martes, 9 de junio de 2015

Relatos perplejos (IV): Principios


Un hombre está en la orilla del mar. Permanece completamente inmóvil, firme como una roca, perfectamente anclado a la arena por sus poderosas piernas, por sus sólidos principios. Resistiendo el embate constante de las olas, cada vez más grandes, más violentas a cada instante.
Pero el hombre no está del todo convencido de que sus principios sean lo suficientemente sólidos, así que hunde sus piernas en la arena un poco más. Ahora se siente más seguro. Las olas continúan golpeándolo con obstinación, poniendo a prueba la resistencia de sus principios. Y sus principios aguantan, sin apenas inmutarse, la fuerza de las olas y el azote de los vientos; y la subida de la marea, hasta casi cubrir su cuerpo por completo.
El hombre tiene un nuevo atisbo de duda y decide afianzar aún más sus principios, echando raíces bajo la arena; raíces profundas, consistentes, férreas. El hombre se siente ahora invencible, invulnerable. Porque, ahora sí, sus principios lo aguantan todo. Sólidos y seguros como el faro frente la tempestad, firmes como el malecón en su batalla contra las olas.

   Inquebrantables.

   INAMOVIBLES.

Y así transcurre un día y otro y otro. Y el hombre permanece inamovible, afianzado por sus profundos y sólidos principios. Y se siente orgulloso, infinitamente orgulloso por la inquebrantable solidez de sus principios.

Hasta el día en que un violento temporal surge de la nada. La tormenta arrecia y las olas crecen a cada minuto en tamaño y potencia. Súbitamente, en la lejanía, comienza a formarse una ola gigantesca. Dos, tres metros de altura. El hombre la ve acercarse y sabe que no aguantará. Cuatro, cinco metros y cada vez más cerca. El hombre trata de retroceder para salvarse pero no puede moverse ni un milímetro. Sus principios están demasiado hundidos en la arena, sus raíces son demasiado profundas, demasiado firmes, demasiado inamovibles. La ola gigantesca alcanza al hombre y lo golpea con toda su poderosa fuerza. Un muro de seis metros de agua que a esa velocidad se torna sólida como una roca. Sólida como los sólidos principios del hombre.

Cuando la ola gigantesca retrocede al fin, deja a la vista al hombre, que permanece inamovible, exactamente en el mismo sitio, sin haberse movido ni un milímetro; afianzados sus sólidos principios a lo más profundo de la arena, con la misma absurda tenacidad de antes. Sólo que ahora el hombre está muerto. Y sus sólidos principios también.


Si sólo hubiera dado unos pasos atrás… si tan sólo hubiera retrocedido unos metros… tal vez… sólo tal vez… se habría salvado. Pero había demasiados principios que mover, demasiado profundos, demasiado firmes, demasiado inamovibles.

jueves, 21 de mayo de 2015

Relatos perplejos (III): El hombre muerto


Toda su vida cabía en una maleta. Su nombre, hacía años que se le había olvidado, porque hacía años que nadie lo pronunciaba. Hacía años que lo había perdido todo. Su fortuna, su salud, sus sueños, su dignidad, su esperanza. Incluso su autocompasión. Ni siquiera sabía cuándo ni por qué lo había perdido todo. Sus recuerdos estaban tan borrados en su memoria como borrada estaba su vida en este mundo. Estaba muerto, aunque le quedara vida. Y eso era lo que le mataba.
   Pero un día, sin saber por qué, después de tanto tiempo viviendo muerto, decidió resucitar. Así, por las buenas. Decidió tirar su maldita enfermedad incurable por la ventana y recuperar su dignidad, su esperanza, sus sueños. Decidió volver a la vida, con un único objetivo: encontrar la Muerte. La buena, la verdadera, la definitiva. La liberadora. Y así, por las buenas, una mañana cualquiera de un mes cualquiera, el hombre sin nombre metió lo que le quedaba de vida en su maleta, se despidió de su yerto mundo y partió en busca de la Muerte.

No habría de ser difícil, se dijo. Después de meses cavilando su viaje, lo tenía todo preparado. Y sabía exactamente dónde se encontraba su parada final. Día tras día había mascullado una y otra vez aquellos versos malditos, que encerraban la clave de su destino:

Reina el Silencio en los oscuros bosques de Vaal.
Y los árboles no balancean sus angostas ramas,
Sus ramas abatidas, vacías, sus ramas muertas.
Y sus hojas yacen secas y apagadas ¡muertas!
Sobre el frío suelo de los bosques perdidos de Vaal,
En los oscuros, fríos y yertos bosques de Vaal.

Reina la Muerte en los oscuros bosques de Vaal
Y una forma se yergue, poderosa, en el vacío;
Y trepan sus majestuosas torres hacia el cielo infinito
Y se extienden sus muros de fuego hacia el espacio infinito.
Y la forma que se yergue en el vacío es la morada de la Muerte.
Y se alza, silenciosa, en los oscuros bosques de Vaal,
En el mismo centro de los tristes bosques de Vaal.

Y reina el Silencio en los oscuros bosques de Vaal
Pues reina la Muerte en los oscuros bosques de Vaal.

¡Ah, los bosques de Vaal! Allí le esperaba su querida y anhelada Muerte. Allí le esperaba su liberación final. El silencio imperturbable, el reposo absoluto, el descanso eterno, por los siglos de los siglos. AMÉN.

No tardó mucho en llegar, pues cuando vas en busca de la Muerte el viaje siempre se hace corto. Y no sentía ningún temor, tan sólo una profunda —aunque esperanzada— resignación. Y una cierta melancolía. En silencio, atravesó los tristes bosques de yertas ramas, sumido en sus lóbregos pensamientos, en sus vivos deseos de encontrar a la Muerte liberadora.

Mas cuando por fin llegó a las puertas de Su morada, en el mismo centro de los oscuros bosques de Vaal, después de tanto tiempo deseándolo, anhelándolo tan intensamente, tan desesperadamente, ni siquiera él estaba preparado para lo que allí encontró. 
    Gritó. Pataleó. Golpeó. Gimió. Maldijo. Lloró. Se desmoronó. No, no se esperaba tan miserable crueldad, ni siquiera de Ella. Pero allí estaba, ante sus ojos incrédulos, como una burla infame y maldita grabada a fuego sobre el acero, en la negra y fría puerta de la morada de la Muerte:

“CERRADO POR VACACIONES”.


miércoles, 13 de mayo de 2015

Relatos perplejos (II): Ella



Como todas las mañanas, a la misma hora, Ángel estaba esperando el autobús. Pero no el suyo. Ya no. Ahora sólo esperaba el de ELLA. Como todas las mañanas desde hacía ya 6 días, no podía pensar en otra cosa. Y aquella noche, como todas las noches desde entonces, tampoco había soñado con nada que no fuera ELLA. Ángel estaba expectante y muy nervioso. Sólo quería volver a verla. Nada más. Saber que estaba bien, que no le había pasado nada malo. Sólo eso y nada más. Faltaba aún un minuto para las 6. ¡Una eternidad! ELLA había aparecido cada día invariablemente a las 6 en punto de la mañana, sentada en el mismo asiento, mirando por la misma ventana, apoyado su rostro contrito sobre el mismo frío cristal, iluminados sus ojos tristes por la pálida luz de la misma triste farola. Emanando de su alma herida la misma persistente melancolía. Todos los días, a las 6 en punto.

Medio minuto todavía. ¡Ah, qué insoportable espera! Ángel temblaba de pura ansiedad. ELLA se estaba convirtiendo en una droga enloquecedora. Su dosis, cada día a las 6 en punto de la mañana. No necesitaba nada más. Hasta ese momento.

Ángel tomó una determinación. Peligrosa, pero irremediable. Necesitaba aumentar su dosis de ELLA. Se arriesgaría. Sí. Esa mañana, subiría al autobús. Se sentaría junto a ELLA. Le diría lo que sentía por ELLA, lo mucho que necesitaba conocerla, quererla, tenerla. Le cogería sus frías y frágiles manos y las calentaría entre las suyas; miraría a sus tristes ojos y les daría un poco de luz, un poco de consuelo, de paz. ¡La amaría eternamente! ¡Sí, eso haría! Amarla por toda la eternidad.

Las 6 en punto. Y ahí estaba su autobús. La línea 6. Se detuvo pesadamente y abrió sus puertas con un potente suspiro, invitándole a entrar. Ángel tragó saliva y subió sin mirar siquiera al conductor. Sólo la buscaba a ELLA. Estaba sola, como siempre, en el autobús inmensamente vacío. Ángel se sentó a su lado, en el asiento número 6, y la miró complaciente. ELLA volvió sus tristes ojos hacia él, sonrió casi imperceptiblemente y le dijo «Gracias». Y en ese mismo instante, ELLA desapareció.

Como todas las mañanas, a la misma hora, Rosa está esperando el autobús. Pero no el suyo. Ya no. Ahora sólo espera el de ÉL. Ayer lo vio por primera vez y ya no pudo pensar en otra cosa. Parecía tan triste…


Relatos perplejos (I): Feliciano


Se llamaba Feliciano Buenaventura, pero no era feliz. Desde muy pequeño había creído que si su padre le hubiera bautizado Felicísimo, como el santo confesor, tal vez sí hubiera sido feliz. Pero estaba equivocado. Había nacido en San Felices de Buelna, y eso tampoco le hacía feliz. Quizás porque la casona familiar donde vio la luz estaba en el barrio Sopenillas, y eso, pensó, anulaba de alguna manera la supuesta felicidad adquirida de nacimiento. Su esposa, Fortunata, era la rica del pueblo. Buena, guapa y muy rica. Aunque eso tampoco hacía feliz a Feliciano. Nada le hacía feliz. Y a sus cincuenta años, pensó, se merecía al menos atisbar, siquiera de refilón, eso de la felicidad. Sólo por saber de qué iba la cosa.

   —¡Mujer! —convocó a su esposa un día— Me voy.
   —¿Adónde?
   —A buscar la felicidad
   —¿Volverás para la cena?
   —No lo creo
   —Te la mantendré caliente, por si acaso.

Y Feliciano partió en busca de la felicidad. Buscó primero en otros San Felices, que le cogían más o menos de paso: San Felices de Odra Pisuerga, San Felices de los Gallegos, San Felices del Bilibio, San Felices de Solana, hasta en San Felices de Guarga, que ya ni sale en los mapas. Pero no.
   Consultó a videntes, a echadoras de cartas, a futurólogos licenciados, a brujas de magia blanca y de magia negra, a vuduistas… pero ni pagando.
   Se leyó todos los libros sobre la felicidad que encontró en bibliotecas y librerías, incluidos los 3.000 estudios científicos del Archivo Mundial de la Felicidad y “El Viaje de la Felicidad”, donde el eminente y sabio científico E. Punset revelaba al mundo la fórmula más buscada desde la noche de los tiempos (Felicidad = E [M+B+P]/R+C), que Feliciano se aplicó sin resultado ninguno.
   Nada de nada. Ni un atisbo.

Recorrió el mundo, conoció decenas de religiones y filosofías que hablaban de la felicidad, que ofrecían la felicidad, que prometían la felicidad, que aseguraban la felicidad. Pero ninguna daba la felicidad. Al menos a Feliciano.
   Viajó a Bután, “El Reino de la Felicidad”, en lo más recóndito del Himalaya, por si era más fácil hallar la felicidad por la senda de la espiritualidad. Pero sólo encontró frío.
   Se aventuró entonces a Chongqing, llamada la “Ciudad de la Doble Felicidad”, pero —pensó— debieron equivocarse en la traducción.
  Siguió buscando, incansable. Fue primero paria y luego misionero en Calcuta, desbancó un casino en Las Vegas, practicó el Feng Shui con los maestros más sabios y fue amante de la más bella bailarina balinesa, a quien poseyó sobre la dorada arena de la playa escondida de Dreamland, al norte de Ulu-Watu.
   Vivió infinitas experiencias maravillosas, increíbles, fascinantes, excitantes, prodigiosas; pero de la felicidad, ni asomo.

Transcurridas cuarenta semanas de infructuosa búsqueda, Feliciano se rindió. Llegó a su casa justo el 8 de marzo a la hora de cenar. El cocido estaba caliente. Miró a su mujer. Sonreía. Miró a la criatura que dormía plácidamente en su regazo, y él también sonrió.

—Nació ayer. Se llama Felicidad, Felicidad Perpetua.



jueves, 12 de febrero de 2015

Tartufo. Aquellos maravillosos años

Lo malo, a veces, de echar una mirada en internet es que puedes darte de bruces con tu pasado. Así, sin previo aviso ni anestesia emocional. Es, precisamente, lo que me sucedió hace un tiempo cuando me topé, sin querer, con un grupo de facebook cuyo nombre agitó mi memoria como una turbadora coctelera de añoranza, realidad y unas gotas de melancolía. El agitador nombre era “Amantes de Tartufo”; y no, no se trataba de una comunidad de conquistas despechadas del impostor de Moliére, sino de una pequeña discoteca de aquel Madrid de los 80 que una vez fue nuestra casa.

No sé en qué año nació Tartufo. Finales de los 70, creo. Pero sí recuerdo el año en que yo entré por primera vez: 1980. Tenía 15 años, y fue el comienzo de una gran y prolongada amistad. Llegábamos cada sábado en vespino o en vespa (los más pudientes) y esperábamos como clavos, a las siete de la tarde, hasta que Carlos, el gran Carlos, nos abría las puertas de nuestro Tartufo. Nuestro, sí, porque éramos una gran familia; todos nos conocíamos, todos nos divertíamos, todos nos reencontrábamos cada semana, todos bailábamos la música que nos gustaba... y todos esperábamos las lentas de las nueve para intentar ligar, casi siempre infructuosamente (y con los minutos contados, justo hasta que empezaba el piano de ‘American Pie’, que era el paso de las lentas a las rápidas).
     Allí, regados en sanfranciscos, destornilladores y años después en Ballantine’s con hielo, saltábamos frenéticamente con Tequila, Secretos (‘Déjame’ sonaba varias veces cada tarde), Alaska, Police, Meat Loaf, Loquillo, Bowie e, invariablemente, el ‘Sultans of Swing’ de Dire Straits, con ese punteo inmortal que salía de nuestros vasos, reconvertidos en la fender de Mark Knopfler. Allí vimos en directo, apiñados todos alrededor de la minúscula pista, a Mecano, cuando ya eran medio famosos; y nos partimos de risa con Tip y Coll y su afrancesada y surrealista jarra de agua.

Con el tiempo, los más veteranos teníamos nuestra mesa (la 5, recuerdo) y nuestras botellas, con el nombre y el privilegio de la bandeja y las copas, servidas por Emilio o por José Luis (Hulk), o por Pepe Román en la barra, un santo Job; o colándonos en el mismísimo office, que era el súmmum del reconocimiento y la complicidad. Los más de lo más hasta tenían un azulejo con su nombre detrás de la barra. Luis, el jefe de sala, mantenía el local en orden, Carlos, en la puerta, no nos dejaba entrar con zapatillas y la adorable Esperanza en el guardarropa nos arropaba como a sus propios sobrinos; y nosotros la queríamos mucho más que a nuestras tías. Un personal entrañable, familiar (todos sabían tu nombre), educado y profesional como no ha habido en otro local de Madrid. Tartufo era un sitio pequeño, pero allí nos sentíamos importantes; y lo que es más, nos sentíamos queridos.
     Año tras año, nuestra fidelidad fue pasando de la tarde a la noche. La vespa se transformó en R-5 o Fiat Uno, que te aparcaban más o menos cerca según la veteranía. Los amigos seguían siendo los mismos, y las novias solían durar más tiempo; la música sonaba igual de bien (lentas incluidas) y despedíamos cada velada coreando el ‘New York, New York’ del amigo Sinatra. Carlos Moro, relaciones públicas de aquellos años dorados, organizaba magníficas fiestas y saraos de todo tipo (en alguno, como el de la hípica, le ayudé yo); y, probablemente, era el único local en el que se podía vivir Fin de Año sin morir en el intento.

Hubo otros sitios míticos en aquellos tiempos: Taste, El Callejón, Honky, Pachá, Joy, el Penta, ¡el Sol!... Pero Tartufo era mágico, especial, único, íntimo. Muy nuestro. Allí vivimos muchos años de diversión, buen rollo, risas, novietas, rupturas, celebraciones, piques en la pista y exaltación de la amistad. La última noche (murió recién entrados los 90), recuerdo, algunos lloraron; otros bebimos a la salud de aquellos días inolvidables, preguntándonos, eso sí, adónde iríamos al día siguiente.

Hoy, gracias en parte a facebook, todos esos momentos no se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, sino que permanecerán en nuestra memoria como guiños de un tiempo pasado que, sí, fue mejor.


jueves, 11 de diciembre de 2014

En la presentación del segundo volumen de Lo Que De Verdad Importa

Fue una gran tarde la de ayer, en el CÓMO. Éxito rotundo, llenazo total (de gente buena, de emociones, de complicidad, de intensidad, de firmas). No quedó ni un solo libro sin vender, ni uno solo de esos inmensos corazones blancos sobre fondo “rojo María”. Un libro importante, sí, que como todo lo que toca la Fundación Lo Que De Verdad Importa, está predestinado a hacer mucho bien a mucha gente.





Fue un honor compartir espacio y micrófono, complicidad y emociones, con gente tan importante como la que allí estaba: esas ‘locas’ maravillosas de LQDVI, con María, Pilar y Carol a la cabeza (y al corazón), culpables de toda esta historia cada día más grande, en todos los sentidos posibles; Dani Losada, mi socio, mi amigo, ese retratista de almas (sí, suena cursi, pero es que es así) que ayer nos emocionó especialmente, sin que pudiéramos disimularlo (delante de más de 200 personas); Javier Ortega, el editor, el paciente, el hombre de Lunwerg, que nos dio una hermosa y cinéfila lección de poesía; y, por supuesto, los que de verdad importan, los protagonistas absolutos, los imprescindibles: Amuda Goueli, que salió de una minúscula aldea nubia, perdida en el desierto, para crear Destinia.com (y aún mantiene los pies en el suelo); Anne-Dauphine Juliand, una madre coraje con una capacidad de amar tan inmensa como su dulzura; Emilio de Villota, que nos recordó una vez más por qué María era como era, esa sonrisa, esas ganas de vivir, ese corazón inabarcable; Sandra Ibarra, otra gran lección de valentía y amor a la vida (y a la buena música, pero eso es un Secreto); Lucía Lantero, a punto de salir de cuentas, que hace unos años fundó otra gran familia en Haití para cuidar –salvar- a unos niños con mucha peor fortuna; Bento Amaral, deportista tetrapléjico (qué cara de buena persona) que viajó desde Portugal con su mujer sólo para estar ahí; Xavi Torres, 16 medallas paraolímpicas, sin brazos ni piernas, un tipo cercano, simpático, luchador que debería protagonizar más de un programa de deportes; Toñejo, el gran Toñejo, un torbellino de humor, una fuerza de la naturaleza, un auténtico crack, en moto de agua, conduciendo un camión en el Dakar o en silla de ruedas. Y Phillippe Pozzo di Borgo, el protagonista real de la película Intocable, que no pudo estar en persona pero sí nos envió un vídeo, porque tampoco quería perderse el gran acontecimiento.


Hubo también invitados de excepción, como la incombustible Marimar García, como la cantante/actriz Miriam Fernández (protagonistas del primer volumen), y un buen puñado de familiares, amigos y fans de la Fundación que quisieron estar ahí, que siempre están ahí. Un lujazo de público. Un lujazo de presentación.


Y es que este es un libro importante. Lleno de lecciones, de valores, de historias de vida que son el mejor ejemplo, la mejor guía si queremos cambiar este mundo, aunque sea un poquito. Leopoldo Abadía cita siempre una frase (que yo recojo a menudo) que representa perfectamente el espíritu de la Fundación LQDVI y de todos los protagonistas de este libro: vivimos demasiado preocupados por el mundo que vamos a dejar a nuestros hijos, cuando lo realmente importante es qué hijos queremos dejar a este mundo.

Sólo tenemos que echar un vistazo a nuestro alrededor, las noticias, los programas de TV, los protagonistas de las portadas, los ejemplos que marcan a nuestros hijos: políticos y empresarios corruptos, fama fácil, dinero fácil, sensacionalismo a tumba abierta, vidas (y almas) en venta, aprendices de estafadores convertidos en héroes populares… que llenan páginas y páginas, horas y horas de gigantesco vacíoY claro, no es de extrañar que a los jóvenes (y a los mayores) les entren ganas de volverse malos. La tentación es potente. Pero luego asistes a un congreso de LQDVI o te lees un libro como éste y, de verdad, te dan ganas de volverte bueno. De hacer cosas por los demás, de enderezar tu rumbo, de superar dificultades, de olvidarte del “no puedo” y del “si yo lo intento”, de ambicionar algo más que un puestazo y un cochazo.

Todos (padres, educadores, medios de comunicación, sociedad) somos responsables de los espejos en los que se miran los niños y los jóvenes de hoy. Esta es nuestra gran responsabilidad. Y somos también el ejemplo que les guía en uno u otro sentido (“Hijo, ten cuidado de por dónde andas” “Ten cuidado tú, papá; yo sigo tus pasos”). Por eso es importante este libro. Porque estas historias, estos ejemplos, estas lecciones de vida nos devuelven a la realidad, a la buena, no a la conveniente; y nos sacuden, y nos despiertan. Y nos levantan. SON UN PEDAZO DE ESPEJO.

Si nuestros hijos (y nosotros) miran a Lucía, a Sandra, a María, a Anne Dauphine, a Toñejo, a Amuda, a Xavi, a Bento… más que al pequeño Nicolás, a la Pantoja, a Urdangarín, a los de los ERES o a los de las tarjetas visa black, entonces sí estaremos dejando unos MAGNÍFICOS hijos a este mundo, como dice Leopoldo Abadía. Una generación, desde luego, más prometedora que la nuestra.


Lo dijo Jorge Font, ponente habitual de LQDVI: “Si no lees este libro, no te pasará nada. Pero si lo lees, te pasa algo seguro”. Pues eso, regálaselo a alguien que de verdad te importa.



lunes, 24 de noviembre de 2014

Lo Que De Verdad Importa 2014. Otra sacudida de las buenas.



Sucede, a veces, que uno necesita ese empujoncito que le reafirme en sus valores; que le diga que sí, que está en el camino correcto; que, aunque imperfecto, uno es en el fondo buena gente. Sí, todos necesitamos a veces ese empujoncito. Somos así, los humanos. Pero lo del pasado viernes no fue un empujoncito. Fue una sacudida en toda regla. Lo suele ser, siempre, el congreso de Lo Que De Verdad Importa. Porque lo que allí se vive, lo que allí se palpa, se respira, se ve; lo que allí se escucha y se interioriza no son testimonios más o menos impactantes, más o menos impresionantes; no, lo que allí experimentas son sacudidas brutales a tu conciencia acomodada, a tu vida de queja y pereza, a tu “no se puede”, a tu “es que” y a tu “si yo lo intento”. Y no hablo de los cerca de dos mil jóvenes que tuvieron la suerte –o los reflejos- de conseguir entrada (otros tantos se quedaron en lista de espera; buena señal de que la generación siguiente viene con ganas). No, hablo de nosotros, los maduros, los mayores, los que hoy –se supone- dirigimos el cotarro. O hundimos el cotarro.

Somos el espejo en el que se miran los niños y los jóvenes de hoy. Somos el ejemplo que les guía en uno u otro sentido; esa es nuestra responsabilidad, la más importante quizá (“Hijo, ten cuidado de por dónde andas” “Ten cuidado tú, papá; yo sigo tus pasos”). Por eso me gusta acudir al Congreso de LQDVI cada año. Porque nos devuelve a la realidad, a la buena, no a la conveniente; y nos sacude, y nos despierta. Y nos levanta.

Es lo que hizo Amuda Goueli. Un tipo que salió de una aldea nubia perdida entre el desierto y la nada, a orillas del Nilo en el lugar donde el Nilo es roca innavegable. Un tipo que decidió convertir esa nada en una empresa modelo, que hoy factura millones (Destinia.com), a base de tesón, valentía, perseverancia y fe inquebrantable en sí mismo. Un tipo que después de lograr todo eso y más, aún mantiene los pies sobre la tierra –sobre la arena del desierto- con una humildad, una cercanía y una sabiduría (“Hay que pasar por la vida como una esponja, no como una maleta”), que por desgracia no abunda en estos lares. Y con una simpatía tan contagiosa, tan enriquecedora como su mensaje. Gracias, Amuda, por tu sonrisa y tu sacudida.


Es lo que hizo también Lopez Lomong, Lopepe, un niño de la guerra, secuestrado por las tropas rebeldes en su aldea de Sudán del Sur a los seis años; que logró escapar, meses después, corriendo durante tres días con la ayuda de sus anónimos “ángeles”; que sobrevivió corriendo durante otros diez años en un gigantesco campo de refugiados; que consiguió llegar a Estados Unidos (adoptado por una familia buena y generosa), donde siguió corriendo hasta convertirse en uno de los atletas más queridos y respetados de su país de adopción (fue el abanderado de la Delegación americana en los Juegos Olímpicos de Pekín). Una maravillosa persona que hoy dedica gran parte de su tiempo y de su fama a contar su historia para inspirar a otros jóvenes, con su lección de superación y su mensaje de esperanza. Gracias, Lopepe, por estrechar mi mano y ensancharme el corazón.


Es lo que hizo Ryan Hreljac. Un imberbe de 23 años, dos metros de altura y un corazón inabarcable. Y una generosidad verdaderamente precoz: a los seis años se enteró de que miles de niños morían de sed en África y no se lo pensó un minuto antes de empezar una cruzada para recaudar fondos que permitieran construir pozos y dar de beber a todos esos niños. Lo que para cualquier otro habría sido un simple capricho infantil, en la terca cabeza de Ryan, en su obstinado corazón, se convirtió en una realidad: desde entonces su fundación Ryan’s Well Foundation ha recaudado millones de dólares que han dado de beber a más de 80.000 personas en 16 países de África. Gracias, Ryan, por dejarnos sin excusas.

Es lo que hizo Antonio Rodríguez (Toñejo para los amigos). ¡Y de qué manera! Eso sí que fue una sacudida, brutal, de choque, con una potencia que ni las motos que le llevaron tantas veces al pódium y casi al hoyo. “¿Morirme yo? ¡Ni de coña! ¡Si tengo que seguir compitiendo!” es lo que pensó camino de 16 meses de hospital, con el cuerpo literalmente roto tras el accidente que le rompió la espalda y le postró en una silla de ruedas de por vida. Una circunstancia que no le impidió seguir compitiendo, y ganando, en moto de agua e incluso en camión, en el París Dakar. El testimonio de Toñejo nos hizo reír –a carcajadas- nos hizo llorar –a lagrimones- y nos enseñó que si pones toda tu ilusión y estás rodeado de la gente que te quiere es muy difícil no conseguir tus metas, por inalcanzables que parezcan. Por imposibles que parezcan. Gracias, Toñejo, por esa montaña rusa emocional que fue tu ponencia (besada de mano de Ángel Nieto incluida). Todavía siento los temblores de tu sacudida.



Sí, es lo que tienen los congresos de LQDVI. Que te sacuden por dentro como una ola de seis metros en Mavericks. Y te dejan baldado. Y renovado. Y es que compartir ocho horas con tanta gente buena como la que se reunió el viernes en el Palacio de Congresos (ponentes, jóvenes, voluntarios, organización y amigos de la Fundación Lo Que De Verdad Importa), charlar con Amuda, desoxidar mi inglés con Ryan, recordar los viejos tiempos de Keeper con Toñejo, compartir canapés con Lopepe, contagiarme de María Franco, Pilar Cánovas, Carolina Barrantes y todo el equipo de LQDVI, reírme con Marta Barroso -sin su Él-, añorar el Cantábrico con Rodrigo García (marido de María de Villota), abrazar a María Jesús, Mariaje (orgullosa madre de Irene Villa) comentar el último CÓMO con Marita Antoñanzas o recibir la inyección de moral de Marimar García Garrido (Mar Afuera) y sus padres, Toni y Loli... pues eso, que te deja como nuevo. Esperando el próximo. Casi con mono de un nuevo chute de valores.

Pero hay remedio para el mono. Para todos aquellos que no han estado en este congreso (los que han estado ya lo saben), la buena noticia es que acaba de salir el segundo libro de Lo Que De Verdad Importa, que también he tenido el privilegio de escribir. Con las impresionantes historias de Toñejo y Amuda Goueli, además de las de gente extraordinaria como María de Villota, Pedro García Aguado, Sandra Ibarra, Álex Corretja, los protagonistas reales de ‘Intocable’, Lucía Lantero o nuestro multi medallista paralímpico Xavi Torres, y así hasta 13 (o 12+1, por deferencia a Ángel Nieto, que también estuvo en el congreso) Y, por supuesto, con las imprescindibles imágenes de Daniel Losada, un auténtico retratista de almas. Un tipo que merecería un capítulo propio en este libro. O en el siguiente.


Lo dijo Jorge Font, ponente habitual de LQDVI: “Si no lees este libro, no te pasará nada. Pero si lo lees, te pasa algo seguro”. Avisados estáis. También se puede regalar, es una buena obra.