1928,
como 2021, fue año olímpico. Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, si bien no contaban con
el poderío mediático de los actuales Juegos, fueron pioneros en muchos aspectos:
por primera vez se realizó el encendido del pebetero con la llama olímpica; por
primera vez Grecia, cuna del Olimpismo, encabezó el desfile en la ceremonia
inaugural; por primera vez las mujeres compitieron en atletismo; por primera
vez un personaje de la realeza (Olaf de Noruega) subió a lo más alto del podio;
y por primera vez, España ganó el máximo galardón en unos Juegos Olímpicos oficiales.
Nuestra primera Medalla de Oro.

La tarde del 12 de agosto de
1928, en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, ante la reina Guillermina, la
princesa Juliana, el presidente del COI, los Cuerpos Diplomáticos de medio
mundo, jefes de estado, ministros, personalidades de las artes y las ciencias,
cientos de periodistas y 70.000 espectadores, sonaba el himno de España por
primera vez en unos Juegos Olímpicos. En lo más alto del mástil, nuestra bandera; y
en lo más alto del podio (que en esta ocasión conformaban sus monturas), los capitanes
de Caballería José Navarro Morenés, Julio García Fernández y José Álvarez de
Bohorques, marqués de los Trujillos (que ya había participado en la Olimpiada de
París 1924, quedando en un honroso séptimo lugar). Ese histórico día de verano, hace
93 años, la ciudad que vio nacer a Van Gogh vio también nuestro primer Oro
Olímpico, en la modalidad de saltos de obstáculos por equipos; un hito que no
se repetiría hasta 44 años después, en Sapporo ‘72, gracias a ese otro gran
deportista que fue Paquito Fernández Ochoa.
Los IX Juegos
Olímpicos se celebraron en Ámsterdam entre el 17 de mayo y el 12 de agosto y
participaron 3.014 atletas (de los que 290 eran mujeres) de 46 países, que
compitieron en 14 deportes y 109 especialidades. Para el deporte español era tan
solo su tercera cita olímpica y acudió con una delegación
de 82 deportistas, que se batieron en ocho disciplinas: atletismo, natación,
regatas, esgrima, boxeo, fútbol, jockey sobre hierba e hípica. A lo largo de
casi dos meses se fueron sucediendo las diferentes competiciones, con más pena
que gloria para los atletas españoles. Hasta el último día. Fue precisamente la
jornada de clausura de los Juegos la elegida por la organización para celebrar
el Gran Premio Olímpico de Salto de Obstáculos. Ello aseguró la presencia regia
en el palco de honor y el lleno absoluto, hasta la última grada, en el Estadio
Olímpico.
También
aseguró el nerviosismo de nuestros jinetes, presionados por la responsabilidad
de llevar una medalla a casa, después del fracaso colectivo; y si era de oro,
mejor. La cosa no estaba fácil, desde luego. Las 16 naciones participantes tenían
un altísimo nivel (“no eran precisamente hermanitas de la caridad” recordaba el
capitán Trujillos), especialmente Suecia, invicta en todos los concursos de
saltos olímpicos desde 1912. Pero tampoco había que desdeñar a Polonia, Francia,
Estados Unidos o Alemania, verdaderas potencias en las disciplinas ecuestres y
que habían acudido a la cita olímpica con tándems jinete-caballo realmente
temibles.
Los tres
capitanes españoles, junto al resto de jinetes seleccionados habían llegado a
Holanda por ferrocarril tan solo ocho días antes; tras una semana de
entrenamiento en la ciudad de Laken, próxima a Ámsterdam, el equipo hípico acude
a la ciudad olímpica el mismo día de la competición. Al entrar en el estadio, Trujillos
y sus compañeros no disimulan su asombro ante el imponente escenario y el no
menos imponente público. Sus compatriotas les dan ánimos: “Sois los mejores;
debéis batiros como leones y no olvidaros de que sois de Caballería”. Ellos
responden con convicción: “Desde hace mucho tiempo soñamos con estar en los Juegos de Ámsterdam; aquí estamos y no nos iremos con las manos vacías”. La
expectación es fabulosa, la reina Guillermina ya está en el palco regio, junto
a las personalidades mundiales más relevantes del momento; los 70.000
espectadores contienen la respiración durante los preliminares. España no parte
como favorita, pero sus jinetes generan curiosidad.
Trujillos,
Navarro y García Fernández se desean suerte, los nervios templados; fe absoluta
en la victoria; los caballos (Zalamero, Zapatazo y Revistada) están en buena
forma, y ellos también. Comienza la competición, y se van sucediendo las
actuaciones de los 34 jinetes de los diferentes países; finalmente, el equipo a
batir es Polonia. España acumula dos puntos antes del último recorrido; la
prueba es dura, pero García Fernández acaba con un único derribo. Cuatro puntos
en total. La tensión es máxima; sale el último jinete polaco, que realiza un
recorrido impecable… hasta el obstáculo final: seis puntos de penalización; más
los dos anteriores, ocho. Los jinetes españoles no se lo creen aún, pero los
altavoces del gran estadio olímpico anuncian: “¡España, ganadora con cuatro
puntos!”
Los tres
capitanes escuchan emocionados el anuncio y la inmediata ovación de las 70.000
gargantas que abarrotan el estadio. Los otros componentes del equipo español irrumpen
en la pista y corren a felicitar a los campeones con indisimulado júbilo;
ordenanzas y oficiales se saltan el protocolo militar y se abrazan lanzando
vivas a España y al Arma de Caballería. El Oro es español. El orgullo también.
Y las lágrimas. La reina Guillermina de Holanda hace entrega solemne de la
medalla de oro a los tres vencedores. El primero en recibirla es el capitán
Trujillos, el más veterano. “Hemos dejado al deporte español en el lugar que le
correspondía” le dice a la reina, consciente de la trascendencia de su hazaña. Acto
seguido, saludando con pulso firme y ojos temblorosos, los tres jinetes de oro
escuchan la Marcha Real Española, junto a 70.000 espectadores enmudecidos y
puestos en pie. La bandera española, en lo más alto del mástil olímpico. Y el
deporte español, en lo más alto del olimpo mundial.

Recibidos por... nadie
Pero son
otros tiempos. Y la histórica hazaña, el hito sin precedentes en el olimpismo
español (y no repetido hasta 44 años después) no obtiene la resonancia merecida
en su propio país. Las medallas de oro volvieron a España en tren y a su paso
por la frontera, en Hendaya, el único baño de multitudes que reciben los tres
héroes es el que les proporciona el padre de Trujillos, Mauricio Álvarez de las
Asturias Bohorques (duque de Gor), quien les recibe con orgulloso entusiasmo, una
caja de puros y una botella de champán. Su llegada a Madrid es aún más
desoladora: los campeones olímpicos
fueron recibidos en la Estación del Norte por… nadie. Probablemente un
telegrama que se perdió en algún lugar del camino, entre la ciudad del Amstel y
la del Manzanares. O entre un despacho y otro del propio Ministerio de la
Guerra.
Días más tarde todo se compensó con un gran banquete oficial que se
ofreció a los campeones en el hotel Ritz, y al que acudieron el general Primo
de Rivera (jefe del gobierno), el Capitán General Weyler, numerosos compañeros
del Arma de Caballería y el Rey Alfonso XIII, quien los recibió con orgullo y
cariño: “Vosotros los jinetes, los que
nunca me habéis dado un disgusto”. El homenaje fue entrañable, emotivo e
inolvidable para los tres jóvenes jinetes, a los que se unieron cientos de
españoles que acudieron al hotel para mostrar su admiración y gratitud por esa
primera medalla de oro del olimpismo patrio.
La medalla de Oro, robada
Pero el
periplo del dorado galardón no había concluido aún. Unos años más tarde, en
tiempos de la II República, la pérdida fue mucho más grave que un simple
telegrama. Porque lo que se perdió fue la mismísima medalla de oro. O mejor
dicho, le fue arrebatada a su legítimo dueño, José Álvarez de las Asturias Bohorques,
durante un asalto a su domicilio madrileño (como tantos otros asaltos
incontrolados perpetrados en aquellos años). Y, con el oro olímpico, le robaron
también todos sus trofeos hípicos, que eran muchos, importantes y valiosos. Sin
embargo, aunque la medalla desapareció físicamente, su espíritu se mantuvo intacto
en la memoria del marqués de los Trujillos y en la de su familia durante
décadas. Hasta 1984. Ese año, Juan Antonio Samaranch, desde 1980 presidente del
COI, se enteró de que esa medalla histórica, el primer oro olímpico del deporte
español, llevaba medio siglo desaparecida. Y no se lo pensó un segundo. Encargó
una réplica exacta para reparar esa deuda con la historia y el olimpismo. Por
pura justicia deportiva.
El acto de entrega de la medalla “recuperada”
fue tan sencillo como emotivo. En una fría mañana de diciembre, sobre la arena
del picadero cubierto del Club de Campo de Madrid, con la presencia de S.M. el
Rey Juan Carlos I y un puñado de familiares y amigos. Trujillos, con su sempiterno
“loden”, su sombrero y su bastón y una envidiable vitalidad a sus 90 años; y
frente a él, su grandísimo amigo Beltrán Alburquerque colgándole de nuevo la
medalla de oro y fundiéndose luego en un abrazo largo, profundo y emocionado. Y
todos sus nietos, su familia, sus amigos más íntimos, llorando sin apenas
disimulo y agradeciendo infinitamente el poder vivir ese repetido momento
histórico que no pudimos vivir en el Estadio Olímpico de Ámsterdam, aquel 12
de agosto de 1928. Un beso muy fuerte, abuelo.
Trujillos, un jinete récord
· En 1921 logra el récord de España de
altura con un salto de 2,20 m; marca que no fue superada hasta 26 años después.
· Participó en 261 carreras de caballos, 162 lisas
y 99 de obstáculos, de las que ganó 107, palmarés que fue record absoluto del Gentleman
Riders durante 7 años.
· Siendo profesor de la Escuela de Equitación
Militar, en 1927 y 1928, descendió las míticas cortaduras de la Zarzuela
(barrancadas de 15 metros de caída casi vertical), hazaña ecuestre que dio la vuelta
al mundo.
· Ganó 12 Copas del Rey, 3 veces el Gran Premio de
Madrid, varias Copas de Naciones (por equipos) y numerosos premios
internacionales.
· Fue presidente de la Sociedad de Fomento y Cría
Caballar de 1956 a 1976, Medalla de Oro al Mérito deportivo y Medalla de Oro
del COI.
Su mayor orgullo deportivo: su hijo Pepe
Dedicó toda tu
vida (97 intensos años), toda su alma generosa y todo su saber (que era mucho)
a la hípica, su gran pasión. Lo hizo todo y lo ganó todo sobre un caballo. Y
sin embargo, de entre todos sus méritos, del que más orgulloso estuvo siempre fue
de entrenar y convertir a su hijo Pepe (mi padre) en uno de los mejores jinetes
de su generación. Un palmarés deportivo impresionante que muy pocos han logrado
alcanzar en el mundo de la hípica. José Álvarez de las Asturias Bohorques Pérez
de Guzmán, Pepe Álvarez de Bohorques para amigos y compañeros del mundillo
ecuestre, fue Subcampeón del Mundo individual en 1966, Campeón de España en dos
ocasiones, ganador de 5 Copas de Naciones y de 107 Primeros Premios Internacionales,
1º en el Ranking de Ganadores de Primeros Premios en Concurso de Saltos
Internacional Oficial en 1961 (con 15 victorias), seleccionado para tres Juegos
Olímpicos…
Además atesora altas distinciones, entre otras muchas, la Medalla de
Oro de la Federación Ecuestre Internacional, la Orden Olímpica del C.O.E. y 2
Medallas de Plata al Mérito Deportivo. Y como directivo ha sido Presidente de
la Comisión de Saltos de Obstáculos de la F.E.I. durante 8 años, Vicepresidente
de la R.F.H.E., miembro del C.O.E. desde 1989 hasta 1997 y prestigioso Juez
Internacional Oficial durante 20 años, participando en más de 100 Concursos
Internacionales, entre ellos tres Juegos Olímpicos y cuatro Campeonatos del
Mundo.

Una cierta polémica
En algunos círculos es considerada como primera medalla de oro olímpica la obtenida (que no ganada) por la pareja Villota-Amézola en cesta punta, en los "Concursos Internacionales
de Ejercicios Físicos y Deportes de París del año 1900", una serie de eventos deportivos que se disputaron a lo largo de varios meses en el contexto de la Exposición Universal de la capital francesa. Según el investigador Bill Melon, se disputaron competiciones amateur de pelota en el frontón de Neully-Sur-Seine; la final, que debía enfrentar a los españoles con la pareja francesa, no se llegó a disputar debido a la negativa de los anfitriones a aceptar las reglas.
La cesta punta no ha vuelto a ser disciplina olímpica. Veinticuatro años después de estos "Concursos de Ejercicios Físicos" se celebraron en París unos Juegos Olímpicos más "oficiales", en los que la cesta punta fue deporte de exhibición, al igual que en México '68 y Barcelona '92 (España, por cierto, ganó en todas ellas).