domingo, 8 de marzo de 2020

Bosco Gutiérrez Cortina. 257 días en un agujero de 1x3 metros



Bosco es un arquitecto mexicano de gran éxito en su país. Es también hijo, hermano, esposo y padre de nueve hijos. Una familia tan grande como unida, a la que no vio durante los 257 días ­—con todos sus minutos y todos sus segundos— que permaneció secuestrado. Pero en la que no dejó de pensar uno solo de aquellos instantes de encierro. Gracias a esa fuerza moral que le dio su familia, a su propia fuerza interior y a su profunda fe, Bosco sobrevivió a su secuestro. Y aprendió, a lo largo de aquellos eternos, terribles 257 días, lo que de verdad importa; en esta vida y en la otra. Una historia de supervivencia extrema de la que Bosco sacó una lección positiva, y que forma parte de los Congresos de Valores de la Fundación Lo Que De Verdad Importa desde su primera edición.


Un agujero de un metro de ancho por tres de largo


En 1990 Bosco Gutiérrez Cortina tenía 33 años y en México aún no había comenzado la epidemia de secuestros que invadió el país unos años después. En realidad, Bosco sólo había conocido dos casos. Él fue el tercero. Ese miércoles, 29 de agosto, empezó el día acudiendo a misa muy temprano, a las ocho de la mañana. A la salida se dirigió hacia su coche, sin prisa; antes de que le diera tiempo a abrir la puerta, unos fuertes brazos lo sujetaron por detrás y la culata de un arma le golpeó con violencia en la boca; su siguiente recuerdo es el interior de una camioneta, el sonido de una sirena de policía (los secuestradores se hacían pasar por judiciales) y el traqueteo del vehículo recorriendo las calles de Ciudad de México a toda velocidad. No veía nada, le habían cegado los ojos con unas gafas de esquiar pintadas de negro. También le cortaron la ropa con un cuchillo y lo dejaron desnudo, tirado en el suelo de la camioneta. Su mente se debatía en un torbellino de miedo e incertidumbre, en completo shock: no era capaz de llorar, ni siquiera de rezar. Solo piensa que lo van a matar.

Desnudo y esposado pasa al maletero de otro coche y, tras varias dolorosas horas de camino, le tumban en un catre. Tratan de quitarle el anillo, pero se resiste. Es lo único suyo que le dejan; la ropa, las medallas, el reloj, todo se lo han quitado ya. También las gafas tintadas. Sus secuestradores le fuerzan a abrir los ojos: todos van vestidos de blanco y ocultan sus rostros tras capuchas blancas. También ve el agujero en el que permanecerá encerrado no sabe cuánto tiempo: un metro de ancho por tres de largo y uno noventa de alto; tres paredes recubiertas por un friso de plástico blanco; la cuarta pared es una puerta de madera, dividida en dos mitades, la de arriba con una ventana. El suelo, de linóleo. Una bombilla en el techo, que los secuestradores encienden y apagan a su antojo. Una cámara, que vigilará y grabará cada minuto de su tortura. Y una música insistente, machacona, a todo volumen, que suena una hora tras otra. Sin descanso.


¡Soy un mierda!


“Yo tiendo a ser positivo. Pienso, esto lo resuelven mis hermanos en 15 días”. Sabe que los otros dos secuestros duraron apenas 20 días. “La distancia era corta, esa ilusión te tranquiliza. Pero entonces llegó un golpe fortísimo: un interrogatorio escrito en el que me pedían el nombre de mi esposa y el de mis hijos, amigas de mi esposa, apodos de los niños, la peluquería, el súper, la guardería… Lo más sagrado: mi familia”. Bosco se niega a aportar los datos de su familia, tratando de protegerlos. Pero los secuestradores no empezarían las negociaciones hasta que lo hiciera. No hay prisa, la decisión estaba en sus manos. El combate interior de Bosco es cruento. “¿Qué hago? ¿Les entrego a Gaby y a mis hijos? Eso sería como traicionarles” Al final decide revelarles lo que podrían averiguar fácilmente. Ante este acto de rendición, el secuestrador sonríe; Bosco es entonces consciente de lo que ha hecho, y cae al suelo, derrotado. “¡Dios mío, soy un mierda, un traidor, un cobarde!... Mi cabeza quedó confundida en esta realidad absurda que no tenía nada que ver conmigo. No sabía dónde estaba, ni lo que era real. En la oscuridad repasaba con mis manos la desnudez de mi cuerpo… ‘¿Estarás muerto? ¿O quizá estás en el purgatorio?’, me repetía mi conciencia.  ‘¡No seas tonto!’ respondía mi propia Voz interior, ‘¡Estás secuestrado!’”. Desnudo, maloliente, debilitado, perdido. Permanece en tal estado una semana, desparramado por el suelo, física y moralmente. Su estado es tan deplorable que los secuestradores se asustan, piensan que se les muere allí mismo.





Bosco, ofréceme el whisky

Uno de ellos se asoma por la ventana y le ofrece un trago. Por reanimarle. Escribe en la libreta (no hablan, se comunican por escrito o por señas): ‘¿Qué quiere?’ Bosco, dudoso, responde: ‘Pues… un whisky’. ‘¿Y cómo lo quiere?’ Bosco se anima; parece que el estímulo funciona. ‘Pues deme un vaso alto, así, de puro whisky sin agua, con un hielo grande’. Y en su interior ruega “¡Por favor, que sea verdad, que no sea una broma!”. Tres horas —o diez minutos— después reaparece el secuestrador con el “desproporcionadamente anhelado” vaso de whisky. Es lo primero fresco que siente después de 15 días a oscuras, casi sin moverse. Se queda paralizado ante la visión.

“Me arrastré a gatas hasta la puerta, alargué la mano y cogí el vaso. Con mucho cuidado. No quería derramar ni una gota. Volví a mi rincón, al otro extremo del zulo, y comencé un culto al whisky. Lo olía, lo tocaba, jugueteaba con él, lo paseaba despacio por mis labios, por mis mejillas… ¡era un placer! Y entonces la voz de mi conciencia —Dios— me dijo: ‘Bosco, ofréceme el whisky’ Y yo, ‘no me pidas eso; te ofrezco el secuestro; el whisky no, por favor. Es lo único que puede salvarme’. Y la voz: ‘el secuestro no depende de ti, ofréceme el whisky’. Esa lucha interna duró unos minutos;  finalmente, ocultando mi acción a la cámara de vídeo, derramé el whisky en el excusado. Me quedé sentado, tembloroso, sintiéndome como un estúpido, pero también sentí una gran satisfacción. Fue un pequeño triunfo”. En un trozo de papel que había sobrado del interrogatorio anota: “15 de septiembre, hoy vencí en mi primera batalla. Whisky flush, sigo siendo libre, dueño de mis actos… ¡y no soy un mierda!”


Estar perfecto


A partir de esa victoria, de ese instante glorioso, la mentalidad de Bosco gira radicalmente. Su inteligencia empieza a funcionar, y su voluntad también. Esa noche —o día— duerme tranquilo. Cuando despierta, come por primera vez desde su secuestro. También reza por primera vez. Decide que lo único que tiene que hacer, su única responsabilidad, es cuidar su salud; estar perfecto de alma y cuerpo para el momento de su liberación. Lo contrario sería una traición a su familia. Escribe en la pared: “Estar perfecto”. Es su meta, y desarrolla un plan de vida para alcanzarla:

            “1. Salud Mental. Libérate de la angustia. Acepta la situación, empezando por tu cuartito.El cuarto es tu hogar. Es lo que hay. Ordénalo y límpialo; Aquí cubeta del agua, aquí libros, aquí vasito, aquí boli. Eres el rey de este pequeño universo. Control del tiempo. Ejercicios de memoria.

            “2. Salud Física. Cuidar la alimentación. Hacer ejercicio”

            “3. Haz Algo. Aprovecha el tiempo, que es oro incluso aquí. Dividir el día y hacer algo en cada momento”.


Siete maratones


Los propios secuestradores le confundían ofreciéndole desayuno, comida o cena indistintamente; inventó un sistema para controlar los días en la oscuridad, haciendo hoyuelos en las paredes y calculando el tiempo según la duración de la casete (la música que sonaba ininterrumpidamente día y noche provenía de una casete, que se daba la vuelta cada media hora). Escribe: “Primera casete: media hora de ofrecimiento del día (santos, fallecidos, familia…); Segunda casete: desayuno (cereales, fruta y té); Seis casetes (tres horas) de ejercicio al día —al principio hasta le cuesta andar, después de 15 días inmóvil; pero pronto puede recorrer los tres metros sin apoyarse en las paredes; acaba corriendo siete maratones de 42 días cada uno—. Y así sucesivamente, hasta completar todas las horas del día: Oración y misa (“en algún lugar del mundo, en este momento, se está celebrando una misa”); Comida: fruta, carne o pescado, verduras sin sal; yogur y fruta para cenar (“una dieta buena, sencilla, barata y práctica; nunca la variaron y nunca enfermé”)…

Para ejercitar la memoria dedica media hora al día a pensar en cosas ajenas al secuestro (arquitectura, música) y a recordar juegos, canciones, poesías o acontecimientos familiares que hubieran ocurrido en los últimos años. Va rellenando su memoria y descubre, de paso, que hay que vivir la vida con mayor intensidad. “Desde hoy quiero aprovechar cada día que me quede para sacar todo el jugo al tiempo”. Escribe infinidad de cartas a su esposa, Gaby, y a sus hijos. Probablemente no lleguen a leerlas nunca, pero a él le hacen tanto bien.
También empieza a conocer y distinguir a sus anónimos guardianes, y adjudica un apodo a cada uno: TKT, el jefe; el Greñas, el Teques, el Anteojitos, el Muchacho… Reconoce hasta sus pasos y sabe quién está de guardia, tras la puerta, a cada momento.



Me agarré a mi fe con uñas y dientes


La organización de su vida en el zulo da notables resultados, tanto para su salud mental como para su salud física. Su fe también le ayuda a mantenerse vivo. “Me agarré a mi fe con uñas y dientes y no la solté. Todo lo hacía rezando, porque no rezar en aquellos momentos era perder el tiempo. Creer en Dios es eso, aceptar Su voluntad y no discutirla”. Si Él había permitido que le ocurriera aquello, sería por alguna buena razón.

En octubre ya llevaba dos meses secuestrado, y las negociaciones no parecían avanzar con demasiada fluidez. Tuvo un sueño. Se vio en el infierno, y junto a él había un tipo que le insultaba porque no le habló de Dios en vida, y por su culpa estaban los dos ahí abajo. Se imaginó que el tipo era uno de los secuestradores y se dijo “pues que por mí no quede”. Decidió hacer apostolado con sus carceleros, primero a través de la oración (octubre: un Rosario diario por ellos), luego de la mortificación (noviembre: dejó el azúcar y la sal) y finalmente de la acción (diciembre: invitarles a leer la Biblia, que algunos aceptaron y otros no).


Feliz Navidad

Llegó el día de Navidad y Bosco se derrumbó; extrañó a sus hijos más que nunca. Y a Gaby, su mujer. Pero debía seguir luchando hasta el último aliento, por ellos, por él mismo. Sigue adelante con su plan; escribe una nota a los secuestradores: “Señores Guardianes: Es Navidad y no hay secuestradores ni secuestrados. Hoy a las 8 vamos a rezar”. Unas horas después, se abre la ventana del zulo y ve a cuatro guardianes encapuchados, con los brazos cruzados, esperando. TKT escribe en la pizarra: “Estamos listos”. Bosco abre la Biblia por el pasaje de la Navidad de San Lucas y comienza a leer. Ellos, inmóviles, en absoluto silencio (no se escuchaba ni la casete), tal vez aguardando en sus vidas un leve aliento de algo que trascendiera a la gris realidad de ese secuestro. Bosco trata de explicarles el verdadero sentido de la Navidad, el nacimiento del Niño Dios, la ilusión del niño que todos llevamos dentro. Les cuenta también lo que ahora estaría haciendo en su casa, la celebración en familia, sus hijos, Gaby…

“Les dije ‘Vamos a rezar un padrenuestro y 10 avemarías para dar gracias a Dios por esta celebración’. Comencé la primera parte y esperé a que contestaran, pero seguían guardando silencio. Continué rezando solo, en voz alta, y al finalizar exclamé: ‘¡Felicidades!’. Ellos escribieron en la pizarra ‘Muchas gracias y felicidades’. Y entonces, uno a uno, mirándome a los ojos, fueron estrechando mi mano como señal de respeto. Cuando cerraron la puerta sentí que esa había sido la Navidad más feliz de mi vida. Sentí una espiritualidad muy especial y muy profunda”. 


Ya no tengo miedo


Después de aquella experiencia navideña, el atisbo de humanidad que vio en los ojos de sus captores se materializa en unos calzoncillos, unos calcetines, una camiseta y una medalla. “Fue un lujo sentirme vestido después de tres meses”. Hubo otros regalos: le cambian, al fin, la música y le dan un reloj. Esa noche, a las doce, ve cómo acaba el año 1990, segundo a segundo, en las manecillas de su nuevo reloj. Lleva ya cuatro meses sin ver el sol, sin ver a sus hijos, sin ver a su Gaby.
El día de Reyes TKT le hace llegar un papelito: “Arquitecto, díganos de dónde saca usted la fortaleza”. Bosco permanece un minuto pensando y responde, mirando a la cámara: “Es que ya no tengo miedo. Porque no voy a vivir ni un minuto más ni un minuto menos de lo que Dios quiera. Si usted decide matarme, y Dios lo permite, me hará un gran bien porque me llevará al Cielo”.



Un plan de huida


Pasa la Navidad, y el nuevo año transcurre día a día, semana a semana, mes a mes, cumpliendo su plan de vida, escribiendo su diario, sus cartas, manteniéndose fuerte y sano, cuerdo. Y esperanzado. Como le dijo a su secuestrador, ya no tiene miedo. Tal vez solo tema quedarse enterrado vivo si sus captores huyen y lo dejan ahí, abandonado. Por eso comienza a pensar en un plan de huida. Dedica a ello media hora al día durante dos meses, fantaseando cada detalle, estudiando las posibilidades al milímetro. Por ahora es sólo eso, una fantasía. Pero va guardando y ocultando tras el plástico de la pared cualquier pequeño objeto que cae en sus manos.

Llega Semana Santa y pide una figura de Cristo. “Me había convertido en un atleta de la oración. Me dieron un Cristo bastante feo y cursi, de pasta, pero ante su imagen me puse a llorar como un niño. Lloro por la impresión que me causa la escena de Cristo sufriendo hasta el límite por mí, pagando con su vida el rescate de vida eterna”. Ese pensamiento le lleva a una profunda reflexión: el rescate que van a pagar sus hermanos es el de su vida mortal, tal vez por unos años más; pero el sacrificio del Hombre es por su salvación eterna. Y esa es la deuda que tiene contraída con Él. “Yo aquí estoy de paso y en deuda con Dios.”.



Tengo que salir de aquí


Han transcurrido ya 8 meses, 246 noches en su negro agujero de tres metros cuadrados. Es el 1º de Mayo y se afeita por segunda vez desde el día de su secuestro. Le hacen una nueva fotografía como prueba de vida para sus hermanos, con nuevas instrucciones para pagar el rescate (que se estaba complicando por razones ajenas a su familia). “Calculaba que iba a salir el 16 de mayo y comencé una cuenta atrás. El día 11 se abrió la ventana del zulo; se les notaba tensos. Había sido imposible cerrar la negociación en Brasil. Permanecí toda la noche despierto, rezando el rosario, pensando en mi madre (el 12 de mayo es el aniversario de sus padres). Noté que se encendió la luz fuera, pero luego no se oyó nada. ¿Se habrían ido?” Con un gancho que se había fabricado semana tras semana, con infinita paciencia y con piezas de diferentes objetos, logra desprender el pestillo al otro lado de la puerta. Sale de su agujero y ve capuchas y batas blancas colgadas en una pared. Sobre la mesa hay un reloj, que marca las 8:30 de la mañana (no solían encenderle la luz hasta las 10). Tiene miedo de que le pillen, puede que los secuestradores aún estén ahí y verle significaría su muerte inmediata. Regresa a su celda, pero no puede cerrar la puerta desde dentro. Vive momentos de verdadera angustia. No sabe qué hacer. Ninguna opción parece segura. Y al final toma la decisión: ¡tiene que salir de ahí!

 

 ¡Lléveme a México. Le pago lo que sea!


 “Pasé por delante de un secuestrador, dormido junto a su AK 47. Caminé por un pasillo; los demás estaban ahí, uno en la cocina, otro en la ducha. Yo seguí caminando, de puntillas, y alcancé la puerta. La abrí y salí a la calle. ¡Era libre! Me dije, ¡patas, para qué os quiero! Comencé a correr y me refugié en la primera casa que vi. Había una niña en el portal y le dije que era víctima de un secuestro. Ella empezó a gritar, acudió su padre y me echó a patadas. Entonces vi un taxi y me metí dentro a escondidas. ‘¡Lléveme a México, por favor. Le pago lo que sea!’ El taxista pensó que estaba loco, pero finalmente lo convencí. Tenía un Rosario colgado del retrovisor. ‘¿Es para rezar o es de adorno? ¿Por qué no lo rezamos juntos?’ le propuse. Él asintió con la cabeza, arrancó el coche y emprendimos camino a casa”.

A las once de la mañana Bosco llega a la casa de sus padres. Los gritos de alegría se escuchan en toda la manzana. Lágrimas, abrazos, risas. La emoción, largamente contenida, se desborda sin límite. “¡Tócame, estoy bien!” Después de casi nueve meses secuestrado, Bosco ha vuelto a nacer.


Durante 257 días, Bosco vivió cada minuto en total aislamiento, sin escuchar una voz humana, sin ver un rostro humano. Pero no estuvo solo. Gaby permaneció todo el tiempo junto a él. Y Dios. Él fue quien lo mantuvo vivo, cuerdo, sano; y quien le ayudó a escapar: “Estoy más convencido que nunca que con Él lo podemos todo, y sin Él no podemos hacer ni la más mínima cosa.” 


La historia de Bosco Gutiérrez Cortina la escribí originalmente para el primer volumen del libro Lo Que De Verdad Importa (Ed. Lunwerg). Lo puedes conseguir aquí.




viernes, 6 de marzo de 2020

8-M Mujeres y trabajo, feminismo y respeto



Sin ánimo de entrar al trapo -o a la trapa- de los movimientos fanático-feministas de turno, ni mucho menos de la última ocurrencia ministerial (nunca será la última, siempre habrá una ocurrencia nueva) sí quiero romper una lanza por todas las mujeres a las que admiro, que son muchas y de muchas clases, tipos, maneras de vivir y opiniones. Precisamente, lo que siempre he defendido es la individualidad y la diversidad, que son sinónimo de libertad (la uniformidad nunca me ha atraído demasiado, que digamos).

Hay, en verdad, muchas mujeres en todo el mundo que merecen ser felicitadas en su día. Mujeres tenaces que se han abierto camino en un mundo de hombres (aunque cada vez menos) y que han llegado a gobernar naves a las que antes sólo podían acceder como grumetes (¿o grumetas?). Metáforas aparte, sí es cierto que hace unas décadas las mujeres españolas tenían que pedir permiso a sus maridos para viajar, para trabajar y casi, casi para respirar. Hoy, le pese a quien le pese, la cosa ha cambiado mucho. Y las mujeres tienen las mismas posibilidades profesionales que los hombres, en la teoría y (casi) en la práctica; queda aún mucho camino por recorrer para superar ese ´casi´, especialmente en la equiparación de salarios y acceso a los cargos de mayor altura en las empresas y organizaciones. Pero no es solo una cuestión de leyes ni de manifiestos ni de ministerios, es sobre todo una cuestión de hechos, de actitud; de reivindicar menos y practicar más. De dar ejemplo, no lecciones.


En realidad, no sé si cada 8 de marzo celebramos El Día Internacional de la Mujer o El Día Internacional de la Mujer Trabajadora. En mi humilde opinión de hombre, la diferencia es inexistente, pues salvo alguna excepción parasitaria (especialmente en la política de altura, es decir, de bajura), la gran mayoría de las mujeres en nuestro país son trabajadoras. Otra cosa es que ese trabajo sea reconocido como un éxito profesional o sea considerado un avance de la sociedad moderna y progresista. Pero trabajar, vaya si trabajan.

Personalmente, he tenido la suerte de conocer mujeres que han llegado a dirigir importantes empresas, directoras generales, consejeras delegadas y hasta presidentas. Conozco mujeres que detentan altos cargos de la Administración y manejan presupuestos millonarios; y también muchas grandes profesionales de las finanzas, la docencia, la investigación, el deporte, la empresa, la comunicación, las fuerzas de seguridad, la hostelería, la Solidaridad… En todos los ámbitos y en todos los puestos. Y hoy es su día.


Pero también he conocido mujeres que han dejado una carrera profesional exitosa para cuidar a su marido inválido, día tras día durante años; y he conocido mujeres que lo tienen todo y han decidido vivir su vida al servicio de los que no tienen nada; y mujeres que apenas saben escribir pero poseen un doctorado en nobleza y capacidad de sacrificio; he conocido mujeres capaces de dejar su trabajo y su ciudad para acompañar a su madre enferma de soledad; y mujeres que dejaron su país para ganarse cuatro perras en el nuestro, sólo para que allá sus hijos tuvieran una educación mejor; y mujeres que nunca llegaron a prosperar porque prefirieron estar tres horas más en casa, haciendo deberes o luchando con su prole por veinte minutos de lectura en inglés. Y hoy también es su día.

He conocido mujeres con tres hijos cruelmente enfermos que, a pesar de sus jornadas de 24 horas, son incapaces de perder la sonrisa ni la esperanza; mujeres emprendedoras que podrían tener un despacho con vistas al éxito y que eligieron ver el fracaso de cada día en los comedores sociales; mujeres que piensan que el verdadero éxito es entregarse a los demás, ya sean jóvenes con valores, huérfanos en Haití o deportistas de élite en silla de ruedas; mujeres líderes que no salen en la Prensa porque no han creado una empresa de éxito, sino "solamente" una ong o una Fundación; mujeres que ahora cuidan niños en una guardería por un sueldo que no llega a mileurista –y por feliz vocación- después de cuidar cuentas millonarias en una multinacional... 

Y hoy también es su día.












  
También he conocido mujeres que nunca se han preocupado por eso de la emancipación, la liberalización o la dignidad en el trabajo. Mujeres para las que ser "ama de casa" es tan digno como ser "directora general"; para las que el éxito social es hacer lo más felices posible a los suyos; para las que la remuneración más valiosa es entregarse a los demás. Mujeres, también, para las que su único Curriculum Vitae es el que llevan impreso en las arrugas del rostro y en los callos de las manos; para las que la carrera más prestigiosa es la "maternidad" y el título más valorado es el de "madre". O el de "hija". A todas ellas, en el Día Internacional de la Mujer, siempre trabajadora, felicidades. Y sobre todo, gracias.

Y por terminar con un final acorde, qué mejor que estas dos reflexiones, de un hombre y de una mujer que sabían muy bien lo que decían: Una, «El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres», Simone de Beauvoir (bueno, hoy también es un problema de mujeres; mujeres que han llevado su justa causa a un nivel de politización y manipulación tales que causan rechazo entre muchas mujeres). La otra, «Nuestra sociedad es masculina, y hasta que no entre en ella la mujer no será humana», Henrik Johan Ibsen. Mucho se ha avanzado, y especialmente en España, por muy alto que lo griten y lo nieguen el radicalismo feminista y los políticos machistas que se aprovechan del radicalismo feminista. Quedan otros muchos países en los que la mujer es aún más esclava que libre (en el Islam, en África, en Latinoamérica), y tal vez la rabia reivindicativa de las feministas occidentales debería dirigirse más hacia allí, donde es infinitamente más necesaria. Pero, claro, la política es la política. Y el voto es el voto. En fin.

Y termino con mi reivindicación particular. Solo una petición: que la palabra más importante que salga de nuestra boca al referirnos a una mujer, de cualquier condición, edad, raza, cultura, profesión y demás circunstancias, sea RESPETO. Y cuando digo mujer, me refiero a cualquier ser humano.




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martes, 3 de marzo de 2020

La estupidez endémica. Virus y política



«Tengo la firme convicción, avalada por años de observación y experimentación, de que los hombres no son iguales, de que algunos son estúpidos y otros no lo son.» Estoy con Carlo Maria Cipolla al cien por cien. El gran historiador económico italiano realizó, en su genial obra Allegro ma non troppo, una afilada y certera reflexión sobre la estupidez humana (¿existe otra?) que ha cobrado un intensísimo sentido de la actualidad en España y en el mundo durante los últimos tiempos. Bueno, y durante las últimas décadas incluso.

Cipolla definió cinco categorías fundamentales de personas: Inteligentes (benefician a los demás y a sí mismos), Incautos (benefician a los demás y se perjudican a sí mismos), Malvados (perjudican a los demás y se benefician a sí mismos) y Estúpidos (perjudican a los demás y a sí mismos). Detengámonos un poco más en estos últimos. Como afirma categóricamente Cipolla en La Quinta Ley Fundamental de la Estupidez Humana, «la persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado». Y continúa: «La mayoría de las personas estúpidas son fundamentalmente y firmemente estúpidas (…) Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace. En realidad no existe explicación; o mejor dicho, solo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida». ¿Qué, les va sonando a alguien? Por si acaso aún dudan: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad».


Hay quien piensa que el personaje en cuestión no es estúpido sino malvado, que tiene un Plan y lo lleva a cabo con maliciosa precisión. Pero según el maestro Cipolla «las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. El malvado quiere añadir un "más" a su cuenta causando un "menos" a su prójimo. Desde luego, esto no es justo, pero es racional, y si es racional uno puede preverlo. Con una persona estúpida no existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo, y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado.» Y lo que es peor, «el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora». Aterrador.

Por si el lector (o lectora) se encuentra un poco obtuso (u obtusa) con la inminente llegada del Apocalipsis vírico de marras, el amigo Carlo María nos ofrece la pista definitiva para reafirmarnos en ese o esos personajes estúpidos que usted y yo estamos pensando desde hace rato: «Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente».


Lo más curioso de todo este asunto es que Carlo M. Cipolla publicó su obra en 1998 y murió en el año 2000. En aquellos tiempos la estupidez humana (¿hay otra?) era tan sobreabundante como en estos. Todos hemos tenido y tenemos a nuestro alrededor gente rematadamente estúpida que nos complica la vida, destruye nuestra armonía o lapida nuestro buen humor como quien no quiere la cosa (un cuñado, un compañero de trabajo, un celoso funcionario, un tipo que pasaba por ahí…). Es inevitable. C’est la vie, que diría un francés rendido a la evidencia. Puede, incluso, que nosotros mismos seamos personas estúpidas sin saberlo —algo nada improbable según las Leyes Fundamentales—, pero en tales casos el radio de acción y de daños consiguientes es relativamente estrecho. A no ser que se meta un perverso virus de por medio, que además de contagiar la gripe contagia, de forma bastante más letal, la estupidez. Estupidez endémica. Ésta sí que es fatal: para la economía global, para la salud mental de cada cual y para el sentido común en general.

Pero lo peor no es eso. Lo realmente devastador para nosotros, los españoles en particular, es esa cantidad ingente de estúpidos que se acomodan cada legislatura en las poltronas del poder (recordemos: «La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales: del factor genético y del grado de poder o autoridad que ocupa en la sociedad»). Políticos, altos funcionarios, comunicadores, economistas, tertulianos, sindicalistas, influencers, iluminados y demás fauna ibérica. No todos estúpidos, o no solo estúpidos —según las Leyes Fundamentales de Cipolla—, también malvados. Muy malvados. Muchos malvados. Y ahí andamos, el resto de mortales, arrastrados por su corriente y sus intereses, bastante interesados, por cierto. Manejados, manipulados, utilizados constantemente, impunemente, por tan poderosos estúpidos y/o malvados. Y ahí andamos, sí, nosotros, los incautos. Tratando de rebelarnos contra la estupidez ajena que nos arrastra, irremisiblemente, hacia el abismo.


Y yo me digo: pues habrá que hacer algo, ¿no? Por ejemplo, empezar a nadar contracorriente. Con todas nuestras fuerzas. Con toda nuestra rabia. Con toda nuestra cordura. Con todo nuestro sentido común frente a la perversa estupidez global que nos envuelve. Con urgente y desesperada necesidad.


Y, por favor, tengamos siempre bien presentes las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana. Y especialmente la Quinta.

lunes, 2 de marzo de 2020

Un talento superdotado. En recuerdo de Philip Seymour Hoffman.



Tal vez sea la de “actor secundario” una de las más injustas definiciones en el mundo del cine. Especialmente si ese “secundario” es un actor del talento, la capacidad expresiva y la singularidad de Philip Seymour Hoffman. Uno de los más grandes de su generación, según los expertos; para el público, la seguridad de que va a asistir a una clase magistral de interpretación, dure lo que dure su papel, le toque víctima o villano, novato en el mundo del porno, escritor estrella o sacerdote empantanado.
Este fin de semana volví a verle en uno de sus grandes papeles -junto a un magnífico e intenso Ethan Hawke-: el ambicioso, vicioso y manipulador Andy Hanson en Antes que el diablo sepa que has muerto, del maestro Sidney Lumet. Y, lo confieso sin pudor, volví a quedarme enganchado a su talento.


Hablando de “secundarios”


Como Seymour Hoffman, muchos son los actores de reparto -o quizá mejor actores de carácter- los que a lo largo de la historia del cine han dotado de prestigio, de intensidad, de personalidad, de presencia a cientos de películas inmortales que, sin ellos, tal vez se habrían quedado en obras menores. ¿Qué habría sido de El Cazador sin Christopher Walken, o de las películas de John Ford sin su elenco de secundarios de lujo (Ward Bond, John Carradine, Victor McLaglen…)? ¿Habría brillado Bogart en El Tesoro de Sierra Madre sin la contrapartida del gran Walter Huston o Joan Fontaine/Rebeca nos habría resultado tan frágil sin la inquietante ama de llaves de Judith Anderson? ¿Y Eva al desnudo sería la obra maestra que es sin el cinismo de George Sanders acechando en bambalinas? ¿Y qué decir del oscuro Batman sin el inconmensurable Joker de Heath Ledger, o el nido del cuco sin la fanática enfermera Louise Fletcher? O cualquier película en la que aparezcan John Goodman o Walter Brennan, por poner dos ejemplos bien distantes en el tiempo.

Auténticos robaescenas que, a menudo, superan con creces al carismático protagonista, pero cuyos nombres casi nunca recordamos. Alejados del “star system”, ellos y ellas son el peso de la película, la médula espinal sobre la que se sostiene la estrella. Actores veteranos provenientes del teatro o del vodevil, o jóvenes con un don extraordinario pero también con un físico peculiar. Sin brillo aparente, no sea que opaquen el fulgor del protagonista. Algunos eternamente encasillados en el mismo rol (¿alguien se imagina a Peter Lorre como honrado granjero de Kentucky?), pero la mayoría con una versatilidad infinita, dotando a los caracteres más variopintos de total credibilidad y naturalidad, ofreciendo verdaderos recitales de Interpretación –con mayúscula- en todos y cada uno de sus papeles (Anthony Quinn, Harvey Keitel, John C. Reilly, Gloria Grahame, Karl Malden, Ian Holm… y tantísimos otros). Atípicos y singulares, sí; geniales e insuperables, sobre todo.



Actor por encima de todo. Incluso de sí mismo


Philip Seymour Hoffman fue uno de esos ‘secundarios’ de lujo. Un tipo físicamente del montón, de carácter aparentemente anodino, pero superdotado de talento para la interpretación, en el cine o en el teatro. Su fórmula: lo único importante es el personaje, no el actor; darlo todo por él; desgastarse emocionalmente hasta vaciarse. “Quiero que el público se acuerde de cualquiera de mis personajes, no de mí. Llevo quince años en esta profesión y he trabajado en grandes películas. La mayor parte de la audiencia conoce mi nombre, pero no mi rostro, y eso es lo más grande para un actor porque quiere decir que me reconocen por mis personajes, no por mi imagen pública”. Un tipo que participó en cuarenta películas en poco más de quince años, rodó con grandes directores y actores, ganó un Oscar y un Globo de Oro y fue nominado unas cuantas veces más, mimado por la crítica y amado por el público y, aun así, prefería el anonimato (“es importante para hacer bien mi trabajo que el público no me reconozca. Es imposible convencer a la audiencia de que eres el personaje que interpretas si conocen al detalle toda tu vida”). Un actor de carácter. Un Actor.


Confeso admirador de Daniel Day-Lewis, Paul Newman, Meryl Streep y Christopher Walken (otro de esos ‘secundarios’ inconmensurables), desde que debutó (y ya despuntó) en un capítulo de la serie Ley y Orden en 1991 y luego en Esencia de mujer, Philip Seymour Hoffman ha tenido tiempo más que suficiente para dejarnos algunas de las interpretaciones más impactantes, enigmáticas y brillantes de los últimos quince o veinte años. El enamoradizo y apocado Scotty J de Boogie Nights (1997, de Paul Thomas Anderson, su director fetiche); el tipo desaliñado y repulsivo aficionado a las llamadas obscenas en Happiness (1998); el enfermero locuaz y altruista Phil Parma, en la extraña e intensa Magnolia (1999); el cínico y amargado crítico musical de esa genialidad autobiográfica de Cameron Crowe que es Casi Famosos (2000); el oscarizado y multipremiado Capote (2005), que bordó hasta la perfección; el agente de la CIA y traficante de armas Gus Avrakotos de La guerra de Charlie Wilson (2007), por el que fue nominado al Oscar; el hermano malvado y drogadicto de Ethan Hawke en la desgarradora y apabullante Antes que el diablo sepa que has muerto (2007); el sacerdote presuntamente pederasta de La Duda, que le dejó otra nominación a Seymour Hoffman y a nosotros más de un memorable tour de force con Meryl Streep (inmensa, también); el aclamado Lancaster Dodd de The Master (2012), junto a otro de los grandes talentos del cine actual, Joaquin Phoenix; y el genial y más que complejo Plutarch Heavensbee de las últimas entregas de Los Juegos del Hambre. Su último papel, A Most Wanted Man, estrenada tras su muerte.


“Se fue demasiado pronto” fue la expresión más repetida tras su muerte repentina, la noche del 2 de febrero de 2014, por sobredosis de heroína (una adicción de la que nunca supo curarse, por más que lo intentó). Un final abrupto y sorprendente que nos dejó hondamente compungidos a todos aquellos que admirábamos su talento. Un talento que, por fortuna, ha quedado inmortalizado en un buen puñado de grandes películas, agigantadas gracias a su presencia, por muy “secundaria” que ésta fuese.  



Hace ya seis años que nos dejó. Y echamos mucho de menos las películas que no le dio tiempo a hacer, los papeles que no llegó a interpretar, los personajes que su muerte prematura le impidió encarnar. Sólo queda decir, pues, descansa en paz, Philip. Y, como escribí aquel fatídico día: espero que llegues al cielo media hora antes de que el diablo sepa que has muerto. Slainte!



viernes, 21 de febrero de 2020

169.358 gracias. Por leerme. Por estar ahí.



Hace unos años, cuando estrené este blog con mucho mar de fondo e incontables olas de ilusión, no sabía exactamente hasta dónde me iba a arrastrar. De hecho, tampoco nació con propósito claro. Más bien surgió de una necesidad. La necesidad imperiosa, inevitable, compulsiva de escribir. De contar historias. De compartir reflexiones y sentimientos. De tratar de expresar con palabras lo que solo entiende el corazón. De sacar todo lo que uno lleva dentro —no siempre bueno, no siempre sano— en una especie de auto terapia sentimental.

A lo largo de estos años, unos más prolíficos que otros, mi pluma y mis neuronas han estado bastante ocupadas dando fondo y olas a este mar. He contado infinidad de historias de valores, de héroes anónimos —o no— cuyas vidas nos inspiran, nos despiertan y nos mueven a ser mejores. He compartido viejos poemas de  juventud y también alguno más cercano en el tiempo, aunque no necesariamente más maduro. He recordado las hazañas de mis héroes de adolescencia, he ahondado en las vidas de mis grandes mitos musicales y he revisitado una y otra vez a mis inmortales del cine. He escrito tantas historias reales que parecían increíbles como historias inventadas llenas de verdad. He llorado, a veces. He disfrutado siempre. Y nunca he sabido con certeza si lo que he escrito ha sido leído o ignorado, si ha sido entendido o despreciado; si ha llegado con la fuerza —y la intención— con la que fue creado. O si, al menos, ha llegado. En cualquier caso, no escribo con el ombligo, ni con el bolsillo, ni con la necesidad de ser escuchado. Escribo con el corazón. Para el corazón.

Es lo mejor que sé hacer, escribir; lo que, según quienes me leen, se me da incluso bien. Talento, lo llaman algunos; don, los más atrevidos; habilidad, facilidad, tablas, arte, llámalo como quieras. El caso es que escribir es lo que mejor hago. Pero —¡ay, ese maldito pero!— a veces no sé si ese talento, ese presunto don, es una bendición o una maldición. En un mundo que no valora la palabra, ¿qué valor tiene escribir? No, desde luego, el de hacer dinero. Ojalá, pienso a menudo, hubiera sido bendecido con ese otro don. El de ganar dinero, digo. Hay días en que vendería mi alma de poeta por tener faltas de ortografía, o por no saber juntar más de tres palabras con sentido y sentimiento, a cambio de una cuenta saneada, de un viaje de vez en cuando, de una cena cara, de la tranquilidad tantas veces soñada y siempre esquiva. ¡Eso sí que es una habilidad productiva, y no juntar unos versos o contar una historia!

A veces, echo la vista atrás y atisbo todo cuanto he escrito a lo largo de los años, mi vasta producción literaria. Los poemas de adolescencia, los relatos de terror y de humor corrosivo, las canciones, the songs; los cientos de artículos de actualidad, cultura y valores; los libros sobre extraordinarias lecciones de vida; o esa maravillosa novela —y posterior película— que lleva casi una década de puerta en puerta esperando una oportunidad que no llega. Y entonces miro a mi alrededor, a mis amigos, a mi familia, a mi entorno más o menos cercano y veo el éxito que yo no alcanzo; veo a los CEOs, a los empresarios, a los altos directivos, a los emprendedores, a los profesionales valorados y asentados, a los triunfadores. Gente de mi generación que ha conseguido volar alto, que ha sabido plantearse las metas adecuadas para llegar adonde les correspondía; donde, pienso, también debería estar yo. Y sufro. No por mi orgullo, ni por mi autoestima. Sufro por las oportunidades perdidas, por las prioridades equivocadas, por las expectativas defraudadas. Porque lo tuve todo a mi alcance y lo desaproveché. Cambié el éxito por la vocación. Y entonces pienso: ¡maldito talento! Maldita mente dispersa, en permanente caos. Siempre pensando siete o ocho cosas a un tiempo, y ninguna productiva, ninguna facturable (un artículo, un cuento, una canción, una idea, un sueño, un proyecto para salir de la tormenta que nunca llegará a puerto).

Pero luego reflexiono. Me calmo. Vuelvo a la cordura. Buceo en este blog (o releo mis escritos) y veo que habéis entrado 169.358 veces a leer mis historias. A unas más, a otras menos, a algunas nada. Pero son 169.358 maravillosas razones para sonreír. Para estar orgulloso y agradecido. Son, sobre todo, 169.358 argumentos —irrefutables, contundentes— para seguir escribiendo. Aunque no me lleve a nada productivo.

Así que, 169.358 gracias. Por leerme. Por estar ahí.


Gracias por ayudarme a seguir siendo insolvente, pero fiel a lo que pienso, a lo que siento. A lo que soy.     


miércoles, 19 de febrero de 2020

Eso intento



Lo que yo hago no es escribir.

Es transmitir. 
Una idea, una emoción, una historia, un sentimiento.
Un sueño compartido. Un cuento.

Es provocar. 
Una respuesta, una reflexión, un deseo, un pensamiento.
Un movimiento, fugaz o intenso.

Es plantear dudas. O afianzar certezas.
Es consolar. Y cabrear.
Lanzar mensajes al viento.
Es hacer poesía de lo mundano.
Y convertir lo humano en inmortal.
Es expresar lo que siento.
Repensar lo que pienso.
Es decir y no decir.
Es crear imágenes con palabras.
Y dejar estelas de silencio que perduren en el tiempo. 

O eso intento.