«El
mar te pone en tu sitio. Al océano no le importa que tú estés ahí. Él hará
siempre lo que tenga que hacer.» Esta reflexión se la escuché al escritor Don
Winslow hace unos años, en un encuentro con sus lectores. El autor
de El poder del perro, El cártel y La frontera, además de gran
experto en el submundo del narcotráfico, es un consumado surfer y, como tal,
muy consciente de la grandiosidad del océano, de su poder ilimitado, y de lo
insignificantes que somos los humanos cuando estamos en sus dominios, ya
sea sobre una tabla de surf o en el más colosal transatlántico. Apenas una gota
de agua, apenas una mota de sal.
El
sabio pensamiento de Winslow vale tanto para el océano como para la Naturaleza
en general, especialmente en cualquiera de sus variantes catastróficas:
inundaciones, tsunami, terremoto, sequía, diluvio, nevada, incendio, pandemia…
o esta inédita, traicionera y descomunal erupción que está asolando La
Palma y que nos ha recordado, una vez más, nuestra pequeñez frente al
poderío incontrolable de la Naturaleza. La misma Naturaleza que exprimimos sin
compasión ni previsión, la misma que pretendemos –ingenuamente- tener
perfectamente amaestrada. Hasta que se cabrea.
«La
proporción entre la obra humana y la naturaleza es la misma que media entre el
hombre y Dios». Otro sabio pensamiento, que nos dejó Leonardo da
Vinci (un humano que nunca se rindió ante las limitaciones humanas) y
que resume certeramente los efectos devastadores, en muchos sentidos, de estas
imprevisibles calamidades que nos han asolado últimamente (en un país, por
cierto, poco habituado a las calamidades devastadoras, salvo las inundaciones y
los incendios anuales), pero que también nos sirven para mirarnos un
poco por dentro y obligarnos a reflexionar.
La
primera reflexión es, precisamente, lo pequeños que somos frente al poder y la
imprevisibilidad de la Naturaleza. Simples hormiguitas indefensas. Por si
alguno (que los hay) seguía creyéndose el ombligo del Universo, el maldito
bicho y la inesperada erupción le han tenido que derribar de un plumazo los
pilares de su ego y arrasar su desfasada idea de que el Hombre es Dios. No
importa lo que hagamos, lo que inventemos, lo que construyamos, lo que tratemos
de prever para protegernos, para sentirnos fuertes y seguros: la
Naturaleza -o Dios, según cada cual- nos volverá a poner siempre en nuestro
sitio, en nuestra verdadera dimensión. Hormiguitas, repito. Con alma,
con razón, con enormes capacidades para crear, inventar, sentir y hacer muchas
cosas buenas -y también malas- pero hormiguitas al fin y al cabo. Ladrillos en
el muro, que diría Pink Floyd.
Somos gente solidaria
Hay
una segunda reflexión importante: que, salvo las excepciones de turno (gente
mala por naturaleza) y los aprovechados de rigor (periodistas y políticos a la
cabeza) somos gente bastante solidaria. Lo demostramos en los días
peores de la pandemia, en los que cada hogar era un taller de confección de
EPIs, una cocina industrial, una fábrica de ánimos virtuales o una academia de
creatividad multidisciplinar; lo mismo que miles de empresas -grandes, medianas
y pequeñas- que además estar pasando lo suyo no dudaron un segundo en
remangarse y sacar su lado más altruista, colaborativo y ejemplar (repartiendo
zapatillas, regalando alimentos, facilitando transporte, fabricando material
esencial…). Lo demostramos nuevamente durante la gran nevada que asoló el
centro de España, poniendo los todoterrenos particulares a disposición de
enfermos y sanitarios, liberando calles vecinales a base de pico y pala o
simplemente llevando la compra a las personas mayores para que no se jugaran la
vida en esas pistas de patinaje que unos días antes eran aceras. Lo
demostramos en cada incendio incontrolable, en cada inundación salvaje, en cada
catástrofe ferroviaria o terrorista, en cada desgracia humana, individual o
colectiva.
Sí.
Tenemos nuestros defectos, pero somos un país bastante solidario, a pesar de
todo. Número uno mundial en donaciones y trasplantes de órganos,
líderes en voluntariado y cooperación en todo tipo de causas (el 86% de los
españoles ha colaborado en una ong), con unos profesionales (UME, sanitarios,
bomberos, Guardia Civil…) admirados en todo el mundo y uno de los países más
concienciados con la inmigración (a pesar de lo que digan por ahí) y la
lucha contra la pobreza en el tercer mundo (mucha ong y aún más
misiones). Para que luego digan que la envidia es nuestro pecado nacional
(salvo si entramos en twitter).
Si quieres hacer reír a Dios...
El
cielo ha caído sobre nuestras cabezas (que diría Astérix) más de lo
habitual últimamente. Ha generado mucho dolor y sufrimiento y ha agravado la
crisis un poco más (otro palo en la rueda). Pero, como siempre hemos
hecho, saldremos de ésta. Con nuestro proverbial espíritu de
superación y con ese espíritu solidario del que debemos sentirnos
orgullosos. Pero también, esperemos, tomando conciencia de lo
pequeños e insignificantes que somos frente a los caprichos de la Naturaleza.
Asumiendo que toda nuestra ingenua arrogancia, nuestra inteligencia
presuntamente superior y nuestra desenfrenada ambición de dominar el planeta
poco valen si un temporal de nieve más o menos intenso es capaz de paralizar
medio país, un volcán implacable e imparable asola cuanto se abre a su paso sin
que podamos hacer nada, salvo huir y rezar, y un bichito desatado nos recuerda
que somos (casi) tan frágiles y vulnerables como lo éramos en la Edad Media.
Pues
eso, «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes», nos enseñó Woody
Allen.
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