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martes, 24 de diciembre de 2019

Campeones. El milagro de J. Fesser




Visto desde fuera, tener un hijo con una discapacidad intelectual es, para la mayoría de la sociedad, una desgracia ajena. Visto desde dentro, para la mayoría de los padres la noticia es un shock; para algunos, incluso, una tragedia. Pero con el paso de los días, el drama va dejando paso a la comedia romántica y, con los años, la presunta tragedia se convierte, casi sin excepción, en una maravillosa historia de amor. Es lo que pasa también cuando ves Campeones. Te esperas un lacrimógeno dramón al uso y lo que te encuentras es una divertidísima y entrañable comedia, de las que se disfrutan de verdad, que además lanza un mensaje tan implacable y certero como necesario.

Y es que la película del tándem Fesser & Manso, en colaboración con el guionista David Marqués, rompe con muchos de esos estereotipos y prejuicios tontos (sí, tontos) que todos utilizamos como escudo ante estas personas “diferentes”, ante estos seres humanos que son mucho más humanos que la mayoría de nosotros. Por eso Campeones es una película importante y necesaria. Y además –no menos importante- es una buenísima película: cargada de humor, de ironía, de ternura, de diálogos memorables y de personajes adorables e inolvidables; una película sincera, honesta y real. Sobre todo real. Porque las situaciones son reales, los diálogos son reales, los prejuicios son reales (los del entrenador, los de los pasajeros del autobús, los de los espectadores) y los personajes son tan reales como sus historias –las de la película y las de sus propias vidas.

Vidas paralelas


Esto es quizá lo más valioso de Campeones. Que vida y guión, realidad y ficción, personas y personajes se entrelazan con absoluta veracidad. Porque son lo mismo. Sí. José, Jesús, Gloria, Julio, Fran, Stefan, Jesús Lago Solís, Sergio, Alberto y Roberto tienen los mismos deseos, esperanzas, ilusiones, dificultades, sentido del humor, miedos, alegrías, frustraciones, virtudes y coraje que Juanma,  Marín,  Collantes, Fabián, Paquito, Manuel, Jesús Lago Solís, Sergio, Benito y Román. Los mismos defectos, las mismas carencias, los mismos sentimientos. Los mismos generosos corazones. “Ellos viven la lógica del corazón”, nos recuerda Fesser; solo por eso, ya son mejores que nosotros. Y también por su falta de prejuicios y su mirada limpia. Por su entusiasmo y su entrega, su ilusión a prueba de bombas. Es la gran lección que nos han dejado estos diez campeones. La que nos dejan cada día miles de campeones que no salen en la película pero están ahí, tan protagonistas como estos peculiares Amigos.


Un hijo como nosotros


«Yo tampoco querría un hijo como nosotros. Pero sí quisiera un padre como usted», le suelta a bocajarro Marín a Marco, cuando el entrenador aún no había empezado a entender pero su pupilo sí apreciaba en él los primeros síntomas. Un pensamiento y una reivindicación que ya nos conmovió –y nos sacudió con tremenda e inesperada fuerza- aquella noche inolvidable en la que Jesús Vidal dedicó el Goya a sus padres. No sé si la sociedad ha cambiado mucho desde entonces, si esa “normalización” tan políticamente correcta se ha transformado en algo más emocionalmente correcta, una visión natural y aceptada de esas capacidades diferentes; tan natural y aceptada que no tuviéramos que hablar más de normalización (habría que definir primero qué es “normal”). Ni, ya puestos, de inclusión.

Ese día llegará (está mucho más cerca que hace veinte años, que hace diez e incluso que hace uno), gracias a cientos de fundaciones y miles de voluntarios que se dejan la piel a diario en esta causa. Sin perder el entusiasmo ni un ápice. Recordándonos, como señala Román refiriéndose a Marco en una de las frases lapidarias de la película, que «La discapacidad la va a tener siempre, le estamos enseñando a manejarla». Eso es lo que debemos aprender. A manejar nuestra discapacidad, que es bastante más limitadora que la de estos campeones; llámalo cortedad de miras, falta de empatía, complejos varios, exceso de ombligo, cerrazón mental, prejuicios, condescendencia, analfabetismo emocional o de mil maneras más. Hay tantas discapacidades sin diagnosticar…



¡¡¡Subcampeones oe oe oeeeeee!!!


La otra lección imprescindible que nos sirve la película en bandeja es –atención, spoiler- ese gran final de la gran final del campeonato de baloncesto. Esa canasta imposible de Benito en el último segundo que, efectivamente, no entra y hace campeones a Los Enanos. Y esa alegría desbordada, sincera, plena de Los Amigos al saberse subcampeones, abrazándose al adversario en una fenomenal fiesta de saltos, risas, aplausos y vítores, coreando todos ese transgresor ¡¡¡Subcampeones, subcampeones oe oe oeeeeee!!!, tan alejado del “hay que ganar siempre, a cualquier precio” que nos impone la implacable cultura del éxito.

Una vez más, el mensaje de estos campeones atípicos llega nítido y potente a nuestros oídos: lo más importante no es ganar, sino disfrutar el camino; hacerlo lo mejor que puedas, con entusiasmo, con generosidad, con humildad, pensando en el otro, haciendo equipo (haciendo Amigos). La vida sería un poco más llevadera sin tanta obsesión por tener más, ganar más, correr más, ¿verdad? Lo resume magníficamente la madre del entrenador Marco tras la victoriosa derrota: «Lo importante, hijo, es que tú estés bien». Poco más queda por decir.



La película Campeones ha marcado sin duda un antes y un después en la percepción que tenemos de la discapacidad intelectual. Nos ha hecho ver y entender de una manera tan clara y contundente que es casi un milagro, como el que abre los ojos al entrenador ciego de prejuicios (inmenso Javier Gutiérrez); a ver lo que nos dura.

Una última lección


Lo cuenta Javier Fesser en el libro Nada nos para, de la Fundación A LA PAR. «El otro día le pregunté a uno de los actores de Campeones si le gustaría repetir con un Campeones 2. Me contestó que la experiencia había sido tan increíble que “habría que darle la oportunidad a otro ¿no?”. Eso es ser un campeón de verdad en la vida. Y admirar a gente así y valorarla nos hará un poquito mejores a todos.»

Ser un poco mejores. ¡Qué bonita razón para ver Campeones! ¿Verdad?



martes, 27 de noviembre de 2018

Congreso de LQDVI 2018. 5 bofetones de terapéutica realidad. Y tan a gusto.


Uno, como cada año, llega al congreso de Lo Que De Verdad Importa con sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias, con sus granitos de arena reconvertidos en himalayas imposibles; con su queja latente y su visión nublada de esta vida loca, loca, loca; llega, en fin, con sus gafas de miope emocional, o sus orejeras cargadas de prejuicios, que no le dejan ver más allá de lo que tiene frente a sus ojos y a no más de metro o metro y medio. Y no falla: es llegar y empezar a sentir la magia. Uno ve a esos dos mil jóvenes, apenas 18 o 19 años, contagiándose ilusión anticipada por lo que están a punto de experimentar; ve a los voluntarios, animosos y entregados; y a los habituales amigos de todos los años (patronos y fans incondicionales de LQDVI), que se reservan este día como quien se reserva el día de su boda; y ve a María Franco y su equipo de cracks, rematando con nerviosismo los detalles de última hora, agobiadas (¡bendito agobio!) por la apabullante asistencia, que cada edición desborda el aforo del Palacio de Congresos de IFEMA (lo mismo que todos los aforos, año tras año, en todas las ciudades).

Y uno ve, ya en la zona VIP, a los ponentes que en unos minutos van a dar un revolcón emocional, moral y casi físico a todos los que allí estamos, en cuerpo y alma. Uno ve a Sara, a Pepe y Álvaro, a Kenneth, a los Campeones, listos para darlo todo (T-O-D-O) y piensa: “Bien, Pepe, bien; estás en el lugar correcto, hoy. Esto promete. Esto te va a soltar un bofetón de realidad terapéutica que te va a fulminar las orejeras con efecto instantáneo, y te va devolver a casa como nuevo. Y falta te hace”. Y uno, que en el fondo no es mala gente, toma asiento, deja sus pequeñas miserias y sus sobrevaloradas desgracias en el suelo y pone la cara, en espera de este añorado bofetón anual.


El bofetón de Sara

Y sube Sara al escenario. Sara Andrés, profesora de primaria, psicopedagoga, medallista paralímpica (400 y 200 metros), oro en simpatía y cercanía, multideportista (tenis, frontón, kárate, hípica, esquí, paracaidismo, baile…), inquieta por definición, soñadora y realizadora de sueños. Sin pies. Aunque eso es lo de menos, teniendo todo lo demás. Ya nos gustaría, a nosotros. Con 25 años sufrió un accidente de tráfico que, además de cercenarle los pies, cercenó su vida anterior (cómoda, feliz, estándar). En un instante. Lo pasó mal, muy mal. Se vio limitada y deprimida, dependiente, inútil. Estuvo mucho tiempo en shock, todo dolor y sufrimiento. Preguntándose ¿por qué a mí? Y sin hallar respuesta. Hasta que dijo ¡basta! 

Decidió que no se podía perder la vida. Que todo tiene su porqué. Que había que recuperar lo que de verdad importa; y eso no eran los pies. Decidió que podía reír, abrazar, bailar, hacer deporte, superar los retos que se propusiera, que no son pocos precisamente. Y en eso lleva desde entonces, viendo siempre lo bueno que hay en lo malo, o en lo peor (sí, también superó un cáncer), viviendo la vida a tope, en presente, en modo disfrutón. Mientras, se prepara para Tokio 2020. “Todos podéis conseguir cosas que jamás habríais pensado”, nos dice. Y nos lanza un reto: “Si sólo te quedara un día de vida, ¿cómo querrías vivirlo? ¿Enfadado o contento, amargado o feliz?” Primer bofetón de la mañana.


El bofetón de Pepe y Álvaro

Turno para Pepe Otaola y Álvaro Pisa. Dos jóvenes valientes en el peor de los escenarios, Palestina, entregados a la más dura de las causas, los niños discapacitados y abandonados (en cubos de basura, en la calle), los ancianos desechados y enfermos. Lo más vulnerable, lo más olvidado de una tierra ya de por sí bastante olvidada. Ambos, Pepe y Álvaro, tuvieron una vida normal, feliz, despreocupada. Privilegiada. Con sus altibajos, claro. Con sus dudas. Con sus desentendimientos familiares y sus ambiciones. Uno iba para arquitecto (Álvaro), otro para abogado y lobo de Wall Street (Pepe; aunque se le pasa pronto y se tira 8 años repartiendo bocadillos a los indigentes). Pero el destino les tenía preparado otro camino bien distinto. Cuando se conocen, por casualidad, encajan a la perfección. Comparten inquietudes, un cierto vacío existencial, y el deseo de salir de su burbuja y hacer algo para cambiar el mundo. Suena muy grande, sí, pero todo es cuestión de proponérselo. 

Un viaje inesperado a Tierra Santa y Palestina es el detonante. Visitan un campo de refugiados y allí descubren, en riguroso directo, la verdadera definición de sufrimiento, de miedo, de miseria. Con toda su crudeza. Pero también con esperanza: la que representan cuatro monjas que cuidan, con absoluta fe y total entrega, a 30 niños abandonados, muchos de ellos enfermos mentales. Así que deciden quedarse. Y darlo todo por esos niños; su tiempo, su ilusión, sus manos, su esperanza, su vida. En 2016 crean, en contra de muchas opiniones cercanas, Youth Wake Up! Comienza un camino duro, difícil, plagado de bombas y muerte, de dolor e impotencia. Pero ahí radica su mérito, su valentía, y su gran lección: “Tenemos que cambiar las cosas. Es una barbaridad lo que pasa ahí fuera. Hay que involucrarse. En Palestina, en el mundo o a cinco calles de tu casa”. Y una pregunta demoledora: ¿cómo podemos ser felices viendo tanto sufrimiento alrededor y quedándonos sin hacer nada? El segundo bofetón de la mañana.


El bofetón de Kenneth

La historia de Kenneth Chukwuka Iloabuchi, de título inmigrante subsahariano, o séptimo hijo de una familia nigeriana que sueña con ser abogado (tú eliges cómo quieres verlo), es la historia de miles de personas que sueñan con una vida mejor (a menudo simplemente con una vida) y la buscan en otro país. España, por ejemplo. Porque no les queda otra. Huyen de la pobreza, del hambre, de la guerra, de una muerte segura por sus creencias. ¿Acaso no lo harías tú? Es la lucha descarnada por su vida y la de su familia. Y ante esa realidad/amenaza, lo dejan todo atrás y se lanzan sin pensar a los brazos del desierto, del mar, de las mafias. Y a menudo mueren. Y a veces, pocas, llegan. Es la historia de Kenneth, que fue engañado y robado por las mafias, que permaneció casi tres años atrapado entre Argelia y Marruecos, entre el desierto, los campos de refugiados y la nada; y que finalmente pudo embarcar en una patera rumbo al arcoíris. A la patera de al lado se la tragó el mar, y a todas las personas que iban en ella (Kenneth llora desconsolado mientras lo relata); en ese instante le hizo una promesa a Dios: “Si me salvas, prometo dedicar la vida a los demás”. Dios cumplió su parte. Kenneth llegó a España; y no sólo eso, consiguió trabajo en el campo, en la construcción, en lo que fuera; comenzó una relación, rehízo su vida. Ocho años después recordó la promesa. 

Es entonces cuando decide entrar en el seminario (“Sólo para probar”, le dice a su novia. Ella lo entiende). Hoy es párroco de Lorca y capellán del hospital. El ‘Padre Patera’. Y dedica su vida a los demás, a sus hermanos (a todos nos llama “hermano”; será que lo somos). “No podemos hablar de inmigrantes, sino de personas”, nos dice. “Porque todos somos igual de importantes. Lo que pasa es que no nos paramos a escuchar”. Si escucháramos sus nombres, si conociéramos sus historias, si entendiéramos sus sentimientos… entonces las estadísticas se transformarían en personas. Como tú y como yo. Ese es el mensaje “anti orejeras” del padre Kenneth. Y el tercer bofetón de la mañana.


El bofetón de Campeones

El cuarto bofetón es un señor bofetón, un bofetón de campeonato. Especialmente en un día como el de hoy, que es una gran celebración de la inclusión. El lema para este año de Lo Que De Verdad Importa, representado por un luminoso color amarillo (ya sé el color de mi próximo libro). La lección de estos Campeones la hemos conocido más de tres millones de espectadores, entre carcajadas, emociones y reflexiones. Y esta mañana mágica nos la recuerdan, con la misma complicidad y sentido del humor (y un gran, gran sentido común), Roberto Sánchez, Jesús Lago Solís y Jesús Vidal, tres de los geniales protas del taquillazo del año, junto a la no menos genial Allende López, asesora de inclusión de la película de Fesser, y que lleva dentro un corazón que no le cabe en el cuerpo. Entre todos, nos dieron una sensacional lección de comprensión, superación personal y miradas limpias; no las suyas, que también, sobre todo las nuestras, que miran a estos ‘discapacitados’ con la miopía propia de los que nos creemos normales. “¿Normalización? Eso sería como reconocer que hay algo que no es normal y hay que normalizarlo”, se rebela Allende. Y es verdad, porque todos (T-O-D-O-S) somos maravillosamente diferentes. “La diversidad no es más que un valor añadido; aportar algo que solo tú puedes aportar”. Esa es la gran lección de la película, ese es el mensaje impepinable de esta simpática, fresca y extraordinaria panda de Campeones. Y el cuarto bofetón de realidad de la mañana.


El bofetón de David y Rozalén

Queda uno, todavía. Con música y letra. Baile, la canción de David Otero, en compañía de Rozalén, que nos enseña a “bailar en braille”. Que nos habla de “la incapacidad que tenemos a veces de tocar, de ver, de sentir, de estar un poco con los brazos abiertos a la vida”. Un tema que nos invita a ver el mundo más con el oído, con el tacto, con el corazón, que con los ojos; a escuchar más y opinar menos; a entender sin prejuzgar; a mirar más allá, más adentro; a tener los brazos abiertos de serie; a quitarnos orejeras y gafas de miope emocional. A ser más los demás. Que en el fondo es como mejor somos nosotros. Y a estar dispuesto a recibir estos maravillosos bofetones de realidad, tan terapéuticos, tan necesarios, tan refrescantes. Eso es lo que de verdad importa.


Lo único: no esperemos un año, hasta el próximo congreso. Todos los días podemos recibir nuestra pequeña dosis. Es de lo más recomendable.