jueves, 19 de abril de 2018

Yabba Dabba Dooo! Los Picapiedra, qué modernos estos prehistóricos



Hace unos 70 o 7.000 años (milenio arriba, milenio abajo) nació Fred Flintstone. Exactamente el mismo día que su vecino e inseparable Barney Rubble. Y, casualidades de la vida, también el día que nacieron sus sufridas esposas, Wilma y Betty. Y su mascota, el dinosaurio Dino. Y el troncomóvil. Y el cuernófono. Y los piedrólares… Y una de las series de dibujos animados más exitosas, populares e inmortales de la historia. O de la prehistoria.

En España, los Flinstones se llamaron los Picapiedra. Pedro y Vilma Picapiedra. Y sus vecinos, los Rubble, se convirtieron en Pablo y Betty Mármol. Aquí, como en medio mundo, la serie tuvo el mismo éxito que en Estados Unidos, que en su día batió el récord de capítulos, 166, a lo largo de seis años ininterrumpidos de emisión en la cadena ABC. Luego llegaron décadas de reposiciones, capítulos especiales, continuaciones, cine, homenajes… Pero no nos adelantemos, que vamos en troncomóvil. Regresemos al principio de la historia.

Los Picapiedra estaba ambientada en la ciudad de Piedradura (Bedrock), y contaba la vida cotidiana de una típica familia de clase media americana en los años 50-60, trasladada a la Edad de Piedra. Las tramas, aunque aparentemente infantiles e inocentes, en el fondo se dirigían también al público adulto con sus pícaros diálogos, su divertida crítica a las costumbres de la época (la barbacoa, el ‘boliche’, el drive-in cinema, el coche familiar), sus visionarios avances tecnológicos y sus continuas referencias a la guerra de sexos (la escena de Pedro aporreando la puerta al grito de ¡Vilmaaaa! ha marcado a varias generaciones); o tocando temas “mayores” como la maternidad y la infertilidad (Vilma se queda embarazada; los Mámol tienen que adoptar), la ludopatía, el consumismo desenfrenado o las complicadas relaciones familiares.


Los personajes llegaron incluso a protagonizar varios anuncios de Winston, patrocinador de la serie hasta 1963 (hoy sería impensable ver a Pedro y Pablo fumando relajadamente un cigarrillo mientras sus esposas realizaban los trabajos del hogar). Y por rematar el legado adulto de Los Picapiedra, una curiosidad: la sintonía de la serie (“Meet The Flinstones”) es una derivación del 2º movimiento de la Sonata para Piano nº 17 de Beethoven. Bastante más animada, claro.

La serie se convirtió muy pronto en un verdadero icono popular y fueron los primeros dibujos animados en horario prime time, y también los primeros de la TV emitidos en color, en 1962. Y unas décadas antes que los Simpson (que tanto les deben, por cierto) presentaron una extensa y divertidísma galería de artistas invitados: Ann-Margrock, Stony Curtis, Rock Hudson, Alfred Hitchrock… y hasta Bond, Fred Bond, en el primer largometraje de la serie, El superagente Picapiedra (“The Man Called Flintstone”, 1967). El show de Los Picapiedra mantuvo su récord como la serie animada más larga durante 31 años, desde su cancelación en 1966 hasta 1997, año en que fue superada, precisamente, por Los Simpson.

Después de 1966 llegaron otras secuelas y variaciones, meras sucedáneas que no se acercaron ni de lejos al original. Ni en ingenio, ni en humor, ni en transgresión. En 1994, el mismísimo Spielberg se atrevió a producir la versión “en carne y hueso” de Los Picapiedra para el cine, con un resultado más bien decepcionante, salvo la presencia del gran John Goodman (que indudablemente nació para ser Pedro Picapiedra) y el luminoso descubrimiento de Halle Berry (un talento y una belleza desde luego mucho mejor aprovechados en películas posteriores). Increíblemente, el experimento se repitió en el año 2000, esta vez además sin Goodman y, lo que es peor, sin Halle Berry. 


Casi 70 años (o 7.000) después de su creación por los genios William Hanna y Joseph Barbera, los Picapiedra siguen encandilando a generaciones de espectadores en todo el mundo. ¿Su secreto? Tal vez saber reflejar con enormes dosis de ingenio e ironía la familia media de la sociedad occidental de las últimas décadas, que es la misma en cualquier país y en cualquier época. ¿O quién no lanza un eufórico “¡Yabba Dabba Dooo!” cuando suena la pterodáctilosirena que marca el fin de la jornada laboral?




miércoles, 11 de abril de 2018

Trujillos y Ragel. Historia de una foto.


Dicen que cada imagen cuenta una historia. Esta fotografía del Capitán Trujillos descendiendo por la mítica cortadura de la Zarzuela, cuenta dos historias: una, la del jinete que dejó pasmados a los oficiales extranjeros que asistieron a la demostración; otra, la del fotógrafo que inmortalizó la escena y pasmó al mundo entero, Diego González Ragel.

 
Una mañana de primavera de 1927. Examen de fin de curso 1926-27 en la Escuela de Equitación Militar. El capitán Álvarez de Bohorques, Marqués de los Trujillos, sale con sus alumnos a clase de exterior en terrenos de Zarzuela. El lugar es perfecto para poner a prueba la destreza de los jinetes, y su arrojo: imponentes cortaduras de arena arcillosa, algunas de más de 15 metros de caída vertical, por las que deberán descender (o más bien, caer) tratando de mantenerse sobre sus monturas. Algo que lograrán muy pocos.

La míticas cortaduras de la Zarzuela
No es la primera vez que descienden por esas gigantescas dunas y barrancos los alumnos de Caballería. Pero sí es la primera vez que lo hacen ante un grupo de oficiales extranjeros, que pudieron presenciar en vivo las enseñanzas del profesor, el grado de maestría de los oficiales, el perfecto adiestramiento de sus monturas y, sobre todo, el valor sin fisuras de todos ellos, alumnos y maestro. Especialmente en el último descenso, en la imposible prueba final, la bajada de la descomunal cortadura que más tarde recibió el nombre de “Gran Trujillos”.
    
Así lo describió el célebre capitán francés De Montergon, emocionado testigo de aquella hazaña impensable: “Cuando vi la cúspide de la última bajada y comprendí lo que intentaban hacer; cuando, acometido del vértigo, me incliné sobre un corte de pico, de veinte metros, a cuyo término sólo una pendiente arenosa se ofrecía para recibirles, pensé: ¡Eso no es posible! ¡No bajarán!”

Pero bajaron. Todos. Primero el profesor, el guía; y luego todos los alumnos, uno detrás de otro, sin pensarlo, con fiel y ciega disciplina. Cayeron caballos y jinetes, lanzados al vacío de su temeridad; se voltearon unos sobre otros, en una interminable secuencia de majestuosas bajadas y apocalípticas caídas (la primera vez, salvo el profesor, ninguno acabó sobre su montura; la segunda, ni siquiera el capitán Trujillos). Al final, todos más o menos indemnes, y todos absolutamente orgullosos de su gesta.

Un año después, el examen de fin de curso se celebró en los mismos terrenos. El profesor también era el mismo, el Marqués de los Trujillos (a la sazón uno de los mejores jinetes españoles de todos los tiempos, que ese mismo año de 1928 logró, en Amsterdam, la primera medalla de oro para España en unos Juegos Olímpicos en saltos por equipos; pero esa es otra historia que ya hemos contado aquí). En esta ocasión, con un testigo aún más excepcional: Alfonso XIII. El Rey, orgulloso de sus oficiales, quedó sin embargo tan impactado, que prohibió la repetición de la prueba al día siguiente, como estaba establecido. Orden que, por cierto, su amigo el capitán Trujillos desobedeció, con todos los respetos hacia Su Majestad, claro. Sin embargo, los jinetes españoles habían dejado en lo más alto el prestigio del Arma de Caballería que, como demostraron una vez más, no reconoce obstáculos. Días después, el Rey envió un mensaje de felicitación al maestro y sus alumnos: "por la disciplina, entusiasmo y decisión demostrados en la bajada de las cortaduras". 

Ragel, repórter fotógrafo
De ambas sesiones fue también testigo Diego González Ragel. Y gracias a su pericia y maestría con la cámara, todos nosotros también. Las dieciséis fotografías del reportaje gráfico de 1927 (publicado en la revista Blanco y Negro y numerosas publicaciones extranjeras) le otorgaron la fama, no sólo por el interés de las proezas representadas, sino también por su habilidad técnica y por la modernidad de sus composiciones.

Nacido en Jerez, en 1893, fue sin embargo en Madrid donde ejerció su carrera como repórter, según él se definía, pues le interesaba más contar que retratar. Destacó principalmente como fotógrafo deportivo, especializado en caza, automovilismo e hípica; pero también fue íntimo retratista de la familia Sorolla; y editor de una revista bélica durante la contienda civil; y fotógrafo personal del general republicano José Riquelme; y, a pesar de su pasado republicano, fotógrafo oficial del Banco de España desde 1941 hasta su muerte, en 1951.


Ragel supo retratar como nadie el Madrid de la posguerra, el cotidiano, el de la calle; pero también el de la aristocracia y la vida bohemia (tuvo una intensa vida social), y el de las cacerías y las carreras de coches o de caballos, y el de los grandes hechos históricos, como la despedida de Alfonso XIII a Miguel Primo de Rivera, camino del exilio, en la estación de Atocha. Pero tal vez el episodio más relevante de su carrera fue el encargo de inmortalizar las transferencias del oro y la plata que partieron del Banco de España hacia Moscú; ocultó los clichés durante la guerra, y a su término los entregó al Ministerio de Hacienda, lo que permitió recuperar parte del dinero en París.

Olvidado durante décadas, hace unos años se organizó en Madrid una exposición que reunía, por primera vez, los fondos de su archivo personal e inédito; más de un millar de imágenes que constituyen un legado único y un interesantísimo testimonio de una época y de una vida: la de Ragel, “fotógrafo notario de todo, protagonista de nada”. Un inmenso legado que se puede encontrar en internet.

Hoy, gracias a Ragel y a su talento podemos admirar y enmudecer ante esta impresionante imagen (y toda la serie de las cortaduras) que protagonizó el capitán Trujillos (mi abuelo). Y si no la estuviéramos viendo con nuestros propios ojos, exclamaríamos como el capitán francés: "¡Eso no es posible! ¡No bajarán!”


lunes, 2 de abril de 2018

Sergio y Juanma Aznárez. Lo que de verdad importa es la sonrisa



«Me llamo Sergio, soy ciego y tengo autismo. Soy una persona muy feliz.» Dicen que las desgracias nunca vienen solas, y tal vez sea verdad, si queremos verlo así. En el caso de Sergio Aznárez podemos pensar que una desgracia (nacer sin ojos) vino acompañada de otra (un autismo severo); y quizá tendríamos razón. Pero también podríamos pensar que esas presuntas desgracias vinieron acompañadas de una bendición, con nombre y apellidos: Juanma Aznárez, el hermano mayor de Sergio. El mejor ángel de la guarda que Sergio podía haber soñado, y también el mejor compañero de aventuras, el mejor amigo, el mejor cómplice. Yendo un poco más allá en la reflexión, podríamos pensar que para Juanma y sus padres el nacimiento de un hermano/hijo ciego y autista fue también una desgracia, una carga, una limitación a su felicidad. Sin embargo, para ellos fue también una bendición, y una ilimitada fuente de felicidad. No es la típica frase bienintencionada, o un pensamiento buenista, estando donde estamos. Es lo que dice —con hechos contundentes— la historia de estos dos hermanos, el maravilloso viaje que han vivido juntos a lo largo de treinta años. Y lo dice muy alto y muy claro. Tan alto y tan claro como las palabras que pronunció Sergio en su presentación del congreso Lo Que De Verdad Importa. «Me llamo Sergio, soy ciego y tengo autismo. Soy una persona muy feliz.»

Sergio nació sin ojos; en realidad, el nombre oficial es microftalmia severa, lo que significa que tenía los ojos del tamaño de una cabeza de alfiler. El resultado es el mismo: ceguera total. En cualquier familia, aquello podía haber supuesto un drama terrible, pero la reacción de la madre de Sergio dejó poco lugar para la duda: «¡Anda, pues la vida igual empieza a ponerse interesante ahora!». Juanma tenía año y medio en aquel entonces y, obviamente, no comprendió la trascendencia de esa frase. Con los años entendió que el de su madre fue el gran ejemplo de cómo hay que tomarse la vida. Y aprendió muy bien la lección. Desde que tiene memoria, Juanma recuerda estar siempre al lado de su hermano menor, ayudándolo, entendiéndolo, compartiéndolo todo. Los momentos buenos y los regulares (malos, malos, no recuerda haber tenido). «Crecimos juntos. Pasamos la varicela juntos. Hemos pasado por todo, con nuestro padre y nuestra madre, con la moto. Éramos una familia que nos sentíamos realmente afortunados. Una de las cosas que decía mi padre era que Sergio era un milagro. Para el que lo supiera entender, venía con un mensaje casi de otra dimensión. Y claro, con esos dos mensajes, de padre y de madre, yo creo que ya nos estaban dando mucho desde muy pequeños…» En efecto, los Aznárez se sienten plenamente afortunados con la vida que les ha tocado. Por todo lo que tienen, por todo lo que pueden hacer —y lo que han hecho—, por todo lo que han aprendido unos de los otros y de sí mismos; cosas que no todos aprendemos y que probablemente ellos no habrían aprendido de no haber contado con la ayuda inestimable de Sergio. Una actitud positiva, generosa, ilusionada e ilusionante, disfrutona, entregada a la vida con pasión. Y tremendamente contagiosa.
            Y no “a pesar” de lo Sergio, sino precisamente por ello.


Tenía que ser la música

Desde los primeros días, la familia Aznárez se dio cuenta de que la ceguera de Sergio no venía sola. Además de no ver, el pequeño Sergio no respondía a ciertos estímulos, y no sabían bien por qué. Simplemente se agarraba a su madre, o a su padre y poco más. Con año y medio fue sometido a un sinfín de operaciones; le pusieron unas prótesis, según los médicos para evitar que se le deformara la cara; le quitaron piel de los brazos para ponérsela en los ojos. Con sólo un año y medio de vida. Tampoco hablaba, ni gateaba, ni reaccionaba, sólo rechazaba; y llegaron a pensar que todo ese rechazo era consecuencia del trauma provocado por tanta operación. Tan sólo movía la cabeza compulsivamente, de un lado a otro, sin parar. Casi era lo único que hacía.
            Nadie tenía una respuesta a lo que le pasaba a Sergio. Y con los años no mejoró. Más bien lo contrario. Sufría crisis de pánico continuamente, hiperventilaba, se arañaba la cara. Intentaron un tratamiento de estimulación precoz, que a Sergio no le gustaba en absoluto. Pretendían enseñarle a subir escaleras, lo que era una barandilla, un escalón, pero a él le daba exactamente igual lo que era una barandilla o un escalón, se plantaba ahí y se negaba a subir las escaleras, simplemente. «Podían pasar muchos minutos, incluso horas, hasta que Sergio dijera “sí” o “qué”. Hacían falta horas para lo más básico entre lo básico, para que conectara con el mundo, para que asimilara lo que intentábamos decirle. Pero lo que quería y necesitaba era otro tipo de estímulos.» En el colegio, los profesores intentaban estimularle de diferentes maneras, dejando que Sergio interactuara con los demás alumnos. Pero los resultados eran similares: nulos. Todo era muy experimental, y muy poco efectivo.

Hasta que llegó la música. Y todo cambió. De repente, de estar desconectado, de estar completamente ausente, de no hablar, no disfrutar, ni siquiera estar, pasó a una nueva situación radicalmente distinta. Una amiga de la familia, Mati, les presentó a un amigo profesor de música. A ver si en la sala de música, pensó, tocando los instrumentos, hay algo que le guste. Y vaya si le gustó. En aquella sala, rodeado de instrumentos y estímulos sonoros, de música, de magia, Sergio se transformaba en otra persona. Se movía, reaccionaba, andaba, disfrutaba, tocaba. Incluso cantaba. El poder de la música. Y no sólo era una cuestión de terapia, de meros estímulos, Sergio poseía un verdadero don para la música, lo que se denomina oído absoluto. Tenía cuatro años. Estuvo dando clases durante dos décadas, hasta que su profesor, Pepe, sufrió un ictus y perdió, además del habla y otras funciones del cerebro, sus habilidades musicales. Lo bonito de esta historia es que el profesor, a través de su alumno, volvió a recordar la música, volvió a aprender, volvió a interpretar. Fueron redescubriéndolo juntos, Pepe y Sergio, intercambiando los papeles de una manera maravillosa. Otra gran lección de vida.



Un tándem inseparable. E insuperable

Aparte la música, hubo otro punto de inflexión en la infancia de Sergio que también marcó las diferencias. Su madre acudió a una conferencia de Ángel Riviere, el mayor experto mundial en autismo, y le pidió si podía ver a su hijo. Riviere accedió y, efectivamente, le diagnosticó autismo, trastorno de Kanner con patrón de soledad mental; un autismo bastante severo acompañado de ceguera, lo que suponía un problema muy complicado, muy difícil de trabajar.
            En aquellos años Sergio, de la mano de su hermano Juanma, aprendió a disfrutar un poco de la vida, más allá de la música. Juntos jugaban, se tiraban a la piscina, se reían. Formaban un buen tándem ya desde pequeños. Pero también seguía teniendo sus momentos difíciles Sergio: se arañaba, se mordía, rompía su ropa, rompía muebles, le rompía las gafas a su hermano —y a cualquier extraño con gafas que pillara por la calle—, llegó incluso a tirar a su gato por la ventana, siete pisos. «Pero no le pasó nada», apunta Sergio. Bueno, no exactamente, aclara Juanma: «El gato sobrevivió, aunque con la pata rota por tres o cuatro sitios, y luego engordó porque se movía poco…» En realidad, no había maldad, era la etapa en la que Sergio estaba investigando.

A los dos hermanos les llegó el momento de trasladarse a Madrid desde su Cuenca natal. Juanma a un internado y Sergio a la ONCE, donde tuvo alguna dificultad para entrar debido a su autismo; no sabían cómo trabajar con él. Tardaron dos años en aceptarlo, pero finalmente entró. Y allí aprendió, entre otras muchas cosas, a leer y escribir en braille y a desenvolverse solo en su mundo de oscuridad. Era como una esponja, con una capacidad inagotable de aprender. Hizo también grandes amistades y empezó a vivir pequeñas aventuras con su hermano Juanma, preludio de las grandes aventuras que compartirían después. «Yo le recogía y nos íbamos a Cuenca en tren. La verdad es que nos lo pasábamos bastante bien. Era como un reto que nos hacía especiales. No me parecía un problema. Me encantaba llegar al colegio de la ONCE y saber que me habían dado un permiso para que, siendo menor de edad, me dejaran recoger a mi hermano; luego nos metíamos en el metro, llegábamos a la estación y nos subíamos al tren… a veces cuando ya había arrancado. Recuerdo haber metido en marcha a mi hermano y las maletas, y el empleado de turno gritando: “¡Pero bueno, ¿estáis locos, chavales?!”»

Juanma quería hacer otras cosas en la vida, tenía otras inquietudes, sentía otras llamadas, y dejó el internado para aventurarse hacia un nuevo mundo para él, Inglaterra. Un verano para aprender inglés, se dijo. Pero se quedó cinco años, trabajando en una empresa de eventos. Disfrutó enormemente de la experiencia, hizo muchos amigos, una gran familia. Pero le faltaba su hermano. Fue también una fantástica experiencia para Sergio el día que abandonó su casa en Cuenca, sus horarios, su orden, su seguridad y se fue a vivir una temporada a Brighton, a esa casa de locos entrañables que se habían convertido en la nueva familia de Juanma. Y que acogieron a Sergio como su hermano favorito desde el primer instante. Amigos del alma, de los de verdad.
       Después de aquellos años en Inglaterra, Juanma se fue a descubrir el Sureste Asiático durante seis meses. De Hong Kong a Singapur, con su mochila, y a ver qué pasaba por el camino. «Me lo pasé genial, conocí gente increíble y no paraba de pensar en mi hermano. Allá donde iba, pensaba: “¡Qué bien se lo pasaría Sergio aquí!” y me preguntaba por qué no me lo había llevado conmigo. Yo les decía a mis padres que un día me iba a llevar a Sergio a Tailandia, y que ya veríamos si volvíamos…» Pero la idea salió de su madre, y fue una de las mejores sorpresas de su vida: se fueron a Tailandia los tres. Sergio disfrutó como un niño cada momento, cada sensación, cada pequeña experiencia; la textura del país, los olores, el sonido de los templos… 

Demostró una vez más que no era un simple acompañante, sino el mejor de los compañeros de viaje. «Se portó fenomenal, no se quejaba del cansancio ni de nada. ¡Con lo quejica que había sido, hasta decir me planto, me voy, me araño! Ahí nos dimos cuenta de que era un crack y podía con todo». Y todo aquello se trasladó a Cuenca, a su vida diaria. Ahora Sergio va a la piscina, al gimnasio, practica yoga, canta en el coro, hace percusión… y ha llegado a dar clases de claqué. «Así es Sergio, donde lo pongas, disfruta». También le encanta la poesía, y recita de memoria su favorita: «Soy un guardador de rebaños. / El rebaño es mis pensamientos / y todos mis pensamientos son sensaciones. / Pienso con los ojos y con los oídos / y con las manos y los pies / y con la nariz y la boca. / Pensar una flor es verla y olerla. / Comerse una fruta es conocer su sentido. / Por eso, cuando en un día de calor me siento triste de disfrutarlo tanto / y me acuesto estirado en la hierba, / cierro los ojos calientes, / siento todo mi cuerpo acostado en la realidad / y soy feliz.»



La sonrisa verdadera

Juanma y Sergio llegaron a un punto en el que sintieron la necesidad de contar sus experiencias y aprendizajes mutuos. Para ellos era algo importante, algo grande, y así llamaron precisamente a la página de Facebook con la que empezaron a compartir su historia, Algo Grande para Sergio. Y algo grande fue también el siguiente viaje que emprendieron juntos, muy juntos: nada menos que en tándem hasta Marruecos. «Pensamos ir en tándem a ver a Mati, la maestra y amiga de Sergio, que vivía en Marruecos, y para eso pedimos un montón de apoyos, hablamos con gente famosa, hicimos un crowdfunding; y aquello empezó a crecer, a hacerse una pelota que parecía un sueño. Y era un sueño. Cuando lo pienso me pregunto cómo lo hemos conseguido. Y creo que ha sido porque nuestro sueño era contagioso.» Ese sueño contagió a muchísima gente anónima que colaboró para hacerlo realidad, y también lo apoyaron famosos como Matías Prats, Isabel Gemio, Roberto Brasero, Mónica Carrillo, Santi González… que actuaron como propagadores del contagio. Se recorrieron las televisiones con un vídeo casero en el que mostraban su sueño, se lo enseñaron también a cantantes, actores, presentadores, y la pelota se iba pasando de unos a otros. Auténtica viralidad. Y Juanma, alucinado, preguntándose una y otra vez ¿pero qué pasa aquí? «Pasaba que había una cosa auténtica, que es el Sergiete, y ganas de tener una experiencia que todos querían saber cómo se iba a desarrollar. Y encima nosotros queríamos hacerlo con un pedazo de equipo de rodaje. Para que os hagáis una idea, al final fuimos diez personas, más nosotros dos y una persona de producción local en Marruecos. En todos los sitios de España nos dejaron dormir, nos dieron de comer, porque conocían el proyecto y les fuimos pidiendo esos apoyos. Entramos en Marruecos con todo ese equipo de rodaje. Nosotros íbamos con nuestro tándem, y también iba un coche delante con el equipo que había estado haciendo toda la preproducción, otro coche de rodaje y otro más donde iba el fisio, una persona muy importante para Sergio.» Fue una experiencia realmente especial, un viaje precioso y una historia de superación increíble; durante un mes recorrieron mil seiscientos kilómetros a golpe de pedales y de solidaridad, de reencuentros y de superación, de ilusión y de sonrisas. 

El objetivo era grabar un documental para mostrar al mundo que no hay límites a los sueños, que todo se puede si lo deseas realmente, aunque hayas nacido ciego y autista. El documental se llamó “La sonrisa verdadera” y también resultó ser altamente contagioso: se estrenó en el Festival de Málaga, en la sección oficial; y luego llegó hasta Filipinas, donde tuvo lugar el estreno internacional en un festival que se celebró en Manila —estancia que aprovecharon los hermanos para recorrer el país durante un mes con la mochila a la espalda—; y de ahí a Saint Louis, Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos y después otras muchas ciudades en España y otros países. Más de treinta festivales y un sinnúmero de premios, nominaciones, menciones… «El sueño hecho realidad. No puedo ser más feliz. En cada festival hemos vivido experiencias increíbles.» Y después de los festivales, de ese tour mundial contagiando la sonrisa de Sergio por todo el planeta, llegaron nuevos viajes y experiencias. Y es que la vida de Sergio, al lado de su hermano Juanma, es un continuo viaje, y un permanente aprendizaje. Para ambos. «De la experiencia de vivir con Sergio me quedo con los valores que él nos transmite. Es una persona que tiene muchísimo valor, en el sentido de que se atreve con todo. Confía, sabe que le va a gustar y se lo pasa genial.»


El don de contagiar

Dicen que las personas ciegas desarrollan los demás sentidos de una manera especial, y es muy cierto en el caso de Sergio. Él tiene extraordinariamente desarrollado el sentido del coraje, el de la generosidad, el de la lealtad, el de la gratitud, el de la sinceridad. Sergio no tiene dobleces, y tampoco tiene celos ni envidia. Ni está condicionado por los convencionalismos o lo políticamente correcto. Y tampoco te traiciona nunca. No tiene doble fondo, no hay en él una escala de grises. Es o no es, le gusta o no le gusta. «No se para a interpretar, al contrario que nosotros, que estamos todo el día interpretando qué efecto vamos a causar. Que si hay que sonreír, que si el protocolo… Sergio no tiene nada de eso, lo cual le libera de una carga muy grande, y ese es otro de sus valores. Otra de las cualidades de Sergio es su capacidad de contagiar su estado de ánimo; y al mismo tiempo una extraordinaria sensibilidad de captar el estado de ánimo de quienes tiene alrededor. Y contagiarse de él; en lo positivo y en lo negativo. Y con efecto multiplicador. «Nuestros padres nos lo contaron, y yo lo agradezco muchísimo, porque nos ha obligado a ser mejores personas. ¿Qué necesidad hay de ir contaminando si puedes ir dando alegría? Sergio tenía el don de que, si tenía al lado a alguien enfadado, rápidamente se ponía nervioso, rompía algo, se quería ir, se arañaba. Si por el contrario había buen ambiente, si había gente que disfrutaba, él te acompañaba, y lo sigue haciendo. Los amigos me dicen que siempre estoy contento; y les respondo que no, que tengo mis momentos, como todo el mundo, pero no me gusta ir por ahí soltando mal rollo. Tú puedes ir por la vida diciendo a todo que está fatal o que todo es estupendo, y al final te contagias. Y eso con Sergio es muy importante.»


Juanma, sin embargo, lo que más admira de su hermano es su generosidad, su entrega total. Y lo que más necesita de él, siempre, es su compañía. Simplemente tenerle a su lado, compartir experiencias y confidencias, abrazos, sonrisas, complicidad. Y aprender. La vida de Sergio es una lección continua, permanente, inagotable. «A mí me ha enseñado a mirar la vida muy de frente y a valorar que el placer que buscamos realmente reside en el placer del otro, en que haciendo cosas por los demás nos sentimos bien.» Todos somos seres sociales, y esa es una de las cualidades del ser humano. Nunca debemos perderlo de vista. Hacer que otras personas disfruten es como nosotros vamos a disfrutar realmente. Esto es lo que de verdad importa para Sergio y Juanma, una permanente lección de generosidad y entrega que nos enseñan como mejor se enseñan las lecciones importantes: con el ejemplo de sus vidas. 

La historia de Sergio y Juanma es uno de los capítulos del último libro de la Fundación Lo Que De Verdad Importa, que he tenido el honor de escribir.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Más allá de un rostro
































Visto desde fuera, tener un hijo con síndrome de Down es, para la mayoría de la sociedad, una desgracia ajena. Visto desde dentro, para la mayoría de los padres la noticia es un shock; para algunos, incluso, una tragedia. Pero con el paso de los días, el drama va dejando paso a la comedia romántica y, con los años, la presunta tragedia se convierte, casi sin excepción, en una maravillosa historia de amor.


Lo que esta sociedad sobrecargada de prejuicios necesita es, precisamente, un poco más de comprensión y, sobre todo, de información. Si nos preocupáramos por conocer más a fondo a las personas con síndrome de Down, descubriríamos a unos seres humanos tan diferentes y tan semejantes a nosotros como cualquier otra persona; con sus virtudes y sus defectos, con sus necesidades y sus deseos, con sus alegrías y sus miedos, con sus esfuerzos y sus dificultades; y (tal vez sea esto lo que más nos diferencia) con una inagotable capacidad de entregar y recibir amor. Este mensaje, el de enseñarnos a ver en las personas con síndrome de Down simplemente personas, es uno de los objetivos de organizaciones como Prodis o la Fundación Síndrome de Down de Madrid, que a través de sus redes sociales, exposiciones fotográficas, calendarios y libros nos muestran la otra cara de estos niños y sus familias, la que no se ve con los ojos, sino con el corazón.
Es lo que hace, por ejemplo, el libro "Más allá de un rostro", que nació como una inspiradora exposición hace unos años y que me inspira a la hora de escribir este artículo. Son 132 fotografías de niños con síndome de Down que buscan, a través de sus miradas limpias y sus sonrisas contagiosas, que aprendamos a ver más allá de sus rasgos faciales, de su torpeza verbal o de su dificultad de aprendizaje. Que veamos 132 almas, 132 vidas que merecen la pena ser vividas tanto como cualquier otra. O más. Vidas como la de Carmen, quien afirma sin reparo “soy un ángel”; o como la de Ana, que para sus padres es “la alegría y la superación”; como la de Loubna, que además de alegría contagia ternura. Vidas como la de Lucía, que siempre reparte las chuches con sus hermanos, y que cuando llega mamá a casa cansada o triste es la primera que lo nota; la  abraza y le dice: “que te quiero un montón”. Desde luego, como afirma su madre, el gen del egoísmo no está en el cromosoma 21.
Los hay que nos plantean un desafío, como Joaquín: “sólo quiero una oportunidad, ¿me la das?” Y los hay que, como Paula, quitan hierro al asunto con una sonrisa y un categórico “¡no es para tanto!” Y tiene razón, porque no es para tanto. Al principio sí, claro. Es inevitable, cuando escuchas alguna de las palabras malditas: cardiopatía, tetralogía de Fallot, alteraciones morfológicas y otros indicios –estigmas- del síndrome. Bernardo y Mónica, padres de Jan, recuerdan que la noticia fue dura, extraña y dolorosa; “Tuvimos que superar el miedo, cambiar nuestras expectativas y enfrentarnos a un posible rechazo de la sociedad… Pero hoy sabemos que es mucho más fácil de lo que habíamos imaginado.”

“Tener un hijo síndrome de Down no creo que sea el sueño de ningún padre -reconoce Cristina- exige un esfuerzo bestial… pero cuánto hemos cambiado y hemos hecho cambiar a la gente de nuestro alrededor”. Beatriz lo sabe: “es duro, durísimo, sobre todo si en la pareja uno quiere seguir adelante y el otro no. Discusiones, desconcierto, ignorancia. Al final, el seguir adelante gana”. Los padres de Sofía entendieron con el tiempo que su hija no era diferente, sólo necesitaba más apoyo y más esfuerzo; cuatro años después, Sofía ha madurado y canta, baila, abraza, llora, ríe, besa… como los demás niños, solo que con un algo especial. Ese ‘algo’ lo tienen muy claro los padres de Jaime, para quienes los síndrome de Down “nacen con los ojos dispuestos a ver todo lo precioso, abrazar todo lo alegre y querer sin condiciones con todo el corazón”. Cuenta la tía de Pablo que lo que más impresiona es la expresión de su cara cuando su madre viene a recogerlo: “es una mezcla de cariño, satisfacción, amor, alegría, paz. Es la expresión de la felicidad plena”. Y es que, como afirmó el sacerdote que lo bautizó, la llegada de un niño con síndrome de Down es similar al envío de un ángel del Señor.
 Una afirmación que puede resultar chocante o cuando menos bienintencionada, pero que se revela como una verdad incuestionable para la gran mayoría de estas familias. Lo resume maravillosamente otro Pablo: “cuando llegué a casa papá y mamá no sabían qué hacer conmigo; ahora no sabrían qué hacer sin mí”. No es fácil. Hace falta mucha paciencia, y tesón y trabajo diario y ayuda de especialistas; y mucho, mucho amor. Pero lo importante no es lo que tarden en llegar a la meta, sino llegar. Superar obstáculos, despacito pero firme, como Rodrigo, que está aprendiendo a escribir para ser “uuunnn hommmbrreee de proveeeecho”. No hay que hablar de incapacidades, sino de capacidades diferentes. La de Blanca, por ejemplo, es sacar siempre lo mejor de los demás, especialmente de sus hermanas. La de Inés es despertar sonrisas allá por donde va, y estrujarte en los abrazos como si en ello le fuera la vida. Algo para lo que la mayoría de nosotros, con certeza, no estamos capacitados.

Tener un hijo con síndrome de Down no es un drama como piensa esta sociedad nuestra, ignorante y deshumanizada, sino más bien lo contrario. Son libres, espontáneos, cariñosos, sinceros, divertidos, sensibles, generosos. No están pervertidos por los convencionalismos ni se dejan arrastrar por los valores superficiales, egoístas y competitivos de este mundo de seres imperfectos que, en realidad, somos todos. Por supuesto que tienen limitaciones, ¿quién no las tiene? Por supuesto que ocasionan gastos y disgustos y desvelos, ¿qué hijo no lo hace? Por supuesto que no serán insignes médicos ni abogados de éxito ni banqueros millonarios ni galácticos del fútbol... ¿Cuántos de nosotros lo somos?



martes, 27 de febrero de 2018

Felicidad también rima con enfermedad


Dice Anne-Dauphine Julliand que si hay algo universal es la infancia. Es lo que fuimos todos, en algún tiempo más o menos lejano. Es lo que muchos olvidan en alguna cuneta perdida del camino hacia la racionalidad (lo que quiera que signifique eso de racionalidad). Y es lo que algunos, no sé si pocos o muchos, nos resistimos a perder, a olvidar, a superar. Con uñas y dientes. Todos empezamos siendo niños, lo que significa que todos hemos conocido de primera mano el valor del presente, de la amistad compartida, del juego, de la despreocupación, de la sinceridad sin filtros. El valor del TIEMPO. «Insensato es el hombre, pues permite que se escape el tiempo, siendo éste irreparable», nos dejó escrito Séneca. No sé si por “hombre” se refería el filósofo cordobés al ser humano en genérico, pero me gustaría pensar que estaba diferenciando entre “hombre” y “niño”. Porque es precisamente el niño quien no permite que se escape su tiempo. Conoce su valor, y aprovecha cada instante; a su modo, claro, pero cada instante.

Es justo lo que hacen los niños que protagonizan la película/documental de Anne-Dauphine Julliand. Aprovechar cada momento de su vida, aunque sus vidas no sean siempre fáciles y aunque esas vidas estén condenadas de antemano a ser breves. O precisamente por ello. Ambre, Camille, Charles, Imad y Tugdual padecen enfermedades -graves, raras, terminales- que sin embargo no les impiden llevar una vida de niño “normal” (y lo de normales es un decir, porque son extraordinariamente fuertes y vivos). Juegan, se pelean, ríen, cuentan chistes, bailan, actúan, intercambian confidencias, hacen amigos… y los añoran cuando se van.  


A pesar de llevar esas losas con nombres terroríficos como “hipertensión arterial pulmonar”, “epidermólisis bullosa” o “tumor neuroblastoma”, a pesar de tener un hospital como hogar, a pesar de las doce horas de diálisis, o de la quimio, a pesar de los  momentos de bajón, de tantas preguntas sin respuesta, del llanto y la impotencia que a veces se asoma sin avisar, a pesar del dolor insoportable estar enfermos no les impide ser felices. No les impide disfrutar de sus vidas. De la amistad. De la familia. Del amor (“el amor es más fuerte que la muerte” recita Camille en su ensayo de teatro). Del hoy y el ahora. Que en realidad es la vida. «Es lo que hay», asumen los niños. «Toca vivir con ello», dicen. Pero no lo dicen con resignación, ni con tristeza, ni con reproche. Lo dicen… porque es lo que hay. Y punto. Y a partir de ahí, la vida. Como la de cualquier otro niño. De hecho, la expresión que más se repite a lo largo de la película es “Hakuna matata”. Ahí queda todo dicho.


Esa es la gran lección que nos muestra Anne-Dauphine Julliand, con extraordinaria sensibilidad, con una mirada sincera y cercana –de niño-, sin caer en el drama fácil. Y razones no le habrían faltado, desde luego. El día que su hija Thaïs cumplió dos años, los médicos le diagnosticaron una enfermedad degenerativa genética cuyo nombre oficial es leucodistrofia metacromática. No había cura posible, y la pequeña estaba condenada a morir al cabo de unos meses o quizá en unos pocos años; y previamente iría perdiendo todas sus capacidades, todo lo que había aprendido desde que nació, hacía tan solo dos años (andar, hablar, sentarse, oír, ver, moverse, comer). 

Una vez sobrepuestos del tsunami emocional –del llanto, de la impotencia, de la rabia- Anne-Dauphine y su marido tomaron una decisión: luchar. Anne- Dauphine se prometió a sí misma: «Si no puedo añadir días a su vida, sí puedo añadir vida a sus días, a cada día que formará parte de su corta vida». Y eso hizo. Thaïs murió con «tres años y tres cuartos». Y Anne-Dauphine cumplió su promesa: tuvo una vida bonita, feliz, mientras vivió. Simplemente porque desde aquel día de su segundo cumpleaños, hasta el mismo instante de su muerte nunca le faltó amor. Una historia que se repitió años después, punto por punto, con su hija Azylis. La misma enfermedad, la misma lucha, la misma fortaleza, el mismo amor. Y la misma pérdida, hace ahora doce meses.

Por eso este documental sabe de lo que habla. Sabe qué cuenta y quién lo cuenta. Lo importante es que nosotros, adultos, asumamos también el reto. La directora nos recuerda que esta película hay que verla con el corazón bien abierto. Y con la memoria bien abierta. Recuperar el niño que fuimos, el que aún somos, aunque a menudo nos cueste admitirlo, aunque a veces, incluso, reneguemos de ello. «El tiempo es un ladrón que se lleva a los niños». Bueno, ir al cine a ver Ganar al viento es una maravillosa manera de recuperar lo robado.

Y por terminar con otra frase sabia y necesaria, que viene muy a cuento: «El ayer es historia, el mañana es un misterio, pero el día de hoy es un regalo. Por eso se llama "presente"». No es de Séneca, es del Maestro Shifu. Sí, el de  Kung Fu Panda. 

Por cierto, parte importante del mensaje de esta obra se condensa magistralmente en los tres minutos de esta preciosa canción de Renaud. Mistral Gagnant. Un precioso canto a las cosas pequeñas de la vida, que son las más grandes. 



PS. La historia de Anne-Dauphine Julliand y su hija Thaïs es uno de los capítulos más emotivos, conmovedores e impactantes del segundo libro de Lo Que De Verdad Importa, que tuve el honor de escribir para la Fundación. En esta foto, con Anne-Dauphine en la presentación.


Este post fue publicado originalmente en CinemaNet


martes, 6 de febrero de 2018

El milagro (real) de Anne Sullivan y Helen Keller


Hasta que Anne llegó a su vida, Helen no era más que un ser con apariencia de niña incapaz de comunicarse con el mundo exterior, de sentir, de entender. Ciega y sordomuda, asilvestrada e impredecible, consentida por su madre y repudiada por su padre, sólo en Anne halló Helen sentido a su existencia. Anne no se compadeció de ella, luchó por ella (y a veces contra ella) con tesón, paciencia y generosidad más allá de cualquier límite. Y, sobre todo, con fe inquebrantable. El ángel guardián y el alma perdida que trata de abrirse al mundo; la puerta serán las palabras, y el amor. "El milagro de Ana Sullivan" es una película dura y hermosa sobre el aprendizaje, la soledad compartida y la ceguera, no sólo física. La historia real de Anne y Helen va todavía más allá. Mucho más allá.

La historia empieza en 1882, pocos meses después del nacimiento de Helen Keller. Postrada en su cuna, víctima de una infección febril, el bebé no reacciona a los estímulos de su madre. Es cuando ésta se da cuenta, horrorizada, de que su hija no es normal. Su grito desgarrador no será sino el preludio de una vida presidida por la culpa, el infortunio y la desesperanza.
Helen crece y se convierte en una niña asilvestrada, aparentemente incapaz de relacionarse con el mundo que la rodea; caprichosa y tiránica con su madre, que no puede soportar que sufra y cae en la trampa de la sobreprotección (probablemente motivada por un doloroso sentimiento de culpa); para su padre (el ‘Capitán’), sin embargo, es un ser salvaje que debería vivir con las gallinas.


Pero la niña sí quiere comunicarse con el mundo, siente una necesidad casi dolorosa de entender la realidad, de conocer, de contactar; y siente también la rabia de la impotencia, quizá no tanto por no poder hacerse entender sino, sobre todo, por no ser comprendida por su propia familia. En una escena de la película absolutamente conmovedora y reveladora, Helen, en plena pataleta, arranca violentamente un botón de la camisa de su tía; nadie sabe por qué (nadie se pregunta siquiera para qué), hasta que su madre comprende lo que le ocurre: simplemente necesita los botones para coserlos en el rostro de su muñeca, ¡porque quiere que tenga ojos!


“El mayor consuelo en la desgracia es encontrar corazones compasivos”, sentenció el comediógrafo griego Menandro. Pero Helen no necesita compasión, ni sobreprotección, ni la vida consentida y vacía (ciega) que le ofrece su familia; y a ello está condenada de por vida, pues todos han tirado la toalla. No, lo que Helen necesita no es un corazón compasivo, sino un corazón luchador; un corazón valeroso que no se rinda, que no la abandone, que la saque de ese pozo de silencio y oscuridad, de incomunicación e incomprensión en que la ha sumido la desgracia… y en el que la mantienen sus propios padres. Un corazón abnegado que crea en ella, luche por ella, dé su vida por ella. “A veces creemos que lo que necesitamos es compasión, cuando lo único que nos hace falta es fe”. 

Y es cuando llega a su vida Anne Sullivan. Un alma curtida por el sufrimiento (ella también perdió la visión de niña, fue abandonada por su madre y aún no se ha recuperado de la muerte dolorosa de su hermano), que va en busca de su propia redención. Y la encuentra a través de Helen. Aunque la niña no la acepta desde el primer momento, incluso la rechaza con violencia (sabe que ha venido a alterar su vida consentida),  Anne no se arredra: sabe perfectamente lo que tiene enfrente y sabe también lo que tiene que hacer. El aprendizaje es duro, para ambas. Requiere gigantescas dosis de paciencia, tesón, coraje; y también de fuerza, física y moral; y de cariño, y de convencimiento, y de compromiso. Y, por encima de todo, de amor.
Las batallas entre Anne y Helen se suceden una tras otra. Crucial es la que tienen lugar en el comedor. Helen no se sienta a la mesa, ni utiliza los cubiertos para comer, se pasea libremente y coge lo que quiere con las manos. Anne no lo puede aceptar y echa a la familia del comedor. A solas con la niña malcriada, comienza una lucha titánica (y violenta) entre la desobediencia y la paciencia, entre el despotismo y el amor. Al final, la maestra vence: «¡Ha comido de su propio plato! Y además con cuchara. Ella sola. Y ha doblado su servilleta. El comedor está en ruinas pero ha doblado su servilleta». Es sólo una pequeña victoria. La guerra no ha hecho más que empezar.

Lo importante, sin embargo, es que Helen y Anne han encontrado un camino para comunicarse, a través del contacto físico: el lenguaje de los signos sobre la palma de su mano. Poco a poco ambas se van acercando, venciendo la desconfianza de la familia; Anne sabe que lo puede conseguir, aunque Helen parezca no querer («Esa cabecita se está muriendo por saber. Y tengo que aprovechar ese afán de saber»); sus padres y su hermano dudan, se compadecen, menoscaban sus logros. Anne les recuerda que «la obediencia sin comprensión también es ceguera». Pero se acaba el tiempo y la familia de Helen finalmente decide prescindir de la maestra. Y es en ese preciso momento, en el instante de la despedida, cuando se produce el milagro: por primera vez Helen descubre la conexión entre los objetos y los signos; eufórica, corretea por el jardín tocándolo todo, conociendo sus nombres, maravillada ante una realidad que antes se le negaba y ahora por fin entiende: el agua que emana de la fuente, la tierra, el árbol, el escalón, la campana… madre… papá… maestra.


Hasta aquí la película. Una maravillosa obra maestra que Arthur Penn dirigió en 1962 con pulso dramático, gran belleza y un realismo nada edulcorado; y en la que Anne Bancroft y la desconocida Patty Duke, soberbias, inmensas, llevaron a sus personajes más allá de la mera interpretación (ambas ganaron el Oscar). Pero la realidad de la historia entre Anne y Helen no terminó con el The End de “El milagro de Ana Sullivan” (The Miracle Worker). Fue, más bien, el principio de una hermosa relación de amistad, solidaridad y generosidad que duró más de tres décadas.
En los años siguientes Helen continuó sus estudios en diferentes instituciones para sordos, siempre acompañada por su amiga y maestra. Aprendió a hablar, a leer y a escribir, llegó a la universidad y, tras cuatro años de duro trabajo (por parte de ambas), en 1904 se graduó con mención cum laude en Radcliffe College, siendo la primera persona sorda y ciega en conseguirlo. Y aún le dio tiempo a escribir en braille su primer libro: “La historia de mi vida”.





Siguiendo su vocación pedagógica y la necesidad de compartir sus experiencias para ayudar a personas con problemas similares, Anne y Helen comenzaron a recorrer el país contando su historia en charlas y conferencias, mostrando los logros que el tesón, la fe y el cariño podían conseguir; al mismo tiempo Helen continuaba escribiendo libros y recaudando fondos para la Fundación Americana de Ciegos y se involucraba en campañas para mejorar las condiciones de vida de las personas ciegas, que en aquellos tiempos oscuros eran rechazadas por la sociedad —y por sus propias familias— y abandonadas a su suerte en asilos poco recomendables. 
Entregadas a la causa de los ciegos y los sordomudos, como educadoras y defensoras,  transcurrieron las vidas de Helen y Anne durante tres décadas. Hasta que en 1934 fue la propia Anne quien se quedó definitivamente ciega (un problema que arrastraba desde su infancia) y la dedicación de Helen tuvo que centrarse en cuidar a su antaño maestra, del mismo modo que ésta había cuidado de su pupila durante más de cuarenta años. Anne Sullivan murió dos años después, y Helen continuó su misión sin desmayo año tras año, década tras década, hasta su muerte, en 1968. Tenía 87 años.


Poco antes de su muerte, Helen Keller confesó a un amigo: «En estos oscuros y silenciosos años, Dios ha estado utilizando mi vida para un propósito que no conozco, pero un día lo entenderé y entonces estaré satisfecha». Para todos los que hemos conocido su historia y la de Anne, hemos admirado su tesón, su fe, y hemos aprendido la gran lección de su entrega incondicional a los demás, ese propósito divino es tan nítido y cristalino como aquella primera palabra que Helen comprendió muchos años atrás, y  dio la vuelta a su destino: «agua».