Dicen que toda tu vida pasa ante tus ojos justo antes de morir. No sé si eso es cierto. Pero sí puedo asegurar que gran parte de mi vida pasó antes mis ojos, ante mis oídos y ante mi corazón hace apenas una semana. Y nunca me había sentido tan vivo.
Fue un fantástico viaje a un tiempo pasado que sí, fue mejor; más intenso, más despreocupado, más vibrante, más feliz, quizá. Una banda sonora de cuatro décadas y pico de duración que me ha acompañado siempre, siempre, y que el miércoles 12 de julio se materializó en un concierto memorable, imborrable. Pura elegancia, pura emoción, pura nostalgia; y una generosa dosis de esa excitante medicina que el viejo canalla domina tan sabiamente desde hace seis décadas. Incluidas (¡cómo no!) dos tríos de rubias sexys de piernas largas que nos enamoraron con sus voces y su talento a las cuerdas.
Y puede que hubiera cosas de las que no quisimos hablar, o recordar, como
aquel primer corte en el corazón (el más profundo), pero las recordamos y las
dijimos en silencio. Y fuimos Jeff Beck y Christine McVie, y Billy y
Patti, esos jóvenes corazones hambrientos de libertad, y Maggie
May y Baby Jane y Lady Marmalade. Y hasta Zelensky; y por
un momento nuestros doce mil corazones latieron al ritmo del corazón de Ucrania;
y lloraron lágrimas de guerra, de rabia y de injusticia.
Y sí, durante toda la noche estuvimos tan excitados como un tren repleto de chicas de Brooklyn, camino de la ciudad. Y todos estuvimos en el corazón de todos, y nos sentimos muy sexys y nos susurramos unos a otros, al oído, ¿Te he dicho últimamente que te quiero? Y navegamos a través del mar, y volamos cruzando el cielo y sentimos -doce mil almas unidas en una sol- que aquella noche era la noche. Y que nunca habría otra igual. Una noche que el tiempo jamás podrá borrar de nuestra memoria.










