martes, 27 de febrero de 2018

Felicidad también rima con enfermedad


Dice Anne-Dauphine Julliand que si hay algo universal es la infancia. Es lo que fuimos todos, en algún tiempo más o menos lejano. Es lo que muchos olvidan en alguna cuneta perdida del camino hacia la racionalidad (lo que quiera que signifique eso de racionalidad). Y es lo que algunos, no sé si pocos o muchos, nos resistimos a perder, a olvidar, a superar. Con uñas y dientes. Todos empezamos siendo niños, lo que significa que todos hemos conocido de primera mano el valor del presente, de la amistad compartida, del juego, de la despreocupación, de la sinceridad sin filtros. El valor del TIEMPO. «Insensato es el hombre, pues permite que se escape el tiempo, siendo éste irreparable», nos dejó escrito Séneca. No sé si por “hombre” se refería el filósofo cordobés al ser humano en genérico, pero me gustaría pensar que estaba diferenciando entre “hombre” y “niño”. Porque es precisamente el niño quien no permite que se escape su tiempo. Conoce su valor, y aprovecha cada instante; a su modo, claro, pero cada instante.

Es justo lo que hacen los niños que protagonizan la película/documental de Anne-Dauphine Julliand. Aprovechar cada momento de su vida, aunque sus vidas no sean siempre fáciles y aunque esas vidas estén condenadas de antemano a ser breves. O precisamente por ello. Ambre, Camille, Charles, Imad y Tugdual padecen enfermedades -graves, raras, terminales- que sin embargo no les impiden llevar una vida de niño “normal” (y lo de normales es un decir, porque son extraordinariamente fuertes y vivos). Juegan, se pelean, ríen, cuentan chistes, bailan, actúan, intercambian confidencias, hacen amigos… y los añoran cuando se van.  


A pesar de llevar esas losas con nombres terroríficos como “hipertensión arterial pulmonar”, “epidermólisis bullosa” o “tumor neuroblastoma”, a pesar de tener un hospital como hogar, a pesar de las doce horas de diálisis, o de la quimio, a pesar de los  momentos de bajón, de tantas preguntas sin respuesta, del llanto y la impotencia que a veces se asoma sin avisar, a pesar del dolor insoportable estar enfermos no les impide ser felices. No les impide disfrutar de sus vidas. De la amistad. De la familia. Del amor (“el amor es más fuerte que la muerte” recita Camille en su ensayo de teatro). Del hoy y el ahora. Que en realidad es la vida. «Es lo que hay», asumen los niños. «Toca vivir con ello», dicen. Pero no lo dicen con resignación, ni con tristeza, ni con reproche. Lo dicen… porque es lo que hay. Y punto. Y a partir de ahí, la vida. Como la de cualquier otro niño. De hecho, la expresión que más se repite a lo largo de la película es “Hakuna matata”. Ahí queda todo dicho.


Esa es la gran lección que nos muestra Anne-Dauphine Julliand, con extraordinaria sensibilidad, con una mirada sincera y cercana –de niño-, sin caer en el drama fácil. Y razones no le habrían faltado, desde luego. El día que su hija Thaïs cumplió dos años, los médicos le diagnosticaron una enfermedad degenerativa genética cuyo nombre oficial es leucodistrofia metacromática. No había cura posible, y la pequeña estaba condenada a morir al cabo de unos meses o quizá en unos pocos años; y previamente iría perdiendo todas sus capacidades, todo lo que había aprendido desde que nació, hacía tan solo dos años (andar, hablar, sentarse, oír, ver, moverse, comer). 

Una vez sobrepuestos del tsunami emocional –del llanto, de la impotencia, de la rabia- Anne-Dauphine y su marido tomaron una decisión: luchar. Anne- Dauphine se prometió a sí misma: «Si no puedo añadir días a su vida, sí puedo añadir vida a sus días, a cada día que formará parte de su corta vida». Y eso hizo. Thaïs murió con «tres años y tres cuartos». Y Anne-Dauphine cumplió su promesa: tuvo una vida bonita, feliz, mientras vivió. Simplemente porque desde aquel día de su segundo cumpleaños, hasta el mismo instante de su muerte nunca le faltó amor. Una historia que se repitió años después, punto por punto, con su hija Azylis. La misma enfermedad, la misma lucha, la misma fortaleza, el mismo amor. Y la misma pérdida, hace ahora doce meses.

Por eso este documental sabe de lo que habla. Sabe qué cuenta y quién lo cuenta. Lo importante es que nosotros, adultos, asumamos también el reto. La directora nos recuerda que esta película hay que verla con el corazón bien abierto. Y con la memoria bien abierta. Recuperar el niño que fuimos, el que aún somos, aunque a menudo nos cueste admitirlo, aunque a veces, incluso, reneguemos de ello. «El tiempo es un ladrón que se lleva a los niños». Bueno, ir al cine a ver Ganar al viento es una maravillosa manera de recuperar lo robado.

Y por terminar con otra frase sabia y necesaria, que viene muy a cuento: «El ayer es historia, el mañana es un misterio, pero el día de hoy es un regalo. Por eso se llama "presente"». No es de Séneca, es del Maestro Shifu. Sí, el de  Kung Fu Panda. 

Por cierto, parte importante del mensaje de esta obra se condensa magistralmente en los tres minutos de esta preciosa canción de Renaud. Mistral Gagnant. Un precioso canto a las cosas pequeñas de la vida, que son las más grandes. 



PS. La historia de Anne-Dauphine Julliand y su hija Thaïs es uno de los capítulos más emotivos, conmovedores e impactantes del segundo libro de Lo Que De Verdad Importa, que tuve el honor de escribir para la Fundación. En esta foto, con Anne-Dauphine en la presentación.


Este post fue publicado originalmente en CinemaNet


martes, 6 de febrero de 2018

El milagro (real) de Anne Sullivan y Helen Keller


Hasta que Anne llegó a su vida, Helen no era más que un ser con apariencia de niña incapaz de comunicarse con el mundo exterior, de sentir, de entender. Ciega y sordomuda, asilvestrada e impredecible, consentida por su madre y repudiada por su padre, sólo en Anne halló Helen sentido a su existencia. Anne no se compadeció de ella, luchó por ella (y a veces contra ella) con tesón, paciencia y generosidad más allá de cualquier límite. Y, sobre todo, con fe inquebrantable. El ángel guardián y el alma perdida que trata de abrirse al mundo; la puerta serán las palabras, y el amor. "El milagro de Ana Sullivan" es una película dura y hermosa sobre el aprendizaje, la soledad compartida y la ceguera, no sólo física. La historia real de Anne y Helen va todavía más allá. Mucho más allá.

La historia empieza en 1882, pocos meses después del nacimiento de Helen Keller. Postrada en su cuna, víctima de una infección febril, el bebé no reacciona a los estímulos de su madre. Es cuando ésta se da cuenta, horrorizada, de que su hija no es normal. Su grito desgarrador no será sino el preludio de una vida presidida por la culpa, el infortunio y la desesperanza.
Helen crece y se convierte en una niña asilvestrada, aparentemente incapaz de relacionarse con el mundo que la rodea; caprichosa y tiránica con su madre, que no puede soportar que sufra y cae en la trampa de la sobreprotección (probablemente motivada por un doloroso sentimiento de culpa); para su padre (el ‘Capitán’), sin embargo, es un ser salvaje que debería vivir con las gallinas.


Pero la niña sí quiere comunicarse con el mundo, siente una necesidad casi dolorosa de entender la realidad, de conocer, de contactar; y siente también la rabia de la impotencia, quizá no tanto por no poder hacerse entender sino, sobre todo, por no ser comprendida por su propia familia. En una escena de la película absolutamente conmovedora y reveladora, Helen, en plena pataleta, arranca violentamente un botón de la camisa de su tía; nadie sabe por qué (nadie se pregunta siquiera para qué), hasta que su madre comprende lo que le ocurre: simplemente necesita los botones para coserlos en el rostro de su muñeca, ¡porque quiere que tenga ojos!


“El mayor consuelo en la desgracia es encontrar corazones compasivos”, sentenció el comediógrafo griego Menandro. Pero Helen no necesita compasión, ni sobreprotección, ni la vida consentida y vacía (ciega) que le ofrece su familia; y a ello está condenada de por vida, pues todos han tirado la toalla. No, lo que Helen necesita no es un corazón compasivo, sino un corazón luchador; un corazón valeroso que no se rinda, que no la abandone, que la saque de ese pozo de silencio y oscuridad, de incomunicación e incomprensión en que la ha sumido la desgracia… y en el que la mantienen sus propios padres. Un corazón abnegado que crea en ella, luche por ella, dé su vida por ella. “A veces creemos que lo que necesitamos es compasión, cuando lo único que nos hace falta es fe”. 

Y es cuando llega a su vida Anne Sullivan. Un alma curtida por el sufrimiento (ella también perdió la visión de niña, fue abandonada por su madre y aún no se ha recuperado de la muerte dolorosa de su hermano), que va en busca de su propia redención. Y la encuentra a través de Helen. Aunque la niña no la acepta desde el primer momento, incluso la rechaza con violencia (sabe que ha venido a alterar su vida consentida),  Anne no se arredra: sabe perfectamente lo que tiene enfrente y sabe también lo que tiene que hacer. El aprendizaje es duro, para ambas. Requiere gigantescas dosis de paciencia, tesón, coraje; y también de fuerza, física y moral; y de cariño, y de convencimiento, y de compromiso. Y, por encima de todo, de amor.
Las batallas entre Anne y Helen se suceden una tras otra. Crucial es la que tienen lugar en el comedor. Helen no se sienta a la mesa, ni utiliza los cubiertos para comer, se pasea libremente y coge lo que quiere con las manos. Anne no lo puede aceptar y echa a la familia del comedor. A solas con la niña malcriada, comienza una lucha titánica (y violenta) entre la desobediencia y la paciencia, entre el despotismo y el amor. Al final, la maestra vence: «¡Ha comido de su propio plato! Y además con cuchara. Ella sola. Y ha doblado su servilleta. El comedor está en ruinas pero ha doblado su servilleta». Es sólo una pequeña victoria. La guerra no ha hecho más que empezar.

Lo importante, sin embargo, es que Helen y Anne han encontrado un camino para comunicarse, a través del contacto físico: el lenguaje de los signos sobre la palma de su mano. Poco a poco ambas se van acercando, venciendo la desconfianza de la familia; Anne sabe que lo puede conseguir, aunque Helen parezca no querer («Esa cabecita se está muriendo por saber. Y tengo que aprovechar ese afán de saber»); sus padres y su hermano dudan, se compadecen, menoscaban sus logros. Anne les recuerda que «la obediencia sin comprensión también es ceguera». Pero se acaba el tiempo y la familia de Helen finalmente decide prescindir de la maestra. Y es en ese preciso momento, en el instante de la despedida, cuando se produce el milagro: por primera vez Helen descubre la conexión entre los objetos y los signos; eufórica, corretea por el jardín tocándolo todo, conociendo sus nombres, maravillada ante una realidad que antes se le negaba y ahora por fin entiende: el agua que emana de la fuente, la tierra, el árbol, el escalón, la campana… madre… papá… maestra.


Hasta aquí la película. Una maravillosa obra maestra que Arthur Penn dirigió en 1962 con pulso dramático, gran belleza y un realismo nada edulcorado; y en la que Anne Bancroft y la desconocida Patty Duke, soberbias, inmensas, llevaron a sus personajes más allá de la mera interpretación (ambas ganaron el Oscar). Pero la realidad de la historia entre Anne y Helen no terminó con el The End de “El milagro de Ana Sullivan” (The Miracle Worker). Fue, más bien, el principio de una hermosa relación de amistad, solidaridad y generosidad que duró más de tres décadas.
En los años siguientes Helen continuó sus estudios en diferentes instituciones para sordos, siempre acompañada por su amiga y maestra. Aprendió a hablar, a leer y a escribir, llegó a la universidad y, tras cuatro años de duro trabajo (por parte de ambas), en 1904 se graduó con mención cum laude en Radcliffe College, siendo la primera persona sorda y ciega en conseguirlo. Y aún le dio tiempo a escribir en braille su primer libro: “La historia de mi vida”.





Siguiendo su vocación pedagógica y la necesidad de compartir sus experiencias para ayudar a personas con problemas similares, Anne y Helen comenzaron a recorrer el país contando su historia en charlas y conferencias, mostrando los logros que el tesón, la fe y el cariño podían conseguir; al mismo tiempo Helen continuaba escribiendo libros y recaudando fondos para la Fundación Americana de Ciegos y se involucraba en campañas para mejorar las condiciones de vida de las personas ciegas, que en aquellos tiempos oscuros eran rechazadas por la sociedad —y por sus propias familias— y abandonadas a su suerte en asilos poco recomendables. 
Entregadas a la causa de los ciegos y los sordomudos, como educadoras y defensoras,  transcurrieron las vidas de Helen y Anne durante tres décadas. Hasta que en 1934 fue la propia Anne quien se quedó definitivamente ciega (un problema que arrastraba desde su infancia) y la dedicación de Helen tuvo que centrarse en cuidar a su antaño maestra, del mismo modo que ésta había cuidado de su pupila durante más de cuarenta años. Anne Sullivan murió dos años después, y Helen continuó su misión sin desmayo año tras año, década tras década, hasta su muerte, en 1968. Tenía 87 años.


Poco antes de su muerte, Helen Keller confesó a un amigo: «En estos oscuros y silenciosos años, Dios ha estado utilizando mi vida para un propósito que no conozco, pero un día lo entenderé y entonces estaré satisfecha». Para todos los que hemos conocido su historia y la de Anne, hemos admirado su tesón, su fe, y hemos aprendido la gran lección de su entrega incondicional a los demás, ese propósito divino es tan nítido y cristalino como aquella primera palabra que Helen comprendió muchos años atrás, y  dio la vuelta a su destino: «agua».



lunes, 18 de diciembre de 2017

Plata, plomo y perdón. La historia de redención del hijo de Pablo Escobar.



Estoy mano a mano con Juan Pablo Escobar, en la presentación del congreso de valores de la Fundación Lo Que De Verdad Importa. Ha terminado la rueda de prensa “oficial” y ambos charlamos sobre algunos de los temas que va a detallar el viernes en su ponencia. Básicamente, el hijo del narco que no quiso ser narco, pero que nunca dejó de ser hijo. Y cómo esa decisión marcó sus siguientes veinticuatro años de vida. Hablamos de muerte y de violencia y de dinero —mucho dinero— y de corrupción y de criminales y de gobiernos y de la DEA. Hablamos de perdón. Y hablamos de narco series, un peligro real, endémico, mortalmente viral en su país, donde la inmensa mayoría de los jóvenes ensalzan como héroes a los narcotraficantes, ven los crímenes como gestas y a Pablo Escobar lo perciben como una suerte de Robin Hood latino, liberador de los oprimidos y azote de gobiernos corruptos. «Recibo cientos de cartas, emails, fotografías de jóvenes que me cuentan cuánto admiran a mi padre; jóvenes cuya única ambición en la vida es seguir sus pasos, emular sus hazañas. Ya no quieren ser deportistas, artistas o destacados profesionales, sólo narcos o sicarios». 

Juan Pablo me muestra una foto en su móvil: una espalda ancha y poderosa completamente tatuada con un retrato de Pablo Escobar y escenas de la serie Narcos. Da miedo. Este es el gran peligro, me dice, la pura y triste realidad en muchos países del entorno. Esa irresponsable banalización/glorificación de la violencia narcoterrorista, una violencia que él conoce muy bien desde niño. Y sabe de lo que es capaz. Por eso, la misión que Juan Pablo se ha impuesto a sí mismo es combatir esa plaga con las mejores armas de que dispone: su vida y su mensaje de paz y reconciliación. Una batalla que dura ya veinticuatro años, veinticuatro temporadas, y cuyo último capítulo parece aún muy lejano.  





Pablo Escobar 2.0

La vida de Juan Pablo es un milagro. Nació con todas las papeletas para ser un capo de la droga en su país. El lógico relevo generacional de Pablo Escobar. Pero el hecho es que está en el extremo contrario del tablero, negando con todas sus fuerzas la vida de violencia y maldad que vivió su padre. Si lo quisiera, tendría las puertas de ese mundo del crimen abiertas de par en par. Pero Juan Pablo eligió el camino difícil, prefirió ir en contra de su historia, de su apellido, de su destino. Eligió dormir cada noche con la conciencia tranquila. Renegó de todo el poder, la fortuna y el éxito que la vida le había servido en bandeja de oro con brillantes. «Algunos consideran el de mi padre un caso de éxito. Yo no, desde luego. Era uno de los hombres más ricos del mundo pero vivió como uno de los más pobres. Tenía un inmenso poder, pero carecía de libertad.»

El mensaje que transmite Juan Pablo no es de violencia sino de paz, no es de odio y miedo sino de amor y reconciliación. Razones poderosas para no haberse convertido en el Pablo Escobar 2.0 que muchos estaban esperando y otros tantos estaban temiendo. Juan Pablo no quería ser Escobar. Ni siquiera quería ser Pablo. Así que cambió su nombre por Sebastián y su apellido por Marroquín. «Nos aferramos a los apellidos en lugar de a las personas». Pero no somos el nombre que utilizamos, prosigue Juan Pablo/Sebastián, somos nuestros actos, somos nuestras palabras. Y sus consecuencias. Aunque no todos lo entienden así: las líneas aéreas, por ejemplo, no le vendían billetes por ser quien era; le perseguían los enemigos de su padre, la justicia le vigilaba y la única opción para escapar de todo aquello fue cambiar su nombre.

Aquel cambio de identidad, sin embargo, no implicó renunciar a su parentesco ni al amor de su padre. Para él un amor irrenunciable, innegociable, que pese a todo no le ha impedido reconocer el dolor y la violencia que ese padre causó en su país.

Pablo Escobar nació en una familia pobre, como la mayoría de los colombianos. En aquella época las dos facciones políticas, liberales y conservadores, literalmente se batían a machetazos. Y en medio de esta lucha se encontraban miles de familias de campesinos como la de Pablo Escobar, que se vieron obligadas a abandonar sus tierras para huir de esa violencia. La familia Escobar se asentó en La Paz, un barrio humilde a las afueras de Medellín, y allí Pablo se transformó en un hombre ambicioso. A los veintitrés años prometió a sus amigos que si a los treinta no tenía un millón de dólares se mataría. Sus amigos le rieron la bravuconada, pero antes de cumplir los treinta Pablo había depositado en el banco una cifra muy superior.

Empezó el negocio viajando en un pequeño Renault 4 a Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, para comprar la planta de coca que posteriormente era transformada en cocaína en sus pequeños laboratorios. Luego trasladaba la droga a Estados Unidos utilizando cualquier medio disponible, y contando con la inestimable ayuda de la corrupción en todos los pasos del proceso. «Si bien nuestros narcos son muy ricos, en realidad son los más pobres de toda la cadena de la droga. Existe una gran corrupción, no solo en la venta de la droga, también en la venta de armas para que los colombianos se maten unos a otros en esa lucha por el poder que propone la prohibición.», denuncia Juan Pablo.


Los cinco minutos de disfrute

Aquella infancia de carencias siempre estuvo presente en los recuerdos de Escobar. Enseñó a su hijo que debía agradecer todo lo que tenía, la ropa, los juguetes, la pasta de dientes… porque él nunca tuvo nada de eso. También se aseguraba de que Juan Pablo conociera los lugares más humildes de Colombia para que tuviera conciencia de la pobreza extrema en la que vivían muchos de sus compatriotas. «Paradójicamente, mi padre me inculcó que tenía que estudiar, que tenía que trabajar, que debía tener valores, muy a pesar de que él no los ponía en práctica fuera de casa. Yo crecí en un hogar en el que jamás faltó el amor. A pesar de la clandestinidad en la que vivía, él estaba muy pendiente de nosotros. Incluso había grabado casetes con su voz, contándonos cuentos para mi hermana y para mí».

En 1984, cuando Juan Pablo tenía siete años, su padre tomó una de las peores decisiones de su vida: mandar asesinar al ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Ello supuso el exilio de la familia en Panamá, que Juan Pablo recuerda como una vida de bandidos, siempre escondidos. «Mi padre tenía tantas órdenes de captura que no podía permanecer mucho tiempo en las fiestas y celebraciones. Pero la realidad es que nunca nos despegamos de ese amor hacia el padre, hacia la familia, y lo cierto es que ese amor también nos ha ayudado a sobrevivir  y a ser las personas que somos hoy.» Fue una época difícil. Tenían muchos coches, casas, fincas, un zoo, todo lo que podían soñar, pero era imposible disfrutar nada de aquello. Es lo que Juan Pablo llama “los cinco minutos de disfrute”, que las narco series han tomado como referencia «y los han transformado en ochenta capítulos de gran vida que mi padre nunca disfrutó.» La Hacienda Nápoles era el mayor símbolo de ostentación, de poder y de riqueza de Escobar: tres mil hectáreas, veintisiete lagos artificiales, aeropuerto, helipuertos, diez casas, más de cien vehículos, helicópteros, aviones. Hoy es una ruina, como todas las demás fastuosas propiedades de Pablo Escobar. «¿Para qué una mansión, si no hay nadie que nos esté esperando? ¿Para qué toda esa riqueza si por su causa perdimos toda la libertad?»

Y, en paralelo a la ostentación absurda y sin límite, el lado solidario del narco. Creó el programa “Medellín sin tugurios” para ayudar a miles de familias pobres. Recaudó fondos y donó grandes sumas de dinero para reconstruir todo un barrio destruido por el fuego, que fue rebautizado con el nombre de Pablo Escobar. «Pero no nos debemos confundir, porque esto no hace a mi padre un buen hombre, ni alguien digno de imitar. El dinero que utilizó para ayudar a todas estas personas llevaba detrás muchísima sangre, muchísimo dolor y muchísima violencia. Aquellos actos no le convertían en Robin Hood.»


En 1988, Pablo Escobar y el cártel de Cali estaban envueltos en una guerra sin reglas, sin piedad, sin límites. La noche del 13 de enero, el piso en el que dormían Juan Pablo, su madre y su hermana pequeña voló por los aires. Milagrosamente los tres salieron ilesos, pero aquella fecha marcó el inicio de la era narcoterrorista. «Los pocos valores que a mi padre le quedaban este atentado terminó por arrancárselos definitivamente». Ordenó la explosión de más de doscientas bombas por todo el país, contra objetivos del cártel de Cali, pero también de manera indiscriminada en calles y lugares públicos. «Miles de veces mi madre y yo le pedimos que parara el terrorismo, que la solución no era más violencia. Que el hecho de que me hayan puesto a mí una bomba no me da autoridad para salir a ponerle bombas a nadie». Pero su padre nunca fue de escuchar opiniones contrarias, y se amparaba en el atentado a su familia para justificar sus actos.

Pusieron precio a su cabeza, veinte millones de dólares. Y a la cabeza de Juan Pablo, cuatro millones. Se vieron obligados a vivir escondidos, agazapados. Aterrorizados. Tenían millones de dólares en efectivo en la casa, pero todo ese dinero no les servía para ir a la tienda de la esquina y comprarse un trozo de pan, cuando en realidad podían haberse comprado toda la comida de la ciudad. Habían perdido su libertad. «¿Y para qué? Siempre me pregunte cuál era el sentido de todo aquello, si lo único que traían esos millones era dolor, desolación y problemas».



Entre el papá y el bandido

«Yo conocí a estas dos personas. Fue uno de los bandidos más duros pero también fue un papá muy tierno, fue siempre cariñoso conmigo y me dio buenos consejos». Es la gran contradicción que definió al hombre que generó tanto daño, que engendró tanta maldad, y que fue también capaz de dar tanto amor a su familia; el terrorista, el secuestrador, el asesino, el narcotraficante… y el padre, el esposo. Cuando Juan Pablo tenía apenas siete años, tras el asesinato del ministro de Justicia, su padre le confesó: «Hijo, yo soy un bandido y eso es a lo que me dedico», y desde entonces no tuvo problema en ver las noticias con su hijo y señalarle aquellos crímenes en los que él sí había participado o tuvo alguna responsabilidad. Prefería confesarle sus crímenes a que se enterara por la prensa, que muchas veces estaba plagada de mentiras y exageraciones.

«Yo me crie con los peores bandidos de Colombia; con ellos crecí y con ellos compartí la vida hasta los dieciséis años. Y un día les pregunté qué era lo que mejor habían aprendido de Pablo Escobar y la respuesta fue: “Lo mejor que le hemos aprendido al patrón es lo buen papá que es contigo”. Y esto tiene mucho que ver con el amor a la familia, y cómo ese amor puede transformarnos para bien en un momento en el que todo podría parecer que nos vamos a salir del camino». La gran diferencia entre la familia Escobar y las familias de los demás bandidos tiene que ver con la presencia o la ausencia de amor. Aquellos hombres estuvieron desde niños vinculados de alguna manera con la violencia, que veían y experimentaban a diario en sus familias. Un caldo de cultivo ideal para un patrón que les ofrecía armas y dinero, impunidad y poder.


Otra de las aparentes contradicciones del Escobar padre y el Escobar bandido fue el consumo de droga. Pablo fumaba marihuana, pero nunca delante de su hijo o de su esposa. Por puro respeto. Y porque su labor era inculcar a su hijo los valores de los que él carecía. “Hijo, valiente es aquel que NO la consume”, le decía el hombre responsable del ochenta por ciento del mercado de las drogas en aquellos años. Le explicó los efectos de la marihuana, de la cocaína, del LSD, y le insistía: “Un día tus amigos te van a invitar a que la consumas y te van a decir no seas cobarde porque no te atreves a probar… Pero recuerda, el auténtico valiente es el que no la prueba, es el que no la consume.” Juan Pablo, sin duda, era el niño más expuesto de Colombia a las drogas; todos sus guardaespaldas consumían, y sus amigos también. «Es ahí donde yo defiendo el auténtico valor y el poder de la educación; el arma más poderosa para enfrentarse a las drogas no son las ametralladoras ni los helicópteros, es la educación.»


El perdón es una herramienta de liberación

En el documental “Pecados de mi padre” tienen especial protagonismo los hijos de Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla, los políticos asesinados por sicarios de Escobar porque no se doblegaron ante las amenazas y no se corrompieron ante el dinero (“plata o plomo”). Juan Pablo quiso acercarse a ellos para pedirles su perdón. Pero ¿cómo te acercas a una víctima de tu padre? ¿Qué le dices, cuando el simple hecho de desearle buenos días puede considerarlo una ofensa? En ello lleva Juan Pablo muchos años y, afortunadamente, hasta ahora no ha tenido ningún rechazo, ni un reproche. Quizá tenga que ver con el proceso de paz que está viviendo Colombia, con el hartazgo frente a esa violencia de décadas y decenas de miles de muertes. Justamente, afirma Juan Pablo, son las víctimas de la violencia, las que más dolor han sufrido en esta guerra, quienes están más abiertas y predispuestas al perdón y a la reconciliación; a menudo mucho más que las personas que no han sufrido esa violencia, pero están llenas de odio y rencor. Pero la paz en Colombia nunca se logrará sin manos tendidas, sin brazos abiertos, sin corazones predispuestos. Como los de los hijos de Galán y Lara Bonilla, que acogieron al hijo del asesino de sus padres con las manos tendidas, los brazos abiertos y el corazón plenamente predispuesto al perdón y a la reconciliación.

A ellos Juan Pablo escribió una carta desde su propio corazón, que fue el principio de una relación que hoy perdura: «Diariamente me despierto en busca de la paz porque lo que aprendí de esta historia es que no creo que la violencia sea el camino o la excusa para nadie. Ninguno de nosotros pudo elegir a su padre, ni a su familia ni su apellido, simplemente nacimos y nos adaptamos a las circunstancias, al medio que nos rodeaba. Nuestro absoluto silencio en quince años de exilio no es más que un reflejo innato de prudencia y respeto por el país, pero el silencio absoluto nos mata a todos lentamente. Afectuosamente, Sebastián Marroquín». El encuentro se produjo en 2008. Fue un gesto valiente y noble por ambas partes. Y la constatación de que perdonar es posible.



En esa asignatura tuvo Juan Pablo la mejor maestra. «Mi madre fue mi gran maestra del perdón. Ella me enseñó que es posible perdonar, que es posible pedir perdón, que es posible sentir compasión por los demás y que se pueden sacar cosas muy positivas de todo ello». El perdón es una herramienta de liberación. «Mi madre tuvo un papel muy importante en la toma de conciencia de esas realidades, como familia y como país. La recuerdo pidiendo a mi padre que cesara la violencia, que encontrara una salida pacífica; y yo me sumé a esa voz de mi madre, que estaba sola». Eso es lo que salvó al resto de la familia, tras la muerte del patrón, el 2 de diciembre de 1993. «A  mi madre, en una reunión con cincuenta jefes mafiosos, se le dijo: “No se preocupe señora, a usted no le va a pasar nada, porque usted siempre le pidió paz a su marido y por eso está aquí, para hacer la paz con nosotros; pero a su hijo si se lo vamos a matar”. Mi madre dejó como garantía su vida ante todos esos jefes mafiosos porque yo me comportaría a la altura de las circunstancias. Y se tomaron muy en serio la oferta y por eso me dejaron vivir». Les condenaron a ser pobres, pero con la posibilidad de reinventarse. Una oportunidad que, desde luego, Juan Pablo no desaprovechó. Existen muy pocos narcos jubilados, para ellos solo hay dos caminos: la cárcel o la muerte. Juan Pablo siempre prefirió el camino del esfuerzo, el camino de la educación, de los estudios (es arquitecto), que paradójicamente es el que su padre le inculcó. Y es el que él intenta inculcar a miles de jóvenes a través de sus libros, sus conferencias y su testimonio de vida.


Una historia para no repetir

“A mi hijo Juan Emilio y a la humanidad, ante quienes me comprometo a permanecer como hombre de paz, para no dejarles un legado como el que heredé de mi padre… para que su historia no se vuelva a repetir”


Es la inequívoca dedicatoria de su segundo libro, Pablo Escobar. Lo que mi padre nunca me contó. Un deseo que él cree posible, y que la realidad aún se empeña en negarle. Pero hay un atisbo de esperanza. «Hace cincuenta años que vivimos en una guerra fratricida y nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, los colombianos. Pero estamos aprendiendo a ejercitarnos en el camino de la paz, que es un camino completamente desconocido para nosotros. Hay que perseguir la paz por imperfecta que sea, por cara que parezca.» Su único deseo es no dejar a su hijo el mismo legado de violencia y prejuicios que a él le tocó. Amenazado por el Cali, por el gobierno, por EEUU; rechazado por los bancos, que no le permitían disponer de cuenta corriente por su apellido… «Fue muy duro superar aquello, reconstruir mi vida y tener una vida ‘normal’. Me tocó vivir rodeado por tanta violencia —un día cayó una granada a sus pies, en el coche; y si no hubiera estado la ventana abierta habrían volado por los aires—, pero la mayor violencia que ha quedado es la del prejuicio, la del rechazo, la de la etiqueta: si eres el hijo de Pablo Escobar entonces eres peor que él, o eres más bandido que él. Y esa es mi batalla, a pesar de que llevo toda mi vida luchando por lo contrario, la paz y no la guerra». Hoy vive exiliado en Buenos Aires. Le tocó pagar por los crímenes de su padre, una responsabilidad que no le correspondía.

Por eso, precisamente, quiere dejar a su hijo con el suficiente amor hacia su abuelo, pero también dejarle muy claro quién fue Pablo Escobar, para que cuando le llegue la hora de elegir tenga la capacidad suficiente para escoger un camino diferente al de Pablo Escobar. «Mi gran reto es enseñarle a querer al abuelo pero no al mafioso. Que sea un gran conocedor de la historia de mi padre, de lo bueno y de lo malo, para que nunca llegue a repetirla.»

Hay quienes están orgullosos de que Juan Pablo no sea narco y hay quienes le quieren matar por no ser narco. Es la realidad de su vida desde hace dos décadas. Pero nadie muere en la víspera. O, como dicen en México, “Si te toca, ni aunque te quites”. Así que Juan Pablo vive el presente como única realidad. «Yo vivo un día a la vez, mañana me preocupo por mañana. Pero duermo como un bebé todas las noches». Lo cierto es que agradece infinitamente a los enemigos de su padre que le dejaran con los bolsillos vacíos y la necesidad absoluta de ganarse la vida legalmente. Hoy es inmensamente rico porque puede mirar a su hijo a los ojos, puede jugar con él y contarle historias. «Estoy vivo, soy libre y sigo rodeado de una familia amorosa que permanece unida en los momentos de alegría o de adversidad. Esa es mi fortuna».


Pero aún le queda una dolorosa espina clavada en lo más hondo. Y es el mensaje equivocado que aún perciben muchos jóvenes en su país y en los países de su entorno. Y la moda de las narco series no ayuda, precisamente. Su testimonio se dirige a todos ellos, y a la sociedad en pleno: «Pensemos qué hemos aprendido de estas historias para no repetirlas; y los jóvenes, que piensen hasta tres veces antes de querer convertirse en narcotraficantes. Y que aprendan a diferenciar la realidad de la pantalla. Creo que es necesario contar la historia real, no tergiversada; la verdadera sabiduría que debería quedarnos como sociedad después de haber transitado por una violencia como esta.» Que tanto dolor sirva para algo más que para ganar audiencia.


La reivindicación de Don Winslow

Lo expresa magníficamente Don Winslow, el novelista que mejor conoce —y retrata— el mundo del narcotráfico mexicano, en la voz del protagonista de El cártel, el periodista Pablo Mora: «México, la tierra de las pirámides y los palacios, de los desiertos y las junglas, de las montañas y las playas, de las extensas plazas y los patios escondidos, ahora es conocido como la tierra de las matanzas. ¿Y para qué? Para que los estadounidenses puedan colocarse. Justo al otro lado del puente [de Juárez] se encuentra el gigantesco mercado, la insaciable máquina de consumo que trae la violencia hasta aquí. Los estadounidenses fuman la hierba, esnifan la coca, se inyectan la heroína y toman el cristal, y luego tienen el valor de señalar al sur y hablar del “problema de la droga en México” y de la corrupción mexicana. El problema de la droga no es mexicano, sino estadounidense. En cuanto a la corrupción, ¿quién es más corrupto? ¿El vendedor o el comprador? ¿Y hasta dónde llega la corrupción de una sociedad cuando sus ciudadanos necesitan colocarse para evadirse de la realidad a costa del derramamiento de sangre y el sufrimiento de sus vecinos. Corrupta hasta la médula.» Y quien dice Estados Unidos dice Europa.


Sí, la vida de Juan Pablo Escobar no ha sido fácil. Como tampoco lo es el tema del narcotráfico. Pero si algo ha aprendido, viviendo tantos años bajo el peso de su apellido, de su historia, es lo que de verdad importa en la vida. «Lo que de verdad importa es todo: desde el más pequeño hasta el más grande detalle. Importa el respeto, importa la libertad, importa la vida, importa el compromiso que tengamos, importa también el perdón y la reconciliación, para que, como sociedad, podamos darnos una segunda oportunidad». 
Así sea.   


NOTA: Este artículo lo escribí originalmente para la revista Milenio.


lunes, 3 de julio de 2017

Jaime Caballero. Hazañas sobrehumanas por la ELA



Jaime Caballero ya sabe cuál será su próximo desafío: los 90 kilómetros que separan Marbella y Sotogrande (en dos trayectos), que intentará la primera semana de agosto. Como siempre, quiere que sea algo grande, impactante, que genere repercusión y notoriedad. Como siempre, no sabe si logrará terminarlo con éxito. Aunque eso no importa. “Cada uno debe considerarse admirable no por el reto conseguido, sino por el solo hecho de haberlo intentado”. Sobre todo, cuando la causa es tan admirable como la suya. Y cuando se tiene un corazón del tamaño de un océano.

Jaime es nadador de ultra larga distancia en aguas abiertas. Eso significa que está hecho de una pasta especial, física y psicológicamente. Eso significa que tiene una capacidad de aguante —del dolor, del miedo, del agotamiento, del agobio, del frío extremo— que va mucho más allá que la de cualquier ser humano normal. Su hazaña más extrema, que ha dado la vuelta al mundo, ha sido cruzar el Canal de la Mancha… ida y vuelta. Sin parar. Sin protección. (“Una salvajada que sólo han logrado 17 nadadores en la historia.  Es el Everest de la natación”). Un trayecto de 100 kilómetros de agua gélida, corrientes traicioneras, lacerantes olas y veneno de medusas que Jaime estuvo a punto de abandonar en varias ocasiones durante la segunda mitad del reto, pero que finalmente completó, en estado casi inconsciente (“las últimas 8 horas no recuerdo nada, iba con el piloto automático”). La razón, su razón, los enfermos de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), “la enfermedad más cruel que existe”. Ellos son los que empujan a Jaime en los momentos de flaqueza, ellos son los que le dan fuerza para seguir adelante, ellos son los que le dan motivo para luchar, una causa a la que Jaime dedica, desde hace años, cada pensamiento y cada minuto de su tiempo libre.



No siempre fue así. Jaime nadaba ya de pequeño, incluso protagonizó alguna que otra hazaña con 14 años. Pero luego tuvo un prolongado standby de diez años provocado a partes iguales por la indolente adolescencia y los malos hábitos (juergas, droga, alcohol). Fueron años peligrosos, nadando en el filo de la navaja, que casi le cuestan la vida; afortunadamente el precio final fue sólo el ojo derecho. Pero ni eso cambió su forma de ver la vida. “Cuando estaba en el hospital, tras el accidente, lo único que pensaba era en recuperarme para seguir de farra”. Fue la familia (¿quién, si no?) la que finalmente impuso el sentido común, a base de altas dosis de amor y comprensión, y tras pasar por Proyecto Hombre (“a los que estaré eternamente agradecido, y con los que colaboro siempre que puedo”), Jaime salió limpio y lleno de vida.

Volvió a la vida, y volvió al mar (“Es básico tener aficiones, practicar algún deporte; eso te da ilusiones, motivación, objetivos, a cualquier nivel”). Comenzó a nadar de nuevo, no como profesional, pero sí realizando retos cada vez mayores, más importantes, y más duros. En 2005 atravesó el Estrecho de Gibraltar en 2 horas 58 minutos, su primera travesía reseñable. Tras un intento fallido el año siguiente, en 2007 decidió el desafío de referencia en aguas abiertas, el Canal de la Mancha; allí conoció la verdadera fuerza de las corrientes y descubrió en carne propia lo que es el frío en el agua. En 2008 el reto impuesto fue atravesar el Estrecho ida y vuelta, algo que a priori parecía sencillo pero que las fuertes corrientes complicaron hasta el punto de pensar seriamente en el abandono. No solo no abandonó sino que además logró registrar un record mundial.

Pero la travesía que marcó un antes y un después en la vida de Jaime, un giro radical a nivel profesional y, sobre todo, a nivel personal, fue la que llevó a cabo el 10 de junio de 2009: Bilbao-San Sebastián (su tierra). Su travesía más larga y dura hasta el momento, sí (perdió 8 kilos en 27 horas). Pero lo realmente importante es que fue su primera travesía con causa. En 2008, su querido tío José Mari Echeverría falleció de ELA, en apenas 6 meses de dolorosísima enfermedad. Jaime se vio profundamente afectado y decidió que, a partir de ese momento, todas sus fuerzas, todos sus retos, todos sus pensamientos los dedicaría a quienes sufren esa cruel enfermedad que le robó a su tío. La travesía Bilbao-San Sebastián duró 27 horas, que, según reconoce el propio Jaime “logré terminar acordándome de mi tío en los momentos de flaqueza”.


Hubo otros logros espectaculares: el Lago Ness, Manhattan, Santa Catalina, la Triple Corona, el Lago Leman (el más largo de Europa)… Pero lo importante es que Jaime se involucró de lleno en la tragedia del ELA; conoció a personas afectadas, incluso amigos cercanos que habían perdido a seres queridos por su causa. Decidió hacer algo más por estos enfermos, ayudarles a mitigar de alguna forma su dolor, animarles, dignificarlos, darles voz y presencia en la sociedad. Junto a un grupo de amigos fundó la Asociación Siempre AdELAnte y, desde entonces, sus travesías se transformaron en instrumento “para ayudar a quienes sufren la enfermedad más cruel del mundo”. Jaime nada por y para ellos. Porque ellos no pueden. Sus retos tienen ahora una causa mayor: “servir de micrófono a los afectados y conseguir recursos para investigación y cuidados paliativos”, a lo que se destinan el 100% de  los ingresos que se obtienen en cada travesía (principalmente donaciones particulares). Aparte lo económico, el objetivo es doble: animar e ilusionar a los afectados; y concienciar a la sociedad.

Jaime tiene clara cuál es su misión: “Mi verdadera fortuna ha sido emprender esta andadura con la Asociación Siempre Adelante y desde el primer momento he conocido a algunos afectados por ELA y familiares que han ido reforzando este compromiso y ganas de hacer más y más cosas por ellos”. Ellos son su motor y su motivación, y su fuerza en los momentos de flaqueza: “Jaime, lo que te está pasando (frío, cansancio, agobio psicológico por pensar que no avanzas lo suficiente...) es algo pasajero, lo que no es pasajero es tener ELA. Así que, ¡ sigueeee y hazlo por ellos!”. Él lo dice siempre: recibo mucho más de lo que doy.

Levantarse a las 6 de la mañana para entrenar cada día entre 2 y 3 horas antes o después del trabajo y fines de semana en mar abierto (verano o invierno) es duro, piensa Jaime. Nadar durante 24 horas seguidas en aguas gélidas sufriendo picaduras de medusa por todo el cuerpo es más duro aún. Pero permanecer completamente inmovilizado durante años, soportando dolor, impotencia, desesperanza, depresión e incluso sentimiento de culpa (la familia también se lleva su parte), no es comparable a ningún sufrimiento pasajero. “Por muy mal que lo haya pasado, a mí se me va en dos días; pero lo suyo es todos los días, para toda la vida”. La enfermedad más cruel del mundo. Y para Jaime, la causa más importante del mundo.

*Esta historia está incluida en mi libro "La muerte del egoísmo". Lo puedes conseguir aquí.



martes, 23 de mayo de 2017

Lo que tenemos que aprender del dolor



Uno, a veces (cada vez más a menudo, me temo), llega jodido a casa. No fastidiado, no enfadado, no apesadumbrado. Jodido. Tal cual. Se le van juntando cosas, problemillas, tonterías, desilusiones, frustraciones, hartazgos varios, preguntas sin respuesta (tipo ¿qué estoy haciendo con mi vida? y por el estilo). Son cuestiones más o menos pequeñas, más o menos graves; colinas, no cordilleras. Lo malo es que las malditas colinas no están colocadas una detrás de otra —eso sería estupendo, asequible—. No, lo malo es que se acumulan una sobre otra. Las muy puñeteras. Y forman una gigantesca cordillera ab-so-lu-ta-men-te insalvable. O eso piensas. Y cuando crees que has encontrado una salida, un camino, un recodo, un desvío que te salve de toda esa tormenta mental y anímica, ¡zas!, se baja la barrera, se cierran las compuertas, y tú te quedas ahí, paralizado, atontado, preguntándote qué narices ha pasado esta vez. Y por qué ha tenido que pasar otra vez. Y sigues tu camino de frustraciones y preguntas sin respuesta, hacia ninguna parte. Con la mirada fija en el suelo. Total, para ver la insalvable cordillera, mejor ni levantar la vista.

Y entonces vas a la presentación de un libro. No un libro cualquiera. Lo que aprendí del dolor, se titula. Y tampoco lo ha escrito un tipo cualquiera. Lo ha escrito, y lo ha vivido, un tipo —Jacobo Parages— que desde hace más de 20 años conoce muy bien el dolor. El real. El auténtico. El doloroso. Un dolor con nombre y apellido —espondilitis anquilosante; acojona ¿eh?— que se te mete en todas y cada una de las articulaciones del cuerpo y las ‘anquilosa’. Una enfermedad que te afecta a lo más básico de tu día a día, que convierte el gesto más sencillo en una hazaña, que te obliga a prepararte mentalmente ante el simple hecho de salir de la cama o atarte los zapatos. No digamos recorrer medio mundo con una mochila al hombro —cargada de antiinflamatorios— durante 15 meses; o lanzarte a una piscina y entrenar durante dos horas y media cada día para luego atravesar el Estrecho de Gibraltar por los niños con síndrome de Down; o nadar los 40 kilómetros que separan Mallorca y Menorca a favor de la lucha contra el cáncer infantil. En contra de la opinión de los médicos, que le pronosticaron una vida resignada y pasiva, Jacobo decidió que a él lo que le iba era la actividad, el deporte, la vida plena. Y esa decisión le salvó. “¿Dónde mueren los sueños? En un lugar llamado miedo”, nos recuerda. O en una cordillera llamada “excusas”.


Es lo que él aprendió del dolor. “Ahora la enfermedad es mi amiga”, dice. Y no sé si amiga-amiga, pero sí compañera inseparable en cada minuto, bueno o malo, de su vida; y la gran impulsora de todos y cada uno de sus retos, los del día a día también. Y de eso nos habló ayer Jacobo (muy bien flanqueado por la periodista Teresa Olazábal y el grande Fernando Romay). De superarse, de afrontar desafíos, de quitarse los miedos y las excusas de un manotazo. Y de algo más importante aún: de ilusionarse. Sin ilusión no hacemos nada, no somos nada. Con ilusión somos capaces de enfrentarnos a cualquier gigante, sea océano, cordillera, enfermedad o frustración. Nada es insalvable. Nada es imposible.  

No sé cuál será el próximo reto de Jacobo, pero sí sé que será también duro, y gratificante. Y tendrá también la mejor de las causas, lo mismo que su libro: proporcionar un poco de esperanza, de ilusión, de fe en sí mismos a todos aquellos que creen que no pueden sino resignarse a una vida de dolor e impotencia. Y, de paso, a todos los que somos expertos en levantar cordilleras con granitos de arena.  


Gracias de corazón, amigo. Por todo.