sábado, 12 de noviembre de 2016

Forever Young

La primera vez que vi a Neil Young fue el 25 de abril de 1987, en el mítico Rockódromo de la Casa de Campo. La penúltima, el 27 de junio de 2008, en Rock in Rio. En ambos conciertos lo recuerdo exactamente con el mismo poderío, la misma vitalidad y la misma entrega; con la misma ferocidad eléctrica de su vena más rockera, y la misma sensibilidad acústica de su lado más country. Y, sobre todo, con las mismas ganas. Como si por él no hubieran pasado dos décadas. Hoy sigue igual. Como si no hubieran pasado más de siete décadas desde que pisó este mundo por primera vez. Como si, haciendo honor a su apellido, se mantuviera eternamente joven.



Y es que, arrastrar más de 70 años con esa fuerza y esas ganas de seguir dándolo todo en cada escenario es un lujo que sólo se pueden permitir los músicos de raza, los de verdad, los grandes. Neil Young es, junto a su amigo Bob Dylan y pocos más, el último grande vivo. Más de 50 años en la carretera, 55 discos rebosantes de lirismo, garra, genialidad, experimentación, compromiso, belleza, historia, muerte, romanticismo; decenas de creaciones que se han convertido en leyenda, a lomos de su desbocada guitarra eléctrica (su amada “Old Black”) o acariciando la acústica cuando su inspiración le hace transitar por los viejos caminos del folk. Y es que el espíritu inquieto y experimental del genio canadiense ha engrandecido todos los géneros musicales, desde el country más clásico al rock duro, desde el blues y el soul de pata negra al jazz, la música eléctrica o el grunge, del que es considerado el ‘padrino’.

Neil Percival Young nació en un pueblecito de Toronto un 12 de noviembre de 1945. Inició su andadura musical en el instituto, donde formó su primera banda, Neil Young & The Squires, con la que interpretaba temas de los Beatles, Elvis o los Shadows en fiestas locales. Muy pronto descubrió que su camino no pasaba por el colegio, así que abandonó los estudios y partió hacia Winnipeg, donde empezó a componer sus primeras canciones. Pero no fue hasta 1965, en Los Angeles, cuando comenzó la leyenda con el nacimiento de Buffalo Springfield, junto a su amigo Stephen Stills y Richie Furay. Duró poco, pero en apenas dos años de existencia nos dejó un legado repleto de joyas imperecederas como Mr. Soul, Broken Arrow o I Am a Child.

 
La leyenda se agigantó el 16 de agosto de 1969, fecha en la que debutó uno de los grupos más grandes del universo folk-rock: Crosby, Stills, Nash & Young. De esa colaboración surgió un disco legendario, Déjà Vu, con canciones como Woodstock, Teach Your Children, Country Girl, Our House o Helpless, que se convirtieron en auténticos e imperecederos himnos de toda una generación. El choque de egos acabó minando —temporalmente— el cuarteto y Neil Young se despidió de sus anclados compañeros, eso sí, manteniendo reuniones esporádicas cada diez años, y a quienes en 1979 dedicó un obra maestra de sensibilidad poética y amable cinismo, Thrasher (“Así que me aburrí y los dejé ahí —a los ‘dinosaurios’—, sólo eran un peso muerto para mí; es mejor rodar sin ese lastre”…).

A partir de ahí, llegaron discos magistrales, con su banda habitual Crazy Horse o en solitario; reencontrándose con Crosby, Stills and Nash o junto a sus ‘ahijados’ musicales Pearl Jam (Mirror Ball). En el mientras tanto, le ha dado tiempo a enterrar a amigos muertos por sobredosis, a cuidar a su hijo Zeke nacido con parálisis cerebral, a componer bandas sonoras, a organizar conciertos en favor de los granjeros (Farm Aid), a clausurar los Juegos Olímpicos de Vancouver 2010, a pelearse amigablemente con Lynyrd Skynyrd (quienes respondieron con Sweet Home Alabama a la visión esclavista del Sur que había denunciado Young en Alabama y Southern Man), a escribir su autobiografía íntima y familiar (Waging Heavy Peace: A Hippie Dream) y, en fin, a recorrer Estados Unidos protestando contra la guerra de Irak, ensalzando los coches eléctricos o atacando sin miramientos a políticos, corporaciones y sistemas comprimidos de música (mp3).

Y, de paso, nos ha dejado grabadas a fuego decenas de canciones inmortales como Heart of Gold, Pocahontas, Comes a Time. My My, Hey Hey (Out of the Blue), Like a Hurricane, Harvest, Southern Man o Rocking in the Free World. Su último disco de estudio (el 37º), que salió a la luz hace un año, lleva por título The Monsanto Years; un álbum conceptual ‘dedicado’ a la multinacional de productos agrícolas Monsanto, que ha grabado acompañado por la banda de los hijos de su amigo Willie Nelson, y en el que pervive todo el talento, el poderío y el carácter de este genio inquieto e incandescente. Con él, la leyenda continúa, porque “el rock’ n roll está aquí para quedarse / el rock n’ roll nunca morirá”.


El lado solidario
A lo largo de estos cincuenta y pico años de carrera incombustible, Neil Young ha realizado también una gran labor social, especialmente en favor de los niños con minusvalías físicas y psíquicas (como su hijo Zeke). A ellos dedica cada mes de octubre, ininterrumpidamente desde 1986, el concierto a beneficio del Bridge School (The Bridge School Concerts), en el que colaboran fieles amigos de la talla de Bruce Springsteen, Crosby, Stills & Nash, Tom Petty, Elton John, Emmilou Harris, Eagles, Norah Jones, Pearl Jam o el mismísimo Bob Dylan; quien tal vez pensaba en su colega Neil cuando compuso la mítica Forever Young (que, por cierto, sonó maravillosamente en el legendario The Last Waltz, donde coincidieron Dylan y Young junto a otras leyendas de la talla de Van Morrison, Neil Diamond, Eric Clapton, Muddy Waters y los anfitriones, The Band). Con ella me despido hasta el próximo concierto: “Que Dios te bendiga y proteja siempre / Que construyas una escalera a las estrellas / y subas un peldaño cada día / Que siempre permanezcas joven / Siempre joven / Siempre joven”. Pues eso, ¡forever Young!



viernes, 28 de octubre de 2016

El exorcista. Más allá del terror.


Hace cincuenta años llegó a las librerías de todo el mundo la novela que marcó un antes y un después en la literatura de terror contemporánea. Dos años más tarde se estrenó en Nueva York la película que marcó un antes y un después en el cine de terror moderno. Su título, El Exorcista. Lo curioso es que su autor, William Peter Blatty, siempre la consideró una “novela de fe” vestida de thriller policiaco. Pero ambas, novela y película, fueron mucho más.




El Exorcista comienza con tres sugerentes citas, que son una verdadera declaración de intenciones de lo que Blatty quiso transmitir con su novela: la primera es un pasaje del Nuevo Testamento (Lucas VIII, 27-30) que nos describe un encuentro de Jesús con un hombre poseído («¿Cuál es tu nombre? Contestó él: Legión»); la segunda es un fragmento de una conversación telefónica de la Cosa Nostra, captada por el FBI, en la que dos asesinos comentan entre risas cómo colgaron a William Jackson de un gancho de carnicero; la tercera, una exposición del psiquiatra Dr. Tom Dooley acerca de las atrocidades cometidas en Laos por los comunistas contra sacerdotes, maestros y niños («¿Cómo se tratan los casos como estos?», se pregunta). Las tres citas hablan del Mal, en estado más o menos puro; y la novela nos habla de ese Mal, y de su enfrentamiento con el Bien, desde el punto de vista espiritual (primera cita), policiaco (segunda) y psiquiátrico (tercera), tomando como inspiración un hecho real de posesión ocurrido en 1949 en Mount Rainier, Washington.

Pero lo que en realidad pretende contarnos W. P. Blatty no es una novela de terror, sino, según sus propias palabras, «una parábola del cristianismo, de la eterna lucha entre el bien y el mal; una historia de amor y sacrificio por salvar un alma (…) Una novela de fe en el ropaje popular de una historia de detectives, lleno de suspense; en otras palabras, un sermón en el que nadie se durmiese». E insiste: «Es una novela de fe; no quería dar miedo».
            A pesar de su intención espiritual, no cabe duda de que El Exorcista sí da miedo  —un miedo especialmente aterrador, por lo real de su causa— y que probablemente nadie se haya dormido leyendo el misterioso caso de esta candorosa niña poseída por el Mal absoluto, magníficamente envuelto en una apasionante trama policíaca y aderezado con el drama personal y espiritual de un sacerdote con una fe titubeante. Ingredientes que convirtieron la novela en un best seller mundial desde que viera la luz en el otoño de 1971 (57 semanas seguidas en la lista del New York Times, 17 de ellas como número uno), y que ha aterrorizado a millones de lectores a lo largo de más de 40 años. Curiosamente, hasta El Exorcista, Blatty sólo había escrito novelas y guiones en tono más humorístico que terrorífico; de hecho, comenzó a escribirla tras ganar un premio de 10.000 dólares en un show televisivo de su amigo Groucho Marx, y después de haber colaborado en varias comedias de su también amigo Blake Edwards. Algo que ya nunca volvería a hacer, a su pesar, como confesó más tarde: «La triste realidad es que ya nadie me quiere para escribir comedia. El Exorcista no sólo acabó con esa carrera, también fulminó cualquier recuerdo de su existencia.»

Pero si la novela se convirtió en un mito del terror y precursora de la literatura de exorcismos, la película que se estrenó dos años después no hizo sino acrecentar su leyenda. Y con la plena complicidad de William Peter Blatty, que escribió un oscarizado guión más centrado en lo aterrador que en lo policiaco. El hecho es que, cuatro décadas después de su estreno, El Exorcista sigue siendo considerada la imbatible número uno en el ranking de películas de terror de todos los tiempos, y un verdadero fenómeno sociológico. Las razones que la han convertido en un mito, aparte la magnífica novela de la que nace, son algunas convenientes casualidades y no pocas genialidades cinematográficas. Por ejemplo, siempre se pensó que el rodaje estaba envuelto en una suerte de maldición: se incendió uno de los sets de producción en las primeras semanas, se velaron rollos sin razón aparente, tuvieron lugar una serie de accidentes laborales inexplicables y nueve personas relacionadas con la película fallecieron poco después de su estreno, incluyendo el actor Jack MacGrowan (quien también muere misteriosamente en la ficción). Por si acaso, el director William Friedkin llamó a un sacerdote para bendecir a todo el equipo; y la gran actriz Mercedes McCambridge, que dobló la voz del diablo, acudía a confesarse cada día después del rodaje.

Para lograr el máximo realismo, la habitación de Regan se refrigeró hasta alcanzar una temperatura de 40 grados bajo cero; la actriz Linda Blair, vestida únicamente con un camisón, no podía dejar de moverse ni un minuto para no quedarse congelada. Con el objeto de mantener a sus actores en permanente estado de nerviosismo, William Friedkin les lanzaba petardos sin aviso, los mantenía agotados e incluso llegó a abofetear al sacerdote (no actor) que interpreta al padre Dyer en la escena de la extremaunción del padre Karras (el temblor de sus manos es absolutamente real). Y para acrecentar aún más la sensación de agobio y turbación, entre otros escalofriantes efectos de sonido se utilizaron potentes zumbidos de abejas y gruñidos de cerdos al filo de la matanza. Mención aparte la inquietante e imperecedera banda sonora de Mike Olfield y su Tubular Bells.
Sin embargo, los efectos visuales más espeluznantes de la película, paradójicamente, son los que no se ven. Se trata de imágenes subliminales que duran un instante y apenas captan los ojos pero sí, nítidamente, el cerebro. En concreto, un primer plano del rostro del demonio (sobre fondo negro y sobre fondo blanco), que aparece en dos escenas muy significativas: cuando el padre Karras, en sueños, se cruza con su madre a la salida del metro (al despertar el sacerdote, ella ya ha muerto); y en un momento en que la niña Regan vuelve su mirada hacia el padre Merrin y el padre Karras, justo antes de su célebre giro de cabeza de 360 grados. Si ven la película en casa, un consejo: eviten la tentación de detener la imagen en esos dos instantes. Dormirán mejor.


El conjunto funcionó, ciertamente, porque la película provocó en su estreno abundantes escenas de histeria en muchas salas de cine, incluyendo gritos, desmayos y crisis de ansiedad. Un efecto que tal vez no persiguiera William Peter Blatty al escribir su novela (y el guión), pero que ha convertido El Exorcista en un mito del terror. Un fenómeno cinematográfico y sociológico que aún hoy, cuatro décadas después, continúa generando secuelas, imitaciones, estudios y tratados de lo más diverso. Y, de paso, mantiene vigente la eterna cuestión de la existencia o no del demonio. O, dicho de otro modo, en palabras de su autor: «Si hay demonios, ¿por qué no ángeles? ¿Por qué no Dios?». Así sea.

viernes, 14 de octubre de 2016

Bob Dylan. El tipo que cambió las reglas del juego


Hace más de medio siglo, en marzo de 1962, comenzó oficialmente una de las leyendas más relevantes, longevas y prolíficas del rock. Aunque entonces sólo se vendieron 2.500 copias, ese vinilo de trece canciones marcó un antes y un después en la historia musical del siglo XX. Y el joven de mirada burlona, gorra contestataria y chaquetón de granjero de Minnesota que aparecía en la carátula, se convertiría en el más revolucionario trovador que haya dado la música popular. El tipo que cambió las reglas del juego. El tipo que ayer, 54 años después de aquella revolución musical y literaria, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.  


Aquel primer disco llevaba por título un sucinto “Bob Dylan”, a modo de simple presentación. Apenas había dos canciones del propio Dylan, pero fue el inicio de una leyenda que aún hoy no ha concluido. Aunque, como todas las leyendas, esta tuvo también su prólogo. Robert Allen Zimmerman empezó a amar la música a los diez años, tras toparse con la vieja guitarra de su padre y un disco de country que escuchó en el tocadiscos de 78 rpm oculto en una radio de caoba. “El sonido del disco me hizo sentir como si yo fuera otra persona y mis padres no fueran los que me correspondían”. Tal vez porque, ya desde pequeño, el pueblo de Hibbing, Minnesota, le pesaba más que las toneladas de hierro que salían de esa mina que alimentaba a sus habitantes y los asfixiaba al mismo tiempo.

Robert odiaba Hibbing. Su agobiante calor en verano, su frío extremo en invierno (“hacía tanto frío que no podías ni ser rebelde”), sus aburridos comercios a lo largo de la aburrida avenida, la tienda de electricidad de su padre, los vecinos de corta conversación, los trenes que pasaban de largo; por no haber, no había ni ideología a la que enfrentarse. Su único escape era la radio, las canciones melancólicas de Hank Williams, los lamentos de Webb Pierce (“ahí está el vaso que va a borrar mi pena…”), los ritmos desenfrenados de Muddy Waters o el rock desenfadado de Gene Vincent.
            Pero Hibbing no estaba hecho para el country, el rhythm & blues o el rock ‘n’ roll. Aunque a Robert le servía para ensayar con algún grupo y conquistar a las chicas, el futuro trovador sabía que tenía que escapar de allí cuanto antes. Lo hizo al día siguiente de acabar el instituto. En 1959 marchó a Minneapolis y se matriculó en la Universidad estatal. Pero no solía acudir a clase. Tocaban y ensayaban toda la noche, dormían de día. No había tiempo para estudiar. Comenzó a leer a Kerouak y a escuchar música folk, a sentir su mensaje, a compartir su ideología. Descubrió al poeta Dylan Thomas (“la piedad canta, la inocencia endulza mi último, negro aliento”) y decidió adoptar su nombre. Acababa de nacer Bob Dylan.


Por aquella época, hambriento de experiencias, se empapaba de todo lo que llegaba a sus oídos: música negra, baladas irlandesas, jazz, folk contestatario… y Woody Guthrie. Su maestro, su pope, su líder espiritual y musical. Lo leyó todo, lo escuchó todo, lo absorbió todo de Guthrie; y cuando enfermó gravemente, se trasladó a Nueva York para velarle. Era 1961, y JFK preguntaba a los americanos qué podían hacer por su país, mientras la oscura amenaza nuclear sobrevolaba por encima de sus cabezas.
            Dylan aterrizó en el mítico Greenwich Village con 20 años y una mente abierta de par en par. Desde luego, estaba en el lugar adecuado. El Village era un revoltijo de bohemios, artistas, excéntricos, poetas, iluminados y toda suerte de rebeldes con y sin causa. Pero, sobre todo, había música. Dylan tocaba y componía sin descanso; fue telonero de John Lee Hooker y una elogiosa crítica en el New York Times (“Brillante nueva cara del folk”), lo llevó directamente a Columbia Records. Los días 20 y 22 de noviembre de 1961, en los míticos estudios del 799 de la Séptima Avenida, Bob Dylan grabó su primer disco. Trece canciones, de las que sólo dos eran composiciones propias (Talkin’ New York y Song to Woody). El resultado no fue el esperado, ni siquiera para él. Su primera reacción al escucharlo fue grabar otro inmediatamente, esta vez con composiciones propias, The Freewheelin' Bob Dylan.

Eran tiempos de disturbios raciales, miedo y violencia en las calles. Vietnam. Cuba. El mundo dolía, y Dylan lo sufría especialmente. De este sentimiento nació uno de los himnos universales de la música popular, Blowin’ In The Wind (“¿Cuanto tiempo tienen que volar las balas de cañón / Antes de que sean prohibidas para siempre?”); y otras canciones míticas como A Hard Rain’s Gonna Fall o Masters of War. El sentido antibelicista de sus letras encandiló a las fuerzas izquierdistas del país, Pete Seeger a la cabeza, que trataron de atraer al joven Dylan a su causa. Pero la influencia del poeta llegó sobre todo a los otros artistas consagrados, que comenzaron a versionar sus canciones y, de paso, a llevarlo en volandas hacia el olimpo del folk. Los tiempos empezaron a cambiar para el trovador.


A Dylan no le interesaba la política (“Para mí no hay blanco y negro, izquierda y derecha. Sólo hay arriba y abajo; y abajo está muy cerca del suelo”), pero sí los derechos humanos y la segregación racial, como transmitió maravillosamente en su tercer álbum, The Times They Are A-Changin’ (1963). Su obsesión era escribir letras intensas, llenas de poesía y mensaje, y explorar nuevos caminos musicales. Aunque ello significara romper con su trayectoria, con su público, con sus supuestos camaradas. Fue en el Newport Folk Festival de 1965 cuando Dylan apareció por primera vez con una guitarra eléctrica y acompañado por una banda que, además, era bastante cañera. Los puristas del folk y la ideología se rasgaron las vestiduras, pero el público (en su mayoría) estaba entusiasmado. Ese mismo verano, en julio, Dylan publicó Like a Rolling Stone (para los expertos la mejor canción de todos los tiempos), un tema de seis minutos que narra una caída en desgracia (“cuando no tienes nada, nada tienes que perder”) y que revolucionó el rock, hasta entonces destinado a llenar las pistas de baile al grito de “tú eres mi chica”, y ahora dotado de una infinita capacidad para transmitir mensajes tan profundos como el folk o la mismísima poesía. El resto, es Historia.


El día que cambiaron las reglas del juego
“¡Hipócrita!” “¡Traidor! ¿Por qué no te escuchas a ti mismo?” “¡Farsante!” “Escuchar esta basura te hace enfermar.” “¡Bastardo!” son algunas de las lindezas que los fans dedicaron a Bob Dylan durante su gira europea de 1966, alcanzando el punto álgido en aquel concierto del Free Trade Hall de Manchester, el 17 de mayo (aquel “¡Judas!” que le dolió en el alma). No admitían que hubiera traicionado su esencia folk, de guitarra acústica y armónica, “prostituyéndola” con una banda eléctrica.

Dos meses después de su regreso de Europa, el 29 de julio, sufrió un grave accidente de moto que Dylan aprovechó para descansar de giras, periodistas, contestatarios y folkers exaltados… durante ocho años. Aprovechó bien su tiempo, componiendo decenas de canciones que siguieron marcando el camino a viejos y nuevos rockeros. Y hasta hoy.


sábado, 1 de octubre de 2016

Vencedores o vencidos: justificando lo injustificable

Como los grandes acontecimientos de la Historia, las grandes películas no están adscritas a su tiempo, sino que están en permanente vigencia. Porque no se limitan a contar extraordinariamente una historia, también nos invitan a reflexionar sobre la esencia misma del hombre y de sus porqués. Hace ya 75 años que comenzaron los juicios de Nuremberg,  y hace 60 una obra maestra nos invitaba a reflexionar sobre la conveniencia de que hubiera o no vencedores y vencidos tras la caída del nazismo. Un planteamiento que se ha venido repitiendo a lo largo de estas décadas en diversos entornos y con muy variadas excusas (políticas, económicas, religiosas, raciales…).



A casi de 60 años del estreno de esa gran obra del cine -aunque nació para la televisión- que es ¿Vencedores o vencidos? (Judgement at Nuremberg, 1961), no viene mal recordar la lección que nos mostró la magistral película de Stanley Kramer. Una lección tan actual y tan necesaria hoy como en la época en que aconteció. ¿Vencedores o vencidos? nos describe con precisión y perspectiva, con detalle y objetividad, el proceso en 1948 a cuatro dirigentes nazis acusados de apoyar, amparar y servir al Tercer Reich y sus políticas de esterilización y eugenesia desde su privilegiada posición de jueces. La defensa que argumenta su abogado, Hans Rolfe (Maximillian Schell), es en primera instancia que los acusados cumplieron la ley, mala o buena, pero la ley; luego intenta darle la vuelta a la causa colocando a los verdugos como víctimas de ese régimen que ellos no eligieron pero se vieron forzados a obedecer; y finalmente trata de compartir su culpa con todo el pueblo alemán, corresponsable del omnímodo poder de Hitler por acción, omisión o silencio.

Los acusados se defienden y justifican con cobardía: «No somos verdugos, somos jueces», «Los demás lo sabían, nosotros no». O alegan que hicieron «lo que fue necesario para la protección de su país» frente a sus enemigos (gitanos, judíos, comunistas, liberales…). La excepción es Ernst Janning (Burt Lancaster), ex Ministro de Justicia y una eminencia jurídica desde los tiempos de Weymar, que aún mantiene su dignidad, ajeno al proceso: él ya se ha juzgado a sí mismo y se ha declarado culpable, junto a todo el pueblo alemán («Si tiene que haber alguna salvación para Alemania, los que sabemos que somos culpables debemos admitirlo, sea cual fuere la pena y la humillación que nos cause»).



Frente a los acusados, el implacable fiscal, el coronel Dawson (Richard Widmark), que acusa a los jueces de connivencia con el Holocausto; ellos no dirigían personalmente los campos de concentración, ni tuvieron que accionar el mecanismo que llevaba el gas a las cámaras, pero impusieron y ejecutaron leyes que enviaron a millones de víctimas a su destino; aplicaron leyes que sabían injustas y condenaron a miles de personas que sabían inocentes. Algunas de ellas declaran como testigos en el juicio, aún atormentadas por su pasado reciente: una mujer (Judy Garland) que fue acusada de corrupción racial, esto es, mantener relaciones sexuales con una persona no aria (delito castigado con la muerte); y el hijo de un comunista que, tras ser declarado débil mental,  fue esterilizado para preservar la raza (Montgomery Clift).

Pero quizá el personaje más significativo de todo el proceso sea el juez Haywood (Spencer Tracy), no sólo por estar en sus manos el destino de esos cuatro criminales –y de toda Alemania-, sino sobre todo por su dimensión humana, que coloca la historia en su justa medida. Haywood es un modesto juez de distrito retirado, que ha llegado a Nuremberg desde sus lejanos bosques de Maine con una responsabilidad que no ha buscado, pero tampoco rechaza. Trata de juzgar con objetividad, y para eso necesita comprender, entender a esos hombres, a esa sociedad, a esa nación antaño ejemplar. Pasea por las calles en ruinas, conoce a sus gentes, bebe su vino, escucha sus canciones; entabla amistad con la señora Bertholt (Marlene Dietrich), aristocrática viuda de un general nazi acusado y ajusticiado tras la guerra, que trata de convencerlo de que no todos los alemanes son monstruos, y que es necesario olvidar y perdonar. No es la única que presiona al juez Haywood: el senador Burkette le insinúa la conveniencia de un juicio laxo, porque «nos hará falta el apoyo del pueblo alemán» frente a los comunistas; el general al mando se lo deja más claro aún: «No esperes conseguir la ayuda de los alemanes aplicando rigurosas condenas»; incluso uno de los magistrados de su equipo, que no comparte su interpretación de la ley; o el propio pueblo alemán, que trata desesperadamente de olvidar que hace sólo tres años era cómplice de aquellos crímenes y ahora necesita mirar “hacia delante”. Un juicio sin vencedores ni vencidos.


 Pero el viejo y sensato juez de Maine antepone el pleno sentido de la Justicia, con mayúsculas, a cualquier conveniencia política o relativismo moral. Lo que se juzga va mucho más allá de esos cuatro criminales nazis, pues «quien realmente pide justicia es la Civilización»; lo más grave no es que se cometan atrocidades, sino que parezcan bien a unos, inevitables a otros e inexistentes a todo un país. Finalmente, los cuatro acusados son declarados culpables y condenados a reclusión perpetua; pero el proceso aún no ha terminado. Queda la demoledora conclusión de la película: «Los juicios de Nuremberg finalizaron el 14 de julio de 1949. Noventa y nueve acusados fueron condenados a penas de prisión. Ninguno de ellos cumple condena en la actualidad». Al final, los vencidos se convierten en vencedores y los vencedores en vencidos. Y los millones de víctimas que reclamaban –y merecían- justicia, sólo obtuvieron “conveniencia política” a cambio de su sacrificio.

¿Vencedores o Vencidos? no se puede etiquetar como una simple película histórica, bélica o judicial; es una obra profunda y llena de matices, es también objetiva y honesta en su planteamiento (justa con las razones de ambos bandos), bien documentada, emotiva (hay imágenes y testimonios sobrecogedores), magníficamente interpretada (todos están soberbios: el contenido pero imponente Burt Lancaster, el enérgico Maximillian Schell, la orgullosa Marlene Dietrich, el torturado Montgomery Clift, la angustiada Judy Garland, el equilibrado Spencer Tracy) y magistralmente dirigida por Stanley Kramer. Pero por encima de todo es una película necesaria, porque nos enseña que nunca debemos olvidar a las víctimas ni perdonar a sus verdugos, y que nada justifica sacrificar valores como la vida, la justicia y la libertad en pro de ningún fanático nacionalismo (o fundamentalismo). «La estructura moral de una sociedad se rompe tan pronto como se dice ‘sí’ a la injusticia, al atropello, a la violación de la ley, a la privación del derecho justo» nos recuerda Julián Marías precisamente en un artículo sobre ¿Vencedores o Vencidos?; una reflexión que, como la película, está vigente en cualquier época. Especialmente hoy.



viernes, 30 de septiembre de 2016

Beach Boys: ¿Buenas vibraciones?

Hace más de medio siglo, tres hermanos, un primo y un amigo de clase decidieron alquilar unos instrumentos y reunirse en casa de los primeros, aprovechando la ausencia de sus padres, para tocar un poco de rock and roll. El sol de California, la playa, el surf y las chicas fueron su fuente de inspiración. Ese año de 1961 grabaron su primera canción. Muy poco después se convirtieron en la banda americana más importante de todos los tiempos.


Hoy, 54 años después de su nacimiento, los Beach Boys siguen manteniendo viva la leyenda. Durante estos últimos años los tres miembros supervivientes del grupo (Brian Wilson, Alan Jardinel y Mike Love) realizaron sendas giras... por separado. Aunque los millones de fans que han dejado por todo el mundo no pierden la esperanza de que, al menos en un concierto, vuelvan a unir sus buenas vibraciones. Pero empecemos por el principio. Aquel día de verano de 1961 en casa de los Wilson, los hermanos Brian, Dennis y Carl, junto a Mike y Alan, comenzaron a tocar en serio y a definir el “sonido Beach Boys”, un estilo de preciosista armonía vocal, ritmo pegadizo y temática surfera. En realidad sólo Dennis surfeaba, pero cuando se animaron a escribir sus propias canciones, propuso como tema su deporte favorito, muy de moda en las playas californianas.
     La primera composición de Brian Wilson fue Surfin’, y también el primer sencillo que grabaron, el 3 de octubre de 1961, bajo el nombre de... The Pendletones. En efecto, tal fue su primer nombre oficial, que no era sino la marca de sus gruesas camisas de lana. Pero cuando, temblorosos por la emoción, desempaquetaron la primera caja de discos, descubrieron que el estudio había decidido rebautizarles con un nombre más pegadizo: The Beach Boys. Acaba de nacer la leyenda. El último día de 1961 celebraron su primera actuación, en el concierto en memoria de Ritchie Valens (intérprete de La Bamba). Durante los meses siguientes, Surfin’ sonó en la radio y se vendió en las tiendas de discos, alcanzando las 50.000 copias. En febrero llegaron nuevas canciones (Surfin’ Safari, Surfer Girl, Beach Boys Stomp...) y nuevos conciertos. Por primera vez salieron de California, llevando su sonido playero a otros Estados... que ni siquiera tenían playa. Justo un año después de su primer single, en octubre de 1962, editan su primer álbum, Surfin’ Safari, que lleva a la banda a las listas de éxito.

A partir de ahí, los chicos de la playa son ya tan imparables como una ola salvaje de Mavericks Point. En 1963, el disco Surfin’ USA (el single era una curiosa adaptación de Sweet Little Sixteen de Chuck Berry, manteniendo la melodía pero cambiando toda la letra) es el segundo más vendido de Estados Unidos; y con el siguiente, Surfer Girl, triunfaron incluso en la lejana y lluviosa Gran Bretaña, país en el que los Beach Boys siempre han tenido enormes simpatías. En 1964 la ola llega a la muy surfera Australia y a Nueva Zelanda, donde ofrecen sus primeros conciertos fuera de Estados Unidos; después de la gira triunfal graban el primer número uno de su carrera, I Get Around, y llegan a la auténtica cresta de la popularidad. Y también a la primera caída en las encrespadas aguas de la fama.

En diciembre, tras su boda con Marilyn Rovell, las presiones y las agotadoras giras acabaron mermando las fuerzas del líder y alma de la banda, Brian Wilson, que empezó a flaquear física y psicológicamente. En enero de 1965 anunció su retiro definitivo de los conciertos para concentrarse en componer, siendo sustituido por Bruce Johnston. La decisión no pudo ser más acertada, porque de su genio empezaron a surgir canciones mucho más maduras, innovadoras y profundas. Abandonó los coches, el surf y las chicas, dejó atrás la adolescencia y creció como compositor. De esa época son clásicos como When I Grow Up (To Be a Man) o la desgarradora Please Let Me Wonder.


Y entonces llegaron los Beatles. La banda británica acababa de publicar su gran obra, Rubber Soul, que cautivó a Brian Wilson. Como respuesta, decidió componer “¡el álbum de rock más grande jamás hecho!”. Y lo hizo: se llamó Pet Sounds, y aún hoy es considerado uno de los mejores discos de la historia de la música. El propio Paul MacCartney lo considera “el mejor disco vocal jamás grabado", y siempre ha reconocido abiertamente su inspiración para el mítico Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (“Sgt. Pepper fue un intento de igualar el nivel de Pet Sounds” afirmó el beatle). Como curiosidad, God Only Knows es la primera vez que se menciona la palabra Dios en una canción. Paradójicamente, fue el primer álbum de los Beach Boys que no alcanzó el éxito al que estaban habituados, pero convirtió a Brian Wilson en uno de los grandes autores del Rock.
     Por esa época se inició también el camino a la perdición de Brian. Drogas, paranoias y extravagancias que acabaron mermando las relaciones del grupo. Aún faltaba, sin embargo, la gran canción de los Beach Boys; la más inmortal, la más admirada, la más grandiosa y la más compleja (se gestó en 6 meses con un proceso de producción inédito): Good Vibrations, “una sinfonía de bolsillo” como la definió Brian. Número uno en 1966 y considerado por críticos y público uno de los mejores sencillos de todos los tiempos.

Curiosamente, estas “buenas vibraciones” fueron el principio del fin. Brian dejó el grupo y cada cual siguió su propio camino. Aún sacaron nuevas canciones como banda, pero se dedicaron más a editar recopilatorios y a vivir del directo (sus conciertos eran muy atractivos, y seguidos en todo el mundo). Hubo algún regreso esporádico de Brian, pero ya fue tras la muerte de sus hermanos Dennis y Carl, por lo que nunca más llegaron a tocar los cinco Beach Boys originales. Aun así, el público les seguía adorando: el 4 de julio de 1985 actuaron ante un millón de personas en Filadelfia, un auténtico “Record Guinness”. A lo largo de los 90 los Beach Boys han continuado haciendo giras, aunque por separado. Hasta el año 2012.

En efecto, aquel año Brian, Mike y Alan (con David Marks y Bruce Johnston) celebraron su 50 aniversario de la mejor manera posible, con el Reunion Tour 2012, una gira de reconciliación que hizo felices a muchos fans; y además, un album con material completamente nuevo, That's Why God made The Radio  (el primero en 20 años), producido por el propio Brian y que incluía incluso la voz de su hermano Carl, fallecido en 1998.






La anécdota: Amistades peligrosas

A mediados de 1968, Dennis Wilson mantuvo una extraña amistad con Charles Manson, que incluso llegó a instalarse en su casa de Sunset Boulevard con un grupo de atractivas seguidoras de su secta satánica. Manson quería impulsar su carrera de cantante folk y Dennis le presentó al productor Terry Melcher, quien no le hizo mucho caso. Un año después, Melcher y su mujer, la actriz Candice Bergen, vendieron su mansión de Cielo Drive a Roman Polanski y Sharon Tate... poco antes de que, la noche del 8 de agosto de 1969, Manson y sus acólitas asesinaran brutalmente, en esa misma casa, a la actriz (embarazada) y a sus invitados.




lunes, 12 de septiembre de 2016

El discurso de Mariló (teach your children well...)



Ahora que llega la vuelta al cole –y, de paso, la vuelta de la sempiterna reclamación de nuevos métodos de enseñanza, que nunca acaban de llegar del todo, y así nos va- otra vez nos olvidamos de lo realmente importante, que no es otra cosa que educar a las nuevas generaciones, no para que sepan más que nosotros, sino para que sean mejores que nosotros. Cuestión, por cierto, de la que los políticos se olvidan con inconsciente insistencia. Prefieren mantener sus manejos presentes que propiciar a sus hijos (y los nuestros) un futuro con posibles.

Lo bueno del principio de curso es que a uno le vuelven a recordar esas lecciones de vida fundamentales que los políticos nunca aprendieron o pronto olvidaron. Y no solo en lo que concierne a los hijos, sino sobre todo en lo que nos concierne a cada uno de nosotros, los presuntamente adultos. Es lo que hacía cada año Mariló, la genuina Mariló, la sabia, certera y directísima Mariló, en la presentación del curso de mis hijos. Y lo estuvo haciendo, año tras año, presentación tras presentación, sin apenas variar una coma. Porque hay valores que no cambian con el tiempo, lecciones que enseñan con idéntica eficacia a generaciones tan dispares como la de nuestros padres, la nuestra o la de nuestros hijos. Son lecciones que se aprenden, básicamente, con eso tan menospreciado en estos tiempos absurdos como es el sentido común; hoy, si no proscrito, sí al menos condenado al sótano de lo políticamente incorrecto.

Sentido común a raudales es lo que desbordaban las palabras de Mariló en sus añorados discursos. Cuestiones tan políticamente incorrectas como que los padres somos el espejo en el que se miran los hijos, que sólo se puede educar con el ejemplo y que hacerlo –y hacerlo correctamente- es nuestra responsabilidad, como apunta el doctor Enrique Rojas en labios de Mariló. No es fácil educar a nuestros hijos en este mundo hiper permisivo, de caprichos concedidos por decreto filial y sin lugar para el traumático ‘no’. Ni lo es tampoco en un mundo de ídolos forjados en oro falso, sin valores, sin sustancia, ya sea en el deporte, la música o la televisión; y especialmente en la política. Un clarísimo ejemplo de mal ejemplo, para nuestros hijos y para nosotros mismos.

No nos preguntemos qué mundo dejamos a nuestros hijos, sino qué personas dejamos a este mundo, suele decir Leopoldo Abadía (y también nos lo recordó Mariló), porque ellos son los que lo van a heredar y, tal como van las cosas, los que van a tener que pagar todas nuestras deudas. Por eso debemos educarlos bien, enseñarles lo correcto, no lo fácil; afianzarlos en esos valores que no son precisamente los que rigen hoy los designios del mundo en general y de España en particular.
Por ejemplo, a valorar la verdad y asumir la responsabilidad de sus actos y de sus palabras. Si a esas edades mienten impunemente, qué no harán cuando elegir entre la verdad y la mentira suponga un puesto, un negocio o un millón de votos.
A respetar lo que no es suyo, a no coger, dañar o perder aquello que no les pertenece. Aprender a respetar lo del otro es también aprender a respetar al otro.
A ser honrados. Honestos con su trabajo, con su esfuerzo, con sus capacidades. Que el éxito no es lo fácil, que el logro requiere sacrificio.
A desmitificar el culto al cuerpo, a lo material, a lo superficial y pasajero. Y contrarrestarlo cuidando más el mundo interior; ayudarles a ser más fuertes por dentro. Y eso se consigue utilizando más a menudo el ‘no’. La pena no educa; y el ‘no’ no trauma.
A estimular lo positivo, el ‘tú puedes’ antes que permitirles caer en el ‘no puedo’, o el ‘no sé’. Si se rinden a la primera dificultad van a estar no pudiendo hacer miles de cosas a lo largo de su vida.
Ayudarles a valorar lo que se es por encima de lo que se tiene. Origen de muchos de los males que aquejan a esta sociedad que les ha tocado vivir.
Fomentar la integración, la atención a la diversidad, algo tan sencillo y tan olvidado como el amor al prójimo, no importa cuál sea su presunta diferencia.

Enrique Rojas afirma que educar es convertir a alguien en persona, pero Mariló nos recordó que es algo más: convertir a alguien en buena persona. No sólo proporcionar información y criterio, sino también valores para discernir lo que está bien y lo que está mal. Y obrar en consecuencia. Simplemente. Pero no olvidemos lo fundamental: los padres educan más por lo que hacen que por lo que dicen, son los primeros modelos de identidad, la ejemplaridad que forjará su carácter y guiará su conducta.

Si los próceres que manejan el mundo –políticos, sindicalistas, banqueros, empresarios…- se guiaran por las sencillas pautas de Mariló (verdad, respeto, honradez, autoestima, integración… ¡sentido común!), ¿no creen que el mundo sería más llevadero? Pues en nuestras manos está. Nos toca educar a las personas que en pocos años van a tomarnos el relevo; aún podemos elegir que sean mejores que nosotros.


No es fácil, claro. Pero es lo que toca. Ya lo cantaban maravillosamente Crosby, Stills, Nash and Young en aquel inmortal Déjà Vu: “Teach the children well, the father’s hell…” 


viernes, 2 de septiembre de 2016

Santa Teresa de Calcuta: Amar hasta que duela


Madre Teresa nunca buscó ser centro de atención, ni comprendió por qué le otorgaban premios y distinciones (más de 700) gobiernos e instituciones de todo el mundo. Su extrema humildad queda palpable en la que fue su habitación durante muchos años: una estrecha cama, un sobrio escritorio, una mesa de madera y un taburete; sobre la mesa, una figura de la Virgen y en las paredes, un mapamundi, una foto suya con Juan Pablo II y una pequeña cruz rodeada por una corona de espinos, con un cartelito: “Mi corazón pertenece a Jesús”. Y sobre el armario, dos cajas de cartón: una grande para la correspondencia y otra, más pequeña, con una pegatina en la que se lee “Premios”. 

Lo primero que te encuentras nada más acceder a una reciente exposición fotográfica sobre la vida de Madre Teresa es la imagen de una multitud de niños mirándote de frente. Muchos sonríen abiertamente, otros rezan mientras sonríen, una niña llora y reza a un tiempo; los hay que levantan los brazos, exultantes, o que aplauden, o saludan, o bajan la mirada, como apesadumbrados; otros miran de soslayo o tratan –los más pequeños- de hacerse hueco entre la muchedumbre; unos están en primera fila, expectantes, emocionados, y otros en la lejanía, más ausentes, o más esforzados. Esta imagen no está en la entrada porque sí, obviamente; tiene una poderosa razón de ser: son los rostros de los niños de Calcuta ante la llegada de Madre Teresa; sus reacciones, sus expresiones, sus actitudes. Pero también –este es el quid de la cuestión- son los rostros de cada uno de nosotros, el reflejo de nuestra propia actitud, de nuestro grado de implicación. ¿Cuál seríamos nosotros? ¿El que reza o el que sonríe? ¿La que llora emocionada o la que se esfuerza por ver? ¿El que está en primera fila o alguno de los más alejados?


Este es el espíritu con el que hay que adentrarse en la vida de Madre Teresa: no sólo con la curiosidad de conocer su vida, su legado y su mensaje, sino con la expectativa de descubrirnos a nosotros mismos en ese mensaje, en ese legado, en esa vida. “He hecho todo por Dios y nunca he dicho ‘no’ a Jesús” decía Madre Teresa, al final de sus días. Y lo empezó a hacer desde niña; incluso antes, pues a Él entregó su corazón ya desde el primer día de su existencia: como símbolo de lo que sería el resto de su vida, Gonxha (capullo de flor en albanés) Agnes Bojaxhiu fue bautizada al día siguiente de nacer en la iglesia parroquial del Sagrado Corazón, en Skopje, un lejano 27 de agosto de 1910. “De sangre y origen soy todo albanesa. En cuanto a mi corazón, pertenezco totalmente al Corazón de Jesús”.
Una pertenencia que nació en gran medida de su madre, Drana. Su profunda fe, su amor y firmeza y, sobre todo, su compasión y generosidad con los más pobres marcaron profundamente el carácter y posterior vocación de su hija pequeña. “Un día mi mamá trajo a casa a tres personas de la calle y nos dijo que les sirviéramos y cuidáramos”, recordaba Madre Teresa con ternura y agradecimiento. En esos años, la pequeña Gonxha aprendió una lección que guiaría el resto de su vida: el amor empieza en casa. Y continúa, por ejemplo, en la parroquia del Sagrado Corazón de Skopje, donde participó en todas las actividades (misiones, coro, entretenimiento, cofradía…) y donde descubrió también su vocación hacia los pobres. Tenía doce años.


A los dieciocho, en septiembre de 1928, Gonxha dejó su hogar para ingresar en la orden de las Hermanas de Loreto, en la lejana Irlanda. Nunca más volvió a ver a su madre, pero sus palabras de despedida, en la estación de tren de Skopje, quedaron para siempre grabadas en su corazón: “Pon tu mano en Su mano y camina sola con Él, y nunca mires atrás”. Tres meses más tarde partió, junto a otras tres postulantes de Loreto, hacia “mi nueva patria, la India fabulosa”. Ese día tan ansiosamente esperado comenzó una vida misionera que, como ella misma reconoció, no está hecha de rosas, sino de espinas; pero la hermana Teresa era feliz haciendo el mismo trabajo que realizó Jesús en la Tierra.

Tras dos años de noviciado, la hermana Teresa profesó los votos temporales el 25 de mayo de 1931. Allí, en la comunidad de Loreto en Entally, Calcuta, enseñó geografía y catecismo a las niñas de la escuela bengalí y, durante las vacaciones, ayudaba en el dispensario atendiendo cada día a una ingente multitud de seres enfermos y afligidos en busca de cuidado y, sobre todo, de consuelo. Eran años de pobreza y sufrimiento increíbles, tras la II Guerra Mundial y la hambruna bengalí de 1943 que sesgó 2 millones de vidas y llenó Calcuta de miseria, hambre y violencia. Cientos de miles de bengalíes buscaban –en vano- alimento y refugio en la ciudad, llenando cada rincón de cuerpos esqueléticos y generando una creciente ola de conflictos religiosos.


Esa era la Calcuta que vivió Madre Teresa durante aquellos años. Y también la Calcuta que inspiró su gran obra: el 10 de septiembre de 1946 recibió la inspiración para fundar las Misioneras de la Caridad. “El angustioso disfraz de los pobres”, que ella veía como la Pasión de Cristo revivida, y a cuyo alivio decidió ese día dedicar el resto de su vida. Dos años después acudió una mañana al mercado de Calcuta y compró el sari más sencillo y barato que encontró, de algodón blanco y bordes de rayas azules (“blanco por la pureza y azul por la Virgen nuestra Señora”), que era el que utilizaban las mujeres que limpiaban las calles. Con su sari blaquiazul y sus sandalias ajadas, o descalza, Madre Teresa visitaba a los pobres en las calles y llevaba a Jesús hasta sus “hogares y agujeros oscuros”. Pero pronto la calle no fue suficiente, y abrió centros donde los pobres recibían comida y medicamentos, y escuelas en los barrios más miserables. En 1950, Madre Teresa escribió: “Tenemos 9.887 enfermos tratados en los dispensarios, sin contar los que cuidamos en las calles; más de 300 niños en nuestras escuelas en los barrios pobres y más de 400 en las escuelas dominicales…”. Y era sólo el principio.

La capacidad de compasión de Madre Teresa no tenía límites y, al igual que se entregaba en cuerpo y alma a los pobres entre los pobres, su deseo era hacerlo también a los moribundos, que en aquellos años los había a miles tirados por las calles de la ciudad. Para ellos fundó en 1952 la casa “tesoro”, Normal Hriday (corazón puro), la primera casa para los moribundos pobres de Calcuta, bajo cuyos cuerpos rotos y sucias ropas Madre Teresa veía a Cristo, “el más hermoso entre los hijos de los hombres”. Desde 1952 hasta 1997, más de veinte mil personas regresaron a la casa de Dios desde la casa “tesoro” de Calcuta. “He vivido como un animal en las calles, pero estoy muriendo como un ángel, amado y cuidado”, dijo una de ellas. Y era así, en verdad, como morían. Como verdaderos ángeles de Dios, amados y cuidados por las manos más cariñosas y por las sonrisas más confortadoras. Hay una imagen que, simplemente, lo dice todo: una joven hermana de rostro sonriente, con la expresión más dulce que uno pueda imaginar, está arrodillada en el suelo de piedra, ante un cuerpo sobrecogedoramente famélico y frágil, al que enjabona con verdadero mimo; sobre ambos, en la pared desnuda, una pequeña pintura que representa a Jesús muerto en brazos de su madre, y bajo el cuadro, una frase: “el Cuerpo de Cristo”.


El 12 de abril de 1953 Madre Teresa pronunció los votos perpetuos como Misionera de la Caridad, junto a otras diez hermanas; además de pobreza, castidad y obediencia, añadieron un cuarto voto: “dedicarse a trabajar entre los pobres”. La orden iba creciendo y las hermanas servían, con “generosidad y alegría”, a miles de parias, niños y ancianos, hombres y mujeres, en los barrios más pobres de Calcuta. La residencia se estaba quedando pequeña, y buscaron una nueva casa; la encontraron, por 85.000 rupias… que no tenían, claro, pero que confiaban en lograr rezando (“mi secreto es sencillo: ¡rezo!”). Entre las hermanas y los niños “inundaron el cielo con rosarios”; unos meses después, se estaban mudando a la nueva casa en Lower Circular Road. También los niños merecían especial atención, y en 1955 se abrió el nuevo hogar para bebés abandonados y niños enfermos, discapacitados o simplemente no deseados; firme luchadora contra el aborto (“el mayor destructor de la paz”), Madre Teresa salvó miles de vidas a través de sus hogares y de la adopción: “Por favor, no destruyan al niño, nosotros lo cuidaremos”, imploraba a hospitales y comisarías de policía.

Pero aún quedaban los más indeseados entre los indeseados: los leprosos. La lepra es una enfermedad dolorosa, pero no tanto como el dolor de ser rechazado por todos; no era tampoco una misión fácil para las hermanas, ni siquiera para Madre Teresa (“cada vez que voy tengo que emplear toda mi voluntad, hacer un nuevo acto de fe y sacrificio”). Su deseo era proporcionarles una vida normal y hacerles saber que eran queridos, porque ellos también son hijos de Dios. En 1959 abrió el primer centro para leprosos en Titaghar y en 1959 construyó “Ciudad de Paz”, donde las familias con lepra podían incluso autoabastecerse; una ciudad que se hizo realidad gracias al regalo de la limusina Lincoln que había utilizado el papa Pablo VI en su viaje a la India, y cuya subasta reportó a la persuasiva Madre Teresa los fondos suficientes para su ciudad.

La labor de Madre Teresa y de sus Misioneras de la Caridad traspasó fronteras, y además de extenderse por toda la India (en sólo seis años abrió dieciséis casas), fue reclamada en otros lugares del mundo. “La pequeña semilla de Dios está creciendo lentamente…” Esa semilla germinó en 120 países, con más de 4.000 hermanas y 594 casas hasta 1997, año de la muerte de Madre Teresa, al cuidado de miles y miles de pobres con sed de Dios, que padecen toda clase de sufrimientos y una terrible soledad (la mayor pobreza es no ser amado). “Si hay pobres en la luna, allí iremos”, donde quiera que sea necesario un poco de amor, de ternura y de consuelo, y un mucho de sacrificio, estarán las hermanas Misioneras de la Caridad, y los Misioneros de la Caridad, y los hermanos activos y contemplativos, y los sacerdotes de la congregación; y también los “colaboradores enfermos y sufrientes”, y los voluntarios y benefactores. Todos comparten el mismo carisma, la misma misión: saciar la sed de Jesús sirviendo a los más pobres entre los pobres, con entrega total y alegría.

Entre 1989 y 1997 Madre Teresa sufrió cardiopatía, malaria, neumonía, fracturas, osteoporosis… pero continuó viajando por todo el mundo, irradiando paz y alegría, esparciendo el amor y la comprensión de Dios. El 10 de septiembre de 1996 celebró en Calcuta el 50 aniversario de su inspiración y seis meses después cedía el testigo a la hermana Nirmala; su último viaje fue precisamente a Roma, en mayo de 1997, para presentar a su sucesora al papa Juan Pablo II. El 5 de septiembre, Madre Teresa hizo todo el esfuerzo para asistir a misa por la mañana, olvidando su dolor; luego recibió visitas, firmó cartas y se reunió con sus hermanas. “¿Qué está Jesús pidiendo de mí?” se la escuchó preguntar ese día. A las 21:30 elevó los ojos, los cerró y respiró por última vez. Era un primer viernes de mes, día dedicado al Sagrado Corazón, su primer amor desde la infancia. Juan Pablo II, siempre cariñoso admirador, dijo de ella en su beatificación: “Su vida es un testimonio de la dignidad y del privilegio del servicio humilde. Eligió no sólo ser la última, sino la sierva de los últimos”. Madre Teresa lo resumió todo en una frase, que fue su vida: “Amar hasta que duela”.

El 4 de septiembre Teresa de Calcuta será canonizada por el papa Francisco, fiel seguidor de su ejemplo y de su espíritu. ¿Hay sobre la tierra alguien que lo merezca más que ella?

Este texto es uno de los capítulos de mi libro "La muerte del egoísmo" (Ed. Palabra).