lunes, 14 de octubre de 2019

Cirque du Soleil: Laliberté, Fraternité, Genialité


El circo, desde siempre, es sinónimo de magia, de fantasía, de sorpresa, de espectáculo, de fascinación. Pero su mejor definición está escrita en el rostro de un niño, de cualquier niño, la primera vez que asiste a una función circense. Y es exactamente la misma expresión que se escribe en el rostro de un adulto, de cualquier adulto, cuando acude por primera vez a una función del Cirque du Soleil. Y todas las demás veces. Una magia que nació en las calles de Quebec y ahora fascina al mundo entero.



Cuando llegas a una función del Cirque du Soleil lo primero que sientes es que te envuelve una atmósfera especial. El color, la estética, la música, el vestuario, la puesta en escena… poco a poco percibes que te estás adentrando en un mundo mágico y sorprendente, algo que no habías conocido, ni siquiera imaginado, en tu vida anterior. Una sensación que se transforma automáticamente en fascinación en el instante de comenzar el espectáculo, con el primer foco, con la primera nota, con la primera aparición. A partir de ese momento, tu boca ya no se vuelve a cerrar, tus ojos no se atreven a parpadear y tus manos y tu corazón no cesan de aplaudir hasta que se apaga el último foco, hasta que se pierde la última nota.

Entre el primer y el último instante, han pasado ante tus asombrados ojos bufones, trovadores, saltimbanquis, acróbatas, contorsionistas, malabaristas o payasos, decenas de artistas que realizan proezas imposibles porque, sencillamente, no son de este mundo. Esta es la esencia del Cirque du Soleil, una nueva concepción artística que, partiendo de los números circenses tradicionales, añadió vestuario, coreografía, música, iluminación, glamour, argumento y diferentes disciplinas para crear un espectáculo absolutamente innovador, cuyo objetivo final es, en palabras de su fundador: “asombrar y dejar al público sin aliento”. Tal cual.


Magia callejera

No siempre fue así, claro. Aunque sí ha mantenido intacta su atmósfera de mágica fascinación, el Cirque du Soleil nació del arte callejero. Su fundador y alma creativa, Guy Laliberté (1959), ya tenía la certeza a los 16 años de que dedicaría su vida a las artes escénicas. Comenzó tocando el acordeón en un grupo de música folk (La Gueule du loup) por las calles de Quebec, su ciudad natal, y después por Europa, donde aprendió otro ancestral arte ambulante: el de tragar fuego. A su regreso a Quebec, en 1979, se unió al grupo de échassiers (caminantes con zancos) de Gilles Ste-Croix; juntos organizaron una feria de verano en Baie Saint Paul, a la que se unió el futuro socio de Laliberté, Daniel Gauthier. Les Échassiers de Baie-Saint-Paul recorrieron las calles de la localidad sorprendiendo a los transeúntes con su espectáculo visual de bailarines, acróbatas y tragafuegos. Una experiencia que el verano siguiente repetirían en Quebec.


En los años posteriores cambiaron su nombre por Le Club des talons hauts pero no su actividad callejera. En 1982 organizaron un gran festival cultural en Baie Saint Paul al que asistieron artistas callejeros de todo Canadá; la convocatoria fue un éxito y una experiencia que sembró en las mentes de Laliberté y Ste-Croix la idea de fundar un circo. Un año después convencieron al gobierno para subvencionar un espectáculo que recorrería en 1984 todo el país como parte de los festejos que celebraban el 450 aniversario del descubrimiento de Canadá. Le Club recibió 1,5 millones de dólares y se convirtió en Le Grand Tour du Cirque du Soleil, primera vez que se utilizó el término que acabaría siendo reconocido en todo el mundo. Un “montaje dramático de artes circenses y esparcimiento callejero”, como reseñaba su espíritu fundacional.

El tour resultó un éxito, aunque no financieramente. Con 60.000 dólares en el banco, Laliberté solicitó al gobierno una nueva subvención, que le fue concedida (a regañadientes) y le permitió estrenar una segunda temporada de Le Grand Tour, que pasó a llamarse simplemente Cirque du Soleil. Era el mes de mayo de 1985. El reto era ahora convertir al grupo de artistas callejeros en un verdadero circo. Añadieron música, dramatización, nuevos artistas, números innovadores y mucha imaginación y nació su primer espectáculo, La Magie Continue. Recorrieron Canadá con una carpa para 800 espectadores, con gran éxito de público y crítica, a pesar de lo cual bordearon de nuevo la quiebra.



Invocar la imaginación, incitar a los sentidos

Después de tres años de duro trabajo y sinsabores financieros, en 1987 logran salir de Canadá por primera vez. Su destino, el Festival de Artes de Los Angeles. Sólo viaje de ida, pues ni siquiera disponían de fondos para poder regresar a Quebec. Lo reconoce el propio Laliberté: “Aposté todo a esa noche. Si fallábamos, no habría dinero para regresar a casa”. Afortunadamente ganó la apuesta y la triunfal presentación de su producción Cirque Réinventé permitió que el Cirque du Soleil no sólo sobreviviera, sino que comenzara una carrera imparable hacia el firmamento del show business. Después de Los Angeles llegaron otras ciudades americanas y luego Europa y Japón; la carpa para 800 personas se transformó en la Grand Chapiteau actual, con capacidad para 2.500; en 1992 se instaló el primer espectáculo fijo, en el Mirage Hotel de Las Vegas y, a partir de ahí, la conquista del mundo, un nuevo show cada dos años (van ya 22) y unos beneficios millonarios con cada gira.

Aquel grupo de 20 artistas callejeros y 50 empleados de Le Club que en 1984 definieron su misión como “invocar la imaginación, incitar a los sentidos y evocar las emociones de la gente en todo el mundo” alcanzan hoy los 5.000 empleados –de ellos 1.300 artistas- procedentes de 50 países, con 22 espectáculos que han fascinado –y siguen fascinando- a más de 100 millones de espectadores. El sueño de un visionario llamado Laliberté hecho mágica realidad.


Buscadores de tesoros 

Las claves que explican el éxito del Cirque du Soleil a lo largo de estos casi treinta años pueden resumirse en tres: originalidad (mezcla de circo, arte, danza y teatro, además de reinventarse en cada espectáculo); perfección (sólo valen los mejores, cada número es sinónimo de excelencia técnica y estética); y emoción (conexión total con el espectador, ofrecerle una experiencia realmente única de principio a fin). Para lograrlo no vale cualquiera, claro. Y esta sea tal vez su mayor dificultad: encontrar el talento adecuado. A esa labor se dedican sus “buscadores de tesoros”, 60 expertos que rastrean el mundo en busca de artistas, gimnastas, deportistas de élite (muchos medallistas olímpicos) que quieran prolongar su carrera. Sólo tienen que cumplir dos requisitos: excelentes condiciones atléticas y expresividad, capacidad de dar vida a un personaje.

El atleta o artista idóneo será luego entrenado durante meses en un estudio/laboratorio especial, con sede en Montreal. Allí aprenderá a potenciar sus cualidades físicas y, sobre todo, a transmitir emoción, a actuar en el escenario. Aprenderá también a convivir con personas de multitud de países y culturas; y a trabajar para el equipo, para el éxito de la compañía, no para su ego. El reto de cada producción del Cirque du Soleil es ser mejor que la anterior; todos, desde el director artístico hasta la encargada del guardarropa, son conscientes de que siempre están a un paso del fracaso, que el éxito en el pasado no garantiza el futuro; y es esta preocupación, bien gestionada por los directivos, la que obliga a cuidar hasta el detalle más nimio y buscar permanentemente la perfección y la creatividad.


La vida en el Cirque du Soleil no es fácil, obviamente. El trabajo es duro, el entrenamiento es exhaustivo y en algunos espectáculos los artistas están viajando durante años (Saltimbanco lleva de gira desde 1992); pero esto crea también unos lazos entre el personal que no se dan en ninguna otra organización. Además, la compañía cuida al máximo la calidad de vida de sus trabajadores, incluidas sus familias (hay programas de estudios para los hijos). Cada cual encuentra sus propias razones para pertenecer a esta gran familia circense: Para Fernando Dudka, equilibrista argentino, “Vengo del mundo de la gimnasia y aquí tienes más capacidad para expresarte”; a David Chala, percusionista cubano, lo que le atrae es que “dentro del número siempre queda un pequeño hueco para la improvisación”; y al español Pablo Gomis, payaso, le motiva viajar y descubrir que “el humor cambia de un país a otro”.

A Guy Laliberté, su fundador, además de ver cumplido su sueño y haberse convertido en multimillonario, le motivan otras dos buenas causas: sacar a los niños de la calle a través de su programa Cirque du Monde y combatir la pobreza mundial facilitando el acceso al agua potable con la Fundación One Drop, creada en 2007. La buena causa que nos motiva a los espectadores es, simplemente, soñar durante un par de horas y vivir una experiencia que perdurará toda la vida.


Un atardecer en Hawai

El nombre Cirque du Soleil (Circo del Sol) nació una tarde de 1984, mientras Laliberté admiraba una puesta de sol durante un viaje a Hawai; buscando una denominación para su nuevo espectáculo optó por usar el término en francés soleil, como símbolo de “juventud, dinamismo y energía”. Un nombre que transmite, en cualquier país del mundo, el espíritu, la magia y la personalidad original, intransferible del Cirque du Soleil. Sólo intentaron cambiarla una vez… y la lección quedó aprendida: Sucedió en la primera actuación fuera de las fronteras de Québec, en Notario, cerca de las Cataratas del Niágara. Como el público era mayoritariamente anglosajón, Laliberté decidió adaptar el nombre al inglés y denominarlo Circus of the Sun. El espectáculo fracasó. Las razones fueron probablemente variadas, pero la lección que aprendió Laliberté es que al perder su nombre perdieron también su originalidad, su esencia. Su magia.

El último show estrenado en España, Kooza. Que lo disfruten.






miércoles, 24 de julio de 2019

Pixar: Historia de un éxito que nació de cuatro fracasos


Los aficionados al buen cine aún estamos celebrando el Oscar de Toy Story 4 (lástima Klaus, otra gran película) mientras esperamos ansiosos la llegada de Soul, el próximo junio. Una buena noticia no solo para los niños y los amantes del cine animado, sino del Cine en mayúsculas. Porque lo que ha conseguido Pixar a lo largo de sus tres décadas de historia cinematográfica es un buen puñado de obras maestras que han conquistado a todos los públicos por igual. Los genios Steve Jobs y John Lasseter revolucionaron el cine para siempre, y ahora que está a punto de estrenarse su último proyecto (¿qué son tres mesecitos?), es un buen momento para recordar cómo empezó todo… 


Corría el año 1985, Año I tras el lanzamiento del primer Macintosh y de ese impactante spot (“1984) que, además de golpear al gigante IBM transformado en “Gran Hermano”, tambaleó los cimientos de la industria informática. Sin embargo, el primer ordenador con sistema operativo visual no obtuvo los resultados en ventas esperados y Apple despidió a más de mil empleados, entre ellos a su propio fundador, Steve Jobs. Ser despedido de la empresa que tú mismo has creado, después de haberle entregado tu vida durante una década, y además por el hombre al que tú convenciste para dejar su trabajo y entrar en esa aventura apasionante (John Sculley), no debe ser precisamente muy motivador para una persona normal. Pero Jobs no era una persona normal. Era un soñador con los pies en la tierra, un innovador nato, un luchador de inquebrantable tenacidad e inagotable curiosidad; y, por encima de todo, un enamorado de su trabajo. “Por unos meses, no supe realmente qué hacer. Fue un absoluto fracaso público. Lentamente comencé a entender algo: que yo todavía amaba lo que hacía. Había sido rechazado, pero seguía enamorado. Y así decidí comenzar de nuevo”.

Cuatro fracasados
En 1986, en el camino del fracasado Jobs se cruzaron otros tres fracasados: George Lucas, Ed Catmull y John Lasseter. Lucas, a su vez, acumulaba dos fracasos que lo llevaron al borde de la ruina: su carísimo divorcio y el batacazo en taquilla de su última película, Howard, un nuevo héroe, que le obligaron a malvender The Graphics Group, la división de efectos especiales de Lucasfilm, dedicada a la animación por ordenador y que había creado para El Imperio contraataca (1980). Ed Catmull era un animador frustrado que nunca supo defenderse excesivamente bien con el lápiz, pero sí con el teclado, y cuyo talento en la programación por ordenador había puesto al servicio de George Lucas y de su empresa The Graphics Group, la cual dirigía antes de su quiebra. El tercer fracasado era John Lasseter, animador a las órdenes de Disney, que fue despedido no por falta de talento, sino por exceso de visión: cometió la imprudencia de predecir que el futuro de los dibujos animados no estaba en las plantillas superpuestas y los lápices de colores, sino en los softwares y los píxeles. 



Así que Lucas necesitaba dinero, Catmull y Lasseter trabajo y Jobs un nuevo sueño en el que creer… y en el que gastar los diez millones de dólares de su finiquito, que le quemaban el bolsillo. Guiado por su intuición y su fe en la innovación, compró The Graphics Group por cinco millones de dólares, invirtió otros cinco, le cambió el nombre por Pixar (píxel + art) y se puso al frente de la nueva nave, al mando de Catmull en la parte tecnológica y de Lasseter en la creativa. Destinada en principio a fabricar hardware, durante los primeros años la empresa no iba, lo que se dice, excesivamente bien; las pérdidas se amontonaban y Jobs pensó en abandonar la nave e incluso vendérsela a su principal adversario, Microsoft. Hasta que, siguiendo la línea dibujada por Lasseter, en 1990 los pasos de Pixar se encaminaron exclusivamente a la creación de imágenes generadas y animadas por ordenador.

De Toy Story al infinito

Lasseter demostró su genio en una serie de cortometrajes que pasaron por las pantallas con suerte desigual, hasta que llegó Tin Toy y el óscar al mejor corto de animación. El éxito animó a Jobs, Lasseter y Catmull a realizar su primer largometraje y, de paso, a cambiar para siempre las reglas del cine de animación, y del cine sin más. Era el año 1995 y había nacido Toy Story, la primera película generada totalmente por ordenador. “Steve nos dio una oportunidad y creyó en nuestro sueño descabellado de hacer películas animadas con ordenador; la única cosa que nos dijo fue: ¡Hacedlo genial!”, recuerda Lasseter. Y siguieron su mandato de forma tan literal e inspirada, que realizaron una obra maestra e inmortal, llena de alma, humor, emoción, acción, inteligencia y personajes entrañables, con más vida que muchos del cine ‘real’. 110 empleados de Pixar (27 de ellos animadores), 400 modelos de arcilla posteriormente computerizados, 800.000 horas de ordenador y 114.240 fotogramas animados (cada uno de dos a quince horas), 30 millones de presupuesto, un inteligente guión (dirigido a niños y padres), la extraordinaria banda sonora de Randy Newman, las voces de Tom Hanks, Tim Allen y un gran elenco de secundarios, además del talento (y el alma) de John Lasseter en la dirección, llevaron a Toy Story directamente a lo más alto de la historia del Cine… ¡hasta el infinito y más allá!



Jobs, el soñador visionario

El 19 de noviembre de 1995 tuvo lugar la premiere en Hollywood. Tres días después se estrenaba en 2.281 salas de todo el mundo y, tras 37 semanas en cartel, recaudaba 361.958.736 millones de dólares a nivel mundial, aparte de multitud de premios y la bendición unánime de la crítica y, lo más importante, del público. Pixar se convirtió desde entonces en el modelo a seguir, y otras compañías como Dreamworks (Shrek), BlueSky (Ice Age) o la propia Disney (que acabó asociándose con Pixar) se sumaron al carro de la animación digital. Pero nunca llegaron a superar a la pionera, a la visionaria, a la que marcó el camino del futuro y que continuó su estela de éxitos con obras maestras como Toy Story 2, 3 4Monstruos, S.A., Buscando a NemoLos IncreíblesWall-E, Del revés o Up.

“Steve Jobs fue un extraordinario visionario, la luz que guiaba a la familia Pixar", declaró John Lasseter tras la muerte de su socio y amigo. “Vio el potencial de lo que Pixar podría llegar a ser mucho antes que el resto de nosotros, mucho más allá de lo que nadie hubiese imaginado. Apostó por nosotros, y creyó en nuestro loco sueño”. Steve Jobs luchó por sus sueños, sí; pero, sobre todo, luchó también por los sueños de todos nosotros. Sólo por eso, nuestro agradecimiento infinito… y más allá.



Curiosidades

Woody y Buzz Lightyear están inspirados en los juguetes que el director John Lasseter amó en su infancia. El vaquero Woody es reflejo de su muñeco Casper, que también hablaba al tirar de la cuerda; su nombre proviene del actor de películas del oeste Woody Strode

En cuanto al guardián del espacio, fue bautizado primero como Lunar Larry y después como Morph Lightyear, para finalmente quedar como Buzz en homenaje al astronauta Buzz Aldrin; su uniforme espacial se basó en los trajes de los astronautas del programa Apolo y su musculoso porte proviene de los muñecos G.I. Joe, los favoritos del niño Lasseter. 

Eso nos hace pensar que la emotiva escena de Andy despidiéndose de sus juguetes antes de ir a la Universidad en Toy Story 3 es, con seguridad, un recuerdo de la infancia del director. Y de la de todos nosotros, claro.




viernes, 21 de junio de 2019

Mi Dylan favorito: Desire y The Rolling Thunder Revue

Recién estrenado el documental de Martin Scorsese sobre el Rolling Thunder Revue de Bob Dylan, no cabe mejor excusa para recordar y repasar el álbum que dio pie a esa magna gira a mediados de los 70: Desire



Fue tal vez el último gran disco de estudio del Maestro. El culmen de una etapa intensa y prolífica, la de finales de los 60 y los primeros años 70, que demostró al mundo quién era -¿y es?- el más grande contador de historias de este circo llamado rock. Y precisamente de grandes historias muy bien contadas está lleno Desire, quizá más que ningún otro de sus álbumes. Canciones eminentemente narrativas, extensas, bellas y con letras muy cuidadas, escritas en colaboración con el letrista, psicólogo y director teatral Jaques Levy, quien ya había trabajado con Roger McGuinn y sus Byrds. Pero ya entraremos en esto luego.

Dylan venía de grabar Blood On The Tracks (1975), disco centrado en sus problemas conyugales con Sara Lownds, y que contiene algunas de sus canciones más emblemáticas, como Tangle Up In Blue, Idiot Wind, Shelter From The Storm, Simple Twist Of Fate. En cierto modo, Desire también está salpicado por su turbulento matrimonio (el tema Sara es uno de los epicentros del disco), aunque sus preocupaciones iban más allá: la obsesión de crear su propia banda (echaba de menos los tiempos de complicidad con The Hawks/The Band); también quería experimentar un sonido diferente; y buscaba nuevas fórmulas para contar historias y nuevas historias que contar. 

El caos y la magia

En realidad, todo empezó con un tremendo caos y algunas casualidades. Una de ellas fue su encuentro fortuito con la violinista Scarlet Rivera, que simplemente pasaba por ahí (una calle de Greenwich Village) en el momento justo. Dylan se enamoró de ese sonido desde la primera canción que ensayaron improvisadamente, guitarra y violín, e invitó a Rivera a unirse a su siguiente disco. Las primeras sesiones de grabación, en julio de 1975, fueron bastante caóticas. Dylan reunió a más de 20 músicos en el estudio, bastante apiñados, desconcertados y frustrados. Entre ellos, Dave Mason, Eric Clapton, Scarlet Rivera, Emmilou Harris, Rob Stoner, el grupo Kokomo… En vista de los resultados, en las siguientes sesiones se fue reduciendo el número de músicos hasta quedar Stoner (al bajo), Harris, Rivera y el batería Howie Wyeth. Y entonces el caos se transformó en magia, y en apenas un par de sesiones más, Dylan y su nueva banda grabaron la totalidad de los temas de Desire, descartes incluidos. El disco se publicó finalmente en enero de 1976.


La gira Rolling Thunder Revue

No se entiende Desire sin la gran(diosa) gira pre y post lanzamiento del disco, en otoño de 1975 y en primavera del año siguiente. Dylan y su caravana de músicos ofrecieron un total de 57 conciertos en grandes escenarios de Estados Unidos y Canadá, interpretando canciones del nuevo disco y reinterpretando algunos viejos temas. Aquel bufón apoltronado y «fuera del reparto» que retrató Don McClean en American Pie («With the Jester at the sidelines in a cast») volvió a la carretera por todo lo alto. Abarrotando estadios en compañía de un reparto de lujo, al que se fueron uniendo estrellas del calibre de Joan Baez, Roger McGuinn, Joni Mitchell, T-Bone Burnett, Ramblin’ Jack Flash, Mick Ronson (una de las arañas marcianas de Bowie y luego compañero inseparable de Ian Hunter) o el poeta ‘beat’ Allen Ginsberg. Dio tiempo hasta para organizar un concierto benéfico –reivindicativo, combativo- en el Madison Square Garden en homenaje al boxeador encarcelado Rubin Hurricane Carter, tema central de Desire.


Un puñado de historias memorables

Las letras profundas, intimistas y literarias de Dylan y Levy, tan bien acompañadas por el violín evocador de Scarlet Rivera, la impresionante base rítmica de Wyeth y Stoner, las voces de Emmilou Harris y Ronee Blakley, y hasta la guitarra de Eric Clapton, conformaron un puñado de historias nacidas para ser eternas. Lo cierto es que las puedes escuchar ahora, cuatro décadas después, y te siguen emocionando casi como la primera vez.


Hurricane abre el disco narrando la dramática historia del boxeador Rubin Carter, que pudo haber sido campeón del mundo pero fue acusado de triple asesinato y encarcelado durante 20 años. Dylan, muy comprometido con la lucha por los derechos civiles, y convencido de la inocencia del boxeador, se inspiró en la autobiografía de Carter para escribir Hurricane. Es sin duda uno de sus mayores éxitos y uno de sus temas más emblemáticos. 

Isis tiene algo de magia, de misterio y de mitología, y está llena de referencias simbólicas. Una historia de amor e infidelidad –narrada como una Odisea- entre un hombre y una enigmática mujer, Isis, en la que muchos quieren ver un reflejo del propio matrimonio y separación de Dylan y Sara.   

One More Cup Of Coffee es un maravilloso dueto entre Dylan y Harris que nos relata el cuento de una chica gitana y vagabunda de la que se enamora un hombre cuyo amor no es correspondido. Oh, Sister, también con la elegante voz de Emmilou Harris, nos habla de la fragilidad del amor.

Joey, además de la canción más larga del álbum, es la más polémica. Una balada que describe, con una visión un tanto romántica, la vida del gánster Joey Gallo, «el Rey de la calle». Para Dylan es un héroe que nunca asesinó a inocentes, apoyó la causa de los negros e incluso protegió a su familia heroicamente durante un tiroteo. Un personaje a la altura de los mitos de Robin Hood o Jesse James.

Esta visión romántica del forajido se repite en Romance in Durango, aquí ambientada en México y con historia de amor y huida incluida (más la guitarra de Clapton). Casi como una película de Sam Peckinpah. Y, hablando de amor, Desire se cierra con Sara, su canción más íntima y desnuda. Dedicada a su mujer, es un hermoso recuerdo de los felices tiempos en familia, y también un vano intento de reflotar su tambaleante matrimonio (que finalmente  acabó en divorcio un par de años después).

El álbum lo completan Black Diamond Bay, que describe la destrucción de una isla por efecto de un volcán, aunque es sobre todo una crítica a la indiferencia de la televisión a la hora de tratar la tragedia; y Mozambique, un juego de rimas en la que brilla especialmente el violín de Scarlet Rivera.



Hubo también descartes en Desire, que fueron publicados años más tarde en diferentes volúmenes de las Bootleg Series. Rita Mae, Catfish, Golden Loom y, por encima de todas, Abandoned Love, publicada en su recopilatorio Biograh (1985). Una hermosa composición que retoma sus problemas matrimoniales desde el punto de vista de un Dylan desolado y solitario. Cuenta con grandes versiones de los Everly Brothers (1985), el mismísimo George Harrison (1995) y el folker irlandés Sean Keane (quien, por cierto, visitó España hace unos meses). 


jueves, 30 de mayo de 2019

Gino Bartali. El héroe del Duce que salvó a 800 judíos de los nazis

Gino Bartali, Il Ginettaccio,  fue un grande entre los grandes del ciclismo, un deportista extraordinario y un mito para el pueblo italiano, que lo adoraba como a un verdadero héroe; especialmente Mussolini, quien lo convirtió en símbolo viviente del Partido Nacional Fascista. Vencedor del Giro de Italia en siete ocasiones y del Tour de Francia en otras dos, ganador de cinco campeonatos nacionales y de unas cuantas clásicas, Bartali era un magnífico escalador, un corredor duro y tenaz, un líder generoso con su equipo… y un ser humano excepcionalmente valiente que se jugó la vida durante los años más duros del fascismo para salvar a ochocientos judíos del exterminio. Una hazaña, por cierto, que mantuvo en secreto hasta su muerte, y que fue descubierta por casualidad.


Esta acción generosa, de entrega total a una causa aun a riesgo de su propia vida, entraba ya en el adn de Bartali desde muy tempana edad. Nacido en el seno de una familia humilde y religiosa de la Toscana, “Gino el pío” (como era conocido entre sus compañeros) era un hombre de profunda fe, un cristiano devoto que no ocultaba sus convicciones y el deportista preferido del Vaticano (bendecido personalmente por tres papas y orgulloso de que el mismísimo Juan XXIII le pidiera que le enseñara a montar en bicicleta).
     Y, paradójicamente, fue también el favorito de Mussolini, cuyo sueño de vencer —humillar— a Francia en su propio terreno se vio cumplido en el Tour de 1938. Bartali aventajó al segundo clasificado en más de veinte minutos.

La afición a las dos ruedas le vino a Bartali también desde temprana edad, cuando el dueño del taller de bicicletas en el que trabajaba le regaló una de carreras y le animó a entrenar más en serio. A partir de ese momento, cada hora libre que le quedaba al joven Bartali la dedicaba a pedalear por las carreteras de toda la región. Pronto comenzó a ganar carreras y a ganarse también el fervor popular. En 1936 se hizo con el Giro y con todo el pueblo italiano. Era tal la adoración de sus admiradores, y el bullicio que organizaban a las puertas de su hotel, que Gino tenía que ponerse tapones de cera en los oídos para poder descansar por las noches (aunque, en verdad, el griterío —¡Gi-no, Gi-no!— era música para sus oídos).


La Gran Guerra llegó cuando Bartali estaba en la cima de su carrera deportiva. Y lo detuvo todo. Cesaron las competiciones oficiales, los Giros, los Tours, las medallas y los méritos. Aunque no su prestigio entre las élites fascistas (a pesar de que dedicaba sus victorias a la Virgen, no al Duce), lo que le permitió continuar sus entrenamientos por las sinuosas carreteras de la Toscana y Umbría. Y, de paso, ayudar a la resistencia anti fascista, participando en la red organizada por Giorgio Nissim, que elaboraba pasaportes falsos y otros documentos que luego eran entregados a cientos de refugiados judíos cuyo destino eran los campos de exterminio nazis. Ocultos en el cuadro de su bicicleta o bajo el sillín, Bartali aprovechaba los entrenamientos para llevar mensajes, pasaportes y salvoconductos desde Florencia a los monasterios y conventos de diferentes ciudades que la red de Nissim, en connivencia con los obispos, utilizaba como tapadera para ocultar a los fugitivos. En más de 40 ocasiones recorrió la ruta que unía Florencia con Asís; trayectos de 200 kilómetros por carreteras minadas de explosivos… y de patrullas nazis.

Pero no siempre eran papeles lo que transportaba. A veces también personas. En 1943 fue él mismo quien dejó a salvo a un grupo de judíos al otro lado de los Alpes, en la neutral Suiza. Pedaleó durante largos kilómetros empujando sin desmayo un vagón repleto de personas, ocultas en un compartimento secreto. A las patrullas que se cruzaban en su camino simplemente les decía que era parte de su entrenamiento. A su hijo Andrea tampoco le daba mayores explicaciones: “Uno hace estas cosas y ya está”. En efecto, el verdadero heroísmo no entiende de vanidades. Se hace lo que se debe, cuando se debe hacer. Punto.


En su arriesgada misión, a lo largo de dos años (1943-1944), Bartali ayudó a salvar de una muerte segura a más de ochocientas personas. Y, aunque al principio no despertó las sospechas de la policía fascista ni de las tropas alemanas por entrenar en una época en la que las competiciones estaban prohibidas en Italia, con el tiempo entró en la lista negra de la policía de Mussolini, si bien no se atrevían a tocarle debido a su condición de ídolo nacional. Los propios soldados italianos le saludaban efusivamente cuando se cruzaban en su camino. Y para que no hubiera dudas acerca de quién se trataba, llevaba escrito su nombre bien visible a su espalda. 

Al finalizar la guerra, muerto Mussolini y rescatado el país de los alemanes, Bartali continuó con su carrera deportiva como si nada hubiera sucedido. A nadie desveló su condición de correo secreto de la resistencia, a nadie mencionó su gesta salvadora, a nadie reveló su acto de heroica generosidad más allá del valor. Él seguía hablando con las piernas, que era lo suyo: en 1946 ganó el Giro y dos años después el Tour, a la edad de 34 años. Los miles de kilómetros recorridos en su falso entrenamiento resultaron ser el mejor entrenamiento real para mantener en pleno auge su poderío sobre las dos ruedas, especialmente en las etapas de montaña, en las que era invencible.

Cuando Bartali abandonó definitivamente la competición se retiró a Florencia, su tierra, su hogar. Y allí, rodeado de su familia (su esposa Adriana, sus dos hijos y su hija), de sus amigos y de sus admiradores mantuvo su secreto durante décadas. No le importó que pesara sobre su cabeza la etiqueta de favorito de los fascistas; en el fondo, lo que el pueblo italiano admiraba de él no era su afiliación política durante la guerra, sino sus míticas batallas sobre a bicicleta.




Murió en el año 2000, a los 86 años, de un ataque al corazón. Y su secreto murió con él. El Comité Olímpico Italiano estableció dos días de duelo y en todos los eventos deportivos se mantuvieron minutos de silencio en su honor. Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, lo definió como “un símbolo del más noble espíritu deportivo”. Tres años después, su leyenda se acrecentó aún más cuando su doble vida durante la Guerra salió a la luz. Y lo hizo por pura casualidad. Fueron los hijos de Giorgio Nissim, el jefe de la resistencia (que había fallecido en 1976), quienes hurgando entre los papeles de su padre descubrieron un viejo diario en el que Nissim detallaba, minuciosamente, el funcionamiento de la red clandestina que salvó a tantos judíos italianos de la barbarie nazi. Y especialmente destacada la labor, abnegada y valiente, de Gino Bartali. Ese día, el pueblo italiano descubrió que su mito deportivo fue, además, un héroe; y que el gran ciclista fue, por encima de todo, un gran hombre.



Esta historia está incluida en mi libro La muerte del egoísmo (Palabra)


martes, 28 de mayo de 2019

John Wayne vs Clint Eastwood: Duelo de tipos duros

El 26 de mayo de 1907 nació John Wayne, Duke para los amigos. El 31 de mayo de 1930 lo hizo Clint Eastwood. Ambos fueron iconos del hombre del oeste, duro, seco, desarraigado, de pocas palabras y menos amigos (aunque fieles hasta la muerte), de gatillo fácil y valor a prueba de balas. Y lo fueron dentro y fuera del Western, y dentro y fuera del cine. Tuvieron mucho en común, como actores y como personas, y también grandes diferencias; pero los dos fueron, sobre todo, héroes de nuestra infancia, de nuestra juventud y de nuestra madurez.

 


Si hay un género por excelencia en la historia del Cine (americano y universal), ése es el Western; el género de la épica, de las hazañas pioneras, de la aventura en estado puro; de los mares de hierba y los desiertos infinitos y los desfiladeros angostos donde te espera una muerte segura; de los héroes solitarios, los forajidos redimidos (y los que no), de los granjeros, tramperos, ganaderos y buscadores de oro; de los indios y el 7º de Caballería; del ferrocarril y Río Grande, y el forastero sin pasado y el pianista del saloon y las chicas del saloon y el sheriff y la ley de Lynch. Un territorio duro forjador de tipos duros. Como Clint Eastwood, como Jonh Wayne.


 

“Sólo hay tres hombres capaces de disparar con tanta rápidez como usted. Uno está muerto. Otro soy yo. Y el tercero, según tengo entendido, es un tal Thornton. ¿Cómo se llama usted, amigo? – “Thornton” (Eldorado, 1966). John Wayne comenzó su carrera en el cine bajo el nombre de Duke Morrison, como extra en multitud de películas mediocres; su primer protagonista no llegaría hasta 1930, con La Gran Jornada, a las órdenes de Raoul Walsh, que fue además quien le bautizó como John Wayne. Desde entonces, no volvería a utilizar otro nombre, ni a apearse del papel protagonista
Fue precisamente ese año en que John Wayne nació como actor, el año en que Clint Eastwood nació como persona. Su vida, marcada por la Gran Depresión, fue curtiéndose con todo tipo de trabajos: leñador, albañil, bombero forestal, limpiapiscinas, obrero del metal, instructor de natación y pianista en garitos de mala muerte. Hasta que encontró su verdadera vocación: “Soy William Munny, de Missouri, el asesino de mujeres y niños. He matado cualquier cosa que tuviese vida o se moviese y hoy he venido a matarte a ti” (Sin Perdón, 1992). Como John Wayne, actuó en películas mediocres y series de TV de extra o actor secundario, hasta que Sergio Leone lo convirtió en un mito con su trilogía de Spagetti Western, principalmente con El Bueno, el Feo y el Malo (1966):El Mundo se divide en dos categorías, los que tienen el revólver cargado y los que cavan, y tú cavas”. A partir de ese momento, Clint Eastwood fue de los que tienen el revólver cargado de éxito, y nunca se le han acabado las balas.




Lo mismo que John Wayne, desde que el más grande director de Westerns, John Ford, le concedió la gracia de interpretar a Ringo Kid en la mítica La Diligencia (1939). Desde entonces, supo asumir su condición de héroe con naturalidad y eficacia en todos los papeles que interpretó. No en vano dijo de él Jimmy Carter: “En una época con escasos héroes, fue un hombre excepcional, que llegó a ser más que un héroe, al convertirse en un símbolo de muchas de las cualidades que han hecho grande a nuestro país”. Protagonizó westerns épicos a las órdenes de los maestros del género, pero también grandes hazañas bélicas y aventuras apasionantes y amables comedias en exóticas islas.
Fue “atrapador” de fieras salvajes en Hatari!, y boxeador retirado, o no tanto, en El hombre tranquilo, y salvador de idealistas en El hombre que mató a Liberty Balance (“el hombre más duro al sur de Picketwire, después de mí”), y fue el sheriff borracho de Valor de Ley (su único Oscar) y, sobre todo, fue el vengativo “buscador”, y secreto enamorado de su cuñada, Ethan Edwards de Centauros del desierto (“Algún día se convertirá en un agradable lugar para vivir, puede que hagan falta nuestros huesos como abono para que eso ocurra”), sin duda su mejor interpretación.
Clint Eastwood también fue muchas cosas además del solitario forastero del poncho, el cigarro mordido y el rostro pétreo. Fue sargento de hierro y cantante de country y DJ nocturno y fotógrafo romántico y guardaespaldas acabado de JFK y astronauta jubilado. Pero, sobre todo, fue Harry Callahan, el sucio, el ejecutor, el de la 44 Magnum, el de “alégrame el día” o “No hay nada malo en disparar siempre que se dispare a las personas adecuadas”. Fue éste el papel que lo encumbró, y también el que le marcó como “facha”, ultra y demás injustas lindezas (al igual que le ocurrió a John Wayne con Boinas Verdes, única película sobre Vietnam donde los soldados americanos son héroes).
Y, de paso, Clint fue el actor-director que recuperó el western clásico con El Jinete Pálido (“¿Acostumbra a beber, reverendo? Sólo a partir de las nueve de la mañana.”) y, de manera mucho más contundente, con Sin Perdón, una película a la altura de las más grandes de Ford o Hawks, en la que el personaje de William Munny encarna, él solo, a todo un género; “Matar a un hombre es algo despreciable. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener.”

Y es que si John Wayne fue un buen actor (a veces un gran actor) que participó en un buen puñado de películas míticas, Clint Eastwood es, sobre todo, un magnífico director. El último director clásico (sin mentiras, sin artificios, sin virguerías más que prescibndibles), autor de obras maestras como Bird, Un día perfecto, Mistic River, Million Dollar Baby, Sin Perdón o Gran Torino: “¿Te has dado cuenta que, de vez en cuando, te puedes encontrar con alguien con quien que no deberías meterte? Ése soy yo”. Ése es Clint Eastwood, un tipo duro con el que nadie debería meterse; salvo, tal vez, John Wayne.
“He hecho más de 250 películas y nunca he disparado a ningún tipo por la espalda”, dijo John Wayne. Y no se cortó en afearle a su amigo Clint que sí lo hiciera, sin piedad, en Infierno de cobardes. Pero el viejo Duke habría admirado, sin duda, al viejo Clint cuando éste se dejó acribillar por tan buena causa en Gran Torino; una muerte épica y llena de significado, que es también la “muerte” de Clint Eastwood como actor, lo que dejará un poco más de tiempo y energía al octogenario -y oscarizado- director para centrarse en seguir dirigiendo obras maestras.

(Aunque el viejo vaquero nos engañó de nuevo, y el año pasado resucitó para protagonizar La Mula. Eso sí, la mayor parte de su papel transcurre sentado en un coche. 88 años pesan, incluso a los tipos más duros).





jueves, 23 de mayo de 2019

Hospitalarios. El milagro de Lourdes existe. Se llama DAR.



Dice Jorge Font, el más poeta de los héroes de Lo Que De Verdad Importa, que si no vas a un congreso de LQDVI no te pasa nada; pero si vas, te pasa algo seguro. Por lo menos un buen revolcón a tus ideas / prioridades / sueños / realidades (llámalo como quieras). Y tiene razón, Jorge. Yo lo he visto año tras año y también lo he experimentado en mi propia carne. Así que lo puedo confirmar.

Lo mismo sucede con la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, esa pequeña ciudad a los pies de los Pirineos que se ha convertido en uno de los más importantes destinos de los católicos de todo el mundo desde 1858. Sobre todo si acudes como hospitalario, acompañando a enfermos de todo tipo, condición y gravedad. Una experiencia religiosa para la mayoría de los peregrinos, pero sobre todo humana. Muy humana. Y también incomprensible para muchos, que lo ven desde fuera con ignorancia, con agnosticismo o incluso con burla. Nada nuevo.

Y es que sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya enfermos con graves dolencias, con males incurables, con discapacidades extremas, que quieran sufrir un tormentoso y largo viaje con la improbabilísima esperanza de una curación milagrosa, que saben que no les va a tocar esa lotería, pero van a pesar de todo. Y no se cabrean con la Virgen de Lourdes, ni reniegan de su fe, ni se ciscan en los santos ni en los curas ni en el mismísimo Dios. Y encima, repiten año tras año. Y regresan renovados y felices. Contando los días para volver. El Tren de la Esperanza.


Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya voluntarios (camilleros y enfermeras se llamaban cuando yo fui) capaces de entregarse de tal manera que hacen cosas que no creerías (como diría el replicante Roy Batty); que no creerían ni ellos mismos. Cosas que en su otra vida, su vida “normal”, son demasiado duras, demasiado penosas, demasiado desagradables, demasiado insoportables y que aquí, en esta pequeña aldea del sur de Francia, por alguna misteriosa (¿milagrosa?) razón, en lugar de provocar lágrimas o arcadas, provocan sonrisas, complicidad y un amor a prueba de terremotos.

Sólo desde dentro, desde muy dentro, se puede sentir la devoción, la gratitud, la fe. El silencio. La humildad extrema. La DIGNIDAD. Y la oración sincera y profunda, sin postureos, sin golpes de pecho. Sólo allí, en esa gruta nacida de una simple roca, aparentemente nada, se puede sentir el respeto más universal que se pueda sentir en esta Tierra nuestra. El respeto entre naciones, el respeto entre enfermos y sanos, el respeto a todas las creencias y no-creencias; el respeto a lo sagrado, a los símbolos, a lo incomprensible, a lo inconcebible. El respeto a la esperanza, vana o no, de los millones de personas que peregrinan a Lourdes desde 1858. Enfermos o sanos, todos buscando algo, y no necesariamente lo mismo. Unos curación física, otros curación espiritual; unos perdón, otros compañía; unos llenar su vacío, otros vaciar su mochila, o su ego; o cumplir una promesa, o hacer feliz a su padre, o reencontrarse con viejos amigos, o volver a sentir el abrazo de su otra Madre… Cualquier excusa vale. Y vale mucho.


Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya personas con una vida cómoda y fácil que decidan dejarlo todo –todo- durante unos días para abrazar un cambio tan radical, tan valiente y hermoso, año tras año durante décadas. Sin fallar ni uno. Algo que debería hacerte pensar, al menos, que eso no es un voluntariado normal. Que hay algo más. Algo que engancha más poderosamente que cualquier droga. Una bofetada descomunal que te descoloca; un cambio de mirada al mundo y a las personas, a ti mismo, a tu entorno, a tus principios y prioridades. Algo que te hace plantearte: ¿y si fuera yo el de la silla de ruedas, o el de la parálisis cerebral, o ese niño ciego y autista? ¿Cómo me lo tomaría? ¿Sería capaz de reírme, como ellos? ¿De cantar, de dar gracias a Dios, de rezar con el corazón? ¿Sería capaz de amar? ¿De querer vivir?

Son preguntas que sólo se pueden responder desde dentro, desde muy dentro. Mirando con el corazón. Descubriendo el valor de un abrazo. O de una confidencia. O simplemente escuchando. O dando de comer a alguien que apenas sabe abrir la boca; o sumergiendo un cuerpo terriblemente deforme en esa agua milagrosa –helada- que ha curado a muchos y aún no ha hecho enfermar a nadie. O sintiéndote curado, aliviado, agradecido, incluso feliz, aunque no te haya tocado el gordo/milagro. Sí, hay que vivirlo para entenderlo. Como todo lo que lleva implícito el concepto de Amor, no se puede explicar. Es imposible de explicar.


Por eso, también es imposible convencer a nadie con palabras de dar ese salto al vacío, de probar su capacidad de entrega a los demás, su fuerza y su aguante frente al asco y el dolor y el agotamiento. Solo vale rebuscar en tu conciencia ese gramito de generosidad que sabes que tienes, y lanzarte. Solo tu corazón puede impulsarte a plantearte hacer ese profundo viaje interior que, seguro, va a obligarte a replantearte muchas cosas. Y eso es bueno. Y necesario.

¿Milagro? ¡Claro que hay milagro! El milagro de que todo aquel que va, sea cual sea su condición, se entrega en cuerpo y alma. Dar y darse, ese es el único misterio. Y el milagro de que todos, sin excepción, vuelven a casa mucho más sanos (algunos, también, milagrosamente curados).   


PS.
Yo fui con la Hospitalidad de Lourdes cuando tenía veinte años, y aquello fue un bofetón en toda regla; un despertar cruento a la realidad más allá de mi burbujita de cómoda y superficial adolescencia. Una experiencia que cambió muchas cosas en mí; unas de golpe, otras se han ido asentando con el paso de los años. Y hasta hoy.

Y aunque fui de voluntario forzoso, lo reconozco, nada más poner el pie en la estación de Príncipe Pío, ver a los enfermos y a los hospitalarios, respirar el ambiente, escuchar las risas y los reencuentros… me contagié de manera instantánea. Lo que viví después (el viaje interminable y agotador con cambio de tren de todos los enfermos en Irún, Juanito -17 años, parapléjico-y su silla de ruedas, el Portu y su retranca, los baños heladores y reconfortantes, las fiestas y juegos, mi lectura del Apocalipsis ante no sé cuántas mil personas, la bronca del gabacho por derrapar con el carro de mi tetrapléjico -con Juanito sentado y partiéndose de risa-, la procesión nocturna, el comedor, las curas, las guardias…) me ha marcado para el resto de mi vida.  


Le debo mucho a aquellos cinco días. Mucho. Gracias, mamá, por aquel voluntariado forzoso.


viernes, 17 de mayo de 2019

AUARA. Cada gota cuenta para cambiar el mundo



¿Cómo acaba un estudiante de arquitectura creando una empresa social que se dedica a llevar agua a las zonas más áridas y pobres del planeta? La respuesta es sencilla: conciencia solidaria. Lo que no es tan sencillo es el camino que ha tenido que recorrer Antonio (y sus socios, Pablo y Luis) para llegar hasta aquí. Todo empezó con un voluntariado en Etiopía, echando una mano en un hospital. Allí, Antonio fue por primera vez consciente de la importancia del agua en la vida; o más bien de la falta de agua, responsable de la pérdida de muchos millones de vidas. Malnutrición infantil, enfermedades, carencias sanitarias básicas, mortalidad… Se dio cuenta de que la verdadera necesidad en estos lugares, más que los hospitales y las escuelas, era el abastecimiento de agua.

Antonio volvió a España con esta idea grabada a fuego. Se lo comentó a su amigo Pablo, que estaba de voluntario en una empresa social, y juntos empezaron a darle vueltas a un posible proyecto social relacionado con el agua. Contactaron también con Luis, más veterano y con experiencia financiera, quien no sólo les ayudó a preparar un business plan en condiciones, sino que además se enamoró perdidamente del proyecto y se unió a Antonio y Pablo. Era enero de 2014.



¿Qué es eso de “empresa social”?

El objetivo era crear una “empresa social”, un concepto pionero en España (lo que dificultaba el camino), pero bien asentado en otros países como Estados Unidos, Inglaterra o Alemania. Tomar lo mejor de las empresas y su forma de operar, y lo mejor de las ONGs que existen por un fin social. Algo que, sencillamente, aquí no se entendía. Ni siquiera cuando se presentaban a concursos de startups, lanzaderas o viveros de empresas. Pero los tres socios decidieron no rendirse y tirar hacia delante. La causa lo merecía. Y la fórmula “Family&Friends” no les falló. La idea era vender botellas de agua y destinar el cien por cien de los dividendos a crear pozos y depósitos de agua potable en zonas de extrema pobreza y sequía. En septiembre de 2016, dos años y medio después de su fundación, salió la primera botella de AUARA

El camino no había sido fácil, ni mucho menos. Porque además de los problemas administrativos y financieros, propios de cualquier startup (sobre todo en España), AUARA tenía que ser sostenible. Pura coherencia. No se trataba de ser un agua solidaria solo con las personas, también con el planeta. Tras muchas dificultades lograron encontrar una botella 100% de plástico reciclado R-PET (algo en lo que también fueron pioneros), con una forma distintiva (cuadrada) y con el agua mineral natural más pura, procedente de un manantial de León.

El producto estaba. La causa también. Y el propósito. Ahora llegaba la hora de la verdad: vender. Se pasaron un año testeando el producto, buscando clientes en todas partes: hoteles, restaurantes, máquinas de vending, caterings, empresas de todo tipo y tamaño… La respuesta fue espectacular. Planificaron también una potente campaña en redes sociales para generar comunidad, llegando a miles de consumidores que se unieron a su causa. Tanto, que AUARA es la marca de agua con más seguidores en Instagram (14,2K) y la que tiene más respuesta e involucración.




El verdadero valor del agua

Hoy, con un equipo de 12 personas -todo pasión, involucración y perseverancia- AUARA es un negocio asentado y con enorme proyección. Se ha profesionalizado a nivel comercial y ha entrado en la primera división. Su misión sigue siendo exactamente la misma: convertir un acto cotidiano como beber agua en un acto extraordinario, capaz de salvar vidas. Literalmente. En apenas tres años han puesto en marcha 14 proyectos que han dado acceso al agua a más de 7.000 personas, un millón de litros de agua potable, en países como Sierra Leona, Benín, Malaui, Etiopía, Camboya o Haití.  Gracias a los miles de clientes que comparten sus valores y ayudan hacer realidad estos proyectos. Lo importante, para Antonio, Pablo y Luis, es no sólo llevar agua potable a estos rincones olvidados, también inspirar a personas y organizaciones, y trasladar ese espíritu y esos valores a las propias empresas: hacer felices a tus empleados, mantener una buena relación con tus clientes y proveedores, ser sostenibles y responsables…  Ser coherentes, en definitiva. En palabras del célebre psicólogo canadiense Jordan Peterson, «Ordenar tu habitación antes de intentar ordenar el mundo».


Sostenibilidad, transparencia, solidaridad, coherencia, honestidad… Unos valores, sin duda, muy fáciles de compartir si tienes un mínimo de sensibilidad. Y una causa a la que tú también te puedes sumar, comprando sus botellas, siendo orgulloso embajador o simplemente pidiendo una botella de AUARA en los restaurantes en los que está presente (muchos ya, y creciendo). Cada gota cuenta. Lo importante es que entre todos podemos hacer un mundo un poco mejor. Sólo nos lo tenemos que creer. Para nosotros será una pequeña gota, pero tal vez sea la única esperanza para miles de personas que, simplemente, tuvieron la mala suerte de nacer allí.