lunes, 2 de abril de 2018

Sergio y Juanma Aznárez. Lo que de verdad importa es la sonrisa



«Me llamo Sergio, soy ciego y tengo autismo. Soy una persona muy feliz.» Dicen que las desgracias nunca vienen solas, y tal vez sea verdad, si queremos verlo así. En el caso de Sergio Aznárez podemos pensar que una desgracia (nacer sin ojos) vino acompañada de otra (un autismo severo); y quizá tendríamos razón. Pero también podríamos pensar que esas presuntas desgracias vinieron acompañadas de una bendición, con nombre y apellidos: Juanma Aznárez, el hermano mayor de Sergio. El mejor ángel de la guarda que Sergio podía haber soñado, y también el mejor compañero de aventuras, el mejor amigo, el mejor cómplice. Yendo un poco más allá en la reflexión, podríamos pensar que para Juanma y sus padres el nacimiento de un hermano/hijo ciego y autista fue también una desgracia, una carga, una limitación a su felicidad. Sin embargo, para ellos fue también una bendición, y una ilimitada fuente de felicidad. No es la típica frase bienintencionada, o un pensamiento buenista, estando donde estamos. Es lo que dice —con hechos contundentes— la historia de estos dos hermanos, el maravilloso viaje que han vivido juntos a lo largo de treinta años. Y lo dice muy alto y muy claro. Tan alto y tan claro como las palabras que pronunció Sergio en su presentación del congreso Lo Que De Verdad Importa. «Me llamo Sergio, soy ciego y tengo autismo. Soy una persona muy feliz.»

Sergio nació sin ojos; en realidad, el nombre oficial es microftalmia severa, lo que significa que tenía los ojos del tamaño de una cabeza de alfiler. El resultado es el mismo: ceguera total. En cualquier familia, aquello podía haber supuesto un drama terrible, pero la reacción de la madre de Sergio dejó poco lugar para la duda: «¡Anda, pues la vida igual empieza a ponerse interesante ahora!». Juanma tenía año y medio en aquel entonces y, obviamente, no comprendió la trascendencia de esa frase. Con los años entendió que el de su madre fue el gran ejemplo de cómo hay que tomarse la vida. Y aprendió muy bien la lección. Desde que tiene memoria, Juanma recuerda estar siempre al lado de su hermano menor, ayudándolo, entendiéndolo, compartiéndolo todo. Los momentos buenos y los regulares (malos, malos, no recuerda haber tenido). «Crecimos juntos. Pasamos la varicela juntos. Hemos pasado por todo, con nuestro padre y nuestra madre, con la moto. Éramos una familia que nos sentíamos realmente afortunados. Una de las cosas que decía mi padre era que Sergio era un milagro. Para el que lo supiera entender, venía con un mensaje casi de otra dimensión. Y claro, con esos dos mensajes, de padre y de madre, yo creo que ya nos estaban dando mucho desde muy pequeños…» En efecto, los Aznárez se sienten plenamente afortunados con la vida que les ha tocado. Por todo lo que tienen, por todo lo que pueden hacer —y lo que han hecho—, por todo lo que han aprendido unos de los otros y de sí mismos; cosas que no todos aprendemos y que probablemente ellos no habrían aprendido de no haber contado con la ayuda inestimable de Sergio. Una actitud positiva, generosa, ilusionada e ilusionante, disfrutona, entregada a la vida con pasión. Y tremendamente contagiosa.
            Y no “a pesar” de lo Sergio, sino precisamente por ello.


Tenía que ser la música

Desde los primeros días, la familia Aznárez se dio cuenta de que la ceguera de Sergio no venía sola. Además de no ver, el pequeño Sergio no respondía a ciertos estímulos, y no sabían bien por qué. Simplemente se agarraba a su madre, o a su padre y poco más. Con año y medio fue sometido a un sinfín de operaciones; le pusieron unas prótesis, según los médicos para evitar que se le deformara la cara; le quitaron piel de los brazos para ponérsela en los ojos. Con sólo un año y medio de vida. Tampoco hablaba, ni gateaba, ni reaccionaba, sólo rechazaba; y llegaron a pensar que todo ese rechazo era consecuencia del trauma provocado por tanta operación. Tan sólo movía la cabeza compulsivamente, de un lado a otro, sin parar. Casi era lo único que hacía.
            Nadie tenía una respuesta a lo que le pasaba a Sergio. Y con los años no mejoró. Más bien lo contrario. Sufría crisis de pánico continuamente, hiperventilaba, se arañaba la cara. Intentaron un tratamiento de estimulación precoz, que a Sergio no le gustaba en absoluto. Pretendían enseñarle a subir escaleras, lo que era una barandilla, un escalón, pero a él le daba exactamente igual lo que era una barandilla o un escalón, se plantaba ahí y se negaba a subir las escaleras, simplemente. «Podían pasar muchos minutos, incluso horas, hasta que Sergio dijera “sí” o “qué”. Hacían falta horas para lo más básico entre lo básico, para que conectara con el mundo, para que asimilara lo que intentábamos decirle. Pero lo que quería y necesitaba era otro tipo de estímulos.» En el colegio, los profesores intentaban estimularle de diferentes maneras, dejando que Sergio interactuara con los demás alumnos. Pero los resultados eran similares: nulos. Todo era muy experimental, y muy poco efectivo.

Hasta que llegó la música. Y todo cambió. De repente, de estar desconectado, de estar completamente ausente, de no hablar, no disfrutar, ni siquiera estar, pasó a una nueva situación radicalmente distinta. Una amiga de la familia, Mati, les presentó a un amigo profesor de música. A ver si en la sala de música, pensó, tocando los instrumentos, hay algo que le guste. Y vaya si le gustó. En aquella sala, rodeado de instrumentos y estímulos sonoros, de música, de magia, Sergio se transformaba en otra persona. Se movía, reaccionaba, andaba, disfrutaba, tocaba. Incluso cantaba. El poder de la música. Y no sólo era una cuestión de terapia, de meros estímulos, Sergio poseía un verdadero don para la música, lo que se denomina oído absoluto. Tenía cuatro años. Estuvo dando clases durante dos décadas, hasta que su profesor, Pepe, sufrió un ictus y perdió, además del habla y otras funciones del cerebro, sus habilidades musicales. Lo bonito de esta historia es que el profesor, a través de su alumno, volvió a recordar la música, volvió a aprender, volvió a interpretar. Fueron redescubriéndolo juntos, Pepe y Sergio, intercambiando los papeles de una manera maravillosa. Otra gran lección de vida.



Un tándem inseparable. E insuperable

Aparte la música, hubo otro punto de inflexión en la infancia de Sergio que también marcó las diferencias. Su madre acudió a una conferencia de Ángel Riviere, el mayor experto mundial en autismo, y le pidió si podía ver a su hijo. Riviere accedió y, efectivamente, le diagnosticó autismo, trastorno de Kanner con patrón de soledad mental; un autismo bastante severo acompañado de ceguera, lo que suponía un problema muy complicado, muy difícil de trabajar.
            En aquellos años Sergio, de la mano de su hermano Juanma, aprendió a disfrutar un poco de la vida, más allá de la música. Juntos jugaban, se tiraban a la piscina, se reían. Formaban un buen tándem ya desde pequeños. Pero también seguía teniendo sus momentos difíciles Sergio: se arañaba, se mordía, rompía su ropa, rompía muebles, le rompía las gafas a su hermano —y a cualquier extraño con gafas que pillara por la calle—, llegó incluso a tirar a su gato por la ventana, siete pisos. «Pero no le pasó nada», apunta Sergio. Bueno, no exactamente, aclara Juanma: «El gato sobrevivió, aunque con la pata rota por tres o cuatro sitios, y luego engordó porque se movía poco…» En realidad, no había maldad, era la etapa en la que Sergio estaba investigando.

A los dos hermanos les llegó el momento de trasladarse a Madrid desde su Cuenca natal. Juanma a un internado y Sergio a la ONCE, donde tuvo alguna dificultad para entrar debido a su autismo; no sabían cómo trabajar con él. Tardaron dos años en aceptarlo, pero finalmente entró. Y allí aprendió, entre otras muchas cosas, a leer y escribir en braille y a desenvolverse solo en su mundo de oscuridad. Era como una esponja, con una capacidad inagotable de aprender. Hizo también grandes amistades y empezó a vivir pequeñas aventuras con su hermano Juanma, preludio de las grandes aventuras que compartirían después. «Yo le recogía y nos íbamos a Cuenca en tren. La verdad es que nos lo pasábamos bastante bien. Era como un reto que nos hacía especiales. No me parecía un problema. Me encantaba llegar al colegio de la ONCE y saber que me habían dado un permiso para que, siendo menor de edad, me dejaran recoger a mi hermano; luego nos metíamos en el metro, llegábamos a la estación y nos subíamos al tren… a veces cuando ya había arrancado. Recuerdo haber metido en marcha a mi hermano y las maletas, y el empleado de turno gritando: “¡Pero bueno, ¿estáis locos, chavales?!”»

Juanma quería hacer otras cosas en la vida, tenía otras inquietudes, sentía otras llamadas, y dejó el internado para aventurarse hacia un nuevo mundo para él, Inglaterra. Un verano para aprender inglés, se dijo. Pero se quedó cinco años, trabajando en una empresa de eventos. Disfrutó enormemente de la experiencia, hizo muchos amigos, una gran familia. Pero le faltaba su hermano. Fue también una fantástica experiencia para Sergio el día que abandonó su casa en Cuenca, sus horarios, su orden, su seguridad y se fue a vivir una temporada a Brighton, a esa casa de locos entrañables que se habían convertido en la nueva familia de Juanma. Y que acogieron a Sergio como su hermano favorito desde el primer instante. Amigos del alma, de los de verdad.
       Después de aquellos años en Inglaterra, Juanma se fue a descubrir el Sureste Asiático durante seis meses. De Hong Kong a Singapur, con su mochila, y a ver qué pasaba por el camino. «Me lo pasé genial, conocí gente increíble y no paraba de pensar en mi hermano. Allá donde iba, pensaba: “¡Qué bien se lo pasaría Sergio aquí!” y me preguntaba por qué no me lo había llevado conmigo. Yo les decía a mis padres que un día me iba a llevar a Sergio a Tailandia, y que ya veríamos si volvíamos…» Pero la idea salió de su madre, y fue una de las mejores sorpresas de su vida: se fueron a Tailandia los tres. Sergio disfrutó como un niño cada momento, cada sensación, cada pequeña experiencia; la textura del país, los olores, el sonido de los templos… 

Demostró una vez más que no era un simple acompañante, sino el mejor de los compañeros de viaje. «Se portó fenomenal, no se quejaba del cansancio ni de nada. ¡Con lo quejica que había sido, hasta decir me planto, me voy, me araño! Ahí nos dimos cuenta de que era un crack y podía con todo». Y todo aquello se trasladó a Cuenca, a su vida diaria. Ahora Sergio va a la piscina, al gimnasio, practica yoga, canta en el coro, hace percusión… y ha llegado a dar clases de claqué. «Así es Sergio, donde lo pongas, disfruta». También le encanta la poesía, y recita de memoria su favorita: «Soy un guardador de rebaños. / El rebaño es mis pensamientos / y todos mis pensamientos son sensaciones. / Pienso con los ojos y con los oídos / y con las manos y los pies / y con la nariz y la boca. / Pensar una flor es verla y olerla. / Comerse una fruta es conocer su sentido. / Por eso, cuando en un día de calor me siento triste de disfrutarlo tanto / y me acuesto estirado en la hierba, / cierro los ojos calientes, / siento todo mi cuerpo acostado en la realidad / y soy feliz.»



La sonrisa verdadera

Juanma y Sergio llegaron a un punto en el que sintieron la necesidad de contar sus experiencias y aprendizajes mutuos. Para ellos era algo importante, algo grande, y así llamaron precisamente a la página de Facebook con la que empezaron a compartir su historia, Algo Grande para Sergio. Y algo grande fue también el siguiente viaje que emprendieron juntos, muy juntos: nada menos que en tándem hasta Marruecos. «Pensamos ir en tándem a ver a Mati, la maestra y amiga de Sergio, que vivía en Marruecos, y para eso pedimos un montón de apoyos, hablamos con gente famosa, hicimos un crowdfunding; y aquello empezó a crecer, a hacerse una pelota que parecía un sueño. Y era un sueño. Cuando lo pienso me pregunto cómo lo hemos conseguido. Y creo que ha sido porque nuestro sueño era contagioso.» Ese sueño contagió a muchísima gente anónima que colaboró para hacerlo realidad, y también lo apoyaron famosos como Matías Prats, Isabel Gemio, Roberto Brasero, Mónica Carrillo, Santi González… que actuaron como propagadores del contagio. Se recorrieron las televisiones con un vídeo casero en el que mostraban su sueño, se lo enseñaron también a cantantes, actores, presentadores, y la pelota se iba pasando de unos a otros. Auténtica viralidad. Y Juanma, alucinado, preguntándose una y otra vez ¿pero qué pasa aquí? «Pasaba que había una cosa auténtica, que es el Sergiete, y ganas de tener una experiencia que todos querían saber cómo se iba a desarrollar. Y encima nosotros queríamos hacerlo con un pedazo de equipo de rodaje. Para que os hagáis una idea, al final fuimos diez personas, más nosotros dos y una persona de producción local en Marruecos. En todos los sitios de España nos dejaron dormir, nos dieron de comer, porque conocían el proyecto y les fuimos pidiendo esos apoyos. Entramos en Marruecos con todo ese equipo de rodaje. Nosotros íbamos con nuestro tándem, y también iba un coche delante con el equipo que había estado haciendo toda la preproducción, otro coche de rodaje y otro más donde iba el fisio, una persona muy importante para Sergio.» Fue una experiencia realmente especial, un viaje precioso y una historia de superación increíble; durante un mes recorrieron mil seiscientos kilómetros a golpe de pedales y de solidaridad, de reencuentros y de superación, de ilusión y de sonrisas. 

El objetivo era grabar un documental para mostrar al mundo que no hay límites a los sueños, que todo se puede si lo deseas realmente, aunque hayas nacido ciego y autista. El documental se llamó “La sonrisa verdadera” y también resultó ser altamente contagioso: se estrenó en el Festival de Málaga, en la sección oficial; y luego llegó hasta Filipinas, donde tuvo lugar el estreno internacional en un festival que se celebró en Manila —estancia que aprovecharon los hermanos para recorrer el país durante un mes con la mochila a la espalda—; y de ahí a Saint Louis, Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos y después otras muchas ciudades en España y otros países. Más de treinta festivales y un sinnúmero de premios, nominaciones, menciones… «El sueño hecho realidad. No puedo ser más feliz. En cada festival hemos vivido experiencias increíbles.» Y después de los festivales, de ese tour mundial contagiando la sonrisa de Sergio por todo el planeta, llegaron nuevos viajes y experiencias. Y es que la vida de Sergio, al lado de su hermano Juanma, es un continuo viaje, y un permanente aprendizaje. Para ambos. «De la experiencia de vivir con Sergio me quedo con los valores que él nos transmite. Es una persona que tiene muchísimo valor, en el sentido de que se atreve con todo. Confía, sabe que le va a gustar y se lo pasa genial.»


El don de contagiar

Dicen que las personas ciegas desarrollan los demás sentidos de una manera especial, y es muy cierto en el caso de Sergio. Él tiene extraordinariamente desarrollado el sentido del coraje, el de la generosidad, el de la lealtad, el de la gratitud, el de la sinceridad. Sergio no tiene dobleces, y tampoco tiene celos ni envidia. Ni está condicionado por los convencionalismos o lo políticamente correcto. Y tampoco te traiciona nunca. No tiene doble fondo, no hay en él una escala de grises. Es o no es, le gusta o no le gusta. «No se para a interpretar, al contrario que nosotros, que estamos todo el día interpretando qué efecto vamos a causar. Que si hay que sonreír, que si el protocolo… Sergio no tiene nada de eso, lo cual le libera de una carga muy grande, y ese es otro de sus valores. Otra de las cualidades de Sergio es su capacidad de contagiar su estado de ánimo; y al mismo tiempo una extraordinaria sensibilidad de captar el estado de ánimo de quienes tiene alrededor. Y contagiarse de él; en lo positivo y en lo negativo. Y con efecto multiplicador. «Nuestros padres nos lo contaron, y yo lo agradezco muchísimo, porque nos ha obligado a ser mejores personas. ¿Qué necesidad hay de ir contaminando si puedes ir dando alegría? Sergio tenía el don de que, si tenía al lado a alguien enfadado, rápidamente se ponía nervioso, rompía algo, se quería ir, se arañaba. Si por el contrario había buen ambiente, si había gente que disfrutaba, él te acompañaba, y lo sigue haciendo. Los amigos me dicen que siempre estoy contento; y les respondo que no, que tengo mis momentos, como todo el mundo, pero no me gusta ir por ahí soltando mal rollo. Tú puedes ir por la vida diciendo a todo que está fatal o que todo es estupendo, y al final te contagias. Y eso con Sergio es muy importante.»


Juanma, sin embargo, lo que más admira de su hermano es su generosidad, su entrega total. Y lo que más necesita de él, siempre, es su compañía. Simplemente tenerle a su lado, compartir experiencias y confidencias, abrazos, sonrisas, complicidad. Y aprender. La vida de Sergio es una lección continua, permanente, inagotable. «A mí me ha enseñado a mirar la vida muy de frente y a valorar que el placer que buscamos realmente reside en el placer del otro, en que haciendo cosas por los demás nos sentimos bien.» Todos somos seres sociales, y esa es una de las cualidades del ser humano. Nunca debemos perderlo de vista. Hacer que otras personas disfruten es como nosotros vamos a disfrutar realmente. Esto es lo que de verdad importa para Sergio y Juanma, una permanente lección de generosidad y entrega que nos enseñan como mejor se enseñan las lecciones importantes: con el ejemplo de sus vidas. 

La historia de Sergio y Juanma es uno de los capítulos del último libro de la Fundación Lo Que De Verdad Importa, que he tenido el honor de escribir.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Más allá de un rostro
































Visto desde fuera, tener un hijo con síndrome de Down es, para la mayoría de la sociedad, una desgracia ajena. Visto desde dentro, para la mayoría de los padres la noticia es un shock; para algunos, incluso, una tragedia. Pero con el paso de los días, el drama va dejando paso a la comedia romántica y, con los años, la presunta tragedia se convierte, casi sin excepción, en una maravillosa historia de amor.


Lo que esta sociedad sobrecargada de prejuicios necesita es, precisamente, un poco más de comprensión y, sobre todo, de información. Si nos preocupáramos por conocer más a fondo a las personas con síndrome de Down, descubriríamos a unos seres humanos tan diferentes y tan semejantes a nosotros como cualquier otra persona; con sus virtudes y sus defectos, con sus necesidades y sus deseos, con sus alegrías y sus miedos, con sus esfuerzos y sus dificultades; y (tal vez sea esto lo que más nos diferencia) con una inagotable capacidad de entregar y recibir amor. Este mensaje, el de enseñarnos a ver en las personas con síndrome de Down simplemente personas, es uno de los objetivos de organizaciones como Prodis o la Fundación Síndrome de Down de Madrid, que a través de sus redes sociales, exposiciones fotográficas, calendarios y libros nos muestran la otra cara de estos niños y sus familias, la que no se ve con los ojos, sino con el corazón.
Es lo que hace, por ejemplo, el libro "Más allá de un rostro", que nació como una inspiradora exposición hace unos años y que me inspira a la hora de escribir este artículo. Son 132 fotografías de niños con síndome de Down que buscan, a través de sus miradas limpias y sus sonrisas contagiosas, que aprendamos a ver más allá de sus rasgos faciales, de su torpeza verbal o de su dificultad de aprendizaje. Que veamos 132 almas, 132 vidas que merecen la pena ser vividas tanto como cualquier otra. O más. Vidas como la de Carmen, quien afirma sin reparo “soy un ángel”; o como la de Ana, que para sus padres es “la alegría y la superación”; como la de Loubna, que además de alegría contagia ternura. Vidas como la de Lucía, que siempre reparte las chuches con sus hermanos, y que cuando llega mamá a casa cansada o triste es la primera que lo nota; la  abraza y le dice: “que te quiero un montón”. Desde luego, como afirma su madre, el gen del egoísmo no está en el cromosoma 21.
Los hay que nos plantean un desafío, como Joaquín: “sólo quiero una oportunidad, ¿me la das?” Y los hay que, como Paula, quitan hierro al asunto con una sonrisa y un categórico “¡no es para tanto!” Y tiene razón, porque no es para tanto. Al principio sí, claro. Es inevitable, cuando escuchas alguna de las palabras malditas: cardiopatía, tetralogía de Fallot, alteraciones morfológicas y otros indicios –estigmas- del síndrome. Bernardo y Mónica, padres de Jan, recuerdan que la noticia fue dura, extraña y dolorosa; “Tuvimos que superar el miedo, cambiar nuestras expectativas y enfrentarnos a un posible rechazo de la sociedad… Pero hoy sabemos que es mucho más fácil de lo que habíamos imaginado.”

“Tener un hijo síndrome de Down no creo que sea el sueño de ningún padre -reconoce Cristina- exige un esfuerzo bestial… pero cuánto hemos cambiado y hemos hecho cambiar a la gente de nuestro alrededor”. Beatriz lo sabe: “es duro, durísimo, sobre todo si en la pareja uno quiere seguir adelante y el otro no. Discusiones, desconcierto, ignorancia. Al final, el seguir adelante gana”. Los padres de Sofía entendieron con el tiempo que su hija no era diferente, sólo necesitaba más apoyo y más esfuerzo; cuatro años después, Sofía ha madurado y canta, baila, abraza, llora, ríe, besa… como los demás niños, solo que con un algo especial. Ese ‘algo’ lo tienen muy claro los padres de Jaime, para quienes los síndrome de Down “nacen con los ojos dispuestos a ver todo lo precioso, abrazar todo lo alegre y querer sin condiciones con todo el corazón”. Cuenta la tía de Pablo que lo que más impresiona es la expresión de su cara cuando su madre viene a recogerlo: “es una mezcla de cariño, satisfacción, amor, alegría, paz. Es la expresión de la felicidad plena”. Y es que, como afirmó el sacerdote que lo bautizó, la llegada de un niño con síndrome de Down es similar al envío de un ángel del Señor.
 Una afirmación que puede resultar chocante o cuando menos bienintencionada, pero que se revela como una verdad incuestionable para la gran mayoría de estas familias. Lo resume maravillosamente otro Pablo: “cuando llegué a casa papá y mamá no sabían qué hacer conmigo; ahora no sabrían qué hacer sin mí”. No es fácil. Hace falta mucha paciencia, y tesón y trabajo diario y ayuda de especialistas; y mucho, mucho amor. Pero lo importante no es lo que tarden en llegar a la meta, sino llegar. Superar obstáculos, despacito pero firme, como Rodrigo, que está aprendiendo a escribir para ser “uuunnn hommmbrreee de proveeeecho”. No hay que hablar de incapacidades, sino de capacidades diferentes. La de Blanca, por ejemplo, es sacar siempre lo mejor de los demás, especialmente de sus hermanas. La de Inés es despertar sonrisas allá por donde va, y estrujarte en los abrazos como si en ello le fuera la vida. Algo para lo que la mayoría de nosotros, con certeza, no estamos capacitados.

Tener un hijo con síndrome de Down no es un drama como piensa esta sociedad nuestra, ignorante y deshumanizada, sino más bien lo contrario. Son libres, espontáneos, cariñosos, sinceros, divertidos, sensibles, generosos. No están pervertidos por los convencionalismos ni se dejan arrastrar por los valores superficiales, egoístas y competitivos de este mundo de seres imperfectos que, en realidad, somos todos. Por supuesto que tienen limitaciones, ¿quién no las tiene? Por supuesto que ocasionan gastos y disgustos y desvelos, ¿qué hijo no lo hace? Por supuesto que no serán insignes médicos ni abogados de éxito ni banqueros millonarios ni galácticos del fútbol... ¿Cuántos de nosotros lo somos?



martes, 27 de febrero de 2018

Felicidad también rima con enfermedad


Dice Anne-Dauphine Julliand que si hay algo universal es la infancia. Es lo que fuimos todos, en algún tiempo más o menos lejano. Es lo que muchos olvidan en alguna cuneta perdida del camino hacia la racionalidad (lo que quiera que signifique eso de racionalidad). Y es lo que algunos, no sé si pocos o muchos, nos resistimos a perder, a olvidar, a superar. Con uñas y dientes. Todos empezamos siendo niños, lo que significa que todos hemos conocido de primera mano el valor del presente, de la amistad compartida, del juego, de la despreocupación, de la sinceridad sin filtros. El valor del TIEMPO. «Insensato es el hombre, pues permite que se escape el tiempo, siendo éste irreparable», nos dejó escrito Séneca. No sé si por “hombre” se refería el filósofo cordobés al ser humano en genérico, pero me gustaría pensar que estaba diferenciando entre “hombre” y “niño”. Porque es precisamente el niño quien no permite que se escape su tiempo. Conoce su valor, y aprovecha cada instante; a su modo, claro, pero cada instante.

Es justo lo que hacen los niños que protagonizan la película/documental de Anne-Dauphine Julliand. Aprovechar cada momento de su vida, aunque sus vidas no sean siempre fáciles y aunque esas vidas estén condenadas de antemano a ser breves. O precisamente por ello. Ambre, Camille, Charles, Imad y Tugdual padecen enfermedades -graves, raras, terminales- que sin embargo no les impiden llevar una vida de niño “normal” (y lo de normales es un decir, porque son extraordinariamente fuertes y vivos). Juegan, se pelean, ríen, cuentan chistes, bailan, actúan, intercambian confidencias, hacen amigos… y los añoran cuando se van.  


A pesar de llevar esas losas con nombres terroríficos como “hipertensión arterial pulmonar”, “epidermólisis bullosa” o “tumor neuroblastoma”, a pesar de tener un hospital como hogar, a pesar de las doce horas de diálisis, o de la quimio, a pesar de los  momentos de bajón, de tantas preguntas sin respuesta, del llanto y la impotencia que a veces se asoma sin avisar, a pesar del dolor insoportable estar enfermos no les impide ser felices. No les impide disfrutar de sus vidas. De la amistad. De la familia. Del amor (“el amor es más fuerte que la muerte” recita Camille en su ensayo de teatro). Del hoy y el ahora. Que en realidad es la vida. «Es lo que hay», asumen los niños. «Toca vivir con ello», dicen. Pero no lo dicen con resignación, ni con tristeza, ni con reproche. Lo dicen… porque es lo que hay. Y punto. Y a partir de ahí, la vida. Como la de cualquier otro niño. De hecho, la expresión que más se repite a lo largo de la película es “Hakuna matata”. Ahí queda todo dicho.


Esa es la gran lección que nos muestra Anne-Dauphine Julliand, con extraordinaria sensibilidad, con una mirada sincera y cercana –de niño-, sin caer en el drama fácil. Y razones no le habrían faltado, desde luego. El día que su hija Thaïs cumplió dos años, los médicos le diagnosticaron una enfermedad degenerativa genética cuyo nombre oficial es leucodistrofia metacromática. No había cura posible, y la pequeña estaba condenada a morir al cabo de unos meses o quizá en unos pocos años; y previamente iría perdiendo todas sus capacidades, todo lo que había aprendido desde que nació, hacía tan solo dos años (andar, hablar, sentarse, oír, ver, moverse, comer). 

Una vez sobrepuestos del tsunami emocional –del llanto, de la impotencia, de la rabia- Anne-Dauphine y su marido tomaron una decisión: luchar. Anne- Dauphine se prometió a sí misma: «Si no puedo añadir días a su vida, sí puedo añadir vida a sus días, a cada día que formará parte de su corta vida». Y eso hizo. Thaïs murió con «tres años y tres cuartos». Y Anne-Dauphine cumplió su promesa: tuvo una vida bonita, feliz, mientras vivió. Simplemente porque desde aquel día de su segundo cumpleaños, hasta el mismo instante de su muerte nunca le faltó amor. Una historia que se repitió años después, punto por punto, con su hija Azylis. La misma enfermedad, la misma lucha, la misma fortaleza, el mismo amor. Y la misma pérdida, hace ahora doce meses.

Por eso este documental sabe de lo que habla. Sabe qué cuenta y quién lo cuenta. Lo importante es que nosotros, adultos, asumamos también el reto. La directora nos recuerda que esta película hay que verla con el corazón bien abierto. Y con la memoria bien abierta. Recuperar el niño que fuimos, el que aún somos, aunque a menudo nos cueste admitirlo, aunque a veces, incluso, reneguemos de ello. «El tiempo es un ladrón que se lleva a los niños». Bueno, ir al cine a ver Ganar al viento es una maravillosa manera de recuperar lo robado.

Y por terminar con otra frase sabia y necesaria, que viene muy a cuento: «El ayer es historia, el mañana es un misterio, pero el día de hoy es un regalo. Por eso se llama "presente"». No es de Séneca, es del Maestro Shifu. Sí, el de  Kung Fu Panda. 

Por cierto, parte importante del mensaje de esta obra se condensa magistralmente en los tres minutos de esta preciosa canción de Renaud. Mistral Gagnant. Un precioso canto a las cosas pequeñas de la vida, que son las más grandes. 



PS. La historia de Anne-Dauphine Julliand y su hija Thaïs es uno de los capítulos más emotivos, conmovedores e impactantes del segundo libro de Lo Que De Verdad Importa, que tuve el honor de escribir para la Fundación. En esta foto, con Anne-Dauphine en la presentación.


Este post fue publicado originalmente en CinemaNet


martes, 6 de febrero de 2018

El milagro (real) de Anne Sullivan y Helen Keller


Hasta que Anne llegó a su vida, Helen no era más que un ser con apariencia de niña incapaz de comunicarse con el mundo exterior, de sentir, de entender. Ciega y sordomuda, asilvestrada e impredecible, consentida por su madre y repudiada por su padre, sólo en Anne halló Helen sentido a su existencia. Anne no se compadeció de ella, luchó por ella (y a veces contra ella) con tesón, paciencia y generosidad más allá de cualquier límite. Y, sobre todo, con fe inquebrantable. El ángel guardián y el alma perdida que trata de abrirse al mundo; la puerta serán las palabras, y el amor. "El milagro de Ana Sullivan" es una película dura y hermosa sobre el aprendizaje, la soledad compartida y la ceguera, no sólo física. La historia real de Anne y Helen va todavía más allá. Mucho más allá.

La historia empieza en 1882, pocos meses después del nacimiento de Helen Keller. Postrada en su cuna, víctima de una infección febril, el bebé no reacciona a los estímulos de su madre. Es cuando ésta se da cuenta, horrorizada, de que su hija no es normal. Su grito desgarrador no será sino el preludio de una vida presidida por la culpa, el infortunio y la desesperanza.
Helen crece y se convierte en una niña asilvestrada, aparentemente incapaz de relacionarse con el mundo que la rodea; caprichosa y tiránica con su madre, que no puede soportar que sufra y cae en la trampa de la sobreprotección (probablemente motivada por un doloroso sentimiento de culpa); para su padre (el ‘Capitán’), sin embargo, es un ser salvaje que debería vivir con las gallinas.


Pero la niña sí quiere comunicarse con el mundo, siente una necesidad casi dolorosa de entender la realidad, de conocer, de contactar; y siente también la rabia de la impotencia, quizá no tanto por no poder hacerse entender sino, sobre todo, por no ser comprendida por su propia familia. En una escena de la película absolutamente conmovedora y reveladora, Helen, en plena pataleta, arranca violentamente un botón de la camisa de su tía; nadie sabe por qué (nadie se pregunta siquiera para qué), hasta que su madre comprende lo que le ocurre: simplemente necesita los botones para coserlos en el rostro de su muñeca, ¡porque quiere que tenga ojos!


“El mayor consuelo en la desgracia es encontrar corazones compasivos”, sentenció el comediógrafo griego Menandro. Pero Helen no necesita compasión, ni sobreprotección, ni la vida consentida y vacía (ciega) que le ofrece su familia; y a ello está condenada de por vida, pues todos han tirado la toalla. No, lo que Helen necesita no es un corazón compasivo, sino un corazón luchador; un corazón valeroso que no se rinda, que no la abandone, que la saque de ese pozo de silencio y oscuridad, de incomunicación e incomprensión en que la ha sumido la desgracia… y en el que la mantienen sus propios padres. Un corazón abnegado que crea en ella, luche por ella, dé su vida por ella. “A veces creemos que lo que necesitamos es compasión, cuando lo único que nos hace falta es fe”. 

Y es cuando llega a su vida Anne Sullivan. Un alma curtida por el sufrimiento (ella también perdió la visión de niña, fue abandonada por su madre y aún no se ha recuperado de la muerte dolorosa de su hermano), que va en busca de su propia redención. Y la encuentra a través de Helen. Aunque la niña no la acepta desde el primer momento, incluso la rechaza con violencia (sabe que ha venido a alterar su vida consentida),  Anne no se arredra: sabe perfectamente lo que tiene enfrente y sabe también lo que tiene que hacer. El aprendizaje es duro, para ambas. Requiere gigantescas dosis de paciencia, tesón, coraje; y también de fuerza, física y moral; y de cariño, y de convencimiento, y de compromiso. Y, por encima de todo, de amor.
Las batallas entre Anne y Helen se suceden una tras otra. Crucial es la que tienen lugar en el comedor. Helen no se sienta a la mesa, ni utiliza los cubiertos para comer, se pasea libremente y coge lo que quiere con las manos. Anne no lo puede aceptar y echa a la familia del comedor. A solas con la niña malcriada, comienza una lucha titánica (y violenta) entre la desobediencia y la paciencia, entre el despotismo y el amor. Al final, la maestra vence: «¡Ha comido de su propio plato! Y además con cuchara. Ella sola. Y ha doblado su servilleta. El comedor está en ruinas pero ha doblado su servilleta». Es sólo una pequeña victoria. La guerra no ha hecho más que empezar.

Lo importante, sin embargo, es que Helen y Anne han encontrado un camino para comunicarse, a través del contacto físico: el lenguaje de los signos sobre la palma de su mano. Poco a poco ambas se van acercando, venciendo la desconfianza de la familia; Anne sabe que lo puede conseguir, aunque Helen parezca no querer («Esa cabecita se está muriendo por saber. Y tengo que aprovechar ese afán de saber»); sus padres y su hermano dudan, se compadecen, menoscaban sus logros. Anne les recuerda que «la obediencia sin comprensión también es ceguera». Pero se acaba el tiempo y la familia de Helen finalmente decide prescindir de la maestra. Y es en ese preciso momento, en el instante de la despedida, cuando se produce el milagro: por primera vez Helen descubre la conexión entre los objetos y los signos; eufórica, corretea por el jardín tocándolo todo, conociendo sus nombres, maravillada ante una realidad que antes se le negaba y ahora por fin entiende: el agua que emana de la fuente, la tierra, el árbol, el escalón, la campana… madre… papá… maestra.


Hasta aquí la película. Una maravillosa obra maestra que Arthur Penn dirigió en 1962 con pulso dramático, gran belleza y un realismo nada edulcorado; y en la que Anne Bancroft y la desconocida Patty Duke, soberbias, inmensas, llevaron a sus personajes más allá de la mera interpretación (ambas ganaron el Oscar). Pero la realidad de la historia entre Anne y Helen no terminó con el The End de “El milagro de Ana Sullivan” (The Miracle Worker). Fue, más bien, el principio de una hermosa relación de amistad, solidaridad y generosidad que duró más de tres décadas.
En los años siguientes Helen continuó sus estudios en diferentes instituciones para sordos, siempre acompañada por su amiga y maestra. Aprendió a hablar, a leer y a escribir, llegó a la universidad y, tras cuatro años de duro trabajo (por parte de ambas), en 1904 se graduó con mención cum laude en Radcliffe College, siendo la primera persona sorda y ciega en conseguirlo. Y aún le dio tiempo a escribir en braille su primer libro: “La historia de mi vida”.





Siguiendo su vocación pedagógica y la necesidad de compartir sus experiencias para ayudar a personas con problemas similares, Anne y Helen comenzaron a recorrer el país contando su historia en charlas y conferencias, mostrando los logros que el tesón, la fe y el cariño podían conseguir; al mismo tiempo Helen continuaba escribiendo libros y recaudando fondos para la Fundación Americana de Ciegos y se involucraba en campañas para mejorar las condiciones de vida de las personas ciegas, que en aquellos tiempos oscuros eran rechazadas por la sociedad —y por sus propias familias— y abandonadas a su suerte en asilos poco recomendables. 
Entregadas a la causa de los ciegos y los sordomudos, como educadoras y defensoras,  transcurrieron las vidas de Helen y Anne durante tres décadas. Hasta que en 1934 fue la propia Anne quien se quedó definitivamente ciega (un problema que arrastraba desde su infancia) y la dedicación de Helen tuvo que centrarse en cuidar a su antaño maestra, del mismo modo que ésta había cuidado de su pupila durante más de cuarenta años. Anne Sullivan murió dos años después, y Helen continuó su misión sin desmayo año tras año, década tras década, hasta su muerte, en 1968. Tenía 87 años.


Poco antes de su muerte, Helen Keller confesó a un amigo: «En estos oscuros y silenciosos años, Dios ha estado utilizando mi vida para un propósito que no conozco, pero un día lo entenderé y entonces estaré satisfecha». Para todos los que hemos conocido su historia y la de Anne, hemos admirado su tesón, su fe, y hemos aprendido la gran lección de su entrega incondicional a los demás, ese propósito divino es tan nítido y cristalino como aquella primera palabra que Helen comprendió muchos años atrás, y  dio la vuelta a su destino: «agua».



lunes, 18 de diciembre de 2017

Plata, plomo y perdón. La historia de redención del hijo de Pablo Escobar.



Estoy mano a mano con Juan Pablo Escobar, en la presentación del congreso de valores de la Fundación Lo Que De Verdad Importa. Ha terminado la rueda de prensa “oficial” y ambos charlamos sobre algunos de los temas que va a detallar el viernes en su ponencia. Básicamente, el hijo del narco que no quiso ser narco, pero que nunca dejó de ser hijo. Y cómo esa decisión marcó sus siguientes veinticuatro años de vida. Hablamos de muerte y de violencia y de dinero —mucho dinero— y de corrupción y de criminales y de gobiernos y de la DEA. Hablamos de perdón. Y hablamos de narco series, un peligro real, endémico, mortalmente viral en su país, donde la inmensa mayoría de los jóvenes ensalzan como héroes a los narcotraficantes, ven los crímenes como gestas y a Pablo Escobar lo perciben como una suerte de Robin Hood latino, liberador de los oprimidos y azote de gobiernos corruptos. «Recibo cientos de cartas, emails, fotografías de jóvenes que me cuentan cuánto admiran a mi padre; jóvenes cuya única ambición en la vida es seguir sus pasos, emular sus hazañas. Ya no quieren ser deportistas, artistas o destacados profesionales, sólo narcos o sicarios». 

Juan Pablo me muestra una foto en su móvil: una espalda ancha y poderosa completamente tatuada con un retrato de Pablo Escobar y escenas de la serie Narcos. Da miedo. Este es el gran peligro, me dice, la pura y triste realidad en muchos países del entorno. Esa irresponsable banalización/glorificación de la violencia narcoterrorista, una violencia que él conoce muy bien desde niño. Y sabe de lo que es capaz. Por eso, la misión que Juan Pablo se ha impuesto a sí mismo es combatir esa plaga con las mejores armas de que dispone: su vida y su mensaje de paz y reconciliación. Una batalla que dura ya veinticuatro años, veinticuatro temporadas, y cuyo último capítulo parece aún muy lejano.  





Pablo Escobar 2.0

La vida de Juan Pablo es un milagro. Nació con todas las papeletas para ser un capo de la droga en su país. El lógico relevo generacional de Pablo Escobar. Pero el hecho es que está en el extremo contrario del tablero, negando con todas sus fuerzas la vida de violencia y maldad que vivió su padre. Si lo quisiera, tendría las puertas de ese mundo del crimen abiertas de par en par. Pero Juan Pablo eligió el camino difícil, prefirió ir en contra de su historia, de su apellido, de su destino. Eligió dormir cada noche con la conciencia tranquila. Renegó de todo el poder, la fortuna y el éxito que la vida le había servido en bandeja de oro con brillantes. «Algunos consideran el de mi padre un caso de éxito. Yo no, desde luego. Era uno de los hombres más ricos del mundo pero vivió como uno de los más pobres. Tenía un inmenso poder, pero carecía de libertad.»

El mensaje que transmite Juan Pablo no es de violencia sino de paz, no es de odio y miedo sino de amor y reconciliación. Razones poderosas para no haberse convertido en el Pablo Escobar 2.0 que muchos estaban esperando y otros tantos estaban temiendo. Juan Pablo no quería ser Escobar. Ni siquiera quería ser Pablo. Así que cambió su nombre por Sebastián y su apellido por Marroquín. «Nos aferramos a los apellidos en lugar de a las personas». Pero no somos el nombre que utilizamos, prosigue Juan Pablo/Sebastián, somos nuestros actos, somos nuestras palabras. Y sus consecuencias. Aunque no todos lo entienden así: las líneas aéreas, por ejemplo, no le vendían billetes por ser quien era; le perseguían los enemigos de su padre, la justicia le vigilaba y la única opción para escapar de todo aquello fue cambiar su nombre.

Aquel cambio de identidad, sin embargo, no implicó renunciar a su parentesco ni al amor de su padre. Para él un amor irrenunciable, innegociable, que pese a todo no le ha impedido reconocer el dolor y la violencia que ese padre causó en su país.

Pablo Escobar nació en una familia pobre, como la mayoría de los colombianos. En aquella época las dos facciones políticas, liberales y conservadores, literalmente se batían a machetazos. Y en medio de esta lucha se encontraban miles de familias de campesinos como la de Pablo Escobar, que se vieron obligadas a abandonar sus tierras para huir de esa violencia. La familia Escobar se asentó en La Paz, un barrio humilde a las afueras de Medellín, y allí Pablo se transformó en un hombre ambicioso. A los veintitrés años prometió a sus amigos que si a los treinta no tenía un millón de dólares se mataría. Sus amigos le rieron la bravuconada, pero antes de cumplir los treinta Pablo había depositado en el banco una cifra muy superior.

Empezó el negocio viajando en un pequeño Renault 4 a Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, para comprar la planta de coca que posteriormente era transformada en cocaína en sus pequeños laboratorios. Luego trasladaba la droga a Estados Unidos utilizando cualquier medio disponible, y contando con la inestimable ayuda de la corrupción en todos los pasos del proceso. «Si bien nuestros narcos son muy ricos, en realidad son los más pobres de toda la cadena de la droga. Existe una gran corrupción, no solo en la venta de la droga, también en la venta de armas para que los colombianos se maten unos a otros en esa lucha por el poder que propone la prohibición.», denuncia Juan Pablo.


Los cinco minutos de disfrute

Aquella infancia de carencias siempre estuvo presente en los recuerdos de Escobar. Enseñó a su hijo que debía agradecer todo lo que tenía, la ropa, los juguetes, la pasta de dientes… porque él nunca tuvo nada de eso. También se aseguraba de que Juan Pablo conociera los lugares más humildes de Colombia para que tuviera conciencia de la pobreza extrema en la que vivían muchos de sus compatriotas. «Paradójicamente, mi padre me inculcó que tenía que estudiar, que tenía que trabajar, que debía tener valores, muy a pesar de que él no los ponía en práctica fuera de casa. Yo crecí en un hogar en el que jamás faltó el amor. A pesar de la clandestinidad en la que vivía, él estaba muy pendiente de nosotros. Incluso había grabado casetes con su voz, contándonos cuentos para mi hermana y para mí».

En 1984, cuando Juan Pablo tenía siete años, su padre tomó una de las peores decisiones de su vida: mandar asesinar al ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Ello supuso el exilio de la familia en Panamá, que Juan Pablo recuerda como una vida de bandidos, siempre escondidos. «Mi padre tenía tantas órdenes de captura que no podía permanecer mucho tiempo en las fiestas y celebraciones. Pero la realidad es que nunca nos despegamos de ese amor hacia el padre, hacia la familia, y lo cierto es que ese amor también nos ha ayudado a sobrevivir  y a ser las personas que somos hoy.» Fue una época difícil. Tenían muchos coches, casas, fincas, un zoo, todo lo que podían soñar, pero era imposible disfrutar nada de aquello. Es lo que Juan Pablo llama “los cinco minutos de disfrute”, que las narco series han tomado como referencia «y los han transformado en ochenta capítulos de gran vida que mi padre nunca disfrutó.» La Hacienda Nápoles era el mayor símbolo de ostentación, de poder y de riqueza de Escobar: tres mil hectáreas, veintisiete lagos artificiales, aeropuerto, helipuertos, diez casas, más de cien vehículos, helicópteros, aviones. Hoy es una ruina, como todas las demás fastuosas propiedades de Pablo Escobar. «¿Para qué una mansión, si no hay nadie que nos esté esperando? ¿Para qué toda esa riqueza si por su causa perdimos toda la libertad?»

Y, en paralelo a la ostentación absurda y sin límite, el lado solidario del narco. Creó el programa “Medellín sin tugurios” para ayudar a miles de familias pobres. Recaudó fondos y donó grandes sumas de dinero para reconstruir todo un barrio destruido por el fuego, que fue rebautizado con el nombre de Pablo Escobar. «Pero no nos debemos confundir, porque esto no hace a mi padre un buen hombre, ni alguien digno de imitar. El dinero que utilizó para ayudar a todas estas personas llevaba detrás muchísima sangre, muchísimo dolor y muchísima violencia. Aquellos actos no le convertían en Robin Hood.»


En 1988, Pablo Escobar y el cártel de Cali estaban envueltos en una guerra sin reglas, sin piedad, sin límites. La noche del 13 de enero, el piso en el que dormían Juan Pablo, su madre y su hermana pequeña voló por los aires. Milagrosamente los tres salieron ilesos, pero aquella fecha marcó el inicio de la era narcoterrorista. «Los pocos valores que a mi padre le quedaban este atentado terminó por arrancárselos definitivamente». Ordenó la explosión de más de doscientas bombas por todo el país, contra objetivos del cártel de Cali, pero también de manera indiscriminada en calles y lugares públicos. «Miles de veces mi madre y yo le pedimos que parara el terrorismo, que la solución no era más violencia. Que el hecho de que me hayan puesto a mí una bomba no me da autoridad para salir a ponerle bombas a nadie». Pero su padre nunca fue de escuchar opiniones contrarias, y se amparaba en el atentado a su familia para justificar sus actos.

Pusieron precio a su cabeza, veinte millones de dólares. Y a la cabeza de Juan Pablo, cuatro millones. Se vieron obligados a vivir escondidos, agazapados. Aterrorizados. Tenían millones de dólares en efectivo en la casa, pero todo ese dinero no les servía para ir a la tienda de la esquina y comprarse un trozo de pan, cuando en realidad podían haberse comprado toda la comida de la ciudad. Habían perdido su libertad. «¿Y para qué? Siempre me pregunte cuál era el sentido de todo aquello, si lo único que traían esos millones era dolor, desolación y problemas».



Entre el papá y el bandido

«Yo conocí a estas dos personas. Fue uno de los bandidos más duros pero también fue un papá muy tierno, fue siempre cariñoso conmigo y me dio buenos consejos». Es la gran contradicción que definió al hombre que generó tanto daño, que engendró tanta maldad, y que fue también capaz de dar tanto amor a su familia; el terrorista, el secuestrador, el asesino, el narcotraficante… y el padre, el esposo. Cuando Juan Pablo tenía apenas siete años, tras el asesinato del ministro de Justicia, su padre le confesó: «Hijo, yo soy un bandido y eso es a lo que me dedico», y desde entonces no tuvo problema en ver las noticias con su hijo y señalarle aquellos crímenes en los que él sí había participado o tuvo alguna responsabilidad. Prefería confesarle sus crímenes a que se enterara por la prensa, que muchas veces estaba plagada de mentiras y exageraciones.

«Yo me crie con los peores bandidos de Colombia; con ellos crecí y con ellos compartí la vida hasta los dieciséis años. Y un día les pregunté qué era lo que mejor habían aprendido de Pablo Escobar y la respuesta fue: “Lo mejor que le hemos aprendido al patrón es lo buen papá que es contigo”. Y esto tiene mucho que ver con el amor a la familia, y cómo ese amor puede transformarnos para bien en un momento en el que todo podría parecer que nos vamos a salir del camino». La gran diferencia entre la familia Escobar y las familias de los demás bandidos tiene que ver con la presencia o la ausencia de amor. Aquellos hombres estuvieron desde niños vinculados de alguna manera con la violencia, que veían y experimentaban a diario en sus familias. Un caldo de cultivo ideal para un patrón que les ofrecía armas y dinero, impunidad y poder.


Otra de las aparentes contradicciones del Escobar padre y el Escobar bandido fue el consumo de droga. Pablo fumaba marihuana, pero nunca delante de su hijo o de su esposa. Por puro respeto. Y porque su labor era inculcar a su hijo los valores de los que él carecía. “Hijo, valiente es aquel que NO la consume”, le decía el hombre responsable del ochenta por ciento del mercado de las drogas en aquellos años. Le explicó los efectos de la marihuana, de la cocaína, del LSD, y le insistía: “Un día tus amigos te van a invitar a que la consumas y te van a decir no seas cobarde porque no te atreves a probar… Pero recuerda, el auténtico valiente es el que no la prueba, es el que no la consume.” Juan Pablo, sin duda, era el niño más expuesto de Colombia a las drogas; todos sus guardaespaldas consumían, y sus amigos también. «Es ahí donde yo defiendo el auténtico valor y el poder de la educación; el arma más poderosa para enfrentarse a las drogas no son las ametralladoras ni los helicópteros, es la educación.»


El perdón es una herramienta de liberación

En el documental “Pecados de mi padre” tienen especial protagonismo los hijos de Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla, los políticos asesinados por sicarios de Escobar porque no se doblegaron ante las amenazas y no se corrompieron ante el dinero (“plata o plomo”). Juan Pablo quiso acercarse a ellos para pedirles su perdón. Pero ¿cómo te acercas a una víctima de tu padre? ¿Qué le dices, cuando el simple hecho de desearle buenos días puede considerarlo una ofensa? En ello lleva Juan Pablo muchos años y, afortunadamente, hasta ahora no ha tenido ningún rechazo, ni un reproche. Quizá tenga que ver con el proceso de paz que está viviendo Colombia, con el hartazgo frente a esa violencia de décadas y decenas de miles de muertes. Justamente, afirma Juan Pablo, son las víctimas de la violencia, las que más dolor han sufrido en esta guerra, quienes están más abiertas y predispuestas al perdón y a la reconciliación; a menudo mucho más que las personas que no han sufrido esa violencia, pero están llenas de odio y rencor. Pero la paz en Colombia nunca se logrará sin manos tendidas, sin brazos abiertos, sin corazones predispuestos. Como los de los hijos de Galán y Lara Bonilla, que acogieron al hijo del asesino de sus padres con las manos tendidas, los brazos abiertos y el corazón plenamente predispuesto al perdón y a la reconciliación.

A ellos Juan Pablo escribió una carta desde su propio corazón, que fue el principio de una relación que hoy perdura: «Diariamente me despierto en busca de la paz porque lo que aprendí de esta historia es que no creo que la violencia sea el camino o la excusa para nadie. Ninguno de nosotros pudo elegir a su padre, ni a su familia ni su apellido, simplemente nacimos y nos adaptamos a las circunstancias, al medio que nos rodeaba. Nuestro absoluto silencio en quince años de exilio no es más que un reflejo innato de prudencia y respeto por el país, pero el silencio absoluto nos mata a todos lentamente. Afectuosamente, Sebastián Marroquín». El encuentro se produjo en 2008. Fue un gesto valiente y noble por ambas partes. Y la constatación de que perdonar es posible.



En esa asignatura tuvo Juan Pablo la mejor maestra. «Mi madre fue mi gran maestra del perdón. Ella me enseñó que es posible perdonar, que es posible pedir perdón, que es posible sentir compasión por los demás y que se pueden sacar cosas muy positivas de todo ello». El perdón es una herramienta de liberación. «Mi madre tuvo un papel muy importante en la toma de conciencia de esas realidades, como familia y como país. La recuerdo pidiendo a mi padre que cesara la violencia, que encontrara una salida pacífica; y yo me sumé a esa voz de mi madre, que estaba sola». Eso es lo que salvó al resto de la familia, tras la muerte del patrón, el 2 de diciembre de 1993. «A  mi madre, en una reunión con cincuenta jefes mafiosos, se le dijo: “No se preocupe señora, a usted no le va a pasar nada, porque usted siempre le pidió paz a su marido y por eso está aquí, para hacer la paz con nosotros; pero a su hijo si se lo vamos a matar”. Mi madre dejó como garantía su vida ante todos esos jefes mafiosos porque yo me comportaría a la altura de las circunstancias. Y se tomaron muy en serio la oferta y por eso me dejaron vivir». Les condenaron a ser pobres, pero con la posibilidad de reinventarse. Una oportunidad que, desde luego, Juan Pablo no desaprovechó. Existen muy pocos narcos jubilados, para ellos solo hay dos caminos: la cárcel o la muerte. Juan Pablo siempre prefirió el camino del esfuerzo, el camino de la educación, de los estudios (es arquitecto), que paradójicamente es el que su padre le inculcó. Y es el que él intenta inculcar a miles de jóvenes a través de sus libros, sus conferencias y su testimonio de vida.


Una historia para no repetir

“A mi hijo Juan Emilio y a la humanidad, ante quienes me comprometo a permanecer como hombre de paz, para no dejarles un legado como el que heredé de mi padre… para que su historia no se vuelva a repetir”


Es la inequívoca dedicatoria de su segundo libro, Pablo Escobar. Lo que mi padre nunca me contó. Un deseo que él cree posible, y que la realidad aún se empeña en negarle. Pero hay un atisbo de esperanza. «Hace cincuenta años que vivimos en una guerra fratricida y nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, los colombianos. Pero estamos aprendiendo a ejercitarnos en el camino de la paz, que es un camino completamente desconocido para nosotros. Hay que perseguir la paz por imperfecta que sea, por cara que parezca.» Su único deseo es no dejar a su hijo el mismo legado de violencia y prejuicios que a él le tocó. Amenazado por el Cali, por el gobierno, por EEUU; rechazado por los bancos, que no le permitían disponer de cuenta corriente por su apellido… «Fue muy duro superar aquello, reconstruir mi vida y tener una vida ‘normal’. Me tocó vivir rodeado por tanta violencia —un día cayó una granada a sus pies, en el coche; y si no hubiera estado la ventana abierta habrían volado por los aires—, pero la mayor violencia que ha quedado es la del prejuicio, la del rechazo, la de la etiqueta: si eres el hijo de Pablo Escobar entonces eres peor que él, o eres más bandido que él. Y esa es mi batalla, a pesar de que llevo toda mi vida luchando por lo contrario, la paz y no la guerra». Hoy vive exiliado en Buenos Aires. Le tocó pagar por los crímenes de su padre, una responsabilidad que no le correspondía.

Por eso, precisamente, quiere dejar a su hijo con el suficiente amor hacia su abuelo, pero también dejarle muy claro quién fue Pablo Escobar, para que cuando le llegue la hora de elegir tenga la capacidad suficiente para escoger un camino diferente al de Pablo Escobar. «Mi gran reto es enseñarle a querer al abuelo pero no al mafioso. Que sea un gran conocedor de la historia de mi padre, de lo bueno y de lo malo, para que nunca llegue a repetirla.»

Hay quienes están orgullosos de que Juan Pablo no sea narco y hay quienes le quieren matar por no ser narco. Es la realidad de su vida desde hace dos décadas. Pero nadie muere en la víspera. O, como dicen en México, “Si te toca, ni aunque te quites”. Así que Juan Pablo vive el presente como única realidad. «Yo vivo un día a la vez, mañana me preocupo por mañana. Pero duermo como un bebé todas las noches». Lo cierto es que agradece infinitamente a los enemigos de su padre que le dejaran con los bolsillos vacíos y la necesidad absoluta de ganarse la vida legalmente. Hoy es inmensamente rico porque puede mirar a su hijo a los ojos, puede jugar con él y contarle historias. «Estoy vivo, soy libre y sigo rodeado de una familia amorosa que permanece unida en los momentos de alegría o de adversidad. Esa es mi fortuna».


Pero aún le queda una dolorosa espina clavada en lo más hondo. Y es el mensaje equivocado que aún perciben muchos jóvenes en su país y en los países de su entorno. Y la moda de las narco series no ayuda, precisamente. Su testimonio se dirige a todos ellos, y a la sociedad en pleno: «Pensemos qué hemos aprendido de estas historias para no repetirlas; y los jóvenes, que piensen hasta tres veces antes de querer convertirse en narcotraficantes. Y que aprendan a diferenciar la realidad de la pantalla. Creo que es necesario contar la historia real, no tergiversada; la verdadera sabiduría que debería quedarnos como sociedad después de haber transitado por una violencia como esta.» Que tanto dolor sirva para algo más que para ganar audiencia.


La reivindicación de Don Winslow

Lo expresa magníficamente Don Winslow, el novelista que mejor conoce —y retrata— el mundo del narcotráfico mexicano, en la voz del protagonista de El cártel, el periodista Pablo Mora: «México, la tierra de las pirámides y los palacios, de los desiertos y las junglas, de las montañas y las playas, de las extensas plazas y los patios escondidos, ahora es conocido como la tierra de las matanzas. ¿Y para qué? Para que los estadounidenses puedan colocarse. Justo al otro lado del puente [de Juárez] se encuentra el gigantesco mercado, la insaciable máquina de consumo que trae la violencia hasta aquí. Los estadounidenses fuman la hierba, esnifan la coca, se inyectan la heroína y toman el cristal, y luego tienen el valor de señalar al sur y hablar del “problema de la droga en México” y de la corrupción mexicana. El problema de la droga no es mexicano, sino estadounidense. En cuanto a la corrupción, ¿quién es más corrupto? ¿El vendedor o el comprador? ¿Y hasta dónde llega la corrupción de una sociedad cuando sus ciudadanos necesitan colocarse para evadirse de la realidad a costa del derramamiento de sangre y el sufrimiento de sus vecinos. Corrupta hasta la médula.» Y quien dice Estados Unidos dice Europa.


Sí, la vida de Juan Pablo Escobar no ha sido fácil. Como tampoco lo es el tema del narcotráfico. Pero si algo ha aprendido, viviendo tantos años bajo el peso de su apellido, de su historia, es lo que de verdad importa en la vida. «Lo que de verdad importa es todo: desde el más pequeño hasta el más grande detalle. Importa el respeto, importa la libertad, importa la vida, importa el compromiso que tengamos, importa también el perdón y la reconciliación, para que, como sociedad, podamos darnos una segunda oportunidad». 
Así sea.   


NOTA: Este artículo lo escribí originalmente para la revista Milenio.