domingo, 20 de octubre de 2013

Hablando de estafas, engaños y fakes


Los españoles acabamos de asombrarnos con las estrafalarias peripecias de un jovencito imberbe y espabilado que se hacía pasar por el tipo más influyente del reino y que ha resultado ser poco más que un vulgar estafador, de corto recorrido ("el pequeño Nicolás" Gómez Iglesias).  No es nada nuevo: ya nos lo contó Spielberg en “Atrápame si puedes”. Pero mucho antes de la era del cine, o de los fakes de internet (tan prolíficos), se dieron otros sonados casos de millonarias estafas o asombrosos engaños que, con toda seguridad, hoy también habrían sido trending topic.


El hombre que vendió la torre Eiffel… dos veces
El mundo está lleno de inocentes. Que se lo digan si no al conde checo Victor Lustig y a su compinche norteamericano Dan Collins, de profesión estafadores. En 1925 Lustig se hacía pasar por un alto funcionario francés del Ministerio de conservación de edificios públicos; en su despacho parisiense había reunido a seis importantes hombres de negocios para explicarles que la Torre Eiffel debía ser desmantelada, debido a su altísimo coste de mantenimiento. Siete mil toneladas de hierro de la mejor calidad estaban a disposición de quien realizara la mejor oferta de compra.
    A la mañana siguiente, el acaudalado André Poisson recibió la grata noticia de que su oferta había resultado la ganadora. Una semana después, recaudado el dinero, Poisson se reunió con el conde Lustig y su “secretario” en el Hotel de Crillon, les entregó el cheque certificado y una cartera repleta de billetes, y se despidió feliz con el documento oficial de venta en sus manos. Sólo una hora más tarde, Lustig y Collins habían cobrado su cheque y se instalaban en su compartimento del expreso de Viena, rumbo a una vida de lujo. Durante un mes comprobaron que nada se mencionaba en la prensa sobre su “faena”; Poisson estaba demasiado avergonzado para denunciar la estafa. Confiados, Lustig y Collins repitieron la hazaña… solo que esta vez la víctima sí acudió a la Policía francesa. Y aunque los astutos estafadores jamás fueron capturados, no pudieron volver a vender la Torre Eiffel una tercera vez.
Falsificadores de genios
Siempre ha habido falsificadores, pero seguramente ninguno tan joven como William Henry Ireland. Hijo de un grabador de libros londinense, Ireland se enamoró de Shakespeare y de su obra a los 13 años, en una visita a Stratford Upon Avon, cuna del dramaturgo inglés. Su particular homenaje se tradujo en una serie de pequeñas falsificaciones, utilizando papel de la época isabelina y tinta envejecida artificialmente. Primero fue la firma. Luego, un manuscrito “original” del Rey Lear y algunas escenas de Hamlet, imitando la caligrafía shakesperiana. Expertos y críticos certificaron “sin ninguna duda” la autenticidad de los documentos, lo que dio alas al temerario joven para intentar el más difícil todavía: crear una obra inédita de Shakespeare, desconocida, totalmente original y escrita por William… Ireland. El intrépido falsificador tenía 17 años cuando eligió una obra al azar, contó el número de versos (2.800) y empezó a escribir. En dos meses estaba finalizada. La tinta, el papel y la caligrafía otorgaron credibilidad al “hallazgo”, y aunque los expertos pusieron en tela de juicio la calidad de la obra, no dudaron de su autoría. El 1 de abril de 1796 (Día de los Inocentes) se estrenó en el teatro Drury Lane la obra recientemente descubierta Vortigern y Rowena, de William Shakespeare. Esa misma noche, con el teatro lleno, el fraude fue descubierto por el actor principal ("Y cuando esta solemne burla haya concluido", recitó) y William Ireland confesó la verdad. A lo largo de su vida escribió numerosas novelas y poesías, pero sólo se recuerdan sus textos apócrifos de Shakespeare, cuyos manuscritos se conservan en el Museo Británico.
El caso del pintor Van Meegeren fue a un tiempo falsificación y venganza. Denostado por el renombrado crítico de arte Abraham Bedius, que había destruido su incipiente carrera años atrás, decidió demostrar su habilidad artística falsificando obras de Vermeer. Fue tal su nivel de perfección, su delicadeza y composición del cuadro, su lograda textura envejecida, que algunas de ellas se llegaron a admirar, por ejemplo, en el Museo Boymans de Rotterdam. Otras fueron vendidas a prestigiosos coleccionistas y museos por verdaderas fortunas. En 1945, una de sus falsificaciones fue confiscada de la colección privada del dirigente nazi Goering; siguiendo su rastro, la policía llegó hasta Meegeren, quien fue acusado de colaborar con los alemanes. Ante la amenaza de ser ejecutado, finalmente confesó: “¡Idiotas, no vendí ningún Vermeer a los alemanes, sólo un Van Meegeren! No colaboré con ellos, los engañé”. Por supuesto, esta declaración fue suficiente para destruir la reputación de Bedius y los demás expertos, que era, en realidad, lo que siempre había perseguido Meegeren. El auténtico arte de la venganza.
La venganza del creador de Gulliver
Corría el año 1708 y al escritor irlandés Jonathan Swift le quedaban aún 18 años para escribir esa feroz sátira de la sociedad y la condición humana titulada Los Viajes de Gulliver. Sin embargo, aquel año creó otro personaje, no tan inmortal como Gulliver pero sí mucho más mortífero. Su nombre, Isaac Bickerstaff. El protagonista de una venganza real que, curiosamente (o no), se consumó la víspera del Día de los Inocentes. El adversario era un conocido astrólogo, John Partridge, que había cometido el error de mofarse en su “Merlinus Almanac de la Iglesia de Inglaterra, algo que no gustó en absoluto al clérigo Jonathan Swift. Éste creó entonces un personaje falso, Isaac Bickerstaff, a través del cual publicó una curiosa predicción: “…yo pronostico solemnemente que ese vulgar escritor de almanaques llamado Partridge, cuyas predicciones son siempre vagas, imprecisas y erróneas, morirá exactamente el 29 de marzo, por lo que le recomiendo que ponga sus asuntos en orden”.
El bulo corrió como la pólvora entre la población londinense; Partridge trató de contrarrestar sus efectos con una carta en la que aseguraba que el tal Bickerstaff no era más que un astrólogo de poca monta (lo que, en realidad, dio más credibilidad a la existencia del personaje). Para completar la farsa, el 30 de marzo (víspera del Día de los Inocentes en el calendario anglosajón) Swift publicó una carta anónima en la que relataba que Partridge había fallecido en su residencia la madrugada del día anterior, tras cuatro días de dolorosa enfermedad. La carta fue reproducida por otros escritores y periódicos, otorgándole absoluta veracidad. Por supuesto, John Partridge se apresuró a desmentir su muerte, pero en vano. Su nombre fue retirado del registro oficial y todo el mundo le consideró muerto.
Desde ese momento, la carrera del famoso astrólogo cayó en desgracia y dejó de publicar su almanaque. El bulo continuó durante todo un año. La última aparición de Bickerstaff fue en 1709, a través de una carta titulada “Una reivindicación de Isaac Bickerstaff”, en la que probaba la muerte de Partridge con razones como que era “imposible que ningún hombre vivo pudiera haber escrito tanta bazofia“,  o que su esposa había admitido que “no tenía ni vida ni alma”. Partridge murió finalmente en 1715, tratando aún de explicar que estaba vivo. Una inocentada, la de Swift, de lo más letal, sin duda.



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