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martes, 19 de mayo de 2026

Lourdes, el lugar más contagioso del mundo



Sucede, a veces, que la vida te regala uno de esos momentos que te arreglan por dentro. Que te cosen el roto interior y te hacen, digamos, mejor de lo que eras justo antes. Mejor persona, mejor ser humano en todos los (buenos) sentidos. Quizá no experimentes una transformación radical y extrema de tu existencia, un giro de 180º de tus principios y prioridades (que también sucede), pero sí te aseguras un potente empujón hacia el lado bueno de las cosas. Y eso es algo que necesitamos todos. Y especialmente yo.

Ese momento –valioso, extraordinario, imborrable, hermoso- me lo regaló la vida esta pasada semana. Y fue volver a Lourdes como hospitalario. Un año más, una peregrinación más, un regalo de la vida más.

Contenido del artículo

Para los que no conozcan lo que supone ir al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes con enfermos (de todo tipo: parálisis cerebral, ELA, síndrome de Down, tetraplejia, ceguera, autismo, cáncer, discapacidad intelectual…), la idea básica es que durante cinco días te olvidas de quién eres, de lo que eres (de tu cargo, de tus problemas, de tus prioridades) y te dedicas en cuerpo y alma a otras personas que, por la razón que sea, han tenido peor suerte que tú. Personas a las que una grave enfermedad, una dolencia extrema o un mal incurable –y a menudo apenas apaciguable- les hace la vida más dura y complicada y que, durante unos días, se olvidan un poco de su día a día y viven el sueño esperanzador del milagro de Lourdes; o, simplemente, la alegría de estar ahí, en presencia de su segunda Madre, dejándose querer y abrazar.

Y esa es tu prioridad como hospitalario -tu única misión, en realidad-, que durante esos cinco días ellos se olviden también de lo que son, de lo que sufren. Tu responsabilidad es cuidarlos, atenderlos, escucharlos, entenderlos, aliviarlos; es reír con ellos, rezar con ellos, cantar y jugar con ellos (incluso disfrazarte de princesa barbuda); es abrazarlos y mimarlos, quererlos; es hacer que se sientan especiales (lo son), protagonistas de una experiencia que va más allá, mucho más allá, de un simple voluntariado. Para ellos y para ti.

Las cojeras del alma

Porque aquí, en Lourdes, se unen lo físico y lo místico, lo lúdico y lo religioso, el entorno natural (bellísimo, imponente) y el interior más profundo de cada uno. La fe y la duda. Las dolencias del cuerpo y la discapacidad espiritual; las cojeras del alma. Porque aquí todos venimos cojos de algo, en busca de algún tipo de curación. Eso es también lo que nos une a unos y otros. Y, sobre todo, lo que hace de esta peregrinación algo tan radicalmente diferente.

Y así son esos cinco días. Una gratificante mezcla de sentimientos, emociones, experiencias, madrugones y risas. De compañerismo y trabajo duro que en ningún momento se percibe duro. Porque vas con otro ánimo, porque la queja se ha quedado en Madrid y la tontería se te borra de un plumazo en cuanto subes al autobús y te sientas, durante doce horas, junto a uno de los enfermos (por ejemplo Raúl, un alma tranquila y risueña como pocas, a pesar de vivir anclado a una silla de ruedas; o Angie, que sufre su ELA en forzado silencio pero que te da las gracias con una dulzura y una sonrisa que son pura luz); y escuchas y observas y entiendes y admiras. Y empiezas a pensar que has ido allí a recibir más que a dar. A aprender y absorber más que a demostrar. El ego, como en la mítica grabación colmada de estrellas de “We Are The World”, se queda fuera.

Y entonces empiezas a contagiarte.

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Un poderoso foco de contagio

La primera vez que fui como hospitalario a Lourdes alguien me dijo que el verdadero milagro de este pequeño rincón de peregrinaje oculto entre bosques y montañas era que, en 150 años de existencia del Santuario, tras millones de peregrinos y enfermos de toda consideración, nadie se había contagiado de nada. Ni siquiera compartiendo la misma agua en las piscinas, donde cientos de personas sumergen sus cuerpos, sanos o enfermos, cada día.

Sin embargo, para mí, el verdadero milagro de Lourdes es precisamente lo contrario. El recinto del Santuario es sin duda el más poderoso foco de contagio del planeta, con epicentro en la Gruta de Massabielle. Se contagia el silencio, esa profunda conversación interior que tanta falta nos hace y que tan poco ejercitamos en nuestra vida cotidiana. Se contagia la devoción, la fe sencilla y sincera, la necesidad de rezar y agradecer desde lo más hondo del corazón. Se contagia la empatía, la facilidad que tenemos todos los camilleros y damas hospitalarias –veteranos o novatos- de abrazar, de escuchar, de entender, de sentir lo que siente cada enfermo; de estar siempre a su lado, de no escatimar sonrisas ni cercanía ni cariño… ni cachondeo, cuando toca; de no robarles su dignidad ni en los momentos extremos (darles de comer, vestirles, lavarles esto y aquello, tratar de traducir los balbuceos, de entender los aparentes sinsentidos). Se contagia la risa, la alegría, la vitalidad, las asombrosas ganas de vivir y de disfrutar que tienen todos los enfermos a pesar de sus circunstancias; quizá porque para ellos son sólo eso, circunstancias. Y se contagia también su dolor. Inevitablemente. Afortunadamente.

Se contagia la humildad, la certeza inamovible de lo pequeñitos que somos, de que cada uno es lo que da, y punto; sin cargos, sin nombres, sin currículums, sin falsa caridad, sin una pizca de condescendencia. Se contagia el respeto, al lugar, a la devoción, a las normas, a las creencias, a las personas, a los motivos, a los extraños, a tu equipo; y, por encima de todo, el respeto a los enfermos, a sus discapacidades y capacidades, a sus buenos y malos momentos, a su lucha, a su sagrada dignidad.

Se contagia la formidable capacidad de entrega de los hospitalarios, de todos y cada uno; y el entusiasmo, que no decae en ningún instante por muy largo que se haga el día; y la complicidad y la generosidad y el “todos a una” de los equipos; y la amistad entre unos y otros que se forja en cada peregrinación, y que además de especial es irrompible.

Se contagia, en fin, la Luz. La luminosa y fascinante combinación de esperanza y fervor, de recogimiento y paz interior ante la imagen de la Virgen de Lourdes. En la gruta, en el santuario, en las capillas, en el hospital, en la impresionante procesión de las antorchas, que cada noche ilumina todo el recinto con miles de pequeñas y vibrantes llamas y miles de corazones llenos de luz, provenientes de todos los rincones del mundo. Una Luz universal, incandescente y resplandeciente, que todo lo llena, que todo lo abraza.

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Gracias, gracias, gracias

Dice un proverbio indio que lo que no se da, se pierde. Yo puedo asegurar que aquí, en Lourdes, no se pierde ni un miligramo de generosidad, de entrega, de puro amor al prójimo. Algo de lo que estamos tan necesitados en estos tiempos convulsos, ingratos y narcisistas. El milagro de dar sin medida, de darse en cuerpo y alma, de acoger y de aprender, y de recibir con los brazos y el corazón abiertos de par en par. Es a lo que hemos venido. Es lo que nos llevamos todos, sin excepción. Es la razón por la que muchos repiten año tras año durante 25, 50 y hasta 70 años. La razón por la que otros hemos vuelto a contagiarnos después de iniciarnos hace cuarenta años y retomarlo –con convencimiento firme, con ilusión renovada- hace ya tres. Y los que queden...

Sí. Sucede, a veces, que la vida te regala uno de esos momentos que te arreglan por dentro. Y esos cinco días en el Santuario de Lourdes, intensos y reconfortantes, me han arreglado para todo un año. Gracias a los enfermos, que me han enseñado lo que es vivir una vida infinitamente más complicada y dura sin la queja permanente, con la alegría y la ilusión de un niño, con una fe envidiable y una gratitud tan sincera como sus miradas (algunos de mis maestros de este año: Miguel Ángel, Raúl, Isabel, Óscar, Vega, Angie, Miki, Mari Cruz, los gemelos polacos, Morales, Gon, Javi, Sonsoles…). De todos he aprendido valiosísimas lecciones de dignidad y de coraje, de amor y generosidad, que han quedado grabadas a fuego en este corazón mío, tan necesitado y hambriento de lecciones importantes.

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Y gracias por supuesto al Equipo Rosa. Equipazo donde los haya. Desde los jefes -Cheleles, Antonio y Rocío- todo serenidad, ejemplo y dedicación, hasta el último de los novatos. Ahí quedan otras lecciones impagables de amor, entrega y compromiso, impartidas en un curso intensivo por los mejores maestros que uno pueda imaginar: Myriam, Sandra, Tere, Pilar, Ignacio, Manolo, Gloria, Elena, Ana, Sol, Dani, Mariana, Mamen, Lucía, Nico, Inés, Cris … y Rocío, mi mujer, mi socia, mi cómplice. You all are the best!!!

Poco más que añadir. Salvo dar las gracias otra vez. Y la promesa firme de que esto no queda aquí. Que el año que viene –y el siguiente, y el siguiente- volveremos Rocío y yo a curarnos de la vida en este pequeño rincón de los Pirineos. Volveremos a contagiarnos de todo lo bueno que emana de esa Luz y de ese manantial de agua milagrosa. Volveremos a vivir la experiencia de darnos como si no hubiera un mañana a una causa mucho más grande, mucho más gratificante y mucho más valiosa que nosotros mismos: los demás.

Es para lo que estamos aquí, ¿no?


lunes, 26 de mayo de 2025

El milagro de Lourdes existe. Se llama DAR

 



Dice Jorge Font, el más poeta de los héroes de Lo Que De Verdad Importa, que si no vas a un congreso de LQDVI no te pasa nada; pero si vas, te pasa algo seguro. Por lo menos un buen revolcón a tus ideas / prioridades / sueños / realidades (llámalo como quieras). Y tiene razón, Jorge. Yo lo he visto año tras año y también lo he experimentado en mi propia carne. Así que lo puedo confirmar con conocimiento de Causa (con mayúscula).

Lo mismo sucede con la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, esa pequeña ciudad a los pies de los Pirineos que se ha convertido en uno de los más importantes destinos del cristianismo desde 1858. Y muy especialmente si acudes como hospitalario, acompañando a enfermos de todo tipo, condición y gravedad. Una experiencia religiosa –y luminosa- para millones de peregrinos de todos los rincones del planeta, pero sobre todo una experiencia humana. Muy humana. Y, como suele pasar con estas cosas, también incomprensible para muchos, que lo ven desde fuera con ignorancia, con agnosticismo o incluso con burla. Nada nuevo.

Y esa es precisamente la clave, que lo ven desde fuera. Porque lo de Lourdes hay que vivirlo, hay que palparlo, hay que sentirlo. Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender mínimamente lo que allí ocurre. Que es mucho. Y todo es cierto. Y todo es bueno.

 


La Caravana de la Esperanza

Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya enfermos con graves dolencias, con males incurables, con discapacidades extremas, que quieran sufrir un incómodo y agotador viaje en autobús con la improbabilísima esperanza de una curación milagrosa, que saben que no les va a tocar esa lotería, pero van a pesar de todo. Y no se cabrean con la Virgen de Lourdes, ni reniegan de su fe, ni se ciscan en los santos ni en los curas ni en el mismísimo Dios. Muy al contrario. Regresan renovados y felices. Contando los días para volver, porque muchos de ellos repiten año tras año. La Caravana de la Esperanza.

Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya voluntarios y voluntarias (los hospitalarios) capaces de entregarse de tal manera que hacen cosas que no creerías (como diría el replicante Roy Batty); que no creerían ni ellos mismos antes de salir de Madrid. Cosas que en su otra vida, su vida “normal”, son demasiado duras, demasiado penosas, demasiado desagradables, demasiado insoportables y que aquí, en esta pequeña ciudad del sur de Francia, por alguna misteriosa (¿milagrosa?) razón, en lugar de provocar lágrimas o arcadas, provocan sonrisas, complicidad, miradas limpias y un amor a prueba de terremotos. Porque aquí, en la Hospitalidad de Madrid (y especialmente en el Equipo Rosa), sólo hay “personas bonitas”, que diría mi amigo Cake Minuesa.

Sólo desde dentro, desde muy dentro, se puede sentir la devoción, la gratitud, la fe. El silencio. La humildad extrema. La DIGNIDAD. Y la oración sincera y profunda, sin postureos, sin golpes de pecho. Sólo allí, en esa gruta nacida de una simple roca, aparentemente nada, se puede sentir el respeto más universal que se pueda sentir en esta Tierra nuestra. El respeto entre naciones, el respeto entre enfermos y sanos, el respeto a todas las creencias y no-creencias; el respeto a lo sagrado, a los símbolos, a lo incomprensible, a lo inconcebible. El respeto a la esperanza, vana o no, de los millones de personas que peregrinan a Lourdes desde hace 167 años.

Enfermos o sanos, todos buscando algo, y no necesariamente lo mismo. Unos curación física, otros curación espiritual; unos perdón, otros compañía; unos llenar su vacío, otros vaciar su mochila, o su ego; o cumplir una promesa, o hacer feliz a su padre, o reencontrarse con viejos amigos, o volver a sentir el abrazo de su otra Madre… Cualquier excusa vale. Y vale mucho.



Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya personas con una vida cómoda y fácil que decidan dejarlo todo –todo- durante unos días para abrazar un cambio tan radical, tan valiente y hermoso, año tras año durante décadas. Sin fallar ni uno. Algo que debería hacerte pensar, al menos, que eso no es un voluntariado normal. Que hay algo más. Algo que engancha más poderosamente que cualquier droga. Una bofetada descomunal que te descoloca (o te recoloca); un cambio de mirada al mundo y a las personas, a ti mismo, a tu entorno, a tu burbuja de cómoda seguridad, a tus principios y prioridades. Algo que te hace plantearte: ¿y si fuera yo el de la silla de ruedas, o el de la parálisis cerebral, o ese niño ciego y autista? ¿Cómo me lo tomaría? ¿Sería capaz de reírme, como ellos? ¿De cantar, de dar gracias a Dios, de rezar con el corazón? ¿Sería capaz de amar? ¿De querer vivir?

Son preguntas que sólo se pueden responder desde dentro, desde muy dentro. Mirando con el corazón. Descubriendo el valor de un abrazo. O de un beso con ruido, de los de abuela. O de una confidencia. O simplemente escuchando. O dando de comer a alguien que apenas sabe abrir la boca; o sumergiendo un cuerpo terriblemente deforme en esa agua milagrosa –helada- que ha curado a muchos y aún no ha hecho enfermar a nadie. O sintiéndote curado, aliviado, agradecido, incluso feliz, aunque no te haya tocado el gordo/milagro. Sí, hay que vivirlo para entenderlo. Como todo lo que lleva implícito el concepto de Amor, no se puede explicar. Es imposible de explicar.

Por eso, también es imposible convencer a nadie con palabras de dar ese salto al vacío, de probar su capacidad de entrega a los demás, su fuerza y su aguante frente al asco y el dolor y el agotamiento (lo único infernal en nuestra peregrinación son los horarios). Sólo vale rebuscar en tu conciencia ese gramito de generosidad que sabes que tienes, y lanzarte. Sólo tu corazón puede impulsarte a plantearte hacer ese profundo viaje interior que, seguro, va a obligarte a replantearte muchas cosas. Y eso es bueno. Y necesario.

 



Un regalo para el alma

Para los que no conozcan lo que supone ir al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes con enfermos (de todo tipo: parálisis cerebral, ELA, síndrome de Down, tetraplejia, ceguera, autismo, cáncer, discapacidad intelectual…), la idea básica es que durante cinco días te olvidas de quién eres, de lo que eres, y te dedicas en cuerpo y alma a otras personas que, por la razón que sea, han tenido peor suerte que tú. Personas que tienen una vida bastante más dura y complicada que la tuya y que, durante unos días, se olvidan un poco de su día a día y viven el sueño esperanzador del milagro de Lourdes; o, simplemente, la alegría de estar ahí, en presencia de su segunda Madre, dejándose querer y abrazar. Y esa es tu prioridad como hospitalario, que durante esos cinco días se olviden también de lo que son, de lo que sufren. Tu responsabilidad es cuidarlos, atenderlos, escucharlos, entenderlos, aliviarlos; es reír con ellos, rezar con ellos, cantar y jugar con ellos; es abrazarlos y mimarlos, quererlos; es hacer que se sientan especiales (lo son), protagonistas de una experiencia que va más allá, mucho más allá, de un simple voluntariado. Para ellos y para ti.

Pero tú, que vas a darlo todo, y que de hecho lo das todo, eres quien más recibes. Porque la lección de dignidad, de gratitud, de generosidad, de alegría profunda y honesta, de limpieza de corazón, de simple y puro amor a la vida (a pesar de su durísima vida) es un verdadero regalo para el alma. Es un abrazo que te llevas puesto para siempre. Es un beso que se te queda marcado en la mejilla de por vida. Es una sonrisa –o una carcajada- que te ilumina el corazón con una luz que sólo es comparable a la Luz de la mismísima Virgen de Lourdes. Una luz que te alumbra sobre todo en los momentos oscuros de tu día a día, en los apagones sobrevenidos en tu pequeño mundo de quejas, de ombligos y de vacíos. Y ese es un regalo que no tiene precio, pero tiene un valor infinito.

 


El milagro Lourdes

¿Milagro? ¡Claro que hay milagro! El milagro de que todo aquel que va a Lourdes, sea cual sea su condición y creencias, se entrega en cuerpo y alma a los enfermos durante esos intensos días de peregrinaje (y algunas, como mi “prima” Tere, durante todo el año). Dar y darse, ese es el único misterio. Y el milagro de que todos, enfermos y hospitalarios, médicos y sacerdotes, volvemos a casa mucho más sanos (algunos, también, milagrosamente curados).

Dice un proverbio indio que lo que no se da, se pierde. Yo puedo asegurar que aquí, en Lourdes, no se pierde ni un miligramo de generosidad, de entrega, de puro amor al prójimo. Algo de lo que estamos tan necesitados en estos tiempos convulsos, ingratos y narcisistas. El milagro de dar sin medida, de darse en cuerpo y alma, de acoger y de aprender, y de recibir con los brazos y el corazón abiertos de par en par. Es a lo que hemos venido. Es lo que nos llevamos todos, sin excepción. Es la razón por la que muchos repiten año tras año. La razón por la que otros volvimos a comenzar el año pasado –con convencimiento, con ilusión renovada- donde lo dejamos cuatro décadas atrás. Con la promesa firme de que esto ya no puede quedarse aquí. Que el año que viene –y el siguiente, y el siguiente- volveremos Rocío y yo a curarnos de la vida en este pequeño rincón de los Pirineos. Volveremos a contagiarnos de todo lo bueno que emana de esa Luz y de ese manantial de agua milagrosa. Volveremos a vivir la experiencia de darnos como si no hubiera un mañana a una causa mucho más grande, mucho más gratificante y mucho más valiosa que nosotros mismos: los demás.

 





jueves, 23 de mayo de 2019

Hospitalarios. El milagro de Lourdes existe. Se llama DAR.



Dice Jorge Font, el más poeta de los héroes de Lo Que De Verdad Importa, que si no vas a un congreso de LQDVI no te pasa nada; pero si vas, te pasa algo seguro. Por lo menos un buen revolcón a tus ideas / prioridades / sueños / realidades (llámalo como quieras). Y tiene razón, Jorge. Yo lo he visto año tras año y también lo he experimentado en mi propia carne. Así que lo puedo confirmar.

Lo mismo sucede con la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, esa pequeña ciudad a los pies de los Pirineos que se ha convertido en uno de los más importantes destinos de los católicos de todo el mundo desde 1858. Sobre todo si acudes como hospitalario, acompañando a enfermos de todo tipo, condición y gravedad. Una experiencia religiosa para la mayoría de los peregrinos, pero sobre todo humana. Muy humana. Y también incomprensible para muchos, que lo ven desde fuera con ignorancia, con agnosticismo o incluso con burla. Nada nuevo.

Y es que sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya enfermos con graves dolencias, con males incurables, con discapacidades extremas, que quieran sufrir un tormentoso y largo viaje con la improbabilísima esperanza de una curación milagrosa, que saben que no les va a tocar esa lotería, pero van a pesar de todo. Y no se cabrean con la Virgen de Lourdes, ni reniegan de su fe, ni se ciscan en los santos ni en los curas ni en el mismísimo Dios. Y encima, repiten año tras año. Y regresan renovados y felices. Contando los días para volver. El Tren de la Esperanza.


Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya voluntarios (camilleros y enfermeras se llamaban cuando yo fui) capaces de entregarse de tal manera que hacen cosas que no creerías (como diría el replicante Roy Batty); que no creerían ni ellos mismos. Cosas que en su otra vida, su vida “normal”, son demasiado duras, demasiado penosas, demasiado desagradables, demasiado insoportables y que aquí, en esta pequeña aldea del sur de Francia, por alguna misteriosa (¿milagrosa?) razón, en lugar de provocar lágrimas o arcadas, provocan sonrisas, complicidad y un amor a prueba de terremotos.

Sólo desde dentro, desde muy dentro, se puede sentir la devoción, la gratitud, la fe. El silencio. La humildad extrema. La DIGNIDAD. Y la oración sincera y profunda, sin postureos, sin golpes de pecho. Sólo allí, en esa gruta nacida de una simple roca, aparentemente nada, se puede sentir el respeto más universal que se pueda sentir en esta Tierra nuestra. El respeto entre naciones, el respeto entre enfermos y sanos, el respeto a todas las creencias y no-creencias; el respeto a lo sagrado, a los símbolos, a lo incomprensible, a lo inconcebible. El respeto a la esperanza, vana o no, de los millones de personas que peregrinan a Lourdes desde 1858. Enfermos o sanos, todos buscando algo, y no necesariamente lo mismo. Unos curación física, otros curación espiritual; unos perdón, otros compañía; unos llenar su vacío, otros vaciar su mochila, o su ego; o cumplir una promesa, o hacer feliz a su padre, o reencontrarse con viejos amigos, o volver a sentir el abrazo de su otra Madre… Cualquier excusa vale. Y vale mucho.


Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya personas con una vida cómoda y fácil que decidan dejarlo todo –todo- durante unos días para abrazar un cambio tan radical, tan valiente y hermoso, año tras año durante décadas. Sin fallar ni uno. Algo que debería hacerte pensar, al menos, que eso no es un voluntariado normal. Que hay algo más. Algo que engancha más poderosamente que cualquier droga. Una bofetada descomunal que te descoloca; un cambio de mirada al mundo y a las personas, a ti mismo, a tu entorno, a tus principios y prioridades. Algo que te hace plantearte: ¿y si fuera yo el de la silla de ruedas, o el de la parálisis cerebral, o ese niño ciego y autista? ¿Cómo me lo tomaría? ¿Sería capaz de reírme, como ellos? ¿De cantar, de dar gracias a Dios, de rezar con el corazón? ¿Sería capaz de amar? ¿De querer vivir?

Son preguntas que sólo se pueden responder desde dentro, desde muy dentro. Mirando con el corazón. Descubriendo el valor de un abrazo. O de una confidencia. O simplemente escuchando. O dando de comer a alguien que apenas sabe abrir la boca; o sumergiendo un cuerpo terriblemente deforme en esa agua milagrosa –helada- que ha curado a muchos y aún no ha hecho enfermar a nadie. O sintiéndote curado, aliviado, agradecido, incluso feliz, aunque no te haya tocado el gordo/milagro. Sí, hay que vivirlo para entenderlo. Como todo lo que lleva implícito el concepto de Amor, no se puede explicar. Es imposible de explicar.


Por eso, también es imposible convencer a nadie con palabras de dar ese salto al vacío, de probar su capacidad de entrega a los demás, su fuerza y su aguante frente al asco y el dolor y el agotamiento. Solo vale rebuscar en tu conciencia ese gramito de generosidad que sabes que tienes, y lanzarte. Solo tu corazón puede impulsarte a plantearte hacer ese profundo viaje interior que, seguro, va a obligarte a replantearte muchas cosas. Y eso es bueno. Y necesario.

¿Milagro? ¡Claro que hay milagro! El milagro de que todo aquel que va, sea cual sea su condición, se entrega en cuerpo y alma. Dar y darse, ese es el único misterio. Y el milagro de que todos, sin excepción, vuelven a casa mucho más sanos (algunos, también, milagrosamente curados).   


PS.
Yo fui con la Hospitalidad de Lourdes cuando tenía veinte años, y aquello fue un bofetón en toda regla; un despertar cruento a la realidad más allá de mi burbujita de cómoda y superficial adolescencia. Una experiencia que cambió muchas cosas en mí; unas de golpe, otras se han ido asentando con el paso de los años. Y hasta hoy.

Y aunque fui de voluntario forzoso, lo reconozco, nada más poner el pie en la estación de Príncipe Pío, ver a los enfermos y a los hospitalarios, respirar el ambiente, escuchar las risas y los reencuentros… me contagié de manera instantánea. Lo que viví después (el viaje interminable y agotador con cambio de tren de todos los enfermos en Irún, Juanito -17 años, parapléjico-y su silla de ruedas, el Portu y su retranca, los baños heladores y reconfortantes, las fiestas y juegos, mi lectura del Apocalipsis ante no sé cuántas mil personas, la bronca del gabacho por derrapar con el carro de mi tetrapléjico -con Juanito sentado y partiéndose de risa-, la procesión nocturna, el comedor, las curas, las guardias…) me ha marcado para el resto de mi vida.  


Le debo mucho a aquellos cinco días. Mucho. Gracias, mamá, por aquel voluntariado forzoso.