viernes, 12 de noviembre de 2021

Antonio Pampliega: la cruda realidad de la guerra, sin filtros

 



Antonio es periodista, la versión más dura del periodista: corresponsal de guerra. “Por suerte o por desgracia”, como él mismo señala. Y como buen corresponsal de guerra, va directo al grano. Su historia, y sus historias, cuentan la realidad pura y dura y a él le gusta contarlas como fueron, desnudas, sin filtros. No son necesarios y además idiotizan. Bastante nos idiotizan ya la televisión y las redes sociales, apunta. Así que lo que relata Antonio, a través de sus imágenes y sus palabras (no tienen pleno sentido las unas sin las otras), es la cruda realidad del mundo en que vivimos, de la sociedad global que hemos creado, y de la que somos responsables todos y cada uno. Aunque miremos hacia otro lado. Aunque creamos que nos queda lejos. Aunque pensemos que no nos toca. Pues sí, nos toca. Antonio, periodista de guerra, es además de testigo víctima de esa vida siempre en el filo, o en el punto de mira. Porque en uno de sus numerosos viajes a Siria, fue secuestrado por Al Qaeda, retenido y torturado durante 299 días. Aunque aquel suceso, para él, no fue más que un “accidente laboral”. Una víctima colateral, como tantas, en esa descarnada realidad que nos muestra. 

 

La primera imagen que nos planta en las narices Antonio es de Sudán del Sur. Un país joven que se fundó en 2011… y que lleva en guerra desde diciembre de 2013. La imagen muestra gente huyendo de una cruenta guerra civil, de una masacre en toda regla. Familias aterrorizadas cruzando el Nilo Blanco para escapar de una muerte que las persigue con insistencia. Cargando con lo que pueden, que es lo más parecido a nada, lo que han podido coger en la huida desesperada; lo que pueden cargar a las espaldas en su larga e incierta marcha. A raíz de esta imagen, la pregunta que nos plantea Antonio es: “¿Qué te llevarías tú si tuvieras que huir de una guerra?”. Una pregunta sencilla. La respuesta, quizá no tanto. ¿Maletas con ropa? ¿Objetos de valor? ¿Recuerdos familiares? ¿La Play? ¿Nada? Ahí queda la reflexión… Volveremos a ella al final.

Antonio ha sido corresponsal en muchas guerras y conflictos, en muchos países y regiones. Siria es uno de los que más veces ha visitado, la que él considera “la peor guerra del siglo xxi, con más de medio millón de personas eliminadas de la faz de la tierra. Llevan en guerra desde 2011, matándose como si no hubiera mañana.” Para los quinientos mil muertos ya no lo hay, tampoco mucho para los vivos. Pero es algo que a nosotros nos queda lejos, ajeno. Quizá lo hemos visto en las noticias, pero “la guerra por televisión es imperfecta. La guerra sobre el terreno es implacable.” Lo que nos muestran las televisiones (incluidos los reportajes del propio Antonio) está suavizado, tamizado, “la realidad es mucho más jodida, muchísimo más”.

 


Un mal que deshonra al ser humano

Estar en permanente zona de conflicto, jugándose el tipo en su jornada de trabajo, incluso habiendo sufrido un durísimo secuestro de diez meses, “no me hace un ser especial, ni un héroe. Yo soy un tío normal. Lo que me pasó es un accidente laboral. Punto.” Los héroes, para Antonio, son las personas que viven en ciudades devastadas por las bombas, entre ruinas, miseria y dolor; ciudades como Deir ez-Zor, al este de Siria, que en 2013 pasó de 250.000 habitantes a 12.000 personas sitiadas. Eso es lo que quedó. Un cinco por ciento de la población y una de las ciudades más importantes de Siria completamente asolada, arrasada, muerta. Antonio nos lo muestra en imágenes, un vídeo que le llevó cinco años de trabajo en Siria. La revolución pacífica de 2011, en la que miles de sirios se echaron a la calle pidiendo libertad, y que desembocó en una cruenta guerra civil; combates entre el régimen y los rebeldes dejando un rastro de sangre por todo el país; francotiradores, muerte, dolor, calles destruidas por las bombas, la vida entre los escombros. Escenas desgarradoras, pánico, huida desesperada, médicos tratando de salvar vidas en medio del caos, tumbas improvisadas, cadáveres mirando a cámara, mirándote a ti a los ojos. También hay escenas cotidianas, niños que tratan de olvidar, familias que intentan sobrevivir como pueden. Pero la realidad es tozuda, y la guerra aún más, y al final lo que queda es el horror. Y las cifras del horror: tres millones de refugiados, seis millones y medio de desplazados, cerca de doscientos cincuenta mil fallecidos, nueve mil de ellos niños. Lo que queda, al final, es un país roto.

Esto es la guerra. Un mal que deshonra al ser humano, en palabras del teólogo y escritor francés François Fénelon. Es una curiosa y cruel ironía, pero “las guerras son lo más democrático que hay en el mundo. Mueren soldados, mueren mujeres, mueren hombres, mueren periodistas y mueren niños.” Los niños son las víctimas más vulnerables en cualquier guerra. No solo por todos los que mueren, también por los que sobreviven. Niños a los que una bomba les ha robado la infancia o una pierna, solo por ir a comprar el pan. O que han quedado huérfanos y abandonados a su suerte en un minuto. O han sido raptados y vendidos. Es la vida que existe al otro lado de un muro invisible, que no vemos ni queremos ver, y que separa ese mundo de nuestro mundo, esa brutal tragedia de nuestras pequeñas tragedias. “Como dice mi madre, en Occidente tenemos problemas de gente sin problemas.”



Da igual el país o la región. Las guerras son todas iguales. Gente que muere y gente que llora a sus muertos. Combatientes que caen en campos de batalla y víctimas civiles que caen en las retaguardias. Ciudades convertidas en cementerios. Parques infantiles donde antes había vida, niños jugando, risas, y ahora solamente hay muerte, dolor, sufrimiento. Y es lo mismo en Sudán, en Siria, el Congo. O en Somalia. Un país que lleva en guerra desde 1991. ¡Casi treinta años! “Esta foto está tomada en el hospital Banadir, en Mogadiscio, capital de Somalia. Es un hospital que se conoce entre los somalíes como la fábrica de muertos; por cada diez niños que entran, ocho no salen y se mueren de hambre. De hambre.” En Somalia, la mortalidad infantil de cero a cinco años es de ciento trece por cada mil nacidos; en España, por ejemplo, son dos por cada mil. No es una estadística. Cada uno de esos niños que sufre y que muere es un ser humano y es un drama para sus madres, para sus familias. No hay coraza que evite ese dolor. “Esta es la vida real, no lo que vivimos desde aquí. Cuando os hablen de hambre, pensad que es verdad. La gente se muere de hambre. Así que, por favor, pensad en ellos cuando vayáis a tirar la comida”. El problema es que aquí, en nuestro mundo privilegiado, hemos perdido la empatía con ese mundo ajeno y molesto. Y es algo que urge recuperar.

 

Los niños de la guerra

Otra imagen (otro bofetón). El Congo, en guerra desde 1994. La excusa para matarse desde hace décadas es un mineral que se llama coltán y que sirve para fabricar smartphones. ¿Cuál es el problema? Que el ochenta por ciento del coltán que hay en el mundo se encuentra en el Congo. Una riqueza que es al mismo tiempo su bendición y su perdición. Por cada kilo de coltán que se extrae, dos personas mueren directa o indirectamente por su causa. “Dos. Directamente, porque trabajan en las minas, hay un derrumbe y se mueren. Indirectamente, porque en el Congo hay ciento veinte grupos armados que manejan las minas de coltán. Coltán que viene a occidente. A nuestros móviles.” La realidad del país, que no vemos en nuestros móviles, es devastadora: masacres, violaciones masivas, niños robados, niños soldados.

Niños como Trésor, “que tiene once años y tiene la mirada más triste que he visto en mi vida”. Su historia es la de muchos otros niños. Un grupo armado entra en su aldea, asesina a doscientas personas a machetazos, unos logran huir, otros son capturados. A Trésor lo secuestraron durante tres meses para convertirlo en niño soldado. Porque en estas guerras sin reglas ni convenciones los niños son los mejores soldados, no cuestionan la orden de un adulto, no se plantean si está bien o está mal, hacen lo que se les dice que hagan, punto. “La primera prueba que tienen que pasar estos niños en países como el Congo, Somalia, Etiopía o Sudán del Sur es "súper sencilla": matar a su padre. Porque cuando matas a tu padre después puedes matar a quien sea.” No importa que solo tengas once años. Y si tienes la suerte de ser salvado de ese calvario y te dan una segunda oportunidad, una nueva vida, aún te queda superar el estigma de la sociedad, que no perdona a los niños soldados lo que han hecho. Son culpados, apartados, repudiados. Y les dejan muy pocas opciones, ninguna buena: engancharse al pegamento, volver a la guerrilla, prostituirse. “Hay que sentarse con la gente y hablar, comprender por qué hacen las cosas. Ese es el problema que tienen en el Congo, que no se perdona. Y es una de las cosas que tenéis que aprender, el valor de perdonar a los demás.” 

Una reflexión que cobra aún más valor cuando quien lo dice permaneció 299 días secuestrado por un grupo terrorista, sufriendo tortura física y psicológica, en completa soledad durante 204 de esos 299 días. Y aun así, Antonio no alberga odio ni en su corazón ni en su cabeza. “¿Para qué odiar, qué sentido tiene? ¿Sirve para algo? ¿Os beneficia? No sirve para nada. Odiar no tiene sentido. Y si odias te conviertes en uno de ellos. Y yo no quiero ser como ellos.” A lo mejor tenían sus razones, sus motivos, reflexiona Antonio. A lo mejor, la solución es sentarse frente a frente y hablar. Y tratar de entender. “El diálogo es la solución. Desde luego, el odio nunca, porque el odio lleva a la venganza.”

 


Dignidad

Antonio es reacio a hablar de su secuestro. No porque no tenga importancia para él, sino porque piensa que, hoy, su mensaje no va de Antonio Pampliega, sino de esa otra realidad que él vio y vivió en tantos países y quiere que también nosotros veamos, sin filtros, y que esa realidad nos remueva y nos despierte y nos movilice y cambie nuestra percepción del mundo –el propio y el ajeno- y nos ayude a reordenar nuestras prioridades. Son muchas las imágenes que carga Antonio a su espalda, escenas muy duras, complicadas de asumir, a veces insoportables; más incluso por lo que hay detrás que por lo que muestran. Pero, además del dolor y la tragedia, siempre hay dignidad en esas imágenes, en esos rostros. Niños que tratan de sonreír a la cámara de Antonio, que eligen la camiseta que menos se ensucia para posar “porque no quieren salir feos en las fotos, porque les da vergüenza. Sí, ellos también tienen vergüenza.” Mujeres que, después de haber sido violadas por una manada de guerrilleros son repudiadas por sus maridos -por haber mancillado el honor del marido- y expulsadas de la casa junto con sus hijos, y que, a pesar de todo el dolor y la humillación y la impotencia y el miedo, su única preocupación no son ellas, sino sus hijos. Dignidad. Como la imagen de una madre afgana primeriza, con sus dos gemelos y la abuela, tratando de aportar algo de normalidad, algo de dignidad, en medio de una guerra. O como Fide, que padece una enfermedad terrible llamada piel de mariposa, y posa con sus manos vendadas (y ensangrentadas) en su nueva silla de ruedas, feliz porque ya puede ir al colegio sin que su madre tenga que cargarlo a hombros cada día; un chaval de diecisiete años, amante del fútbol (sigue cada fin de semana la liga española), que no ha podido correr en su vida. Felices también están los niños de Kobane, al norte de Siria, en su primer día de colegio, tras nueve meses bajo el asedio de Estado Islámico, viviendo en un campo de refugiados. Felicidad. Dignidad.





Porque todos ellos son personas. “Da igual el color de piel, da igual el idioma, da igual la religión, son seres humanos como nosotros. Exactamente iguales. Que nacen sin odiar a nadie.” Esos “valores” los aprenden a posteriori de sus mayores. Y eso sucede en todas partes, no solo en África o en Oriente Medio. También en Europa. La última, en 2014, en Ucrania; el país donde España ganó la Eurocopa. Así de cerca. Diez mil muertos al año desde que empezó la guerra, cientos de miles de refugiados, miles de niños que viven entre escombros, a merced de los bombardeos. Lo mismo en Afganistán, que lleva enlazando una guerra tras otra desde 1979. Y claro, cuando vives rodeado de guerra, al final te conviertes en guerrero, en niño soldado. Y cuando la guerra ha arruinado el país, entonces no te queda otra que multiplicar las plantaciones de opio (de 550 hectáreas con los talibanes a las 110.000 actuales), que acabará en las venas de los jóvenes españoles y europeos en forma de heroína. La cruel ironía, es que los occidentales fuimos allí para acabar con ello. “Eso es lo que nos vendieron. La prensa está muy bien, yo soy periodista, pero también levanto la mano y digo: os manipulamos a nuestro antojo. ¿Por qué? Porque no exigís, porque os da igual. Os lo creéis. No, no puede ser así, no os podéis creer los mensajes de la prensa.” Hay que ser crítico, hay que dudar, hay que pensar. Surge inevitablemente la vieja cuestión moral de retratar o no esta realidad, la delgada línea –a veces invisible- entre ética y morbo. ¿Prima la información o la intimidad de las víctimas? “¿En qué momento debemos bajar la cámara y respetar el dolor ajeno? ¿Todo vale en aras de remover conciencias?” Lo cierto es que cuando se juzga de esta manera la labor de los corresponsales de guerra o los fotoperiodistas se hace injustamente, porque se juzga desde la distancia, desde la ignorancia y sin la menor empatía. En el caso de Antonio, además de su finalidad loable –abrirnos los ojos-, cada foto desprende una extraordinaria humanidad, porque cada situación, cada persona es retratada con una extraordinaria dignidad.

 


Escapar del infierno

Después de este viaje en imágenes por el infierno –“un infierno light, tengo fotos y vídeos mucho más explícitos, mucho más reales”-, la gran pregunta: ¿Os quedaríais a vivir en esos países? Por supuesto que no. Ellos tampoco. Por eso huyen, y tratan de llegar a Europa para salvar sus vidas. Y en esa huida también se juegan la vida. Vienen en frágiles pateras, que salen todos los días de la costa africana, desde Libia hacia Lampedusa. Trescientos kilómetros por el Mediterráneo Central, hacinados, sin comida, sin agua, sin chalecos salvavidas; hombres, niños, mujeres, bebés. Probablemente han estado un año caminando hasta llegar a la costa, atravesando desiertos y zonas de guerra, a merced de las mafias. Lo que sea con tal de escapar de la guerra y del hambre, en busca de un poco de refugio, de un futuro que seguramente no tenga más horizonte que el top manta. Eso, los que tienen suerte. No son terroristas, aunque haya quien lo piense. Son víctimas. Y cuando llegan, los que llegan –muchos se quedan en el Mediterráneo- su primera preocupación es enviar noticias a casa, un selfie a su familia para decirles que están bien, vivos. “Porque la familia siempre es lo primero. La familia es el pilar fundamental de todos nosotros. Siempre.” Otros, más conscientes del peligro, llevan encima un número de teléfono, por si alguien encuentra su cuerpo flotando en el mar, para que puedan avisar a su madre, decirle que su hijo ya no va a volver. Que llore lo que tenga que llorar, pero que deje de angustiarse.

La madre de Antonio recibió esa llamada. “A mi madre le dijeron: su hijo no va a volver a casa. No sabemos si vive, pero no va a volver, en una semana, en un mes.” Fueron 299 días de dolor, de angustia indescriptible. También la angustia de Antonio, en su encierro, de no tener noticias de su familia, de no saber qué tal estaban su madre, su padre, su hermana cuando recibieron la noticia –el shock- de su secuestro. “Durante diez meses lo peor es eso, la incertidumbre de no saber qué ha ocurrido fuera. Porque la vida sigue girando, no se para, aunque te metan a ti en una celda. Y yo tenía una pesadilla que se repetía todas las noches, y era que no iba a volver a ver a mi madre nunca más con vida. Porque mi madre tiene un problema del corazón. Ni las palizas, ni los interrogatorios, ni las amenazas de muerte ni las simulaciones de ejecución. A mí lo que me daba miedo era regresar a casa y que ya no estuviera mi madre.”

 

Un accidente laboral

A Antonio aún le cuesta hablar del secuestro. Revivirlo es demasiado doloroso (“La oscuridad nunca se llega a vencer del todo”). Ocurrió en julio de 2015, durante uno de sus muchos viajes de trabajo a Siria, el duodécimo, para cubrir el conflicto. Otro viaje de tantos. Solo que esta vez algo salió mal. O simplemente sucedió lo que tenía que suceder (cuestión de probabilidad…). Antonio lo llama “accidente laboral”. En realidad, su persona de contacto en la zona los traicionó, a Antonio y a sus dos compañeros (José M. López y Ángel Sastre), y los vendió a la rama de Al Qaeda en Siria. Durante un breve tiempo, compartió secuestro con sus amigos, pero pronto los separaron y Antonio quedó completamente solo, aislado, en una oscura celda situada en algún punto de la frontera entre Siria y Turquía. Encerrado durante diez meses con todos sus miedos y la peor de las incertidumbres, sin saber si iba a sobrevivir un día más o iba a ser ejecutado, como lo fue su gran amigo James Foley, el periodista asesinado en directo por el Dáesh en 2014, a manos del célebre fanático John el Yihadista



Diez meses sin saber si sus compañeros estaban muertos o vivos, o si habían sido vendidos. Diez meses sin esperanza de salir con vida de su agujero, hundido en la desesperación hasta tal punto que pensó seriamente en acabar con su vida. Viviendo en la más absoluta soledad, salvo por las puntuales visitas de sus carceleros, que entraban una o dos veces al día para llevarle comida, golpearle o humillarle, según les diera. Vejado, torturado, aislado de todo contacto humano. Sufriendo a diario amenazas de muerte, burlas, interrogatorios, golpes. En esa angustiosa realidad, Dios y el recuerdo de su madre son sus únicas compañías. Y el diario que escribe a su hermana pequeña, Alejandra, es su tabla de salvación, el único muro que lo separa de la locura y de la rendición total. “Sueño con el día en que nos volvamos a ver. Te has convertido en mi salvavidas en este lugar de mierda. Trato de no decaer, te lo prometo. Aguanto porque no pierdo de vista ese objetivo: volver a verte”, escribe Antonio en su libro, En la oscuridad. Eso fue para él lo peor del secuestro. “La posibilidad de no volver a ver a mi familia me reconcome por dentro (…) Solo soy un periodista que ha venido a hacer su trabajo, a contar lo que está ocurriendo en esta maldita guerra.” Pero ellos, los secuestradores, creen que es un espía y que trabaja para el Gobierno de Al Assad. Una perversa confusión que le arrebata a Antonio toda esperanza, que le roba impunemente toda su ilusión, su alegría, su risa…

Sin embargo, siempre hay un atisbo de esperanza, incluso en los momentos peores. Una luz, más allá del mortecino brillo del led colgado en la pared de su celda. Cuando te lo quitan todo, y crees que no vas a volver a ver a tu familia, es el momento de pensar: ¿cuándo es la última vez que le he dicho a mi madre ‘te quiero’? ¿Cuándo fue la última vez que abracé a mi padre? “Yo me acordaba de la última vez que le di un abrazo a mi padre, ocho de julio de 2015, el día de su cumpleaños. El día que me dejó en el aeropuerto de Barajas para que viajara a Siria. Así que no penséis que se lo vais a dar luego o mañana. La vida se acaba así de rápido. Así de rápido. De verdad.”

Por suerte, la vida de Antonio –y la de sus dos compañeros- no acabó en aquel secuestro. Y diez meses después de aquella terrible primera llamada telefónica, el siete de mayo de 2016 su madre recibió otra bien distinta. “Mamá, se acabó. Vuelvo a casa”. Pocos días después Antonio bajaba de un avión de las Fuerzas Armadas y pisaba suelo español. Sus padres, su hermano Goyo, su hermana Alejandra –“mi faro en la oscuridad”- le esperaban a los pies del avión, temblorosos, expectantes. Aquel reencuentro con su familia, su sostén durante diez largos y angustiosos meses, fue el momento más intenso y feliz de su vida, una erupción de emociones que iban del llanto a la risa y al abrazo y al beso y al alivio infinito… Fue el fin de una pesadilla.



Y el despertar de un nuevo Antonio Pampliega, que supo sacar luz de aquella densa oscuridad. Una lectura positiva que le ha enseñado a mirar la vida de otra manera. “El secuestro me ha enseñado muchísimas cosas. Una de ellas es valorar todo lo que de verdad importa, que es tu familia (que se amplió el 2 de septiembre de 2020 con la feliz llegada de Ariana, la hija de Antonio y María), y también las cosas pequeñas, cosas que tenemos tan al alcance de la mano que no les damos valor. También el secuestro me dio dos opciones la vida: seguir por el camino de antes o cambiar diametralmente mi forma de vivir. Intento cambiarla. No siempre lo consigo, pero sí que intento ser un Antonio diferente al de antes del secuestro.” También ha multiplicado su capacidad de empatizar, y de perdonar. “Creo que es un acto de valentía perdonar a aquellos que me han hecho tantísimo daño. Lo sencillo es odiar. Me pongo en la piel de esa gente y pienso en lo que les ha tocado vivir. Pienso en sus circunstancias y en su contexto. ¿No haríamos nosotros lo mismo? ¿No nos convertiríamos en monstruos si viviéramos en el mismísimo infierno?” Una pregunta que Antonio deja ahí, flotando en el aire, esperando que todos la enfrentemos con sinceridad y valentía. Esperando una reflexión honesta y una respuesta digna la próxima vez que nos veamos ante una víctima de la guerra, de cualquier guerra. 

Él tiene clara su respuesta. Siempre la ha tenido. Comprender la situación desesperada de los que viven atrapados en ese infierno, ayudarles a escapar dentro de sus posibilidades, darles un poco de esperanza (como ha hecho recientemente con decenas de hombres, mujeres y niños de Afganistán) y, a nosotros, abrirnos los ojos y el corazón a esa realidad despiadada, descarnada y casi siempre tan alejada y tan ajena que apenas la percibimos de pasada en nuestras empequeñecidas conciencias. Una manera rápida y eficaz, leer su última novela: Flores para Ariana, un retrato crudo y valiente de Afganistán a través de los ojos de una niña, que son todas las niñas que Antonio ha conocido de primera mano. Un libro que nació en los oscuros días de su secuestro y que acaba de ver la luz hace apenas unos días. Un libro lleno de verdad, de belleza, de sentimientos, de empatía, de dignidad... y de descarnada y muy actual realidad. 

 

 


miércoles, 6 de octubre de 2021

Nebraska. La joven promesa del rock en español


 

Hace poco más de un año sacaron su primer álbum, tutelados por el sello Subterfuge y producidos por Nacho Mur, guitarrista de La M.O.D.A. Ahora están a punto de publicar nuevo material, después del año pandémico y el parón involuntario. Cultura musical, canciones que enganchan, armonías vocales y un directo fresco, contundente y divertido son sus señas de identidad. Un grupo joven, con mucho camino por delante. Pero si vamos más allá de la música, podríamos considerar a Nebraska como una pequeña empresa. Una start up en toda regla, llena de ilusiones, de pasión y de dedicación plena. Donde cada cual tiene su función también fuera del escenario. Y donde se respira la misma profesionalidad que en cualquier otro sector. Solo que este es más divertido.

«Me siento tan afortunado por haber pertenecido a un grupo que era una auténtica banda. No se trataba de un cantante y guitarrista con algunos tipos detrás (…) Algunas bandas de hoy tienen la experiencia de trabajar realmente juntas y perfeccionar su oficio. Otras bandas son muy parecidas a: "Me acabo de comprar una guitarra por Navidad, vamos a montar un grupo". Y realmente puedes escuchar la diferencia». El dueño de estas palabras es Robbie Robertson, que sabe mucho del oficio de la música y formó parte de una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos. En efecto, The Band no se componía de una estrella visible acompañada por unos músicos profesionales (salvo en tiempos de Dylan); ahí cantaban casi todos, componían casi todos y todos aportaban sus raíces, sus influencias, su talento y el dominio absoluto de sus instrumentos. Realmente eran La Banda.

 

De Toronto a Nebraska

La mención de los canadienses viene al caso en esta historia por dos razones: una, porque la música de Robbie, Levon y compañía –y de toda esa época irrepetible- es sin duda un referente para esta joven banda de nombre claramente reivindicativo. Y dos, porque –salvando las distancias- Nebraska es un grupo muy similar a The Band: se nutre de talentos diversos y sin protagonismos; aquí todos aportan por igual, cada cual en su terreno. Y, desde luego, no son fruto de un fortuito regalo navideño. Son fruto de la vocación temprana y de una cultura musical envidiable; son fruto del trabajo duro, de horas y horas y horas en el local de ensayo; son fruto de su pasión sin fisuras por la Música y de esa bendita ilusión de la juventud; y de una sorprendente madurez para unos chicos, y chica, que no pasan de los veintitrés años.

 


Cuando Willie conoció a Cati

Willie (guitarra y voz), Luis (bajo y voz) y Rubio (guitarra) se conocían del colegio. A Los 16 años montaron una banda de versiones en la que tocaban la música que les gustaba, sin más complicaciones (Fito, Pereza, 84, Los Secretos, ACDC…). Eso duró lo mismo que el colegio. Fue cuando Willy decidió que quizá era el momento de componer algo propio. Por probar. Por no dejar la música, en realidad. Escribió una canción en inglés y la grabó con Rubio. Nada más escucharla se dieron cuenta de que necesitaban una voz femenina. Si a Fleetwood Mac le quedaba tan bien, por qué no a ellos. Cosas del destino, Willy conoció a Cati una noche y empezaron a hablar de música. Dylan, Nirvana, Beach Boys, Eagles, The Band y otros argumentos de peso salieron en la conversación. Un flechazo musical en toda regla, como cuando Keith conoció a Mick en aquella estación, cargado de discos de blues. Cati, además de rubia como Kurt Kovain (otro argumento), y con una voz impresionante, tenía gustos musicales más que interesantes: es devota de Stevie Nicks, y también muy fan de CRAG y Solera (desde bebé cantaba Discípulo de Merlín) y de los Beach Boys (esas armonías vocales la vuelven loca). El fichaje fue instantáneo.

 

Eres lo que te emociona

Y es que, más allá del “eres lo que escuchas” que proclama Radio 3, a estos jóvenes melómanos lo que les va es el “eres lo que te emociona”. La música que les apasiona de verdad. A pesar de su juventud, la cultura musical de los miembros de Nebraska es de una calidad realmente encomiable. Y, como en el caso de The Band, de un eclecticismo muy enriquecedor. Aparte de los ya mencionados, entre sus mitos/influencias/referentes hay nombres como Wilco, Beatles, Strokes, Kooks, Foo Fighters, Munford and Sons, Springsteen, CSNY, la Velvet... Y mucho rock patrio también, una lista encabezada por Fito, al que siguen La M.O.D.A., Club del Río, Leiva, 84, McEnroe o Los Zigarros. Y cientos más. Es más importante escuchar que escribir, dice Willie.

Y también escuchar tu propia vocación. A unos les viene de familia, como en el caso de Willie: su abuelo paterno, gran amante del jazz, fue alumno del mítico pianista neoyorkino Joshua Edelmann… quien también dio clases de piano a Willie, con solo 12 años; y sus tíos maternos forman parte de dos bandas referentes,  como Los Zodiacs y McEnroe. Rubio quería tocar la batería, pero acabó con una guitarra entre los dedos. Luis empezó con la guitarra en el colegio, pasó por la batería y, cuando la banda fichó a Cuesta, pedazo de batera, acabó en el bajo. Cati se pegó en el cole a su amiga Vera, una artista vocacional con quien empezó a descubrir música, a tocar, a cantar, a enredar con las voces y las armonías… algo que hoy es una de las claves que definen a Nebraska.

 



De la birra a la kettle

Una vez conformada la banda (Willie, Luis, Cati, Rubio y Cuesta) empezaron a tocar sin mayor pretensión que hacer música; pero la cosa fue creciendo casi sin darse cuenta. De repente, la prioridad era Nebraska, las canciones, los ensayos. Las copas y los estudios pasaron a un segundo plano. La idea, que la universidad les deje el tiempo que necesitan para tocar y ensayar. Y además, poniendo cada uno sus conocimientos al servicio de la banda (ya sea Derecho, Empresariales, Publicidad, Diseño Gráfico, Marketing…). Habilidades que también han sabido complementar perfectamente. Como en cualquier empresa.

Y es que, en realidad, es lo que son: una start up que requiere toda la pasión, la ilusión y la dedicación. Una empresa musical en la que los cinco se compenetran y complementan en ambos sentidos. Todo su tiempo de ocio –y parte del universitario- lo dedican a la banda, que hoy por hoy es su trabajo. Ya ni siquiera hay cervezas en los ensayos, ahora tienen una kettle y beben té. La prueba indiscutible de que están en “modo profesional”.


La M.O.D.A., Subterguge y The Galileo Connection

En pocos meses, Nebraska se convirtió en una banda sólida, con personalidad y temas propios, que coleccionaba sold outs. Y entonces llegó Nacho Mur. El guitarrista de La M.O.D.A. (y productor por vocación) contactó con ellos a través de uno de los socios de la mítica sala madrileña Galileo Galilei y una amiga de Nacho, Mäbú. Le pasaron un par de maquetas y se interesó vivamente por ellos. Quedaron en el local de ensayo y le mostraron todo su potencial. Para Mur fue un descubrimiento y decidió producirles su primer disco. De hecho, no descartó ninguno de los 12 temas que Nebraska había pre-seleccionado.

El contacto con el sello Subterfuge también tuvo lugar en Galileo. En este caso, por recomendación de los tíos de Willie, integrantes de McEnroe (una de las bandas de cabecera del sello independiente). El momento mágico, un bolo en pleno agosto de 2018, al que acudió Carlos Galán… y una pléyade de fans que llenaron la sala y no pararon de corear sus temas. Carlos quedó tan convencido que citó a Nebraska en las oficinas de la discográfica. Tras meses de intenso trabajo y grandes profesionales a los mandos, salió su primer álbum, “Las aventuras de todas partes”, que presentaron hace unas semanas en el Círculo de Bellas Artes… con sold out y más de 500 fans coreando cada tema. 



 

La aventura no ha hecho más que empezar

Un sonido fresco, enérgico y muy personal, que ha bebido en las fuentes de lo mejor del rock y el folk; unas letras que saben contar historias a su generación desde el lado positivo de la vida; un directo potente y divertido, que engancha mágicamente a sus groupies (y a quien venga); carisma, juventud y pasión a raudales; un maestro en la producción, que ha conectado maravillosamente con el grupo y su música; un sello que sabe apostar y confiar y respetar y apoyar y ver todo el potencial de una banda emergente; y cinco músicos, cinco amigos, cinco aventureros decididos a forjar una carrera sólida y seria en el tormentoso mundo de la música. Eso es Nebraska. Una banda joven e ilusionada que va a por todas, que está encontrando su sitio en esta nueva era dorada del rock en español. Y que lo tiene todo para codearse con los mejores.

El futuro está aún por escribirse (por componerse). Pero los sueños siguen ahí. Intactos. Y, puestos a soñar, hoy por hoy sueñan con compartir escenario con algunos de sus mitos. La M.O.D.A., Leiva, Club del Río… Y, puestos a soñar más alto, con Fito. Tiempo al tiempo.  


«Encontrar una nueva estrella en el cielo es realmente difícil», reconoce Robbie Robertson. Pues esta estrella de cinco puntas ya está empezando a brillar con fuerza.



miércoles, 29 de septiembre de 2021

Juicios, prejuicios y puntos de vista

 


Imagina la escena: una callejuela de Londres, una mujer apoyada sobre la pared y un skinhead corriendo en su dirección. Cambio de plano: el skinhead en realidad se dirige a toda velocidad hacia un hombre trajeado que se vuelve aterrorizado y se protege con su cartera (o protege su cartera) del violento agresor. Cambio de plano: una tonelada de ladrillos está a punto de caer sobre la cabeza del hombre trajeado y el skinhead se abalanza sobre él para salvarle, literalmente, la vida. «Solo cuando ves la imagen completa puedes entender realmente lo que sucede», concluye el mítico spot “Point of view” (1986) del diario británico The Guardian. Bastan tres planos y treinta segundos para lanzarnos un mensaje demoledor. La enorme facilidad que tenemos todos –todos- para juzgar por las apariencias. Y generalmente para mal. Será que tenemos tendencia natural -o adquirida- a lo negativo.

Maquiavelo, que era un tipo sabio y en realidad nada malvado –los malos eran los príncipes sobre los que escribió- lo expresó con claridad: «En general, las personas juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver pero pocos comprenden lo que ven». Y tenía toda la razón. Y aún se quedaba corto. Porque además de juzgar –y condenar- por las apariencias, por lo que ven nuestros ojos, juzgamos guiados por nuestros prejuicios. Y ese sistema de evaluación basado en prejuicios –casualmente siempre negativos- es uno de los grandes males del mundo desde que es mundo.

 

Yo juzgo, tú juzgas, él juzga… Todos juzgamos

Pero cuidado, no es solo cosa de padres reaccionarios que no comprenden a sus hijos o son incapaces de entender los nuevos tiempos, como cantaba DylanCome mothers and fathers / Throughout the land / And don't criticize / What you can't understand. Es cosa de todos y cada uno de nosotros. ¿O es que acaso tú mismo -sí, tú- no has pensado alguna vez que ese tipo con rastas es un antisistema, o que esa pija es facha por llevar una pulsera rojigualda, o que esos gitanos están trapicheando con droga, seguro, que es que se les ve…? O que esa rubia buenorra se ha operado, fijo; y ese cachas seguro que es un machista violento y estúpido; o que esos adolescentes que se ríen tanto van puestos hasta las cejas; o que ese negro es un inmigrante ilegal y una amenaza real…



Sí. Todos los días juzgamos con malos ojos, con prejuicios y superficialidad. Porque es más cómodo reafirmarnos en nuestra visión que reconocer otra verdad, otro punto de vista. Aunque estemos ciegos. Quizá por eso nos guste tanto aparentar y mirar por encima en lugar de profundizar, conocer, entender. En esta sociedad de haters sin fronteras, de calumnias virulentas y vanidad ilimitada, la empatía debería ser asignatura obligatoria. En los colegios, en las universidades, en las empresas, en las canchas y, sobre todo, en la política.

Porque, para tener perspectiva (el “big picture” del spot de The Guardian), también es muy importante detenerse en los detalles. En los motivos. En las razones. Ver de cerca, mirar adentro, más allá del envoltorio. El árbol y el bosque. Y así entender los diferentes puntos de vista, que pueden ser tan válidos como el nuestro, o más. Porque nadie tiene la razón absoluta. Nadie. Y menos tú o yo. Así que, antes de juzgar (de opinar, de tuitear, de criticar, de machacar, de insultar), trata de ver el cuadro completo.

Si todos pusiéramos nuestro granito de arena, quizá el mundo sería un poco más amable. Y ya, si en cada opinión o comentario, en cada juicio, tratáramos de aportar en lugar de patear (o sea, mirar en positivo), significaría que aún tenemos remedio. «Odio los juicios que sólo aplastan y no transforman», nos dijo el escritor Elias Canetti. Y unos siglos antes, Sócrates nos sugería: «Sé amable con todo el mundo, pues cada persona libra algún tipo de batalla». Sobran las explicaciones.

 

El incidente del ascensor

Y ya que estamos en positivo, viene al caso una divertida anécdota presuntamente verídica (aunque con múltiples versiones y protagonistas) sobre esto de los prejuicios y las apariencias. Las Vegas. Una señora de mediana edad, Karen, entra en el ascensor de un hotel-casino. Lleva un cubo lleno de monedas que acaba de ganar en la máquina tragaperras, con la intención de guardarlas en su habitación. Pero –¡horror!- dentro del ascensor la esperan dos hombres negros –uno de ellos realmente alto y fuerte- que mantienen la puerta abierta para que ella entre. Y ella entra. Agarrada a su cubo de monedas como si en ello le fuera la vida, Karen ve cómo se cierran las puertas del ascensor. Uno de los hombres le pregunta por su piso (“Hit the floor, lady”), pero ella, en su pequeña paranoia mental, entiende: “¡Tírese al suelo, señora!” Y Karen se tira al suelo y todas sus monedas se desparraman por el ascensor.

Los dos hombres negros, aguantando la risa como pueden, ayudan a la pobre –y avergonzada- Karen a recoger sus ganancias y le explican que solo quieren saber a qué planta va para apretar el botón. Cuando el ascensor se detiene en la planta de Karen, ambos, muy galantes, la acompañan hasta su habitación. Karen entra y cierra la puerta. Suspira, entre el alivio y el bochorno. Y tras la puerta, escucha las carcajadas –ya sin disimulo- de los dos hombres negros. A la mañana siguiente, Karen recibe en su habitación una hermosa docena de rosas. Y una nota que dice: «Gracias por la mejor carcajada que he tenido en muchos años. Eddie Murphy». (Según esta versión, el amigo "alto y fuerte" era el mismísimo Michael Jordan).



lunes, 27 de septiembre de 2021

Pero qué pequeños somos...

 


«El mar te pone en tu sitio. Al océano no le importa que tú estés ahí. Él hará siempre lo que tenga que hacer.» Esta reflexión se la escuché al escritor Don Winslow hace unos años, en un encuentro con sus lectores. El autor de El poder del perro, El cártel y La frontera, además de gran experto en el submundo del narcotráfico, es un consumado surfer y, como tal, muy consciente de la grandiosidad del océano, de su poder ilimitado, y de lo insignificantes que somos los humanos cuando estamos en sus dominios, ya sea sobre una tabla de surf o en el más colosal transatlántico. Apenas una gota de agua, apenas una mota de sal.

El sabio pensamiento de Winslow vale tanto para el océano como para la Naturaleza en general, especialmente en cualquiera de sus variantes catastróficas: inundaciones, tsunami, terremoto, sequía, diluvio, nevada, incendio, pandemia… o esta inédita, traicionera y descomunal erupción que está asolando La Palma y que nos ha recordado, una vez más, nuestra pequeñez frente al poderío incontrolable de la Naturaleza. La misma Naturaleza que exprimimos sin compasión ni previsión, la misma que pretendemos –ingenuamente- tener perfectamente amaestrada. Hasta que se cabrea.

«La proporción entre la obra humana y la naturaleza es la misma que media entre el hombre y Dios». Otro sabio pensamiento, que nos dejó Leonardo da Vinci (un humano que nunca se rindió ante las limitaciones humanas) y que resume certeramente los efectos devastadores, en muchos sentidos, de estas imprevisibles calamidades que nos han asolado últimamente (en un país, por cierto, poco habituado a las calamidades devastadoras, salvo las inundaciones y los incendios anuales), pero que también nos sirven para mirarnos un poco por dentro y obligarnos a reflexionar.  

La primera reflexión es, precisamente, lo pequeños que somos frente al poder y la imprevisibilidad de la Naturaleza. Simples hormiguitas indefensas. Por si alguno (que los hay) seguía creyéndose el ombligo del Universo, el maldito bicho y la inesperada erupción le han tenido que derribar de un plumazo los pilares de su ego y arrasar su desfasada idea de que el Hombre es Dios. No importa lo que hagamos, lo que inventemos, lo que construyamos, lo que tratemos de prever para protegernos, para sentirnos fuertes y seguros: la Naturaleza -o Dios, según cada cual- nos volverá a poner siempre en nuestro sitio, en nuestra verdadera dimensión. Hormiguitas, repito. Con alma, con razón, con enormes capacidades para crear, inventar, sentir y hacer muchas cosas buenas -y también malas- pero hormiguitas al fin y al cabo. Ladrillos en el muro, que diría Pink Floyd.

 


Somos gente solidaria

Hay una segunda reflexión importante: que, salvo las excepciones de turno (gente mala por naturaleza) y los aprovechados de rigor (periodistas y políticos a la cabeza) somos gente bastante solidaria. Lo demostramos en los días peores de la pandemia, en los que cada hogar era un taller de confección de EPIs, una cocina industrial, una fábrica de ánimos virtuales o una academia de creatividad multidisciplinar; lo mismo que miles de empresas -grandes, medianas y pequeñas- que además estar pasando lo suyo no dudaron un segundo en remangarse y sacar su lado más altruista, colaborativo y ejemplar (repartiendo zapatillas, regalando alimentos, facilitando transporte, fabricando material esencial…). Lo demostramos nuevamente durante la gran nevada que asoló el centro de España, poniendo los todoterrenos particulares a disposición de enfermos y sanitarios, liberando calles vecinales a base de pico y pala o simplemente llevando la compra a las personas mayores para que no se jugaran la vida en esas pistas de patinaje que unos días antes eran aceras. Lo demostramos en cada incendio incontrolable, en cada inundación salvaje, en cada catástrofe ferroviaria o terrorista, en cada desgracia humana, individual o colectiva.

Sí. Tenemos nuestros defectos, pero somos un país bastante solidario, a pesar de todo. Número uno mundial en donaciones y trasplantes de órganos, líderes en voluntariado y cooperación en todo tipo de causas (el 86% de los españoles ha colaborado en una ong), con unos profesionales (UME, sanitarios, bomberos, Guardia Civil…) admirados en todo el mundo y uno de los países más concienciados con la inmigración (a pesar de lo que digan por ahí) y la lucha contra la pobreza en el tercer mundo (mucha ong y aún más misiones). Para que luego digan que la envidia es nuestro pecado nacional (salvo si entramos en twitter).

 


Si quieres hacer reír a Dios...

El cielo ha caído sobre nuestras cabezas (que diría Astérix) más de lo habitual últimamente. Ha generado mucho dolor y sufrimiento y ha agravado la crisis un poco más (otro palo en la rueda). Pero, como siempre hemos hecho, saldremos de ésta. Con nuestro proverbial espíritu de superación y con ese espíritu solidario del que debemos sentirnos orgullosos. Pero también, esperemos, tomando conciencia de lo pequeños e insignificantes que somos frente a los caprichos de la Naturaleza. Asumiendo que toda nuestra ingenua arrogancia, nuestra inteligencia presuntamente superior y nuestra desenfrenada ambición de dominar el planeta poco valen si un temporal de nieve más o menos intenso es capaz de paralizar medio país, un volcán implacable e imparable asola cuanto se abre a su paso sin que podamos hacer nada, salvo huir y rezar, y un bichito desatado nos recuerda que somos (casi) tan frágiles y vulnerables como lo éramos en la Edad Media.

 Pues eso, «si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes», nos enseñó Woody Allen