lunes, 6 de julio de 2020

La cerveza que inventó la cerveza





















El 4 de octubre de 1842, la pequeña ciudad bohemia de Plzen (pronúnciese Pilsen) pasó a la historia gracias a uno de los más importantes descubrimientos de todos los tiempos. Un hallazgo que ha alegrado, a lo largo de 170 años, los corazones y las mentes a millones de personas en todo el mundo, generación tras generación; un invento que transformó la manera de entender el ocio, la amistad, las celebraciones y la vida en general; una revolución luminosa, cosquilleante y embriagadora que escapó de los tiempos oscuros e inauguró una era dorada: la cerveza rubia.


Ese día de otoño, frío y desapacible como todos los días de otoño en la región checa de Bohemia, fue sin embargo uno de los días más felices y cálidos para los habitantes de Plzen reunidos en el mercado de St. Martin. Una felicidad que comenzó a gestarse un año antes y que nació de una amargura acumulada durante siglos. En efecto, hasta ese momento la cerveza que se elaboraba en Plzen, como en el resto del globo, era un brebaje amargo, turbio y desagradable. Cumplía su función, sí, pero no era precisamente un placer gastronómico, al menos para los exigentes paladares de los habitantes de Plzen. No en vano el reino de Bohemia se había caracterizado por ser el cruce de caminos cosmopolita de Europa desde el medievo, imán de artistas, sabios e inventores y cuyos habitantes vivían al margen de las reglas de la época, practicando una forma de pensar y hacer diferente, alternativa, y desde luego adelantada a su tiempo (Kepler, Sudek, Mucha o Kafka son nítidos ejemplos de ello).

Ese inconformismo, ese rechazo a lo establecido, a lo convencional fue lo que llevó a los habitantes de Plzen a una revuelta popular para exigir una nueva cerveza. Pero no nos adelantemos aún. La tradición cervecera de Plzen se remonta al mismo año de su nacimiento, 1295, cuando su fundador, el rey Wenceslao II, concedió a la ciudad la potestad de elaborar cerveza. Sin embargo, los estándares de control de calidad no eran precisamente severos: el test consistía en empapar un banco con cerveza, sentarse durante unos minutos y levantarse de nuevo; si el banco quedaba pegado a sus pantalones de cuero, la cerveza era suficientemente buena para ser consumida. Y aunque en 1588 fue un bohemio, Tadeus Hayek, quien primero escribió un libro sobre el arte cervecero y otro checo, Frantisek Poupe, fue pionero en usar el termómetro y otros artilugios para perfeccionar el proceso, los progresos no era excesivamente prometedores.


Plzen no era una excepción a esta regla. Se llegó incluso a castigar a más de un fabricante por la paupérrima calidad de su cerveza; la pena, derramar el producto en plena plaza mayor, para escarnio y vergüenza ante sus sufridos consumidores. En 1838 el asunto se hacía ya insostenible y un grupo de furiosos ciudadanos derramaron más de 36 barriles de brebaje fangoso por las alcantarillas de Plzen. Espoleados por esta acción, el resto de ciudadanos protagonizaron una pacífica pero amenazadora rebelión para exigir a las autoridades una cerveza de calidad más consistente. Convencidos por sus argumentos, su primera decisión fue contratar a un joven arquitecto, Martin Stelzer, que diseñó y construyó la mejor y más moderna fábrica de cerveza de la época, a orillas del río Radbuza. 

Pero la verdadera clave de esta revolución que empezaba a pergeñarse, fue la elección de un joven bávaro llamado Josef Groll, llamado a ser el maestro cervecero que cambiaría para siempre la forma de elaborar la cerveza.
Groll sabía que durante miles de años (desde los sumerios) la cerveza se había elaborado en tanques abiertos, a temperaturas elevadas y por el sistema de alta fermentación, lo que podía deteriorar la calidad de la cerveza, especialmente en los meses de verano. Groll ya había experimentado métodos alternativos con éxito en su Bavaria natal y éste fue el secreto que se llevó a Plzen en 1841. Las autoridades le dieron un año de plazo para elaborar un nuevo tipo de cerveza en la nueva fábrica de Stelzer. Ayudado por los magníficos ingredientes naturales de la zona (cebada de Bohemia, lúpulo de Saaz, agua blanda del Radbuza…), ciertas temerarias innovaciones (calderas de cobre, triple destilación) y su método revolucionario (fermentación en la parte baja de los tanques y a temperaturas entre 6º y 10º) el visionario maestro cervecero Josef Groll logró crear una cerveza radicalmente diferente de las que se habían elaborado durante 6.000 años, y que pronto se convirtió en un referente mundial (hoy, el 80% de las cervezas son de baja fermentación). Un placer de luminoso color dorado, sabor suave y ligero, compacta espuma y delicioso sabor. Lo que hoy conocemos como cerveza estilo pilsen o pilsener (nacida en Plzen), también denominada lager o, entre nosotros, rubia.


El 4 de octubre de 1842 se abrieron los primeros barriles en el mercado de St. Martin, ante cientos de expectantes ciudadanos. Lo que se reveló ante ellos fue casi un milagro, una sensación indescriptible. Después de años soportando brebajes de turbio y desagradable sabor, sus paladares sintieron el suave frescor de una cerveza rubia, exactamente tal y como la conocemos ahora (en la fábrica de Plzen se sigue elaborando esa misma cerveza, Pilsner Urquell, con el mismo proceso e idénticos ingredientes que en 1842). Por primera vez en la historia la cerveza no se bebía, ¡se saboreaba! Un cronista de la época lo relató así: “¡Qué admiración se percibió cuando el color dorado destelló y la espuma blanca como la nieve se elevó sobre él; cómo se regocijaron los bebedores al descubrir el chispeante y extraordinario sabor, inédito entre las cervezas hasta ese instante!” Una sensación que, desde ese mágico instante, hemos podido experimentar millones de amantes de la cerveza en todo el mundo. 

¡Gracias a Groll!



miércoles, 1 de julio de 2020

Davide Morana. Amputado x4. Fuerte y feliz



Como ya conté hace tiempo, uno, a veces llega jodido a casa. No fastidiado, no enfadado, no apesadumbrado. Jodido. Tal cual. Se le van juntando cosas, problemillas, desilusiones, frustraciones, hartazgos varios, dudas tontas… Son cuestiones más o menos pequeñas, más o menos leves, o graves; colinas, no cordilleras. Lo malo, piensas, es que las malditas colinas no se colocan una detrás de otra —eso sería estupendo, asequible—. No, lo malo es que se acumulan una sobre otra. Las muy puñeteras. Y forman una gigantesca cordillera ab-so-lu-ta-men-te insalvable. O eso piensas. Y cuando crees que has encontrado una salida, un recodo, un desvío que te salve de toda esa tormenta mental y anímica y te acerque de nuevo a tu sueño o a tu ilusión o a lo que sea, ¡zas!, se baja la barrera, se cierran las compuertas, y tú te quedas ahí, paralizado, atontado, preguntándote qué narices ha pasado esta vez. Y por qué ha tenido que pasar otra vez. Y sigues tu camino de frustraciones y desilusiones y dudas, hacia ninguna parte. Arrastrando los pies, con la mirada gacha y con la autoestima reptando por el suelo.

Y entonces, otra vez, la vida te envía una sonrisa inesperada –o una bofetada, según se mire- y una dosis de realidad que, sinceramente, necesitabas más que respirar. Suele pasar, cuando andas cerca de Lo Que De Verdad Importa. Que enseguida te cae encima una historia, una lección que te quita la tontería de un plumazo. Eso, precisamente, es lo que sucedió hace unos días, en uno de los Encuentros Clandestinos de LQDVI –que ahora se celebran en la molona sede de Parafina- escuchando la historia de Davide Morana, “amputado x4. Fuerte y feliz”.


Escapar para sobrevivir

Davide es un tipo afable, alto y guapete, deportista de élite, muy optimista, con una fuerza mental envidiable, una sonrisa permanentemente enganchada a su cara y una novia española (él es italiano) que es un verdadero ángel, su ángel. Lo tiene todo, el tío. Bueno, salvo brazos y piernas. Aunque eso, a él, le preocupa poco.

Davide creció en un ambiente familiar tenso, de carencias y de mentiras, enfrentado a un padre sin trabajo para quien la apariencia era más importante que la necesidad (Sicilia es así). Con catorce años, lo ficha un equipo de baloncesto en Génova y allí se traslada –se escapa- con la idea de salir de ese ambiente y empezar una vida nueva. Mucho entrenamiento, mucho campeonato, y la mente ocupada en su pasión. El espejismo dura cuatro años. Llega lo que él llama el primer “bache”. Diagnóstico: diabetes. Vuelve a casa muy enfermo, pierde siete kilos en tres días, lo ingresan en el hospital de urgencia, y allí cumple los 18. No hay tarta, claro.


Una tregua de dos años… y vuelta a la irrealidad

Davide hace frente al problema y decide que lo más sabio es aceptarlo y convivir con él. La insulina ayuda bastante, pero lo que le empuja es sobre todo su actitud. Vuelve al deporte y a la vida activa. Y su sueño de ser un deportista de élite está ahí, justo ahí, al alcance de los dedos. Pero esta vez la tregua solo dura dos años. Una grave lesión le devuelve a casa, al ambiente frustrante y enfermizo, rodeado de apariencia, de irrealidad. De conflicto permanente con sus padres. De falsa felicidad compartida en Instagram.

Y enredado en ese bucle de mentiras y borracheras, cuando parecía no haber salida, Davide conoce a su salvadora, Cecilia, una española de Erasmus en Italia que le abre la mente y el corazón y le devuelve la esperanza en sí mismo. La idea es irse con ella a España y reiniciar su vida. Y eso hace Davide, después de un año trabajando a destajo para ahorrar unos euros. En Murcia encuentra trabajo de camarero, y al mismo tiempo estudia y entrena. No hay minutos libres en su vida, gana apenas 500 euros al mes, pero es feliz. Lo tiene todo, amigos, salud, deporte y una persona maravillosa a su lado.


Y entonces… llega la meningitis

Pero, claro, la felicidad no podía durar mucho, vistos los precedentes de Davide. Y en 2018 llega el tercer bache. Pedazo de bache. Llega por sorpresa, con nocturnidad y alevosía, la fiebre disparada, delirios, vómitos, manchitas por todo el cuerpo, debilidad total, dolor insoportable. Van a Urgencias y el diagnóstico es atroz: meningitis. Davide pasa siete días en coma, y los dos primeros sin esperanza de vida. Los médicos se sienten impotentes frente a su caso. Pero no saben con quién están tratando. A las 48 horas el peligro de muerte ha pasado de largo. Pero ha dejado secuelas graves, terribles. Tras un mes en la UCI, pasa a la unidad de quemados y cirugía plástica. Los médicos no saben cómo decírselo, aunque Davide ya lo sabe, y ya lo ha aceptado. Le tienen que amputar brazos y piernas. Pero no se apena, pues sabe que es la única salida. Lo importante es que está con vida, y mentalmente fuerte. Podía haber muerto. O peor, podía haberse quedado como un vegetal. Lo que mantiene su sonrisa –sí, la sonrisa no la ha perdido en ningún momento- es su mirada proyectada hacia el futuro.



Like a boss

El 10 de abril de 2018, Davide sale del hospital “like a boss”. Confiado, contento. Inconformista. El siguiente objetivo que se marca es conseguir unas prótesis de última generación que le devuelvan la autonomía, e incluso la capacidad de hacer deporte. Pero son extremadamente caras, y el sueldo de camarero no da ni para un dedo. Pero siempre hay salida, si la sabes buscar. Ceci crea una campaña en internet para recaudar fondos, cuenta la historia de Davide, su lucha, y la respuesta de la gente es apabullante. Un mar de solidaridad llega a sus puertas y logran incluso superar el presupuesto marcado. En Italia encuentra las prótesis que estaba buscando y la ayuda para aprender a utilizarlas. Los médicos le dicen que tardará un año en levantarse, pero a los pocos meses Davide ya estaba en pie. Le dicen que andar serán también varios meses, pero cinco días después estaba paseando por los pasillos del hospital. ¿Y correr? Eso es muy difícil, no creo que… Un mes después estaba corriendo en la pista de entrenamiento.

De vuelta en Madrid, Davide y Ceci tienen que enfrentarse a la realidad que existe más allá del hospital. Porque ahí, en casa, el sistema te deja solo. Te las tienes que apañar tú. Afortunadamente, el entorno de Davide le apoya, le ayuda y le informa. Empieza la rehabilitación para recuperar fuerza y masa muscular. Quiere –necesita- volver al deporte cuanto antes. También comparte su experiencia en conferencias y charlas, como embajador de la Asociación Española contra la Meningitis, lanzando un mensaje de optimismo y esperanza a todos los afectados por esta cruel enfermedad, y haciendo campaña pro vacunación. No lo hace por él, sino para reivindicar que todos los amputados y cualquiera que haya sufrido un trauma importante tengan un seguimiento profesional para seguir adelante. Para seguir luchando. Para no rendirse.



Adiós, brazos y piernas; hola, muñones

La vida requiere esfuerzo y sacrificio, nos dice Davide. Un médico, un deportista de élite, un escritor no logran sus metas de un día para otro. Hay mucho trabajo detrás, hay sacrificio, renuncias, perseverancia. A veces tienes que apretar los dientes y soportar el dolor, y dar un paso y otro y otro… y no dejarse intimidar por los baches. Y si necesitas ayuda, la pides. Para eso están los demás, para eso está tu gente. Para hacer equipo.

Existe una palabra fundamental en la vida de Davide: resiliencia. Un concepto que hay que aplicar no sólo en los momentos más duros, sino todos los días, en cada pequeño problema. Para él, tiene un triple significado: la aceptación, la capacidad de rescatar tu vida afrontando tu nueva condición y la certeza de que, además, la puedes mejorar, encontrar ventajas en tu carencia. Es lo que hizo Davide, dijo adiós a sus brazos y a sus piernas y dio la bienvenida a sus muñones. La vida es hermosa, nos recuerda (lo olvidamos a menudo), es positiva, es dura (eso lo recordamos siempre), es felicidad y sufrimiento, y sobre todo es fuerte. Por eso la vida nos pide fuerza. Él tenía dos posibilidades: la primera, la más fácil, hundirse y hundir a su entorno, la muerte en vida. La segunda, la más difícil (aunque para él la más natural), luchar y agradecer la vida, rescatar sus sueños, su libertad, su felicidad y la de los demás. Ahora, solo un año después del gran bache, está preparando sus primeros Juegos Paralímpicos.


La gran paradoja -la gran lección- que nos deja Davide en esta tarde clandestina la resume maravillosamente en una frase de las que hay que grabarse a fuego: «Agradezco a la enfermedad la oportunidad de poder compartir lo más profundo de mi corazón y poder expresar en voz alta mi amor por la vida». Dicho queda. Alto y claro. Ahora, lo que toca es aplicarse el cuento. Y dejar de quejarnos porque alguien –o nosotros mismos- nos ha puesto una pequeña piedra en el camino. ¿Verdad, Pepe?


Y aquí el genial resumen gráfico creado in situ por Carlota Serna. Una artistaza.




martes, 30 de junio de 2020

Cine blanco, cine negro. De "La cabaña del tío Tom" a "12 años de esclavitud".



 Vivimos tiempos de desconcierto. La trágica muerte de George Floyd, asesinado por un policía en el momento de su detención, ha encendido una llama de protesta y violencia que está asolando las calles de EEUU y recorriendo ciudades de medio mundo. La indignación contra el racismo policial -justificada- ha mutado en odio fanático contra todo lo que huela a yanqui, y a republicano, que al final es de lo que se trata (convenientemente manipuladas las masas). El asesinato de una persona por otra persona en una ciudad a miles de kilómetros ha provocado un tsunami que se ha extendido por todo el mundo en días. Incluida España. ¿Contra el racismo? ¿Contra la policía? ¿Contra los supremacistas? ¿Contra EEUU?  ¿Contra no se sabe qué pero hay que estar? Hay quien propone incluso quitarle los Oscars a "Lo que el viento de llevó" y hasta prohibir la proyección de la película por siempre jamás, acusándola de racista y esclavista. Y digo yo, ¿prohibimos también la novela de Margaret Mitchell? ¿Y después qué? ¿Quemamos La cabaña del Tío Tom? ¿Y las cintas de Tarzán, o El nacimiento de una nación? ¿Repudiamos a Morgan Freeman por prestarse a participar en Paseando a Miss Daisy? ¿O a Ian Flemming por no pensar en un Bond de raza negra en los años 50? 

Pues no. Dejemos que el cine y la literatura cuenten la Historia como la vivieron quienes la protagonizaron. O como les dé la gana contarla. Y tengamos la suficiente madurez, inteligencia y sentido común como para aprender de cada una de esas obras, muchas de ellas inmortales. El racismo siempre ha estado ahí, enquistado en la sociedad norteamericana desde la llegada de los colonos al nuevo mundo, pasando por la conquista del Oeste, la guerra civil, el nacimiento del Ku Klus Klan, o la segregación racial de los años 60. Y la literatura y el cine también han estado ahí, para contarlo a su manera. Casi siempre de forma magistral. Dejemos que sea así. Y en lugar de dedicarnos a censurar, prohibir y quemar la Historia (o las calles), creo que esta es una magnífica ocasión para reflexionar sobre el racismo en el cine norteamericano y su relación más o menos directa con la sociedad de cada época.

En efecto, desde los albores de la industria, tanto actores como personajes de raza negra han sido sistemáticamente marginados, encasillados y discriminados. Pero ¿era el cine quien los marginaba, o era la sociedad de su tiempo? En 1903 ni siquiera se contemplaba la posibilidad de un actor negro, y si el argumento requería personajes de color, estos eran interpretados por actores blancos con la cara tiznada, como en la adaptación cinematográfica de La cabaña del tío Tom, de Edwin S. Porter, basada en la famosa novela de Harriet Beecher Stowe.


Cuando pocos años después los negros alcanzaron esa minúscula conquista social, el asunto no mejoró en exceso, precisamente. Los papeles reservados a los actores negros serían invariablemente de criados, bufones, bestias incivilizadas o simplemente retrasados, a las órdenes del paternalista hombre blanco, que era quien tenía potestad sobre su vida y su muerte. Una de las más grandes obras del cine universal, El nacimiento de una nación (1915), de D. W. Griffith, es un claro paradigma de este racismo radical: el negro es aquí un ser depravado, violento y lascivo, que sólo puede ser feliz sometido, esto es, en estado de esclavitud; la Guerra Civil y la llegada de esclavos liberados del Norte corromperá esa felicidad, dando salida a toda la bestialidad inherente a su raza, que sólo puede ser restaurada y controlada con la llegada del “imperio invisible” (el Ku Klux Klan), defensores de la virtud, el honor y el glorioso pasado de la raza blanca. Hasta aquí la película de Griffith. 

Pero, ¿y la sociedad? Cuentan las crónicas de la época cómo los espectadores aplaudían frenéticamente a los caballeros blancos cuando aparecían en pantalla y abucheaban con rabia a los negros. Y aunque un año después Griffith se desmarcó de su presunta xenofobia con su siguiente obra maestra, Intolerancia, la sociedad norteamericana, y por ende su cine, tardaron unas décadas más.


Como demuestran, una detrás de otra, las míticas películas de Tarzán protagonizadas por Johnny Weissmuller, en las que la vida de un porteador negro valía menos que la bala que lo mataba por no querer avanzar (“con unos latigazos hubiera bastado”) o que la carga que se despeñaba con él por el vertiginoso desfiladero. Algo empezó a cambiar con otra película inmortal, Lo que el viento se llevó (1939), a pesar de sus supuestos tintes racistas. Aquí los negros sólo eran esclavos y, como tales, vivían agradecidos a sus amos y más felices incluso que algunos blancos menesterosos; tal como sucedía en la época que retrata magistralmente la novela de Margaret Mitchell. Sin embargo, la obra magna de Selznick logró dar un paso de gigante en aras de la no discriminación racial: la oronda actriz Hattie McDaniel (Mammy) obtuvo el primer (y merecidísimo) Oscar otorgado a una actriz de raza negra. Un logro que no se repetiría hasta 1963 (año del mítico discurso de Martin Luther King), en que Sidney Poitier lo ganó por su papel protagonista en Los lirios del valle.


Ni siquiera el mismísimo Walt Disney se libró de ser acusado de racista empedernido con su aparentemente inocente musical Canción del Sur (1946), que los Defensores de los Derechos para la Gente de Color (NAACP) llamaron a boicotear por considerar que contribuía a mantener el tópico del idílico Sur preguerra y del negro feliz en estado de esclavitud. Algo comprensible en aquellos tiempos en que las personas de raza negra carecían de los más elementales derechos civiles en los Estados Unidos: al propio actor protagonista, James Baskett, no le fue permitido asistir a la premier de la película en Atlanta, por ser negro: la ley del Estado le prohibía incluso alojarse en un hotel.


Y es que hasta bien entrados los años 60, la sociedad blanca estadounidense no estaba preparada para convivir con sus compatriotas de otras razas, muchos años después del heroico viaje en autobús de la estudiante Rose Parks, en 1955. Es esta década profusa en películas concienciadoras y, de alguna manera, reparadoras. Hollywood entona un ‘mea culpa’ a la par que lo hace la sociedad americana. Matar un ruiseñor (1962) nos muestra a un hombre blanco nada heroico –a priori- que está dispuesto a jugarse la vida por un hombre negro, acusado injustamente; al igual que en La jauría humana (1966), donde es el sheriff (Marlon Brando) quien casi pierde la vida por tratar de poner fin a la caza de un hombre negro que, simplemente, pasaba por ahí en el momento equivocado. Pero es la llegada del actor Sidney Poitier el hito que empieza a marcar la diferencia real entre el estatus del eterno papel secundario y marginal reservado a los actores de color y los primeros personajes protagonistas en los que, además, el hombre negro puede ser elegante, educado, inteligente e incluso atractivo. Poitier se convirtió en paradigma del cine reivindicativo, con películas decisivas como Fugitivos, En el calor de la noche, Rebelión en las aulas o la inolvidable Adivina quién viene esta noche (que osa plantear incluso el matrimonio interracial).


A partir de ahí, la cosa se animó y en la década de los 70. Actores, directores y productores afroamericanos crearon su propia industria cinematográfica (y musical), realizando películas de negros para negros; un fenómeno social que fue bautizado como Blaxploitation (Cotton Comes to Harlem, Shaft, Black Caesar, Blacula, Foxy Brown…). Esta estela de color fue seguida en los 80 y 90 por una generación de directores encabezada por Spike Lee y John Singleton, primer director negro en la historia en ser nominado para el Oscar (Los chicos del barrio, 1991). Y aunque en los últimos tiempos Hollywood ha producido infinidad de películas contra el racismo (Arde Mississippi, El color púrpura, Amistad, American History X, Invictus, Criadas y Señoras, Django desencadenado…), y los actores de color han ganado en prestigio y dólares, lo cierto es que en 80 años sólo ocho de ellos han sido merecedores del Oscar (los últimos, Lupita Nyong'o, mejor actriz de reparto por 12 años de esclavitud, y Mahershala Ali, mejor actor de reparto por Green Book ); y eso, hoy por hoy, no tiene trazas de cambiar.

Al final, la evolución de las minorías raciales en el cine norteamericano no es sino reflejo directo de la propia evolución de su sociedad y de las leyes que han promovido o evitado la integración. Pero ello no significa que no se realicen buenas películas, incluso grandes películas, con o sin polémica inherente. Luego, que cada cual extraiga sus propias conclusiones. ¿O es que acaso seríamos mejores personas si no hubiéramos visto Paseando a Miss Daisy?

lunes, 29 de junio de 2020

La Casa de Carlota. Talentos diferentes. Nada más. Y nada menos

Hace ya unos años de aquel día. El salón de actos del colegio Sagrado Corazón de Chamartín no rebosaba de alumnos y padres embelesados ante un emotivo concierto o una representación teatral, de esas que hacen reír a los alumnos y llorar a los padres (especialmente cuando aparecen en el escenario los niños ‘de integración’). Ese miércoles, 10:30 de la mañana, los que estaban convocados eran representantes de la prensa, y también tuvieron su buena dosis de risa, llanto y emoción a partes iguales. Los culpables, unos peces que no se mojan y una docena de niños que, simplemente, quieren reordenar el mundo.

Carlos (Charly), 12 años, sube al escenario. Se nota que tiene tablas. Golpea el micrófono que hay sobre el atril del presentador: “¿Se oye? ¡Okey! Hola, me llamo Carlos; estoy aquí porque me han pedido… ¿hola, se oye?... que haga esta presentación. Me cuesta un poco hablar. Pero espero hacerlo bien. Vengo representando a mis compañeros, un grupo de niños y niñas que hemos hecho una peli de dibujos animados, que hoy os vamos a presentar a todos –Charly respira y prosigue-: Para que la peli quede bien nos han ayudado personas mayores, niños y mucha gente, algunos de ellos famosos. Hemos estado dos años –recoloca el micro- para acabarla, al salir del cole… ¿Sigo? Es que me he perdido… -sí, sí, sigue- …del cole. La verdad es que nos lo hemos pasado muy bien”. Charly mira al público y sonríe, espontáneo y orgulloso, mientras recibe una lluvia de aplausos y algún ¡guapo! desde las primeras filas.

Charly, presentador y actor, es uno de los seis niños con síndrome de Down que, junto a otros seis compañeros sin síndrome de Down, han protagonizado un bonito proyecto educativo ideado por El mundo al revés para la Fundación Invest for Children, que nació con el sugerente nombre de “Los peces no se mojan” y que, después de dos años de intenso y divertido trabajo, ve por fin la luz. Se trata del primer corto de animación creado por niños con y sin discapacidad que llegará a colegios de toda España para sensibilizar y mejorar la integración de los alumnos con síndrome de Down en el entorno escolar. Una asignatura todavía pendiente en la mayoría de centros de nuestro país.


Ellos, los doce niños y niñas, han ejercido de guionistas, ilustradores, compositores y cantantes en la película; como auténticos expertos, han dibujado a cada uno de los personajes, les han dado nombre y personalidad y les han metido en una historia tan desbordante de talento e imaginación (a ratos surrealista) como de sentido común: “Un día, al tifón Florencio le dio por soplar y soplar y soplar, cambió los ríos de país, los países de continente, los monumentos de ciudad y los seres humanos de lugar de residencia. Los amigos se separaron y las familias se perdieron; el tifón Florencio desordenó todo el planeta”. Será misión de los protagonistas volver a ordenar el mundo, trabajando en equipo a pesar de sus diferencias, o gracias a ellas; cada uno con sus habilidades y capacidades, con su sentido de la solidaridad y su espíritu de integración; y con cantidades ingentes de sentido del humor.

“Ha sido muy interesante porque he convivido con niños diferentes y a la vez nos lo hemos pasado muy bien” dice Laura, una de las creativas. “Lo que más me ha gustado ha sido inventarme a Carlitos Concho, que se llama Carlos como yo y Concho como mi tía Concha”, confiesa Carlos, otro de los peces. Martina y Alessandra sólo se preguntaban cuándo volverían a reunirse los peces y Sergi, aparte de la excursión a Port Aventura, su mejor recuerdo es haber escuchado una canción de Michael Jackson con su compañera Martina. A Elena sólo le da un poco de vergüenza que el personaje de Gracia, que se llama como su madre, se tire pedos tan fuertes. Para Paula, Albert y Noel ha sido una experiencia increíble haber hecho tan buenos amigos, y haber descubierto que “los niños con Síndrome de Down también pueden relacionarse y hacer cosas como nosotros”. Nuria va más allá, incluso: haber dibujado con niños con los que normalmente no se relacionaría le ha permitido descubrir un nuevo mundo.


Este es el único objetivo de “Los peces no se mojan”. Ayudar a los niños, a sus padres y a los profesores a entender que el síndrome de Down no es una enfermedad, sino un trastorno genético que no impide desarrollar una vida normal, rica en experiencias. Que no son personas discapacitadas, sino simplemente con capacidades y talentos diferentes. Como todos. El problema es que desde nuestra propia limitación queremos hacer a los otros inferiores; pero ¿a cuántos se nos habría ocurrido una historia tan original, desinhibida y coherente? ¿Y una canción tan pegadiza y genial como el “Dumbadú”? ¿Y cuántos podríamos ordenar el mundo en 6 minutos?

Esta extraordinaria aventura ha tenido un final feliz gracias a la colaboración desinteresada de mucha gente, desde famosos como Martina Klein, Manel Fuentes, Pedro Gª Aguado o Carme Barceló, hasta estudios de sonido y animación, agencias de publicidad (Havas Media, padres del proyecto), organizaciones como Down España, Además Proyectos SolidariosFundación Alain Afflelou, o un extraordinario equipo de voluntarios y colaboradores, encabezados por José María Batalla y Marta Gracia (El mundo al revés). Juntos han realizado este corto único en el mundo y han documentado su proceso de creación en una película que recorrerá los colegios de España -y alguna televisión- para hacernos llegar un maravilloso ejemplo de integración y normalidad; y el mensaje de que debemos apreciar la dimensión humana de las personas con discapacidad y no su condición de ‘personas discapacitadas’. ¿Seremos capaces?



«Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar a un árbol, vivirá toda su vida creyendo que es estúpido». Lo dijo Albert Einstein, que además de genio era una fuente inagotable de sentido común.



Los (geniales) personajes

· Josemille Bongiorno: Vive en Italia, estudia para ser maestra y lleva gafas.
· Gracia: Es modelo, le gusta el hiphop, siempre está feliz y a pesar de ser muy pija se tira pedos.
· Carlitos Concho: Arqueólogo que vive en el Everest de Japón y se sabe el Google de memoria.
· Miriam: Es un papagayo hembra, rey de los ángeles, por eso vive en una nube en el cielo, sobre Tarragona.
· María: Es una reina y le gusta bailar y cantar, vive en un palacio de Barcelona en América.
· Arnaugreta: Es un payaso, rey de la China y actualmente vive en Hawai.





La Casa de Carlota & Friends


Hoy, ese espíritu sigue vivo -y muy activo- en el nuevo proyecto de José María Batalla: La Casa de Carlota & Friends


Un estudio de diseño diferente. Creativo, innovador y sorprendente como pocos. Transgresor. Incluso revolucionario. La clave de tanto adjetivo impactante es la INTEGRACIÓN. Así, con mayúsculas. Porque en esta casa trabajan creativos con síndrome de Down y autismo, que aportan una frescura, una pureza y una libertad expresiva que ya quisieran muchos grandes creativos y diseñadores gráficos de pro. 

Pero cuidado, avisa José María Batalla, padre de la idea: aquí no trabaja nadie porque tenga un cromosoma de más o de menos; aquí trabaja el que vale, el que aporta, el que marca diferencias. No contratan a los diseñadores por sus discapacidades, sino por sus capacidades diferentes. Es el sueño de cualquier director creativo: lateral thinking pero de verdad. El equipo también suma a jóvenes estudiantes de escuelas de diseño, profesionales provenientes del mundo del arte, el diseño y la creatividad, además de «una holandesa, otro que va en bici y un vegetariano». Una inusual y extraordinaria combinación de talentos que es también una verdadera lección de inclusión y de sentido común. Que, en el fondo, viene a ser lo mismo.










miércoles, 24 de junio de 2020

Lucía Lantero. El ángel de los niños de Haití (Ayitimoun yo)


La historia de Lucía es una hermosa historia de amor. La historia de amor entre una joven cántabra que vivía una vida normal y confortable, recién licenciada en Ciencias Gastronómicas, y unos niños haitianos que vivían un infierno de miseria, esclavitud y prostitución; de madres que se ven obligadas a regalar a sus hijos. De cólera. De huracanes. De HAMBRE. Lucía Lantero llegó a la región más pobre del país más pobre del continente americano para hacer voluntariado durante tres meses. Pero después de lo que allí vio y vivió ya no se pudo marchar. Decidió montar un orfanato para sacar a esos niños de su infierno y ofrecerles una mínima seguridad, que ellos a su vez han transformado en infinita felicidad.




Hace 6 años, por una de esas casualidades de la vida, Lucía fue a parar a Haití; concretamente al punto fronterizo más pobre y alejado del mundo que llamamos civilizado. Haití, olvidado por ese mismo mundo civilizado durante décadas, salió a los medios de comunicación en 2010 a raíz del terremoto que asoló el país. Pero antes ya era uno de los países más pobres del planeta, un territorio asolado por la miseria, la deforestación y el hambre. 
El hambre.

Lucía viajó hasta aquel rincón perdido y olvidado porque creía que podía aportar algo, ayudar a mitigar ese hambre atroz con sus conocimientos de agricultura y conservación de alimentos (allí, para tratar de engañar a sus estómagos, los haitianos comen galletas de barro). Tres meses de voluntariado, pensó, serían suficientes. Pero a su llegada, la vida le dio un giro de 180º. Porque lo que allí encontró fue un país completamente derruido, asolado por el terremoto, cuyas casas (por llamarlas de alguna forma) fabricadas con adobe, barro, paja y excrementos de burro, duraron lo que un castillo de naipes frente a una galerna. Dos millones de personas lo perdieron todo (casa, vida, familia, esperanza). Para la mayoría, la única salida era —y es— atravesar la frontera y llegar a la próspera República Dominicana donde, con suerte, podrían trabajar en régimen de semi esclavitud en los cañaverales o en cualquier otro boyante negocio del país vecino.

Alexis, un amigo francés al que Lucía conoció en su época de estudiante, la convenció para ir a Haití, a colaborar en un proyecto sobre semillas y deforestación. Lucía aceptó. Planificó su estancia y comenzó su periodo de voluntariado con la idea de regresar a España a los tres meses. Sin embrago, el destino le tenía reservados otros planes.
    Tras el terremoto, la situación aún podía empeorar en Haití. A la cólera, el hambre y el pillaje se sumó una tormenta tropical que terminó de arrasar el país. A Lucía y sus compañeros les aconsejaron refugiarse en República Dominicana, que se encontraba a sólo unos minutos. Y es precisamente allí donde Lucía encontró la nueva razón de su vida: niños haitianos perdidos por las calles, tirados por las calles, hambrientos y desamparados. Sucios, descalzos y harapientos. Alexis y ella les acogieron y les dieron de comer pan y zumos; los niños les contaron su historia, cómo sus madres tienen tanta hambre que se ven obligadas a regalarlos para al menos intentar sobrevivir por separado, ellas y sus hijos. Niños abandonados a su suerte que probablemente sepan que van a acabar víctimas de la esclavitud, de la prostitución, del tráfico de órganos. En cualquier caso, son dinero. La ley de la supervivencia.


No me puedo volver

En medio de aquella miseria, Lucía se dice: “No me puedo volver”. No, no puede dejar abandonado a “Chiquitín”; o a ese otro niño que le confiesa cómo le viola un hombre todas las noches; o al que le cuenta cómo transcurren sus días buscando comida donde no existe, expuesto a las enfermedades, sin hogar, sin familia, viviendo una infancia sin vida, ni presente ni futura.
    Resuelta a encontrar una solución, Lucía empieza a remover Roma con Santiago para proporcionar un hogar a esos niños. Gracias a las gestiones del padre Antonio se reúne con las administraciones y ong’s. Tiene unos ahorros, que pone a su disposición. “Les dije: tomad mi dinero y hacéis lo que podáis”. Hay lugares en los que, en efecto, las cosas suceden así. Pero no allí. Allí, o lo haces tú o nadie lo va a hacer por ti. No existía un orfanato, ni un centro de acogida ni nada semejante. “¿Cómo puede ser?”, se pregunta Lucía. Pero tampoco existe respuesta. Decide quedarse y ayudar a esos niños desamparados. “No puedo conseguir que sean felices, pero sí que esta noche no les violen, que esta noche no les peguen”. Ahora es ella la que convence a Alexis para que se quede a ayudarla.

Regresan los dos a Haití, al otro lado de la frontera, en busca de una casa que haga las veces de hogar y encuentran una que estaba en construcción, sin ventanas ni puertas, sin suelo; pero hay un techo, al menos. Y paredes. Piensan Alexis y Lucía que han cruzado la frontera solos, pero a sus espaldas escuchan una voz que les llama a gritos: “¡¡Lucíaaa, Lucíaaa!!”. Son los niños, que han atravesado la frontera ante el temor de que no volvieran sus recién encontrados ángeles.


El comienzo no fue fácil en absoluto. Los niños estaban asilvestrados. No habían recibido educación, ni cariño. Para la sociedad eran ratas. Además, Lucía y Alexis no sabían nada de ong’s, ni de leyes, ni de permisos… Compran material de construcción y tienen que dormir en tiendas de campaña junto a ese material para que no se lo roben por la noche. Pero esa noche, por primera vez en su vida, los niños duermen tranquilos. El padre Antonio consigue cinco colchones y, también por primera vez, duermen en blando; no saben qué hacer con las sábanas, es algo extraño para ellos; juegan con ellas, se pelean con ellas, se pierden entre tanta blanca suavidad, pero duermen felices.

Lo peor, sin embargo, llegó de donde menos lo esperaban. Desde organizaciones supuestamente amigas surgen voces críticas hacia su labor: “¿Qué hacen, si no saben nada de estos niños? No tienen conocimientos de psicología, no pueden quitarles sus armas naturales, ni crearles falsas esperanzas”. Lucía y Alexis hacen caso omiso. Tiran para adelante como buenamente pueden. No es fácil, ni mucho menos. Otro problema añadido era la propia agresividad de los niños. La miseria hace asomar lo peor del ser humano. Se pelean con machetes, cuchillos, botellas. Es lo que han visto en sus mayores. Es lo que han aprendido para defenderse. Y allí todos son potenciales enemigos. Son miles de niños huérfanos por todo el país, víctimas del terremoto, de la cólera… y de sus propias familias: “allí las parejas no duran mucho tiempo, y cuando la madre se vuelve a casar, el nuevo padre no quiere a esos niños, los vende, los maltrata”.

Son momentos muy duros. Pero su decisión de quedarse y continuar luchando es inalterable. Llega al orfanato la tía de Lucía, Marta, que resulta ser un bálsamo de moral, de tranquilidad y de disciplina: “¡Hasta que no estén todos sentados no se come!” Fue el primer día que comieron sentados, ¡y con tenedores! La tía Marta trae también dinero, experiencia y, lo más importante, esperanza. Una ayuda extra que a Lucía le da la vida. Pero no pueden con todo; el dinero se acaba pronto, los recursos escasean, las fuerzas menguan. Se sienten solos, diminutos ante una empresa tan inabarcable.

Buscan ayuda en otras ong’s y en la administración, pero incomprensiblemente se estrellan contra un muro de insolidaridad. Les llegan a acusar de no ser legales, de aprovecharse de los niños. “Dudaban de nosotros; pensaban que estábamos haciendo dinero con ellos… ¡incluso violándolos!” Tienen que profesionalizarse si quieren recibir apoyo y ayudas. “En España, Quatrecasas nos adoptó, nos ayudó a tener marco legal y a regularizar nuestra situación”. Finalmente se convierten de forma oficial en Ayitimoun Yo (“Niños de Haití”), una Asociación Sin Ánimo de Lucro. 


Cuando todo cobra sentido



Los niños están felices, porque tienen protección, porque comen todos los días. “Cuando comen son felices. Mil veces más que nosotros. Porque se preocupan del hoy, no del mañana. Mientras tengan comida y no tengan ninguna enfermedad, son felices”. Esa es la clave, vivir el presente. Lucía lo sabe también: “si yo hubiera pensado en el mañana no habría hecho nada. Cuando piensas en el mañana dejas de pensar en lo que es importante hoy”. Empiezan a organizarse, a establecer horarios; los niños comienzan a ir al colegio, que para ellos es un auténtico lujo: se visten de punta en blanco, devoran los libros. Saben lo importante que es la educación. Saben que es la única salida.

Por fin, todo parece cobrar sentido. La lucha, el esfuerzo, la esperanza. Pero la tragedia se cierne de nuevo sobre el país. Es su sino. A la isla llegan casi seguidos dos huracanes de nivel 2. Gracias a la inestimable ayuda de los Cascos Azules y los voluntarios, los niños permanecen a salvo en el interior de un container. Afuera, los destrozos son brutales. No queda nada. Ni un saco de arroz, ni una cabra, ni agua, ni carreteras, ni un gramo de esperanza.
Pero la vida ha de seguir. La suya y la de los pequeños.

Pasan los meses, un año, dos años. Lucía y Alexis, flanqueados por su pequeño ejército de voluntarios, llevan ya 2 años y tres meses en la isla. Ahora tienen más confianza y experiencia, pero ello no impide que la vida se haga más dura a cada instante. La madre de Lucía les visita por primera vez, pero no elige el mejor momento: la dueña de la casa les ha subido el precio del alquiler hasta una cifra que ellos no pueden pagar… y tienen que abandonar el que ha sido su hogar durante tanto tiempo. Se quedan en la calle. Y, lo que es peor, saben que nadie les va a alquilar una casa. No son muy populares por allí. La salvación llega a través de una monja a la que conocen, que les deja un terreno y los Cascos Azules les prestan tiendas de campaña. Las autoridades —corruptas— les amenazan con quitarles a los niños. Y lo hacen delante de los propios niños. La cara de terror se refleja en sus rostros: saben demasiado bien cuál es su destino si Lucía no se ocupa de ellos (algunos han encontrado bidones llenos de huesos… los restos inservibles del tráfico de órganos que son quemados tras extraer la parte valiosa). 

Pero lo peor no es el miedo, es la angustia constante por conseguir fondos, por recaudar dinero suficiente para aguantar un día más, una semana más. La solución llega a través de un primo de Lucía, que graba un vídeo sobre Ayitimoun Yo y lo cuelga en internet, a la búsqueda desesperada de ángeles anónimos. A través de una web de crowdfunding recaudan 72.000 dólares en sólo dos meses. Gentes de Tokio, Nueva York, de Chile, de Perú, de todas partes, hacen pequeñas donaciones por el simple hecho de que creen en Lucía, en su historia, en su sinceridad. “Ahí volví a confiar en que la gente, cuando sabe lo que sucede, colabora en lo que puede”. Ese dinero les permite continuar, comprar un trozo de tierra y empezar a construir su propio hogar. Tienen un proyecto agrícola, pequeñas cosechas que les van a ayudar a ser autosuficientes: tomates, patatas. Han aprendido a plantar semillas, y eso les va a dar la vida en un lugar donde no existe apenas comida. También han proporcionado trabajo a los padres, construyendo canales para el agua o edificando la casa, que está ya casi terminada del todo.



Lo que cuenta es el día a día. 

“Hay un proceso emotivo que nadie nos ha enseñado. No te enseñan a lidiar con las emociones de la empatía. Pero esa es la verdadera humanidad. Hay que dar un paso más: querer conocer, poder sentir lo que siente la otra persona. Hay que saber más, qué pasa con todos y cada uno. Tenemos esa responsabilidad. Debemos mirar más hacia abajo; no hacia arriba, a los que tienen, sino a los que no tienen nada. La suerte que tenemos de haber nacido aquí es una responsabilidad para los que no han tenido tanta suerte”. Lo más importante, nos recuerda Lucía, es la empatía. Pero una empatía que se transforme en acción.

Lucía Lantero renunció a su vida, “pero ha merecido la pena cada segundo. Estaba convencida de que no iba a ser  feliz, pero cuando renuncias a tu zona de confort y superas el miedo te das cuenta de que la felicidad no es un objetivo, sino una consecuencia de vivir con valores. Cuando vives haciendo lo que crees que es justo, la felicidad llega sola; porque la felicidad es una consecuencia de tus actos”.
    La consecuencia de la entrega de Lucía es que estos niños han dormido tranquilos, sanos y a salvo durante todos estos años. “Para ellos es el día a día lo que cuenta. Y yo me siento afortunada porque me han dado la oportunidad de ser instrumento para los demás. Tienes que dejar de pensar en ti, ni siquiera para mirarte en el espejo. Olvidarte  totalmente de ti, porque no hay nadie más ahí”. Y, porque si ella no está, esos niños lo pierden todo. Otra vez.

La otra gran lección de Lucía es que no hay nada que sea imposible. “Si yo (una inepta en casi todo y desde luego nada preparada) he podido llegar hasta aquí, no hay nada que no pueda hacer cualquiera”. Aunque, reconoce, en más de una ocasión ha pensado que ahí ha habido algo más: “Yo lo llamo milagro. Sí, estoy convencida de que Dios ha tenido mucho que ver en esto”.


Para Lucía volver a España no es una opción, salvo que sea para recaudar fondos. “Ellos están ahí porque yo estoy con ellos. Sencillamente, no puedo volver”. Ella no se siente una heroína, ni una víctima, ni mucho menos una fracasada. Sino una persona inmensamente feliz, porque está donde quiere estar, con aquellos a los que quiere. “El éxito es obtener lo que se desea, la felicidad es disfrutar lo que se consigue”, cita a Emerson. Una frase que define plenamente el estado actual de Lucía, y que justifica su sonrisa (“Si sonríes a la vida, la vida te sonríe”, dice). Sobre todo teniendo en cuenta que su único miedo (“¿Qué pasará con mi vida si me caso y tengo hijos?”) ya no tiene cabida: Lucía se casó hace dos años con Yago, y hace unos meses nació su primer hijo. La decisión, por supuesto, es vivir en el que ya es su hogar, en Haití. Allí, la familia seguirá creciendo. En número, en felicidad, en valores. Eso es lo que de verdad importa.

Ayitimoun yo (AYMY) no tiene subvenciones ni ayuda oficial de ningún tipo, sobrevive únicamente por la generosidad de donantes particulares. Así que si quieres colaborar, es tan fácil como entrar en su web y hacerte socio o realizar el donativo que quieras. Tu recompensa serán unas cuantas sonrisas de infinito agradecimiento.
    También es importante que sepas que cada céntimo recaudado está destinado íntegramente a los niños; tanto Lucía y Alexis como los voluntarios y colaboradores se pagan su manutención, sus gastos y sus viajes. Aquí no hay dietas, ni sueldos, ni comisiones… ni euros que se van quedando por el camino.


(Esta historia forma parte del segundo libro de la Fundación Lo Que De Verdad Importa)