miércoles, 21 de octubre de 2015

Regreso al futuro: Todos quisimos conducir ese DeLorean.


Todos, estoy seguro, hemos tenido alguna vez el deseo, el sueño imposible, de viajar en el tiempo; al pasado o al futuro, inmediato o lejano, solos o acompañados, en un vehículo más o menos científico o vía desintegración molecular; por morbo, por curiosidad, por ambiciones ocultas o por puro capricho. Vivir en directo una época ajena a la nuestra es una utopía universal, sí, pero nadie, que se sepa, la ha hecho realidad. Bueno, salvo Marty McFly y su inseparable Doc. ¿O eso era una película?


Primera escala: 5 de Noviembre de 1985
Hoy es la fecha, el día F: 21 de octubre de 2015, el día elegido por Doc Brown para viajar al futuro, después de viajar al pasado y antes de viajar al más pasado todavía. Un día perfecto, pues, para realizar un viaje por el tiempo con escalas y volver a vivir, en nostálgico diferido, lo que sentimos y experimentamos con esta aventura de encuentros, reencuentros y desencuentros. Una historia que marcó a toda una generación, y que aún mantiene su huella intacta. Porque todos, hace 30 años, un 5 de noviembre de 1985, fuimos Marty McFly. Todos subimos con el estrafalario Doc al DeLorean DMC-12 («si vas a construir una máquina del tiempo, por qué no hacerlo con estilo»), todos marcamos la fecha mágica Nov 12 1955 en el reloj temporal del salpicadero y todos aparecimos en el Hill Valley, California, de 1955 para vivir una emocionante, intensa y divertida peripecia. Sí, desde aquella adolescente tarde de cine, todos hablábamos del “condensador de fluzo” con la misma naturalidad que de la gasolina de la vespa y comentábamos sin pestañear que sólo el plutonio era capaz de generar los 1,21 gigavatios de energía eléctrica necesarios para arrancar el DeLorean; aunque, por si acaso no funcionaba el invento, nos agenciamos un monopatín, un “plumi” sin mangas granate y los walkman con las pegadizas canciones de Huey Lewis.


Segunda escala: verano de 1980
Pero retrocedamos un paso más en nuestro viaje al pasado. Al día en que nació la original –y millonaria- idea. Fue allá por el verano de 1980, cuando el productor Bob Gale, hurgando en el sótano del domicilio paterno, se encontró con el anuario de instituto de su padre y se preguntó: ¿Habría sido amigo de mi padre si hubiera coincidido con él en el instituto? ¿Cómo sería conocer a tus padres de jóvenes, con tu misma edad? Gale y su amigo Zemeckis comenzaron a dar forma a la idea y un fin de semana de septiembre escribieron el guión. Una vez terminado, lo ofrecieron a diversos estudios («Es la historia de un chico que viaja al pasado y su madre se enamora de él»), pero fue rechazado por todos (demasiado fuerte para Disney; y demasiado blando para los demás). Sólo el visionario Steven Spielberg intuyó una gran película y se ofreció para producirla. Después de unos años en el limbo, y a raíz del éxito de Tras el corazón verde, Zemeckis se decidió a rodar su guión, confiando el proyecto a quien había confiado en él desde el principio: el genio Spielberg.
    La intuición del Midas de Hollywood no pudo ser más acertada. Y la perseverancia de Robert Zemeckis y Bob Gale obtuvo su merecida recompensa. La película recaudó 210 millones de dólares, convirtiéndose en la más taquillera de 1985 (por delante de Rambos, Rockys y Goonies); y también en la más rentable, ya que había costado tan sólo 19 millones de dólares. Pero además, Regreso al futuro entró a formar parte de la leyenda del cine, y hoy es considerada como una auténtica obra de culto. Y no sólo para nuestra generación.



Tercera escala: 1895
Pero ¿cuál es el secreto del éxito de Regreso al futuro, de su inmortalidad cinematográfica? No es, desde luego, la originalidad del argumento. Los viajes en el tiempo habían sido tratados casi un siglo antes, en la literatura. En 1895, H.G. Wells ya desveló en su novela La Máquina del Tiempo cómo construir un ingenio viajero que permitiera trasladarse cómodamente por los recovecos del futuro, concretamente al año 802.701. Incluso Mark Twain se había adelantado a H. G. Wells: en 1889 publicó Un yanqui en la Corte del Rey Arturo, relato que narraba las vicisitudes de un moderno viajero en la caballeresca Edad Media británica. Y unas décadas después otro visionario, Ray Bradbury, nos desveló las consecuencias del “efecto mariposa” durante el viaje de sus protagonistas a la prehistoria, en El ruido de un trueno, cuento publicado en 1952.
    Tampoco el secreto de su éxito es la originalidad de sus personajes (adolescente con problemas de socialización-matón-amigo extravagante-chica redentora), ni sus efectos especiales, ni el tono liviano, de puro entretenimiento, sin mayor pretensión que divertir al espectador mientras devora palomitas. No. La inmortalidad de Regreso al futuro fue una conjunción de muchos factores: el humor, la música, el ritmo trepidante, la elección de Michael J. Fox y Christopher Lloyd, los guiños generacionales (Doc: «Dime, chico del futuro, ¿quién es el presidente en 1985? Marty: Ronald Reagan. Doc: ¿Ronald Reagan? ¿El actor? ¡Ja! ¿Y quién es el vicepresidente? ¿Jerry Lewis?») y, por supuesto, los viajes en el tiempo, pero vistos desde una perspectiva bastante original: cómo sería la relación entre padres e hijos si se conocieran con la misma edad, y cómo esa relación podría determinar el futuro y hasta la propia existencia («Ningun McFly ha llegado a ser alguien en toda la historia de Hill Valley». «Sí, pero la historia llega a cambiar»). Y una vuelta de tuerca más: ¿qué pasaría si tu madre, una joven bella y extrovertida, se enamorara de ti?
Pasado, presente y futuro se entremezclan con inteligencia a lo largo de toda la película, al igual que el humor y el amor, el rock y la acción, la emoción y la insensatez científica. Y una curiosa y divertida interpretación del “efecto mariposa” que definió Bradbury, que se da a lo largo de toda la historia. Un ejemplo: el centro comercial donde Doc muestra por primera vez la máquina del tiempo a Marty se llama Twin Pines Mall (Pinos Gemelos), pero después de que en su aterrizaje en el pasado atropelle uno de los dos pinos del granjero Peabody, pasa a llamarse Lone Pine Mall (Pino Solitario).
Al final, la posibilidad de remediar los errores cometidos volviendo al pasado y la curiosidad de ver lo que reserva el futuro fue un argumento muy bien aprovechado por Zemeckis y Gale al construir el guión (partiendo del álbum escolar paterno) y luego perfectamente trasladado a la pantalla grande, con gran maestría cinematográfica, por el propio Zemeckis (y, suponemos, por el toque mágico de Spielberg).
Todos querían viajar al pasado
No sólo los fans, y espectadores en general, de Regreso al futuro deseábamos viajar en el tiempo, aunque fuera sentados en nuestras butacas. Otros compartían nuestro deseo, solo que ellos tuvieron más suerte, o más influencia, y lograron formar parte de la película (y de la leyenda). Como el vagabundo que farfulla «¡Otro conductor borracho!» cuando Marty regresa a 1985, y que no es otro que el verdadero alcalde de Hill Valley en 1955, Red Thomas; o el cantante Huey Lewis, que es el examinador que rechaza por ruidoso a Marty cuando realiza las pruebas para el baile del instituto de 1985 (precisamente interpretando la canción “The power of love” de Huey Lewis & The News); o el mismísimo Steven Spielberg, que es el conductor del todoterreno al que se aferra Marty con su monopatín, en 1985. Y hasta Chuck Berry, aunque sea una no-aparición: cuando Marty interpreta en el baile de 1955 Johnny B. Goode, nadie conoce la canción, ya que fue compuesta por Berry en 1958; el guitarrista que se había lesionado la mano llama por teléfono y dice: «¡Chuck!, ¡Chuck!, ¡soy Marvin!, tu primo Marvin Berry! ¿Recuerdas ese nuevo sonido que has estado buscando? ¡Pues escucha esto!» Un guiño paradójico-musical que resume perfectamente el espíritu de esta gran película.
Un espíritu que sigue burbujeando en nuestra memoria 30 años después y que, de vez en vez, se reaviva con renovada fuerza. La cruda realidad es que ya no estamos para montarnos en monopatín, que ya no nos cabe el “plumi” sin mangas y que ya no sobrevive ni el walkman. Pero siempre nos quedarán las reposiciones. Y los sueños.

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