viernes, 15 de marzo de 2024

Lo Que De Verdad Importa 2023. Tres valiosos regalos de Navidad y 6.000 corazones en uno

 



“La vida no son los momentos vividos sino las personas que has ido conociendo por el camino”.
No recuerdo cuándo ni cómo ni a través de qué o quién me llegó esta reflexión. Sólo sé que fue hace tiempo y que la adopté como propia al instante. Como propia y como cierta, al menos estos últimos años. Porque desde que asistí a mi primer congreso de Lo Que De Verdad Importa, allá por el año 2009, no he hecho más que conocer gente excepcional. Gente buena, generosa, entregada, bondadosa, valiente, tenaz, inspiradora; y con una capacidad gigantesca de darse a los demás, sin pedir nada a cambio más allá de una sonrisa, un abrazo o un ‘gracias’.

Así que uno, como cada año, llega al congreso de Lo Que De Verdad Importa con verdaderas ganas. Con hambre de personas, de lecciones y aprendizajes. De magia. Y llega también con sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias, con sus granitos de arena reconvertidos en himalayas imposibles; con su queja latente y su visión nublada de esta vida loca, loca, loca; llega, en fin, con sus gafas de miope emocional, o sus orejeras cargadas de prejuicios, que no le dejan ver más allá de lo que tiene frente a sus ojos y a no más de metro y medio.

Y no falla: es llegar y empezar a sentir la magia. Uno ve a esos seis mil jóvenes, apenas 17 o 18 años, contagiándose ilusión anticipada por lo que están a punto de experimentar; ve a los voluntarios, animosos y entregados; y a los habituales amigos de todos los años (patronos y fans incondicionales de LQDVI), que se reservan este día como quien se reserva el día de su boda; y ve a María Franco, a Carolina Barrantes, a Pilar Cánovas y a su equipo de cracks, rematando con nerviosismo los detalles de última hora, agobiadas (¡bendito agobio!) por la apabullante asistencia, que este año desborda el aforo del Palacio de Vistalegre (¡6.000 almas!), lo mismo que todos los aforos, año tras año, en todas las ciudades (que son muchas ya).

Y uno ve, ya en la zona VIP, a los ponentes que en unos minutos van a dar un revolcón emocional, moral y casi físico a todos los que allí estamos, en cuerpo y alma. Uno ve al padre Opeka, a Abdul, a Edurne listos para darlo todo (T-O-D-O) y piensa: “Bien, Pepe, bien; estás en el lugar correcto hoy. Esto promete. Esto te va a soltar un bofetón de realidad terapéutica que te va a fulminar las orejeras con efecto instantáneo, y te va devolver a casa como nuevo. Y falta te hace”. Y uno, que en el fondo no es mala gente, toma asiento, deja sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias en el suelo, bajo sus pies, y abre bien las orejas, la mente y los lacrimales en espera de su ansiado regalo.




Porque el Congreso de Lo Que De Verdad Importa es como una gran fiesta de cumpleaños que, como todos los años desde hace diez y siete (yo desde hace trece), muchos miles de jóvenes de toda España -y cada vez más parte del extranjero- esperan ansiosos y expectantes, ilusionados y agradecidos, casi más que su propia fiesta de cumpleaños. Y es que para participar en estos congresos, para imbuirse de lleno en sus lecciones de vida, hay que ir con el corazón abierto de par en par, presto a dejarse empapar de todo de lo que allí se vive, se disfruta, se respira, se aprende. De todo lo que, año tras año, allí se contagia. De todo lo que, desde hace ya diez y siete años allí se nos regala. Que es mucho. Muchísimo.

Se nos regalan emociones que quizá hacía tiempo que no sentíamos, y de las que, sin saberlo, andábamos ya muy necesitados. Se nos regalan alegrías de ésas que le roban una sonrisa al corazón, más que a los labios; se nos regalan superpoderes como la capacidad de querer entregarse a los demás, de no hacerse invisibles cuando alguien nos necesita o de superar obstáculos que veíamos imposibles unas horas antes; se nos regala música y humor y llanto (del bueno, del sano), tres regalos tan necesarios para el alma y tan olvidados por la razón; se nos regalan abrazos con potentísimas descargas de VIDA, un chute de adrenalina emocional de alto voltaje; se nos regala magia y sueños y valor y nuevas capacidades que antes desconocíamos, y nuevos límites, más anchos, más altos; y ganas de crecer y de crear y de emprender y de aprender; y, sobre todo, se nos regalan valiosísimas lecciones que nos enseñan a ser mejores personas, a mirar más hacia los lados, hacia abajo, y menos hacia arriba; y, en fin, a descubrir LO QUE DE VERDAD IMPORTA

Y eso sí que es un valioso regalo de Navidad. Tres valiosos regalos, en realidad…




Primer regalo: el misionero Pedro Opeka y su lección de amor, humildad y perseverancia

Yugoslavo de nacimiento (1948), argentino de adopción, hijo de padres que huyeron del comunismo, Pedro Opeka descubrió muy pronto el valor del trabajo y el valor de la verdad (“la palabra más importante”). Con 9 años ya era ayudante de albañil, y a los 17 descubrió su vocación de ayudar a los demás, en las aldeas mapuches desperdigadas por los Andes. Poco después recibió la llamada de las misiones y su única respuesta fue “Allá voy”. Llegó a Madagascar, uno de los países más pobres del mundo, con 22 años y un billete solo de ida. Nada más. Allí se topó con la “gran pobreza”, primero en las aldeas –gobernadas por el hambre, la enfermedad y la mortalidad prematura- y luego en los gigantescos vertederos de la capital, donde niños y mujeres luchaban a vida o muerte contra la basura y las alimañas.

El padre Opeka se hizo una promesa: ayudar a esa pobre gente a recuperar la dignidad y el futuro que la dictadura y la pobreza les habían arrebatado. Creó un movimiento de solidaridad, sin apenas recursos, pero con la ayuda de Dios y tres pilares fundamentales: trabajo, educación y disciplina. Después de 35 años de lucha y perseverancia, aquel pequeño germen es hoy una ciudad (Akamasoa) de más de 30.000 habitantes que viven con dignidad, trabajan por un salario, reciben educación y comen todos los días. Un milagro que se sustenta en la fuerza, la convicción y el amor de un sacerdote blanco que entendió, desde muy joven, que ayudar a los demás es nuestro deber moral, nuestro deber humano; que la pobreza es una cárcel que mata el alma, es la vergüenza del mundo; y que lo que de verdad importa, seas quien seas, vengas de donde vengas, es amar, servir y compartir, con humildad y con alegría. Amén.





Segundo regalo: Abdul, el niño que sobrevivió a la guerra, a las mafias y al odio

La historia de Abdul comienza en 1999 en un pequeño pueblo de Siria, en el seno de una familia feliz y unida. Abdul, el hijo menor y el nieto más pequeño –y más querido- de su abuelo, soñaba desde niño con ser actor. Un sueño que, como otros millones de sueños, voló por los aires cuando la guerra estalló en Siria, en 2011. La primera víctima fue su mejor amigo, asesinado de un disparo en una manifestación pacífica. Luego llegaron los gritos y los llantos, el horror de las bombas, las violaciones, el miedo, la destrucción. Y el secuestro. Abdul tenía 14 años cuando más de cien compañeros y profesores fueron secuestrados en su propio colegio por el ISIS. Allí, la primera víctima fue su profesora, degollada allí mismo, delante de sus alumnos. A lo largo de cuatro meses, los niños fueron torturados física y psicológicamente día tras día, noche tras noche. Hasta que un día, el valor pudo al miedo y la esperanza se impuso a la rendición y Abdul pudo escapar junto a un pequeño grupo de amigos. Logró llegar a su pueblo y desde allí le ayudaron a pasar la frontera turca.

Allí comenzó una terrible odisea –mafias incluidas- que le llevó en una frágil patera hasta Grecia, y de Grecia hasta España (donde vivía su hermano) atravesando miles de kilómetros (Macedonia, Serbia, Croacia, Hungría, Alemania…) en autobuses y trenes atestados o a pie por caminos y carreteras interminables. Tenía 16 años. En nuestro país comenzó una nueva vida. Trabajó duro, estudió, aprendió español, logró los papeles y luchó sin descanso para traer a su familia a España (sus padres, sus hermanas, su novia). Hoy, a sus 24 años, ha creado su propia familia, tiene una hija, un buen trabajo y un futuro cierto y esperanzador. Es precisamente la esperanza lo que nunca le abandonó. “Escapé del secuestro y llegué hasta aquí porque nunca perdí la esperanza. Esos es lo que me salvó”. Su historia nos demuestra, una vez más, que no hay imposibles, que siempre hay una salida y que siempre hay alguien a tu lado para ayudarte a salir. Que el odio nunca es el camino, que perdonar es amar. Y que debemos dar gracias todos los días por estar aquí.





Tercer regalo: Edurne Pasabán y su escalada más difícil, la depresión.

La historia de Edurne es una historia de lucha, coraje y superación. De metas muy altas (de más de ocho mil metros) y de caídas muy profundas y oscuras, en la sima de la depresión y el suicidio. Algo que requiere mucho más valor que subir al Everest o al K2. Desde muy joven Edurne se dio cuenta de dos cosas: una, que no encajaba en los estándares de su edad y su entorno (incluso sufrió bullying) y que en la montaña se sentía integrada, comprendida y respetada. Libre. Solo allí, en lo alto de un cuatromil o un seismil se sentía ella misma. Pero de eso no se podía vivir, claro, así que estudió la carrera familiar (Ingeniería) y se sumó al negocio familiar. Pero la montaña tira mucho. Y el Himalaya la atraía especialmente. En 1998 realizó su primera expedición, sin éxito. En 1999 repitió, y nada. Un año después se quedó a tan solo 248 metros de la cima. Finalmente, en 2001, al cuarto intento logró coronar la cima más alta del planeta. Luego vinieron otros ochomiles, otros retos superados, otros sueños cumplidos. Y casi la muerte, ascendiendo el Kanchenjunga en 2009 (se rindió a la montaña y su equipo la salvó de una muerte cierta, bajándola en brazos desde 7.700 metros hasta el campamento base, a 4.000 metros).

Edurne Pasabán logró su objetivo de culminar los catorce ochomiles en 2010; la primera mujer del mundo en conseguir esa portentosa hazaña. Una gesta sobrehumana al alcance de muy pocos. Sin embargo, su montaña más complicada, más peligrosa y difícil no estaba en el Himalaya, sino en el interior de su cabeza. En 2006 Edurne, 31 años, sufrió una depresión severa que la llevó a un hospital psiquiátrico tras intentar quitarse la vida dos veces. Pero su lema era, y sigue siendo, levantarse y seguir. Y eso sirve igual para la montaña y para el día a día. Lo importante, nos recuerda, es dejarse ayudar; por tu gente, por los que te quieren, y por los profesionales. No tengáis vergüenza en pedir ayuda. Ni en reconocer que tenéis una enfermedad mental”. No es una debilidad, es una enfermedad. De hecho, ella salió fortalecida, volvió al Himalaya, recuperó su vida, su pasión, y culminó su proeza. Esa vuelta a su camino elegido fue lo que la salvó. Y es el mensaje final que nos deja: “Sed vosotros los que escribís vuestro propio libro de vida. No dejéis que lo haga nadie más”.

El reconocimiento a Miguel Ángel Muñoz


La tarde aún nos deja algún regalo sorpresa más, como los vídeos de felicitación de Nando Parrado y Bosco Gutiérrez Cortina, ponentes del primer Congreso; la presencia estelar del Alcalde Martínez-Almeida y de la Presidenta Díaz Ayuso; y la visita del actor Miguel Ángel Muñoz, que recibe el reconocimiento de la Fundación por su labor para visibilizar a nuestros mayores, a través del documental “100 días con la Tata”. Una maravillosa y entrañable historia de amor y de humor que vivió a lo largo de la pandemia mano a mano con su tía bisabuela, la tata que lo cuidó desde pequeño.

Y se acaba la fiesta. Con música, como siempre. Con fotos y abrazos y besos y emociones compartidas y promesas de vernos pronto y un hasta luego que intentamos estirar como un chicle boomer gigante. Y uno, ya de vuelta en casa, se sienta en su butaca de leer, se coloca los cascos y escucha, con los ojos cerrados, la maravillosa Fields Of Gold, versión de Eva Cassidy (que ha sonado en la ponencia de Edurne), y piensa en esos 6.000 jóvenes corazones latiendo al unísono (¡sí, hay futuro!), y en las historias del padre Opeka, de Abdul y de Edurne, y en tantas otras impagables lecciones de vida que muchos miles de jóvenes –y no tan jóvenes- escuchan y absorben en los congresos de Lo Que De Verdad Importa; y allí sentado, reflexionando entre la música y el silencio, me digo -bien alto para que lo escuche el corazón-: “¡Felicidades, Pepe! No sé qué te traerán los Reyes Magos este año, pero ya tienes el mejor regalo de Navidad que se pueda pedir. Ahora, amigo mío, toca usarlo a conciencia”.

Y en eso estamos.



viernes, 21 de julio de 2023

Crónica emocional del concierto de Rod Stewart. Mi vida ante mis ojos

 


Dicen que toda tu vida pasa ante tus ojos justo antes de morir. No sé si eso es cierto. Pero sí puedo asegurar que gran parte de mi vida pasó antes mis ojos, ante mis oídos y ante mi corazón hace apenas una semana. Y nunca me había sentido tan vivo.

 No es fácil expresar con palabras lo que se vive en el alma. No es fácil dar sentido racional a lo que es pura magia. No es fácil modelar algo tan etéreo, tan volátil, tan invisible –y al mismo tiempo tan palpable- como la música. Y aún diría más, como la música vivida, sentida, paladeada en directo.

 Y eso es lo que sentí hace apenas una semana –aún lo siento- en el concierto que nos regaló Sir Rod Stewart en el Wizink Center. Y sí, toda mi vida desde adolescente -desde que llegó a mis manos aquel impagable Absolutely Liveque yo pinchaba sin cesar en el bar de Zarauz donde curraba- pasó ante mí como un maremoto emocional de sonidos, vivencias, recuerdos, amistades, amores, lugares, momentos…  Momentos eternos, imborrables, como la primera vez que bailé Sailing (pegado, muy pegado) en aquellos guateques clandestinos; o cuando mi cuñada me regaló Storyteller, que lo tiene casi todo; o la cinta que me grabó mi querido amigo Ernesto, donde descubrí temazos como Reason To Believe, The Killing Of Georgie, Mandolin Wind o I Was Only Joking); o el día que me compré en un mercadillo de Londres el vinilo de Atlantic Crossing, que devoré día tras día hasta casi rayarlo; o los viajes a ritmo de Stone Cold Sober, Hot Legs, Every Picture Tells A Story, It's All Over Now y tantas otras obras inmortales del viejo rockero; o aquel concierto a medias en Las Ventas, en 1986, del que me tuve que ir escopetado a casa en la vespino de mi hermano, desesperado de dolor por una muela cabrona (aunque más dolió perderme el show); o el día que descubrí Rose, hace apenas unos meses, y me enamoré perdidamente, otra vez, de la trágica Irlanda; o las veces que he bailado Tonight I'm Yours, Maggie May o Sweet Little Rock And Roller en bares, bodas y fiestas de todo pelo; o la de veces que he pinchado, desde mi cabina de mando, You Wear It Well, Twistin' The Night Away, Stay With Me y tantas otras joyas para animar la noche; o la de veces, en fin, que he llorado (de puro gozo) escuchando I Don't Wanna Talk About It, You're In My Heart, To Love Somebody, The First Cut Is The Deepest o esa maravilla imerecedera que es Country Comforts.



Fue un fantástico viaje a un tiempo pasado que sí, fue mejor; más intenso, más despreocupado, más vibrante, más feliz, quizá. Una banda sonora de cuatro décadas y pico de duración que me ha acompañado siempre, siempre, y que el miércoles 12 de julio se materializó en un concierto memorable, imborrable. Pura elegancia, pura emoción, pura nostalgia; y una generosa dosis de esa excitante medicina que el viejo canalla domina tan sabiamente desde hace seis décadas. Incluidas (¡cómo no!) dos tríos de rubias sexys de piernas largas que nos enamoraron con sus voces y su talento a las cuerdas.

 Porque ese miércoles todos fuimos Rod. Todos fuimos La Valiente Escocia, con sus gaitas y su orgullo patrio, y fuimos adictos al amor (si es que alguna vez dejamos de serlo) y todo lo que vestíamos nos quedaba bien, como a él, incluso la cara de Ronnie Wood (Oh La La!), su eterno compi de Faces. Y todos bailamos y vibramos y añoramos a Tina, y fuimos eternamente jóvenes y, sobre todo, fuimos suyos durante toda la noche. Esa y todas las noches, en realidad.

 

Y puede que hubiera cosas de las que no quisimos hablar, o recordar, como aquel primer corte en el corazón (el más profundo), pero las recordamos y las dijimos en silencio. Y fuimos Jeff Beck y Christine McVie, y Billy y Patti, esos jóvenes corazones hambrientos de libertad, y Maggie May y Baby Jane y Lady Marmalade. Y hasta Zelensky; y por un momento nuestros doce mil corazones latieron al ritmo del corazón de Ucrania; y lloraron lágrimas de guerra, de rabia y de injusticia.

 


Y sí, durante toda la noche estuvimos tan excitados como un tren repleto de chicas de Brooklyn, camino de la ciudad. Y todos estuvimos en el corazón de todos, y nos sentimos muy sexys y nos susurramos unos a otros, al oído, ¿Te he dicho últimamente que te quiero? Y navegamos a través del mar, y volamos cruzando el cielo y sentimos -doce mil almas unidas en una sol- que aquella noche era la noche. Y que nunca habría otra igual. Una noche que el tiempo jamás podrá borrar de nuestra memoria.

 Una noche que nos recordó que aún somos jóvenes en busca de libertad, jóvenes corazones de 78 años, o de 58. Y que no hay tiempo que perder, porque la vida es demasiado breve y el tiempo es un ladrón cuando estás indeciso. Pero ya nos lo dejó bien claro la otra noche el joven Rod, con su voz áspera, carnosa, sublime, melodiosamente sexy: el tiempo está de nuestro lado.

 Así sea.



viernes, 18 de noviembre de 2022

Lo Que De Verdad Importa 2022. Otra sacudida de las buenas


Sucede, a veces, que uno necesita ese empujoncito que le reafirme en sus valores; que le diga que sí, que está en el camino correcto; que, aunque imperfecto, uno es en el fondo buena gente. Sí, todos necesitamos a veces ese empujoncito. Somos así, los humanos. Pero lo de ayer no fue un empujoncito
. Fue una sacudida en toda regla. Lo suele ser, siempre, el congreso de Lo Que De Verdad Importa. Porque lo que allí se vive, lo que allí se palpa, se respira, se ve; lo que allí se escucha y se interioriza no son testimonios más o menos impactantes, más o menos inspiradores; no, lo que allí experimentas son sacudidas brutales a tu conciencia acomodada, a tu vida de queja y pereza, a tu “no se puede”, a tu “es que” y a tu “si yo lo intento”. Y no hablo de los cerca de dos mil jóvenes que tuvieron la suerte –o los reflejos- de conseguir entrada (otros tantos se quedaron en lista de espera; buena señal de que la generación siguiente viene con ganas). No, hablo de nosotros, los maduros, los mayores, los que hoy –se supone- dirigimos el cotarro.

Somos el espejo en el que se miran los niños y los jóvenes de hoy. Somos el ejemplo que les guía en uno u otro sentido; esa es nuestra responsabilidad, la más importante quizá (“Hijo, ten cuidado de por dónde andas” “Ten cuidado tú, papá; yo sigo tus pasos”). Por eso me gusta acudir al Congreso de LQDVI cada año. Por eso necesito acudir al Congreso de LQDVI cada año. Porque nos devuelve a la realidad, a la buena, no a la conveniente; y nos sacude, y nos despierta. Y nos levanta.



Y es que uno, como cada año, llega al congreso de Lo Que De Verdad Importa con sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias, con sus granitos de arena reconvertidos en himalayas imposibles; con su queja latente y su visión nublada de esta vida loca, loca, loca; llega, en fin, con sus gafas de miope emocional, o sus orejeras cargadas de prejuicios, que no le dejan ver más allá de lo que tiene frente a sus ojos y a no más de metro o metro y medio. Y no falla: es llegar y empezar a sentir la magia. Uno ve a esos dos mil jóvenes, apenas 18 o 19 años, contagiándose ilusión anticipada por lo que están a punto de experimentar; ve a los voluntarios, animosos y entregados; y a los habituales amigos de todos los años (patronos y fans incondicionales de LQDVI), que se reservan este día como quien se reserva el día de su boda; y ve a María Franco y su equipo de cracks, rematando con nerviosismo los detalles de última hora, agobiadas (¡bendito agobio!) por la apabullante asistencia, que cada edición desborda el aforo del Palacio de Congresos de IFEMA (lo mismo que todos los aforos, año tras año, en todas las ciudades). Y este año ha venido hasta el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida (“Pepito para mis amigos”), que recuerda a los jóvenes que “el futuro es vuestro, y lo bueno que os pase en la vida dependerá de lo que hagáis hoy”. Aptitud y actitud. Y no traicionarse a uno mismo, ser siempre leal a los principios y convicciones.  

Y entonces, empiezan las sacudidas.

 


Primera sacudida: Marián Rojas. Doctora del alma y experta en felicidad

La autora del best seller “Cómo hacer que te pasen cosas buenas”, psiquiatra vocacional (o médico del alma, como Marián define su profesión) y sobre todo un bellísimo ser humano (un voluntariado en los vertederos de Camboya cambió su vida; luego llegaron otras muchas causas), nos enseñó que la felicidad consiste en ser capaces de disfrutar lo bueno que nos sucede cada día (esas pequeñas cosas) y aprender a gestionar lo malo (eso que nos supera y nos anula).

Y sobre todo advierte a los jóvenes del peligro real -y diagnosticado- que supone estar empantallados durante horas cada día, en búsqueda permanente de la satisfacción inmediata. Una auténtica adicción a la dopamina, tan nociva y tan adictiva como la cocaína. Soledad, vacío, miedo, inseguridad, desilusión, depresión, desinterés por todo… Es la crisis del s. XXI, agravada en los adolescentes por la pandemia. ¿La solución? Trabajo (compromiso, esfuerzo, motivación) y Amor (a uno mismo, a los demás, a las propias creencias). Y mucha oxitocina, esto es, muchos abrazos de más de 8 segundos, mucha empatía, mucho mirarse a los ojos y muchas personas vitamina alrededor.

 


Segunda sacudida: Sarah Almagro. Campeona de surf adaptado… sin manos ni pies.

Sarah es muy joven (22 años) pero muestra una seguridad y una madurez extraordinarias. Será porque tuvo que madurar de golpe –muy de golpe- cuando apenas tenía 18 años. El futuro, eso que planeas tan detenidamente, puede desaparecer en un instante, nos dice. Y entonces te das cuenta de que te has olvidado de vivir el presente. Sarah, multideportista desde los 5 años (surf, tenis, crossfit, fútbol), activa, rebelde, luchadora, vivió ese cambio drástico del destino cuando sufrió una meningitis que le robó las manos y los pies (sus padres se enfrentaron a los médicos para que no le amputaran hasta el hombro y las ingles, que era la idea inicial), y la encadenó a una máquina de diálisis. Fue un golpe durísimo (“¿Por qué a mí?”) que casi acaba en depresión, en rendición.

Pero Sarah peleó por su vida (en equipo con su familia), batió todos los records en la rehabilitación, salió de la silla de ruedas, se libró de la diálisis (su padre le regaló uno de sus riñones) y se volvió a subir a una tabla de surf. En menos de tres años después de aquel coma inducido, en el delgado filo de una muerte casi cierta, Sarah estaba ganando el Campeonato de España (dos veces) y colgándose una medalla de plata en el Mundial de Surf Adaptado celebrado en California. “La vida no es maravillosa. Es una auténtica mierda (enfermedades, pobreza, guerras) pero podemos hacer que sea maravillosa. Depende de ti y de tu actitud”. Al final, nos dice –y nos demuestra- Sarah, la fuerza de voluntad es lo que mueve el mundo.

 


Tercera sacudida: Nacho y Leto. El poder del amor en los momentos más oscuros

La historia de adicción, familias rotas, redención y amor sin fisuras de Nacho y Leto fue una demostración de hasta qué punto se puede desnudar un alma en público. Algo habitual en los congresos de LQDVI, porque aquí nadie juzga; sólo escucha, interioriza, entiende –o no- y reflexiona. Nacho era un adolescente con una vida cómoda y una familia normal, como cualquier otra. Pero solo en apariencia. Porque el alcohol era el dueño de ese hogar y los hijos fueron las primeras víctimas. Enviado a los 9 años a un internado en Suiza, a 9.000 km de su casa y de sus padres, en México, Nacho se sentía abandonado, rabioso, una bomba de emociones y problemas conductuales en el colegio. Esa bomba acabó explotando en Madrid, donde fue a vivir con su madre, ya separada. Ahí probó el alcohol y ya no lo soltó. Le gustó ese efecto de evadirse, borrarse, ser otro. A la fiesta se unieron luego el hachís y la cocaína. Y encadenado a esa noria se pasó años.

Conoció a Leto y se enamoró. Nacho intentó bajar el nivel de drogas y alcohol durante esa relación. Pero siempre volvía (“la cagaba, la cagaba y la cagaba”). Ni siquiera cuando ella se quedó embarazada y meses después nació Lola. El día del parto Nacho estaba colocado. Entre Miami y Madrid la cosa no cambió, hasta que Nacho eligió salvarse, por su familia más que por él, e ingresó en un centro de desintoxicación. Tenía 24 años. Tras seis meses de tratamiento intenso y duro, resucitó. Se volcó en el deporte (sacrificio, orden, conducta), acabó la carrera y volvió con Leto. Se casaron y hoy viven una vida feliz, limpia, serena (aunque Nacho sigue yendo a terapia), rodeados de cuatro hijos de cuento (Lola ya tiene 16) y arropados por todo el amor del mundo. Una vida sumida en la oscuridad durante años que vio la luz gracias al milagroso poder de la familia.

 


Cuarta sacudida: Ara Malikian. El poder transformador de la música, incluso entre las bombas.

Ara Malikian es hoy un músico conocido y admirado en todo el mundo. Violinista virtuoso y especialista en sacudir los formalismos inamovibles de la música clásica, colecciona sold outs en los más prestigiosos teatros y auditorios (y en plazas de pueblos y pequeñas iglesias) y es recibido con los brazos abiertos en docenas de países. Un tipo peculiar y exitoso, carismático y global. Y un hijo de la guerra. Malikian nació de padres armenios huidos al Líbano por un genocidio que el gobierno turco aún niega. A los 6 años le tocó vivir otra guerra que duró más de 20 años. Allí, entre las bombas y los disparos, el pequeño Ara practicaba el violín día y noche, en casa o en el sótano (“Como los Beatles en el garaje” le motivaba su padre). Y allí, entre las bombas y los disparos, Ara descubrió el poder transformador de la música: esos sótanos estaban llenos de fiesta, baile, canciones, música, ¡vida! Algo parecido a la felicidad.

Con el tiempo, sus padres lo enviaron a estudiar música a Alemania, cuna de Bach, Mozart y Beethoven, pero donde él se sentía un bicho raro. Tocando en bares y “amenizando bodas judías durante cuatro años” logró pagarse los estudios. Y descubrió, de paso, que las razas y las religiones no están hechas para odiar (como le habían enseñado desde pequeño), sino para unir. Y la música es el pegamento de contacto. Practicó duro, diez veces más que sus compañeros, y se convirtió en un virtuoso del violín. Y también en un renovador. Porque Ara amaba la música clásica, pero también se impregnaba de todas las músicas que escuchaba en los bares y clubes en los que tocaba. Luego, estuvo 7 años en una orquesta en un teatro de ópera; un salario, seguridad, confort… pero se sentía atrapado, “hasta que salí del foso”. Años después, con su violín al hombro, conquistó el mundo. Y descubrió que aquel viejo violín (un “Alfredo Ravioli” auténtico) que le regaló su padre había salvado la vida de su abuelo años atrás, disfrazado de violinista para huir del genocidio armenio. Al final, nos dice Ara, la música tiene un gran poder, porque llega al corazón. Y es un arma poderosísima para hacer del mundo un lugar más justo, más noble y más respetuoso con los demás. Nuestro deber, con o sin violín, es intentarlo.

 


Después de escuchar estas cuatro historias y sentir estas cuatro sacudidas uno ya no es el mismo que cuando entró en ese majestuoso auditorio. Es lo que tienen los congresos de LQDVI. Que te sacuden por dentro como una ola de seis metros en Mavericks. Y te dejan baldado. Y renovado. Y, sí, un poco mejor persona. Eso es, al fin y al cabo, lo que de verdad importa.

Lo dijo Jorge Font, ponente habitual, deportista y poeta: “Si no vas a un congreso de LQDVI, no te pasará nada. Pero si vas, te pasa algo seguro”. Hasta el año que viene, pues.