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martes, 6 de noviembre de 2018

Paco Fernández Ochoa: Campeón de la vida


Hace poco más de diez años, uno de nuestros deportistas de oro –oro olímpico y humano- emprendió una de las competiciones más duras y difíciles a las que uno se puede enfrentar: el cáncer. Fue su último slalom, su carrera definitiva, su Gran Final. Un año de lucha que también acabó en oro, como no podía ser de otra manera. Porque lo que Paco Fernández Ochoa no sabía, es que llevaba toda su vida entrenando para llegar a esa meta como un campeón.


Cuando Paco descubrió su enfermedad ya llevaba años retirado de la alta competición, pero no del deporte, y mucho menos de la vida. Tenía 55 años y un montón de proyectos, amigos, aficiones, causas y familia –sobre todo familia- de los que disfrutar durante largo tiempo aún. Pero la vida es lo que tiene, que uno no elige el pistoletazo de salida ni su llegada a la meta. Sí, en cambio, cómo se desarrolla la carrera. Paco eligió disfrutarla al máximo, correrla a pleno pulmón; una vida rebosante de experiencias deportivas y humanas, de generosidad en su entrega a los demás y a sí mismo, de trabajo y tenacidad, de gratitud, de optimismo. Y, por encima de todo, de buen humor. “A mí que no me quiten la risa” decía; se lo enseñó su padre, que se reía hasta de su sombra a pesar de las duras jornadas diarias en su panadería de Cercedilla, trabajando todas la noches para mantener a cinco hijos con casi nada. “Recuerda, Paco, lo primero son tu familia y tu trabajo; y cuando haya que reírse, que no te gane nadie”.

Paco aprendió la lección con matrícula y la practicó cada día de su vida. Un entrenamiento que le ayudó especialmente durante el largo y doloroso año de tratamiento. Él lo tenía muy claro: la risa es contagiosa y terapéutica. “La risoterapia es más importante que la quimioterapia -decía-. La quimio es un remedio, la risa una necesidad”. Y el reía y hacía reír, y animaba a los otros enfermos y a los médicos que le trataban, y a las enfermeras (sus ángeles) que le cuidaban a diario. Era el primer principio de la pacoterapia. Él, en su generosa concepción de la vida, se sentía en la obligación de no ser una carga, de no dar pena, sólo alegría; si no puedes dar otra cosa, al menos agradecimiento y buen humor. Y en eso, Paco estaba bien entrenado.


El salón de su casa en Cercedilla o la habitación 134 de la Clínica Anderson eran un aula magna de pacoterapia: riadas de amigos, campeonatos de mus, refugio de penas, máquina de risas, fábrica de esperanza… Y la Cofradía del Tumor. Esos lentos paseos de la mano con otros enfermos terminales que fueron amigos. Algunos murieron, y fueron momentos durísimos, terribles, que le hacían replantearse muchas cosas. Como cuando visitaba los hospitales oncológicos para dar ánimos a los enfermos con su testimonio, y salía tocado al ver a tantos niños con cáncer, algunos muy pequeños.


Pero Paco era mucho Paco. Y si hay gente que se viene abajo al sentir en sus propias carnes la garra del cáncer, él peleaba como un toro bravo (su otra gran afición, los toros). Pensaba “no puedo defraudar a los míos, tengo que morir como un victorino, en el medio de la plaza, no como un manso metido en las tablas con la cabeza gacha y arrodillándose”. Y sin una queja. Es más, daba las gracias por su vida, por todo lo que había vivido y cómo había vivido, por su familia y sus miles de amigos, desde el kiosquero de Cercedilla al Rey (con quien compartió jornadas de esquí y meriendas de chorizo y pan en su casa). “La vida siempre te da excusas para vivirla, siempre te da motivos para sentirte afortunado”. Y Paco se sentía afortunado. Sobre todo porque el boleto del cáncer le había tocado a él y no a su mujer, Chus, o a alguno de sus tres hijos. Eso sí que le habría quitado la risa para siempre.


También, claro, tuvo una ayuda ‘extra’ bastante importante: Dios. “Yo tengo fe, y si Dios nos ha puesto ahí, es por algo. Es una prueba más en el slalom de la vida”. Un Dios al que rezaba, más que para pedirle favores, para darle las gracias. Dentro de lo malo, reconoce en su libro, el cáncer le ha hecho mejor y le ha acercado más a Él. Y, para mayor influencia (“toda ayuda es poca”) estaba su amigo Mariano, cura y torero, el Maletilla de Cristo, treinta años de amistad, de faenas en la plaza y confesiones en el burladero o ante un chato de vino. “Oye, Mariano, dile al Jefe que trabaje”. Y Mariano se ríe, y le anima. Y esa risa y ese ánimo los necesita Paco tanto como la morfina. O quizá más.


Paco murió en el salón de su hogar en Cercedilla (su pueblo, su paraíso) una fría madrugada de invierno mientras veía salir el sol, hace ahora diez años. Cada amanecer no es un día menos, sino un día más, decía. Ese del 6 de noviembre de 2006 fue el último. Siempre había querido irse en su casa, tranquilamente, rodeado de los suyos. Y así se fue. Pero antes de coger el teleférico directo hacia el cielo, nos dejó su testimonio, su ejemplo, su recuerdo. Y una lección de cómo vivir y morir como un verdadero campeón de la vida.


(Esta historia está incluida en mi libro La muerte del egoísmo)

martes, 27 de febrero de 2018

Felicidad también rima con enfermedad


Dice Anne-Dauphine Julliand que si hay algo universal es la infancia. Es lo que fuimos todos, en algún tiempo más o menos lejano. Es lo que muchos olvidan en alguna cuneta perdida del camino hacia la racionalidad (lo que quiera que signifique eso de racionalidad). Y es lo que algunos, no sé si pocos o muchos, nos resistimos a perder, a olvidar, a superar. Con uñas y dientes. Todos empezamos siendo niños, lo que significa que todos hemos conocido de primera mano el valor del presente, de la amistad compartida, del juego, de la despreocupación, de la sinceridad sin filtros. El valor del TIEMPO. «Insensato es el hombre, pues permite que se escape el tiempo, siendo éste irreparable», nos dejó escrito Séneca. No sé si por “hombre” se refería el filósofo cordobés al ser humano en genérico, pero me gustaría pensar que estaba diferenciando entre “hombre” y “niño”. Porque es precisamente el niño quien no permite que se escape su tiempo. Conoce su valor, y aprovecha cada instante; a su modo, claro, pero cada instante.

Es justo lo que hacen los niños que protagonizan la película/documental de Anne-Dauphine Julliand. Aprovechar cada momento de su vida, aunque sus vidas no sean siempre fáciles y aunque esas vidas estén condenadas de antemano a ser breves. O precisamente por ello. Ambre, Camille, Charles, Imad y Tugdual padecen enfermedades -graves, raras, terminales- que sin embargo no les impiden llevar una vida de niño “normal” (y lo de normales es un decir, porque son extraordinariamente fuertes y vivos). Juegan, se pelean, ríen, cuentan chistes, bailan, actúan, intercambian confidencias, hacen amigos… y los añoran cuando se van.  


A pesar de llevar esas losas con nombres terroríficos como “hipertensión arterial pulmonar”, “epidermólisis bullosa” o “tumor neuroblastoma”, a pesar de tener un hospital como hogar, a pesar de las doce horas de diálisis, o de la quimio, a pesar de los  momentos de bajón, de tantas preguntas sin respuesta, del llanto y la impotencia que a veces se asoma sin avisar, a pesar del dolor insoportable estar enfermos no les impide ser felices. No les impide disfrutar de sus vidas. De la amistad. De la familia. Del amor (“el amor es más fuerte que la muerte” recita Camille en su ensayo de teatro). Del hoy y el ahora. Que en realidad es la vida. «Es lo que hay», asumen los niños. «Toca vivir con ello», dicen. Pero no lo dicen con resignación, ni con tristeza, ni con reproche. Lo dicen… porque es lo que hay. Y punto. Y a partir de ahí, la vida. Como la de cualquier otro niño. De hecho, la expresión que más se repite a lo largo de la película es “Hakuna matata”. Ahí queda todo dicho.


Esa es la gran lección que nos muestra Anne-Dauphine Julliand, con extraordinaria sensibilidad, con una mirada sincera y cercana –de niño-, sin caer en el drama fácil. Y razones no le habrían faltado, desde luego. El día que su hija Thaïs cumplió dos años, los médicos le diagnosticaron una enfermedad degenerativa genética cuyo nombre oficial es leucodistrofia metacromática. No había cura posible, y la pequeña estaba condenada a morir al cabo de unos meses o quizá en unos pocos años; y previamente iría perdiendo todas sus capacidades, todo lo que había aprendido desde que nació, hacía tan solo dos años (andar, hablar, sentarse, oír, ver, moverse, comer). 

Una vez sobrepuestos del tsunami emocional –del llanto, de la impotencia, de la rabia- Anne-Dauphine y su marido tomaron una decisión: luchar. Anne- Dauphine se prometió a sí misma: «Si no puedo añadir días a su vida, sí puedo añadir vida a sus días, a cada día que formará parte de su corta vida». Y eso hizo. Thaïs murió con «tres años y tres cuartos». Y Anne-Dauphine cumplió su promesa: tuvo una vida bonita, feliz, mientras vivió. Simplemente porque desde aquel día de su segundo cumpleaños, hasta el mismo instante de su muerte nunca le faltó amor. Una historia que se repitió años después, punto por punto, con su hija Azylis. La misma enfermedad, la misma lucha, la misma fortaleza, el mismo amor. Y la misma pérdida, hace ahora doce meses.

Por eso este documental sabe de lo que habla. Sabe qué cuenta y quién lo cuenta. Lo importante es que nosotros, adultos, asumamos también el reto. La directora nos recuerda que esta película hay que verla con el corazón bien abierto. Y con la memoria bien abierta. Recuperar el niño que fuimos, el que aún somos, aunque a menudo nos cueste admitirlo, aunque a veces, incluso, reneguemos de ello. «El tiempo es un ladrón que se lleva a los niños». Bueno, ir al cine a ver Ganar al viento es una maravillosa manera de recuperar lo robado.

Y por terminar con otra frase sabia y necesaria, que viene muy a cuento: «El ayer es historia, el mañana es un misterio, pero el día de hoy es un regalo. Por eso se llama "presente"». No es de Séneca, es del Maestro Shifu. Sí, el de  Kung Fu Panda. 

Por cierto, parte importante del mensaje de esta obra se condensa magistralmente en los tres minutos de esta preciosa canción de Renaud. Mistral Gagnant. Un precioso canto a las cosas pequeñas de la vida, que son las más grandes. 



PS. La historia de Anne-Dauphine Julliand y su hija Thaïs es uno de los capítulos más emotivos, conmovedores e impactantes del segundo libro de Lo Que De Verdad Importa, que tuve el honor de escribir para la Fundación. En esta foto, con Anne-Dauphine en la presentación.


Este post fue publicado originalmente en CinemaNet


jueves, 16 de febrero de 2017

Lo que de verdad importa. Todos tenemos el don de hacer el bien



En el cine hay dos tipos de películas, las que simplemente entretienen y las que te obligan a reflexionar; y dentro de estas últimas están las que sólo te hacen reflexionar (serias, profundas, trascendentales) y las que además te entretienen (divertidas, emotivas, cercanas). Sin duda, Lo que de verdad importa es de estas últimas. Una película amable, que juega con el humor y las emociones con absoluta maestría (ya lo bordó Paco Arango en Maktub), y que logra lo que muy pocas películas del cine actual: llegar al corazón, sacudirlo con fuerza y darle un nuevo soplo, un nuevo aliento. Porque Lo que de verdad importa es de esas películas que no te dejan indiferente. Que te obligan a reflexionar, a plantearte cosas que tienes por ahí olvidadas (por ejemplo, ¿qué haces tú por los demás?), y que te dan un nuevo enfoque a temas tan serios como el amor, el perdón, la enfermedad o la muerte. La muerte de un niño, que es algo todavía más serio.


Tiene algo de mágica la película de Paco Arango, porque actúa dentro (muy dentro) de ti sin que apenas te des cuenta. Es cierto, sales del cine sintiéndote mejor persona, como con ganas de hacer el bien. Exactamente igual que en los congresos de valores de la Fundación Lo Que De Verdad Importa, con los que además del nombre comparte el espíritu y la intención: removerte por dentro. Y, como LQDVI, esta película es cien por cien contagiosa.

Es también una película necesaria. Cargada de valores positivos y universales. Alec es el típico crápula, egoísta, con una vida desastrosa (“una vergüenza para la familia”) que se ve obligado a huir a miles de kilómetros (bellísima la Nueva Escocia fotografiada por Aguirresarobe) para salvar su integridad física de unos mafiosos rusos. Allí comienzan a suceder extraños sucesos que intenta negar pero que son más grandes que él. Descubre que tiene el don familiar de curar a las personas (un curandero, el título original: The Healer), pero él prefiere rechazar esa responsabilidad. Demasiado incómoda. Hasta que entra en su vida una niña con cáncer terminal, Abigail, una auténtica luchadora que le muestra el verdadero poder del amor, de la entrega, del coraje, de la esperanza. De la fe. Incluso el poder terapéutico de la música y de la risa. Y le enseña que la vida se vive en cada aliento, en cada respiración (“No os olvidéis de disfrutar el respirar cada día”). Y, de paso, que la felicidad es algo que no vive en la mentira.


Y de eso va la película. De perdón, de redención, de segundas oportunidades, que es lo mismo que decir “esperanza”: la de los habitantes del pueblo, que ven en Alec al elegido; la del cura que ha perdido su fe; la de los padres de Abigail, sin esperanza ninguna; y la de Alec, que da un vuelco radical a su vida y a su obra. Él, que era quien menos fe tenía en sí mismo, el tipo encerrado en su egoísmo, agnóstico de todo y de todos, se va contagiando de sentimientos y emociones que daba por perdidos… pero que simplemente tenía olvidados. Ayuda mucho también la sonrisa, la ternura y la comprensión de Cecilia.

Al final, la verdadera lección de la película es que todos somos Alec. Que ninguno somos perfectos (más bien lo contrario); que todos merecemos una segunda oportunidad, o una tercera y las que hagan falta; que no hay que perder nunca la esperanza, y mucho menos la fe, y que la vida se vive en cada respiración; que tenemos que volver a valorar lo que de verdad importa, algo que a menudo tenemos olvidado, o enterrado; y, lo más importante, que todos —TODOS— tenemos el don de hacer el bien. Sólo tenemos que querer. Es mucho más fácil de lo que creemos.



La primera película 100% benéfica

Lo que de verdad importa es la primera película 100% benéfica. Destina su recaudación íntegra a becar a cientos de niños españoles con cáncer, para que puedan acudir a los campamentos SeriousFun Children’s Network, donde se olvidan del mundo y de su enfermedad durante unos días (una terapia tan necesaria como la quimio, según reconocen los propios médicos). Esta red fue fundada por el actor y gran altruista Paul Newman y con la que la Fundación Aladina (que preside Arango) colabora estrechamente.


Por terminar como se merece, esta maravillosa versión de Over The Rainbow, interpretada al ukelele por Israel Kamakawiwo'ole, forma parte del espíritu y de la banda sonora de la película. Y es perfecta para escuchar ahora mismo.