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lunes, 27 de septiembre de 2021

Pero qué pequeños somos...

 


«El mar te pone en tu sitio. Al océano no le importa que tú estés ahí. Él hará siempre lo que tenga que hacer.» Esta reflexión se la escuché al escritor Don Winslow hace unos años, en un encuentro con sus lectores. El autor de El poder del perro, El cártel y La frontera, además de gran experto en el submundo del narcotráfico, es un consumado surfer y, como tal, muy consciente de la grandiosidad del océano, de su poder ilimitado, y de lo insignificantes que somos los humanos cuando estamos en sus dominios, ya sea sobre una tabla de surf o en el más colosal transatlántico. Apenas una gota de agua, apenas una mota de sal.

El sabio pensamiento de Winslow vale tanto para el océano como para la Naturaleza en general, especialmente en cualquiera de sus variantes catastróficas: inundaciones, tsunami, terremoto, sequía, diluvio, nevada, incendio, pandemia… o esta inédita, traicionera y descomunal erupción que está asolando La Palma y que nos ha recordado, una vez más, nuestra pequeñez frente al poderío incontrolable de la Naturaleza. La misma Naturaleza que exprimimos sin compasión ni previsión, la misma que pretendemos –ingenuamente- tener perfectamente amaestrada. Hasta que se cabrea.

«La proporción entre la obra humana y la naturaleza es la misma que media entre el hombre y Dios». Otro sabio pensamiento, que nos dejó Leonardo da Vinci (un humano que nunca se rindió ante las limitaciones humanas) y que resume certeramente los efectos devastadores, en muchos sentidos, de estas imprevisibles calamidades que nos han asolado últimamente (en un país, por cierto, poco habituado a las calamidades devastadoras, salvo las inundaciones y los incendios anuales), pero que también nos sirven para mirarnos un poco por dentro y obligarnos a reflexionar.  

La primera reflexión es, precisamente, lo pequeños que somos frente al poder y la imprevisibilidad de la Naturaleza. Simples hormiguitas indefensas. Por si alguno (que los hay) seguía creyéndose el ombligo del Universo, el maldito bicho y la inesperada erupción le han tenido que derribar de un plumazo los pilares de su ego y arrasar su desfasada idea de que el Hombre es Dios. No importa lo que hagamos, lo que inventemos, lo que construyamos, lo que tratemos de prever para protegernos, para sentirnos fuertes y seguros: la Naturaleza -o Dios, según cada cual- nos volverá a poner siempre en nuestro sitio, en nuestra verdadera dimensión. Hormiguitas, repito. Con alma, con razón, con enormes capacidades para crear, inventar, sentir y hacer muchas cosas buenas -y también malas- pero hormiguitas al fin y al cabo. Ladrillos en el muro, que diría Pink Floyd.

 


Somos gente solidaria

Hay una segunda reflexión importante: que, salvo las excepciones de turno (gente mala por naturaleza) y los aprovechados de rigor (periodistas y políticos a la cabeza) somos gente bastante solidaria. Lo demostramos en los días peores de la pandemia, en los que cada hogar era un taller de confección de EPIs, una cocina industrial, una fábrica de ánimos virtuales o una academia de creatividad multidisciplinar; lo mismo que miles de empresas -grandes, medianas y pequeñas- que además estar pasando lo suyo no dudaron un segundo en remangarse y sacar su lado más altruista, colaborativo y ejemplar (repartiendo zapatillas, regalando alimentos, facilitando transporte, fabricando material esencial…). Lo demostramos nuevamente durante la gran nevada que asoló el centro de España, poniendo los todoterrenos particulares a disposición de enfermos y sanitarios, liberando calles vecinales a base de pico y pala o simplemente llevando la compra a las personas mayores para que no se jugaran la vida en esas pistas de patinaje que unos días antes eran aceras. Lo demostramos en cada incendio incontrolable, en cada inundación salvaje, en cada catástrofe ferroviaria o terrorista, en cada desgracia humana, individual o colectiva.

Sí. Tenemos nuestros defectos, pero somos un país bastante solidario, a pesar de todo. Número uno mundial en donaciones y trasplantes de órganos, líderes en voluntariado y cooperación en todo tipo de causas (el 86% de los españoles ha colaborado en una ong), con unos profesionales (UME, sanitarios, bomberos, Guardia Civil…) admirados en todo el mundo y uno de los países más concienciados con la inmigración (a pesar de lo que digan por ahí) y la lucha contra la pobreza en el tercer mundo (mucha ong y aún más misiones). Para que luego digan que la envidia es nuestro pecado nacional (salvo si entramos en twitter).

 


Si quieres hacer reír a Dios...

El cielo ha caído sobre nuestras cabezas (que diría Astérix) más de lo habitual últimamente. Ha generado mucho dolor y sufrimiento y ha agravado la crisis un poco más (otro palo en la rueda). Pero, como siempre hemos hecho, saldremos de ésta. Con nuestro proverbial espíritu de superación y con ese espíritu solidario del que debemos sentirnos orgullosos. Pero también, esperemos, tomando conciencia de lo pequeños e insignificantes que somos frente a los caprichos de la Naturaleza. Asumiendo que toda nuestra ingenua arrogancia, nuestra inteligencia presuntamente superior y nuestra desenfrenada ambición de dominar el planeta poco valen si un temporal de nieve más o menos intenso es capaz de paralizar medio país, un volcán implacable e imparable asola cuanto se abre a su paso sin que podamos hacer nada, salvo huir y rezar, y un bichito desatado nos recuerda que somos (casi) tan frágiles y vulnerables como lo éramos en la Edad Media.

 Pues eso, «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes», nos enseñó Woody Allen

 


viernes, 28 de octubre de 2016

El exorcista. Más allá del terror.


Hace cincuenta años llegó a las librerías de todo el mundo la novela que marcó un antes y un después en la literatura de terror contemporánea. Dos años más tarde se estrenó en Nueva York la película que marcó un antes y un después en el cine de terror moderno. Su título, El Exorcista. Lo curioso es que su autor, William Peter Blatty, siempre la consideró una “novela de fe” vestida de thriller policiaco. Pero ambas, novela y película, fueron mucho más.




El Exorcista comienza con tres sugerentes citas, que son una verdadera declaración de intenciones de lo que Blatty quiso transmitir con su novela: la primera es un pasaje del Nuevo Testamento (Lucas VIII, 27-30) que nos describe un encuentro de Jesús con un hombre poseído («¿Cuál es tu nombre? Contestó él: Legión»); la segunda es un fragmento de una conversación telefónica de la Cosa Nostra, captada por el FBI, en la que dos asesinos comentan entre risas cómo colgaron a William Jackson de un gancho de carnicero; la tercera, una exposición del psiquiatra Dr. Tom Dooley acerca de las atrocidades cometidas en Laos por los comunistas contra sacerdotes, maestros y niños («¿Cómo se tratan los casos como estos?», se pregunta). Las tres citas hablan del Mal, en estado más o menos puro; y la novela nos habla de ese Mal, y de su enfrentamiento con el Bien, desde el punto de vista espiritual (primera cita), policiaco (segunda) y psiquiátrico (tercera), tomando como inspiración un hecho real de posesión ocurrido en 1949 en Mount Rainier, Washington.

Pero lo que en realidad pretende contarnos W. P. Blatty no es una novela de terror, sino, según sus propias palabras, «una parábola del cristianismo, de la eterna lucha entre el bien y el mal; una historia de amor y sacrificio por salvar un alma (…) Una novela de fe en el ropaje popular de una historia de detectives, lleno de suspense; en otras palabras, un sermón en el que nadie se durmiese». E insiste: «Es una novela de fe; no quería dar miedo».
            A pesar de su intención espiritual, no cabe duda de que El Exorcista sí da miedo  —un miedo especialmente aterrador, por lo real de su causa— y que probablemente nadie se haya dormido leyendo el misterioso caso de esta candorosa niña poseída por el Mal absoluto, magníficamente envuelto en una apasionante trama policíaca y aderezado con el drama personal y espiritual de un sacerdote con una fe titubeante. Ingredientes que convirtieron la novela en un best seller mundial desde que viera la luz en el otoño de 1971 (57 semanas seguidas en la lista del New York Times, 17 de ellas como número uno), y que ha aterrorizado a millones de lectores a lo largo de más de 40 años. Curiosamente, hasta El Exorcista, Blatty sólo había escrito novelas y guiones en tono más humorístico que terrorífico; de hecho, comenzó a escribirla tras ganar un premio de 10.000 dólares en un show televisivo de su amigo Groucho Marx, y después de haber colaborado en varias comedias de su también amigo Blake Edwards. Algo que ya nunca volvería a hacer, a su pesar, como confesó más tarde: «La triste realidad es que ya nadie me quiere para escribir comedia. El Exorcista no sólo acabó con esa carrera, también fulminó cualquier recuerdo de su existencia.»

Pero si la novela se convirtió en un mito del terror y precursora de la literatura de exorcismos, la película que se estrenó dos años después no hizo sino acrecentar su leyenda. Y con la plena complicidad de William Peter Blatty, que escribió un oscarizado guión más centrado en lo aterrador que en lo policiaco. El hecho es que, cuatro décadas después de su estreno, El Exorcista sigue siendo considerada la imbatible número uno en el ranking de películas de terror de todos los tiempos, y un verdadero fenómeno sociológico. Las razones que la han convertido en un mito, aparte la magnífica novela de la que nace, son algunas convenientes casualidades y no pocas genialidades cinematográficas. Por ejemplo, siempre se pensó que el rodaje estaba envuelto en una suerte de maldición: se incendió uno de los sets de producción en las primeras semanas, se velaron rollos sin razón aparente, tuvieron lugar una serie de accidentes laborales inexplicables y nueve personas relacionadas con la película fallecieron poco después de su estreno, incluyendo el actor Jack MacGrowan (quien también muere misteriosamente en la ficción). Por si acaso, el director William Friedkin llamó a un sacerdote para bendecir a todo el equipo; y la gran actriz Mercedes McCambridge, que dobló la voz del diablo, acudía a confesarse cada día después del rodaje.

Para lograr el máximo realismo, la habitación de Regan se refrigeró hasta alcanzar una temperatura de 40 grados bajo cero; la actriz Linda Blair, vestida únicamente con un camisón, no podía dejar de moverse ni un minuto para no quedarse congelada. Con el objeto de mantener a sus actores en permanente estado de nerviosismo, William Friedkin les lanzaba petardos sin aviso, los mantenía agotados e incluso llegó a abofetear al sacerdote (no actor) que interpreta al padre Dyer en la escena de la extremaunción del padre Karras (el temblor de sus manos es absolutamente real). Y para acrecentar aún más la sensación de agobio y turbación, entre otros escalofriantes efectos de sonido se utilizaron potentes zumbidos de abejas y gruñidos de cerdos al filo de la matanza. Mención aparte la inquietante e imperecedera banda sonora de Mike Olfield y su Tubular Bells.
Sin embargo, los efectos visuales más espeluznantes de la película, paradójicamente, son los que no se ven. Se trata de imágenes subliminales que duran un instante y apenas captan los ojos pero sí, nítidamente, el cerebro. En concreto, un primer plano del rostro del demonio (sobre fondo negro y sobre fondo blanco), que aparece en dos escenas muy significativas: cuando el padre Karras, en sueños, se cruza con su madre a la salida del metro (al despertar el sacerdote, ella ya ha muerto); y en un momento en que la niña Regan vuelve su mirada hacia el padre Merrin y el padre Karras, justo antes de su célebre giro de cabeza de 360 grados. Si ven la película en casa, un consejo: eviten la tentación de detener la imagen en esos dos instantes. Dormirán mejor.


El conjunto funcionó, ciertamente, porque la película provocó en su estreno abundantes escenas de histeria en muchas salas de cine, incluyendo gritos, desmayos y crisis de ansiedad. Un efecto que tal vez no persiguiera William Peter Blatty al escribir su novela (y el guión), pero que ha convertido El Exorcista en un mito del terror. Un fenómeno cinematográfico y sociológico que aún hoy, cuatro décadas después, continúa generando secuelas, imitaciones, estudios y tratados de lo más diverso. Y, de paso, mantiene vigente la eterna cuestión de la existencia o no del demonio. O, dicho de otro modo, en palabras de su autor: «Si hay demonios, ¿por qué no ángeles? ¿Por qué no Dios?». Así sea.