miércoles, 16 de julio de 2025

Salve, Estrella de los Mares. Mi homenaje a las gentes del mar.




𝗛𝗼𝘆 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗴𝗿𝗮𝗻 𝗱í𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗺𝗮𝗿𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼𝘀, 𝗹𝗼𝘀 𝗽𝗲𝘀𝗰𝗮𝗱𝗼𝗿𝗲𝘀 𝘆 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗴𝗲𝗻𝘁𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗿.

El día de la Patrona querida y venerada, de la Estrella del Mar que los guía y portege en sus viajes y faenas, enfrentándose a diario a las tempestades (del mar y de la vida), a las ausencias (prolongadas y permanentes) y a todo tipo de dragones (la mayoría al amparo de las sombras en sus cuevas con forma de despacho).

Hoy, día de la 𝗩𝗶𝗿𝗴𝗲𝗻 𝗱𝗲𝗹 𝗖𝗮𝗿𝗺𝗲𝗻, 𝗦𝘁𝗲𝗹𝗹𝗮 𝗠𝗮𝗿𝗶𝘀, me he despertado con dos pensamientos en la cabeza y un himno en el corazón.

El primer pensamiento está bañado de recuerdos. De veranos de mar y de olas; de paseos por el malecón de mi Zarauz del alma; del impresionante 𝗗𝗲𝘀𝗲𝗺𝗯𝗮𝗿𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝗘𝗹𝗰𝗮𝗻𝗼 𝗲𝗻 𝗚𝘂𝗲𝘁𝗮𝗿𝗶𝗮, que cada cuatro años rendía tributo a la llegada del puñado de supervivientes -harapientos, exhaustos, famélicos- de la expedición de la nao Victoria al puerto del pequeño pueblo pesquero, que vi con mi abuelo siendo un niño y me dejó marcado de por vida.

También el recuerdo, ya más mayor, de compartir con mis hijos, con los pescadores y con el pueblo de Comillas la procesión marinera y el homenaje floral a los muertos en el mar, que cada año se celebra el 16 de julio en esta villa marinera, mi segunda casa después de Zarauz. ¡Qué buenos y bonitos momentos!

El segundo pensamiento de esta mañana ha sido para uno de mis cuadros favoritos de hashtagSorolla y todo lo que representa. Lo bueno, lo malo y lo peor del trabajo en el mar. El peligro, el sufrimiento, el sacrificio, la dureza, la muerte; y también el compromiso, el coraje, la fortaleza, el compañerismo, el sentido del deber. La llamada -ineludible- del mar y la respuesta siempre afirmativa del hombre, a pesar de todo.
Ahí queda esa obra maestra de la pintura y de la denuncia social que es "¡𝗔ú𝗻 𝗱𝗶𝗰𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗽𝗲𝘀𝗰𝗮𝗱𝗼 𝗲𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗼!" (y es cierto, aún lo decimos).

Por último, el himno. Por supuesto, 𝗘𝘀𝘁𝗿𝗲𝗹𝗹𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗠𝗮𝗿𝗲𝘀, 𝗹𝗮 𝗦𝗮𝗹𝘃𝗲 𝗠𝗮𝗿𝗶𝗻𝗲𝗿𝗮. Mi mujer se ha levantado tarareándola en recuerdo de su madre, Carmen (nos dejó hace pocos años), y aún no he podido -ni he querido- quitármela de la cabeza. O mejor dicho, del corazón.

Ahí permanecerá anclada durante todo el día. En homenaje a mi suegra. En homenaje a las gentes del mar. En homenaje a mis recuerdos de infancia. En homenaje, sobre todo, a la Virgen del Carmen, Stella Maris.

Salve, Estrella de los Mares,
de los mares iris de eterna ventura,
salve Fénix de Hermosura
madre del Divino Amor...

https://lnkd.in/d-XN_sWE
(Salve Marinera interpretada por los marinos del buque escuela Juan Sebastián de Elcano en la iglesia de San Salvador de Guetaria, el 16 de julio de 2019).

viernes, 20 de junio de 2025

UNO DE LOS NUESTROS. DE LOS GOODFELLAS DEL PEUGEOT A LA ORGÍA DE OJOALVIRUS

 



«Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón quise ser un gánster». 

Con esta inequívoca declaración de intenciones de un curtido por la vida Henry Hill arranca la obra maestra de Martin ScorseseUno de los nuestros (Goodfellas, 1990). A lo largo de la película, el niño Henry va creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Desde muy joven, el gánster —magistralmente interpretado por Ray Liotta, y que existió en la realidad— sabe perfectamente qué significa eso de ser "uno de los nuestros": «Para mí, ser gánster era muchísimo mejor que ser presidente de los Estados Unidos. Antes de acudir por primera vez a la parada de taxis buscando un trabajo para después del colegio, sabía que quería ser uno de ellos, sabía que allí estaba mi futuro. Para mí, ser uno de ellos significaba ser alguien en un barrio lleno de don nadies. (…) Para nosotros vivir de otra manera era impensable, la gente honrada que se mataba en trabajos de mierda por unos sueldos de miseria, que iba a trabajar en metro cada día y pagaba sus facturas estaba muerta, eran unos gilipollas, no tenían agallas. Si nosotros queríamos algo lo cogíamos». 

Yo no sé si Santos Cerdán, Ábalos, Koldo y demás Familia quisieron ser gansters desde que tenían uso de razón. Ignoro a qué temprana edad se convencieron de que no querían ser un don nadie matándose en un trabajo de mierda por un sueldo de miseria. Tampoco sé exactamente cuándo empezaron a conocer el verdadero significado del lujo, el poder y el miedo que otorga el dinero, si fue con su primera paga o con su primer trapicheo juvenil. Y desconozco por completo si se sienten gilipollas cada vez que pagan una factura y si se han sentido gilipollas alguna vez (Ábalos sí, parece ser). Ni lo sé ni me importa. Lo que sí me importa, y mucho —y además me cabrea, y muchísimo—, es que se hayan tirado tropecientos años alimentando su bolsillo a cuenta de la mamandurria política, acumulando mordidas y trapicheos y amaños y favores sexuales mientras clamaban su honestidad y su feminismo por todos los rincones; viviendo por encima del bien y del mal, con total desprecio y desdén hacia la ética más elemental. Ser un tipo despreciable y un putero no es delito, pero robar –robarnos- sí. Y amañar elecciones también, aunque sean del partido. Y mentir en sede parlamentaria y ante el juez, también. Y enchufar a tu putita en empresas del Estado, también. Y adjudicar contratos millonarios a los amiguetes, o a uno mismo, también. Y prevaricar y ocultar pruebas y amañar concursos públicos y comprar favores y repartirse el dinero ajeno y un largo etcétera, también. Y jugar con la vida de las personas en plena pandemia, aún más.

Pero seres tan despreciables como este trío calavera (y los que quedan por destapar, ministros/as incluidos) no habrían mangoneado tantos años a sus anchas, creciendo y ascendiendo en el escalafón de la Familia, disfrutando de los placeres inagotables que otorga el poder y del poder intocable que otorga el dinero, si la Familia (el Partido) y su Capo no lo hubieran permitido. El Partido, sí. Con sus dirigentes y sus militantes en pleno. ¿Acaso eran intocables, los Tres del Peugeot? ¿Acaso nadie osaba? ¿Acaso nadie sospechaba? ¿Acaso nadie sabía? O es que nadie quería saber. Es curioso que cuando se empezó a destapar la alcantarilla (hace unos meses ya; o incluso más), el Partido y sus voceros miraban hacia otro lado mientras juraban y perjuraban limpieza absoluta, desinfección total; todo bulos y fango de la ultraderecha, de los pseudomedios, de la UCO patriótica. Pero ahora resulta que la cosa (la “cosa nostra”) viene de muchos años atrás, tiempo en el que no se ha hecho NADA.  No se ha limpiado NADA. No se ha desinfectado NADA.

«Es uno de los nuestros —se habrán susurrado unos a otros—, no podemos entregarlo a la masa rencorosa, a los ultras. Eso nos salpicaría. Y perderíamos credibilidad. Y votos. Y necesitamos esos votos por el bien de España. Nuestro votante entenderá». Y el votante se habrá susurrado, en voz muy bajita para que su conciencia no lo escuche: «Los otros también lo hacen; y además lo hacen mucho más». Ya sabes, el novio de Ayuso, Gurtel, la guerra de Irak, Franco, la explotación de las Indias por los Reyes Católicos…

Esto es España. Y aquí ser "uno de los nuestros" lo justifica todo. Porque los otros roban más. Los otros mienten más. Los otros son más malos. Malísimos, oye. Nosotros no, nosotros somos buenos y si hacemos algo malo es por el bien común, por el progreso, por el feminismo, por la democracia. Y los otros dirigentes callan y conceden. Y los barones y los militantes y los votantes y los socios… todos callan y conceden. Lo gracioso es que luego se quejan de que aborrezcamos a la clase política. «¡No somos todos iguales!» vociferan, indignados. ¡Indignados, ellos! Pero sí, son todos iguales; porque, aunque no lo hagan lo justifican, o no lo denuncian, o no lo persiguen, o no lo investigan, o no piden que se investigue. Sólo cuando la mierda les salpica de lleno se llevan las manos a la cabeza y braman (o hacen pucheros), con afectado dramatismo: «¡tolerancia cero contra la corrupción! ¡el que la hace la paga! ¡que actúe la Justicia caiga quien caiga!»… mientras esperan que un nuevo escándalo de "los otros" camufle su pestilente hedor a podredumbre.

El mapa de la corrupción en esta Familia tan progre, tan honrada y tan feminista es vastísimo y variadísimo; no son sólo los del Peugeot. El Fiscal General, la cátedra de la señora de Sánchez, el hermanísimo, los ministros de las mascarillas, el aforado de Extremadura, las empresas contratantes, el amiguito de Delcy y Maduro, el rescate de Air Europa, los favores, Navarra… Pero no pasa nada, nadie paga nada. Todo es un bulo hasta que se demuestre lo contrario. Y cuando se demuestre, también. Aquí nadie va a chirona (¡ni siquiera Griñán y compañía!). Ya lo arreglaremos. Ya lo esconderemos. Aquí, todos a una. Somos Familia. Somos intocables.

Y éste es el verdadero mal de España. La maldita impunidad. El saberse justificado y arropado por "los nuestros". Como la mafia.

Y lo peor, lo verdaderamente triste y patético, es que estos chorizos de medio pelo, y todos esos corruptos y sinvergüenzas, lo que están robando son nuestras carteras, nuestras pensiones, nuestro trabajo, nuestros desvelos, nuestro futuro y el de nuestros hijos. Nos están robando nuestro dinero, a manos llenas, para disfrutar de los placeres inagotables que otorga el poder, y del poder intocable que otorga el dinero. Con la impunidad de nuestro silencio, de nuestra cobardía o de nuestra impotencia. Y con la sucia complicidad de la maquinaria política y mediática del Estado.

¡Gracias a Dios que tenemos a la UCO y al periodismo comprometido con la verdad!

 

Termino con una imagen rotunda, demoledora, salida de la fuente inagotable de irónica sabiduría que son los Asterix de Uderzo y Goscinny. Una viñeta antológica (ver “Asterix en Helvecia”) que podría perfectamente ilustrar la portada del Informe de la UCO. Y esa frase lapidaria, indignada, sobreactuada, ¿no te la imaginas en boca de Ábalos, Koldo o Cerdán? «¡ME HAN NOMBRADO POR UN AÑO! ¡DISPONGO DE UN AÑO PARA HACERME RICO! Antes de que Roma reaccione, ya estaré lejos. ¡Lejos y forrado! Mi vida será un laaargo y continuado banquete…» Una orgía memorable en el Parador de Teruel, o en el de Siguenza, con la Jesi, la Anais, la rumana, Miss Asturias, la Carlota, la Jeni, la Nicole…

Repito: ¡Gracias a Dios que tenemos a la UCO y al periodismo comprometido con la verdad!

 



lunes, 26 de mayo de 2025

El milagro de Lourdes existe. Se llama DAR

 



Dice Jorge Font, el más poeta de los héroes de Lo Que De Verdad Importa, que si no vas a un congreso de LQDVI no te pasa nada; pero si vas, te pasa algo seguro. Por lo menos un buen revolcón a tus ideas / prioridades / sueños / realidades (llámalo como quieras). Y tiene razón, Jorge. Yo lo he visto año tras año y también lo he experimentado en mi propia carne. Así que lo puedo confirmar con conocimiento de Causa (con mayúscula).

Lo mismo sucede con la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, esa pequeña ciudad a los pies de los Pirineos que se ha convertido en uno de los más importantes destinos del cristianismo desde 1858. Y muy especialmente si acudes como hospitalario, acompañando a enfermos de todo tipo, condición y gravedad. Una experiencia religiosa –y luminosa- para millones de peregrinos de todos los rincones del planeta, pero sobre todo una experiencia humana. Muy humana. Y, como suele pasar con estas cosas, también incomprensible para muchos, que lo ven desde fuera con ignorancia, con agnosticismo o incluso con burla. Nada nuevo.

Y esa es precisamente la clave, que lo ven desde fuera. Porque lo de Lourdes hay que vivirlo, hay que palparlo, hay que sentirlo. Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender mínimamente lo que allí ocurre. Que es mucho. Y todo es cierto. Y todo es bueno.

 


La Caravana de la Esperanza

Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya enfermos con graves dolencias, con males incurables, con discapacidades extremas, que quieran sufrir un incómodo y agotador viaje en autobús con la improbabilísima esperanza de una curación milagrosa, que saben que no les va a tocar esa lotería, pero van a pesar de todo. Y no se cabrean con la Virgen de Lourdes, ni reniegan de su fe, ni se ciscan en los santos ni en los curas ni en el mismísimo Dios. Muy al contrario. Regresan renovados y felices. Contando los días para volver, porque muchos de ellos repiten año tras año. La Caravana de la Esperanza.

Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya voluntarios y voluntarias (los hospitalarios) capaces de entregarse de tal manera que hacen cosas que no creerías (como diría el replicante Roy Batty); que no creerían ni ellos mismos antes de salir de Madrid. Cosas que en su otra vida, su vida “normal”, son demasiado duras, demasiado penosas, demasiado desagradables, demasiado insoportables y que aquí, en esta pequeña ciudad del sur de Francia, por alguna misteriosa (¿milagrosa?) razón, en lugar de provocar lágrimas o arcadas, provocan sonrisas, complicidad, miradas limpias y un amor a prueba de terremotos. Porque aquí, en la Hospitalidad de Madrid (y especialmente en el Equipo Rosa), sólo hay “personas bonitas”, que diría mi amigo Cake Minuesa.

Sólo desde dentro, desde muy dentro, se puede sentir la devoción, la gratitud, la fe. El silencio. La humildad extrema. La DIGNIDAD. Y la oración sincera y profunda, sin postureos, sin golpes de pecho. Sólo allí, en esa gruta nacida de una simple roca, aparentemente nada, se puede sentir el respeto más universal que se pueda sentir en esta Tierra nuestra. El respeto entre naciones, el respeto entre enfermos y sanos, el respeto a todas las creencias y no-creencias; el respeto a lo sagrado, a los símbolos, a lo incomprensible, a lo inconcebible. El respeto a la esperanza, vana o no, de los millones de personas que peregrinan a Lourdes desde hace 167 años.

Enfermos o sanos, todos buscando algo, y no necesariamente lo mismo. Unos curación física, otros curación espiritual; unos perdón, otros compañía; unos llenar su vacío, otros vaciar su mochila, o su ego; o cumplir una promesa, o hacer feliz a su padre, o reencontrarse con viejos amigos, o volver a sentir el abrazo de su otra Madre… Cualquier excusa vale. Y vale mucho.



Sólo desde dentro, desde muy dentro, puedes entender que haya personas con una vida cómoda y fácil que decidan dejarlo todo –todo- durante unos días para abrazar un cambio tan radical, tan valiente y hermoso, año tras año durante décadas. Sin fallar ni uno. Algo que debería hacerte pensar, al menos, que eso no es un voluntariado normal. Que hay algo más. Algo que engancha más poderosamente que cualquier droga. Una bofetada descomunal que te descoloca (o te recoloca); un cambio de mirada al mundo y a las personas, a ti mismo, a tu entorno, a tu burbuja de cómoda seguridad, a tus principios y prioridades. Algo que te hace plantearte: ¿y si fuera yo el de la silla de ruedas, o el de la parálisis cerebral, o ese niño ciego y autista? ¿Cómo me lo tomaría? ¿Sería capaz de reírme, como ellos? ¿De cantar, de dar gracias a Dios, de rezar con el corazón? ¿Sería capaz de amar? ¿De querer vivir?

Son preguntas que sólo se pueden responder desde dentro, desde muy dentro. Mirando con el corazón. Descubriendo el valor de un abrazo. O de un beso con ruido, de los de abuela. O de una confidencia. O simplemente escuchando. O dando de comer a alguien que apenas sabe abrir la boca; o sumergiendo un cuerpo terriblemente deforme en esa agua milagrosa –helada- que ha curado a muchos y aún no ha hecho enfermar a nadie. O sintiéndote curado, aliviado, agradecido, incluso feliz, aunque no te haya tocado el gordo/milagro. Sí, hay que vivirlo para entenderlo. Como todo lo que lleva implícito el concepto de Amor, no se puede explicar. Es imposible de explicar.

Por eso, también es imposible convencer a nadie con palabras de dar ese salto al vacío, de probar su capacidad de entrega a los demás, su fuerza y su aguante frente al asco y el dolor y el agotamiento (lo único infernal en nuestra peregrinación son los horarios). Sólo vale rebuscar en tu conciencia ese gramito de generosidad que sabes que tienes, y lanzarte. Sólo tu corazón puede impulsarte a plantearte hacer ese profundo viaje interior que, seguro, va a obligarte a replantearte muchas cosas. Y eso es bueno. Y necesario.

 



Un regalo para el alma

Para los que no conozcan lo que supone ir al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes con enfermos (de todo tipo: parálisis cerebral, ELA, síndrome de Down, tetraplejia, ceguera, autismo, cáncer, discapacidad intelectual…), la idea básica es que durante cinco días te olvidas de quién eres, de lo que eres, y te dedicas en cuerpo y alma a otras personas que, por la razón que sea, han tenido peor suerte que tú. Personas que tienen una vida bastante más dura y complicada que la tuya y que, durante unos días, se olvidan un poco de su día a día y viven el sueño esperanzador del milagro de Lourdes; o, simplemente, la alegría de estar ahí, en presencia de su segunda Madre, dejándose querer y abrazar. Y esa es tu prioridad como hospitalario, que durante esos cinco días se olviden también de lo que son, de lo que sufren. Tu responsabilidad es cuidarlos, atenderlos, escucharlos, entenderlos, aliviarlos; es reír con ellos, rezar con ellos, cantar y jugar con ellos; es abrazarlos y mimarlos, quererlos; es hacer que se sientan especiales (lo son), protagonistas de una experiencia que va más allá, mucho más allá, de un simple voluntariado. Para ellos y para ti.

Pero tú, que vas a darlo todo, y que de hecho lo das todo, eres quien más recibes. Porque la lección de dignidad, de gratitud, de generosidad, de alegría profunda y honesta, de limpieza de corazón, de simple y puro amor a la vida (a pesar de su durísima vida) es un verdadero regalo para el alma. Es un abrazo que te llevas puesto para siempre. Es un beso que se te queda marcado en la mejilla de por vida. Es una sonrisa –o una carcajada- que te ilumina el corazón con una luz que sólo es comparable a la Luz de la mismísima Virgen de Lourdes. Una luz que te alumbra sobre todo en los momentos oscuros de tu día a día, en los apagones sobrevenidos en tu pequeño mundo de quejas, de ombligos y de vacíos. Y ese es un regalo que no tiene precio, pero tiene un valor infinito.

 


El milagro Lourdes

¿Milagro? ¡Claro que hay milagro! El milagro de que todo aquel que va a Lourdes, sea cual sea su condición y creencias, se entrega en cuerpo y alma a los enfermos durante esos intensos días de peregrinaje (y algunas, como mi “prima” Tere, durante todo el año). Dar y darse, ese es el único misterio. Y el milagro de que todos, enfermos y hospitalarios, médicos y sacerdotes, volvemos a casa mucho más sanos (algunos, también, milagrosamente curados).

Dice un proverbio indio que lo que no se da, se pierde. Yo puedo asegurar que aquí, en Lourdes, no se pierde ni un miligramo de generosidad, de entrega, de puro amor al prójimo. Algo de lo que estamos tan necesitados en estos tiempos convulsos, ingratos y narcisistas. El milagro de dar sin medida, de darse en cuerpo y alma, de acoger y de aprender, y de recibir con los brazos y el corazón abiertos de par en par. Es a lo que hemos venido. Es lo que nos llevamos todos, sin excepción. Es la razón por la que muchos repiten año tras año. La razón por la que otros volvimos a comenzar el año pasado –con convencimiento, con ilusión renovada- donde lo dejamos cuatro décadas atrás. Con la promesa firme de que esto ya no puede quedarse aquí. Que el año que viene –y el siguiente, y el siguiente- volveremos Rocío y yo a curarnos de la vida en este pequeño rincón de los Pirineos. Volveremos a contagiarnos de todo lo bueno que emana de esa Luz y de ese manantial de agua milagrosa. Volveremos a vivir la experiencia de darnos como si no hubiera un mañana a una causa mucho más grande, mucho más gratificante y mucho más valiosa que nosotros mismos: los demás.

 





sábado, 8 de febrero de 2025

Mar afuera. Tengo alas que no puedes ver


Mi prólogo para el libro Mar afuera. Un viaje lleno de vidade Marimar García Garrido. 


Yo sé que a Marimar le gustan mucho las citas inspiradoras (y las de quedar, pero esa es otra cuestión). Sé también que le gusta mucho El Principito (de hecho, creo que está enamorada en secreto de ese pequeño idealista). Así que, aprovechando que el libro que tienes en tus manos abre cada capítulo con un par de citas inspiradoras, viene muy a cuento empezar este prólogo con un par de citas del inmortal personaje de Saint-Exupéry. Dos pensamientos que parecen escritos expresamente para Marimar. Uno es: «A veces no sabes lo que puedes hacer hasta que lo intentas como si supieras que lo vas a hacer»; y el otro, «El hombre se descubre cuando se mide con un obstáculo». Y podría añadir un tercero, «Sólo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos».

Quien tenga la suerte de conocer a Marimar sabe perfectamente que se ha dedicado toda la vida a hacer cosas que no podía hacer, a vencer (fulminar) todo tipo de obstáculos y a mirar con el corazón más que con los ojos (que es también como debemos mirarla nosotros). Los que no tengan la suerte de haberla conocido descubrirán en este libro a una verdadera fuerza de la naturaleza, a una mujer incombustible e inquebrantable, a una soñadora capaz de hacer realidad la mayoría de sus sueños, a un alma generosa y entregada («darte a los demás te ayuda a dar sentido a tu vida»), a un ser que lleva el optimismo de serie, no importa cuánto o cómo la castigue su enfermedad; o la vida. Lo que vas a leer aquí es una historia, la de Marimar, que es una fuente de inspiración tan potente como El Principito. La diferencia es que nuestra protagonista es real.



«No me veo como una superwoman ni como una heroína. Tan solo soy una chica que vive unas circunstancias distintas» nos soltó en aquel congreso de Lo Que De Verdad Importa, cuando fue ponente de lujo hace unos años. Esas “circunstancias distintas” son que tiene el noventa por ciento de su cuerpo paralizado, únicamente puede mover los músculos del cuello y de la cara. Lo cual no le impide vivir y disfrutar la vida plenamente; ni mucho menos le impide ser feliz. Porque, para empezar, la cabeza la tiene muy bien armada Marimar, desbordante de actitud e inteligencia (¡es lista y rápida, la tía!); es culta e inquieta también, muy lectora y viajera; y posee un envidiable sentido común.

Pero lo que de verdad define y distingue a Marimar son dos cualidades que están más allá de la cabeza; bastante más allá. La primera, su extraordinario vitalismo. Ama la vida de una manera tan intensa, tan insaciable, con una fuerza tal que es casi un superpoder (aunque ella lo niegue); irradia unas ganas de vivir y de disfrutar cada momento, cada minuto, de las que es muy difícil no contagiarse por mero contacto. Un contagio muy beneficioso, por cierto.


La segunda cualidad typical Marimar es su sentido del humor, su inagotable capacidad de reírse –o carcajearse- de todo, con todos. Algo que es muy de agradecer para los que no tenemos el don de saber contar buenos chistes. Porque Marimar es de risa fácil. Se ríe con cualquier guiño, con cualquier tontería, con cualquier gracieta que pase por ahí. A veces con tal entusiasmo que, si no la conoces bien, piensas que se está ahogando. Literalmente. Puede parecer exagerado, pero lo cierto es que está todo el día deseando que la hagas reír. Y si echas un vistazo al álbum de su vida, te das cuenta de que en la mayoría de las fotos está riéndose, cuando no partiéndose de risa. Incluidos momentos muy duros. Marimar conoce perfectamente el poder sanador de la risa.

Ambas cualidades son un ejemplo mayúsculo para todos los que caminamos (sí, caminamos) por la vida arrastrando los pies, con la queja siempre acoplada sobre los hombros. Un peso ab-so-lu-ta-men-te insoportable que formamos acumulando nuestras pequeñas frustraciones, nuestros exagerados miedos y una rica variedad de problemas minúsculos que ––nos decimos con convicción- nos impiden volar. Marimar nos demuestra que ese peso ab-so-lu-ta-men-te insoportable es en realidad ab-so-lu-ta-men-te nada. Excusas. Miedo. Lo decía Jaume Sanllorente, fundador de Sonrisas de Bombay y muy querido amigo de Marimar: «el miedo te paraliza; es una cárcel que no te deja volar hacia tus sueños, pero cada uno de nosotros tiene la llave». Marimar, desde luego, tiene la suya bien a mano. Lo lleva demostrando desde los seis años, cuando comenzó su enfermedad. Nunca, nunca se ha dejado atrapar en esa cárcel de miedos; jamás ha dejado de volar hacia la vida, hacia sus sueños. Como canta Jimmy Buffett en aquella vieja canción, Wings (que también parece escrita para Marimar), «Tengo alas que no puedes ver / Tengo ruedas en mis pies /  Allí arriba me siento libre / En esas alas que no puedes ver».



Quizá quien no conozca a Marimar y no consiga ver esas alas no acabe de creerse del todo cuán alto es capaz de volar. Y es que esa silla de ruedas motorizada no pesa tanto cuando tienes unas alas como las suyas, que se alimentan de fuerzas muy poderosas: su fe, sus padres (Loli y Toni, dos fenómenos), sus hermanos, sus amigos, su viaje anual a Lourdes, su optimismo a prueba de frustraciones, su risa, su tenacidad, el cariño que recibe a espuertas allá por donde va; y esa frase que alguien le enseñó cuando era pequeña y que lleva grabada a fuego desde entonces: «No pienses en lo perdido, piensa en lo que te queda por hacer». Y así lleva toda su vida, volando con esas alas de libertad y tachando “cosas por hacer” de su interminable lista. La última, por el momento, escribir un libro. La siguiente, volar en globo.

«Creo que seguir adelante no es una opción, es algo obligatorio», nos recalca Marimar. Esta es la gran lección que descubrirás en las páginas de “Mar Afuera”. Un libro que, como diría Jorge Font (otro crack de la vida y gran admirador de Marimar), si no lo lees no te pasará nada; pero si lo lees, te pasa algo seguro.


Y por terminar con otra de esas citas inspiradoras que tanto le gustan a Marimar: «Aprovecha el día.  No dejes que termine sin haber crecido un poco, sin haber sido un poco más feliz, sin haber alimentado tus sueños». Nos lo recuerda Walt Whitman a ti y a mí. A Marimar, te lo puedo asegurar, no le hace ninguna falta. 


Un libro, en fin, para regalar y para regalarseEscrito a lo largo de estos años con mucho esfuerzo, cariño e ilusión por parte de Marimar (y con la inestimable ayuda y buen hacer de Mamen Sánchez). Inspirador como pocos. Sorprendente y entretenido, muy entretenido. Que está destinado a hacer mucho, mucho bien. Ese es su único objetivo. Casi nada...