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martes, 24 de diciembre de 2019

Campeones. El milagro de J. Fesser




Visto desde fuera, tener un hijo con una discapacidad intelectual es, para la mayoría de la sociedad, una desgracia ajena. Visto desde dentro, para la mayoría de los padres la noticia es un shock; para algunos, incluso, una tragedia. Pero con el paso de los días, el drama va dejando paso a la comedia romántica y, con los años, la presunta tragedia se convierte, casi sin excepción, en una maravillosa historia de amor. Es lo que pasa también cuando ves Campeones. Te esperas un lacrimógeno dramón al uso y lo que te encuentras es una divertidísima y entrañable comedia, de las que se disfrutan de verdad, que además lanza un mensaje tan implacable y certero como necesario.

Y es que la película del tándem Fesser & Manso, en colaboración con el guionista David Marqués, rompe con muchos de esos estereotipos y prejuicios tontos (sí, tontos) que todos utilizamos como escudo ante estas personas “diferentes”, ante estos seres humanos que son mucho más humanos que la mayoría de nosotros. Por eso Campeones es una película importante y necesaria. Y además –no menos importante- es una buenísima película: cargada de humor, de ironía, de ternura, de diálogos memorables y de personajes adorables e inolvidables; una película sincera, honesta y real. Sobre todo real. Porque las situaciones son reales, los diálogos son reales, los prejuicios son reales (los del entrenador, los de los pasajeros del autobús, los de los espectadores) y los personajes son tan reales como sus historias –las de la película y las de sus propias vidas.

Vidas paralelas


Esto es quizá lo más valioso de Campeones. Que vida y guión, realidad y ficción, personas y personajes se entrelazan con absoluta veracidad. Porque son lo mismo. Sí. José, Jesús, Gloria, Julio, Fran, Stefan, Jesús Lago Solís, Sergio, Alberto y Roberto tienen los mismos deseos, esperanzas, ilusiones, dificultades, sentido del humor, miedos, alegrías, frustraciones, virtudes y coraje que Juanma,  Marín,  Collantes, Fabián, Paquito, Manuel, Jesús Lago Solís, Sergio, Benito y Román. Los mismos defectos, las mismas carencias, los mismos sentimientos. Los mismos generosos corazones. “Ellos viven la lógica del corazón”, nos recuerda Fesser; solo por eso, ya son mejores que nosotros. Y también por su falta de prejuicios y su mirada limpia. Por su entusiasmo y su entrega, su ilusión a prueba de bombas. Es la gran lección que nos han dejado estos diez campeones. La que nos dejan cada día miles de campeones que no salen en la película pero están ahí, tan protagonistas como estos peculiares Amigos.


Un hijo como nosotros


«Yo tampoco querría un hijo como nosotros. Pero sí quisiera un padre como usted», le suelta a bocajarro Marín a Marco, cuando el entrenador aún no había empezado a entender pero su pupilo sí apreciaba en él los primeros síntomas. Un pensamiento y una reivindicación que ya nos conmovió –y nos sacudió con tremenda e inesperada fuerza- aquella noche inolvidable en la que Jesús Vidal dedicó el Goya a sus padres. No sé si la sociedad ha cambiado mucho desde entonces, si esa “normalización” tan políticamente correcta se ha transformado en algo más emocionalmente correcta, una visión natural y aceptada de esas capacidades diferentes; tan natural y aceptada que no tuviéramos que hablar más de normalización (habría que definir primero qué es “normal”). Ni, ya puestos, de inclusión.

Ese día llegará (está mucho más cerca que hace veinte años, que hace diez e incluso que hace uno), gracias a cientos de fundaciones y miles de voluntarios que se dejan la piel a diario en esta causa. Sin perder el entusiasmo ni un ápice. Recordándonos, como señala Román refiriéndose a Marco en una de las frases lapidarias de la película, que «La discapacidad la va a tener siempre, le estamos enseñando a manejarla». Eso es lo que debemos aprender. A manejar nuestra discapacidad, que es bastante más limitadora que la de estos campeones; llámalo cortedad de miras, falta de empatía, complejos varios, exceso de ombligo, cerrazón mental, prejuicios, condescendencia, analfabetismo emocional o de mil maneras más. Hay tantas discapacidades sin diagnosticar…



¡¡¡Subcampeones oe oe oeeeeee!!!


La otra lección imprescindible que nos sirve la película en bandeja es –atención, spoiler- ese gran final de la gran final del campeonato de baloncesto. Esa canasta imposible de Benito en el último segundo que, efectivamente, no entra y hace campeones a Los Enanos. Y esa alegría desbordada, sincera, plena de Los Amigos al saberse subcampeones, abrazándose al adversario en una fenomenal fiesta de saltos, risas, aplausos y vítores, coreando todos ese transgresor ¡¡¡Subcampeones, subcampeones oe oe oeeeeee!!!, tan alejado del “hay que ganar siempre, a cualquier precio” que nos impone la implacable cultura del éxito.

Una vez más, el mensaje de estos campeones atípicos llega nítido y potente a nuestros oídos: lo más importante no es ganar, sino disfrutar el camino; hacerlo lo mejor que puedas, con entusiasmo, con generosidad, con humildad, pensando en el otro, haciendo equipo (haciendo Amigos). La vida sería un poco más llevadera sin tanta obsesión por tener más, ganar más, correr más, ¿verdad? Lo resume magníficamente la madre del entrenador Marco tras la victoriosa derrota: «Lo importante, hijo, es que tú estés bien». Poco más queda por decir.



La película Campeones ha marcado sin duda un antes y un después en la percepción que tenemos de la discapacidad intelectual. Nos ha hecho ver y entender de una manera tan clara y contundente que es casi un milagro, como el que abre los ojos al entrenador ciego de prejuicios (inmenso Javier Gutiérrez); a ver lo que nos dura.

Una última lección


Lo cuenta Javier Fesser en el libro Nada nos para, de la Fundación A LA PAR. «El otro día le pregunté a uno de los actores de Campeones si le gustaría repetir con un Campeones 2. Me contestó que la experiencia había sido tan increíble que “habría que darle la oportunidad a otro ¿no?”. Eso es ser un campeón de verdad en la vida. Y admirar a gente así y valorarla nos hará un poquito mejores a todos.»

Ser un poco mejores. ¡Qué bonita razón para ver Campeones! ¿Verdad?



lunes, 3 de diciembre de 2018

Pablo Pineda. Rebelde con una buena causa: ser normal



Hace veintimuchos años, el story board de un anuncio de televisión llegó a una de las agencias de Publicidad más importantes de España. La idea que contaba este aprendiz de publicitario era muy sencilla: se ve la silueta de una persona a contraluz, y mientras la cámara se va acercando, se escucha la voz del locutor diciendo, con voz grave, «Pablo tiene 18 años. Acaba de terminar COU. Si aprueba Selectividad, quiere estudiar Magisterio». La cámara se acerca hasta llegar a un primer plano del personaje, ahora con el rostro iluminado. El locutor prosigue: «Pablo tiene Síndrome de Down, pero como él dice, si quieres puedes». El anuncio se cerraba con una imagen de un grupo de sonrientes jóvenes Down, repitiendo al unísono la misma frase. Este anuncio nunca pasó de ser una idea plasmada en viñetas, sobre una cartulina, pero quedó como testigo premonitorio de una vida que ya en aquel entonces apuntaba lejos. El Pablo de ese anuncio nunca emitido era real, y su historia también. Ese Pablo era (y es) Pablo Pineda, hoy famoso por sus abundantes apariciones en televisión, sus inspiradoras conferencias de superación e integración (es uno de los ponentes más queridos de Lo Que De Verdad Importa) y por haber sido galardonado con la Concha de Oro al mejor actor en el Festival de Cine de San Sebastián (por la película Yo también, con Lola Dueñas). Hace treinta años, noticia por haber accedido a la Universidad con síndrome de Down y poco después, noticia de nuevo por haber sido el primer joven con síndrome de Down en Europa que obtenía la titulación universitaria. Que luego fue doble.

Hay noticias que no deberían ser noticia. Y hay historias extraordinarias que no deberían haber sido más que anécdotas de la normalidad. Muy a su pesar, Pablo Pineda fue y es noticia por algo que en la mayoría de nosotros es “lo normal”. Desde el colegio, desde que se enteró de que era síndrome de Down con 6 o 7 años, ésta ha sido su lucha permanente, su reivindicación casi obsesiva: que la sociedad le acepte como una persona normal. Con sus carencias y virtudes, como todos; con sus habilidades y sus debilidades, como todos. Sin embargo, cuando lo extraordinario asoma en esta sociedad forjadora de mediocres, no debemos desperdiciar la oportunidad de ensalzarla y utilizarla, de blandirla incluso como un poderoso ejemplo de esfuerzo, de tesón, de valentía. Pablo reclama normalidad, pero su vida relata lo extraordinario.


«En ocasiones, cuando pierdes un don consigues otro», le dijo a un adolescente Johnny Cash su amigo Pete, que tocaba maravillosamente la guitarra a pesar de su parálisis infantil. «A partir de ese momento —relata Cash en su autobiografía— nunca más volví a verlo como un lisiado, sino como alguien con un don». Pablo Pineda, como Pete, también es alguien con un don. Con varios dones: su perseverancia, su inteligencia, su sentido común, su ironía, su autoestima, su sensibilidad… y sus padres. Fueron sus padres quienes decidieron tratarlo igual que a sus dos hermanos mayores, sin distinciones ni privilegios por ser Down; y fueron sus padres quienes decidieron que estudiara siempre en colegios públicos, en igualdad de condiciones que los otros niños. Sus padres siempre pensaron que debía ser autónomo y lo educaron para ello. A veces le dejaban colgado a la salida del colegio para ver cómo reaccionaba y Pablo se tenía que buscar la vida, volver solo en autobús. «Si caían cuatro gotas y le pedía a mi padre que me llevara al colegio, me decía: ‘Ponte el impermeable y vete en autobús’. Mis padres han sido fuertes, nunca han cedido, nunca les he pillado el punto débil.»

El instituto, recuerda Pablo, fue una época muy dura «pero poco a poco me fui sacando ese torrente de magia o de cariño y fui conquistando a mis compañeros, porque era muy consciente de que debía hacerlo. Sabía que tenía que atacar charlando, metiéndome entre ellos, y eso fue lo que hice». Como cualquier otro, pero un poco más difícil. No por él, sino por los propios prejuicios de la sociedad. El profesorado, por ejemplo: con los profesores jóvenes aprendía porque creían en él, a los mayores era imposible abrirles la mente más allá de lo que veían sus ojos. «El fin de tener una mente abierta, como el de una boca abierta, es llenarla con algo valioso» sentenciaba Chesterton, pero aquellos trasnochados profesores, llenos de recelo y prejuicios, no debieron leer al sabio autor británico.


No todo fue un camino de rosas en su paso por el colegio, a veces la integración se hacía complicada. Las matemáticas se le atragantaban (¿y a quién no?), aunque le encantaban la historia y las ciencias sociales; y el griego. Un problema añadido era la ignorancia de la gente y especialmente ser tratado como un niño: «La gente piensa que eres un niño siempre. Sé que es por el físico, pero eso me molesta». Lo más duro, recuerda, era estar permanentemente demostrando lo que puedes hacer, lo que vales. Él lo tiene muy claro desde siempre, desde que, con sólo 8 años salió en televisión, en el programa “Hoy habla Pablo” y dijo que a los síndrome de Down había que llevarlos al colegio con los demás niños y dejarlos jugar en los recreos. Esa es la clave, para Pablo, porque el problema es más cultural que genético, y vivir en una burbuja lo único que consigue es mantenerte en una burbuja. Y esa fue su obsesión en el instituto, ser como los demás chicos; y para ser como los demás, sólo debía hacer lo que hacían los demás. Por eso, por ejemplo, dejó de escuchar música clásica y se pasó a los 40 Principales, por la sencilla razón de que es lo que escuchaban los chicos de su edad. «Los 40 principales es el mundo real». Y también, como los demás, tuvo sus desengaños amorosos. En BUP siempre estaba enamorado, un amor platónico detrás de otro. «Cuando veo a una niña guapa, es que ya me estoy enamorando». Y luego un desengaño detrás de otro. En esa época descubrió que el síndrome de Down iba a marcar su vida, y todavía hoy se sigue rebelando contra ese pensamiento. Pero sabe que esa posible novia debería ser tan especial que pocas podrían serlo. Aún hoy sigue esperándola.


A los 21 años llegó el nuevo reto: la Universidad. Y otra vez ganó. Diplomado en Magisterio, profesión con la que se ganaba la vida en el Ayuntamiento de Málaga. Después de años de premios, reconocimientos y lucha infatigable por alcanzar la normalidad, su siguiente logro fue la licenciatura en Psico-pedagogía. Luego llegarían los libros, las conferencias, y proyectos de todo tipo. En un mundo donde los jóvenes teóricamente normales están encadenados a la pereza o al éxito fácil, tratando de alcanzar las cotas mínimas del conocimiento y del esfuerzo, Pablo sigue dando ejemplo de coraje, de valor, de garra, de capacidad… y de ganas de exprimir lo mejor de la vida.


Hoy, a pesar de la fama por su premio cinematográfico (que aún colea, a pesar de los años) y su continua presencia en programas de televisión, o de su ejemplar doble licenciatura, Pablo Pineda demuestra que sigue siendo un tipo fuera de lo normal, pero tirando por arriba. Ya lo dijo entonces, cuando la Concha de Oro: «Nunca me voy a arrepentir, pero prefiero trabajar, tengo 35 años y ya toca. Todo esto del 'faranduleo' está muy bien pero hay que poner los pies en el suelo». Pablo opositó para trabajar en el Ayuntamiento de Málaga; y lo logró, durante un tiempo. Luego tuvo que buscarse la vida. Está muy bien eso de ser el primer síndrome de Down licenciado en la universidad; todo el mundo te admira… pero luego no te dan trabajo. Esa ha sido estos últimos años su reivindicación. Y lo cierto es que su lucha, su presencia, su ejemplo han logrado mucho, muchísimo, en favor de la integración y la concienciación, en esta sociedad nuestra de prejuicios y etiquetas. Lo de “capacitado” y “discapacitado”, por ejemplo.

Pero nunca es suficiente. Por eso, Pablo seguirá rebelándose #Contralasetiquetas, y luchando por cumplir sus ilusiones y por que todas las personas con síndrome de Down –u otras presuntas discapacidades- tengan también las suyas, y puedan también cumplirlas. «El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene». Pascal tenía razón. Las alas de Pablo nunca han dejado de volar. Ni su corazón de soñar. Ni sus ojos de reír.








martes, 27 de noviembre de 2018

Congreso de LQDVI 2018. 5 bofetones de terapéutica realidad. Y tan a gusto.


Uno, como cada año, llega al congreso de Lo Que De Verdad Importa con sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias, con sus granitos de arena reconvertidos en himalayas imposibles; con su queja latente y su visión nublada de esta vida loca, loca, loca; llega, en fin, con sus gafas de miope emocional, o sus orejeras cargadas de prejuicios, que no le dejan ver más allá de lo que tiene frente a sus ojos y a no más de metro o metro y medio. Y no falla: es llegar y empezar a sentir la magia. Uno ve a esos dos mil jóvenes, apenas 18 o 19 años, contagiándose ilusión anticipada por lo que están a punto de experimentar; ve a los voluntarios, animosos y entregados; y a los habituales amigos de todos los años (patronos y fans incondicionales de LQDVI), que se reservan este día como quien se reserva el día de su boda; y ve a María Franco y su equipo de cracks, rematando con nerviosismo los detalles de última hora, agobiadas (¡bendito agobio!) por la apabullante asistencia, que cada edición desborda el aforo del Palacio de Congresos de IFEMA (lo mismo que todos los aforos, año tras año, en todas las ciudades).

Y uno ve, ya en la zona VIP, a los ponentes que en unos minutos van a dar un revolcón emocional, moral y casi físico a todos los que allí estamos, en cuerpo y alma. Uno ve a Sara, a Pepe y Álvaro, a Kenneth, a los Campeones, listos para darlo todo (T-O-D-O) y piensa: “Bien, Pepe, bien; estás en el lugar correcto, hoy. Esto promete. Esto te va a soltar un bofetón de realidad terapéutica que te va a fulminar las orejeras con efecto instantáneo, y te va devolver a casa como nuevo. Y falta te hace”. Y uno, que en el fondo no es mala gente, toma asiento, deja sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias en el suelo y pone la cara, en espera de este añorado bofetón anual.


El bofetón de Sara

Y sube Sara al escenario. Sara Andrés, profesora de primaria, psicopedagoga, medallista paralímpica (400 y 200 metros), oro en simpatía y cercanía, multideportista (tenis, frontón, kárate, hípica, esquí, paracaidismo, baile…), inquieta por definición, soñadora y realizadora de sueños. Sin pies. Aunque eso es lo de menos, teniendo todo lo demás. Ya nos gustaría, a nosotros. Con 25 años sufrió un accidente de tráfico que, además de cercenarle los pies, cercenó su vida anterior (cómoda, feliz, estándar). En un instante. Lo pasó mal, muy mal. Se vio limitada y deprimida, dependiente, inútil. Estuvo mucho tiempo en shock, todo dolor y sufrimiento. Preguntándose ¿por qué a mí? Y sin hallar respuesta. Hasta que dijo ¡basta! 

Decidió que no se podía perder la vida. Que todo tiene su porqué. Que había que recuperar lo que de verdad importa; y eso no eran los pies. Decidió que podía reír, abrazar, bailar, hacer deporte, superar los retos que se propusiera, que no son pocos precisamente. Y en eso lleva desde entonces, viendo siempre lo bueno que hay en lo malo, o en lo peor (sí, también superó un cáncer), viviendo la vida a tope, en presente, en modo disfrutón. Mientras, se prepara para Tokio 2020. “Todos podéis conseguir cosas que jamás habríais pensado”, nos dice. Y nos lanza un reto: “Si sólo te quedara un día de vida, ¿cómo querrías vivirlo? ¿Enfadado o contento, amargado o feliz?” Primer bofetón de la mañana.


El bofetón de Pepe y Álvaro

Turno para Pepe Otaola y Álvaro Pisa. Dos jóvenes valientes en el peor de los escenarios, Palestina, entregados a la más dura de las causas, los niños discapacitados y abandonados (en cubos de basura, en la calle), los ancianos desechados y enfermos. Lo más vulnerable, lo más olvidado de una tierra ya de por sí bastante olvidada. Ambos, Pepe y Álvaro, tuvieron una vida normal, feliz, despreocupada. Privilegiada. Con sus altibajos, claro. Con sus dudas. Con sus desentendimientos familiares y sus ambiciones. Uno iba para arquitecto (Álvaro), otro para abogado y lobo de Wall Street (Pepe; aunque se le pasa pronto y se tira 8 años repartiendo bocadillos a los indigentes). Pero el destino les tenía preparado otro camino bien distinto. Cuando se conocen, por casualidad, encajan a la perfección. Comparten inquietudes, un cierto vacío existencial, y el deseo de salir de su burbuja y hacer algo para cambiar el mundo. Suena muy grande, sí, pero todo es cuestión de proponérselo. 

Un viaje inesperado a Tierra Santa y Palestina es el detonante. Visitan un campo de refugiados y allí descubren, en riguroso directo, la verdadera definición de sufrimiento, de miedo, de miseria. Con toda su crudeza. Pero también con esperanza: la que representan cuatro monjas que cuidan, con absoluta fe y total entrega, a 30 niños abandonados, muchos de ellos enfermos mentales. Así que deciden quedarse. Y darlo todo por esos niños; su tiempo, su ilusión, sus manos, su esperanza, su vida. En 2016 crean, en contra de muchas opiniones cercanas, Youth Wake Up! Comienza un camino duro, difícil, plagado de bombas y muerte, de dolor e impotencia. Pero ahí radica su mérito, su valentía, y su gran lección: “Tenemos que cambiar las cosas. Es una barbaridad lo que pasa ahí fuera. Hay que involucrarse. En Palestina, en el mundo o a cinco calles de tu casa”. Y una pregunta demoledora: ¿cómo podemos ser felices viendo tanto sufrimiento alrededor y quedándonos sin hacer nada? El segundo bofetón de la mañana.


El bofetón de Kenneth

La historia de Kenneth Chukwuka Iloabuchi, de título inmigrante subsahariano, o séptimo hijo de una familia nigeriana que sueña con ser abogado (tú eliges cómo quieres verlo), es la historia de miles de personas que sueñan con una vida mejor (a menudo simplemente con una vida) y la buscan en otro país. España, por ejemplo. Porque no les queda otra. Huyen de la pobreza, del hambre, de la guerra, de una muerte segura por sus creencias. ¿Acaso no lo harías tú? Es la lucha descarnada por su vida y la de su familia. Y ante esa realidad/amenaza, lo dejan todo atrás y se lanzan sin pensar a los brazos del desierto, del mar, de las mafias. Y a menudo mueren. Y a veces, pocas, llegan. Es la historia de Kenneth, que fue engañado y robado por las mafias, que permaneció casi tres años atrapado entre Argelia y Marruecos, entre el desierto, los campos de refugiados y la nada; y que finalmente pudo embarcar en una patera rumbo al arcoíris. A la patera de al lado se la tragó el mar, y a todas las personas que iban en ella (Kenneth llora desconsolado mientras lo relata); en ese instante le hizo una promesa a Dios: “Si me salvas, prometo dedicar la vida a los demás”. Dios cumplió su parte. Kenneth llegó a España; y no sólo eso, consiguió trabajo en el campo, en la construcción, en lo que fuera; comenzó una relación, rehízo su vida. Ocho años después recordó la promesa. 

Es entonces cuando decide entrar en el seminario (“Sólo para probar”, le dice a su novia. Ella lo entiende). Hoy es párroco de Lorca y capellán del hospital. El ‘Padre Patera’. Y dedica su vida a los demás, a sus hermanos (a todos nos llama “hermano”; será que lo somos). “No podemos hablar de inmigrantes, sino de personas”, nos dice. “Porque todos somos igual de importantes. Lo que pasa es que no nos paramos a escuchar”. Si escucháramos sus nombres, si conociéramos sus historias, si entendiéramos sus sentimientos… entonces las estadísticas se transformarían en personas. Como tú y como yo. Ese es el mensaje “anti orejeras” del padre Kenneth. Y el tercer bofetón de la mañana.


El bofetón de Campeones

El cuarto bofetón es un señor bofetón, un bofetón de campeonato. Especialmente en un día como el de hoy, que es una gran celebración de la inclusión. El lema para este año de Lo Que De Verdad Importa, representado por un luminoso color amarillo (ya sé el color de mi próximo libro). La lección de estos Campeones la hemos conocido más de tres millones de espectadores, entre carcajadas, emociones y reflexiones. Y esta mañana mágica nos la recuerdan, con la misma complicidad y sentido del humor (y un gran, gran sentido común), Roberto Sánchez, Jesús Lago Solís y Jesús Vidal, tres de los geniales protas del taquillazo del año, junto a la no menos genial Allende López, asesora de inclusión de la película de Fesser, y que lleva dentro un corazón que no le cabe en el cuerpo. Entre todos, nos dieron una sensacional lección de comprensión, superación personal y miradas limpias; no las suyas, que también, sobre todo las nuestras, que miran a estos ‘discapacitados’ con la miopía propia de los que nos creemos normales. “¿Normalización? Eso sería como reconocer que hay algo que no es normal y hay que normalizarlo”, se rebela Allende. Y es verdad, porque todos (T-O-D-O-S) somos maravillosamente diferentes. “La diversidad no es más que un valor añadido; aportar algo que solo tú puedes aportar”. Esa es la gran lección de la película, ese es el mensaje impepinable de esta simpática, fresca y extraordinaria panda de Campeones. Y el cuarto bofetón de realidad de la mañana.


El bofetón de David y Rozalén

Queda uno, todavía. Con música y letra. Baile, la canción de David Otero, en compañía de Rozalén, que nos enseña a “bailar en braille”. Que nos habla de “la incapacidad que tenemos a veces de tocar, de ver, de sentir, de estar un poco con los brazos abiertos a la vida”. Un tema que nos invita a ver el mundo más con el oído, con el tacto, con el corazón, que con los ojos; a escuchar más y opinar menos; a entender sin prejuzgar; a mirar más allá, más adentro; a tener los brazos abiertos de serie; a quitarnos orejeras y gafas de miope emocional. A ser más los demás. Que en el fondo es como mejor somos nosotros. Y a estar dispuesto a recibir estos maravillosos bofetones de realidad, tan terapéuticos, tan necesarios, tan refrescantes. Eso es lo que de verdad importa.


Lo único: no esperemos un año, hasta el próximo congreso. Todos los días podemos recibir nuestra pequeña dosis. Es de lo más recomendable.