viernes, 16 de octubre de 2020

LA M.O.D.A. EL ROCK HECHO CON PASIÓN, HONESTIDAD Y CARRETERA

 


«You can stand me up at the gates of hell / But I won't back down / And I'll keep this world from draggin' me down / Gonna stand my ground and I won't back down». 23 de noviembre de 2019, Wizink Center. Fin de gira La Maravillosa Orquesta del Alcohol. Lleno hasta el último centímetro del recinto. Sold Out total. 15.000 espectadores esperan ansiosos la salida al escenario de siete chavales de Burgos (bueno, hay un palentino y un gallego). La expectación –la emoción, la ilusión- se palpa en el ambiente. Se ve, se siente, se respira. Por megafonía suena  la vieja canción de Tom Petty, en la voz solemne y poderosa de su amigo Johnny Cash. Es el último tema antes de la aparición de la banda. Pero no es una canción más. Ese «no retrocederé / voy a mantenerme firme / no me daré la vuelta / y evitaré que este mundo me arrastre» es una reivindicación en toda regla, una declaración de principios, una afirmación contundente y desafiante tras nueve años de largo caminar: «Aquí estamos, hasta aquí hemos llegado; ha sido duro, ha sido difícil, pero nos lo hemos currado, y de aquí ya no nos baja nadie».

 

Hijos de Johnny Cash

Y es, también, una reivindicación de su héroe, su guía, su inspirador musical y vital. Del culpable de que todos ellos -Alvar, Caleb, David, Jacobo, Jorge, Joselito y Nacho- se entreguen a esto de la música de la forma en que lo hacen. Con pasión, con honestidad y carretera. Muchos kilómetros de carretera.

Y es que el “hombre de negro” es para esta Maravillosa Orquesta Del Alcohol ejemplo de todo lo que quieren ser. La carrera de Cash es una de las más solventes, honestas, coherentes y auténticas de la historia del rock. Como cantante, como compositor, como agitador de conciencias, como artista valiente y comprometido, como ser humano profundamente humano; un tipo sencillo, familiar, amigo de sus amigos, enamorado de la música hasta la médula. Y con una vida dura y difícil a sus espaldas, y un origen del que nunca renegó. Una vida y una carrera que tienen un significado muy especial para los siete componentes de La M.O.D.A., más allá del tatuaje de David, la imagen del whatsapp de Nacho, el tema que suena justo antes de cada actuación o la propia canción con la que homenajean a todos esos hijos de Johnny Cash («Ellos son distintos, son honrados / aunque no tengan para comer. / Son los hijos de Johnny Cash / van viajando con el viento. / Hijos de Johnny Cash / morirán en el intento por salir de la ciudad»).

 

No te olvides de dónde vienes


Cash fue un currante de la música, y de la vida; lo fue desde su infancia en los campos de algodón de Dyess, Arkansas, hasta su muerte, mientras grababa ese superlativo tributo a la música y a los músicos (viejos y nuevos) que conforman sus American Recordings. Otro de los valores que han heredado sus “hijos”. Lo del uniforme de los conciertos (camiseta blanca de tirantes) no es capricho ni casualidad. Me lo cuenta Nacho Mur, guitarra y mandolina de La M.O.D.A, entre cerveza y cerveza. Por un lado, la camiseta es un símbolo inequívoco de currante (como lo fueron sus abuelos cuando iban al tajo de sol a sol, homenajeados en el tema “1932”), icono de su origen rural y de clase trabajadora; también es una manera de reivindicar el grupo como un bloque, sin individualismos, todos igual sobre el escenario; y, además, es la reivindicación de la música por encima de disfraces, postureos o artificios; nada que distraiga de lo esencial, de lo básico. Como el mismísimo man in black.

 


El nómada que encontró su camino

Nacho Mur es el miembro más reciente de la Maravillosa Orquesta. Se unió a la banda por una afortunada casualidad, hace unos tres años. Su único contacto hasta entonces había sido el vídeo, precisamente, de “Hijos de Johnny Cash”, con el que literalmente alucinó; más aún cuando les vio en directo («Vi una banda de amigos que tocaban algo diferente, con mucha energía, con mucha fuerza; y esas letras, la voz de David… Había algo muy de verdad ahí»). Nacho vivía ya en Madrid y andaba con su proyecto Faz (junto a Itziar Baitza); en una sesión de grabación conoció a Jacobo, batería de La M.O.D.A., quien le recomendó al resto del grupo («Un chaval que toca la guitarra y la mandolina y puede encajar muy bien»). Justo se les había ido el guitarrista, Adán, así que le propusieron unirse al equipo y, sin pensárselo, Nacho dijo que sí. No sabía aún el cambio radical que iba a suponer en su vida.

Él ya vivía de la música, desde los 16 años, cuando dejó su Palencia natal (un pueblo de 30 habitantes) y se estableció en Madrid. Una vida de nómada que le llevó por todos los recovecos del mundillo musical, armado únicamente con su guitarra, su talento innato y sus insaciables ganas de aprender. Se metió de lleno en el ambiente más rockero de Madrid, la Escuela de Música Creativa, las revistas especializadas, los pequeños locales («Libertad 8 era mi segunda casa. Ahí toqué todas las noches de los 20 a los 28 años»), curtiéndose como músico de sesión o girando con artistas consagrados (Cómplices, Manolo Tena), compartiendo talento y amistad con cantautores como Txetxu Altube y Dani Flaco, grabando, escuchando, aprendiendo (es un obsesivo estudioso de la música), produciendo a grandes nombres o a bandas emergentes (Nebraska)… Feliz de poder elegir su camino, de dedicarse a lo que más ama («Amar la música, eso es lo que significa ser músico»). Viviendo con pasión, inconformismo y curiosidad inagotable todo ese mundo ecléctico y enriquecedor, desde el folk al heavy, desde el rock clásico a los cantautores latinoamericanos, desde Paco de Lucía a Los Violadores del Verso. O desde Dylan a La M.O.D.A., con Kerouak en el bolsillo (solo que en lugar de la Ruta 66, aquí el camino fue la A-1, Burgos-Madrid. «La distancia nos acerca»).



En las tierras castellanas

Pero, a pesar de su impresionante trayectoria musical, de su habilidad con la guitarra o la mandolina, fue su origen rural, la Castilla profunda, lo que más unió a Nacho con su nuevo grupo. No te olvides de dónde vienes. «Formar parte de una banda es algo más personal, tiene que ver con la afinidad, con haber vivido una experiencia similar, con tener unos valores comunes, una misma visión de la vida…». Porque las canciones de La M.O.D.A. hablan de lo que conocen, de lo que piensan y sienten, o les preocupa, de su entorno, su gente; no se inventan historias, son de primera mano, de verdad. Y eso, para Nacho y los demás, es más importante que tocar bien la guitarra. De hecho, ni le llegaron a hacer una prueba. En su primer ensayo ya formaba parte del grupo.

Fueron aquellos los momentos previos al comienzo éxito. No habían llegado aún los festivales, las grandes salas, pero empezaban a llenar pequeños y medianos locales. Y, lo más importante, empezaban a congregar a un creciente grupo de fieles que conectaban con sus letras, con sus mensajes, con su visión de la música y de lo que debe ser un directo. El camino estaba claramente marcado, y ya nada les iba a desviar de él.

 

Himno generacional

Y parte fundamental de ese camino, de esa carretera de tan largo recorrido (el que llevan y el que les queda), son esa letras que salen del corazón y las tripas de David y que luego hacen suyas el resto de la banda. Versos nada fáciles para una generación acostumbrada a lugares comunes, a letras vacías o simplonas, a mensajes “fast food”. Las letras de La M.O.D.A. van a contracorriente, como su música. Son profundas y complicadas, reflejan inquietud y un cierto pesimismo, invitan a reflexionar, golpean conciencias dormidas, a veces con verdaderos mazazos. Justo lo que no espera un veinteañero al uso. Pero que, una vez le llega el mensaje, le empapa de arriba abajo. Y es que esas también son sus voces. «Vuelven a sonar las voces de la gente».



Por eso son tantas las canciones de La M.O.D.A. que se han convertido en verdaderos himnos, coreados como una sola voz y un solo corazón por cientos, miles de jóvenes en cada concierto, sus héroes del sábado («Dónde están los que pueden parar el mundo solo con mirar»). Un espectáculo que hay que vivir en directo; un ritual puro, mágico, que crea una conexión brutal con el público, venga de donde venga. Hay, cierto, mucha nube negra en sus letras («Píntalo todo de negro cuando busques una luz»), mucho frío invernal, mucho desasosiego, incluso astillas en los dedos, pero también hay lucha y esperanzaperdedores y perdidos, no vencidos»), redención y liberación, horizonte y mar… y, sí, optimismo. «Se puede perder la vista, pero nunca la mirada». No habría espacio aquí para resaltar tantos versos resaltables, basta con echar un vistazo a dos o tres temas esenciales para desear descubrir mucho más (Himno Nacional, La inmensidad, 1932, Héroes del sábado, Miles Davis…). O basta con asistir a uno de sus conciertos para comprender el increíble poder redentor, unificador e incluso terapéutico que tienen sus canciones. «Perder la voz cantando una canción es la mejor medicación».

 

En lo alto de la montaña rusa

Después de 9 años de carretera, de miles de kilómetros y de horas de ensayo, de cientos de conciertos (140 bolos seguidos en la última gira, Salvavida), de una carrera coherente y honesta como pocas, y autogestionada para poder mantener su libertad creativa intacta, estos marineros del destierro no han dejado ni un segundo de navegar. Ni de soñar. Y ahora que están ahí, donde querían, «en ese instante en que la montaña rusa llega arriba y no antes ni después», toca disfrutar el sueño. Porque se lo merecen, porque esa subida en la montaña rusa no ha sido fácil, porque han llegado ahí arriba sin ayuda, ignorados por los medios y por la industria, currándose cada concierto, en España y más allá (Méjico, Colombia, Estados Unidos), dándolo todo ante cuarenta personas o diez mil, sudando esas camisetas blancas día tras día tras día.



El momento es dulce, pero no hay lugar para la autocomplacencia. Quedan muchos sueños por cumplir. Ahora hay que coger aire, me dice Nacho, para seguir trabajando. Un pie delante del otro. Toca girar por Méjico, Chile, Argentina; y preparar nuevas canciones (muchas horas de ensayo en el local, en equipo; y luego cada uno por su cuenta, en casa). Nacho, además, acompaña a Quique González –uno de sus ídolos- en su nueva gira. Todo por la música. Como siempre, con pasión, honestidad y carretera. Sin olvidar, siquiera por un instante, de dónde vienen.

La gran diferencia, mirando nueve años atrás, es que ahora no están solos en este mundo. Ya no.




lunes, 12 de octubre de 2020

Rafa Nadal como metáfora






Uno, lo reconozco, tiene una especial debilidad por Rafa Nadal. No como personaje sino como persona; no como héroe lejano al que admirar sino como ser cercano al que imitar. Como ejemplo de lo que debe ser un gran deportista y, por encima de todo, como ejemplo de lo que significa ser una gran persona. Rafa Nadal es un tipo próximo, humilde, sencillo, honesto, optimista, generoso, responsable, sacrificado… enormemente sacrificado. Cuenta su tío y entrenador, Toni Nadal, que no ha entrenado ni jugado un solo día desde 2005 sin sufrir tremendos dolores; dolores que se aguanta en lo más hondo y, pasados por el tamiz de su espíritu luchador y su indestructible disciplina, transforma en fuerza ganadora.

Por eso, en esta España de corruptelas, ambiciones desmedidas, envidias, irresponsabilidad generalizada, trampas, vanidades y egoísmos rayanos en el crimen contra la humanidad, la imagen de Rafa Nadal mordiendo trofeo tras trofeo, batiendo récords sobrehumanos, se me antoja la imagen viva de lo que necesitamos para levantar esto. No me refiero al hecho de la victoria en sí, sino al esfuerzo, el sacrificio, el aguante, el pundonor, el tesón, la entrega, la autoexigencia y la ilusión que han llevado a un Rafa lesionado –para algunos incluso acabado- hace solo unos años, a ser de nuevo un Rafa ganador, el indiscutible número uno. Sin victimismos, sin atajos, sin excusas, tres vicios a los que somos tan aficionados en esta España de políticos sin oficio y con mucho beneficio, de mangantes y farsantes, de incompetentes de manual y del plató de Sálvame como paradigma del éxito social.


La lección de Rafa, la que nos lleva inculcando día a día desde hace tantos años, se puede resumir en una palabra, en un concepto, en un valor (tan en desuso hoy día): Responsabilidad. Como botón, esta anécdota de infancia incluida en el libro Lo que de verdad importa (que he tenido el privilegio de escribir para la Fundación LQDVI):

«En un mundo en el que rehuimos fácilmente cualquier culpa, Rafa se acostumbró desde muy pequeño a que la responsabilidad era siempre suya; hasta tal punto que a veces se pasó: sucedió en un torneo al que Toni acudió con Rafa y otro pupilo; observaba el juego de este último cuando un amigo le dijo que creía que su sobrino estaba jugando (y perdiendo) con la raqueta rota; Toni acudió a la pista y, efectivamente, la raqueta de Rafa estaba rota. Al terminar el juego le dijo: “¿Oye, no crees que deberías saber a estas alturas cuándo tu raqueta está rota?” Y Rafa le respondió: “Es que estaba tan acostumbrado a tener siempre yo la culpa, que pensé que el que jugaba mal era yo, no la raqueta”».

Este es Rafa Nadal. El de las gestas de Wimbledon, Australia y Roland Garros, el talismán de la Copa Davis, el de las dolorosas derrotas; el mismo que decidió compartir su sonrisa y su ilusión con los deportistas menos privilegiados en la ciudad olímpica de Pekín, en lugar de acomodarse en el hotel de cinco estrellas que correspondía a su estatus. El mismo que anima a su Selección cubierto literalmente de rojigualda o el que se parte de risa rodando un anuncio benéfico con su íntimo amigadversario Federer.



"Si dijera que ganar lo que he ganado me ha dado mucha felicidad, no sería demasiado exacto. Las satisfacciones que me ha dado mi carrera responden más a cómo he conseguido las cosas que a las cosas que he conseguido", escribe Rafa Nadal en el prólogo del libro Lo que de verdad importa. "Y yo creo que esto es extrapolable a todos los ámbitos de la vida. Nuestros logros, nuestros objetivos conseguidos deberían responder a unos valores que parece que tenemos olvidados o que nos gusta olvidar. Si he conseguido lo que he conseguido a nivel profesional, ha sido por poner en práctica toda una serie de principios que no están justamente valorados: el trabajo, el esfuerzo, la superación, el respeto, la capacidad de aguante y la ilusión". Valores universales que todos deberíamos practicar para entender lo que de verdad nos convierte en seres humanos, en seres sociales, y que son los únicos que deberíamos admirar. Porque, como afirma Rafa, son los únicos que nos pueden proporcionar la felicidad. La verdadera felicidad, que no es la del dinero fácil, ni la del éxito superficial, ni la del poder a cualquier precio.

Aún estamos a tiempo, creo. De dar la vuelta a esta sociedad sin valores, sin principios, sin metas para recuperar la esencia de lo que deberíamos ser. Esfuerzo, generosidad, sacrificio, ilusión, responsabilidad… Los valores están ahí, sólo tenemos que volver a asumirlos como propios. Nos lo recuerda Rafa Nadal como sólo él sabe hacerlo: con un mordisco y una sonrisa. Esa sonrisa de Rafa, esa alegría innata, que es una carga inagotable de energía positiva que nos llena el depósito de optimismo cada vez que aparece en los medios. Muerda o no muerda trofeo.

¡Gracias, Rafa!



jueves, 24 de septiembre de 2020

Jim Henson: el genio con alma de trapo

El mundo del espectáculo está repleto de pioneros que descubrieron y marcaron un camino hasta entonces desconocido. Inventos prodigiosos, avances tecnológicos, hallazgos científicos, innovaciones que maravillan a millones de espectadores cada vez más difíciles de sorprender. Por eso, cuando la sorprendente innovación consiste en un simple trapo con ojos, el mérito del genio creador es mucho mayor. Hay truco, claro. Y no es otro que dar vida a ese trapo. Es exactamente a lo que dedicó su vida Jim Henson.


Cuando en 1969 asomó en los televisores de los hogares norteamericanos una rana de felpa con ojos saltones, boca contorsionista y labia inagotable presentando el programa Sesame Street (en España Barrio Sésamo) el mundo descubrió a un nuevo genio. Pero la historia de la rana Gustavo (Kermit, el original) se remonta 14 años atrás; y la de su creador, unos cuantos más. James Maury Henson, Jim para los amigos, descubrió que quería dedicarse al mundo del espectáculo cuando era apenas un chaval, exactamente el día que llegó a su hogar la primera televisión (“el mayor acontecimiento de mi adolescencia”); en esa pantalla, Jim conoció al gran marionetista Burr Tillstrom y descubrió también su amor por los muñecos de trapo y voz ventrílocua.

En 1954, aún en el colegio, comenzó a trabajar en una pequeña emisora de TV creando un show con marionetas para la programación matutina de los sábados. Siguió desarrollando su artística afición en la universidad, en Washington, donde descubrió las posibilidades de los diferentes materiales textiles y donde una emisora local le ofreció la oportunidad que decidiría el resto de su vida: crear su propio show de marionetas en directo. El 9 de mayo de 1955 se emitió el primer programa de Sam and Friends; ese día, los telespectadores de Washington D.C. tuvieron el honor de conocer a la rana Gustavo (en blanco y negro, en un programa de cinco minutos y en una versión muy básica, pero llena de vida; y de humor). El show se prolongó durante seis años y fue el germen de lo que algún tiempo después serían los Muppets. Y también el germen de la familia Henson, ya que una de las marionetistas, Jane, se convertiría en la esposa de Jim y madre de sus cinco hijos.



Henson pensaba que las marionetas necesitaban tener “vida y sensibilidad” para ser creíbles en televisión. Así que comenzó a diseñar personajes utilizando materiales flexibles que permitieran mostrar diferentes emociones, algo imposible para una marioneta rígida. Además, en lugar de mover los brazos con cuerdas desde arriba, utilizó varillas para manipularlos desde abajo, enriqueciendo sus movimientos. Por último, les dio voz y personalidad. Lo que logró fue crear unas marionetas llenas de vida como no se habían visto antes; y las completó con unos diálogos ingeniosos y divertidos que convirtieron Sam and Friends en un éxito durante seis años.

Una vez graduado, el joven Jim anduvo dubitativo sobre su futuro y el de sus criaturas de felpa. Su sueño era realizar un show de “entretenimiento para todo el mundo” con sus Muppets. Mientras tanto, su mujer abandonó las marionetas para criar a sus hijos y Henson se asoció con Frank Oz, otro genio apasionado por los títeres que sería su amigo, cómplice y colaborador durante 27 años. En 1969 Jim Henson cumplió su sueño: entró a formar parte de un visionario programa infantil de televisión, Sesame Street, lleno de estrafalarios personajes de trapo (El Monstruo de las Galletas, Bert y Ernie, el Pájaro Gigante) a los que se sumó Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo.

Poco a poco, los personajes creados por Jim Henson cobraron mayor protagonismo en el “barrio”; pero la idea de su creador era concederles su propio programa. Un show exclusivo para los Muppets. Y orientado no sólo al público infantil, sino también al adulto. El proyecto fue una realidad en 1976, con producción británica. A la Rana Gustavo se le fueron uniendo personajes memorables y variopintos como la inimitable y oronda Miss Peggy, el gran Gonzo, el presunto chistoso Fozzie, el descerebrado Animal, el ininteligible Chef Sueco, la rockera Electric Mayhem (banda del programa) y los entrañables y sarcásticos ancianos Slater y Waldorf, siempre dispuestos a desprestigiar el show desde su palco. El resultado fue un programa de variedades de lo más surrealista y disparatado, que conquistó a la audiencia durante cinco temporadas (120 programas y 235 millones de espectadores en 100 países) y convirtió a sus personajes en auténticos referentes culturales de varias generaciones. Por el plató de los Muppets cantaron, bailaron y rieron las más relumbrantes estrellas del momento, en perfecta complicidad con la extravagante troupe: Elton John, Nureyev, Peter Sellers, Johnny Cash, John Denver, Julie Andrews, Bob Hope, Liza Minelli, Gene Kelly, Candice Bergen, Peter Ustinov… y muchos, muchos más. Todos querían ser invitados al show y dejarse llevar por las disparatadas ocurrencias de sus personajes (las estrellas femeninas, además, debían soportar los incombustibles celos de Miss Peggy).

La familia Muppet creció con los años (en cantidad y en disparate) y perduró en la memoria colectiva gracias al talento, el ingenio y la iniciativa de Jim Henson (y sus colaboradores, Frank Oz a la cabeza). Luego llegaría el salto a la gran pantalla, con obras memorables dirigidas por Henson y, tras su muerte, por su hijo Brian; y otros proyectos paralelos a los Muppets, como las películas El Cristal Oscuro y Dentro del Laberinto o la serie de televisión Fraguel Rock, digna heredera del humor y el colorido musical de sus “mayores”.


James Maury Henson murió en la mañana del 16 de mayo de 1990, a los 53 años. A su funeral, en la Catedral de San Juan el Divino, en Nueva York, nadie acudió vestido de negro; una banda de Nueva Orleans, The Dirty Dozen Brass Band, interpretó When The Saints Go Marching In y su amigo Harry Belafonte entonó emocionado Turn The World Around (“Dale la vuelta al mundo”); tras dos horas y media de ceremonia, seis de sus entrañables hijos de trapo le cantaron un popurrí de sus canciones favoritas; conforme avanzaba la música, se iban uniendo al coro inicial los demás Muppets, portados por los compungidos empleados; finalmente, sobre el escenario quedaron todos y cada uno de los personajes creados por Henson, llorando la pérdida de quien les había dado no sólo la vida, sino también su propia vida.


domingo, 13 de septiembre de 2020

Maestros de cine. Un homenaje a los buenos profesores de siempre.



Aprovechando que estos días estamos terminando el curso en toda España, vaya ahora mi rendido homenaje a todos los profesionales de la enseñanza, desde los educadores infantiles a los catedráticos, que en estos tiempos de pandemia e incertidumbre también tienen lo suyo. Un homenaje merecido, desde luego, por lo que los maestros —los buenos maestros— representan para la sociedad. Por lo que hicieron por nosotros, y por lo que ahora hacen por nuestros hijos, en unas condiciones que desde luego no son las ideales. Aunque casi nunca lo son. Me llegan también los propios recuerdos, envueltos en nostalgia, de aquellos profesores que nos dejaron huella en nuestra lejana adolescencia. Buenos maestros que, además de saber, sabían enseñar. Y sabían inspirar. Algunos de ellos en clase; otros, en el cine.


El tema de la educación (en el colegio, instituto o high school; como drama, comedia o musical) es un género recurrente en la historia del cine. No todas las películas son buenas, claro; ni siquiera reseñables. Pero hay un selecto puñado que, además de sacar sobresaliente en Cine, han llegado a marcar a más de una generación de espectadores que en ellas vieron reflejadas sus propias experiencias escolares y vitales. Las buenas, claro. Decía el autor –y célebre inspirador- William A. Ward, “El profesor mediocre dice. El profesor bueno explica. El profesor superior demuestra. El profesor excelente inspira”. Pues a eso vamos, a recordar a unos cuantos de esos excelentes maestros de cine, inolvidables, imprescindibles, inspiradores; que no vendría mal, por cierto, recuperar en estos tiempos aciagos para la educación (en su sentido amplio).

Uno de los más entrañables, queridos y recordados es el carismático Mister Chips, Chipping para los alumnos y colegas de Brookfield. Un personaje que es el paradigma de la vocación abnegada, del amor sin fisuras a la enseñanza, del maestro que se debe a sus alumnos y a ellos se entrega durante 58 años, forjando hombres a partir de niños. Sin gritos ni autoritarismo, a pesar de lo que de él se espera (“Hace falta carácter y valor. Si no sabe ejercer la autoridad, creo que, como todo joven, debería preguntarse seriamente si quizá no habrá equivocado su vocación”); sino desde el ejemplo, desde la humildad y la bondad, desde la inquebrantable rectitud moral.


A lo largo de seis décadas, Mr Chips ha ido dejando una profunda huella en la institución y en todos cuantos ha pasado por ella; primero es blanco de burlas, debido a su timidez y tono pausado, pero pronto sus métodos de enseñanza y su personalidad se ganan el respeto merecido. Es el amigo que nos guiña un ojo ante una falta leve, pero también es implacable si la falta compromete a los demás. Comparte su vida con los alumnos, con ellos vive guerras, revoluciones, conflictos emocionales, alegrías y duelos (la muerte repentina de su esposa; y la de numerosos pupilos, a causa de la guerra), pero Chipping se debe a su trabajo, a su pasión, que sigue ejerciendo hasta el final, cuando ya la soledad, la melancolía y la vejez han ido ganando terreno y la vida se le escapa.

Una obra inspiradora, sin duda, Adiós Mister Chips y probablemente la película que inauguró el género en 1939, junto con Forja de hombres, un año antes. Aunque en este caso el buen maestro no es un profesor, sino un sacerdote, el padre Flanagan; y no forja hombres en una escuela convencional, sino en un hospicio que acoge a niños sin hogar y muchachos conflictivos que malviven en las calles. Uno de los más memorables personajes de Spencer Tracy, basado en el fundador de La Ciudad de los Muchachos, que resulta toda una lección de tolerancia, comprensión y buenismo bien entendido (“No hay ningún chico malo” es su lema).

Conflictivos son también los alumnos de Semilla de Maldad, que además de inmortalizar el Rock Around The Clock de Bill Halley, y con él dar fecha de nacimiento oficial al Rock and Roll (25 de marzo de 1955), fue también el primer papel de peso de Sidney Poitier y una de esas películas imprescindibles para tratar de entender a la juventud de la posguerra. Glenn Ford interpreta a un veterano de guerra, Richard Dadier, que comienza una nueva vida como profesor de instituto en un barrio conflictivo de una ciudad cualquiera; trata desesperadamente de conectar con sus alumnos, una variada fauna de marginados, rebeldes sin causa y potenciales delincuentes, liderados por Gregory Miller (Poitier). El profesor choca de lleno no sólo contra la indiferencia de los alumnos, los conflictos raciales y la violencia, sino también con el desinterés de los otros profesores y su propia soledad. Pero poco a poco, con paciencia, con tesón, con astucia, se va ganando el respeto de los jóvenes, que en el fondo andan perdidos tratando de hallar una luz que les guíe. Dadier sólo pretende que esos chicos que "están a su cargo", muestren y sientan un atisbo de ganas por aprender, hacer de ellos hombres y mujeres de provecho. Sólo eso.


Doce años después, por una de esas carambolas de los castings (o no), el que fuera alumno marginal (Sidney Poitier) se transforma en profesor novato de instituto conflictivo en Rebelión en las aulas (1967), ahora en un suburbio londinense en plena revolución pop. Mark Thackeray se da cuenta de que sus estudiantes están bastante más necesitados de lecciones de vida que de lecciones académicas; de comprensión que de mano dura (la violencia ya la tienen en casa); de empatía que de disciplina. Al final, el respeto y el sentido común se imponen y alumnos y profesor reciben su premio: ellos, un sentido a su vida; Thackeray, una emotiva fiesta de despedida (quizá demasiado idílica para ser real) en la que sus jóvenes descarriados le muestran su agradecimiento y su cariño sin fisuras (el título original es To Sir, With Love).

No precisamente marginados son los estudiantes de la elitista y conservadora Welton, cuyos valores fundacionales “tradición, honor, disciplina, grandeza” no han sido jamás cuestionados. Hasta que asoma por la puerta el profesor Keating (Robin Williams), cuyo amor por la poesía, su rechazo a los convencionalismos y sus inspiradores métodos de enseñanza logran impactar de tal modo en sus alumnos que cambia radicalmente no sólo su estancia en el colegio sino, sobre todo, sus vidas. Trágicamente para algunos. Los jóvenes adoptan la pasión por la poesía de su maestro y su filosofía vital (“carpe diem”, aprovecha el momento); descubren en su interior recovecos cuya existencia ni siquiera sospechaban (valentía, talento, compromiso, rebeldía… ¡Nuwanda!); viven una aventura transgresora con la plena intensidad de su juventud; y, por encima de todo, experimentan la libertad, frente a padres, profesores y sociedad. Ya lo dijo San Agustín: “Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan”.

Para algunos, El club de los poetas muertos puede resultar una película tramposa y su liberal y liberador maestro un cepo para mentes cándidas. Tal vez. Pero en realidad, lo que Keating pretende no es otra cosa que mostrar la grandeza de la Poesía como un arte lleno de vida, no de letras superpuestas; él está ahí para inspirar, no para reprimir; para invitar a sus discípulos a vivir sus sueños, a no desechar sus ilusiones antes de tiempo. Dentro de una reglas, claro (“hay que usar la razón y tener la capacidad de anticiparse a las consecuencias”, les advierte); líneas que los alumnos, impulsados por su propia juventud (resorte indomable), deciden saltarse por su cuenta y riesgo. Keating es revolucionario porque es librepensador, porque va más allá, porque crea discípulos donde antes sólo había estudiantes, porque dice a los chicos “Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color, pues pronto se marchitarán. La medicina, el derecho, la ingeniería... son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos”. Y eso, en Welton, se castiga severamente.


El club de los poetas muertos es una de esas películas que marcó a toda una generación e inspiró a millones de imberbes poetas que aún no sabían que lo eran. Otro buen maestro que hizo lo propio, pero desde las artes marciales, fue el sabio señor Migayi de Karate Kid. Una película floja, quizás, pero nos enseñó una valiosa lección: que la integridad, el honor, el esfuerzo, el valor, la nobleza forjan el verdadero carácter; y que ser buena persona es más importante que alcanzar el éxito. También nos enseñó que los adolescentes han de aprender cosas que a veces no entienden hasta pasado un tiempo (como “pulir cera, dar cera”). Más emotiva y memorable es Profesor Holland, en la que un brillante pianista y compositor ha de ganarse el pan impartiendo clases de música en un colegio de Portland. Lo que logra, más allá de enseñar a leer una partitura, es hacer de la vida de sus alumnos algo extraordinario; y la suya también (“Enseñar es aprender dos veces”). A lo largo de 30 años de entrega total a sus discípulos, a su familia (tiene un hijo sordo de nacimiento) y a su sueño (componer una sinfonía), el maestro descubre que su ‘obra’ más importante (el título original es Mr Holland’s Opus, ‘La obra de Mr. Holland’) en realidad ha sido más humanista que musical, más vital que académica y, desde luego, más coral que instrumental.

Lo mismo que la obra del “vigilante en paro, músico fracasado” Clément Mathieu, el bonachón y sensible profesor de Los chicos del coro, que se enfrenta a los métodos represores del director de un lúgubre internado (“Acción-reacción. Si hoy no es culpable lo habría sido mañana”) y le demuestra, con hechos (un maravilloso coro de angelitos), que la prepotencia, la crueldad y el castigo no son buenos métodos educativos; y que la música es un medio excepcional para extraer lo mejor de las personas, e incluso trasformar el mundo.

Con perseverancia y con amor todo se puede. Como demuestra también Miss Stubbs en la reciente –y magnífica- An Education, cuando recupera a su alumna favorita, Jenny, tras haber estado a punto de desperdiciar su vida por culpa de un enamoramiento imposible, que la arrastraba hacia el desastre y la alejaba de su sueño (la Universidad de Oxford). Nadie dijo que la adolescencia fuera fácil. Por eso es importante contar con una tabla de salvación en el momento preciso, una mano tendida que en realidad siempre ha estado ahí: “—Señorita Stubbs, necesito su ayuda. —No sabes cuánto esperaba que dijeras eso”.

Vocación admirable y dedicación inagotable la de todos los maestros —reales o ficticios, nuestros o de nuestros hijos— que merecen, cuando menos, un infinito agradecimiento. Y acaso también encaramarnos a nuestros pupitres y reconocer, ahí erguidos y en emocionado silencio, todo lo bueno que aprendimos de ellos. Especialmente fuera de la pizarra.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

El hombre que vendió la torre Eiffel… dos veces







El mundo está lleno de inocentes. Que se lo digan si no al conde checo Victor Lustig y a su compinche norteamericano Dan Collins, de profesión estafadores. En 1925 Lustig se hacía pasar por un alto funcionario francés del Ministerio de conservación de edificios públicos; en su despacho parisiense había reunido a seis importantes hombres de negocios para explicarles que la Torre Eiffel debía ser desmantelada, debido a su altísimo coste de mantenimiento. Siete mil toneladas de hierro de la mejor calidad estaban a disposición de quien realizara la mejor oferta de compra.

A la mañana siguiente, el acaudalado André Poisson recibió la grata noticia de que su oferta había resultado la ganadora. Una semana después, recaudado el dinero, Poisson se reunió con el conde Lustig y su “secretario” en el Hotel de Crillon, les entregó el cheque certificado y una cartera repleta de billetes, y se despidió feliz con el documento oficial de venta en sus manos. Sólo una hora más tarde, Lustig y Collins habían cobrado su cheque y se instalaban en su compartimento del expreso de Viena, rumbo a una vida de lujo. Durante un mes comprobaron que nada se mencionaba en la prensa sobre su “faena”; Poisson estaba demasiado avergonzado para denunciar la estafa. Confiados, Lustig y Collins repitieron la hazaña… solo que esta vez la víctima sí acudió a la Policía francesa. Y aunque los astutos estafadores jamás fueron capturados, no pudieron volver a vender la Torre Eiffel una tercera vez.


Firmado William Shakespeare... o no

Siempre ha habido falsificadores, pero seguramente ninguno tan joven como William Henry Ireland. Hijo de un grabador de libros londinense, Ireland se enamoró de Shakespeare y de su obra a los 13 años, en una visita a Stratford Upon Avon, cuna del dramaturgo inglés. Su particular homenaje se tradujo en una serie de pequeñas falsificaciones, utilizando papel de la época isabelina y tinta envejecida artificialmente. Primero fue la firma. Luego, un manuscrito “original” del Rey Lear y algunas escenas de Hamlet, imitando la caligrafía shakesperiana. Expertos y críticos certificaron “sin ninguna duda” la autenticidad de los documentos, lo que dio alas al temerario joven para intentar el más difícil todavía: crear una obra inédita de Shakespeare, desconocida, totalmente original y escrita por William… Ireland. 

El intrépido falsificador tenía 17 años cuando eligió una obra al azar, contó el número de versos (2.800) y empezó a escribir. En dos meses estaba finalizada. La tinta, el papel y la caligrafía otorgaron credibilidad al “hallazgo”, y aunque los expertos pusieron en tela de juicio la calidad de la obra, no dudaron de su autoría. El 1 de abril de 1796 (Día de los Inocentes) se estrenó en el teatro Drury Lane la obra recientemente descubierta Vortigern y Rowena, de William Shakespeare. Esa misma noche, con el teatro lleno, el fraude fue descubierto por el actor principal ("Y cuando esta solemne burla haya concluido", recitó) y William Ireland confesó la verdad. A lo largo de su vida escribió numerosas novelas y poesías, pero sólo se recuerdan sus textos apócrifos de Shakespeare, cuyos manuscritos se conservan en el Museo Británico.


El arte de la venganza

El caso del pintor Van Meegeren fue a un tiempo falsificación y venganza. Denostado por el renombrado crítico de arte Abraham Bedius, que había destruido su incipiente carrera años atrás, decidió demostrar su habilidad artística falsificando obras de Vermeer. Fue tal su nivel de perfección, su delicadeza y composición del cuadro, su lograda textura envejecida, que algunas de ellas se llegaron a admirar, por ejemplo, en el Museo Boymans de Rotterdam. Otras fueron vendidas a prestigiosos coleccionistas y museos por verdaderas fortunas. En 1945, una de sus falsificaciones fue confiscada de la colección privada del dirigente nazi Goering; siguiendo su rastro, la policía llegó hasta Meegeren, quien fue acusado de colaborar con los alemanes. Ante la amenaza de ser ejecutado, finalmente confesó: “¡Idiotas, no vendí ningún Vermeer a los alemanes, sólo un Van Meegeren! No colaboré con ellos, los engañé”. Por supuesto, esta declaración fue suficiente para destruir la reputación de Bedius y los demás expertos, que era, en realidad, lo que siempre había perseguido Meegeren. El auténtico arte de la venganza.


La inocentada letal de Jonathan Swift

Corría el año 1708 y al escritor irlandés Jonathan Swift le quedaban aún 18 años para escribir esa feroz sátira de la sociedad y la condición humana titulada Los Viajes de Gulliver. Sin embargo, aquel año creó otro personaje, no tan inmortal como Gulliver pero sí mucho más mortífero. Su nombre, Isaac Bickerstaff. El protagonista de una venganza real que, curiosamente (o no), se consumó la víspera del Día de los Inocentes. El adversario era un conocido astrólogo, John Partridge, que había cometido el error de mofarse en su “Merlinus Almanac de la Iglesia de Inglaterra, algo que no gustó en absoluto al clérigo Jonathan Swift. Éste creó entonces un personaje falso, Isaac Bickerstaff, a través del cual publicó una curiosa predicción: “…yo pronostico solemnemente que ese vulgar escritor de almanaques llamado Partridge, cuyas predicciones son siempre vagas, imprecisas y erróneas, morirá exactamente el 29 de marzo, por lo que le recomiendo que ponga sus asuntos en orden”.

El bulo corrió como la pólvora entre la población londinense; Partridge trató de contrarrestar sus efectos con una carta en la que aseguraba que el tal Bickerstaff no era más que un astrólogo de poca monta (lo que, en realidad, dio más credibilidad a la existencia del personaje). Para completar la farsa, el 30 de marzo (víspera del Día de los Inocentes en el calendario anglosajón) Swift publicó una carta anónima en la que relataba que Partridge había fallecido en su residencia la madrugada del día anterior, tras cuatro días de dolorosa enfermedad. La carta fue reproducida por otros escritores y periódicos, otorgándole absoluta veracidad. Por supuesto, John Partridge se apresuró a desmentir su muerte, pero en vano. Su nombre fue retirado del registro oficial y todo el mundo le consideró muerto.

Desde ese momento, la carrera del famoso astrólogo cayó en desgracia y dejó de publicar su almanaque. El bulo continuó durante todo un año. La última aparición de Bickerstaff fue en 1709, a través de una carta titulada “Una reivindicación de Isaac Bickerstaff”, en la que probaba la muerte de Partridge con razones como que era “imposible que ningún hombre vivo pudiera haber escrito tanta bazofia“,  o que su esposa había admitido que “no tenía ni vida ni alma”. Partridge murió finalmente en 1715, tratando aún de explicar que estaba vivo. Una inocentada, la de Swift, de lo más letal, sin duda.