miércoles, 6 de octubre de 2021

Nebraska. La joven promesa del rock en español


 

Hace poco más de un año sacaron su primer álbum, tutelados por el sello Subterfuge y producidos por Nacho Mur, guitarrista de La M.O.D.A. Ahora están a punto de publicar nuevo material, después del año pandémico y el parón involuntario. Cultura musical, canciones que enganchan, armonías vocales y un directo fresco, contundente y divertido son sus señas de identidad. Un grupo joven, con mucho camino por delante. Pero si vamos más allá de la música, podríamos considerar a Nebraska como una pequeña empresa. Una start up en toda regla, llena de ilusiones, de pasión y de dedicación plena. Donde cada cual tiene su función también fuera del escenario. Y donde se respira la misma profesionalidad que en cualquier otro sector. Solo que este es más divertido.

«Me siento tan afortunado por haber pertenecido a un grupo que era una auténtica banda. No se trataba de un cantante y guitarrista con algunos tipos detrás (…) Algunas bandas de hoy tienen la experiencia de trabajar realmente juntas y perfeccionar su oficio. Otras bandas son muy parecidas a: "Me acabo de comprar una guitarra por Navidad, vamos a montar un grupo". Y realmente puedes escuchar la diferencia». El dueño de estas palabras es Robbie Robertson, que sabe mucho del oficio de la música y formó parte de una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos. En efecto, The Band no se componía de una estrella visible acompañada por unos músicos profesionales (salvo en tiempos de Dylan); ahí cantaban casi todos, componían casi todos y todos aportaban sus raíces, sus influencias, su talento y el dominio absoluto de sus instrumentos. Realmente eran La Banda.

 

De Toronto a Nebraska

La mención de los canadienses viene al caso en esta historia por dos razones: una, porque la música de Robbie, Levon y compañía –y de toda esa época irrepetible- es sin duda un referente para esta joven banda de nombre claramente reivindicativo. Y dos, porque –salvando las distancias- Nebraska es un grupo muy similar a The Band: se nutre de talentos diversos y sin protagonismos; aquí todos aportan por igual, cada cual en su terreno. Y, desde luego, no son fruto de un fortuito regalo navideño. Son fruto de la vocación temprana y de una cultura musical envidiable; son fruto del trabajo duro, de horas y horas y horas en el local de ensayo; son fruto de su pasión sin fisuras por la Música y de esa bendita ilusión de la juventud; y de una sorprendente madurez para unos chicos, y chica, que no pasan de los veintitrés años.

 


Cuando Willie conoció a Cati

Willie (guitarra y voz), Luis (bajo y voz) y Rubio (guitarra) se conocían del colegio. A Los 16 años montaron una banda de versiones en la que tocaban la música que les gustaba, sin más complicaciones (Fito, Pereza, 84, Los Secretos, ACDC…). Eso duró lo mismo que el colegio. Fue cuando Willy decidió que quizá era el momento de componer algo propio. Por probar. Por no dejar la música, en realidad. Escribió una canción en inglés y la grabó con Rubio. Nada más escucharla se dieron cuenta de que necesitaban una voz femenina. Si a Fleetwood Mac le quedaba tan bien, por qué no a ellos. Cosas del destino, Willy conoció a Cati una noche y empezaron a hablar de música. Dylan, Nirvana, Beach Boys, Eagles, The Band y otros argumentos de peso salieron en la conversación. Un flechazo musical en toda regla, como cuando Keith conoció a Mick en aquella estación, cargado de discos de blues. Cati, además de rubia como Kurt Kovain (otro argumento), y con una voz impresionante, tenía gustos musicales más que interesantes: es devota de Stevie Nicks, y también muy fan de CRAG y Solera (desde bebé cantaba Discípulo de Merlín) y de los Beach Boys (esas armonías vocales la vuelven loca). El fichaje fue instantáneo.

 

Eres lo que te emociona

Y es que, más allá del “eres lo que escuchas” que proclama Radio 3, a estos jóvenes melómanos lo que les va es el “eres lo que te emociona”. La música que les apasiona de verdad. A pesar de su juventud, la cultura musical de los miembros de Nebraska es de una calidad realmente encomiable. Y, como en el caso de The Band, de un eclecticismo muy enriquecedor. Aparte de los ya mencionados, entre sus mitos/influencias/referentes hay nombres como Wilco, Beatles, Strokes, Kooks, Foo Fighters, Munford and Sons, Springsteen, CSNY, la Velvet... Y mucho rock patrio también, una lista encabezada por Fito, al que siguen La M.O.D.A., Club del Río, Leiva, 84, McEnroe o Los Zigarros. Y cientos más. Es más importante escuchar que escribir, dice Willie.

Y también escuchar tu propia vocación. A unos les viene de familia, como en el caso de Willie: su abuelo paterno, gran amante del jazz, fue alumno del mítico pianista neoyorkino Joshua Edelmann… quien también dio clases de piano a Willie, con solo 12 años; y sus tíos maternos forman parte de dos bandas referentes,  como Los Zodiacs y McEnroe. Rubio quería tocar la batería, pero acabó con una guitarra entre los dedos. Luis empezó con la guitarra en el colegio, pasó por la batería y, cuando la banda fichó a Cuesta, pedazo de batera, acabó en el bajo. Cati se pegó en el cole a su amiga Vera, una artista vocacional con quien empezó a descubrir música, a tocar, a cantar, a enredar con las voces y las armonías… algo que hoy es una de las claves que definen a Nebraska.

 



De la birra a la kettle

Una vez conformada la banda (Willie, Luis, Cati, Rubio y Cuesta) empezaron a tocar sin mayor pretensión que hacer música; pero la cosa fue creciendo casi sin darse cuenta. De repente, la prioridad era Nebraska, las canciones, los ensayos. Las copas y los estudios pasaron a un segundo plano. La idea, que la universidad les deje el tiempo que necesitan para tocar y ensayar. Y además, poniendo cada uno sus conocimientos al servicio de la banda (ya sea Derecho, Empresariales, Publicidad, Diseño Gráfico, Marketing…). Habilidades que también han sabido complementar perfectamente. Como en cualquier empresa.

Y es que, en realidad, es lo que son: una start up que requiere toda la pasión, la ilusión y la dedicación. Una empresa musical en la que los cinco se compenetran y complementan en ambos sentidos. Todo su tiempo de ocio –y parte del universitario- lo dedican a la banda, que hoy por hoy es su trabajo. Ya ni siquiera hay cervezas en los ensayos, ahora tienen una kettle y beben té. La prueba indiscutible de que están en “modo profesional”.


La M.O.D.A., Subterguge y The Galileo Connection

En pocos meses, Nebraska se convirtió en una banda sólida, con personalidad y temas propios, que coleccionaba sold outs. Y entonces llegó Nacho Mur. El guitarrista de La M.O.D.A. (y productor por vocación) contactó con ellos a través de uno de los socios de la mítica sala madrileña Galileo Galilei y una amiga de Nacho, Mäbú. Le pasaron un par de maquetas y se interesó vivamente por ellos. Quedaron en el local de ensayo y le mostraron todo su potencial. Para Mur fue un descubrimiento y decidió producirles su primer disco. De hecho, no descartó ninguno de los 12 temas que Nebraska había pre-seleccionado.

El contacto con el sello Subterfuge también tuvo lugar en Galileo. En este caso, por recomendación de los tíos de Willie, integrantes de McEnroe (una de las bandas de cabecera del sello independiente). El momento mágico, un bolo en pleno agosto de 2018, al que acudió Carlos Galán… y una pléyade de fans que llenaron la sala y no pararon de corear sus temas. Carlos quedó tan convencido que citó a Nebraska en las oficinas de la discográfica. Tras meses de intenso trabajo y grandes profesionales a los mandos, salió su primer álbum, “Las aventuras de todas partes”, que presentaron hace unas semanas en el Círculo de Bellas Artes… con sold out y más de 500 fans coreando cada tema. 



 

La aventura no ha hecho más que empezar

Un sonido fresco, enérgico y muy personal, que ha bebido en las fuentes de lo mejor del rock y el folk; unas letras que saben contar historias a su generación desde el lado positivo de la vida; un directo potente y divertido, que engancha mágicamente a sus groupies (y a quien venga); carisma, juventud y pasión a raudales; un maestro en la producción, que ha conectado maravillosamente con el grupo y su música; un sello que sabe apostar y confiar y respetar y apoyar y ver todo el potencial de una banda emergente; y cinco músicos, cinco amigos, cinco aventureros decididos a forjar una carrera sólida y seria en el tormentoso mundo de la música. Eso es Nebraska. Una banda joven e ilusionada que va a por todas, que está encontrando su sitio en esta nueva era dorada del rock en español. Y que lo tiene todo para codearse con los mejores.

El futuro está aún por escribirse (por componerse). Pero los sueños siguen ahí. Intactos. Y, puestos a soñar, hoy por hoy sueñan con compartir escenario con algunos de sus mitos. La M.O.D.A., Leiva, Club del Río… Y, puestos a soñar más alto, con Fito. Tiempo al tiempo.  


«Encontrar una nueva estrella en el cielo es realmente difícil», reconoce Robbie Robertson. Pues esta estrella de cinco puntas ya está empezando a brillar con fuerza.



miércoles, 29 de septiembre de 2021

Juicios, prejuicios y puntos de vista

 


Imagina la escena: una callejuela de Londres, una mujer apoyada sobre la pared y un skinhead corriendo en su dirección. Cambio de plano: el skinhead en realidad se dirige a toda velocidad hacia un hombre trajeado que se vuelve aterrorizado y se protege con su cartera (o protege su cartera) del violento agresor. Cambio de plano: una tonelada de ladrillos está a punto de caer sobre la cabeza del hombre trajeado y el skinhead se abalanza sobre él para salvarle, literalmente, la vida. «Solo cuando ves la imagen completa puedes entender realmente lo que sucede», concluye el mítico spot “Point of view” (1986) del diario británico The Guardian. Bastan tres planos y treinta segundos para lanzarnos un mensaje demoledor. La enorme facilidad que tenemos todos –todos- para juzgar por las apariencias. Y generalmente para mal. Será que tenemos tendencia natural -o adquirida- a lo negativo.

Maquiavelo, que era un tipo sabio y en realidad nada malvado –los malos eran los príncipes sobre los que escribió- lo expresó con claridad: «En general, las personas juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver pero pocos comprenden lo que ven». Y tenía toda la razón. Y aún se quedaba corto. Porque además de juzgar –y condenar- por las apariencias, por lo que ven nuestros ojos, juzgamos guiados por nuestros prejuicios. Y ese sistema de evaluación basado en prejuicios –casualmente siempre negativos- es uno de los grandes males del mundo desde que es mundo.

 

Yo juzgo, tú juzgas, él juzga… Todos juzgamos

Pero cuidado, no es solo cosa de padres reaccionarios que no comprenden a sus hijos o son incapaces de entender los nuevos tiempos, como cantaba DylanCome mothers and fathers / Throughout the land / And don't criticize / What you can't understand. Es cosa de todos y cada uno de nosotros. ¿O es que acaso tú mismo -sí, tú- no has pensado alguna vez que ese tipo con rastas es un antisistema, o que esa pija es facha por llevar una pulsera rojigualda, o que esos gitanos están trapicheando con droga, seguro, que es que se les ve…? O que esa rubia buenorra se ha operado, fijo; y ese cachas seguro que es un machista violento y estúpido; o que esos adolescentes que se ríen tanto van puestos hasta las cejas; o que ese negro es un inmigrante ilegal y una amenaza real…



Sí. Todos los días juzgamos con malos ojos, con prejuicios y superficialidad. Porque es más cómodo reafirmarnos en nuestra visión que reconocer otra verdad, otro punto de vista. Aunque estemos ciegos. Quizá por eso nos guste tanto aparentar y mirar por encima en lugar de profundizar, conocer, entender. En esta sociedad de haters sin fronteras, de calumnias virulentas y vanidad ilimitada, la empatía debería ser asignatura obligatoria. En los colegios, en las universidades, en las empresas, en las canchas y, sobre todo, en la política.

Porque, para tener perspectiva (el “big picture” del spot de The Guardian), también es muy importante detenerse en los detalles. En los motivos. En las razones. Ver de cerca, mirar adentro, más allá del envoltorio. El árbol y el bosque. Y así entender los diferentes puntos de vista, que pueden ser tan válidos como el nuestro, o más. Porque nadie tiene la razón absoluta. Nadie. Y menos tú o yo. Así que, antes de juzgar (de opinar, de tuitear, de criticar, de machacar, de insultar), trata de ver el cuadro completo.

Si todos pusiéramos nuestro granito de arena, quizá el mundo sería un poco más amable. Y ya, si en cada opinión o comentario, en cada juicio, tratáramos de aportar en lugar de patear (o sea, mirar en positivo), significaría que aún tenemos remedio. «Odio los juicios que sólo aplastan y no transforman», nos dijo el escritor Elias Canetti. Y unos siglos antes, Sócrates nos sugería: «Sé amable con todo el mundo, pues cada persona libra algún tipo de batalla». Sobran las explicaciones.

 

El incidente del ascensor

Y ya que estamos en positivo, viene al caso una divertida anécdota presuntamente verídica (aunque con múltiples versiones y protagonistas) sobre esto de los prejuicios y las apariencias. Las Vegas. Una señora de mediana edad, Karen, entra en el ascensor de un hotel-casino. Lleva un cubo lleno de monedas que acaba de ganar en la máquina tragaperras, con la intención de guardarlas en su habitación. Pero –¡horror!- dentro del ascensor la esperan dos hombres negros –uno de ellos realmente alto y fuerte- que mantienen la puerta abierta para que ella entre. Y ella entra. Agarrada a su cubo de monedas como si en ello le fuera la vida, Karen ve cómo se cierran las puertas del ascensor. Uno de los hombres le pregunta por su piso (“Hit the floor, lady”), pero ella, en su pequeña paranoia mental, entiende: “¡Tírese al suelo, señora!” Y Karen se tira al suelo y todas sus monedas se desparraman por el ascensor.

Los dos hombres negros, aguantando la risa como pueden, ayudan a la pobre –y avergonzada- Karen a recoger sus ganancias y le explican que solo quieren saber a qué planta va para apretar el botón. Cuando el ascensor se detiene en la planta de Karen, ambos, muy galantes, la acompañan hasta su habitación. Karen entra y cierra la puerta. Suspira, entre el alivio y el bochorno. Y tras la puerta, escucha las carcajadas –ya sin disimulo- de los dos hombres negros. A la mañana siguiente, Karen recibe en su habitación una hermosa docena de rosas. Y una nota que dice: «Gracias por la mejor carcajada que he tenido en muchos años. Eddie Murphy». (Según esta versión, el amigo "alto y fuerte" era el mismísimo Michael Jordan).



lunes, 27 de septiembre de 2021

Pero qué pequeños somos...

 


«El mar te pone en tu sitio. Al océano no le importa que tú estés ahí. Él hará siempre lo que tenga que hacer.» Esta reflexión se la escuché al escritor Don Winslow hace unos años, en un encuentro con sus lectores. El autor de El poder del perro, El cártel y La frontera, además de gran experto en el submundo del narcotráfico, es un consumado surfer y, como tal, muy consciente de la grandiosidad del océano, de su poder ilimitado, y de lo insignificantes que somos los humanos cuando estamos en sus dominios, ya sea sobre una tabla de surf o en el más colosal transatlántico. Apenas una gota de agua, apenas una mota de sal.

El sabio pensamiento de Winslow vale tanto para el océano como para la Naturaleza en general, especialmente en cualquiera de sus variantes catastróficas: inundaciones, tsunami, terremoto, sequía, diluvio, nevada, incendio, pandemia… o esta inédita, traicionera y descomunal erupción que está asolando La Palma y que nos ha recordado, una vez más, nuestra pequeñez frente al poderío incontrolable de la Naturaleza. La misma Naturaleza que exprimimos sin compasión ni previsión, la misma que pretendemos –ingenuamente- tener perfectamente amaestrada. Hasta que se cabrea.

«La proporción entre la obra humana y la naturaleza es la misma que media entre el hombre y Dios». Otro sabio pensamiento, que nos dejó Leonardo da Vinci (un humano que nunca se rindió ante las limitaciones humanas) y que resume certeramente los efectos devastadores, en muchos sentidos, de estas imprevisibles calamidades que nos han asolado últimamente (en un país, por cierto, poco habituado a las calamidades devastadoras, salvo las inundaciones y los incendios anuales), pero que también nos sirven para mirarnos un poco por dentro y obligarnos a reflexionar.  

La primera reflexión es, precisamente, lo pequeños que somos frente al poder y la imprevisibilidad de la Naturaleza. Simples hormiguitas indefensas. Por si alguno (que los hay) seguía creyéndose el ombligo del Universo, el maldito bicho y la inesperada erupción le han tenido que derribar de un plumazo los pilares de su ego y arrasar su desfasada idea de que el Hombre es Dios. No importa lo que hagamos, lo que inventemos, lo que construyamos, lo que tratemos de prever para protegernos, para sentirnos fuertes y seguros: la Naturaleza -o Dios, según cada cual- nos volverá a poner siempre en nuestro sitio, en nuestra verdadera dimensión. Hormiguitas, repito. Con alma, con razón, con enormes capacidades para crear, inventar, sentir y hacer muchas cosas buenas -y también malas- pero hormiguitas al fin y al cabo. Ladrillos en el muro, que diría Pink Floyd.

 


Somos gente solidaria

Hay una segunda reflexión importante: que, salvo las excepciones de turno (gente mala por naturaleza) y los aprovechados de rigor (periodistas y políticos a la cabeza) somos gente bastante solidaria. Lo demostramos en los días peores de la pandemia, en los que cada hogar era un taller de confección de EPIs, una cocina industrial, una fábrica de ánimos virtuales o una academia de creatividad multidisciplinar; lo mismo que miles de empresas -grandes, medianas y pequeñas- que además estar pasando lo suyo no dudaron un segundo en remangarse y sacar su lado más altruista, colaborativo y ejemplar (repartiendo zapatillas, regalando alimentos, facilitando transporte, fabricando material esencial…). Lo demostramos nuevamente durante la gran nevada que asoló el centro de España, poniendo los todoterrenos particulares a disposición de enfermos y sanitarios, liberando calles vecinales a base de pico y pala o simplemente llevando la compra a las personas mayores para que no se jugaran la vida en esas pistas de patinaje que unos días antes eran aceras. Lo demostramos en cada incendio incontrolable, en cada inundación salvaje, en cada catástrofe ferroviaria o terrorista, en cada desgracia humana, individual o colectiva.

Sí. Tenemos nuestros defectos, pero somos un país bastante solidario, a pesar de todo. Número uno mundial en donaciones y trasplantes de órganos, líderes en voluntariado y cooperación en todo tipo de causas (el 86% de los españoles ha colaborado en una ong), con unos profesionales (UME, sanitarios, bomberos, Guardia Civil…) admirados en todo el mundo y uno de los países más concienciados con la inmigración (a pesar de lo que digan por ahí) y la lucha contra la pobreza en el tercer mundo (mucha ong y aún más misiones). Para que luego digan que la envidia es nuestro pecado nacional (salvo si entramos en twitter).

 


Si quieres hacer reír a Dios...

El cielo ha caído sobre nuestras cabezas (que diría Astérix) más de lo habitual últimamente. Ha generado mucho dolor y sufrimiento y ha agravado la crisis un poco más (otro palo en la rueda). Pero, como siempre hemos hecho, saldremos de ésta. Con nuestro proverbial espíritu de superación y con ese espíritu solidario del que debemos sentirnos orgullosos. Pero también, esperemos, tomando conciencia de lo pequeños e insignificantes que somos frente a los caprichos de la Naturaleza. Asumiendo que toda nuestra ingenua arrogancia, nuestra inteligencia presuntamente superior y nuestra desenfrenada ambición de dominar el planeta poco valen si un temporal de nieve más o menos intenso es capaz de paralizar medio país, un volcán implacable e imparable asola cuanto se abre a su paso sin que podamos hacer nada, salvo huir y rezar, y un bichito desatado nos recuerda que somos (casi) tan frágiles y vulnerables como lo éramos en la Edad Media.

 Pues eso, «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes», nos enseñó Woody Allen

 


miércoles, 8 de septiembre de 2021

NO ME JUZGUES

 


No me juzgues.

Porque no tienes ni idea.

No sabes nada de mí.

Quién soy, cómo soy

Lo que pienso, lo que creo

Lo que siento.

No me juzgues por lo que ves

Porque no ves lo que llevo dentro.

 

No me juzgues.

Porque no sabes nada de mí.

No conoces mis causas

Mis anhelos,

Mis batallas o mis desvelos.

No sabes cuánto quiero

Ni cuánto amo ni cuánto entrego.

No sabes en qué creo

Ni qué poco me importan

Todas esas cosas

Que forjan tus deseos

 

No me juzgues.

Porque no tienes ni idea.

No sabes por qué estoy herido

Ni por qué, de tiempo en tiempo,

Me siento perdido.

No me juzgues por no tener

Lo que en realidad no quiero.

Lo que a ti te pierde

Quizá no forme parte de mi juego.

 

No me juzgues

Por aquello en lo que creo.

No cuestiones mi fe

Ni mis firmes valores

Ni mi férrea lealtad

A lo que me mantiene en pie.

No te burles

De lo que eres incapaz de apreciar

No menosprecies aquello

Que, desde tu necia ceguera,

Nunca podrás entender,

Valorar o alcanzar.

 

No me juzgues

Por mis fracasos,

Por mis caídas, por mis miedos.

Porque no sabes lo que aprendí

De cada uno de ellos.

No me juzgues

Por mi apariencia

Sin adentrarte en mi interior

Si no sabes de qué me río

O por qué lloro

Qué me conmueve hasta el delirio

O qué me estremece hasta el dolor.

No me juzgues

Según tu criterio

De lo que es malo o bueno

Porque yo no soy tú

Ni pretendo serlo.

 

No me juzgues

Por cómo visto, por cómo hablo

Porque sea lento o incapaz

Por no ser un ser perfecto.

No me juzgues

Por mi discapacidad

Si no sabes valorar mi esfuerzo.

No me juzgues

Por los zapatos que calzo

-gastados, ajados, cansados-

Hasta calzarlos tú mismo.

Hasta que sientas el dolor en tus pies

Al recorrer mi camino.

 

No me juzgues

Si mi forma de amar es diferente

O si añoro la soledad

O si prefiero el pasado

A lo que vendrá.

No me juzgues

Por mis callados silencios

Ni cuestiones mi verdad

Solo porque no es la tuya.

No me juzgues

Si no pido más y más

Y elijo ser feliz

Con lo que tengo.

 

No me juzgues

Por mis carencias.

No me vejes si soy torpe,

Quizá no tenga tu destreza.

No me desprecies por mis dudas

Quizá no tenga tus certezas.

No me juzgues.

No poses en mí

Tu mirada torcida

Ni me midas con tu medida.

Porque yo no soy tú

Ni mi vida es tu vida.

 

No me juzgues

Desde tu atalaya moral.

Desde esa torre de marfil

Tan baja, tan vana, tan frágil

Que se sostiene en mí.

Desde esa falsa superioridad

Que oculta tus complejos.

Tan endeble, tan insegura

Que por no mirarse en tu espejo

Tiene que reflejarse en mí.

 

No me juzgues.

Porque nunca serás justo,

Ni certero ni honesto.

Ni tienes por qué hacerlo.

Porque no sabes nada de mí

Quién soy, cómo soy

Lo que pienso, lo que creo.

Lo que siento.

No me juzgues.

No pierdas tu tiempo conmigo.

Sigue tu torvo camino

Y olvida que una vez existí.

 


viernes, 16 de julio de 2021

Nuestro primer oro olímpico


1928, como 2021, fue año olímpico. Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, si bien no contaban con el poderío mediático de los actuales Juegos, fueron pioneros en muchos aspectos: por primera vez se realizó el encendido del pebetero con la llama olímpica; por primera vez Grecia, cuna del Olimpismo, encabezó el desfile en la ceremonia inaugural; por primera vez las mujeres compitieron en atletismo; por primera vez un personaje de la realeza (Olaf de Noruega) subió a lo más alto del podio; y por primera vez, España ganó el máximo galardón en unos Juegos Olímpicos oficiales. Nuestra primera Medalla de Oro.


La tarde del 12 de agosto de 1928, en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, ante la reina Guillermina, la princesa Juliana, el presidente del COI, los Cuerpos Diplomáticos de medio mundo, jefes de estado, ministros, personalidades de las artes y las ciencias, cientos de periodistas y 70.000 espectadores, sonaba el himno de España por primera vez en unos Juegos Olímpicos. En lo más alto del mástil, nuestra bandera; y en lo más alto del podio (que en esta ocasión conformaban sus monturas), los capitanes de Caballería José Navarro Morenés, Julio García Fernández y José Álvarez de Bohorques, marqués de los Trujillos (que ya había participado en la Olimpiada de París 1924, quedando en un honroso séptimo lugar). Ese histórico día de verano, hace 93 años, la ciudad que vio nacer a Van Gogh vio también nuestro primer Oro Olímpico, en la modalidad de saltos de obstáculos por equipos; un hito que no se repetiría hasta 44 años después, en Sapporo ‘72, gracias a ese otro gran deportista que fue Paquito Fernández Ochoa.


Los IX Juegos Olímpicos se celebraron en Ámsterdam entre el 17 de mayo y el 12 de agosto y participaron 3.014 atletas (de los que 290 eran mujeres) de 46 países, que compitieron en 14 deportes y 109 especialidades. Para el deporte español era tan solo su tercera cita olímpica y acudió con una delegación de 82 deportistas, que se batieron en ocho disciplinas: atletismo, natación, regatas, esgrima, boxeo, fútbol, jockey sobre hierba e hípica. A lo largo de casi dos meses se fueron sucediendo las diferentes competiciones, con más pena que gloria para los atletas españoles. Hasta el último día. Fue precisamente la jornada de clausura de los Juegos la elegida por la organización para celebrar el Gran Premio Olímpico de Salto de Obstáculos. Ello aseguró la presencia regia en el palco de honor y el lleno absoluto, hasta la última grada, en el Estadio Olímpico.
También aseguró el nerviosismo de nuestros jinetes, presionados por la responsabilidad de llevar una medalla a casa, después del fracaso colectivo; y si era de oro, mejor. La cosa no estaba fácil, desde luego. Las 16 naciones participantes tenían un altísimo nivel (“no eran precisamente hermanitas de la caridad” recordaba el capitán Trujillos), especialmente Suecia, invicta en todos los concursos de saltos olímpicos desde 1912. Pero tampoco había que desdeñar a Polonia, Francia, Estados Unidos o Alemania, verdaderas potencias en las disciplinas ecuestres y que habían acudido a la cita olímpica con tándems jinete-caballo realmente temibles.


Los tres capitanes españoles, junto al resto de jinetes seleccionados habían llegado a Holanda por ferrocarril tan solo ocho días antes; tras una semana de entrenamiento en la ciudad de Laken, próxima a Ámsterdam, el equipo hípico acude a la ciudad olímpica el mismo día de la competición. Al entrar en el estadio, Trujillos y sus compañeros no disimulan su asombro ante el imponente escenario y el no menos imponente público. Sus compatriotas les dan ánimos: “Sois los mejores; debéis batiros como leones y no olvidaros de que sois de Caballería”. Ellos responden con convicción: “Desde hace mucho tiempo soñamos con estar en los Juegos de Ámsterdam; aquí estamos y no nos iremos con las manos vacías”. La expectación es fabulosa, la reina Guillermina ya está en el palco regio, junto a las personalidades mundiales más relevantes del momento; los 70.000 espectadores contienen la respiración durante los preliminares. España no parte como favorita, pero sus jinetes generan curiosidad.
Trujillos, Navarro y García Fernández se desean suerte, los nervios templados; fe absoluta en la victoria; los caballos (Zalamero, Zapatazo y Revistada) están en buena forma, y ellos también. Comienza la competición, y se van sucediendo las actuaciones de los 34 jinetes de los diferentes países; finalmente, el equipo a batir es Polonia. España acumula dos puntos antes del último recorrido; la prueba es dura, pero García Fernández acaba con un único derribo. Cuatro puntos en total. La tensión es máxima; sale el último jinete polaco, que realiza un recorrido impecable… hasta el obstáculo final: seis puntos de penalización; más los dos anteriores, ocho. Los jinetes españoles no se lo creen aún, pero los altavoces del gran estadio olímpico anuncian: “¡España, ganadora con cuatro puntos!”

Los tres capitanes escuchan emocionados el anuncio y la inmediata ovación de las 70.000 gargantas que abarrotan el estadio. Los otros componentes del equipo español irrumpen en la pista y corren a felicitar a los campeones con indisimulado júbilo; ordenanzas y oficiales se saltan el protocolo militar y se abrazan lanzando vivas a España y al Arma de Caballería. El Oro es español. El orgullo también. Y las lágrimas. La reina Guillermina de Holanda hace entrega solemne de la medalla de oro a los tres vencedores. El primero en recibirla es el capitán Trujillos, el más veterano. “Hemos dejado al deporte español en el lugar que le correspondía” le dice a la reina, consciente de la trascendencia de su hazaña. Acto seguido, saludando con pulso firme y ojos temblorosos, los tres jinetes de oro escuchan la Marcha Real Española, junto a 70.000 espectadores enmudecidos y puestos en pie. La bandera española, en lo más alto del mástil olímpico. Y el deporte español, en lo más alto del olimpo mundial.




Recibidos por... nadie

Pero son otros tiempos. Y la histórica hazaña, el hito sin precedentes en el olimpismo español (y no repetido hasta 44 años después) no obtiene la resonancia merecida en su propio país. Las medallas de oro volvieron a España en tren y a su paso por la frontera, en Hendaya, el único baño de multitudes que reciben los tres héroes es el que les proporciona el padre de Trujillos, Mauricio Álvarez de las Asturias Bohorques (duque de Gor), quien les recibe con orgulloso entusiasmo, una caja de puros y una botella de champán. Su llegada a Madrid es aún más desoladora: los campeones olímpicos fueron recibidos en la Estación del Norte por… nadie. Probablemente un telegrama que se perdió en algún lugar del camino, entre la ciudad del Amstel y la del Manzanares. O entre un despacho y otro del propio Ministerio de la Guerra.

Días más tarde todo se compensó con un gran banquete oficial que se ofreció a los campeones en el hotel Ritz, y al que acudieron el general Primo de Rivera (jefe del gobierno), el Capitán General Weyler, numerosos compañeros del Arma de Caballería y el Rey Alfonso XIII, quien los recibió con orgullo y cariño: “Vosotros los jinetes, los que nunca me habéis dado un disgusto”. El homenaje fue entrañable, emotivo e inolvidable para los tres jóvenes jinetes, a los que se unieron cientos de españoles que acudieron al hotel para mostrar su admiración y gratitud por esa primera medalla de oro del olimpismo patrio.


La medalla de Oro, robada

Pero el periplo del dorado galardón no había concluido aún. Unos años más tarde, en tiempos de la II República, la pérdida fue mucho más grave que un simple telegrama. Porque lo que se perdió fue la mismísima medalla de oro. O mejor dicho, le fue arrebatada a su legítimo dueño, José Álvarez de las Asturias Bohorques, durante un asalto a su domicilio madrileño (como tantos otros asaltos incontrolados perpetrados en aquellos años). Y, con el oro olímpico, le robaron también todos sus trofeos hípicos, que eran muchos, importantes y valiosos. Sin embargo, aunque la medalla desapareció físicamente, su espíritu se mantuvo intacto en la memoria del marqués de los Trujillos y en la de su familia durante décadas. Hasta 1984. Ese año, Juan Antonio Samaranch, desde 1980 presidente del COI, se enteró de que esa medalla histórica, el primer oro olímpico del deporte español, llevaba medio siglo desaparecida. Y no se lo pensó un segundo. Encargó una réplica exacta para reparar esa deuda con la historia y el olimpismo. Por pura justicia deportiva.

El acto de entrega de la medalla “recuperada” fue tan sencillo como emotivo. En una fría mañana de diciembre, sobre la arena del picadero cubierto del Club de Campo de Madrid, con la presencia de S.M. el Rey Juan Carlos I y un puñado de familiares y amigos. Trujillos, con su sempiterno “loden”, su sombrero y su bastón y una envidiable vitalidad a sus 90 años; y frente a él, su grandísimo amigo Beltrán Alburquerque colgándole de nuevo la medalla de oro y fundiéndose luego en un abrazo largo, profundo y emocionado. Y todos sus nietos, su familia, sus amigos más íntimos, llorando sin apenas disimulo y agradeciendo infinitamente el poder vivir ese repetido momento histórico que no pudimos vivir en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, aquel 12 de agosto de 1928. Un beso muy fuerte, abuelo.



Trujillos, un jinete récord

· En 1921 logra el récord de España de altura con un salto de 2,20 m; marca que no fue superada hasta 26 años después.

· Participó en 261 carreras de caballos, 162 lisas y 99 de obstáculos, de las que ganó 107, palmarés que fue record absoluto del Gentleman Riders durante 7 años.

· Siendo profesor de la Escuela de Equitación Militar, en 1927 y 1928, descendió las míticas cortaduras de la Zarzuela (barrancadas de 15 metros de caída casi vertical), hazaña ecuestre que dio la vuelta al mundo.

· Ganó 12 Copas del Rey, 3 veces el Gran Premio de Madrid, varias Copas de Naciones (por equipos) y numerosos premios internacionales.

· Fue presidente de la Sociedad de Fomento y Cría Caballar de 1956 a 1976, Medalla de Oro al Mérito deportivo y Medalla de Oro del COI.

Su mayor orgullo deportivo: su hijo Pepe

Dedicó toda tu vida (97 intensos años), toda su alma generosa y todo su saber (que era mucho) a la hípica, su gran pasión. Lo hizo todo y lo ganó todo sobre un caballo. Y sin embargo, de entre todos sus méritos, del que más orgulloso estuvo siempre fue de entrenar y convertir a su hijo Pepe (mi padre) en uno de los mejores jinetes de su generación. Un palmarés deportivo impresionante que muy pocos han logrado alcanzar en el mundo de la hípica. José Álvarez de las Asturias Bohorques Pérez de Guzmán, Pepe Álvarez de Bohorques para amigos y compañeros del mundillo ecuestre, fue Subcampeón del Mundo individual en 1966, Campeón de España en dos ocasiones, ganador de 5 Copas de Naciones y de 107 Primeros Premios Internacionales, 1º en el Ranking de Ganadores de Primeros Premios en Concurso de Saltos Internacional Oficial en 1961 (con 15 victorias), seleccionado para tres Juegos Olímpicos… 


Además atesora altas distinciones, entre otras muchas, la Medalla de Oro de la Federación Ecuestre Internacional, la Orden Olímpica del C.O.E. y 2 Medallas de Plata al Mérito Deportivo. Y como directivo ha sido Presidente de la Comisión de Saltos de Obstáculos de la F.E.I. durante 8 años, Vicepresidente de la R.F.H.E., miembro del C.O.E. desde 1989 hasta 1997 y prestigioso Juez Internacional Oficial durante 20 años, participando en más de 100 Concursos Internacionales, entre ellos tres Juegos Olímpicos y cuatro Campeonatos del Mundo. 





Una cierta polémica

En algunos círculos es considerada como primera medalla de oro olímpica la obtenida (que no ganada) por la pareja Villota-Amézola en cesta punta, en los "Concursos Internacionales de Ejercicios Físicos y Deportes de París del año 1900", una serie de eventos deportivos que se disputaron a lo largo de varios meses en el contexto de la Exposición Universal de la capital francesa. Según el investigador Bill Melon, se disputaron competiciones amateur de pelota en el frontón de Neully-Sur-Seine; la final, que debía enfrentar a los españoles con la pareja francesa, no se llegó a disputar debido a la negativa de los anfitriones a aceptar las reglas.
      La cesta punta no ha vuelto a ser disciplina olímpica. Veinticuatro años después de estos "Concursos de Ejercicios Físicos" se celebraron en París unos Juegos Olímpicos más "oficiales", en los que la cesta punta fue deporte de exhibición, al igual que en México '68 y Barcelona '92 (España, por cierto, ganó en todas ellas).