se leía “Gracias, Señor”.

El rescate fue un rotundo éxito, desde que comenzó a las 23:19 del martes, apenas transcurrieron 22 horas y 42 minutos hasta que emergió de las profundidades de la roca viva la estrecha cápsula “Fénix 2” con el último de los heroicos mineros, Luis Urzúa, el jefe de turno (y otra de las personas clave en la buena resolución de la tragedia). Las imágenes del reencuentro de los 33 con sus familias, los abrazos, las lágrimas incontenidas, la alegría desbordada, la felicidad plena, dio la vuelta al mundo. Y la historia quedó como un maravilloso ejemplo de supervivencia, de compañerismo y de esperanza, de tesón y valentía. Y de profunda fe.

Lo cierto es que, según reconocieron los propios mineros, todos salieron de aquella mina más religiosos que cuando entraron, porque “creímos en Él y Él nos respondió”. A diferencia del minero de El Gran Carnaval, los 33 de San José confiaron en quien tenían que confiar. Ellos vieron la luz antes de salir del túnel.

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lunes, 9 de marzo de 2020

Lo que el viento se llevó / rosas al aire arrojadas


El 30 de junio de 1936 se publicó una de las novelas más legendarias, más vendidas y más traducidas de la literatura americana. Tres años después, esa novela se convertía en una de las películas más legendarias, más taquilleras y más grandes del cine americano. Para muchos, la más grande de todos los tiempos.




Margaret Mitchell, periodista de carácter y dama del Viejo Sur, tardó diez años en escribir su obra inmortal —que, por cierto, comenzó por el capítulo final y luego fue completando de manera más o menos desordenada—. Y aunque no tenía especial intención de publicarla, y cuando lo hizo no aspiraba a vender más de cuatro o cinco mil ejemplares, sólo unos meses después de ese 30 de junio, en Navidad, ya se habían vendido un millón de copias; un año después ganó el prestigioso Premio Pulitzer de novela; después vinieron otros premios y luego el celuloide y, finalmente, el mito. Con el tiempo, se ha convertido en uno de los best sellers más vendidos de todos los tiempos: 28 millones de ejemplares en más de 300 países y en 27 idiomas.


Las primeras palabras —del medio millón que contiene el libro— nos dan una pista clave de su éxito: «Scarlett O´Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo, como les sucedía a los gemelos Tarleton». Ése tal vez sea el secreto, el embrujo que Escarlata O’Hara ha ejercido a lo largo de siete décadas sobre millones de lectores en todo el mundo, de todas las culturas, de todas las épocas. Y junto a Escarlata, unos personajes más grandes que la vida, un retrato de la Historia Americana —y por extensión, universal— preciso y fascinante; una historia rebosante de Amor, Odio, Honor, Familia, Guerra, Celos, Miseria, Grandeza, Lucha, Valor, Felicidad, Drama, Romanticismo, Orgullo, así, todo en mayúsculas. Porque todo en esta novela está escrito en mayúsculas, y todo lo que se generó a su alrededor también. Sobre todo, claro, la magnífica y mayúscula adaptación cinematográfica.


La película más grande jamás filmada

David O. Selznick, siguiendo su instinto de productor y los consejos de su editora, Kay Brown, había vislumbrado la grandeza que encerraba esa historia de amores y guerras y honor y esclavos y Escarlata y Rhett y Ashley y la Tierra Roja de Tara. Y, al contrario que la protagonista, no lo dejó “para mañana”. Compró los derechos de la novela por 50.000 dólares, una cifra récord para la época, y comenzó a planificar la película más grande jamás filmada. Una tarea que resultó tan monumental y tan fabulosa como la propia película.

Y es que desde su pre-producción, Lo que el viento se llevó se convirtió en un fenómeno social, que trascendió lo puramente cinematográfico —hasta se comercializaron perfumes, cremas y camisas con el nombre de la película—; y no era para menos: más de 15 guionistas trabajaron en la adaptación de la novela  —finalmente Sidney Howard firmó el magnífico texto definitivo—; 5 directores pasaron por el set de rodaje —Reeves Eason, Sam Wood, William Cameron Menzies, George Cukor y Victor Fleming, el único acreditado—; a lo largo de dos años de casting, 1400 desconocidas y 100 estrellas realizaron pruebas para el ambicionado papel de Escarlata que se llevó la inglesa Vivien Leigh —entre otras, Joan Crawford, Paulette Godard, Lana Turner y Katharine Hepburn—; para el espectacular incendio de Atlanta, se utilizaron 7 cámaras —todas las disponibles— y se quemaron los descomunales decorados de King Kong y Rey de Reyes; y para la grandiosa escena de la estación, la mitad de los miles de soldados heridos eran muñecos —no había llegado aún la era digital—. Después de 3 años de preproducción y 125 días de rodaje , la obra magna de Selznick —auténtico artífice de la película— se estrenó el 15 de diciembre de 1939 en la ciudad de Atlanta, con la suntuosidad de una coronación; el alcalde declaró tres días de fiesta oficial. El año siguiente batió un nuevo récord al ganar 8 Oscars, incluyendo película, director, actriz principal y guión.

Y si la novela había sido un éxito sin precedentes en Estados Unidos, el fenómeno que supuso la película fue inconmensurable en todo el planeta. De hecho, es la única película que no ha dejado de proyectarse ni un solo día en alguna parte del mundo desde su estreno. Y es que jamás volverá a hacerse una película tan perfecta como ésta, tan completa: con un guión magistral, fidelísimo a la novela original; una banda sonora maravillosa, unos decorados espectaculares, unos personajes profundos, conmovedores e inolvidables, una fotografía bellísima en novedoso Technicolor, unos actores en estado de gracia —todos: Vivien Leigh, Clark Gable, Leslie Howard, Olivia de Havilland, Thomas Mitchel y, claro, Hattie MacDaniel, la oscarizada y entrañable Mamita—, un dominio de las emociones prodigioso, unas secuencias épicas y unas frases memorables, que han trascendido la novela y la película para formar parte de nuestras propias vidas.
En fin, una forma de hacer y entender el Cine que ya no se estila. Y que nos hace rememorar aquellos tiempos pasados que tal vez fueron mejores y el viento se llevó. Como lamenta Ernest Dawson en su poema Cynara, en donde Margaret Mitchell halló el título de su novela: «Lo que el viento se llevó / rosas al aire arrojadas / que vuelan alborotadas / para que, en su danza, olvides / tus lirios, hoy ya marchitos».

Afortunadamente, siempre nos quedará el DVD.

El embrujo de Escarlata en el Palafox

Una tarde de Navidad de 1980, hace ya más de treinta años, mis padres me llevaron al Cine Palafox ("El mejor cine de Europa"); por aquellas fechas se proyectaban en Madrid no pocas películas estupendas para un quinceañero, naturalmente más para ver y disfrutar con amigos que con los jefes. Así, lo que vieron mis ojos ese día no fue El liguero mágicoAterriza como puedas, ni siquiera Forajidos de leyenda o El imperio contraataca; no, afortunadamente lo que vi aquella tarde adolescente en el Palafox fue una oportuna reposición de Lo que el viento se llevó. En pantalla gigante, con todo su espectacular esplendor, palomitas dulces y el obligado intermedio tras la inmortal secuencia bajo el roble crepuscular y ese escalofriante «A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre...». Aquel día, y para siempre, me enamoré perdidamente del CINE. Casi tanto como Escarlata de la tierra roja de Tara.