lunes, 27 de septiembre de 2021

Pero qué pequeños somos...

 


«El mar te pone en tu sitio. Al océano no le importa que tú estés ahí. Él hará siempre lo que tenga que hacer.» Esta reflexión se la escuché al escritor Don Winslow hace unos años, en un encuentro con sus lectores. El autor de El poder del perro, El cártel y La frontera, además de gran experto en el submundo del narcotráfico, es un consumado surfer y, como tal, muy consciente de la grandiosidad del océano, de su poder ilimitado, y de lo insignificantes que somos los humanos cuando estamos en sus dominios, ya sea sobre una tabla de surf o en el más colosal transatlántico. Apenas una gota de agua, apenas una mota de sal.

El sabio pensamiento de Winslow vale tanto para el océano como para la Naturaleza en general, especialmente en cualquiera de sus variantes catastróficas: inundaciones, tsunami, terremoto, sequía, diluvio, nevada, incendio, pandemia… o esta inédita, traicionera y descomunal erupción que está asolando La Palma y que nos ha recordado, una vez más, nuestra pequeñez frente al poderío incontrolable de la Naturaleza. La misma Naturaleza que exprimimos sin compasión ni previsión, la misma que pretendemos –ingenuamente- tener perfectamente amaestrada. Hasta que se cabrea.

«La proporción entre la obra humana y la naturaleza es la misma que media entre el hombre y Dios». Otro sabio pensamiento, que nos dejó Leonardo da Vinci (un humano que nunca se rindió ante las limitaciones humanas) y que resume certeramente los efectos devastadores, en muchos sentidos, de estas imprevisibles calamidades que nos han asolado últimamente (en un país, por cierto, poco habituado a las calamidades devastadoras, salvo las inundaciones y los incendios anuales), pero que también nos sirven para mirarnos un poco por dentro y obligarnos a reflexionar.  

La primera reflexión es, precisamente, lo pequeños que somos frente al poder y la imprevisibilidad de la Naturaleza. Simples hormiguitas indefensas. Por si alguno (que los hay) seguía creyéndose el ombligo del Universo, el maldito bicho y la inesperada erupción le han tenido que derribar de un plumazo los pilares de su ego y arrasar su desfasada idea de que el Hombre es Dios. No importa lo que hagamos, lo que inventemos, lo que construyamos, lo que tratemos de prever para protegernos, para sentirnos fuertes y seguros: la Naturaleza -o Dios, según cada cual- nos volverá a poner siempre en nuestro sitio, en nuestra verdadera dimensión. Hormiguitas, repito. Con alma, con razón, con enormes capacidades para crear, inventar, sentir y hacer muchas cosas buenas -y también malas- pero hormiguitas al fin y al cabo. Ladrillos en el muro, que diría Pink Floyd.

 


Somos gente solidaria

Hay una segunda reflexión importante: que, salvo las excepciones de turno (gente mala por naturaleza) y los aprovechados de rigor (periodistas y políticos a la cabeza) somos gente bastante solidaria. Lo demostramos en los días peores de la pandemia, en los que cada hogar era un taller de confección de EPIs, una cocina industrial, una fábrica de ánimos virtuales o una academia de creatividad multidisciplinar; lo mismo que miles de empresas -grandes, medianas y pequeñas- que además estar pasando lo suyo no dudaron un segundo en remangarse y sacar su lado más altruista, colaborativo y ejemplar (repartiendo zapatillas, regalando alimentos, facilitando transporte, fabricando material esencial…). Lo demostramos nuevamente durante la gran nevada que asoló el centro de España, poniendo los todoterrenos particulares a disposición de enfermos y sanitarios, liberando calles vecinales a base de pico y pala o simplemente llevando la compra a las personas mayores para que no se jugaran la vida en esas pistas de patinaje que unos días antes eran aceras. Lo demostramos en cada incendio incontrolable, en cada inundación salvaje, en cada catástrofe ferroviaria o terrorista, en cada desgracia humana, individual o colectiva.

Sí. Tenemos nuestros defectos, pero somos un país bastante solidario, a pesar de todo. Número uno mundial en donaciones y trasplantes de órganos, líderes en voluntariado y cooperación en todo tipo de causas (el 86% de los españoles ha colaborado en una ong), con unos profesionales (UME, sanitarios, bomberos, Guardia Civil…) admirados en todo el mundo y uno de los países más concienciados con la inmigración (a pesar de lo que digan por ahí) y la lucha contra la pobreza en el tercer mundo (mucha ong y aún más misiones). Para que luego digan que la envidia es nuestro pecado nacional (salvo si entramos en twitter).

 


Si quieres hacer reír a Dios...

El cielo ha caído sobre nuestras cabezas (que diría Astérix) más de lo habitual últimamente. Ha generado mucho dolor y sufrimiento y ha agravado la crisis un poco más (otro palo en la rueda). Pero, como siempre hemos hecho, saldremos de ésta. Con nuestro proverbial espíritu de superación y con ese espíritu solidario del que debemos sentirnos orgullosos. Pero también, esperemos, tomando conciencia de lo pequeños e insignificantes que somos frente a los caprichos de la Naturaleza. Asumiendo que toda nuestra ingenua arrogancia, nuestra inteligencia presuntamente superior y nuestra desenfrenada ambición de dominar el planeta poco valen si un temporal de nieve más o menos intenso es capaz de paralizar medio país, un volcán implacable e imparable asola cuanto se abre a su paso sin que podamos hacer nada, salvo huir y rezar, y un bichito desatado nos recuerda que somos (casi) tan frágiles y vulnerables como lo éramos en la Edad Media.

 Pues eso, «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes», nos enseñó Woody Allen

 


miércoles, 8 de septiembre de 2021

NO ME JUZGUES

 


No me juzgues.

Porque no tienes ni idea.

No sabes nada de mí.

Quién soy, cómo soy

Lo que pienso, lo que creo

Lo que siento.

No me juzgues por lo que ves

Porque no ves lo que llevo dentro.

 

No me juzgues.

Porque no sabes nada de mí.

No conoces mis causas

Mis anhelos,

Mis batallas o mis desvelos.

No sabes cuánto quiero

Ni cuánto amo ni cuánto entrego.

No sabes en qué creo

Ni qué poco me importan

Todas esas cosas

Que forjan tus deseos

 

No me juzgues.

Porque no tienes ni idea.

No sabes por qué estoy herido

Ni por qué, de tiempo en tiempo,

Me siento perdido.

No me juzgues por no tener

Lo que en realidad no quiero.

Lo que a ti te pierde

Quizá no forme parte de mi juego.

 

No me juzgues

Por aquello en lo que creo.

No cuestiones mi fe

Ni mis firmes valores

Ni mi férrea lealtad

A lo que me mantiene en pie.

No te burles

De lo que eres incapaz de apreciar

No menosprecies aquello

Que, desde tu necia ceguera,

Nunca podrás entender,

Valorar o alcanzar.

 

No me juzgues

Por mis fracasos,

Por mis caídas, por mis miedos.

Porque no sabes lo que aprendí

De cada uno de ellos.

No me juzgues

Por mi apariencia

Sin adentrarte en mi interior

Si no sabes de qué me río

O por qué lloro

Qué me conmueve hasta el delirio

O qué me estremece hasta el dolor.

No me juzgues

Según tu criterio

De lo que es malo o bueno

Porque yo no soy tú

Ni pretendo serlo.

 

No me juzgues

Por cómo visto, por cómo hablo

Porque sea lento o incapaz

Por no ser un ser perfecto.

No me juzgues

Por mi discapacidad

Si no sabes valorar mi esfuerzo.

No me juzgues

Por los zapatos que calzo

-gastados, ajados, cansados-

Hasta calzarlos tú mismo.

Hasta que sientas el dolor en tus pies

Al recorrer mi camino.

 

No me juzgues

Si mi forma de amar es diferente

O si añoro la soledad

O si prefiero el pasado

A lo que vendrá.

No me juzgues

Por mis callados silencios

Ni cuestiones mi verdad

Solo porque no es la tuya.

No me juzgues

Si no pido más y más

Y elijo ser feliz

Con lo que tengo.

 

No me juzgues

Por mis carencias.

No me vejes si soy torpe,

Quizá no tenga tu destreza.

No me desprecies por mis dudas

Quizá no tenga tus certezas.

No me juzgues.

No poses en mí

Tu mirada torcida

Ni me midas con tu medida.

Porque yo no soy tú

Ni mi vida es tu vida.

 

No me juzgues

Desde tu atalaya moral.

Desde esa torre de marfil

Tan baja, tan vana, tan frágil

Que se sostiene en mí.

Desde esa falsa superioridad

Que oculta tus complejos.

Tan endeble, tan insegura

Que por no mirarse en tu espejo

Tiene que reflejarse en mí.

 

No me juzgues.

Porque nunca serás justo,

Ni certero ni honesto.

Ni tienes por qué hacerlo.

Porque no sabes nada de mí

Quién soy, cómo soy

Lo que pienso, lo que creo.

Lo que siento.

No me juzgues.

No pierdas tu tiempo conmigo.

Sigue tu torvo camino

Y olvida que una vez existí.

 


viernes, 16 de julio de 2021

Nuestro primer oro olímpico


1928, como 2021, fue año olímpico. Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, si bien no contaban con el poderío mediático de los actuales Juegos, fueron pioneros en muchos aspectos: por primera vez se realizó el encendido del pebetero con la llama olímpica; por primera vez Grecia, cuna del Olimpismo, encabezó el desfile en la ceremonia inaugural; por primera vez las mujeres compitieron en atletismo; por primera vez un personaje de la realeza (Olaf de Noruega) subió a lo más alto del podio; y por primera vez, España ganó el máximo galardón en unos Juegos Olímpicos oficiales. Nuestra primera Medalla de Oro.


La tarde del 12 de agosto de 1928, en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, ante la reina Guillermina, la princesa Juliana, el presidente del COI, los Cuerpos Diplomáticos de medio mundo, jefes de estado, ministros, personalidades de las artes y las ciencias, cientos de periodistas y 70.000 espectadores, sonaba el himno de España por primera vez en unos Juegos Olímpicos. En lo más alto del mástil, nuestra bandera; y en lo más alto del podio (que en esta ocasión conformaban sus monturas), los capitanes de Caballería José Navarro Morenés, Julio García Fernández y José Álvarez de Bohorques, marqués de los Trujillos (que ya había participado en la Olimpiada de París 1924, quedando en un honroso séptimo lugar). Ese histórico día de verano, hace 93 años, la ciudad que vio nacer a Van Gogh vio también nuestro primer Oro Olímpico, en la modalidad de saltos de obstáculos por equipos; un hito que no se repetiría hasta 44 años después, en Sapporo ‘72, gracias a ese otro gran deportista que fue Paquito Fernández Ochoa.


Los IX Juegos Olímpicos se celebraron en Ámsterdam entre el 17 de mayo y el 12 de agosto y participaron 3.014 atletas (de los que 290 eran mujeres) de 46 países, que compitieron en 14 deportes y 109 especialidades. Para el deporte español era tan solo su tercera cita olímpica y acudió con una delegación de 82 deportistas, que se batieron en ocho disciplinas: atletismo, natación, regatas, esgrima, boxeo, fútbol, jockey sobre hierba e hípica. A lo largo de casi dos meses se fueron sucediendo las diferentes competiciones, con más pena que gloria para los atletas españoles. Hasta el último día. Fue precisamente la jornada de clausura de los Juegos la elegida por la organización para celebrar el Gran Premio Olímpico de Salto de Obstáculos. Ello aseguró la presencia regia en el palco de honor y el lleno absoluto, hasta la última grada, en el Estadio Olímpico.
También aseguró el nerviosismo de nuestros jinetes, presionados por la responsabilidad de llevar una medalla a casa, después del fracaso colectivo; y si era de oro, mejor. La cosa no estaba fácil, desde luego. Las 16 naciones participantes tenían un altísimo nivel (“no eran precisamente hermanitas de la caridad” recordaba el capitán Trujillos), especialmente Suecia, invicta en todos los concursos de saltos olímpicos desde 1912. Pero tampoco había que desdeñar a Polonia, Francia, Estados Unidos o Alemania, verdaderas potencias en las disciplinas ecuestres y que habían acudido a la cita olímpica con tándems jinete-caballo realmente temibles.


Los tres capitanes españoles, junto al resto de jinetes seleccionados habían llegado a Holanda por ferrocarril tan solo ocho días antes; tras una semana de entrenamiento en la ciudad de Laken, próxima a Ámsterdam, el equipo hípico acude a la ciudad olímpica el mismo día de la competición. Al entrar en el estadio, Trujillos y sus compañeros no disimulan su asombro ante el imponente escenario y el no menos imponente público. Sus compatriotas les dan ánimos: “Sois los mejores; debéis batiros como leones y no olvidaros de que sois de Caballería”. Ellos responden con convicción: “Desde hace mucho tiempo soñamos con estar en los Juegos de Ámsterdam; aquí estamos y no nos iremos con las manos vacías”. La expectación es fabulosa, la reina Guillermina ya está en el palco regio, junto a las personalidades mundiales más relevantes del momento; los 70.000 espectadores contienen la respiración durante los preliminares. España no parte como favorita, pero sus jinetes generan curiosidad.
Trujillos, Navarro y García Fernández se desean suerte, los nervios templados; fe absoluta en la victoria; los caballos (Zalamero, Zapatazo y Revistada) están en buena forma, y ellos también. Comienza la competición, y se van sucediendo las actuaciones de los 34 jinetes de los diferentes países; finalmente, el equipo a batir es Polonia. España acumula dos puntos antes del último recorrido; la prueba es dura, pero García Fernández acaba con un único derribo. Cuatro puntos en total. La tensión es máxima; sale el último jinete polaco, que realiza un recorrido impecable… hasta el obstáculo final: seis puntos de penalización; más los dos anteriores, ocho. Los jinetes españoles no se lo creen aún, pero los altavoces del gran estadio olímpico anuncian: “¡España, ganadora con cuatro puntos!”

Los tres capitanes escuchan emocionados el anuncio y la inmediata ovación de las 70.000 gargantas que abarrotan el estadio. Los otros componentes del equipo español irrumpen en la pista y corren a felicitar a los campeones con indisimulado júbilo; ordenanzas y oficiales se saltan el protocolo militar y se abrazan lanzando vivas a España y al Arma de Caballería. El Oro es español. El orgullo también. Y las lágrimas. La reina Guillermina de Holanda hace entrega solemne de la medalla de oro a los tres vencedores. El primero en recibirla es el capitán Trujillos, el más veterano. “Hemos dejado al deporte español en el lugar que le correspondía” le dice a la reina, consciente de la trascendencia de su hazaña. Acto seguido, saludando con pulso firme y ojos temblorosos, los tres jinetes de oro escuchan la Marcha Real Española, junto a 70.000 espectadores enmudecidos y puestos en pie. La bandera española, en lo más alto del mástil olímpico. Y el deporte español, en lo más alto del olimpo mundial.




Recibidos por... nadie

Pero son otros tiempos. Y la histórica hazaña, el hito sin precedentes en el olimpismo español (y no repetido hasta 44 años después) no obtiene la resonancia merecida en su propio país. Las medallas de oro volvieron a España en tren y a su paso por la frontera, en Hendaya, el único baño de multitudes que reciben los tres héroes es el que les proporciona el padre de Trujillos, Mauricio Álvarez de las Asturias Bohorques (duque de Gor), quien les recibe con orgulloso entusiasmo, una caja de puros y una botella de champán. Su llegada a Madrid es aún más desoladora: los campeones olímpicos fueron recibidos en la Estación del Norte por… nadie. Probablemente un telegrama que se perdió en algún lugar del camino, entre la ciudad del Amstel y la del Manzanares. O entre un despacho y otro del propio Ministerio de la Guerra.

Días más tarde todo se compensó con un gran banquete oficial que se ofreció a los campeones en el hotel Ritz, y al que acudieron el general Primo de Rivera (jefe del gobierno), el Capitán General Weyler, numerosos compañeros del Arma de Caballería y el Rey Alfonso XIII, quien los recibió con orgullo y cariño: “Vosotros los jinetes, los que nunca me habéis dado un disgusto”. El homenaje fue entrañable, emotivo e inolvidable para los tres jóvenes jinetes, a los que se unieron cientos de españoles que acudieron al hotel para mostrar su admiración y gratitud por esa primera medalla de oro del olimpismo patrio.


La medalla de Oro, robada

Pero el periplo del dorado galardón no había concluido aún. Unos años más tarde, en tiempos de la II República, la pérdida fue mucho más grave que un simple telegrama. Porque lo que se perdió fue la mismísima medalla de oro. O mejor dicho, le fue arrebatada a su legítimo dueño, José Álvarez de las Asturias Bohorques, durante un asalto a su domicilio madrileño (como tantos otros asaltos incontrolados perpetrados en aquellos años). Y, con el oro olímpico, le robaron también todos sus trofeos hípicos, que eran muchos, importantes y valiosos. Sin embargo, aunque la medalla desapareció físicamente, su espíritu se mantuvo intacto en la memoria del marqués de los Trujillos y en la de su familia durante décadas. Hasta 1984. Ese año, Juan Antonio Samaranch, desde 1980 presidente del COI, se enteró de que esa medalla histórica, el primer oro olímpico del deporte español, llevaba medio siglo desaparecida. Y no se lo pensó un segundo. Encargó una réplica exacta para reparar esa deuda con la historia y el olimpismo. Por pura justicia deportiva.

El acto de entrega de la medalla “recuperada” fue tan sencillo como emotivo. En una fría mañana de diciembre, sobre la arena del picadero cubierto del Club de Campo de Madrid, con la presencia de S.M. el Rey Juan Carlos I y un puñado de familiares y amigos. Trujillos, con su sempiterno “loden”, su sombrero y su bastón y una envidiable vitalidad a sus 90 años; y frente a él, su grandísimo amigo Beltrán Alburquerque colgándole de nuevo la medalla de oro y fundiéndose luego en un abrazo largo, profundo y emocionado. Y todos sus nietos, su familia, sus amigos más íntimos, llorando sin apenas disimulo y agradeciendo infinitamente el poder vivir ese repetido momento histórico que no pudimos vivir en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, aquel 12 de agosto de 1928. Un beso muy fuerte, abuelo.



Trujillos, un jinete récord

· En 1921 logra el récord de España de altura con un salto de 2,20 m; marca que no fue superada hasta 26 años después.

· Participó en 261 carreras de caballos, 162 lisas y 99 de obstáculos, de las que ganó 107, palmarés que fue record absoluto del Gentleman Riders durante 7 años.

· Siendo profesor de la Escuela de Equitación Militar, en 1927 y 1928, descendió las míticas cortaduras de la Zarzuela (barrancadas de 15 metros de caída casi vertical), hazaña ecuestre que dio la vuelta al mundo.

· Ganó 12 Copas del Rey, 3 veces el Gran Premio de Madrid, varias Copas de Naciones (por equipos) y numerosos premios internacionales.

· Fue presidente de la Sociedad de Fomento y Cría Caballar de 1956 a 1976, Medalla de Oro al Mérito deportivo y Medalla de Oro del COI.

Su mayor orgullo deportivo: su hijo Pepe

Dedicó toda tu vida (97 intensos años), toda su alma generosa y todo su saber (que era mucho) a la hípica, su gran pasión. Lo hizo todo y lo ganó todo sobre un caballo. Y sin embargo, de entre todos sus méritos, del que más orgulloso estuvo siempre fue de entrenar y convertir a su hijo Pepe (mi padre) en uno de los mejores jinetes de su generación. Un palmarés deportivo impresionante que muy pocos han logrado alcanzar en el mundo de la hípica. José Álvarez de las Asturias Bohorques Pérez de Guzmán, Pepe Álvarez de Bohorques para amigos y compañeros del mundillo ecuestre, fue Subcampeón del Mundo individual en 1966, Campeón de España en dos ocasiones, ganador de 5 Copas de Naciones y de 107 Primeros Premios Internacionales, 1º en el Ranking de Ganadores de Primeros Premios en Concurso de Saltos Internacional Oficial en 1961 (con 15 victorias), seleccionado para tres Juegos Olímpicos… 


Además atesora altas distinciones, entre otras muchas, la Medalla de Oro de la Federación Ecuestre Internacional, la Orden Olímpica del C.O.E. y 2 Medallas de Plata al Mérito Deportivo. Y como directivo ha sido Presidente de la Comisión de Saltos de Obstáculos de la F.E.I. durante 8 años, Vicepresidente de la R.F.H.E., miembro del C.O.E. desde 1989 hasta 1997 y prestigioso Juez Internacional Oficial durante 20 años, participando en más de 100 Concursos Internacionales, entre ellos tres Juegos Olímpicos y cuatro Campeonatos del Mundo. 





Una cierta polémica

En algunos círculos es considerada como primera medalla de oro olímpica la obtenida (que no ganada) por la pareja Villota-Amézola en cesta punta, en los "Concursos Internacionales de Ejercicios Físicos y Deportes de París del año 1900", una serie de eventos deportivos que se disputaron a lo largo de varios meses en el contexto de la Exposición Universal de la capital francesa. Según el investigador Bill Melon, se disputaron competiciones amateur de pelota en el frontón de Neully-Sur-Seine; la final, que debía enfrentar a los españoles con la pareja francesa, no se llegó a disputar debido a la negativa de los anfitriones a aceptar las reglas.
      La cesta punta no ha vuelto a ser disciplina olímpica. Veinticuatro años después de estos "Concursos de Ejercicios Físicos" se celebraron en París unos Juegos Olímpicos más "oficiales", en los que la cesta punta fue deporte de exhibición, al igual que en México '68 y Barcelona '92 (España, por cierto, ganó en todas ellas).


viernes, 11 de junio de 2021

Orquesta de Cateura: reciclar basura para reciclar personas




Asunción, Paraguay. A unos nueve kilómetros al sur de la capital Cateura se despliega a orillas del río Paraguay como una inmensa ciudad de inmundicia, de miles de chabolas hacinadas en desorden alrededor de la basura; una ciudad de pobreza, suciedad y polvo (o barro, según la estación). Más de 25.000 personas viven (sobreviven) en un espacio que no es de nadie y no tiene nada. Por no tener, ni siquiera tiene reconocimiento oficial, lo que significa que no hay calles asfaltadas, no cuenta con electricidad ni agua potable, no existen servicios municipales de ninguna clase. Ni los más mínimos. En Cateura las casas están construidas y amuebladas con basura, y los niños apenas tienen con qué jugar, salvo la propia basura; lo que encuentran arrojado en el gigantesco vertedero (el más grande de la región) que es a un tiempo el sustento y la tragedia de los habitantes de este pozo de miseria. De él viven miles de familias, en él bucean cada día miles de adultos y niños, hombres y mujeres, en busca de algo que rescatar. Un juguete, un aparato, algo de ropa, un mueble viejo… Cualquier objeto desechado por alguien más afortunado que ellos. Cualquier cosa que ellos puedan resucitar y a la que puedan proporcionar una nueva vida. Una utilidad. Lo que sea. Porque en Cateura no se deshecha nada, nada se da por perdido. Ni los objetos… ni las personas. Y lo mismo que una lata o unas tuberías desahuciadas se pueden reciclar en instrumentos musicales, por ejemplo, la pobreza extrema de muchos de estos niños se está reciclando en esperanza, en futuro, en dignidad. No se trata de un milagro; es, simplemente, un proyecto maravilloso creado por una persona excepcional: Favio Chávez.

Favio comenzó su aprendizaje musical en Sonidos de la Tierra, un innovador programa de emprendimiento social, que busca transformar las comunidades rurales de Paraguay utilizando la música para crear capital social y reducir la pobreza. El programa fue creado en 2002 por el Maestro Luis Szarán, director de orquesta, compositor, investigador musical y emprendedor social, y su misión es promover la formación de escuelas de música, agrupaciones corales y orquestales, asociaciones culturales o sociedades filarmónicas, talleres de lutería y becas de perfeccionamiento a líderes musicales. Cualquier tema relacionado con la música que pueda significar una salida, una esperanza, para miles de jóvenes sin recursos en uno de los países más pobres del hemisferio occidental. Una bella iniciativa sobre el poder de la música como elemento de transformación social. Y un proyecto que enamoró a Favio desde el primer momento; para él fue algo novedoso y revelador. Nunca nadie —ni el estado ni ninguna institución o empresa— había planteado algo parecido. Un aprendizaje gratuito para los niños y jóvenes carentes de todo recurso pero rebosantes de ilusión y de pasión por la música.

 

Una ciudad nacida de la basura

Durante un año, Favio recorrió Paraguay para llevar Sonidos de la Tierra a cada rincón del país, entrevistándose con las comunidades y los educadores, con políticos y religiosos, con la gente; sobre todo con la gente, con el pueblo, los verdaderos protagonistas de la historia. Uno de esos viajes le llevó hasta Cateura, una ciudad nacida de la basura donde malviven dos mil quinientas familias junto a uno de los vertederos más grandes del país. Cada día, mil quinientas toneladas de basura se vierten en ese gigantesco océano de desperdicios; y cada día, miles de niños y adultos escarban en busca de algo que reciclar. Es su medio de vida. Su único medio de vida.



Favio se quedó horrorizado cuando vio las condiciones en las que vivían aquellas pobres gentes, y se le revolvió el estómago al ver aquel auténtico ejército de niños zambulléndose en la basura, conviviendo cada día con la suciedad y la enfermedad, con los parásitos, las ratas. «No es un lugar donde debería vivir la gente», pensó. «¡Es donde toda la ciudad arroja su basura!». Favio decidió que tenía que hacer algo por aquellos niños, que debía centrar sus esfuerzos en ayudarles a escapar de esa vida de basura y miseria, sin perspectiva de futuro, sin salida más allá del vertedero, las drogas o la delincuencia. Su experiencia previa como director de orquesta en Caperuguá le inspiró la idea de crear un pequeño conjunto musical con aquellos chavales, ansiosos por aprender. La noticia corrió a gran velocidad por las calles retorcidas y polvorientas de Cateura, de un extremo a otro de la ciudad, rebotando de chabola en chabola. Fue como una luz, brillante y esperanzadora. En poco tiempo una multitud de niños y adolescentes estaba llamando a las puertas de Favio, en busca de una oportunidad. El problema, claro, era que la cantidad de candidatos multiplicaba el número de instrumentos disponibles. Más o menos cinco violines para cincuenta aspirantes a violinistas; y una proporción similar con el resto de instrumentos. Pero la iniciativa había llamado la atención de mucha gente, y su impacto era ya imparable. Fueron llegando personas de todas partes que se ofrecían para ayudar en el programa de construcción de instrumentos, que formaba parte del proyecto; por desgracia, los materiales eran demasiado caros e inaccesibles para los niños de Cateura. En realidad, nada que no procediera de la basura era lo suficientemente barato para ellos. Pero, «que no tengamos nada no es excusa para no hacer nada», decidió Favio. Y entonces se le encendió una lucecita. Si nuestros recursos son tan escasos, busquémoslos en aquello que jamás escasea en Cateura: la basura. La solución más lógica y natural, desde luego. Pero ¿funcionaría? Por supuesto, si cuentas con el maestro lutier adecuado.

 

Música como instrumento de esperanza

Y ahí es donde Favio conoció a Nicolás. Un rescatador de basura, al igual que toda su familia; otra historia más de supervivencia de todos los días, sin horas de descanso, sin domingos, sin un minuto de vacaciones. Nicolás lleva toda una vida reciclando y vendiendo aquello que encuentra en el vertedero y que pueda ser de alguna utilidad, una vez ha pasado por sus manos. También instrumentos musicales, claro. Favio le propuso trabajar para su incipiente orquesta, fabricando instrumentos de todo tipo a partir de la basura. Nicolás aceptó. Feliz por ser útil. Y sin preguntar siquiera cuánto iba a cobrar. Cogió una tacita de aluminio, le añadió una tabla, tensó unas cuerdas y probó… Y aquello sonó. Maravillosamente desafinado. A priori parecía un imposible, pero el instrumento funcionaba. Quizá no para tocar en el Konzerthaus de Berlín, pero sí al menos para que un niño rebosante de ilusión pudiera aprender a tocar, a dar sus primeras lecciones con cierta dignidad. Esa es precisamente la verdadera recompensa para Nicolás, escuchar a un niño tocar sus instrumentos sacados de la nada, de la miseria. Y, por supuesto, es la felicidad total para los jóvenes músicos. Poder aprender, vislumbrar una salida de la miseria; y también poder transmitir y compartir los sentimientos que llevan dentro —su rabia, su deseo, su pena, sus miedos, su alegría, su rebeldía, su amor—, algo que es parte de la música tanto como del ser humano.  



«El mundo nos envía basura y nosotros le devolvemos música», nos dice Favio. Música que suena maravillosamente, por cierto, en las manos de estos jóvenes. No importa de qué estén hechos sus instrumentos: un chelo que antes fue una lata de aceite o un tambor de productos químicos, una madera de pallet y viejas cucharas y tenedores a modo de clavijas. O un saxofón hecho con viejas cañerías, mangos de cuchara, monedas y botones. O una flauta que tuvo otras vidas como tubería, pedazos de cubiertos y candados. Y violines y contrabajos y baterías construidos con latas de pintura, de aceite o de batata, con tablas y cucharas de madera, con una fuente de pizza, un tenedor para hacer pasta, radiografías, latas de cerveza, bidones… De toda esa basura reciclada, de la ilusión y el talento de esos chicos igualmente reciclados, Favio ha logrado extraer sonidos que antes eran impensables, de una belleza y una armonía que no tienen nada que envidiar a la maestría de Yo-Yo Ma, Malikian o la Filarmónica de Viena, al menos en pasión y amor a la música; en capacidad de transmitir emoción, que es siempre lo más difícil de conseguir. Las Suites para chelo de Bach, el Verano de Vivaldi, la Serenata Nocturna de Mozart, el canon de Pachelbel o el Himno a la Alegría de Beethoven cobran un nuevo sentido cuando sus notas salen —hermosas, llenas de vida— de estas latas, cañerías y cucharas. Lo mismo que éxitos populares como ImagineLa pantera rosa o El Humaguaqueño. Porque toda esa música, cuando es interpretada por la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, es mucho, muchísimo más que música.   

Con la ayuda irremplazable de Nicolás (que fue perfeccionando el sonido de sus instrumentos con total maestría), Favio comenzó a dar forma a su orquesta de instrumentos reciclados, una escuela única en el mundo en la que los alumnos no aprenden solo música. La primera lección, para ellos y para nosotros, es que incluso viviendo en el nivel más bajo de la pobreza, careciendo absolutamente de todo, si uno tiene iniciativa, si tiene creatividad, ilusión, hasta la propia basura puede convertirse en una herramienta educativa capaz de cambiar la vida de mucha gente. Y este es precisamente el objetivo de la orquesta: transmitir esa filosofía al mundo. Y es también una lección de vida para sus alumnos: «La construcción de los instrumentos con la basura y el hecho de llegar a un nivel en el que estos instrumentos suenan bien también ha resultado un aprendizaje para que ellos vieran que no todas las cosas son inmediatas, que no todo se consigue ya.»

En un principio, la orquesta de Cateura no iba a ser más que un “disparador social”, una actividad para aprovechar el tiempo útil de los jóvenes, para proporcionarles un poco de ilusión a través del arte. Pero poco a poco se convirtió en algo mucho más grande, mucho más importante y mucho más transcendente. Porque la mayor parte de los jóvenes de Cateura viven en el filo, a caballo entre la pobreza, las drogas, el alcohol, la explotación, la desesperanza… No ven salida. Son como la basura en la que viven y trabajan; deshechos de la sociedad; juguetes rotos, desahuciados de la vida. Pero gracias a la música, gracias a la orquesta de Favio Chávez, muchos de esos adolescentes y niños desahuciados están saliendo del vertedero; están siendo reciclados, como los instrumentos de Nico, en una nueva vida; ahora tienen una oportunidad y desde luego la están aprovechando. Saben lo importante que es para ellos y también para sus familias; de hecho, consideran que es una manera de devolver el esfuerzo que hacen sus padres por ellos, algo que no tiene precio en un lugar donde el alimento o la ropa, los juegos o los libros, escasean de forma dramática.

«La música no va a cambiar o solucionar todos los problemas, pero a través de la orquesta pueden encontrar la estabilidad que no tienen en sus familias o comunidades». Desde luego, a estos jóvenes la orquesta les ha dado mucho más que simplemente enseñanza musical. Les ha dado esperanza. Sueños. Educación. Objetivos. Ha supuesto, sin excepción, un gran cambio en sus vidas. Ahora estos chicos piensan en la universidad, o en hacerse músicos profesionales, o en llevar a cabo iniciativas para ayudar a su comunidad, a otros jóvenes como ellos, que no han tenido tanta suerte. La meta no es sólo formar buenos músicos, también buenas personas; compartir valores. Decirles que lo que de verdad importa no son las cosas materiales, sino el conocimiento, la sensibilidad, las emociones…

 


Teloneros de Metallica

La orquesta de Favio y sus jóvenes maestros se convirtió en un fenómeno social, primero en su país y luego en todo el planeta. Comenzaron tocando en centros educativos, en fiestas populares, en pequeños auditorios de poblaciones pequeñas; allá donde les reclamaban. Su fama se extendió pronto, y comenzaron a ampliar auditorio y repertorio. A partir de 2008, con apenas dos años de vida, empezaron las giras. Europa, Estados Unidos, Latinoamérica, Oriente Medio, Asia. La mayoría de aquellos niños ni siquiera habían salido de Cateura y ahora se veían viajando por medio mundo y actuando ante miles de espectadores en auditorios de prestigio internacional: el Teatro Carré de Ámsterdam, el Millenium Stage del Kennedy Center, en Washington, el Auditorio Nacional de Madrid, el Koncerthus de Oslo, el Coliseo de Bogotá, el Teatro San Martín de Tucumán, el Ramallah Cultural Palace, en Palestina, el Teatro Sheldonian de Oxford, el Palau de la Música en Barcelona, el Teatro de la Osaka International House Foundation, en Japón…

Pero el gran acontecimiento llegó en 2014, cuando una de las bandas de rock más importantes de la historia, Metallica, con ciento veinte millones de discos vendidos y nueve Grammys a sus espaldas, les contrató como teloneros para su gira por siete países de Sudamérica. El mítico grupo estadounidense de thrash rock liderado por James Hetfield se enamoró de estos jóvenes “reciclados” y compartió con ellos los más imponentes escenarios: el Parque Simón Bolívar en Bogotá, el Parque Bicentenario de Quito, el Estadio Do Morumbi en Sao Paulo, el Jockey Club de Asunción, el Estadio Ciudad de la Plata en Buenos Aires, el Estadio Monumental de Santiago de Chile y el Estadio Nacional de Lima, donde los cuarenta jóvenes músicos de Cateura, dirigidos por Favio Chávez, interpretaron “su música de la basura” —y algún clásico de Metallica reciclado, como Nothing Else Matters— ante un público enfervorizado, muy diferente al que estaban habituados y en auditorios desde luego mucho más descomunales. Doscientos cincuenta mil espectadores en total disfrutaron de la música, la simpatía y la complicidad de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura, y para los jóvenes intérpretes aquella gira quedó marcada como una de las experiencias más impactantes de sus vidas.

Pero ni los múltiples galardones, ni el reconocimiento de instituciones y organismos internacionales, ni las exitosas giras en auditorios o estadios, ni los rendidos reportajes y artículos que les dedican a diario los medios de comunicación de todo el mundo, han apartado a esta singular orquesta de sus valores, de su camino, del suelo que pisan y sobre el que está levantado —y bien afianzado— el proyecto pedagógico y vital de Favio Chávez. No han olvidado sus orígenes ni su responsabilidad. «Fundé esta orquesta para educar y concienciar al mundo. Pero es también un mensaje social para que la gente entienda que, a pesar de que estos estudiantes viven en situación de pobreza extrema, también pueden contribuir a la sociedad. Merecen esta oportunidad». La oportunidad de sacar adelante a sus familias y comunidades. De sacar adaelante sus vidas. De ser un ejemplo vivo para miles, millones de jóvenes en todo el mundo que tampoco tienen nada, pero que, si lo desean con todas sus fuerzas, pueden llegar a cambiar su futuro. «No debemos deshacernos tan fácilmente de las cosas como tampoco debemos desechar fácilmente a las personas». Este es el poderoso mensaje, la hermosa lección que nos deja la historia de Favio Chávez y su Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura.


PD. Esta historia la escribí originalmente para el tercer libro de Lo Que De Verdad Importa.