martes, 20 de noviembre de 2018

Talento callejero. Cuando la música es la vida.


Los músicos callejeros son habitualmente despreciados por los insensibles viandantes de las grandes ciudades o, en el mejor de los casos, simplemente ignorados. Algunos de ellos son molestos, es cierto; pero muchos otros poseen enorme talento, cuando no auténtica genialidad. Sólo nos piden que nos detengamos un minuto, que escuchemos su música y que, si acaso, echemos una moneda. Muy poco para lo mucho que ellos dan.



Son muchos los músicos que deleitan con su talento nuestro acelerado ir y venir en metros, parques, calles y plazas de las grandes ciudades. No cuentan, claro, los moscones desesperantes del acordeón y el organillo; hablamos de música, no de zumbidos. Sin embargo, el arte de estos músicos –a menudo inmenso- no siempre es apreciado en su justa medida; tal vez sea por ignorancia o falta de sensibilidad; o quizá por esta vida a contrarreloj que sufrimos y nos impide detenernos simplemente un par de minutos, escuchar y disfrutar de la belleza. La respuesta a esta pregunta es lo que pretendió averiguar el Washington Post a través de un curioso experimento: colocó a Joshua Bell, uno de los violinistas más prestigiosos del mundo, en el vestíbulo de una transitada estación del metro de Washington, en plena hora punta; el músico callejero (por un día) estuvo haciendo gala de su virtuosismo durante casi una hora ante los indiferentes transeúntes. Más de mil personas pasaron frente a Bell y apenas una decena se detuvieron a escuchar las maravillosas piezas de Bach y Schubert interpretadas por el maestro con un Stradivarius "Gibson ex Huberman", único en el mundo y valorado en tres millones de dólares. Solo una mujer, que reconoció a Bell, se detuvo a escuchar durante varios minutos y luego charló con él unos instantes. Los otros mil y pico pasaron de largo a toda velocidad –la velocidad habitual- sin girar la mirada siquiera. Probablemente sin oír la magia siquiera.
Idéntico experimento se realizó en el metro de Madrid, de la mano del violinista libanés afincado en España Ara Malikian, y tampoco en esta ocasión apenas se detuvo nadie, salvo un par de transeúntes con poca prisa y quizá algo más de sensibilidad; ni siquiera los más caritativos, que lanzaban a la carrera unos céntimos en la funda del violín, cuya recaudación final sumó 5,35 euros. Ara Malikian, sin embargo, agradece la experiencia y reivindica el talento de sus colegas de la calle: “Tocar en lugares como estos es una verdadera vocación y hay intérpretes muy buenos”. Y tiene razón. Los metros, plazas, callejuelas y parques del mundo están repletos de grandísimos músicos, ya sean jóvenes en busca de una oportunidad, exmúsicos profesionales caídos en desgracia o, simplemente, homeless de portentoso talento natural.



Tal es el caso de Damián Salazar, un joven virtuoso de la guitarra eléctrica que toca en la calle Florida de Buenos Aires y que a sus 19 años de puro talento se ha convertido en una verdadera celebridad, interpretando con su peculiar estilo los más famosos punteos de artistas como Guns and Roses, Dire Straits, Scorpions o Pink Floyd. Lo mismo que Tim, maestro del punteo bluesero, y ya una leyenda callejera en su desnudo escenario de piedra, a los pies de la Ópera de la Bastilla en París. Algunos años más tiene el simpático abuelo que interpreta Johnny Be Goode en una calle de Bruselas, acompañado únicamente de su guitarra acústica, su barba de Papá Noel y una inquebrantable pasión por los clásicos del rock&roll. John William Windham, también abuelo, tocaba el blues con el corazón en las aceras de San Francisco, entre el parque junto al estadio de los Giants y la tercera parada de autobús de la 22; vivía en la calle desde hacía años y allí fue robado y asesinado en 2007; pero los que le escucharon tocar aún recuerdan su sempiterno cigarrillo colgado de los labios, su mirada pícara y su blues de alma negra al más puro estilo Mississippi, donde había nacido 70 años atrás.
Otra vieja gloria de las estaciones de metro y autobuses de Nueva York es conocido y reconocido como Danny Small. Una voz portentosa que interpreta con maestría clásicos del soul (Jackie Wilson, My Girl, Sitting On The  Dock Of The Bay, Without You In My Life), y que encandila a cualquier mortal que pase por ahí y tenga un mínimo gusto por la buena música. “Nunca aprendí a cantar; simplemente escucho una canción y la interpreto. ¡Canto sin cantar!” dice, y se ríe. Danny llegó a tener una banda, pero ahora vive en el metro, en algún punto entre Harlem y el Midtown. Y es feliz, porque ama cantar y en cada “concierto” reúne a su alrededor unas decenas de agradecidos admiradores de ese talento inmenso y generoso.
Lo mismo que el mítico Grandpa Elliott, un icono de las calles de Nueva Orleans durante décadas; su voz, su armónica y su reconfortante presencia han tocado incontables corazones a lo largo de los años, y especialmente tras el devastador paso del Huracán Katrina. Hoy, el anciano y jovial Grandpa ha dejado la calle para ser el alma de una peculiar banda formada por músicos callejeros de todo el mundo, unidos en un movimiento cuya misión es tratar de cambiar la sociedad a través de la música. Su nombre, Playing for Change Fundation.
               La idea nació hace una década, cuando la abogada, coreógrafa y actriz Whitney Kroenke conoció al productor musical y director Mark Johnson en Los Angeles y juntos dieron forma a este proyecto. Mark había perfeccionado un estudio móvil con el que grababa a músicos callejeros de todo el mundo interpretando una misma canción, cada uno con su instrumento o su voz, para luego combinar sonido e imagen en un original, multiétnico y maravilloso vídeo. El primer capítulo se empezó a grabar y filmar en octubre de 2001 con el mítico soul Stand By Me, de Ben E. King.
El estudio de grabación móvil empezó a recorrer el mundo localizando músicos que ‘tocaran’ el corazón. Los primeros fueron Grandpa Elliott, en Nueva Orleans, y Roger Didley, conocido en las calles de Santa Mónica como “la voz de Dios”; todo talento, alma y dedicación, y cuya interpretación de Stand By Me sobrecogió el corazón de Mark y le convenció de que el proyecto debía seguir adelante (“esta canción dice: no importa quién seas, no importa dónde vayas, lo único importante es que tengas alguien a tu lado” introduce Didley al comenzar su canción). A ellos se fueron uniendo la tabla de lavar de ‘Washboard’ Chaz (Nueva Orleans), la voz de Clarence Bekker (Amsterdam), la percusión tribal de Twin Eagle Drum Group (Nuevo México), la pandereta de François Vigué (Toulouse), la mandolina de Cesar Pope (Río de Janeiro), el chelo de Dimitri Doganov (Moscú) el coro africano de Sinamuva (Congo), el saxo de Stefano (Pisa), la batería de Kissangwa (Congo), las guitarras de Geraldo & Dionisio (Caracas), el contrabajo de Pokei Klaas (Sudáfrica) y los bongos de Django Degen (Barcelona).

Hoy son ya 76 los episodios grabados por Playing for Change en las calles de todo el planeta, cada uno de ellos una auténtica e inspiradora joya musical. Fieles a su lema “conectando al mundo a través de la música”, han creado una banda liderada por Grandpa Elliott y formada por músicos africanos, europeos y americanos que recorre el mundo alegrando los corazones e iluminando las almas de cientos de miles de personas, y recaudando fondos para ayudar a músicos sin recursos y otros proyectos solidarios. Cuando regresen a España no se lo pierdan, les tocará de lleno.
“La música nos rodea. Lo único que tenemos que hacer es escucharla” sentencia el portentoso y precoz August Rush en esa maravillosa oda a la música como forma de vida —en la calle, en un club o en un auditorio— que es El triunfo de un sueño. Una película imprescindible para todos aquellos que nos detenemos unos minutos a escuchar el talento callejero, sólo por el placer de escuchar buena música.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Regreso al futuro: Todos quisimos conducir ese DeLorean.


Todos, estoy seguro, hemos tenido alguna vez el deseo, el sueño imposible, de viajar en el tiempo; al pasado o al futuro, inmediato o lejano, solos o acompañados, en un vehículo más o menos científico o vía desintegración molecular; por morbo, por curiosidad, por ambiciones ocultas o por puro capricho. Vivir en directo una época ajena a la nuestra es una utopía universal, sí, pero nadie, que se sepa, la ha hecho realidad. Bueno, salvo Marty McFly y su inseparable Doc. ¿O eso era una película?



Primera escala: 5 de Noviembre de 1985
Hoy es la fecha, el día F: 21 de octubre de 2015, el día elegido por Doc Brown para viajar al futuro, después de viajar al pasado y antes de viajar al más pasado todavía. Un día perfecto, pues, para realizar un viaje por el tiempo con escalas y volver a vivir, en nostálgico diferido, lo que sentimos y experimentamos con esta aventura de encuentros, reencuentros y desencuentros. Una historia que marcó a toda una generación, y que aún mantiene su huella intacta. Porque todos, hace 30 años, un 5 de noviembre de 1985, fuimos Marty McFly. Todos subimos con el estrafalario Doc al DeLorean DMC-12 («si vas a construir una máquina del tiempo, por qué no hacerlo con estilo»), todos marcamos la fecha mágica Nov 12 1955 en el reloj temporal del salpicadero y todos aparecimos en el Hill Valley, California, de 1955 para vivir una emocionante, intensa y divertida peripecia. Sí, desde aquella adolescente tarde de cine, todos hablábamos del “condensador de fluzo” con la misma naturalidad que de la gasolina de la vespa y comentábamos sin pestañear que sólo el plutonio era capaz de generar los 1,21 gigavatios de energía eléctrica necesarios para arrancar el DeLorean; aunque, por si acaso no funcionaba el invento, nos agenciamos un monopatín, un “plumi” sin mangas granate y los walkman con las pegadizas canciones de Huey Lewis.


Segunda escala: verano de 1980
Pero retrocedamos un paso más en nuestro viaje al pasado. Al día en que nació la original –y millonaria- idea. Fue allá por el verano de 1980, cuando el productor Bob Gale, hurgando en el sótano del domicilio paterno, se encontró con el anuario de instituto de su padre y se preguntó: ¿Habría sido amigo de mi padre si hubiera coincidido con él en el instituto? ¿Cómo sería conocer a tus padres de jóvenes, con tu misma edad? Gale y su amigo Zemeckis comenzaron a dar forma a la idea y un fin de semana de septiembre escribieron el guión. Una vez terminado, lo ofrecieron a diversos estudios («Es la historia de un chico que viaja al pasado y su madre se enamora de él»), pero fue rechazado por todos (demasiado fuerte para Disney; y demasiado blando para los demás). Sólo el visionario Steven Spielberg intuyó una gran película y se ofreció para producirla. Después de unos años en el limbo, y a raíz del éxito de Tras el corazón verde, Zemeckis se decidió a rodar su guión, confiando el proyecto a quien había confiado en él desde el principio: el genio Spielberg.
    La intuición del Midas de Hollywood no pudo ser más acertada. Y la perseverancia de Robert Zemeckis y Bob Gale obtuvo su merecida recompensa. La película recaudó 210 millones de dólares, convirtiéndose en la más taquillera de 1985 (por delante de Rambos, Rockys y Goonies); y también en la más rentable, ya que había costado tan sólo 19 millones de dólares. Pero además, Regreso al futuro entró a formar parte de la leyenda del cine, y hoy es considerada como una auténtica obra de culto. Y no sólo para nuestra generación.



Tercera escala: 1895
Pero ¿cuál es el secreto del éxito de Regreso al futuro, de su inmortalidad cinematográfica? No es, desde luego, la originalidad del argumento. Los viajes en el tiempo habían sido tratados casi un siglo antes, en la literatura. En 1895, H.G. Wells ya desveló en su novela La Máquina del Tiempo cómo construir un ingenio viajero que permitiera trasladarse cómodamente por los recovecos del futuro, concretamente al año 802.701. Incluso Mark Twain se había adelantado a H. G. Wells: en 1889 publicó Un yanqui en la Corte del Rey Arturo, relato que narraba las vicisitudes de un moderno viajero en la caballeresca Edad Media británica. Y unas décadas después otro visionario, Ray Bradbury, nos desveló las consecuencias del “efecto mariposa” durante el viaje de sus protagonistas a la prehistoria, en El ruido de un trueno, cuento publicado en 1952.

    Tampoco el secreto de su éxito es la originalidad de sus personajes (adolescente con problemas de socialización-matón-amigo extravagante-chica redentora), ni sus efectos especiales, ni el tono liviano, de puro entretenimiento, sin mayor pretensión que divertir al espectador mientras devora palomitas. No. La inmortalidad de Regreso al futuro fue una conjunción de muchos factores: el humor, la música, el ritmo trepidante, la elección de Michael J. Fox y Christopher Lloyd, los guiños generacionales (Doc: «Dime, chico del futuro, ¿quién es el presidente en 1985? Marty: Ronald Reagan. Doc: ¿Ronald Reagan? ¿El actor? ¡Ja! ¿Y quién es el vicepresidente? ¿Jerry Lewis?») y, por supuesto, los viajes en el tiempo, pero vistos desde una perspectiva bastante original: cómo sería la relación entre padres e hijos si se conocieran con la misma edad, y cómo esa relación podría determinar el futuro y hasta la propia existencia («Ningun McFly ha llegado a ser alguien en toda la historia de Hill Valley». «Sí, pero la historia llega a cambiar»). Y una vuelta de tuerca más: ¿qué pasaría si tu madre, una joven bella y extrovertida, se enamorara de ti?

Pasado, presente y futuro se entremezclan con inteligencia a lo largo de toda la película, al igual que el humor y el amor, el rock y la acción, la emoción y la insensatez científica. Y una curiosa y divertida interpretación del “efecto mariposa” que definió Bradbury, que se da a lo largo de toda la historia. Un ejemplo: el centro comercial donde Doc muestra por primera vez la máquina del tiempo a Marty se llama Twin Pines Mall (Pinos Gemelos), pero después de que en su aterrizaje en el pasado atropelle uno de los dos pinos del granjero Peabody, pasa a llamarse Lone Pine Mall (Pino Solitario).
Al final, la posibilidad de remediar los errores cometidos volviendo al pasado y la curiosidad de ver lo que reserva el futuro fue un argumento muy bien aprovechado por Zemeckis y Gale al construir el guión (partiendo del álbum escolar paterno) y luego perfectamente trasladado a la pantalla grande, con gran maestría cinematográfica, por el propio Zemeckis (y, suponemos, por el toque mágico de Spielberg).

Todos querían viajar al pasado
No sólo los fans, y espectadores en general, de Regreso al futuro deseábamos viajar en el tiempo, aunque fuera sentados en nuestras butacas. Otros compartían nuestro deseo, solo que ellos tuvieron más suerte, o más influencia, y lograron formar parte de la película (y de la leyenda). Como el vagabundo que farfulla «¡Otro conductor borracho!» cuando Marty regresa a 1985, y que no es otro que el verdadero alcalde de Hill Valley en 1955, Red Thomas; o el cantante Huey Lewis, que es el examinador que rechaza por ruidoso a Marty cuando realiza las pruebas para el baile del instituto de 1985 (precisamente interpretando la canción “The power of love” de Huey Lewis & The News); o el mismísimo Steven Spielberg, que es el conductor del todoterreno al que se aferra Marty con su monopatín, en 1985. Y hasta Chuck Berry, aunque sea una no-aparición: cuando Marty interpreta en el baile de 1955 Johnny B. Goode, nadie conoce la canción, ya que fue compuesta por Berry en 1958; el guitarrista que se había lesionado la mano llama por teléfono y dice: «¡Chuck!, ¡Chuck!, ¡soy Marvin!, tu primo Marvin Berry! ¿Recuerdas ese nuevo sonido que has estado buscando? ¡Pues escucha esto!» Un guiño paradójico-musical que resume perfectamente el espíritu de esta gran película.

Un espíritu que sigue burbujeando en nuestra memoria 30 años después y que, de vez en vez, se reaviva con renovada fuerza. La cruda realidad es que ya no estamos para montarnos en monopatín, que ya no nos cabe el “plumi” sin mangas y que ya no sobrevive ni el walkman. Pero siempre nos quedarán las reposiciones. Y los sueños.

martes, 6 de noviembre de 2018

Paco Fernández Ochoa: Campeón de la vida


Hace poco más de diez años, uno de nuestros deportistas de oro –oro olímpico y humano- emprendió una de las competiciones más duras y difíciles a las que uno se puede enfrentar: el cáncer. Fue su último slalom, su carrera definitiva, su Gran Final. Un año de lucha que también acabó en oro, como no podía ser de otra manera. Porque lo que Paco Fernández Ochoa no sabía, es que llevaba toda su vida entrenando para llegar a esa meta como un campeón.


Cuando Paco descubrió su enfermedad ya llevaba años retirado de la alta competición, pero no del deporte, y mucho menos de la vida. Tenía 55 años y un montón de proyectos, amigos, aficiones, causas y familia –sobre todo familia- de los que disfrutar durante largo tiempo aún. Pero la vida es lo que tiene, que uno no elige el pistoletazo de salida ni su llegada a la meta. Sí, en cambio, cómo se desarrolla la carrera. Paco eligió disfrutarla al máximo, correrla a pleno pulmón; una vida rebosante de experiencias deportivas y humanas, de generosidad en su entrega a los demás y a sí mismo, de trabajo y tenacidad, de gratitud, de optimismo. Y, por encima de todo, de buen humor. “A mí que no me quiten la risa” decía; se lo enseñó su padre, que se reía hasta de su sombra a pesar de las duras jornadas diarias en su panadería de Cercedilla, trabajando todas la noches para mantener a cinco hijos con casi nada. “Recuerda, Paco, lo primero son tu familia y tu trabajo; y cuando haya que reírse, que no te gane nadie”.

Paco aprendió la lección con matrícula y la practicó cada día de su vida. Un entrenamiento que le ayudó especialmente durante el largo y doloroso año de tratamiento. Él lo tenía muy claro: la risa es contagiosa y terapéutica. “La risoterapia es más importante que la quimioterapia -decía-. La quimio es un remedio, la risa una necesidad”. Y el reía y hacía reír, y animaba a los otros enfermos y a los médicos que le trataban, y a las enfermeras (sus ángeles) que le cuidaban a diario. Era el primer principio de la pacoterapia. Él, en su generosa concepción de la vida, se sentía en la obligación de no ser una carga, de no dar pena, sólo alegría; si no puedes dar otra cosa, al menos agradecimiento y buen humor. Y en eso, Paco estaba bien entrenado.


El salón de su casa en Cercedilla o la habitación 134 de la Clínica Anderson eran un aula magna de pacoterapia: riadas de amigos, campeonatos de mus, refugio de penas, máquina de risas, fábrica de esperanza… Y la Cofradía del Tumor. Esos lentos paseos de la mano con otros enfermos terminales que fueron amigos. Algunos murieron, y fueron momentos durísimos, terribles, que le hacían replantearse muchas cosas. Como cuando visitaba los hospitales oncológicos para dar ánimos a los enfermos con su testimonio, y salía tocado al ver a tantos niños con cáncer, algunos muy pequeños.


Pero Paco era mucho Paco. Y si hay gente que se viene abajo al sentir en sus propias carnes la garra del cáncer, él peleaba como un toro bravo (su otra gran afición, los toros). Pensaba “no puedo defraudar a los míos, tengo que morir como un victorino, en el medio de la plaza, no como un manso metido en las tablas con la cabeza gacha y arrodillándose”. Y sin una queja. Es más, daba las gracias por su vida, por todo lo que había vivido y cómo había vivido, por su familia y sus miles de amigos, desde el kiosquero de Cercedilla al Rey (con quien compartió jornadas de esquí y meriendas de chorizo y pan en su casa). “La vida siempre te da excusas para vivirla, siempre te da motivos para sentirte afortunado”. Y Paco se sentía afortunado. Sobre todo porque el boleto del cáncer le había tocado a él y no a su mujer, Chus, o a alguno de sus tres hijos. Eso sí que le habría quitado la risa para siempre.


También, claro, tuvo una ayuda ‘extra’ bastante importante: Dios. “Yo tengo fe, y si Dios nos ha puesto ahí, es por algo. Es una prueba más en el slalom de la vida”. Un Dios al que rezaba, más que para pedirle favores, para darle las gracias. Dentro de lo malo, reconoce en su libro, el cáncer le ha hecho mejor y le ha acercado más a Él. Y, para mayor influencia (“toda ayuda es poca”) estaba su amigo Mariano, cura y torero, el Maletilla de Cristo, treinta años de amistad, de faenas en la plaza y confesiones en el burladero o ante un chato de vino. “Oye, Mariano, dile al Jefe que trabaje”. Y Mariano se ríe, y le anima. Y esa risa y ese ánimo los necesita Paco tanto como la morfina. O quizá más.


Paco murió en el salón de su hogar en Cercedilla (su pueblo, su paraíso) una fría madrugada de invierno mientras veía salir el sol, hace ahora diez años. Cada amanecer no es un día menos, sino un día más, decía. Ese del 6 de noviembre de 2006 fue el último. Siempre había querido irse en su casa, tranquilamente, rodeado de los suyos. Y así se fue. Pero antes de coger el teleférico directo hacia el cielo, nos dejó su testimonio, su ejemplo, su recuerdo. Y una lección de cómo vivir y morir como un verdadero campeón de la vida.


(Esta historia está incluida en mi libro La muerte del egoísmo)

viernes, 26 de octubre de 2018

¿Halloween sí o Halloween no? ¿Y sabrías decir por qué?



Es inevitable. Del mismo modo que antes llegaron –y nos conquistaron- los burgers, los pubs irlandeses, los vaqueros, el mismísimo rock ‘n’ roll o las películas ‘made in Hollywood’, hoy las nuevas generaciones han adoptado una de las tradiciones anglosajonas más populares y exportables: Halloween. Con la impagable ayuda de la industria cinematográfica, claro, pero también de los colegios y guarderías bilingües, de los grandes almacenes o de los restaurantes, sean de la cocina que sean. La globalización, ya sabes.

Por supuesto, cada año por estas fechas la polémica está servida: que si es una tradición pagana en un país tan católico (ejem) como el nuestro, que si es mero negocio (¿y?), que si es una nueva invasión yanqui (la coca-cola también, y ya ves), que si es antipatriótico, que si es una ofensa al Día de Todos los Santos (aunque esta celebración sea posterior), que si… Pues eso, lo mismo que dijeron nuestros padres y abuelos de tantas y tantas costumbres y modas que venían de fuera (no sólo de USA) para aniquilar nuestra esencia ibérica. Desde el averno, les faltaba decir (y a veces lo decían, sí).

El caso es que Halloween es una realidad inevitable hoy en España. Le pese a quien le pese. Y cada cual es libre de celebrarlo o no, según su coherente visión de la vida (por ejemplo, no es coherente que si llevas a tus hijos a un colegio americano, les prohíbas celebrar las costumbres americanas). Lo puedes negar con furia, te puede parecer hortera, o de mal gusto. Pero también lo puedes ver como los niños y adolescentes, que son los verdaderos protagonistas de esta historia de ‘terror’; ellos lo viven como lo que es: pura diversión. Y no le dan más vueltas. Para ellos, la oportunidad de disfrazarse, de salir a por chuches con los amigos, de celebrarlo en el cole o en casa, de ser protagonistas de su película, es un planazo.

Así que, lo mejor es no tenerle miedo a Halloween, aceptarlo como lo que es y aprovechar para celebrarlo, si te gusta, o simplemente ignorarlo, si no. Y no vendría mal tampoco, antes de aplicarle el “vade retro” crucifijo en mano, enterarse un poco de su verdadera razón de ser, una mezcla de tradición, religión y cultura popular. A lo mejor descubrimos que no es tan incompatible con nuestras propias creencias.



El origen pagano y cristiano

Por situarnos, he aquí algunas claves de la noche de Halloween que nos pueden orientar acerca de su origen y significado:

            ·La expresión Halloween procede de la contracción All Hallows' Eve, (Víspera de Todos los Santos) y tiene su origen en la conmemoración celta del Samhain después adaptada a la festividad cristiana del Día de Todos los Santos.
            · Fue exportada a Estados Unidos por los emigrantes irlandeses durante la gran hambruna a mediados del s XIX.
· Fueron ellos quienes difundieron la costumbre de tallar las calabazas (jack-o'-lantern) inspirada en la leyenda de «Jack el Tacaño».
· El uso de trajes y máscaras se debe a la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos, no de atraerlos, lo mismo que las calabazas iluminadas.
· En Estados Unidos se popularizó primero como una festividad “traviesa”, de diversión a costa de los demás; pero acabó siendo vandálica e incluso cruel. 
· Así que, a partir de 1920 se derivó hacia una diversión más familiar, retomando el espíritu de los primitivos cristianos, que iban casa por casa disfrazados ofreciendo una sencilla representación o una canción a cambio de alimento y bebida.
            · En los años 70 y 80 el cine y la televisión contribuyeron a la internacionalización de la fiesta (La noche de Halloween de John Carpenter, en 1978, es una referencia clave; o la mismísima E.T., de Spielberg, en 1982; también las series Roseanne y Scooby Doo, o Bitelchús, La familia Adams… o, sin ir tan lejos, el penúltimo exitazo de Pixar, Coco). 
· Hoy, Halloween se celebra en todo el mundo occidental, de Estados Unidos a Latinoamérica, de Europa a Canadá, como una noche de diversión, fiesta y disfraces. Cada país con sus propias tradiciones, pero con un trasfondo común: la unión del mundo de los vivos y el reino de los muertos.


La calabaza de Jack el Tacaño

La costumbre de convertir una calabaza en un terrorífico farol procede del folklore irlandés. Según la leyenda, el bebedor, jugador y holgazán Jack hizo un pacto con el diablo para librarse del infierno; al morir, años después, tampoco se le permitió la entrada en el cielo, así que fue condenado a vagar eternamente en la oscuridad. El diablo se compadeció de Jack y le entregó una brasa dentro de un nabo ahuecado a modo de farol (cuando los irlandeses llegaron a Estados Unidos cambiaron el nabo por la calabaza, que era más fácil de ahuecar y de tallar). “Jack el linterna” (jack-o'-lantern) deambula desde entonces de casa en casa pidiendo trick-or-treat, esto es, truco o trato (o, para los niños, susto o dulce), una especie de pacto para evitar que Jack maldiga la casa y a sus habitantes; la única protección frente al espectro es colocar horrendas calabazas ahuecadas e iluminadas por dentro.


Ya sabes. Si llega hasta tu puerta algún espíritu maligno disfrazado de niño, recuerda que no viene a maldecirte ni arrastrarte al averno, sólo a pedirte chuches. Ah, y puedes cumplir perfectamente con el Día de Todos Los Santos la mañana siguiente. Lo mismo que puedes comerte una hamburguesa con una Guinness hoy y una tortilla de patatas con un Rioja mañana. O que te guste tanto María Dolores Pradera como los Stones.


jueves, 11 de octubre de 2018

Liz Murray. Del infierno a Harvard.

Liz Murray. Del infierno a Harvard Cuando Antoine de Saint Exupéry dijo, en boca de su Principito, “a veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer” no se refería, probablemente, a Liz Murray y el pozo de miseria del que tenía que escapar con urgencia. O sí. El caso es que eso fue exactamente lo que hizo Liz: intentarlo… y conseguirlo. Salir de la calle y entrar en Harvard. A pesar de que su vida decía que era absolutamente imposible.


La vida de Liz Murray comenzó en el Bronx, y comenzó mal. Hija del “flower power”, sus padres eran dos hippies más que habían pasado de la lisérgica felicidad de los 70 a la drogadicción terminal sin apenas ser conscientes de ello. Las víctimas también fueron sus dos hijas, de las que nunca supieron (ni pudieron) ocuparse. En casa de los Murray apenas si había comida en la mesa, aunque no solían faltar las cucharas y demás utensilios siempre prestos para preparar el chute de heroína. “Aprendí desde los cuatro años que mamá y papá tenían extraños hábitos de los que no me informaban” explica hoy la superviviente Liz. A veces, las hermanas lograban engañar al hambre cenando cubitos de hielo o racionando un tubo de dentífrico; a veces, veían cómo el pavo que la parroquia les había donado para Acción de Gracias volaba para convertirse en unas dosis; a veces, volaba incluso la paga que las niñas recibían por algún cumpleaños. La vida de Liz se arrastraba entre las calles del Bronx, los cuidados a su madre enferma, que la obligaron a dejar el colegio, y la miseria indolente de su padre.
  
A los 15 años, la vida de Liz fue a peor. Su madre murió de sida, perdieron su casa y su padre se trasladó a un hogar para los sin techo; su hermana se instaló en la cama de un amigo y Liz, a falta de amigo, en el metro y en los gélidos bancos de los parques neoyorquinos. En esas noches de terrible soledad, de negro vacío, recordaba la frase que, entre vómito y vómito, le repetía siempre su madre: “Algún día llegarán tiempos mejores”. Una idea que a Liz se le antojaba inalcanzable desde el infierno en que la había sumido la vida.


“Hay un mundo mejor. Y yo quiero vivir en él”

Pero el infierno es uno mismo, sentenció T. S. Eliot (que, por cierto, estudió en Harvard). Y desde ese mismo infierno, pozo de soledad y miseria, donde no quedaba nada más que perder, donde no quedaba ya nada en lo que creer, Liz creyó en sí misma. Y entonces supo, en ese momento, que tenía que hacer su elección: podía dejarse vencer por todo aquello que sucedía a su alrededor y arrastrar una vida de excusas… o podía empujarse a sí misma, impulsarse hacia arriba y cambiar su vida. Podía dejarse morir, como sus padres, o luchar por vivir. Liz apostó por vivir. A los 17 años regresó al instituto y acabó los cuatro años que le quedaban en sólo dos, estudiando horas extra por las noches. La perseverancia, la esperanza y la voluntad es lo que tienen. Especialmente la voluntad, esa fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica, como afirmaba Einstein.



Cierto día, un amigo la convenció para apuntarse a una visita de estudiantes a la Universidad de Harvard. Ante el centenario escudo encarnado, que reza “ve ri tas” (verdad) abrazado por la dorada corona de laurel, se juró a sí misma que tenía que llegar allí, a lo más alto. “Soy lista. Sé que puedo conseguirlo. Sólo necesito una oportunidad para trepar fuera de este lugar en el que he nacido. Sé que hay un mundo mejor ahí fuera, un mundo mejor repartido. Y yo quiero vivir en él”. Y lo hizo. Logró una beca que concedía el New York Times a los mejores estudiantes, y en otoño de 2000 se matriculó en una de las universidades más antiguas, prestigiosas y elitistas del mundo. En junio de 2009, tras un paréntesis de tres años que Liz dedicó a cuidar a su padre, enfermo de sida (murió en 2006), se graduó en Harvard. “Eres tú quien hace que tu vida suceda. Nadie más lo va a hacer por ti”.

Hoy, a los 38 años, Liz Murray es doctora en Psicología Clínica, colabora en campañas para proporcionar alimento a los niños sin techo (“para que no tengan que cenar cubitos de hielo”) y recorre el mundo presentando su libro ‘Breaking Night: A Memoir of Forgiveness, Survival, and My Journey from Homeless to Harvard’ (un auténtico best seller en su país), trasladando su mensaje de superación e inspirando a miles de jóvenes desfavorecidos para ayudarles a cambiar sus vidas. Ella lo logró, desde luego: “Mis padres eran drogadictos terminales. Yo soy licenciada en Harvard”. Un acertado resumen para una gran historia.


La leyenda de Harvard

Liz Murray ya forma parte de la leyenda de Harvard. Una leyenda que comenzó en 1636 en Cambridge, Massachussets, y que a lo largo de su historia ha dado al mundo 44 Premios Nobel, 7 presidentes de Estados Unidos, otros tantos de varios países, y decenas de celebridades universales de las letras, la música, el arte, la política, las finanzas, las humanidades y demás altas esferas de la sociedad. Una rica historia dedicada a la búsqueda de la excelencia académica y social, y una orla de ilustres a la que hay que añadir, probablemente por única vez, a una mendiga.


La historia de Liz Murray está incluida en mi libro La muerte del egoísmo.

viernes, 8 de junio de 2018

Expedición Nemo. Unir el mundo a nado después de recorrerlo a pie



Existen dos diferencias importantes entre Forrest Gump y Nacho Dean. Los dos recorrieron miles de kilómetros a pie, cierto, pero Forrest lo hacía sin saber para qué, no tenía causa ni propósito; tampoco destino: cuando se cruzaba en su camino un océano daba media vuelta, sin más. En cambio, Nacho ha recorrido 33.000 kilómetros por una buena causa: concienciar sobre el calentamiento global y el cuidado del planeta, recordándonos que es el único que tenemos y, de paso, lo maravilloso que es; y además, a Nacho ningún “charco” logró detener su vuelta al mundo. Y es más, como se vio obligado a salvarlos utilizando barcos y aviones, al finalizar su reto se le quedó clavada la espinita de no haberlos cruzado a nado. Una espinita que Nacho se va a quitar de golpe a partir del próximo 8 de junio.

Y es que el 8 de junio, Día Mundial de los Océanos, es el que ha elegido este aventurero extremo, soñador e inquieto para comenzar su nuevo reto: unir los cinco continentes nadando. Y de esta manera, cerrar el círculo de su “marcha mundial por la naturaleza y el planeta Tierra” (Earth Wide Walk), que le llevó 3 años de su vida, 12 pares de zapatillas durante 33.000 kilómetros por 31 países y un sinfín de experiencias, anécdotas y aprendizajes, acompañado únicamente por su inseparable “Jimmy Águila Libre”, su carrito. Bueno, acompañado también por sus sueños, su mente abierta de par en par y las miles de personas que se cruzaron en su camino, todas ellas buenas gentes rebosantes de humanidad y generosidad.



Un sueño bajo la tormenta

Cuando Nacho se embarcó en su anterior aventura, ni siquiera sabía si iba a volver (de hecho, pudo haber sucedido en dos o tres ocasiones de peligro cierto); y cuando regresó, más vivo que nunca, sólo pensó en encerrarse en su rincón de Cuitu de Siero (Asturias) a escribir su libro, su memoria del viaje (“Libre y salvaje”, Ed. Planeta). Eso le llevó un tiempo, que también terminó. ¿Y a hora qué?, se preguntó entonces. La respuesta le llegó en un sueño: «Esa noche había una fuerte tormenta y me desperté de golpe; un trueno, probablemente. Lo curioso es que recordé perfectamente lo que estaba soñando: me encontraba en mitad del océano, batiéndome contra las olas, nadando con todas mis fuerzas. Y me dije, ¡ya está! Lo vi con toda claridad.»

Enseguida sintió que ese sueño era su nueva misión. Le estaba marcando el camino. Nacho no necesitaba ni pretendía hacer historia, ni demostrar nada al mundo, ni ninguna otra de las motivaciones que mueven a otros aventureros, a otros “locos” (la gloria, una promesa, una expiación…). No, para Nacho la única motivación es su sueño, su pasión, la certeza de que eso es lo que tiene que hacer. Punto.

Y su mensaje. Que es el verdadero propósito de esta misión. Y si en su odisea a pie la protagonista fue el planeta Tierra, en esta podemos decir que es el planeta Agua. El mar está sufriendo como nunca, ya casi hay más plástico que peces en los océanos. Gigantescas islas flotantes de plástico y basura que las corrientes han ido formando y son imposibles de eliminar. Pero lo peor está en por debajo de la superficie: los microplásticos, plástico en descomposición que es devorado por aves, peces, tortugas y demás criaturas marinas y causa su muerte por millones. «Nos creemos que el mar traga con todo, denuncia Nacho, y hay basura hasta donde no llega la luz solar.» Y no olvidemos que, además de la despensa del planeta, el océano es su principal pulmón.



Cinco estrechos para unir cinco continentes

Europa y África a través del Estrecho de Gibraltar; Europa y Asia por el Bósforo, en Estambul, o desde Kastelorizo, la isla griega más cercana a Turquía, y declarada parque natural marino; Asia y América a través del Mar de Bering, que une Alaska con Siberia; Asia y Oceanía por el Mar de Bismark en Papúa Nueva Guinea, isla que pertenece mitad a Indonesia y mitad a Oceanía; y finalmente África y Asia cruzando el Golfo de Áqaba, en el Mar Rojo, nexo entre Egipto y Jordania. Serán travesías de 3 a 20 kilómetros en las que Nacho se va a encontrar fuertes corrientes, niebla, vientos y oleaje, aguas heladas, medusas y tiburones, alta salinidad… Un plus de dificultad y de peligrosidad que hay que tener muy en cuenta.

Y es que gran parte del éxito de esta aventura está en planificar perfectamente cada travesía. El tráfico de buques, las posibles corrientes, médicos deportivos, los hospitales más cercanos (por si los tiburones), todo tipo de permisos y trámites. El barco de apoyo -y el patrón- será diferente en cada estrecho, pero el equipo será siempre el mismo.

El entrenamiento también ha sido fundamental. En primer lugar, el físico: Nacho lleva meses entrenando a diario en piscina y en aguas abiertas por todo el litoral español; siguiendo los consejos de otros nadadores expertos en larga distancia, como Jacobo Parages o Toni Portabella. Porque Nacho no es un especialista, ni mucho menos; de hecho, nunca había nadado en aguas abiertas hasta ahora. Sabía nadar, claro, como todos, pero no es lo mismo hacerte 20 largos en una piscina que 20 kilómetros en el mar. Ha sido una labor intensa de todo un año, cinco o seis horas diarias, seis días a la semana. Y además sin entrenador, ni preparador físico, ni nutricionista, ni psicólogo; tan solo los consejos de amigos deportistas, su fisio y los vídeos y libros que devoraba sin moderación. Lo suyo es completamente autodidacta y nuevo para él, algo que le añade más mérito, si cabe. Todo a base de horas, tesón y coraje. De fe y convicción. Y mucha cabeza.

Porque en esta especialidad la mente juega un papel esencial. Lo mismo que el control y la planificación de cada etapa. «Aunque siempre vas a vivir situaciones que son imposibles de prever ni de planificar». En situaciones de riesgo hay que saber tomar decisiones; existe una línea muy fina entre la ambición, el desafío y la sensatez, el sentido común. Puede que sus desafíos a la cordura y al confort (tan de esta sociedad) sean difíciles de entender, puede que parezcan una locura sin sentido, pero en realidad hay muchos años de entrenamiento, muchas situaciones extremas vividas en otros retos que le definen sus límites, y toda una vida haciendo deporte. Y, por supuesto, un potente mensaje.


Este planeta es maravilloso. Y además no tenemos otro

 Sí, esta “locura” de Nacho, lo mismo que la anterior, pretende concienciarnos sobre la conservación del planeta, de los peligros del cambio climático y de utilizar el mar como vertedero universal. Despertar a la gente desde la acción y la pasión, más que desde la culpa; apelar a la emoción, a la belleza, al reto deportivo, a la inspiración… «¡Eso sí que es motivador! Más que amenazar con la destrucción de este mundo, mostrar toda su belleza. No hace falta descubrir otro planeta; tenemos uno maravilloso, valiosísimo, que merece la pena cuidar».

Y debemos convencernos también de que nuestra aportación, por muy pequeña que parezca, es importante. Cada gota cuenta. Reciclar, recoger basura, limpiar las playas, educar a los hijos, dar ejemplo… «Hay que creer en el poder individual de la gente», se reafirma Nacho. Para él, «éste es el verdadero progreso, la capacidad de mejorar el mundo. No puede ser que la evolución de una especie acabe con el medio en que vive». Hay que buscar la sostenibilidad, las energías renovables, la agricultura y ganadería ecológicas; reciclar, sí, pero también reducir el consumo, aprender a vivir con menos. Y volver a la naturaleza: `porque algo hay en la naturaleza que es salud, que es equilibrio, que es vida. Y valores de verdad, de honestidad. El contacto con la naturaleza es algo que buscamos porque lo necesitamos.

«El planeta es mi hogar, la naturaleza es todo lo que necesito. Cuando estoy inmerso en ella conecto con lo más profundo de mi espíritu y mis instintos. Y me siento libre, salvaje, invencible». También es nuestro hogar, el tuyo y el mío. Y se merece que lo cuidemos. Una buena forma es ayudando y apoyando a Nacho Dean en su aventura marina.

¡A por ello, Nacho! Y gracias.