domingo, 13 de septiembre de 2020

Maestros de cine. Un homenaje a los buenos profesores de siempre.



Aprovechando que estos días estamos terminando el curso en toda España, vaya ahora mi rendido homenaje a todos los profesionales de la enseñanza, desde los educadores infantiles a los catedráticos, que en estos tiempos de pandemia e incertidumbre también tienen lo suyo. Un homenaje merecido, desde luego, por lo que los maestros —los buenos maestros— representan para la sociedad. Por lo que hicieron por nosotros, y por lo que ahora hacen por nuestros hijos, en unas condiciones que desde luego no son las ideales. Aunque casi nunca lo son. Me llegan también los propios recuerdos, envueltos en nostalgia, de aquellos profesores que nos dejaron huella en nuestra lejana adolescencia. Buenos maestros que, además de saber, sabían enseñar. Y sabían inspirar. Algunos de ellos en clase; otros, en el cine.


El tema de la educación (en el colegio, instituto o high school; como drama, comedia o musical) es un género recurrente en la historia del cine. No todas las películas son buenas, claro; ni siquiera reseñables. Pero hay un selecto puñado que, además de sacar sobresaliente en Cine, han llegado a marcar a más de una generación de espectadores que en ellas vieron reflejadas sus propias experiencias escolares y vitales. Las buenas, claro. Decía el autor –y célebre inspirador- William A. Ward, “El profesor mediocre dice. El profesor bueno explica. El profesor superior demuestra. El profesor excelente inspira”. Pues a eso vamos, a recordar a unos cuantos de esos excelentes maestros de cine, inolvidables, imprescindibles, inspiradores; que no vendría mal, por cierto, recuperar en estos tiempos aciagos para la educación (en su sentido amplio).

Uno de los más entrañables, queridos y recordados es el carismático Mister Chips, Chipping para los alumnos y colegas de Brookfield. Un personaje que es el paradigma de la vocación abnegada, del amor sin fisuras a la enseñanza, del maestro que se debe a sus alumnos y a ellos se entrega durante 58 años, forjando hombres a partir de niños. Sin gritos ni autoritarismo, a pesar de lo que de él se espera (“Hace falta carácter y valor. Si no sabe ejercer la autoridad, creo que, como todo joven, debería preguntarse seriamente si quizá no habrá equivocado su vocación”); sino desde el ejemplo, desde la humildad y la bondad, desde la inquebrantable rectitud moral.


A lo largo de seis décadas, Mr Chips ha ido dejando una profunda huella en la institución y en todos cuantos ha pasado por ella; primero es blanco de burlas, debido a su timidez y tono pausado, pero pronto sus métodos de enseñanza y su personalidad se ganan el respeto merecido. Es el amigo que nos guiña un ojo ante una falta leve, pero también es implacable si la falta compromete a los demás. Comparte su vida con los alumnos, con ellos vive guerras, revoluciones, conflictos emocionales, alegrías y duelos (la muerte repentina de su esposa; y la de numerosos pupilos, a causa de la guerra), pero Chipping se debe a su trabajo, a su pasión, que sigue ejerciendo hasta el final, cuando ya la soledad, la melancolía y la vejez han ido ganando terreno y la vida se le escapa.

Una obra inspiradora, sin duda, Adiós Mister Chips y probablemente la película que inauguró el género en 1939, junto con Forja de hombres, un año antes. Aunque en este caso el buen maestro no es un profesor, sino un sacerdote, el padre Flanagan; y no forja hombres en una escuela convencional, sino en un hospicio que acoge a niños sin hogar y muchachos conflictivos que malviven en las calles. Uno de los más memorables personajes de Spencer Tracy, basado en el fundador de La Ciudad de los Muchachos, que resulta toda una lección de tolerancia, comprensión y buenismo bien entendido (“No hay ningún chico malo” es su lema).

Conflictivos son también los alumnos de Semilla de Maldad, que además de inmortalizar el Rock Around The Clock de Bill Halley, y con él dar fecha de nacimiento oficial al Rock and Roll (25 de marzo de 1955), fue también el primer papel de peso de Sidney Poitier y una de esas películas imprescindibles para tratar de entender a la juventud de la posguerra. Glenn Ford interpreta a un veterano de guerra, Richard Dadier, que comienza una nueva vida como profesor de instituto en un barrio conflictivo de una ciudad cualquiera; trata desesperadamente de conectar con sus alumnos, una variada fauna de marginados, rebeldes sin causa y potenciales delincuentes, liderados por Gregory Miller (Poitier). El profesor choca de lleno no sólo contra la indiferencia de los alumnos, los conflictos raciales y la violencia, sino también con el desinterés de los otros profesores y su propia soledad. Pero poco a poco, con paciencia, con tesón, con astucia, se va ganando el respeto de los jóvenes, que en el fondo andan perdidos tratando de hallar una luz que les guíe. Dadier sólo pretende que esos chicos que "están a su cargo", muestren y sientan un atisbo de ganas por aprender, hacer de ellos hombres y mujeres de provecho. Sólo eso.


Doce años después, por una de esas carambolas de los castings (o no), el que fuera alumno marginal (Sidney Poitier) se transforma en profesor novato de instituto conflictivo en Rebelión en las aulas (1967), ahora en un suburbio londinense en plena revolución pop. Mark Thackeray se da cuenta de que sus estudiantes están bastante más necesitados de lecciones de vida que de lecciones académicas; de comprensión que de mano dura (la violencia ya la tienen en casa); de empatía que de disciplina. Al final, el respeto y el sentido común se imponen y alumnos y profesor reciben su premio: ellos, un sentido a su vida; Thackeray, una emotiva fiesta de despedida (quizá demasiado idílica para ser real) en la que sus jóvenes descarriados le muestran su agradecimiento y su cariño sin fisuras (el título original es To Sir, With Love).

No precisamente marginados son los estudiantes de la elitista y conservadora Welton, cuyos valores fundacionales “tradición, honor, disciplina, grandeza” no han sido jamás cuestionados. Hasta que asoma por la puerta el profesor Keating (Robin Williams), cuyo amor por la poesía, su rechazo a los convencionalismos y sus inspiradores métodos de enseñanza logran impactar de tal modo en sus alumnos que cambia radicalmente no sólo su estancia en el colegio sino, sobre todo, sus vidas. Trágicamente para algunos. Los jóvenes adoptan la pasión por la poesía de su maestro y su filosofía vital (“carpe diem”, aprovecha el momento); descubren en su interior recovecos cuya existencia ni siquiera sospechaban (valentía, talento, compromiso, rebeldía… ¡Nuwanda!); viven una aventura transgresora con la plena intensidad de su juventud; y, por encima de todo, experimentan la libertad, frente a padres, profesores y sociedad. Ya lo dijo San Agustín: “Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan”.

Para algunos, El club de los poetas muertos puede resultar una película tramposa y su liberal y liberador maestro un cepo para mentes cándidas. Tal vez. Pero en realidad, lo que Keating pretende no es otra cosa que mostrar la grandeza de la Poesía como un arte lleno de vida, no de letras superpuestas; él está ahí para inspirar, no para reprimir; para invitar a sus discípulos a vivir sus sueños, a no desechar sus ilusiones antes de tiempo. Dentro de una reglas, claro (“hay que usar la razón y tener la capacidad de anticiparse a las consecuencias”, les advierte); líneas que los alumnos, impulsados por su propia juventud (resorte indomable), deciden saltarse por su cuenta y riesgo. Keating es revolucionario porque es librepensador, porque va más allá, porque crea discípulos donde antes sólo había estudiantes, porque dice a los chicos “Vivid el momento. Coged las rosas mientras aún tengan color, pues pronto se marchitarán. La medicina, el derecho, la ingeniería... son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son cosas que nos mantienen vivos”. Y eso, en Welton, se castiga severamente.


El club de los poetas muertos es una de esas películas que marcó a toda una generación e inspiró a millones de imberbes poetas que aún no sabían que lo eran. Otro buen maestro que hizo lo propio, pero desde las artes marciales, fue el sabio señor Migayi de Karate Kid. Una película floja, quizás, pero nos enseñó una valiosa lección: que la integridad, el honor, el esfuerzo, el valor, la nobleza forjan el verdadero carácter; y que ser buena persona es más importante que alcanzar el éxito. También nos enseñó que los adolescentes han de aprender cosas que a veces no entienden hasta pasado un tiempo (como “pulir cera, dar cera”). Más emotiva y memorable es Profesor Holland, en la que un brillante pianista y compositor ha de ganarse el pan impartiendo clases de música en un colegio de Portland. Lo que logra, más allá de enseñar a leer una partitura, es hacer de la vida de sus alumnos algo extraordinario; y la suya también (“Enseñar es aprender dos veces”). A lo largo de 30 años de entrega total a sus discípulos, a su familia (tiene un hijo sordo de nacimiento) y a su sueño (componer una sinfonía), el maestro descubre que su ‘obra’ más importante (el título original es Mr Holland’s Opus, ‘La obra de Mr. Holland’) en realidad ha sido más humanista que musical, más vital que académica y, desde luego, más coral que instrumental.

Lo mismo que la obra del “vigilante en paro, músico fracasado” Clément Mathieu, el bonachón y sensible profesor de Los chicos del coro, que se enfrenta a los métodos represores del director de un lúgubre internado (“Acción-reacción. Si hoy no es culpable lo habría sido mañana”) y le demuestra, con hechos (un maravilloso coro de angelitos), que la prepotencia, la crueldad y el castigo no son buenos métodos educativos; y que la música es un medio excepcional para extraer lo mejor de las personas, e incluso trasformar el mundo.

Con perseverancia y con amor todo se puede. Como demuestra también Miss Stubbs en la reciente –y magnífica- An Education, cuando recupera a su alumna favorita, Jenny, tras haber estado a punto de desperdiciar su vida por culpa de un enamoramiento imposible, que la arrastraba hacia el desastre y la alejaba de su sueño (la Universidad de Oxford). Nadie dijo que la adolescencia fuera fácil. Por eso es importante contar con una tabla de salvación en el momento preciso, una mano tendida que en realidad siempre ha estado ahí: “—Señorita Stubbs, necesito su ayuda. —No sabes cuánto esperaba que dijeras eso”.

Vocación admirable y dedicación inagotable la de todos los maestros —reales o ficticios, nuestros o de nuestros hijos— que merecen, cuando menos, un infinito agradecimiento. Y acaso también encaramarnos a nuestros pupitres y reconocer, ahí erguidos y en emocionado silencio, todo lo bueno que aprendimos de ellos. Especialmente fuera de la pizarra.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

El hombre que vendió la torre Eiffel… dos veces







El mundo está lleno de inocentes. Que se lo digan si no al conde checo Victor Lustig y a su compinche norteamericano Dan Collins, de profesión estafadores. En 1925 Lustig se hacía pasar por un alto funcionario francés del Ministerio de conservación de edificios públicos; en su despacho parisiense había reunido a seis importantes hombres de negocios para explicarles que la Torre Eiffel debía ser desmantelada, debido a su altísimo coste de mantenimiento. Siete mil toneladas de hierro de la mejor calidad estaban a disposición de quien realizara la mejor oferta de compra.

A la mañana siguiente, el acaudalado André Poisson recibió la grata noticia de que su oferta había resultado la ganadora. Una semana después, recaudado el dinero, Poisson se reunió con el conde Lustig y su “secretario” en el Hotel de Crillon, les entregó el cheque certificado y una cartera repleta de billetes, y se despidió feliz con el documento oficial de venta en sus manos. Sólo una hora más tarde, Lustig y Collins habían cobrado su cheque y se instalaban en su compartimento del expreso de Viena, rumbo a una vida de lujo. Durante un mes comprobaron que nada se mencionaba en la prensa sobre su “faena”; Poisson estaba demasiado avergonzado para denunciar la estafa. Confiados, Lustig y Collins repitieron la hazaña… solo que esta vez la víctima sí acudió a la Policía francesa. Y aunque los astutos estafadores jamás fueron capturados, no pudieron volver a vender la Torre Eiffel una tercera vez.


Firmado William Shakespeare... o no

Siempre ha habido falsificadores, pero seguramente ninguno tan joven como William Henry Ireland. Hijo de un grabador de libros londinense, Ireland se enamoró de Shakespeare y de su obra a los 13 años, en una visita a Stratford Upon Avon, cuna del dramaturgo inglés. Su particular homenaje se tradujo en una serie de pequeñas falsificaciones, utilizando papel de la época isabelina y tinta envejecida artificialmente. Primero fue la firma. Luego, un manuscrito “original” del Rey Lear y algunas escenas de Hamlet, imitando la caligrafía shakesperiana. Expertos y críticos certificaron “sin ninguna duda” la autenticidad de los documentos, lo que dio alas al temerario joven para intentar el más difícil todavía: crear una obra inédita de Shakespeare, desconocida, totalmente original y escrita por William… Ireland. 

El intrépido falsificador tenía 17 años cuando eligió una obra al azar, contó el número de versos (2.800) y empezó a escribir. En dos meses estaba finalizada. La tinta, el papel y la caligrafía otorgaron credibilidad al “hallazgo”, y aunque los expertos pusieron en tela de juicio la calidad de la obra, no dudaron de su autoría. El 1 de abril de 1796 (Día de los Inocentes) se estrenó en el teatro Drury Lane la obra recientemente descubierta Vortigern y Rowena, de William Shakespeare. Esa misma noche, con el teatro lleno, el fraude fue descubierto por el actor principal ("Y cuando esta solemne burla haya concluido", recitó) y William Ireland confesó la verdad. A lo largo de su vida escribió numerosas novelas y poesías, pero sólo se recuerdan sus textos apócrifos de Shakespeare, cuyos manuscritos se conservan en el Museo Británico.


El arte de la venganza

El caso del pintor Van Meegeren fue a un tiempo falsificación y venganza. Denostado por el renombrado crítico de arte Abraham Bedius, que había destruido su incipiente carrera años atrás, decidió demostrar su habilidad artística falsificando obras de Vermeer. Fue tal su nivel de perfección, su delicadeza y composición del cuadro, su lograda textura envejecida, que algunas de ellas se llegaron a admirar, por ejemplo, en el Museo Boymans de Rotterdam. Otras fueron vendidas a prestigiosos coleccionistas y museos por verdaderas fortunas. En 1945, una de sus falsificaciones fue confiscada de la colección privada del dirigente nazi Goering; siguiendo su rastro, la policía llegó hasta Meegeren, quien fue acusado de colaborar con los alemanes. Ante la amenaza de ser ejecutado, finalmente confesó: “¡Idiotas, no vendí ningún Vermeer a los alemanes, sólo un Van Meegeren! No colaboré con ellos, los engañé”. Por supuesto, esta declaración fue suficiente para destruir la reputación de Bedius y los demás expertos, que era, en realidad, lo que siempre había perseguido Meegeren. El auténtico arte de la venganza.


La inocentada letal de Jonathan Swift

Corría el año 1708 y al escritor irlandés Jonathan Swift le quedaban aún 18 años para escribir esa feroz sátira de la sociedad y la condición humana titulada Los Viajes de Gulliver. Sin embargo, aquel año creó otro personaje, no tan inmortal como Gulliver pero sí mucho más mortífero. Su nombre, Isaac Bickerstaff. El protagonista de una venganza real que, curiosamente (o no), se consumó la víspera del Día de los Inocentes. El adversario era un conocido astrólogo, John Partridge, que había cometido el error de mofarse en su “Merlinus Almanac de la Iglesia de Inglaterra, algo que no gustó en absoluto al clérigo Jonathan Swift. Éste creó entonces un personaje falso, Isaac Bickerstaff, a través del cual publicó una curiosa predicción: “…yo pronostico solemnemente que ese vulgar escritor de almanaques llamado Partridge, cuyas predicciones son siempre vagas, imprecisas y erróneas, morirá exactamente el 29 de marzo, por lo que le recomiendo que ponga sus asuntos en orden”.

El bulo corrió como la pólvora entre la población londinense; Partridge trató de contrarrestar sus efectos con una carta en la que aseguraba que el tal Bickerstaff no era más que un astrólogo de poca monta (lo que, en realidad, dio más credibilidad a la existencia del personaje). Para completar la farsa, el 30 de marzo (víspera del Día de los Inocentes en el calendario anglosajón) Swift publicó una carta anónima en la que relataba que Partridge había fallecido en su residencia la madrugada del día anterior, tras cuatro días de dolorosa enfermedad. La carta fue reproducida por otros escritores y periódicos, otorgándole absoluta veracidad. Por supuesto, John Partridge se apresuró a desmentir su muerte, pero en vano. Su nombre fue retirado del registro oficial y todo el mundo le consideró muerto.

Desde ese momento, la carrera del famoso astrólogo cayó en desgracia y dejó de publicar su almanaque. El bulo continuó durante todo un año. La última aparición de Bickerstaff fue en 1709, a través de una carta titulada “Una reivindicación de Isaac Bickerstaff”, en la que probaba la muerte de Partridge con razones como que era “imposible que ningún hombre vivo pudiera haber escrito tanta bazofia“,  o que su esposa había admitido que “no tenía ni vida ni alma”. Partridge murió finalmente en 1715, tratando aún de explicar que estaba vivo. Una inocentada, la de Swift, de lo más letal, sin duda.



jueves, 23 de julio de 2020

El último retorno de carro. Mi homenaje a la máquina de escribir

Las nuevas generaciones -las del teclado, la consola y el smartphone- creen, en el mejor de los casos, que la máquina de escribir no es sino un viejo artefacto inútil con el que escribían los antiguos, allá en la era pre-móvil, pre-internet, pre-facebook... o sea, en la era prehistórica. No lamentarán, claro, que hace ya una década cerró la última fábrica de este invento revolucionario, la centenaria Godrej and Boyce, que aún sobrevivía heroicamente en este megatecnológico mundo.



Y es que la ya extinta máquina de escribir fue mucho más que un simple artefacto para escribir. Fue –y es- historia, revolución social, inspiración de poetas, arma de pensadores, iniciadora de literatos, cómplice de cronistas, aliada de oficinistas, instrumento sinfónico y heroína del celuloide. Smith-Corona, Olivetti, Adler-Royal, Olympia, Brother, Nakajima, Remington han escrito y firmado las páginas de la historia de todo nuestro siglo XX y finales del XIX. Sin ellas, el mundo habría sido, con toda seguridad, mucho menos interesante.

Como todos los grandes inventos de la Humanidad, la máquina de escribir tiene muchos padres. Al menos cincuenta y dos, según los expertos. Uno de los primeros fue el británico Henry Mill, que en 1714 obtuvo una patente de la reina Ana de Estuardo por un artilugio descrito como “una máquina para escribir”; no se sabe mucho más. Casi un siglo después, en 1808, Pellegrino Turri desarrolló un ingenio que permitía escribir a los ciegos; y en 1829 William Austin Burt patentó una máquina llamada “tipógrafo”, muy aparente, pero cuya escritura era más lenta que la manual, razón por la que nunca se llegó a comercializar.

A lo largo de las siguientes décadas, se patentaron innumerables máquinas de escribir en Europa y América, con idéntico éxito comercial que el tipógrafo: el Cembalo scrivano o macchina da scrivere a tasti de Giuseppe Ravizza en 1855; la máquina de escribir artesana del padre Azevedo fabricada con madera y cuchillos en 1861; o los diferentes modelos continuamente mejorados del austriaco Peter Mitterhofer, de 1864 a 1868. Hasta que en 1870 el reverendo danés Rasmus Malling-Hansen inventó, patentó y comercializó la “bola de escribir”, que escribía notablemente más rápido que las manos y fue la primera máquina de escribir puesta oficialmente a la venta.




Una página escrita en la Historia


Sin embargo, el primer éxito comercial es privilegio del inventor Christopher Sholes, aunque acabó repudiando su propio invento y vendió su patente por 12.000 dólares a E. Remington and Sons, famosos fabricantes de máquinas de coser. El 1 de mayo de 1872 comenzó la producción en Ilion (Nueva York), montada sobre la estructura de una máquina de coser, de suerte que el retroceso del carro se accionaba con un pedal. Si bien este primer intento fracasó, Remington puso a trabajar a sus mejores ingenieros y, partiendo de la idea de Sholes, acabaron diseñando una máquina de escribir similar a la que todos conocemos: con sus caracteres en relieve, sus teclas, su tabulador, su cinta de tela entintada (roja y negra, para la contabilidad), su retorno de carro y su mágico timbre marginal. Y también con su duro cliqueteo y sus atascos al pulsar más de una tecla a la vez y su aspecto ligeramente desigual del texto.
   
Con el invento de Sholes, el lento y tedioso trabajo de contables y oficinistas se hizo menos pesado; y las mujeres lograron cierta independencia económica al entrar en el mundo laboral. También los periodistas y los hombres de negocios aceptaron con entusiasmo la innovadora máquina. Y los escritores, claro. Leon Tolstoi es considerado el primer literato que utilizó el nuevo invento, en 1885; y lo que es más, instó a su hija a que aprendiese su manejo, convirtiéndose con el tiempo en su dactilógrafa particular. A Huxley, en cambio, le alumbró su lado más poético-pesimista: “Mi máquina de escribir viene escribiendo torcidamente / desde hace mucho; (...) por eso es por lo que / estoy dejando de ser poeta”.


 
La máquina de escribir, estrella de cine


Pero aparte de inspirar a poetas y novelistas, ha iluminado también a los más ilustres cineastas, pues si hay un objeto que posea verdadero carácter cinematográfico, es la máquina de escribir. Ha proporcionado escenas memorables en todos los géneros y épocas, y en algunas películas ha sido incluso la indiscutible protagonista. Escenas como la temible falta de inspiración ante el papel en blanco de Billy Cristal en Tira a mamá del tren (“La noche era...” acierta a escribir en horas) o el bloqueo total de John Turturro en Barton Fink, inerte ante su máquina Underwood; o la violenta locura de Jack Nicholson en El resplandor, expresada en cientos de folios que repiten febrilmente la misma frase, “All work and no play makes Jack a dull boy”. O el escritor alcohólico que llega a lo más hondo de su pozo de desesperación en el instante en que sacrifica su máquina de escribir a cambio de unos tragos, en la impactante Días sin huella del genio Billy Wilder.


También ha sido tabla de salvación, como en esa humeante secuencia en la que Oskar Schlinder dicta de memoria a Stern, uno a uno, los nombres de los 1200 judíos que van a salvar la vida: “Poldek Pfefferberg, Mila Pfefferberg, Paul Stagel... ¡más, más!... Horowitz, Wulkan...”. A veces, incluso una sola tecla ha sido protagonista de la trama: como aquella ‘a’ ausente, atragantada, en El secreto de sus ojos, que Espósito tiene que completar a mano, palabra a palabra, y que al final acaba convirtiendo un “temo” en un esperanzador “te (a)mo”. O la ‘t’ desviada en las notas anónimas de Al filo de la sospecha, que termina por descubrir al encantador, millonario y manipulador asesino, con el rostro de Jeff Bridges. O la ‘n’ defectuosa de la vieja Royal con la que Paul Sheldon/James Caan, el escritor secuestrado y torturado en Misery, es obligado a reescribir su última novela; máquina que acaba finalmente incrustada en la cabeza de su perturbada “fan número uno”. Y así, en cientos de películas míticas, como Todos los hombres del presidente y Los 400 golpes y El crepúsculo de los dioses y Cautivos del mal y Luna Nueva y La vida de los otros y Love Actually...


Sinfonía para máquina de escribir y orquesta

La máquina de escribir ha sido incluso inspiradora musical: en 1950 Leroy Anderson compuso una curiosa y simpática obra sinfónica, “Typewriter”, en la que la máquina de escribir es el instrumento solista, acompañada por la orquesta en pleno. Con esta pequeña obra de fondo, el cómico Jerry Lewis creó uno de sus gags más geniales e inolvidables, en el que escribe sin máquina, pero con todos sus sonidos; escena que interpretó en la película Lío en los grandes almacenes (1963) y también en sus famosos shows con Dean Martin en teatros y en la televisión.





Aquel día de 2011, en que la fábrica de Godrej and Boyce en Mombay cerró sus puertas, muchos estuvimos de luto. De luto negro y denso, como la tinta indeleble marcada, letra a letra, sobre el blanco folio de nuestra memoria. Sí, siempre nos quedarán nuestros recuerdos, nuestras primeras poesías y relatos, nuestras primeras canciones, nuestros primeros vacilantes pasos en este apasionante camino hacia la literatura, el periodismo o el simple placer de escribir. La máquina de escribir ha muerto. Pero como bien nos recuerda Stephen King en labios de su alter ego Paul Sheldon, “una buena máquina de escribir es eterna...”.




lunes, 6 de julio de 2020

La cerveza que inventó la cerveza





















El 4 de octubre de 1842, la pequeña ciudad bohemia de Plzen (pronúnciese Pilsen) pasó a la historia gracias a uno de los más importantes descubrimientos de todos los tiempos. Un hallazgo que ha alegrado, a lo largo de 170 años, los corazones y las mentes a millones de personas en todo el mundo, generación tras generación; un invento que transformó la manera de entender el ocio, la amistad, las celebraciones y la vida en general; una revolución luminosa, cosquilleante y embriagadora que escapó de los tiempos oscuros e inauguró una era dorada: la cerveza rubia.


Ese día de otoño, frío y desapacible como todos los días de otoño en la región checa de Bohemia, fue sin embargo uno de los días más felices y cálidos para los habitantes de Plzen reunidos en el mercado de St. Martin. Una felicidad que comenzó a gestarse un año antes y que nació de una amargura acumulada durante siglos. En efecto, hasta ese momento la cerveza que se elaboraba en Plzen, como en el resto del globo, era un brebaje amargo, turbio y desagradable. Cumplía su función, sí, pero no era precisamente un placer gastronómico, al menos para los exigentes paladares de los habitantes de Plzen. No en vano el reino de Bohemia se había caracterizado por ser el cruce de caminos cosmopolita de Europa desde el medievo, imán de artistas, sabios e inventores y cuyos habitantes vivían al margen de las reglas de la época, practicando una forma de pensar y hacer diferente, alternativa, y desde luego adelantada a su tiempo (Kepler, Sudek, Mucha o Kafka son nítidos ejemplos de ello).

Ese inconformismo, ese rechazo a lo establecido, a lo convencional fue lo que llevó a los habitantes de Plzen a una revuelta popular para exigir una nueva cerveza. Pero no nos adelantemos aún. La tradición cervecera de Plzen se remonta al mismo año de su nacimiento, 1295, cuando su fundador, el rey Wenceslao II, concedió a la ciudad la potestad de elaborar cerveza. Sin embargo, los estándares de control de calidad no eran precisamente severos: el test consistía en empapar un banco con cerveza, sentarse durante unos minutos y levantarse de nuevo; si el banco quedaba pegado a sus pantalones de cuero, la cerveza era suficientemente buena para ser consumida. Y aunque en 1588 fue un bohemio, Tadeus Hayek, quien primero escribió un libro sobre el arte cervecero y otro checo, Frantisek Poupe, fue pionero en usar el termómetro y otros artilugios para perfeccionar el proceso, los progresos no era excesivamente prometedores.


Plzen no era una excepción a esta regla. Se llegó incluso a castigar a más de un fabricante por la paupérrima calidad de su cerveza; la pena, derramar el producto en plena plaza mayor, para escarnio y vergüenza ante sus sufridos consumidores. En 1838 el asunto se hacía ya insostenible y un grupo de furiosos ciudadanos derramaron más de 36 barriles de brebaje fangoso por las alcantarillas de Plzen. Espoleados por esta acción, el resto de ciudadanos protagonizaron una pacífica pero amenazadora rebelión para exigir a las autoridades una cerveza de calidad más consistente. Convencidos por sus argumentos, su primera decisión fue contratar a un joven arquitecto, Martin Stelzer, que diseñó y construyó la mejor y más moderna fábrica de cerveza de la época, a orillas del río Radbuza. 

Pero la verdadera clave de esta revolución que empezaba a pergeñarse, fue la elección de un joven bávaro llamado Josef Groll, llamado a ser el maestro cervecero que cambiaría para siempre la forma de elaborar la cerveza.
Groll sabía que durante miles de años (desde los sumerios) la cerveza se había elaborado en tanques abiertos, a temperaturas elevadas y por el sistema de alta fermentación, lo que podía deteriorar la calidad de la cerveza, especialmente en los meses de verano. Groll ya había experimentado métodos alternativos con éxito en su Bavaria natal y éste fue el secreto que se llevó a Plzen en 1841. Las autoridades le dieron un año de plazo para elaborar un nuevo tipo de cerveza en la nueva fábrica de Stelzer. Ayudado por los magníficos ingredientes naturales de la zona (cebada de Bohemia, lúpulo de Saaz, agua blanda del Radbuza…), ciertas temerarias innovaciones (calderas de cobre, triple destilación) y su método revolucionario (fermentación en la parte baja de los tanques y a temperaturas entre 6º y 10º) el visionario maestro cervecero Josef Groll logró crear una cerveza radicalmente diferente de las que se habían elaborado durante 6.000 años, y que pronto se convirtió en un referente mundial (hoy, el 80% de las cervezas son de baja fermentación). Un placer de luminoso color dorado, sabor suave y ligero, compacta espuma y delicioso sabor. Lo que hoy conocemos como cerveza estilo pilsen o pilsener (nacida en Plzen), también denominada lager o, entre nosotros, rubia.


El 4 de octubre de 1842 se abrieron los primeros barriles en el mercado de St. Martin, ante cientos de expectantes ciudadanos. Lo que se reveló ante ellos fue casi un milagro, una sensación indescriptible. Después de años soportando brebajes de turbio y desagradable sabor, sus paladares sintieron el suave frescor de una cerveza rubia, exactamente tal y como la conocemos ahora (en la fábrica de Plzen se sigue elaborando esa misma cerveza, Pilsner Urquell, con el mismo proceso e idénticos ingredientes que en 1842). Por primera vez en la historia la cerveza no se bebía, ¡se saboreaba! Un cronista de la época lo relató así: “¡Qué admiración se percibió cuando el color dorado destelló y la espuma blanca como la nieve se elevó sobre él; cómo se regocijaron los bebedores al descubrir el chispeante y extraordinario sabor, inédito entre las cervezas hasta ese instante!” Una sensación que, desde ese mágico instante, hemos podido experimentar millones de amantes de la cerveza en todo el mundo. 

¡Gracias a Groll!



miércoles, 1 de julio de 2020

Davide Morana. Amputado x4. Fuerte y feliz



Como ya conté hace tiempo, uno, a veces llega jodido a casa. No fastidiado, no enfadado, no apesadumbrado. Jodido. Tal cual. Se le van juntando cosas, problemillas, desilusiones, frustraciones, hartazgos varios, dudas tontas… Son cuestiones más o menos pequeñas, más o menos leves, o graves; colinas, no cordilleras. Lo malo, piensas, es que las malditas colinas no se colocan una detrás de otra —eso sería estupendo, asequible—. No, lo malo es que se acumulan una sobre otra. Las muy puñeteras. Y forman una gigantesca cordillera ab-so-lu-ta-men-te insalvable. O eso piensas. Y cuando crees que has encontrado una salida, un recodo, un desvío que te salve de toda esa tormenta mental y anímica y te acerque de nuevo a tu sueño o a tu ilusión o a lo que sea, ¡zas!, se baja la barrera, se cierran las compuertas, y tú te quedas ahí, paralizado, atontado, preguntándote qué narices ha pasado esta vez. Y por qué ha tenido que pasar otra vez. Y sigues tu camino de frustraciones y desilusiones y dudas, hacia ninguna parte. Arrastrando los pies, con la mirada gacha y con la autoestima reptando por el suelo.

Y entonces, otra vez, la vida te envía una sonrisa inesperada –o una bofetada, según se mire- y una dosis de realidad que, sinceramente, necesitabas más que respirar. Suele pasar, cuando andas cerca de Lo Que De Verdad Importa. Que enseguida te cae encima una historia, una lección que te quita la tontería de un plumazo. Eso, precisamente, es lo que sucedió hace unos días, en uno de los Encuentros Clandestinos de LQDVI –que ahora se celebran en la molona sede de Parafina- escuchando la historia de Davide Morana, “amputado x4. Fuerte y feliz”.


Escapar para sobrevivir

Davide es un tipo afable, alto y guapete, deportista de élite, muy optimista, con una fuerza mental envidiable, una sonrisa permanentemente enganchada a su cara y una novia española (él es italiano) que es un verdadero ángel, su ángel. Lo tiene todo, el tío. Bueno, salvo brazos y piernas. Aunque eso, a él, le preocupa poco.

Davide creció en un ambiente familiar tenso, de carencias y de mentiras, enfrentado a un padre sin trabajo para quien la apariencia era más importante que la necesidad (Sicilia es así). Con catorce años, lo ficha un equipo de baloncesto en Génova y allí se traslada –se escapa- con la idea de salir de ese ambiente y empezar una vida nueva. Mucho entrenamiento, mucho campeonato, y la mente ocupada en su pasión. El espejismo dura cuatro años. Llega lo que él llama el primer “bache”. Diagnóstico: diabetes. Vuelve a casa muy enfermo, pierde siete kilos en tres días, lo ingresan en el hospital de urgencia, y allí cumple los 18. No hay tarta, claro.


Una tregua de dos años… y vuelta a la irrealidad

Davide hace frente al problema y decide que lo más sabio es aceptarlo y convivir con él. La insulina ayuda bastante, pero lo que le empuja es sobre todo su actitud. Vuelve al deporte y a la vida activa. Y su sueño de ser un deportista de élite está ahí, justo ahí, al alcance de los dedos. Pero esta vez la tregua solo dura dos años. Una grave lesión le devuelve a casa, al ambiente frustrante y enfermizo, rodeado de apariencia, de irrealidad. De conflicto permanente con sus padres. De falsa felicidad compartida en Instagram.

Y enredado en ese bucle de mentiras y borracheras, cuando parecía no haber salida, Davide conoce a su salvadora, Cecilia, una española de Erasmus en Italia que le abre la mente y el corazón y le devuelve la esperanza en sí mismo. La idea es irse con ella a España y reiniciar su vida. Y eso hace Davide, después de un año trabajando a destajo para ahorrar unos euros. En Murcia encuentra trabajo de camarero, y al mismo tiempo estudia y entrena. No hay minutos libres en su vida, gana apenas 500 euros al mes, pero es feliz. Lo tiene todo, amigos, salud, deporte y una persona maravillosa a su lado.


Y entonces… llega la meningitis

Pero, claro, la felicidad no podía durar mucho, vistos los precedentes de Davide. Y en 2018 llega el tercer bache. Pedazo de bache. Llega por sorpresa, con nocturnidad y alevosía, la fiebre disparada, delirios, vómitos, manchitas por todo el cuerpo, debilidad total, dolor insoportable. Van a Urgencias y el diagnóstico es atroz: meningitis. Davide pasa siete días en coma, y los dos primeros sin esperanza de vida. Los médicos se sienten impotentes frente a su caso. Pero no saben con quién están tratando. A las 48 horas el peligro de muerte ha pasado de largo. Pero ha dejado secuelas graves, terribles. Tras un mes en la UCI, pasa a la unidad de quemados y cirugía plástica. Los médicos no saben cómo decírselo, aunque Davide ya lo sabe, y ya lo ha aceptado. Le tienen que amputar brazos y piernas. Pero no se apena, pues sabe que es la única salida. Lo importante es que está con vida, y mentalmente fuerte. Podía haber muerto. O peor, podía haberse quedado como un vegetal. Lo que mantiene su sonrisa –sí, la sonrisa no la ha perdido en ningún momento- es su mirada proyectada hacia el futuro.



Like a boss

El 10 de abril de 2018, Davide sale del hospital “like a boss”. Confiado, contento. Inconformista. El siguiente objetivo que se marca es conseguir unas prótesis de última generación que le devuelvan la autonomía, e incluso la capacidad de hacer deporte. Pero son extremadamente caras, y el sueldo de camarero no da ni para un dedo. Pero siempre hay salida, si la sabes buscar. Ceci crea una campaña en internet para recaudar fondos, cuenta la historia de Davide, su lucha, y la respuesta de la gente es apabullante. Un mar de solidaridad llega a sus puertas y logran incluso superar el presupuesto marcado. En Italia encuentra las prótesis que estaba buscando y la ayuda para aprender a utilizarlas. Los médicos le dicen que tardará un año en levantarse, pero a los pocos meses Davide ya estaba en pie. Le dicen que andar serán también varios meses, pero cinco días después estaba paseando por los pasillos del hospital. ¿Y correr? Eso es muy difícil, no creo que… Un mes después estaba corriendo en la pista de entrenamiento.

De vuelta en Madrid, Davide y Ceci tienen que enfrentarse a la realidad que existe más allá del hospital. Porque ahí, en casa, el sistema te deja solo. Te las tienes que apañar tú. Afortunadamente, el entorno de Davide le apoya, le ayuda y le informa. Empieza la rehabilitación para recuperar fuerza y masa muscular. Quiere –necesita- volver al deporte cuanto antes. También comparte su experiencia en conferencias y charlas, como embajador de la Asociación Española contra la Meningitis, lanzando un mensaje de optimismo y esperanza a todos los afectados por esta cruel enfermedad, y haciendo campaña pro vacunación. No lo hace por él, sino para reivindicar que todos los amputados y cualquiera que haya sufrido un trauma importante tengan un seguimiento profesional para seguir adelante. Para seguir luchando. Para no rendirse.



Adiós, brazos y piernas; hola, muñones

La vida requiere esfuerzo y sacrificio, nos dice Davide. Un médico, un deportista de élite, un escritor no logran sus metas de un día para otro. Hay mucho trabajo detrás, hay sacrificio, renuncias, perseverancia. A veces tienes que apretar los dientes y soportar el dolor, y dar un paso y otro y otro… y no dejarse intimidar por los baches. Y si necesitas ayuda, la pides. Para eso están los demás, para eso está tu gente. Para hacer equipo.

Existe una palabra fundamental en la vida de Davide: resiliencia. Un concepto que hay que aplicar no sólo en los momentos más duros, sino todos los días, en cada pequeño problema. Para él, tiene un triple significado: la aceptación, la capacidad de rescatar tu vida afrontando tu nueva condición y la certeza de que, además, la puedes mejorar, encontrar ventajas en tu carencia. Es lo que hizo Davide, dijo adiós a sus brazos y a sus piernas y dio la bienvenida a sus muñones. La vida es hermosa, nos recuerda (lo olvidamos a menudo), es positiva, es dura (eso lo recordamos siempre), es felicidad y sufrimiento, y sobre todo es fuerte. Por eso la vida nos pide fuerza. Él tenía dos posibilidades: la primera, la más fácil, hundirse y hundir a su entorno, la muerte en vida. La segunda, la más difícil (aunque para él la más natural), luchar y agradecer la vida, rescatar sus sueños, su libertad, su felicidad y la de los demás. Ahora, solo un año después del gran bache, está preparando sus primeros Juegos Paralímpicos.


La gran paradoja -la gran lección- que nos deja Davide en esta tarde clandestina la resume maravillosamente en una frase de las que hay que grabarse a fuego: «Agradezco a la enfermedad la oportunidad de poder compartir lo más profundo de mi corazón y poder expresar en voz alta mi amor por la vida». Dicho queda. Alto y claro. Ahora, lo que toca es aplicarse el cuento. Y dejar de quejarnos porque alguien –o nosotros mismos- nos ha puesto una pequeña piedra en el camino. ¿Verdad, Pepe?


Y aquí el genial resumen gráfico creado in situ por Carlota Serna. Una artistaza.