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sábado, 11 de enero de 2025

Don't Let the Old Man In. Una reflexión sobre la vejez, mi padre y Clint Eastwood




Hace unos años, Clint Eastwood compartía torneo de golf benéfico con su amigo el compositor y cantante de country Toby Keith. Clint le comentó que en unos días cumplía 88 años y estaba trabajando en su nueva película, The Mule, que iba a dirigir y protagonizar. Toby, admirado de la vitalidad y la energía de Clint, le preguntó qué le impulsaba a seguir trabajando. “No dejo entrar al viejo”, respondió. A Toby Keith le enamoró esta frase y le dedicó una maravillosa canción, Don't Let the Old Man In. Una bonita y emotiva balada country sobre un hombre rebelándose contra su vejez. El cantante envió a Clint Eastwood una demo de la canción y el director se rindió inmediatamente a su letra y a su melodía.

 

Don't Let the Old Man In se convirtió automáticamente en el tema principal de The Mule, que se estrenó en 2018, y también en un exitazo en las listas de country de todo el país. En septiembre de 2023 Toby Keith, que había sido diagnosticado de cáncer de estómago el año anterior, interpretó su canción en el 2023 People's Choice Country Awards, después de haber obtenido el premio Country Icon, y Don't Let the Old Man In volvió a resurgir con fuerza en las emisoras de country. El pasado 24 de febrero, Toby Keith falleció a los 64 años de edad víctima del cáncer, dejando un legado impresionante, prolífico e inmortal, en la música americana y universal.

 

Estas últimas semanas me ha golpeado con insistencia la canción de Toby Keith. Y es que el “viejo” está intentando colarse en el cuerpo y en la cabeza de mi padre desde que empezó la quimio (le diagnosticaron un linfoma en septiembre, recién cumplidos los 90). Estos días, que he estado turnando guardias con mi hermano y mis hermanas, me he dado cuenta de que, cada vez más, veo a mi abuelo (que nos dejó a los 96) en el cuerpo frágil, arrugado y tembloroso de mi padre. Un cuerpo condenado a un presente a caballo entre el miedo, el cabreo y la impotencia, con un futuro demasiado breve como para llamarlo futuro, y al que sólo le queda su pasado glorioso, cuajado de triunfos deportivos, de logros familiares y de amistades inquebrantables que se han ido quedando en el camino. Una vida mirando casi siempre hacia atrás.

 

Él, que fue subcampeón del mundo y coleccionó Grandes Premios de hípica por todo el mundo, ahora apenas puede recorrer el pasillo de su casa aferrado a su taca-taca, pasito a pasito. Él que fue campeón de España de tenis con 15 años y que jugó al pádel activamente hasta muy superados los 70, ahora apenas puede salir de la cama o vestirse sin ayuda. Él, que bailaba en las bodas de sus nietos y jugaba con sus bisnietas, que paseaba y conducía hasta hace solo tres meses, ahora apenas llega a tiempo al cuarto de baño en caso de urgencia. Él, que ha sido un brillante jugador de bridge durante décadas, un matemático ágil y de mente rápida y culta, hoy está en lucha permanente entre el hombre que fue y el que ya no es; entre la persona mayor que estaba increíble para su edad a los 89 y el viejo que quiere entrar a los 90, derribando la puerta a patadas para instalarse de manera permanente. Como un okupa indeseado e indeseable.

 

Pero, claro, derrotar por las buenas a un tipo que ha sido deportista de élite tantos años (uno de los mejores jinetes de su generación) y luego juez internacional de prestigio mundial durante otros tantos; derrotar por las buenas a un tipo que se licenció con matrícula en Derecho, que ha vivido la disciplina deportiva, el esfuerzo, el compromiso y el sacrificio desde los 16 años, que ha formado una familia unida y ejemplar que alcanza ya los 30 miembros (5 hijos, 20 nietos, 5 bisnietos) y que ha sido referente de valores y de coherencia en el deporte y en la vida para viejas y nuevas generaciones… derrotar por las buenas a un tipo así, que además cuenta con la fuerza extra de su mujer (mi madre, una santa con superpoderes), de sus cinco hijos (siempre al pie del cañón) y de sus fieles amigos y primos (los que le quedan vivos), y que cuenta con el favor especial del mismísimo Dios y de la Virgen, de los que nunca se ha separado ni un instante desde el día de su Primera Comunión, derrotar a un tipo así, digo, no es tarea fácil.

 

Así que ahí andamos todos –padre, madre, hijos, nietos, médicos, fisios, ciencia, fe y demás fuerzas activas-  atrancando la puerta con rabia para que no entre el viejo, golpeándole la cara con toda nuestra mala leche cuando asoma por la rendija a lo Jack Torrance, lanzándole maldiciones y quimioterapia y vitaminas y corticoides y todo lo que haga falta para mantenerlo ajeno y lejos, no al otro lado de la puerta, sino más allá del horizonte. Como el propio Clint Eastwood, galopando hacia la puesta de sol para no volver.

 

No, papá. No vamos a permitir que entre el viejo para quedarse. Aún te queda mucho camino que cabalgar, mucho obstáculo que saltar, mucho trofeo que conquistar. Y mucho cariño que recibir. En eso estamos.  

 

When he rides up on his horse
And you feel that cold bitter wind
Look out your window and smile
Don't let the old man in



martes, 28 de mayo de 2019

John Wayne vs Clint Eastwood: Duelo de tipos duros

El 26 de mayo de 1907 nació John Wayne, Duke para los amigos. El 31 de mayo de 1930 lo hizo Clint Eastwood. Ambos fueron iconos del hombre del oeste, duro, seco, desarraigado, de pocas palabras y menos amigos (aunque fieles hasta la muerte), de gatillo fácil y valor a prueba de balas. Y lo fueron dentro y fuera del Western, y dentro y fuera del cine. Tuvieron mucho en común, como actores y como personas, y también grandes diferencias; pero los dos fueron, sobre todo, héroes de nuestra infancia, de nuestra juventud y de nuestra madurez.

 


Si hay un género por excelencia en la historia del Cine (americano y universal), ése es el Western; el género de la épica, de las hazañas pioneras, de la aventura en estado puro; de los mares de hierba y los desiertos infinitos y los desfiladeros angostos donde te espera una muerte segura; de los héroes solitarios, los forajidos redimidos (y los que no), de los granjeros, tramperos, ganaderos y buscadores de oro; de los indios y el 7º de Caballería; del ferrocarril y Río Grande, y el forastero sin pasado y el pianista del saloon y las chicas del saloon y el sheriff y la ley de Lynch. Un territorio duro forjador de tipos duros. Como Clint Eastwood, como Jonh Wayne.


 

“Sólo hay tres hombres capaces de disparar con tanta rápidez como usted. Uno está muerto. Otro soy yo. Y el tercero, según tengo entendido, es un tal Thornton. ¿Cómo se llama usted, amigo? – “Thornton” (Eldorado, 1966). John Wayne comenzó su carrera en el cine bajo el nombre de Duke Morrison, como extra en multitud de películas mediocres; su primer protagonista no llegaría hasta 1930, con La Gran Jornada, a las órdenes de Raoul Walsh, que fue además quien le bautizó como John Wayne. Desde entonces, no volvería a utilizar otro nombre, ni a apearse del papel protagonista
Fue precisamente ese año en que John Wayne nació como actor, el año en que Clint Eastwood nació como persona. Su vida, marcada por la Gran Depresión, fue curtiéndose con todo tipo de trabajos: leñador, albañil, bombero forestal, limpiapiscinas, obrero del metal, instructor de natación y pianista en garitos de mala muerte. Hasta que encontró su verdadera vocación: “Soy William Munny, de Missouri, el asesino de mujeres y niños. He matado cualquier cosa que tuviese vida o se moviese y hoy he venido a matarte a ti” (Sin Perdón, 1992). Como John Wayne, actuó en películas mediocres y series de TV de extra o actor secundario, hasta que Sergio Leone lo convirtió en un mito con su trilogía de Spagetti Western, principalmente con El Bueno, el Feo y el Malo (1966):El Mundo se divide en dos categorías, los que tienen el revólver cargado y los que cavan, y tú cavas”. A partir de ese momento, Clint Eastwood fue de los que tienen el revólver cargado de éxito, y nunca se le han acabado las balas.




Lo mismo que John Wayne, desde que el más grande director de Westerns, John Ford, le concedió la gracia de interpretar a Ringo Kid en la mítica La Diligencia (1939). Desde entonces, supo asumir su condición de héroe con naturalidad y eficacia en todos los papeles que interpretó. No en vano dijo de él Jimmy Carter: “En una época con escasos héroes, fue un hombre excepcional, que llegó a ser más que un héroe, al convertirse en un símbolo de muchas de las cualidades que han hecho grande a nuestro país”. Protagonizó westerns épicos a las órdenes de los maestros del género, pero también grandes hazañas bélicas y aventuras apasionantes y amables comedias en exóticas islas.
Fue “atrapador” de fieras salvajes en Hatari!, y boxeador retirado, o no tanto, en El hombre tranquilo, y salvador de idealistas en El hombre que mató a Liberty Balance (“el hombre más duro al sur de Picketwire, después de mí”), y fue el sheriff borracho de Valor de Ley (su único Oscar) y, sobre todo, fue el vengativo “buscador”, y secreto enamorado de su cuñada, Ethan Edwards de Centauros del desierto (“Algún día se convertirá en un agradable lugar para vivir, puede que hagan falta nuestros huesos como abono para que eso ocurra”), sin duda su mejor interpretación.
Clint Eastwood también fue muchas cosas además del solitario forastero del poncho, el cigarro mordido y el rostro pétreo. Fue sargento de hierro y cantante de country y DJ nocturno y fotógrafo romántico y guardaespaldas acabado de JFK y astronauta jubilado. Pero, sobre todo, fue Harry Callahan, el sucio, el ejecutor, el de la 44 Magnum, el de “alégrame el día” o “No hay nada malo en disparar siempre que se dispare a las personas adecuadas”. Fue éste el papel que lo encumbró, y también el que le marcó como “facha”, ultra y demás injustas lindezas (al igual que le ocurrió a John Wayne con Boinas Verdes, única película sobre Vietnam donde los soldados americanos son héroes).
Y, de paso, Clint fue el actor-director que recuperó el western clásico con El Jinete Pálido (“¿Acostumbra a beber, reverendo? Sólo a partir de las nueve de la mañana.”) y, de manera mucho más contundente, con Sin Perdón, una película a la altura de las más grandes de Ford o Hawks, en la que el personaje de William Munny encarna, él solo, a todo un género; “Matar a un hombre es algo despreciable. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener.”

Y es que si John Wayne fue un buen actor (a veces un gran actor) que participó en un buen puñado de películas míticas, Clint Eastwood es, sobre todo, un magnífico director. El último director clásico (sin mentiras, sin artificios, sin virguerías más que prescibndibles), autor de obras maestras como Bird, Un día perfecto, Mistic River, Million Dollar Baby, Sin Perdón o Gran Torino: “¿Te has dado cuenta que, de vez en cuando, te puedes encontrar con alguien con quien que no deberías meterte? Ése soy yo”. Ése es Clint Eastwood, un tipo duro con el que nadie debería meterse; salvo, tal vez, John Wayne.
“He hecho más de 250 películas y nunca he disparado a ningún tipo por la espalda”, dijo John Wayne. Y no se cortó en afearle a su amigo Clint que sí lo hiciera, sin piedad, en Infierno de cobardes. Pero el viejo Duke habría admirado, sin duda, al viejo Clint cuando éste se dejó acribillar por tan buena causa en Gran Torino; una muerte épica y llena de significado, que es también la “muerte” de Clint Eastwood como actor, lo que dejará un poco más de tiempo y energía al octogenario -y oscarizado- director para centrarse en seguir dirigiendo obras maestras.

(Aunque el viejo vaquero nos engañó de nuevo, y el año pasado resucitó para protagonizar La Mula. Eso sí, la mayor parte de su papel transcurre sentado en un coche. 88 años pesan, incluso a los tipos más duros).