El mundo está lleno de historias interesantes, con fondo, con sustancia. Vidas extraordinarias y valiosas que, simplemente, merecen ser contadas. Cine, música, arte, personajes famosos o héroes anónimos. Siempre hay una historia que contar. Siempre hay una vida que compartir. Sígueme en twitter @PepeAAB1
miércoles, 20 de febrero de 2019
Atticus Finch. Es pecado matar un ruiseñor.
Hace casi 60 años se publicó la que probablemente
es la obra favorita de la literatura norteamericana del siglo XX, y de gran
parte del mundo. Ese día nació también el héroe por excelencia, el personaje
más querido y admirado de América, el arquetipo de padre, abogado, vecino,
amigo y ser humano. El hombre que todos (los que aún creemos en ciertos
valores) quisiéramos llegar a ser.
Cuando
la escritora sureña Harper Lee escribió Matar
un Ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960)
tal vez sólo quería retratar la vida aparentemente tranquila (pero como un
volcán a punto de estallar, en realidad) de su Alabama natal: su familia, sus
vecinos, sus juegos de infancia, sus amigos, su padre (en quien se basó para
crear a Atticus); quizá pretendía únicamente aleccionar a la convulsa e
hipócrita sociedad norteamericana de los años 60, recordando aquel incidente
racial que ocurrió cerca de su ciudad cuando ella sólo tenía 10 años, en 1936;
puede que sólo quisiera retratar la pérdida de la inocencia (¿su inocencia?),
vista a través de los ojos limpios de una niña, Scout; es posible, incluso, que
nunca pensara que su novela fuera a llegar más allá de los campos de algodón y
las maltrechas cabañas de los negros del profundo Sur. Pero el caso es que su
novela se convirtió, casi instantáneamente, en un verdadero clásico americano y
universal, que ganó el Premio Pulitzer, que alcanzó los 30 millones de copias
vendidas en su debut y aún se siguen vendiendo un millón de ejemplares cada año
en todo
Pero, por encima de todo, lo que
logró Harper Lee fue crear al auténtico héroe, cercano, humano, real, al héroe
que lo es sin pretensiones de serlo. “Atticus Finch no hacía nada que pudiera
despertar la admiración de nadie: no cazaba, no jugaba al poker, no pescaba, no
bebía, no fumaba, se sentaba y leía”. Un hombre que piensa que “el verdadero
arrojo es cuando sabes que tienes todas las de perder, pero emprendes la acción
y la llevas a cabo a pesar de todo”. Un tipo corriente que es un padre y ser
humano excepcional, por lo valiente, sereno, justo, comprensivo, honesto. Un
ejemplo de integridad en estos tiempos (y aquéllos) de corruptelas, odios y
violencia.
Dirigida con mano maestra por Robert
Para el recuerdo, dos escenas
absolutamente imprescindibles en la historia del Cine. La primera, una
auténtica lección de coraje sin apariencia de serlo: Atticus sentado frente a
la puerta de la cárcel, vigilante, esperando a la turba que no tarda en llegar,
engañosamente tranquila (armada de rifles y odio a partes iguales). La amenaza
velada (“Ya sabe usted qué queremos”) frente a la serenidad. Y los niños,
curiosos, preocupados, que aparecen en la escena y se colocan entre los
linchadores y el defensor. Y Scout que mira a los ojos de sus vecinos, y les
llama por sus nombres (“Hola, señor Cunningham, ¿cómo va su pleito, marcha bien?
¿No se acuerda de mí, señor Cunningham?”) y les recuerda lo que Atticus ha
hecho por ellos; y les desarma con su inocencia (la inocencia de un ruiseñor) y
vence su odio con la más contundente ternura. “Es posible pararle los pies a una turba, simplemente porque continúan
siendo seres humanos”.
La segunda, una auténtica lección
de dignidad: durante ese juicio imposible de ganar, tras el veredicto de
culpabilidad, Atticus recoge sus papeles, cabizbajo, y el público negro,
desterrado en la parte de arriba de la sala, se levanta, lentamente, en señal
de infinito respeto hacia el defensor de su causa, de la de todos ellos
(“Señorita Jean Louise, levántese, su padre se marcha”). Y en la mirada de ese
anciano negro, resignada y dolorosa, la dignidad que nunca se dejará vencer. Lo mismo
que Atticus: “Quería que descubrieses
lo que es la verdadera bravura, en vez de creer que la bravura la encarna un
hombre con un arma en la mano. Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla
está perdida de antemano, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final
pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”.
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domingo, 10 de febrero de 2019
El viajero de las piernas rodantes
“La vida es corta pero el día es largo”
J. W. GOETHE
El día
se puede hacer muy largo, descarnadamente largo cuando eres prisionero de una
silla de ruedas. O puede hacerse corto, muy corto, casi como una pausa, si decides
que esas ruedas no son tus cadenas sino tus piernas liberadoras, y juegas al
tenis, y vibras en conciertos de rock, y estudias Periodismo, y escribes poesía;
e incluso vives tu propia road movie,
rodeando el cálido y azul Mediterráneo en una furgoneta con la única compañía
de tu música, tus pensamientos —tus miedos— y tu silla de ruedas.
Gabriel es de los que decidieron hacer su día corto. De los que, como anima Goethe, aprovechan el momento, el
presente, la infinitud de cada día único e irrepetible —porque en realidad, y
aunque lo ignoremos, cotidianamente estar vivo es un regalo—. O al menos pone todo su empeño, su energía y
su alma en intentarlo. Porque no siempre es fácil. Y no siempre lo consigue.
Gabriel Villalonga era un
adolescente muy vital, «muy físico» (como él mismo se define), siempre
practicando deporte, siempre en acción. Tenía 17 años cuando cayó escalando una
montaña en Mallorca. Una mañana radiante, «al igual que mi espíritu de
entonces», recuerda. Una mañana absurda que torció su vida de una manera tan brutal
como irreversible. En un instante. Un día antes, todos sus sueños de futuro
estaban intactos y refulgentes, esperándole con los brazos abiertos. Tras la
caída todo se apagó. Literalmente. Catorce días en la UVI, debatiéndose entre
la vida y la muerte. De hecho, los médicos aseguraban que sería un milagro que
viviera. Pero Gabriel quería vivir; recuerda su “muerte” con claridad: «un
estado maravilloso de profunda, paz, unidad y consciencia; nada de dolor o
vacío; una voz me preguntó si quería volver y yo no lo dudé, porque tenía 17
años, toda una vida por vivir y una vitalidad extraordinaria.»
Tras su paso por la UVI en Mallorca fue
trasladado al Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Al poco de llegar, la
doctora le enseñó el dibujo de un cuerpo humano tachado desde el pecho para
abajo y le dijo que había perdido las funciones motoras y sensitivas de la
parte tachada (mazazo), pero que en algunos casos se experimentaba una
recuperación en los meses siguientes (alivio). Lo primero que hizo Gabriel fue
desterrar de su pensamiento la primera parte de la noticia y aferrarse a la
segunda como quien se agarra a la frágil raíz que detiene in extremis su caída hacia el fondo del barranco. «Yo estaba
convencido de que iba a recuperarme y además tenía una vitalidad y un optimismo
extraordinarios que no iban a ser mermados por desplazarme en una silla de
ruedas.»
Pasó ocho meses en el hospital, que Gabriel recuerda incluso como
divertidos y, sobre todo, increíblemente enriquecedores. Su vitalidad constituyó
un ejemplo para muchos —pacientes y médicos— y estableció lazos inquebrantables
con otros accidentados, lazos que aún hoy perduran. Durante esos meses,
experimentó una revolución interna que supuso una liberación. Su
pensamiento fue más fuerte, o más terco, que su cuerpo y decidió vivir, en el
pleno sentido de la
palabra. El pensamiento es lo que tiene, que te puede dejar
atrapado en un laberinto de desesperanza o te libera en un segundo por la
primera salida que encuentre. Puedes elegir entre la compasión y la normalidad. Gabriel
eligió la normalidad.
Antes del accidente, Gabriel estaba enamorado
del tenis, no hacía otra cosa que soñar con ser tenista, incluso se sabía de
memoria los 100 primeros clasificados de la lista ATP. Ese
amor no menguó ni un ápice después del accidente. «Tenía bien claro que yo iba
a jugar a tenis aunque tuviera que reinventarlo.» En España no existía aún el
tenis en silla de ruedas, pero sí en Francia. Y allí se fue. Jugó su primer
torneo en Toulouse y luego el Open de Francia en París, viaje del que guarda un
recuerdo imborrable de camaradería y sueños cumplidos. De vuelta en España,
pasado un tiempo—para estudiar su otra vocación, el Periodismo—, se trajo su deporte
favorito en la mochila, así que se le puede considerar el introductor del tenis
en silla de ruedas en nuestro país. En 1991 se creó la Comisión Nacional de
Tenis en Silla de Ruedas y se disputó el primer Campeonato de España, cuyo
vencedor fue Gabriel Villalonga. Hoy, este deporte cuenta con un circuito de
torneos y miles de participantes, muchos de ellos niños.
Fueron tiempos de espíritu vitalista y
aventurero. Acompañado únicamente por su mochila y sus piernas metálicas, rodó
por Turquía, Francia, Argelia, México, California y casi toda Europa; viajando
en tren o en autoestop, durmiendo en parques y estaciones, lo cual no siempre
era seguro: «En Grecia me robaron todo el equipaje mientras dormía y en Escocia
perdí la silla de ruedas en la estación cuando el tren había partido».
En Cuba toqué fondo.
El sufrimiento llegó años después; el optimismo,
la vitalidad y la forma física de la juventud fue mermándose poco a poco
conforme se le iba torciendo la espalda e iban asomando interminables problemas
físicos, que aparecían al mínimo descuido o imprudencia. O el simple hecho de
tener que mirar a todos desde abajo, o soportar las miradas de compasión, o el
ser considerado “minus válido”, cuando, en justicia, debería ser considerado
más como un héroe. Todo, en su conjunto, iba creando una llaga profunda, un
sufrimiento anquilosado que se fue acentuando día a día y desembocó en una
inevitable crisis, en una contienda entre su visión positiva y la cruel
realidad; tal vez la misma contienda que soportan la mayoría de los seres
humanos, pero en su caso multiplicada por una carga más pesada y más dolorosa
sobre los hombros.
Tocó fondo en Cuba. En
un viaje temerario —solo y sin dinero— que acabó en grave accidente y varios
meses de confinamiento sobre una cama, boca abajo, a solas con su conciencia. Tomó
la resolución de cuidarse muy seriamente la salud, que se estaba deteriorando
con excesos de todo tipo. A su vuelta a España, recuerdo que coincidimos en
varios conciertos —Counting Crows, Elliott Murphy y alguno más—. Se le veía más
sosegado, más profundo, más filósofo.
En aquella época Gabriel escribió mucha poesía, viajó sin jugarse la vida,
continuó practicando deporte, redescubrió la naturaleza y, sobre todo, cultivó
su lado más espiritual: «toda desgracia es una llave para entrar en una
realidad diferente y más luminosa y plena; la tan buscada felicidad no depende
de coordenadas exteriores como físico, silla de ruedas, dinero o éxito sino de
algo mucho más complejo que palpita en el interior de cada uno, todo lo que
buscas está dentro de ti».
Rodando alrededor del Mediterráneo
En 2003 su inquieto ‘yo’ viajero lo liberó de la
asfixiante «rutina martilleante de las hormigas» y lo empujó hacia su más
grandiosa hazaña (o su más grande locura, según): rodear su amado Mediterráneo
(«compañero azul»), país a país, reto a reto, en solitario durante seis meses
al volante de una furgoneta. Con la única compañía de sus ruedas y su banda
sonora (Dylan Byrds, Johnny Cash, Lynyrd Skynyrd, Vivaldi… según cada momento).
Partió de Madrid y rodó por Francia, Mónaco, Italia, Eslovenia, Serbia y
Croacia, Albania, Grecia, Siria, Jordania, Israel, Palestina, Egipto, Líbano… venciendo todos los problemas físicos y arquitectónicos a los que se
puede enfrentar un ‘rodante’, en una singular hazaña de superación, tenacidad,
romanticismo y espíritu viajero. Un bellísimo recorrido por la Historia y el
Arte, la Religión y la Filosofía, la Poesía y la Música (mención obligada la
indescriptible belleza del festival Rainbow en el desierto del Neguev, en
Israel), la Miseria y la Grandeza, la Gente… ¡la Vida!,
experiencia que quedó magistralmente plasmada en un libro tan épico como su
hazaña; tan profundo, tan exhaustivo, tan emocionante, tan original, tan
revelador y tan desafiante como su autor. Un libro que, por cierto, permanece a
la espera de una editorial que acepte su propio reto y apueste por él. Su
título, «Compañero Azul»; su autor, Gabriel Villalonga. No hay prisa, «a un
parapléjico le toca muy a menudo ejercitar la paciencia de la inmovilidad como
única opción posible». Pero ahí queda.
Hoy,
a sus casi 50 años, Gabriel continúa su eterna batalla, la del día a día, la
supervivencia común a todos los mortales pero
con un peso añadido: el 80 por ciento del cuerpo paralizado. Y entre sus nuevos objetivos
«la gran lección aprendida en este viaje: conquistar las montañas y explorar
los países de la vida interior, de las pequeñas y grandes aventuras de cada
nueva jornada. Abrazar al Dios de la Minúsculas Cosas. Y
en ésas estoy desde mi llegada…»
Todo un ejemplo de tesón, vitalidad y ganas
de vivir que nos recuerda, a golpe de rueda, que «el secreto
de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo
que se hace». Las palabras son de Tolstoi.
El mérito, de personas como Gabriel.
domingo, 3 de febrero de 2019
American Pie. El día que murió la música.
El 3 de febrero de 1959 tres de los músicos de rock más
influyentes de la época fallecieron en un desgraciado accidente aéreo. La muerte
de Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper supuso
un inesperado mazazo para un joven repartidor de periódicos de 18 años llamado
Don. Doce años después, el joven Don inmortalizó aquel día de febrero en una
canción, que se convirtió en todo un himno para varias generaciones. Pero lo
que esconde la letra de American Pie
va mucho más allá de “el día que murió la música”. Habla de la historia misma de
América. Y de la historia del Rock.
Hace ahora 47 años,
en enero/febrero de 1972, American Pie
se mantuvo cuatro semanas en el número uno de las listas de popularidad de
Estados Unidos. Don McLean la había
compuesto unos meses antes, en la primavera de 1971, y fue grabada el 26 de
mayo de ese año, incluida en el álbum del mismo nombre. Desde el primer
momento, la misteriosa letra -plagada de referencias, nombres y metáforas-
generó no pocas especulaciones acerca de su verdadero sentido. Cuando Don
McLean fue preguntado sobre el significado de American Pie, respondió con ironía: “Significa que nunca tendré que
volver a trabajar” (y no andaba mal encaminado, teniendo en cuenta cómo iba
conquistando las listas de éxito de medio mundo). Más tarde, el cantautor declaró
(aunque no aclaró) con más seriedad: “Encontrarán muchas
'interpretaciones' de mi letra, pero no les diré la mía... Lamento dejarlos a
todos así, pero hace tiempo me di cuenta de que los compositores deben dar sus
declaraciones y marcharse, manteniendo un silencio digno”.
A lo largo de cuatro décadas, la letra de American Pie ha sido desmenuzada y analizada verso a verso, metáfora a metáfora por expertos, historiadores, locutores de radio, críticos musicales y fieles fans. Y aunque aún queda algún rincón oscuro, o al menos con variadas interpretaciones, la historia que relata esta obra magna del folk rock está más o menos clara. Y esta historia no es otra que la historia de la música americana, desde aquel fatídico 3 de febrero de 1959 en que murieron los tres grandes, hasta principios de 1971, cuando Don McLean comenzó a darle forma. También es la historia de una doble pérdida de inocencia, la de un muchacho que vivió la muerte de sus héroes; y la de un país que pasó de una década idílica luminosa y despreocupada, la de los
Este paso de la
infancia a la madurez, de la bendita felicidad a la cruel realidad marcó el
destino de Don, que abandonó la universidad en 1964 para dedicarse enteramente
a la música. El sueño americano se estaba volviendo una pesadilla turbulenta y
Don, como el resto de su generación, quería encontrar respuestas y también
hacer preguntas. La potente invasión de la música británica tampoco ayudó a
elevar la autoestima de un país deprimido (salvo puntuales orgullos nacionales,
como el lanzamiento del Apolo 14).
Así andaba Estados Unidos en 1971, hasta que alguien escribió una canción que
supuso la oración funeraria de esa era, e invitaba a los americanos a mirar, y caminar,
hacia delante.
Pero el acontecimiento que marcó realmente la vida de aquel joven repartidor fue leer en el periódico la noticia de la muerte de aquellos tres músicos (especialmente la de Buddy Holly), almas vivas de aquel rock ‘n roll alegre y despreocupado: “A long, long time ago, I can still remember how that music used to make me smile” (“Hace mucho, mucho tiempo, aún puedo recordar cómo aquella música me hacía sonreír”). A partir de este primer verso, American Pie hace un recorrido por los sentimientos de McLean ante la noticia (“febrero me estremeció… no pude dar un paso… pero algo me tocó muy dentro, el día que la música murió”) y luego todo un desglose de los artistas que reinaron –inmerecidamente algunos de ellos, para McLean- en la década de los 60.
Pero el acontecimiento que marcó realmente la vida de aquel joven repartidor fue leer en el periódico la noticia de la muerte de aquellos tres músicos (especialmente la de Buddy Holly), almas vivas de aquel rock ‘n roll alegre y despreocupado: “A long, long time ago, I can still remember how that music used to make me smile” (“Hace mucho, mucho tiempo, aún puedo recordar cómo aquella música me hacía sonreír”). A partir de este primer verso, American Pie hace un recorrido por los sentimientos de McLean ante la noticia (“febrero me estremeció… no pude dar un paso… pero algo me tocó muy dentro, el día que la música murió”) y luego todo un desglose de los artistas que reinaron –inmerecidamente algunos de ellos, para McLean- en la década de los 60.
Habla de los Monotones y su éxito de 1958 “The book
of love”; y de bailar lento y del rhythm 'n' blues y de la canción de Marty Robbins “A White Sport Coat (And
a Pink Carnation)” y de su furgoneta pick ‘up de teenager. Y luego entra de lleno en Bob Dylan, al que considera un bufón (jester) envuelto en la cazadora de James Dean (en su portada del disco The Freewhelin’), al que reprocha haber abandonado su faceta
contestataria y vivir de las rentas musicales; y se refiere también a un Elvis en decadencia (“the King is
looking down”); y a los Beatles, y
su deriva política (“reading Marx”)
y su Seargent Pepper, y al Charles Manson (Helter Skelter) que se ‘inspiró’ en su mítico “White Album”. Nos
recuerda también cuando los Byrds dejaron
de volar alto y “cayeron en la hierba” (les pillaron con marihuana); y cuando
“todos estaban en un único lugar” (Woodstock),
una generación perdida en el espacio… y en otras sustancias.
Y entonces llegan
los Rolling Stones y su Jampin’
Jack Flash (“Jack Flash sat on a candlestick”) y su simpatía por satán y los Hell Angels; y aparece
fugazmente una chica que canta blues (Janis
Joplin) a la que pregunta por alguna noticia feliz… pero se va (muere) con
una sonrisa. Y Don McLean se lamenta,
porque los tres hombres que más admira (“The Father, Son and Holy Ghost”:
Valens, Big Bopper y Holly) han cogido el último tren a la costa, el día que
murió la música… “the day the music died”. Y todos volveremos a cantar “Bye bye
Miss American Pie…” una y otra vez, pero no como un lamento por la música
perdida, sino para dar gracias por un himno que sigue eternamente vivo en
nuestra memoria. Y en nuestro ipod.
Por curiosidad, otras
canciones con historia
Cuando entiendes la letra de una canción que te
gusta (y esa letra es interesante), te gusta un poco más. Pero cuando también
conoces su significado, la historia que hay detrás (de su composición, de su
autor, de su realidad), esa canción se convierte en algo especial, porque te identificas
más con ella, porque te llega más hondo. Estos son algunos ejemplos:
· I Don’t Like
Mondays (Boomtown Rats). El lunes 29 de
enero de 1979 la adolescente Brenda Ann Spencer estrenó el rifle que le había
regalado su padre disparando a los alumnos del colegio frente a su casa.
Resultado, dos muertos y nueve heridos. No me gustan los lunes” fue la única
explicación que dio a la policía.
· Huracán (Bob Dylan) denuncia el caso real del boxeador
negro Rubin Carter, falsamente acusado de triple asesinato por motivos
racistas, en 1966. Condenado a cadena perpetua, fue absuelto en 1985 tras una
revisión del juicio.
· Sunday Bloody Sunday (U2) recuerda el
Domingo Sangriento de 1972 en el Ulster, en el que murieron 14 manifestantes
por los disparos del ejército británico.
· Piano Man (Billy Joel) repasa los
personajes y experiencias que vivió realmente el cantante cuando era un joven
pianista de bar en las noches de Nueva York.
· Layla (Eric Clapton) se
inspira en el amor no correspondido de Pattie Boyd, por aquel entonces (1972)
esposa de su amigo George Harrison. Finalmente, Pattie se divorció y se casó
con Clapton. Sin rencores, el amigo y exmarido Harrison acudió a la boda.
· You’ve Got a Friend (Carole
King). La
cantautora escribió esta canción para su amigo James Taylor, que pasaba por una
profunda depresión. La versión que realizó el propio Taylor le devolvió el éxito
y le salvó de un más que probable suicidio.
· The Wall (Pink Floyd). La obra cumbre
del rock sinfónico está inspirada directamente en la vida de Roger Waters: la
opresión escolar, la muerte de su padre en la guerra, una madre absorbente, sus
fracasos sentimentales, la fama y los devaneos con las drogas…
· Candle In The
Wind
(Elton John) fue en primera instancia dedicada a Marilyn Monroe (Norma Jeane).
En 1997 el cantante realizó una versión en homenaje póstumo a su gran amiga
Diana de Gales.
miércoles, 30 de enero de 2019
El origen de la leyenda Beatles
Verano de 1960. Unos muchachos de
Liverpool abandonan su vida de estudiantes y viajan a Hamburgo para comenzar
una carrera como músicos. Tres de ellos se llaman John, Paul y George. Allí
mismo conocen a un tal Ringo. Todo comenzó en el Club Indra, hace 55 años.
Aunque en realidad, esta historia tuvo su prólogo 3 años antes, el
6 de julio de 1957, cuando John Lennon
conoció a Paul MacCartney en un
concierto parroquial en la
iglesia Woolton de Liverpool, a ritmo de skiffle y rock’n roll,
mientras las amas de casa vendían tortas y dulces caseros. Un año después se
sumó George Harrison y en 1960 se
bautizaron The Beatles. Había nacido
una de las bandas más grandes e influyentes de la historia. Para
muchos, el pilar fundamental de la música popular del siglo XX.
Cambiaron la cultura moderna, revolucionaron
a la juventud de la época, inventaron la psicodelia, iniciaron el movimiento
hippie, definieron el pop como estilo musical, fueron pioneros de los
conciertos masivos de rock y de los vídeos musicales. Incluso llegaron a
atravesar el espacio con una de sus canciones, Across the Universe, que la NASA
envió hasta la
mismísima Estrella Polar , a 431 años luz de su Liverpool
natal (como parte de los actos conmemorativos, en 2008, del 50 aniversario del
lanzamiento del Explorer I, el primer
satélite estadounidense). Fueron los reyes indiscutibles de la música pop
durante casi una década. Y siguen reinando 40 años después de su muerte.
Fue en agosto de 1960, en la muy liberada Hamburgo, cuando los
Beatles dieron su primer concierto “oficial”. John Lennon, Paul McCartney, Pete Best, Stu Sutcliffe y George
Harrison llegaron a la ciudad alemana contratados para actuar en directo. Por
esa época, aún no definido su estilo, tocaban rock ’n’ roll al más puro estilo Elvis, pantalones de cuero y tupé incluidos. El primer local en el
que actuaron fue el "Indra", donde había días en que tocaban hasta
siete horas seguidas. Después llegaron el "Kaiserkeller" y el "Top
Ten”, y luego la expulsión del país de George Harrison, denunciado por menor de
edad. En los siguientes dos años, regresaron a Hamburgo en numerosas ocasiones,
actuando en total más de 280 noches, 1500 horas de música en directo. Una
experiencia iniciática que resultó trascendental para el grupo, como reconoce
Paul McCartney: “A Hamburgo llegamos siendo unos críos y regresamos siendo unos
críos maduros. Allí crecimos”.
En 1962, el batería Pete Best fue
sustituido por Ringo Starr, a quien
conocieron precisamente en Hamburgo, cuando tocaba junto a otra banda inglesa.
La muerte de Stu Sutcliffe, conocido como “el quinto Beatle”, a causa de una
hemorragia cerebral en la ciudad alemana, dejó el grupo con los cuatro
componentes que convirtieron a los Fab
Four en leyenda inmortal.
La muerte de
Epstein en verano de 1967 fue también el principio de la muerte de los Beatles,
poco después de la publicación de Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band,
su obra magna, su disco más adulto, completo y ambicioso (y considerado uno de
los más importantes de la historia). A partir de entonces, la vida fácil comenzó
a complicarse. El grupo dejó de serlo y afloraron las individualidades, la
esencia que los mantenía unidos empezó a disolverse. Ni el pasaje a la India
para conocerse a sí mismos, ni el charlatán Maharishi, ni la meditación, ni el LSD pudieron evitar lo
inevitable. Luego llegó mayo del 68, y mientras el mundo estallaba a su
alrededor, a la banda llegó una revolución de nombre Yoko Ono y las tensiones y los egos y las puñaladas supusieron el principio
del fin de los Beatles, que pasaron del “nosotros” al “yo, yo, yo y yo”..
Fue Brian Epstein, manager del grupo desde
1962 hasta 1967 (y también considerado “el quinto Beatle”), quien hizo prender
y cuajar esa leyenda: los vistió, los modernizó y los convirtió en los Reyes
del Pop. Hizo de ellos unos buenos chicos, con pinta de no haber roto un plato
ni una guitarra en su vida. Una imagen a la que contribuyeron especialmente los
diseñadores Pierre Cardin y, sobre
todo, Douglas Millings. Fue el
francés quien creó el icónico traje sin cuello de los Beatles, iniciando una
moda que abarcaría toda la década de los 60 y que revolucionó los estándares
masculinos de la época: simplicidad, ligereza, comodidad, líneas ajustadas,
tejidos más sutiles marcaron un estilo joven, desenfadado e intelectual. Pero
el diseñador británico fue quien realmente definió el estilo Beatle, añadiendo al
traje ‘sin cuello’ de Cardin sus personalísimos detalles: los tres botones de
nácar, el ribeteado negro que remarca los bordes, los bolsillos inclinados a la
altura de las caderas, los tejidos grises… No en vano Millings ha sido siempre
reconocido como el “sastre de los Beatles”, para quienes realizó más de 500
diseños, incluyendo giras y películas.
Aún quedaba por grabar el White Album, para muchos su obra más
redonda, y con él vino Charles Manson,
que asesinó a Sharon Tate y a sus
invitados al ritmo de Helter Skelter
(el título de la canción apareció escrito con sangre en la escena de uno de sus
crímenes). Un año después, los Beatles daban fin a una década imprescindible en
la historia de la música del siglo XX. Lo cantó George Harrison, con genial
sensibilidad, en ese mismo epitafio blanco: “Miro al mundo y percibo que está
girando / mientras mi guitarra llora suavemente. / Con cada error tal vez
debamos aprender. / Mi guitarra aún llora suavemente”.
¿Quién fue realmente el ‘quinto
Beatle’?
Además de Stu Sutcliffe, amigo de Lennon y bajista original del
grupo desde 1959 hasta su muerte en1962; y de Brian Epstein, inventor y manager
de los Beatles durante toda su época de esplendor, han existido otros ‘quintos
beatles’ a lo largo de la historia: tal vez el más real fuera Billy Preston, músico de gran prestigio
que los acompañó en la grabación del álbum Let
it Be y el único que ha sido acreditado en una canción de los Beatles, en
el sencillo Get Back. También ha
entrado en esta lista de “quintos” el batería original de la banda, Pete Best. Y George Martin, productor de todos los discos de la banda excepto Let it be. Y Neil Aspinall, fallecido en 2008, que fue amigo, chófer, asistente,
road manager y hasta instrumentista
exótico… y, según reconoció George Martin en sus memorias, el único merecedor
del título de ' quinto Beatle' .
lunes, 28 de enero de 2019
Totalán no es Albuquerque (gracias, Julen)
Años 50. Nuevo México. Chuck Tatum es un periodista de poca monta y menos escrúpulos que,
tras quedarse sin trabajo en Nueva York, acaba, por un capricho del destino y
de la gasolina, en un pueblo –un agujero- perdido en el desierto. Albuquerque
se llama, el agujero. Allí alquila su pluma y su talento al diario local, en espera de alguna miserable noticia que
reseñar. La suerte sonríe a Tatum cuando el indio Leo Mimosa queda atrapado en una mina. Rescatarlo puede ser
cuestión de horas, pero Tatum se saca de la manga una jugada maestra y convence
al ambicioso sheriff, al corrupto capataz
del equipo de rescate y a la amargada esposa de Leo, Lorraine, de realizar el salvamento de forma que dure varios días y
dé tiempo a convertirse en noticia, en “la Gran Historia ”, y en
la gran exclusiva, claro. Un hombre atrapado entre la vida y la muerte en las entrañas
de la roca; una esposa desconsolada esperando, impotente, a sus pies; unos
hombres jugándose el tipo por rescatarlo; y un cronista que tiene acceso en
exclusiva al condenado, que incluso se convierte en su único amigo, para contar
la historia día a día, minuto a minuto, resuello a resuello.
La cosa funciona: el bar de Lorraine empieza a
recibir visitantes curiosos, primero de la región, luego de todo el país.
Llegan coches, caravanas, autobuses, trenes. Se montan tiendas de campaña junto
a la mina, y después tiendas de souvenirs
y puestos de comida y casetas de feria y atracciones y hasta una noria. Miles y
miles de personas, de insensibles voyeurs
de la tragedia de Leo, de espectadores sin corazón y sin cerebro, sin
conciencia, expectantes ante el mínimo acontecimiento de esta historia “de
interés humano”. Y Tatum, el narrador, saboreando el éxito de la jugada. Pero su
ambición no se detiene ahí, y además de jugar con la vida de Leo, se la juega también con su mujer. Lo
que haga falta por la noticia, todo por la gran historia.
Al final, claro, Leo muere («¡El circo ha terminado! ¡Váyanse a sus casas!»). Y el público de
este gran carnaval de miserias hace que lo siente, y se retira apesadumbrado,
decepcionado, a la falsa y gris felicidad de sus hogares. Lorraine, la esposa, la
viuda, ve abierta la puerta de su celda y escapa de su vida, de sus fantasmas,
de su agujero en Albuquerque. Y el desalmado Chuck Tatum, el periodista, el
carroñero, acaba siendo devorado por el monstruo ambicioso y desalmado que él
mismo ha creado. Y puede que por su propia conciencia.
“El Gran
Carnaval” (Ace In The Hole, 1951) es una obra maestra, otra más, del genio
Billy Wilder (y una de las más
impactantes interpretaciones de un enorme Kirk
Douglas). Su película más cáustica, más despiadada y más corrosiva. Y
probablemente la más real. Por eso es también la única de sus obras que no
triunfó, porque el espejo que colocó frente a la sociedad norteamericana de la
época fue demasiado cruel y demasiado certero.
De Albuquerque
a Totalán
La tragedia que ha desolado a España entera estas
dos últimas semanas, por una vez, no se ha parecido en (casi) nada al desalmado
carnaval de Wilder. Totalán no ha
sido Albuquerque, ni el pequeño Julen –gracias a Dios- ha sufrido lo que el
indio Leo; no ha habido ningún Tatum que haya convertido el drama de una
familia en carne –en carroña- de exclusiva (salvo ese bulo miserable que lanzó
algún hijo de puta, la prensa y la tv han sido más respetuosas que morbosas); y
tampoco un sheriff manipulable y deleznable, ni un capataz corrupto, vendido
por un puñado de dólares; ni, por supuesto, un carnaval de morbo montado a los
pies de ese pozo maldito que encerraba la esperanza de todo un país en el
cuerpecito de un niño.
Todo lo contrario. Totalán, el pueblo entero (un
pueblo roto por el dolor), ha sido un ejemplo de empatía, de solidaridad y
de calidad humana extraordinarias; desde el alcalde hasta el último vecino,
pasando por el párroco y esas mujeres que durante dos semanas, sin descanso,
han estado preparando desayuno, comida y cena para los trescientos
profesionales que conformaban el dispositivo de salvamento. Trescientas
personas totalmente ajenas a la familia que se han volcado en el rescate como si fueran sus propios hijos los
que hubieran caído a ese pozo maldito. Luchando contra la montaña día y noche,
hora tras hora, sin descanso, sin resuello, sin queja. Voluntarios, Protección
Civil, ingenieros, operarios y bomberos; las empresas que trabajaron en tiempo
récord para fabricar los tubos y la cabina, o llevar la tuneladora desde Madrid;
la Guardia Civil en pleno (TEDAX,
montaña, judicial, tráfico, espeleología); y, claro, la Brigada de Salvamento Minero de Asturias. Para todos ellos, sin
excepción, lo único importante es haberse dejado el pellejo por una esperanza
–un milagro- que, por desgracia, al final ha resultado vana. Su único consuelo,
el de todos y cada uno, haber hecho «todo
lo que he podido».
Trescientas personas ajenas entre sí, ajenas al
pueblo y a la familia (magníficamente coordinadas por el ingeniero Ángel García Vidal) que lo han dado
todo y más durante dos semanas por salvar a un niño a quien no conocían, pero
que les importaba tanto como si fuera suyo. Todos ellos están hoy exhaustos y
apenados, destrozados por la batalla y la impotencia. Tremendamente conmocionados
por no haber podido salvar al pequeño, a pesar del gigantesco esfuerzo. Pero el ejemplo de solidaridad, de compromiso,
de entrega, de empatía, de profesionalidad, de unidad que nos han dado
tardará mucho en olvidarse. Quiero pensar que es así como somos en realidad,
los españoles. Que cuando nos ponemos no hay montaña que se nos resista. Por
muy hija de puta que sea (y esta lo ha sido, de qué manera). Que cuando
queremos –o nos aprietan las circunstancias- somos capaces de darlo todo sin
pensarlo. Y, lo que es más importante, sin mirar a quién.
No. Totalán no es Albuquerque. Ni los españoles
hemos sido la América profunda de Wilder. Y doy gracias a Julen (descansa en
paz, pequeño) por haber conseguido el milagro. Que durante dos semanas nos hayamos olvidado de lo que nos divide (en
estos tiempos en los que ya nos enfrenta hasta la comida) y hayamos echado a
los de siempre de las portadas; que durante dos semanas un pueblecito de Málaga
haya sido España entera, la misma, la de todos; que durante dos semanas el
mismo dolor, y la misma esperanza, hayan sido competencia de las 17 Comunidades
Autónomas; que durante dos semanas hayamos cambiado –prensa y tv incluidas- la
víscera por el corazón, el morbo por el interés humano (salvo excepciones,
claro). Que durante dos semanas hayamos demostrado al mundo lo grandes que
podemos ser en altruismo, en capacidad de sacrificio, en calidad humana y en
profesionalidad, cuando nos ponemos. Esto es, cuando no andamos a garrotazo
limpio. Que es casi siempre.
Por desgracia, mañana volveremos a esa rutina
goyesca. Y a mí me quedará la sensación de que estas dos semanas de unión en el
dolor y en la esperanza no habrán sido sino un bonito sueño, aunque breve y
vano. Como si hubiera vivido dos semanas en otro país. Ojalá no fuera así. Pero
las portadas de hoy ya me están dando la razón.
jueves, 10 de enero de 2019
Marimar. Mantener la sonrisa (o la carcajada) pase lo que pase
Marimar es… Marimar. Puede parecer algo obvio, pero es la
única descripción exacta de su persona. Podríamos intentar describirla con los
adjetivos habituales, por ejemplo única, entrañable, cariñosa, fuerte,
valiente, optimista, testaruda, generosa, activa, vitalista, divertida, buena, humilde,
entrañable (sí, está repetido; lo sé), y todos ellos serían correctos, son
parte inequívoca de su personalidad. Pero Marimar tiene algo más, un plus que
es muy difícil de describir con simples adjetivos. Hay que conocerla, sentirla,
vivirla… y entonces se llega a la conclusión de que Marimar es, pues eso, Marimar.
Dentro de la gran familia que es Lo Que De Verdad Importa,
Marimar es una ponente muy especial. Además de por su personalidad, por la
forma en que llegó a los congresos. El primer año estuvo durante todo el acto
sentada entre el público, observando y escuchando atentamente desde su silla de
ruedas a cada uno de los ponentes (Irene Villa, Nando Parrado, Kyle Maynard y
Bosco Gutiérrez). Toni, su padre (otro ser humano indescriptible; lo mismo que
su madre, Loli), se acercó a Pilar y le dijo: “Hola, soy el padre de Marimar y
solo te quiero entregar este vídeo”. Era el documental ‘Mar Afuera’, que Pilar
se llevó a casa y vio al cabo de unos días. “Estuve llorando una semana”,
reconoce. Desde aquella primera edición, Marimar no faltó ni un solo año a su
cita con el congreso de Lo Que De Verdad Importa en Madrid; como merecido
homenaje, en el congreso del quinto aniversario fue ponente de honor. Y su
historia (transmitida con la ayuda y complicidad de su gran amigo Jaume
Sanllorente) cautivó y conmovió a cada uno de los dos mil jóvenes que tuvieron
la inmensa suerte de asistir aquella tarde de noviembre al Palacio de Congresos
de Madrid.
En la pantalla aparece un mensaje escrito por Marimar:
“Buenas tardes a todos. Me
llamo María del Mar. Tengo 25 años y llevo asistiendo a estos maravillosos
congresos desde su inauguración de la misma manera que todos vosotros: como
público.
En estos cinco años, de un
modo u otro, me he sentido identificada con muchos de los testimonios que han
pasado por aquí. Todas han sido historias de superación que me han hecho
reflexionar sobre ‘lo que de verdad importa’.
La verdad es que no me veo como una superwoman ni como una
heroína. Tan solo soy una chica que vive en unas circunstancias distintas.
Muchas veces he estado tentada de compartir mis experiencias con todos
vosotros, pues creo que pueden ser de ayuda, pero para eso necesitaba una persona
que diera voz a esas palabras y fue precisamente aquí donde la encontré.
Encontré a mi gran amigo Jaume Sanllorente”.
Marimar sube al escenario, empujada por su padre, bajo una
tormenta de aplausos. Es la primera vez que está ahí arriba. Jaume se sienta
junto a ella. Saluda al público con un hilo de voz y un poco de tos (ha estado
enferma toda la semana, pero no quería perderse ese momento por nada del
mundo): “Hola a todos”. Más aplausos. Jaume presenta a la protagonista: “Es un
honor compartir este momento contigo, que llevamos ensayando por email desde
hace un tiempo. Millones de personas darían lo que fuera por compartir contigo
este momento tan especial”. Ella, todo humor, no se corta y le tira los tejos a
Jaume: “También hay muchas de las personas que están aquí a las que les
gustaría estar donde yo estoy…”
Marimar se hizo famosa hace unos años gracias a un
documental que tuvo bastante repercusión, primero en TVE y luego en youtube. Lo
protagonizaba una chica de Madrid, tetrapléjica, que estaba estudiando
Periodismo con mucho tesón, con mucha fuerza y no pocas dificultades
(licenciatura que actualmente está terminando). Llevaba por título ‘Mar afuera’, y nació como una respuesta vitalista a la película de Alejandro
Amenábar ‘Mar adentro’, que reflejaba el suicidio asistido de Ramón Sampedro, tetrapléjico
durante 30 años. ‘Mar adentro’ era la visión gris, triste y negativa, sin
esperanza; ‘Mar afuera’ era la visión colorista, alegre y positiva, llena de
vida (por eso se llama ‘Mar’, como ella: “y porque lo dije yo”). Representa su
opción de Vida, “con mayúsculas, con luces de neón, a lo grande; y además
contagiando la vida a todos los que tenemos la suerte de estar a tu alrededor”,
apunta Jaume.
Marimar nació como una niña completamente sana, la mayor de
seis hermanos. Pero a los seis años detectaron que iba perdiendo movilidad
paulatinamente. A partir de ahí comenzó a moverse cada vez con mayor dificultad
y le diagnosticaron una enfermedad degenerativa y desconocida, que ni siquiera
tiene nombre. Bueno, sí: “Yo la he bautizado como la Enfermedad de Marimar”,
reclama la autora. Debido a esta enfermedad, sólo puede mover los músculos del
cuello y de la cara, pero ello no le impide vivir la vida plenamente. Todo un reto,
desde luego; pero un reto elegido y deseado.
De la fuerza de voluntad de
Marimar tienen bastante culpa sus padres, que siempre han transmitido a sus
seis hijos que tener alguna diferencia no significa que uno sea ni mejor ni
peor. Algo que siempre han asumido en su familia con total naturalidad (Marimar
tiene un hermano síndrome de Down, Miguel Ángel —su ángel—, y otro que padece acondroplasia,
Pablo, el pequeño). “La verdad es que
mis padres siempre han sido ese gran pilar que nos sustenta a mí y a mis
hermanos y nos han enseñado muchísimas cosas; pero a grosso modo lo que nos han
enseñado es que en vez de lamentarnos y sentirnos inferiores hay que darle
importancia a otras cosas; nos han enseñado a ser felices, justamente lo
que todos los padres quieren para sus hijos. Y nos han enseñado lo que de verdad importa”.
La enfermedad de Marimar no impidió tampoco que acudiera al
colegio, aunque las infraestructuras del centro más cercano a su casa no
estaban precisamente preparadas para hacer la vida fácil a su alumna especial.
Así que tuvo que intentarlo en otro colegio; pero este se encontraba más lejos,
lo que supuso añadir dificultades. Y cambió de nuevo; al definitivo, el Senara
(en ese momento de la ponencia se escucha un potente griterío en algún lugar
del público; “son las ‘senarinas’, las alumnas del Senara, informa Marimar. “Es
que hay competencia entre colegios… ¡Haya paz!”).
Fueron muchos años en el
colegio, y muchas las anécdotas que podría contar. Hubo soledades, alegrías,
logros, momentos difíciles. Hubo también caídas, mentales y físicas. De estas
tal vez más, pero Marimar es especialista en reaccionar con paciencia y, sobre
todo, sentido del humor. Como aquel día que se cayó al suelo desde una rampa,
saliendo del centro, con el consiguiente trompazo; después de recolocarla en su
silla, se apresuraron para llevarle una tila, aunque, en realidad, quien más la
necesitaba era su padre; ella estaba “con una pachorra…”. Otro día se dio un fuerte
golpe en la cabeza y, ante la falta de hielo para detener la hinchazón, acabó
con un pollo congelado en el chichón. “Momento foto”, se ríe.
Marimar se ríe mucho. Es muy importante el sentido del humor
en su vida. En ella y en quienes tiene a su alrededor. La risa alegra la vida y
relativiza las dificultades; y además se transmite y se contagia con facilidad.
Sobre todo si ella está cerca. Le gusta recordar aquel día en que una niña, al
verla en su silla de ruedas, salió corriendo hacia su abuelo gritando “¡Abuelo,
abuelo, he visto a Clara” (la amiga parapléjica de Heidi). Ha habido también emocionadas
sonrisas, como en el momento de su graduación, con toda su familia y amigos
aplaudiendo, orgullosos de su hazaña. Y ha habido momentos complicados, como
aquel en que, una vez terminada la clase, fueron saliendo del aula todas las
alumnas… menos Marimar; se quedó sola, encerrada tras una puerta imposible de
abrir para ella, llorando de impotencia durante un buen rato, hasta que su
padre fue a buscarla y la “salvó”. Pasado el disgusto, su padre la animó con
una nueva visión de su pequeño trauma: “mira el lado bueno; si han salido todas
dejándote sola es porque absolutamente ninguna te ha visto como una persona que
no puede valerse por sí misma, sino como una persona totalmente normal”. Y es
que, como señala Jaume, “a veces las
tragedias son bendiciones maquilladas; de algo negativo siempre se puede sacar
una lectura positiva”. “Totalmente”, asiente ella.
Marimar es también una gran viajera. No es fácil encontrarla
en Madrid, ya sea porque se ha ido con un grupo de amigos a Galicia o Lanzarote,
o porque está de excursión en cualquier otro lugar interesante. Todos los años,
por ejemplo, viaja a Lourdes. Ella dice que “esperando un milagro, pero el
verdadero milagro es el ambiente que se respira en esos viajes, de ayuda, de
cariño, de entrega. Allí todos somos una gran familia, voluntarios, enfermeras
y enfermos. Muchas veces digo que lo más
importante para mí es creer en Dios —que creo—, ayudar a los demás, dar tu amor
y dejarte ayudar. Todo tiene un porqué y eso me ayuda a no lamentarme y a no
quejarme por nada”. Y la verdad es que no se lamenta por nada. Y es más, se
ve como una persona a la que le gusta más ayudar que ser ayudada; y
objetivamente, hay que reconocer que ayuda más a los que están a su alrededor
(con su ejemplo, su valor, su tesón, su generosidad, su simpatía…) de lo que
ella es ayudada. Y eso que vive rodeada de cariño.
Es impresionante ver cómo
cuida a sus amigos, cómo está pendiente de cada detalle de quienes tiene cerca,
su voluntad de servir a los demás. Siempre habla de la importancia que tiene el
amor, el de su familia, el de sus amigos, el de sus médicos. Pero para ella es
más importante el amor que da, lo mismo que la alegría, el sentido del humor o
sus ganas de vivir. Eso es lo que hace de Marimar alguien tan especial.
“Mi padre dice que
soy una vividora nata, que me encanta disfrutar de la vida; aunque también dice
que soy una loca por ir al parque de atracciones con mis amigos y subirme a
todo lo habido y por haber, sin tener sujeción ni poder agarrarme a nada”. Y ella
se sube en la montaña rusa, y en la lanzadera, y en lo que le echen, porque “el mundo es según lo ve cada uno, y yo veo
el mundo maravilloso. A mí me gusta. Me da igual estar en silla de ruedas,
imposibilitada; eso no me va a cortar las ganas de vivir. Yo trato de vivir
el día a día con la mayor intensidad”. Y así sale de la Lanzadera, “despeinada
y feliz”.
Una de las lecciones diarias de Marimar y su familia es que
el sufrimiento es una escuela, en la que hay mucho que aprender. Tú decides si
quieres o no; si aprendes superas la prueba; si no, suspendes. Al final, todo
está en la escala de valores que tú tengas. Pero no es solo una cuestión de
sufrimiento, también de voluntad, y de esfuerzo, y de ganas de vivir.
Toni y Loli son unos
luchadores, siempre mirando hacia delante, desde el minuto uno; y sus hijos han
salido a ellos. Por ejemplo: cuando Marimar fue a examinarse de Selectividad,
le negaron la adaptación curricular y la obligaron a realizar el examen con
todos los demás alumnos, en la misma aula y con el mismo tiempo, no querían
“favoritismos” (ella, claro, no podía ni siquiera usar el bolígrafo). Se tiró
llorando de jueves a domingo, hasta que se dijo “¡Basta! Se van a enterar de
quién soy yo”. Y se enteraron: después de tres días de exámenes orales, incluyendo
latín, aprobó con nota. Decía el Principito que la peor barrera es la que
tenemos nosotros en nuestra cabeza. Por eso Marimar nunca se ha quejado, no ha
perdido la alegría, y ni siquiera ha necesitado un psicólogo. Aunque suene
excesivo decirlo, es feliz con su enfermedad. Se siente muy útil hacia los
demás, por poder demostrar que es capaz de hacer muchas cosas y ser una persona
activa.
También su vida profesional la vive con plena intensidad y permanentes
retos. Ha estudiado Periodismo, compaginando cada día horas de rehabilitación y
médicos con la Facultad (su ilusión, o su meta, es dirigir un periódico; y lo
conseguirá), es colaboradora de informativos en Radio María y periodista en el
área de Comunicación y contenidos web en Acorde (asociación por una buena
praxis en el derecho concursal). Su sentido del humor y su curiosidad la
llevaron un día a enviar su CV a una empresa sin decirles nada de su
enfermedad… simplemente “quería saber lo que era una entrevista de trabajo y
punto”. Esta es la actitud que tiene Marimar con todo en la vida. Y este es su
mensaje a los jóvenes: “Me gustaría que os quedarais con dos ideas grabadas a
fuego: primero, no tengáis miedo nunca,
porque el miedo paraliza el alma y es tu peor enemigo; si yo estoy aquí con
todos los obstáculos que se me han puesto (y he de decir que han sido unos
poquitos), vosotros también podéis con todo ¿vale? Y segundo, que es muy importante mantener y transmitir esa
sonrisa, pase lo que pase”.
La verdadera lección es, simplemente, tratar de ver siempre
lo bueno en todo, y tratar también de contagiar esa visión positiva a quienes
tenemos alrededor. “Tengo una enfermedad, y a mí me gustaría deciros que, ante
cualquier enfermedad o cualquier obstáculo que nos ponga la vida (a todos nos
pasan cosas buenas y cosas malas) solo tenemos dos opciones: o tirarla a la
basura o vivirla a tope”. La elección de Marimar no admite dudas. Ella ha
decidido vivir la vida a tope y, de paso, mostrarnos el camino para seguir sus
pasos.
Esta historia la escribí originalmente para el primer libro de Lo Que De Verdad Importa (Ed. Lunwerg, 2014).
Esta historia la escribí originalmente para el primer libro de Lo Que De Verdad Importa (Ed. Lunwerg, 2014).
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